19: Reveses de la fortuna

19

Reveses de la fortuna

El restallar de un rayo hirió los oídos de Malus, que fue levantado del suelo por la fuerza de la explosión, como si fuera una hoja de árbol alzada al paso de un furioso viento. Oyó gritos y el sonido de madera que se partía, y luego se estrelló contra algo duro e inamovible que lo dejó sin conocimiento.

Cuando por fin se le aclaró la vista, largos momentos más tarde, se encontró tendido bajo una pila de destrozados libros humeantes, al pie de una de las muchas librerías de la biblioteca. El zumbido de los oídos comenzó a disminuir para ser reemplazado por lamentos de los heridos.

En el aire flotaba una neblinosa luz azulada que parecía manar de cada piedra del suelo, las paredes y el techo. Los globos de luz bruja se habían hecho añicos en la explosión, y en el resplandor ultraterreno flotaban restos de papel destrozado como si fuera ligera ceniza. Todo lo que estaba en el radio de la onda de la explosión había quedado destruido. Los cubículos de lectura estaban hechos pedazos, como la borda de un barco golpeada por la piedra de una catapulta, y los centenares de libros que ocupaban los estantes de la habitación habían quedado hechos jirones por una tormenta de metralla de madera. Los altos armarios que contenían los cráneos de antiguos ancianos del templo estaban igualmente destrozados, y el suelo sembrado por una lluvia de fragmentos de hueso.

Niryal yacía contra una librería situada a la izquierda de Malus, cubierta de deshechos pero aparentemente ilesa. Cuando el noble se puso de pie con torpeza, vio que Arleth Vann se levantaba, aturdido, al otro lado de la sala. La cara del asesino estaba marcada por el dolor y el agotamiento, y tenía los ojos muy abiertos por el horror que sentía ante la devastación que acababa de causar. Había desaparecido el círculo arcano del suelo, ya que las líneas de plata habían sido borradas por la energía mágica descontrolada. Malus dedujo que la única razón por la que él y sus compañeros estaban vivos era porque la destructiva fuerza había radiado hacia fuera desde el borde del círculo, y los había arrastrado consigo.

Sus enemigos no habían sido tan afortunados.

De los fanáticos que se encontraban más cerca del círculo ni siquiera podía decirse que se parecieran a druchii. Las espadas que empuñaban se habían hecho pedazos y sus ropas habían sido consumidas, pero los cuerpos simplemente se habían fundido como cera y dejado unos montoncitos de pulpa roja humeante. La siguiente fila había recibido la plena furia de la metralla de la explosión, que había hendido y desgarrado sus cuerpos hasta convertirlos en despojos destrozados y sangrantes. Sólo los que se hallaban más cerca de la estrecha puerta habían escapado a la muerte, aunque la puerta en sí había sido hecha astillas y lanzada hacia la galería. Los druchii se retorcían en el suelo, donde se aferraban las heridas sangrantes y las extremidades cercenadas.

Malus, cuyo aliento se transformaba en vapor en el aire antinaturalmente frío, miró a un lado y a otro en busca de la espada, y la encontró clavada en un par de gruesos tomos encuadernados en cuero que aún descansaban en su estante, aproximadamente a la altura del pecho. Cuando el noble arrancó el arma, desparramó el destrozado contenido de los libros sobre el suelo relumbrante, y avanzó a traspiés hacia los heridos con una expresión ceñuda en el rostro.

—Bendita Madre —jadeó Niryal, con el semblante pálido y furioso al contemplar la desolación—. ¿Qué habéis hecho?

—Lo que era necesario —le espetó Malus, que se acercó al primer par de heridos y los remató con breves tajos cargados de rencor. Humeantes fuentes de sangre trazaban un arco en el aire teñido de azul cada vez que la hoja de doble filo volvía a ascender—. ¿Habrías preferido dejar que estos blasfemos nos mataran?

—¡Por supuesto! —gritó la sacerdotisa—. Nuestras vidas no significan nada comparadas con el conocimiento encerrado entre estos muros…

Malus se volvió hacia ella y le apuntó la cara con la espada goteante.

—No comiences —le advirtió. Al lado, un fanático rodó hasta quedar boca abajo y comenzó a arrastrarse hacia una espada que tenía cerca. El noble vislumbró el movimiento y cayó sobre el herido, al que asestó despiadados tajos en cabeza y cuello.

—¡Nada… de… esto… es… tuyo! —dijo Malus, que enfatizó cada palabra con un brutal golpe de espada. El fanático se desplomó y el noble buscó otra víctima—. Cada libro, cada maldito cráneo, pertenece a Urial. ¿Lo ves?

—¡Lo que veo es otro maldito desastre! —le espetó la sacerdotisa. De algún modo había logrado no soltar el hacha durante la explosión, y señaló a Malus con los curvos extremos de la hoja de doble filo—. Dejas muerte y ruina tras de ti, a dondequiera que vas.

Malus pasó por encima de un cuerpo inmóvil y lo estudió. Veloz como una víbora, le clavó una estocada en la garganta y fue recompensado con una brillante fuente de sangre. El druchii comenzó a sufrir convulsiones y el noble gruñó de satisfacción.

—¿No dije que era un servidor de Khaine? —replicó, y le lanzó una mirada desafiante.

—¿Qué servidor de Khaine dejaría en ruinas el templo de su dios? —preguntó ella.

—Uno que esté librando una guerra —replicó el noble. Señaló al otro lado de la puerta con la espada—. Si piensas que ese usurpador del sanctasanctórum es el verdadero Azote, acude a él a ver cómo recompensa tus equivocadas creencias.

Los dos druchii intercambiaron miradas furibundas: Niryal temblando de cólera, y Malus frío e inmóvil como una piedra.

Un montón de deshechos se movió y dejó a la vista a un fanático malherido. La sangre borboteó en los labios del guerrero cuando gimió.

La cara de Niryal se contorsionó con una mueca amarga. Alzó el hacha, avanzó tres rápidos pasos y clavó la pesada hoja en el pecho del herido. Al arrancarla del cuerpo, la sacerdotisa salpicó los libros circundantes con gotas de color rojo vivo, y luego salió de la sala con una mirada de odio. Momentos después, Malus oyó los golpes sordos del hacha al rematar a los supervivientes de la galería.

El noble se volvió a mirar a Arleth Vann. Los ojos del asesino aún recorrían las ruinas de su infancia e iban de una pila de libros destrozados a otra. El noble avanzó con cuidado entre los restos, para reunirse con él.

—No lo lamentes —le dijo el noble, con tranquilidad—. Hiciste lo que había que hacer.

Arleth Vann pareció reparar en él por primera vez, y salió de su inhóspita ensoñación.

—Ella tiene razón —dijo con voz hueca—. No puedes imaginar lo que se ha perdido, mi señor: ¡tanto conocimiento…, tanta historia!

Malus cogió al guardia por el cuello y lo atrajo hacia sí.

—El conocimiento es ilusorio —gruñó—. La historia no es más que un prólogo. Todo lo que se guardaba en esta sala estaba destinado a conducir al templo al momento presente. Ha servido a su propósito, Arleth Vann. El Tiempo de Sangre está cerca.

El asesino miró fijamente a Malus, y una expresión dolorida afloró a su rostro. Entonces, asintió lentamente con la cabeza.

—Sí, por supuesto. Tienes toda la razón, mi señor. —Arleth Vann hablaba como si intentara convencerse a sí mismo—. Lo pasado, pasado está.

—Bien dicho —lo animó Malus—. ¿Averiguaste algo por el anciano?

Arleth Vann desvió los ojos hacia el círculo destruido. El cráneo descansaba en el centro, milagrosamente intacto.

—Fue difícil, mucho más de lo que yo esperaba —admitió—, pero sí, el anciano acabó por comunicarme una parte de sus conocimientos.

—¿Y?…

El asesino suspiró y su cálido aliento se transformó en vapor ante él.

—No hay forma de seguirles la pista a los fanáticos al otro lado de la puerta —dijo—. Hacerlo requeriría un lazo personal con uno de ellos, como el parentesco de sangre o el poder de un juramento mágico.

Malus gruñó.

—Eso no nos sirve de nada.

Arleth Vann interrumpió las protestas del noble con una mano alzada.

—No tenemos ningún lazo con los fanáticos, pero sí un poderoso nexo de unión con la espada en sí.

—¿Cuál?

—Tú, por supuesto —le aclaró el asesino—. Tú eres el Azote. La espada está destinada a que la empuñes tú durante el Tiempo de Sangre. Ese destino te une a la Espada de Disformidad, y con eso puedes orientar tu rumbo al otro lado de la Puerta Bermellón.

«¡Condenado destino!», pensó Malus amargamente. Imaginó que sentía cómo el demonio se hinchaba de placer dentro de su pecho.

—En ese caso, debemos partir de inmediato —manifestó con brusquedad—, siempre y cuando podamos regresar a las criptas.

—No podemos volver por donde vinimos, obviamente —replicó el asesino, con una voz que recobraba lentamente la fuerza a medida que se libraba del agotamiento del ritual y su cataclísmica culminación—, pero si nos movemos con rapidez podremos atravesar la planta baja y hallar otro punto de entrada en uno de los edificios cercanos.

—¿Y qué me dices de los guardias?

El asesino logró reír débilmente entre dientes.

—Están todos aquí arriba, y en cualquier momento llegarán más. A Urial no le habrá pasado inadvertido lo que ha sucedido aquí.

—No debería sorprenderme —dijo Malus—. Marchémonos. Pero tengo otro encargo para ti, cuando lleguemos al pabellón.

—Como quieras, mi señor —respondió el guardia, con un suspiro cansado—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

—Hazla rápido.

Arleth Vann señaló con la cabeza en dirección a la galería.

—¿La habrías dejado acudir ante Urial, si hubiera querido hacerlo?

Malus no dignificó semejante necedad con una respuesta.

Los tres leales del templo que quedaban salieron en la cámara principal, no sin lanzar miradas de preocupación por encima del hombro a Malus y a la tumba de Gothar, el maestro herrero. Niryal fue la última. No había pronunciado una sola palabra desde que salieron de la Ciudadela de Hueso, pero Malus veía claramente el enojo y la duda que guerreaban tras sus ojos. Ese conflicto no había hecho más que aumentar cuando él les había contado su teoría respecto a la Espada de Disformidad.

Se daba cuenta de que querían creerle, porque eso significaba que aún había una posibilidad de restaurar el legítimo orden del templo y obtener venganza en una situación por lo demás desesperanzada. El hecho de que los ancianos del templo hubieran mentido a los fieles durante siglos con respecto a la espada no les había causado demasiada impresión de momento, pero con el tiempo lo haría. Siempre y cuando alguno de ellos sobreviviera.

No había manera de saber qué encontrarían al otro lado de la puerta. Malus se había devanado los sesos intentando deducir adonde habían llevado la espada los fanáticos, pero no se le ocurría un solo sitio que tuviera sentido. Quería formarse alguna idea de con qué se enfrentarían cuando pasaran al otro lado.

Lo recorrió un estremecimiento que le hizo lanzar una mirada de preocupación hacia la puerta de la cámara. Por fortuna, los servidores del templo se habían marchado, ya que les habían dicho que levantaran el campamento y se dispusieran a partir. Malus se rodeó el pecho con los brazos e inspiró profundamente, mientras intentaba evitar que le temblaran las rodillas.

Ansiaba probar el poder del demonio. La necesidad se había apoderado de él cuando se escabullían de la ciudadela y recorrían secretamente los terrenos del templo. Tal vez se debía al contado con la brujería dentro de la biblioteca o a los efectos de la batalla, pero mientras caminaba sentía que los músculos se le marchitaban como raíces viejas y las entrañas se le transformaban en hielo. Fue mediante pura fuerza de voluntad que se obligó a concluir el recorrido hasta el pabellón. Se había recostado contra la tumba para contarles los planes a los leales del templo, de modo que no vieran que le temblaba el cuerpo.

«Sólo un poco —pensó—. Apenas un poco. Eldire dijo que aún no estaba todo perdido. Mi voluntad todavía es fuerte».

Lo recorrió otro violento estremecimiento. Sintió que se le doblaban las rodillas y no logró extender la mano a tiempo para evitar caer con fuerza sobre el suelo de piedra. Reprimió un torrente de terribles maldiciones, espantado ante su propia debilidad.

—No hará más que empeorar, pequeño druchii —susurró el demonio, que se deslizó como aceite por su cerebro—. Esto no es más que una muestra de las rigurosas pruebas por venir, a menos que me permitas ayudarte.

—Estás corrompiéndome —gruñó el noble, débilmente—, royéndome las entrañas por dentro, como una rata. ¿Piensas que no me doy cuenta de lo que estás haciendo?

—Malus, tú te has causado esto a ti mismo —replicó el demonio—. Las penosas experiencias que viviste en la torre de Lurhan, y todas las ocasiones posteriores, cuando regresabas a Naggaroth desde el mar. Fuiste demasiado codicioso y tomaste demasiada fuerza de mí de una sola vez.

—¡No me culpes a mí! —gritó el noble, colérico—. ¡Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir! No tomé más de lo que necesitaba en cada ocasión.

—Si insistes en considerarlo de esa manera, no puedo hacer que lo veas de modo distinto —replicó Tz’arkan—; pero todo eso queda en el pasado. Eres lo que eres, y nada puede cambiar eso. ¿Por qué pasar sufrimientos y arriesgar tu vida en el proceso, andando por ahí en este lamentable estado? Permíteme restaurar tus fuerzas. Vas a necesitarlas para lo que se avecina.

Malus apretó los puños. Todo aquello parecía deliciosamente razonable. ¿Por qué luchar cuando ya estaba perdido? ¿Qué sentido tenía? «Si ya estás maldito, es mejor desaparecer en una llamarada de gloria que marchitándote y gimoteando en un rincón».

—¿Qué se avecina? —preguntó, desesperado por cambiar de tema—. ¿Qué sabes tú?

—Sé que habrá lucha, por supuesto, combates desesperados y ríos de dolor. Es tu destino, pequeño druchii.

—Destino —dijo Malus, como si escupiera la palabra, y sintió que se encendía una pequeña parte de su viejo odio. Mentalmente, se acurrucó alrededor de la débil llama—. Te refieres a la grandiosa trampa que has construido para mí. —De repente, se le ocurrió una idea—. ¿Dónde encaja Khaine, en todo esto?

—¿De qué estás hablando?

—De tu plan —insistió el noble—. ¿Qué tiene que ver un demonio de Slaanesh con el Azote de Khaine? ¿Y cómo es que una de las cinco reliquias usadas para sujetarte resulta ser el talismán del elegido de Khaine?

Al principio, el demonio no respondió, y Malus lo interpretó como señal de que había dado con algo importante.

—La espada no siempre ha sido conocida como Espada de Disformidad de Khaine —explicó Tz’arkan—. Es muy, muy antigua, y ha tenido muchos nombres a lo largo del tiempo.

—¿Cómo se llamaba cuando la empuñaba el señor del Caos que te esclavizó?

—¿Qué importa? De todos modos, no tienes los órganos bucales necesarios para pronunciarlo correctamente.

El noble apartó de la mente esa desagradable imagen.

—Lo que me interesa es que la reliquia no fue entregada por el propio Khaine a sus devotos. Cayó en sus manos algún tiempo después de que tú quedaras encerrado en el lejano norte. —La mente de Malus comenzó a trabajar a toda velocidad, al considerar la trascendencia de esa cuestión—. Debían guardarla hasta que yo viniera a buscarla, así que, ¿la profecía del Azote también forma parte de tu plan? ¿Sembraste esa semilla, además de poner la espada en sus manos?

Tz’arkan rió alegremente entre dientes.

—¿Quién puede entender las maquinaciones del destino, Darkblade? Ciertamente, tú no. ¿Cómo iba a poder manipular tantas cosas mientras estaba atrapado en mi prisión de cristal, a cientos de leguas de distancia?

—No lo sé. Esperaba que tú me lo dijeras.

—En ese caso, me temo que estás destinado a la decepción.

Malus se relajó un poco. Al tener la mente completamente ocupada, los dolores del cuerpo parecían disminuir.

—Muy bien. Supongamos que Khaine transmitió la profecía del Azote, y tú te las arreglaste para insertar esa reliquia en las leyendas porque sabías que, un día, yo, o algún otro bastardo ilegítimo como yo, llegaría para declarar que él era el Azote y reclamar la espada. ¿No estás coqueteando con la posibilidad de despertar la cólera de Khaine, con todo esto?

El demonio suspiró.

—Vaya una bestezuela lista que estás hecho, a veces. De acuerdo, como una demostración de compasión por el triste estado en que te encuentras, te contaré esto: al Dios de la Sangre no le importa quién derrame sangre en su nombre, ni por qué, sólo le importa que la sangre fluya.

Malus consideró esta afirmación.

—Entonces, en verdad, cualquiera puede blandir la espada.

—¿Cualquiera? En absoluto.

—Resulta obvio que no está destinada solamente al Azote de Khaine, lo que significa que yo no estoy más unido que cualquier otro a esa condenada cosa.

—Tú no, pero yo sí —replicó el demonio—. Yo he sentido su mordisco, y ella recuerda mi sabor.

El noble abrió los ojos de asombro.

—Entonces, sabías que la espada que Urial tiene en las manos era una falsificación.

—Por supuesto. Lo supe desde el mismo instante en que te hirió a ti.

—¿Y en ningún momento se te ocurrió decírmelo?

—Claro que sí —ronroneó el demonio—, pero ¿qué tendría de divertido decírtelo?

Malus enseñó los dientes al oír la alegre risa del demonio, y se acurrucó contra la tumba de piedra del maestro herrero al sentir que comenzaba otro temblor.

Dormitaba con un sueño inquieto cuando Arleth Vann regresó por fin.

Malus despertó cuando le dieron unos suaves golpecitos en una bota. Al abrir los ojos, se encontró con al asesino acuclillado a una distancia prudente. El pálido semblante de Arleth Vann estaba sucio de hollín y salpicado de gotas de sangre seca.

—¿Dónde has estado? —preguntó el noble, mientras se frotaba la cara para intentar librarse del agotamiento.

—En la ciudad, por supuesto —replicó el asesino, con cansancio—. Las cosas han cambiado a peor.

—¿Peor para nosotros o para ellos? —Malus hizo una mueca—. Déjalo, la respuesta es obvia. —Intentó ponerse de pie—. Ayúdame a levantarme.

Con el entrecejo fruncido de preocupación, Arleth Vann lo alzó.

—¿Es la vieja herida?

—Eso y más cosas, pero sobreviviré —respondió el noble—. Ahora cuéntame qué ha sucedido.

El asesino asintió con la cabeza y se encaminó hacia la entrada, con Malus tras él.

—En algún momento de esta mañana, muy probablemente justo después del alba, los guerreros del templo abandonaron los puestos de resistencia e intentaron abrirse paso a punta de espada a través de las barreras de enemigos formadas por la maniobra de envolvimiento de Urial.

El noble negó con la cabeza, aturdido.

—¿Por qué ahora, precisamente?

Arleth Vann se encogió de hombros cuando atravesaban la primera cámara de enterramiento. Los dos leales del templo que descansaban allí se pusieron de pie al ver a Malus en movimiento, recogieron los zurrones de tela que contenían las provisiones, y echaron a andar tras el noble.

—Corren rumores por las calles. La mayoría piensa que los puestos de resistencia se quedaron sin comida hace varios días, así que la alternativa era abrirse paso o morir de inanición. Otros dicen que los oráculos de baja estofa del barrio de los comerciantes tuvieron visiones de un terrible ejército que caía sobre Har Ganeth, procedente del oeste.

Malus aspiró entre los dientes apretados, pensativo. ¿Podía ser que el Rey Brujo estuviera ya en movimiento?, se preguntó.

—Todo es posible —admitió—. ¿Lograron atravesar las barreras?

—Sí —afirmó Arleth Vann—. La lucha se prolongó durante todo el día, y corren rumores de que murieron centenares de guerreros y brujas. Parece que prendieron fuego a lo poco del distrito de almacenes que no había ardido antes. A lo largo del día, los destacamentos aislados lograron reunirse y abrirse paso a través de la puerta de la ciudad.

El noble se detuvo en seco.

—¿La puerta de la ciudad? ¿No a través de la puerta de la fortaleza?

Arleth Vann asintió con la cabeza.

—Se retiraron a poco menos de un kilómetro hacia el oeste por el camino de los Esclavistas, y están plantando el campamento cerca de la orilla.

—Vaya unos estúpidos. ¡Urial controla toda la maldita ciudad! Ahora será cien veces más difícil echarlo. A menos que…

—A menos que, tal vez, esos oráculos de baja estofa tengan razón y las brujas del templo hayan visto que Malekith está de camino.

—¡Condenación! —exclamó Malus—. Si eso es verdad, casi nos hemos quedado sin tiempo. Si Urial aún tiene el control de la ciudad cuando llegue el Rey Brujo, la suerte estará echada y no habrá modo de evitar la guerra que vendrá a continuación. —Con un gemido sordo, volvió a ponerse en movimiento y atravesó con rapidez la sucesión de cámaras con largas zancadas impacientes.

—Honradamente, mi señor, me sorprende que eso te importe —dijo Arleth Vann, que caminaba de prisa para mantener el paso—. ¿Acaso una guerra sagrada no serviría a los propósitos de Khaine?

El noble le lanzó al guardia una mirada dura.

—Dadas las circunstancias, creo que eso debo decidirlo yo.

—Por supuesto, mi señor.

Malus continuó adelante y atravesó la última cripta hasta llegar a la puerta abierta que daba a la antecámara del pabellón. Percibió un hedor acre que le resultó familiar, y oyó que uno de los druchii que los acompañaban lanzaba una maldición de sorpresa ante el olor. Dentro de la antecámara se oyó un nítido siseo prolongado, como si escapara vapor de una tetera rajada.

Aunque era pequeño para su especie, Rencor ocupaba casi un tercio de la amplia antecámara rectangular. Arleth Vann lo había dejado justo dentro de las puertas principales del pabellón, e incluso con la poderosa cola enroscada a un lado, el nauglir era lo bastante largo como para rozar los extremos de las largas mesas situadas a los lados de la habitación.

Malus alzó una mano para advertir a los demás.

—Esperad aquí —les dijo a Arleth Vann y a los otros.

Rencor, al oír su voz, se levantó sobre las zarpas y volvió el enorme hocico cuadrado hacia él. Las fosas nasales se le dilataron al percibir el olor de su amo.

El noble atravesó la estancia con lentitud mientras estudiaba atentamente al gélido en busca de señales de peligro. Antes de enviar a Arleth Vann a la ciudad en busca de Rencor, había untado tanto su piel como la del guardia con una nueva capa del vrahsha que guardaba en un pequeño frasco dentro del ropón. El ungüento disimulaba el olor del druchii, pero no la corrupción demoníaca que Malus sabía que estaba propagándose por su cuerpo.

Del pecho de Rencor ascendió un lento gruñido.

—Tranquila, grandiosa bestia tonta —dijo alegremente—. Soy yo.

El gélido bajó levemente la cabeza. De las enormes fauces le caía baba venenosa en largos regueros espesos. Gruñó amenazadoramente cuando el noble avanzó otro paso. Al desenroscar la cola, las escamas rasparon la piedra. El musculoso apéndice grueso como un cable rozó la mesa central de la estancia al pasar y redujo a polvo una de las esquinas con un fuerte crujido.

Malus se detuvo, repentinamente reacio a ponerse al alcance del gélido.

—¿Dónde lo encontraste? —preguntó.

—En los establos donde lo dejaron los fanáticos de Tyran —respondió el asesino—. Había logrado salir del corral hacía días, y parecía estar instalado allí.

El noble examinó al nauglir y reparó en varias heridas recientes en el pellejo acorazado de la bestia de guerra. Ninguna parecía ni remotamente grave. Para su gran alivio, la silla de montar y las alforjas del lomo del gélido estaban intactas.

—¿Le han dado de comer a Rencor?

—Sí, ha comido bien —le aseguró el guardia—. Había restos de carne y trozos de hueso por todo el corral. Probablemente se comió primero a los cuidadores, y luego se puso a cazar a los habitantes de la ciudad durante los últimos días.

Malus asintió con la cabeza. Si Rencor estaba bien alimentado, era un momento tan seguro como otro para acercarse a la bestia. Tras inspirar profundamente, avanzó un paso más.

El gélido se apoyó ligeramente sobre los cuartos traseros en una postura defensiva; otra mala señal.

—¿Qué crees que estás haciendo? —le preguntó Malus a la bestia de guerra—. Soy yo, y no tengo tiempo para tus tonterías. Tenemos una dura cabalgata por delante.

Avanzó otro paso, y las fauces de Rencor comenzaron a abrirse lentamente, centímetro a centímetro.

El noble se dio cuenta de que el gélido se disponía a atacar, y lo inundó una abrumadora ola de frustración.

—Mira, escúchame, enorme montón de escamas —le espetó Malus, y apuntó con un dedo colérico a la bestia de guerra de una tonelada de peso—, no he llegado hasta tan lejos para convertirme en comida de mi propia montura. ¡Quieto, y déjame que te mire!

El grito autoritario de Malus resonó en las paredes de la cámara y sobresaltó al gélido. Rencor se echó bruscamente atrás, con las fosas nasales dilatadas, y lanzó dentelladas al aire con los largos colmillos como dagas capaces de machacar incluso hueso. Por un instante, el noble temió que la bestia de guerra diera media vuelta y huyera de la antecámara hacia el túnel del otro lado de la puerta, pero el gélido se detuvo, echó vapor por la nariz y se sentó, obediente.

Interiormente, el noble suspiró de alivio.

—Eso está mejor —dijo, y se acercó al nauglir. Caminó en torno al gélido para examinarle las garras, los dientes, los ojos, los flancos y la cola. Cuando se convenció de que la bestia estaba prácticamente ilesa, pasó a examinar sus pertenencias—. Ayúdame con esta armadura —le pidió a Arleth Vann.

Con movimientos cautelosos, el guardia se reunió con Malus junto a Rencor y lo ayudó a retirar las alforjas de cuero que contenían la armadura del noble. Arleth Vann trabajó con rapidez y eficiencia para desenvolver las piezas de la tela aceitada que las protegía, y luego ayudó a Malus a ponerse el viejo kheitan. Al cabo de pocos minutos, el noble se sujetaba el cinturón de la espada sobre el faldar de malla, y casi se sentía otra vez como el de antes.

—Dices que la lucha en la ciudad se prolongó hasta la puesta de sol, más o menos —recordó Malus, mientras se ponía los guanteletes—. ¿Qué hora es ahora?

—Han pasado dos horas desde la puesta de sol, aproximadamente, mi señor —respondió el asesino.

Malus hizo una mueca. Las primeras luces previas a la aurora palidecían el cielo cuando él, el asesino y Niryal habían escapado de la Ciudadela de Hueso.

—Hemos perdido muchísimo tiempo —se lamentó, y miró hacia la puerta principal del pabellón—. ¿Dónde está Niryal? Ella y otro de los leales del templo estaban montando guardia.

Arleth Vann frunció el entrecejo.

—No vi a nadie cuando llegué, mi señor.

Malus se quedó petrificado. Un frío nudo de pavor le contrajo las entrañas.

De repente, Rencor se volvió para dirigir el hocico hacia el túnel exterior y gruñir amenazadoramente. De inmediato, le respondió un coro de agudos aullidos.