10: Fe y asesinato
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Fe y asesinato
Malus, sin habla, se quedó mirando fijamente al guardia.
—¿Quieres decir que todo esto está construido sobre una mentira? ¿Que los seguidores del templo vendieron su fe a cambio del favor político?
Arleth Vann asintió con la cabeza.
—¿Eso te molesta?
El noble ladeó la cabeza con aire pensativo.
—De hecho, es más bien tranquilizador. Al menos esas motivaciones tienen sentido para mí, pero está claro que no todos los fieles creyeron en la autenticidad del pronunciamiento de los ancianos.
—No —respondió el guardia—. Los ancianos presentaron el caso de manera impresionante, por supuesto, resaltando las numerosas enigmáticas profecías que parecían apoyar la afirmación. Una mente tortuosa puede hacer que las palabras de un oráculo encajen con lo que le dé la gana, si se esfuerza lo suficiente, pero no bastó. Varios jefes del culto y sus discípulos vieron el engaño en los argumentos de los ancianos, y se negaron a participar en la alianza a pesar de los beneficios. El debate continuó durante años, pero el templo naciente siguió creciendo y ganando legitimidad. Finalmente, los verdaderos creyentes se dieron cuenta de que su poder mermaba con rapidez. Si no actuaban pronto, los ancianos y sus blasfemias echarían raíces demasiado profundas como para poder arrancarlas.
—Y se decidieron por la lucha.
El asesino asintió con la cabeza.
—Sí, lucharon. En la culminación de una festividad sagrada de una semana de duración, el Draich na Anlar, los jefes del cisma reunieron a sus seguidores y atacaron a los ancianos en plenas consagraciones. Sin embargo, el intento fracasó. Algunos eruditos sugieren que los jefes del cisma fueron traicionados, mientras que otros lo atribuyen a la intervención divina. En cualquier caso, nunca se volvió a ver ni oír nada de los cinco verdaderos creyentes que entraron en el templo para matar a los ancianos blasfemos. Otras confrontaciones que se produjeron por la ciudad degeneraron en disturbios caóticos que acabaron con miles de vidas. Las luchas continuaron durante toda la noche por las calles, y al romper el día la Ciudad Blanca estaba teñida por ríos de sangre. A continuación, los ancianos del templo no dejaron piedra sin mover en busca de los jefes del cisma y sus aliados, y a los que encontraron los arrastraron hasta la calle y los decapitaron allí mismo. A ese hecho se debe que Har Ganeth haya acabado por ser conocida como la Ciudad de Verdugos.
—¿Y los supervivientes?
Arleth Vann se encogió de hombros.
—Huyeron de la ciudad y se dispersaron por toda Naggaroth y aún más lejos para mantener viva la fe verdadera. Sabían que antes o después aparecería el auténtico Azote, y entonces habría otro día de ajuste de cuentas con los blasfemos.
—Así que los fanáticos volvieron a sus raíces y adoraron en secreto como habían estado haciéndolo desde tiempos inmemoriales.
El asesino asintió con la cabeza y reanudó la marcha por el largo túnel.
—Era la forma correcta de hacerlo, de todos modos. Khaine no es un dios para adorar en un templo, sino en el campo de batalla o junto al camino. Nos elevamos al poner a prueba nuestra fuerza ante otros y arrebatarles la vida con destreza y osadía.
Malus echó a andar tras su guardia mientras rememoraba el constante entrenamiento y la superlativa destreza de los fanáticos.
—¿Así que Khaine es, en realidad, un dios de combate?
—No, es un dios de muerte —replicó Arleth Vann—. ¿Cuál es el poder más grande que puedes tener en el mundo?
Malus se encogió de hombros.
—El poder de un rey.
El asesino bufó.
—Un rey puede morir en el campo de batalla como cualquier otro. Piénsalo mejor.
—La condenada brujería, entonces.
Arleth Vann negó con la cabeza.
—No, es más sencillo que eso. En este mundo, el poder más grande es la capacidad de poner fin a la vida. Lo único que todos compartimos, ya se trate de un esclavo o del mismísimo Rey Brujo, es un corazón palpitante. El poder para detener ese latido con un solo golpe es lo que más nos acerca a Khaine. Nos convertimos en dioses que tienen en las palmas de las manos las vidas de quienes los rodean. ¿Lo ves?
—Creo que sí —reconoció Malus—. Es el propósito de los verdugos, supongo.
El asesino asintió con la cabeza.
—En los tiempos anteriores al templo, cada uno de los adoradores de Khaine era un verdugo: una Espada de Khaine. El verdadero creyente mataba a sus oponentes con un solo golpe perfecto que convertía en gesto de adoración, y aumentaba su poder con cada enemigo que mataba en batalla. No fue hasta después de la fundación del templo que los verdugos se convirtieron en una secta aislada, debido a que los ancianos necesitaban acólitos que se dedicaran a prácticas pecaminosas como la recolección del diezmo.
—¿Y las brujas del templo?
Arleth Vann le lanzó a Malus una mirada de soslayo por encima del hombro.
—Ellas sufrieron la peor degradación de todas. En otros tiempos, eran sanguinarios oráculos de Khaine y las que imponían la divina voluntad del Dios de la Sangre. Tenían el poder de invocar a las almas de los caídos y compartir su poder. ¿Y ahora? Ahora son degeneradas que remedan con drogas y lastimosa nigromancia las glorias de sus antecesoras. Tú has visto auténticas brujas de Khaine, mi señor. ¿Acaso las brujas del templo pueden compararse con la terrible majestad de aquellas?
—No —admitió Malus—, desde luego que no. ¿Qué sucedió?
El asesino se encogió de hombros.
—Las brujas de Khaine intentaron mantenerse apartadas de las riñas durante los primeros años del cisma. Las novias de Khaine no se ocupaban de conflictos tan insignificantes. Cuando los verdaderos creyentes tuvieron que abandonar la ciudad y los ancianos confinaron en templos al resto del culto, su prestigio disminuyó gradualmente. Hace al menos dos mil años que una auténtica bruja de Khaine no sirve en el templo.
Mientras caminaban, Malus comenzó a reparar en estrechas entradas abiertas en la extraña obra de piedra de las paredes del túnel. Los marcos estaban hechos de mármol blanco pulimentado y tenían grabadas intrincadas runas en druchast arcaico. Junto a los relieves extrañamente ondulantes de las paredes, estas construcciones más recientes parecían toscas y poco elegantes por comparación.
—¿Qué son? —preguntó.
—¿Eso? Son tumbas —dijo el guardia—. El templo siempre ha enterrado a los fieles, a pesar del edicto de cremación del Rey Brujo. Tal vez los ancianos veneren a los espíritus de los muertos con la esperanza de que intercederán en su favor cuando Khaine descargue su cólera contra ellos. —Con la mano libre hizo un gesto para abarcar las entradas—. Toda la colina está acribillada de complejos de tumbas, y se adentran profundamente en la tierra.
Los dos druchii avanzaron en silencio durante un rato por el oscuro túnel, pasando ante las entradas de las tumbas. Algo en la composición de la piedra silenciaba los pasos, y durante un tiempo fue como si hubiesen dejado atrás el mundo físico y caminaran como fantasmas por un inframundo olvidado. Malus consideró la trascendencia de todo lo que le había contado Arleth Vann. Explicaba en gran medida el extraño comportamiento del templo…, pero su mente no dejaba de volver sobre el encuentro con Rhulan y la expresión desconfiada de la cara del anciano. «La afirmación de Urial pone en duda toda la historia del templo», pensó el noble, lo cual daba amplias razones para mantenerlo recluido y buscar un modo de silenciarlo. Sin embargo, eso era una evidencia en sí misma para cualquiera que estuviera familiarizado con el dictamen del templo. «Aquí sucede algo más —decidió—. Los ancianos tienen un secreto que nadie, ni siquiera los fanáticos, sospecha».
Arleth Vann se detuvo. Malus miró en torno y vio que acababan de llegar a un lugar en el que dos escaleras —una ascendente y la otra descendente— habían sido talladas en la roca viva a ambos lados del oscuro túnel.
—No nos adentraremos más en la colina. La Puerta Bermellón está cerca, y siempre se halla bien guardada por un destacamento de brujas y verdugos. —Señaló la escalera ascendente—. Aquí es donde el viaje se vuelve arduo.
Malus miró la escalera.
—¿Más guardias espirituales?
Arleth Vann negó con la cabeza.
—No. Sólo cientos y cientos de escalones.
Malus perdió toda noción del tiempo mientras ascendían por la escalera de caracol. El recorrido se transformó en una sucesión de resonantes pasos y sombríos rellanos que daban a antiguas galerías y laberínticos pasadizos que conducían hasta tumbas mohosas. La colina del templo era un laberinto más vasto y complejo que cualquier cosa que hubiese visto jamás; incluso la torre del brujo demente, Eradorius, parecía más pequeña y menos complicada por comparación. Entre jadeos, el noble reflexionó sobre el hecho de que había resultado ser una gran merced que su camino se hubiera cruzado con el de Arleth Vann. A solas, podría haber estado deambulando a tientas por la colina y sus pasadizos hasta que los mares se secaran.
Continuamente inspiraba la seca niebla de polvo de hueso que flotaba en el aire, ya que siglos de servidores del templo se pudrían en los nichos y huecos de debajo del grandioso templo. El polvo le causaba picor en la nariz y le dejaba sabor a sepultura en la garganta.
Al fin, salieron a una sala bien iluminada donde brillaba el fuego verde de las lámparas brujas. Se encontraban en un amplio espacio de abovedado techo bajo, prácticamente una plaza subterránea si se la comparaba con los estrechos pasadizos y la escalera que acababan de recorrer. Malus reprimió el impulso de masajearse las temblorosas piernas doloridas.
—¿Dónde estamos? —preguntó de inmediato.
—Nos encontramos en las cámaras que están situadas debajo del templo —respondió Arleth Vann, que observaba los numerosos pasadizos que partían desde la estancia—. Desde aquí podemos llegar a casi todos los edificios principales del interior de la fortaleza. Incluidos los aposentos privados de los ancianos.
Malus asintió con la cabeza y apretó los dientes a causa del lacerante dolor de las rodillas.
—Muy bien. ¿Dónde es probable que encontremos a Rhulan, en este momento?
—Cuando los ancianos no ofician rituales, normalmente se retiran a sus aposentos —le informó el asesino—. Sin duda para reflexionar sobre asuntos de fe —añadió con una sonrisa burlona.
—Sí, pero esta no es una noche normal. Un anciano ha desertado del templo. Puede que la historia que corre por la calle sea que lo han secuestrado, pero imagino que el resto de los ancianos conocen la verdad. Los guerreros han salido a las calles para luchar contra los verdaderos creyentes, y el consejo sagrado continúa inoperante. ¿Adónde suelen ir los ancianos cuando celebran cónclaves?
—A las cámaras del consejo que están en la Ciudadela de Hueso —respondió Arleth Vann—, pero si se encuentran reunidos allí, estarán bien protegidos.
—Pensaba que los asesinos del templo eran supuestamente invisibles —le espetó el noble.
—Cuando la situación así lo exige —respondió el guardia con frialdad—. ¿Mi señor puede decir lo mismo?
Malus le lanzó una mirada dura.
—Limítate a acercarnos cuanto puedas. Ya improvisaremos cuando estemos allí.
—Te refieres a que mataremos a cualquiera se interponga en el camino.
—Sí, es lo que he dicho.
Arleth Vann le dedicó otra de sus fantasmales sonrisas.
—Es bueno saber que algunas cosas nunca cambian. Sígueme, mi señor.
El asesino condujo rápidamente a Malus afuera de los túneles bien iluminados de debajo del templo hasta malsanos pasadizos llenos de telarañas y por cuyas paredes goteaba agua fangosa. No hizo intento alguno de encender otra vez la lámpara mágica, cosa que obligó a Malus a agacharse y seguir el casi indetectable sonido de los pasos del guardia. De vez en cuando cruzaban corredores más transitados, y en una o dos ocasiones el noble percibió conversaciones susurradas de los sirvientes del templo que llevaban a cabo tareas nocturnas. En cada ocasión, Arleth Vann se detenía en el cruce y escuchaba durante unos momentos para determinar los movimientos de los sirvientes antes de atravesar silenciosa y rápidamente el pasadizo hacia la oscura boca del túnel situado al otro lado. Malus se sentía como una rata dentro de las paredes de una gran casa de la ciudad, correteando de una sombra a otra para evitar a las serpientes del dueño del edificio.
Tras casi una hora, Arleth Vann se detuvo a pocos pasos del final del pasadizo y desenvainó las espadas gemelas, tras lo cual se volvió a mirar a Malus.
—A partir de aquí, yo voy por delante —susurró el asesino—. Aguarda tres minutos y luego sígueme.
Malus frunció el entrecejo.
—¿Tres minutos? ¿Cómo voy a saber hacia dónde has ido?
El asesino miró a Malus por encima del hombro.
—Sigue el rastro de cadáveres —dijo con dureza. Luego salió del pasadizo y se escabulló hacia la derecha.
Malus desenvainó la espada. Sentía las piernas pesadas como el plomo tras el largo ascenso por el corazón de la colina, y la perspectiva de luchar lo colmaba de una especie de exhausto temor. «Debería beber del poder del demonio —pensó—. Sólo un poco, para que me diera fuerzas y me librara de la condenada fatiga».
Apenas pasó el pensamiento por su cabeza, cuando una ola de temblores le recorrió el cuerpo. Las entrañas se le retorcieron de ansia al pensar en la gloriosa vitalidad gélida del poder del demonio.
—¡Madre de la Noche! —jadeó, al caer con una rodilla en tierra. El hambre parecía insaciable, y su mente retrocedió con terror ante ella.
Pasaron varios minutos antes de que el temblor disminuyera y dejara a Malus aún más débil que antes. Tenía la cara y el cuello bañados de sudor frío y un nudo en las entrañas. El noble aferró con fuerza la espada y se concentró en la tensión de los nudillos y el duro contacto de la empuñadura que se le clavaba en la palma de la mano. Mediante un esfuerzo de voluntad, volvió a ponerse de pie. Una terrible sensación de presagio pesaba sobre él. ¿Acaso el reciente silencio del demonio no había sido más que la infinita paciencia de un depredador que sabía que la presa se encontraba a un solo paso de la destrucción? «Madre bendita, ¿habré ido demasiado lejos? —se preguntó—. ¿Estoy ya completamente en poder del demonio, en cuerpo y alma?».
El demonio se apretó contra sus costillas.
—¿Te sientes mal, Malus? —la voz de Tz’arkan se deslizó dentro de sus oídos como dulce veneno—. Los ancianos del templo esperan. ¿Deseas mi ayuda?
«Sí», pensó Malus. Se mordió los labios para que las palabras no escaparan por ellos. Su mente era un torbellino de horror y repulsión. Otra ola de temblor le recorrió el cuerpo tenso.
—Vamos, no seas orgulloso —susurró el demonio—. Percibo tu debilidad, pequeño druchii, tu necesidad. Si te presentas así ante los ancianos, verán lo débil que eres. Deja que te devuelva la fuerza.
Malus sintió sabor a sangre. Se mordió los labios con más fuerza aún para que el dolor avivara el fuego de su odio. «Con el odio, todo es posible», se dijo.
—No… no quiero nada de ti —jadeó, y un hilo de sangre le bajó por el mentón—. Nada, ¿me oyes?
El demonio rió entre dientes, engreído y tranquilo.
—Eso es fácil de decir cuando estás solo y a oscuras —dijo Tz’arkan—. No tienes ni idea de lo lastimoso que es tu aspecto. Si los ancianos te ven así, se te reirán en la cara. ¿De verdad es lo que quieres?
Gruñendo como una bestia herida, Malus obligó a su cuerpo a moverse: un paso, y luego otro. El odio hervía en su corazón, un fuego débil comparado con el gélido torrente del poder del demonio, pero a pesar de ello le daba energía. Enseñó los dientes manchados de sangre y escupió sobre el suelo de piedra.
—Verán lo que yo quiera mostrarles —dijo, mientras sentía que recobraba un poco de su antigua fuerza—; nada más y nada menos.
—Por supuesto —replicó el demonio con tono paternalista—. Debería haber adivinado que dirías algo así. Tal vez podrás arreglártelas durante un rato más sin mi ayuda, pero recuerda esto: muy pronto llegará un momento en el que te encontrarás con una apremiante necesidad de mi poder. Pídelo, y será tuyo.
Malus salió con paso vacilante del oscuro pasadizo y parpadeó como un búho en la luz del corredor. A la derecha, a menos de tres metros de distancia, había un sirviente del templo tendido boca abajo sobre un creciente charco de sangre. Había muerto sin hacer el más leve ruido.
El noble inspiró temblorosamente, horrorizado porque de pronto sentía que no estaba a la altura de la tarea que tenía por delante. Estaba convencido de que le había sacado ventaja a Tz’arkan, pero durante todo ese tiempo el demonio simplemente había esperado su momento, como una araña que aguarda en el centro de su tela invisible.
«No todo está perdido, de momento —pensó—. Aún estoy vivo. Aún tengo la espada y el anillo de mi madre; y mi odio, siempre mi odio. ¡Madre Oscura, haz que baste con eso!».
Lamiéndose la sangre amarga de los labios, Malus partió tras el rastro del asesino.
Arleth Vann había cumplido con su palabra y dejado una senda de muertos que habría podido seguir un ciego. Malus pasó junto a más de una docena de servidores del templo, tendidos en corredores y cruces como si los hubieran matado mientras caminaban. En un caso pasó ante un trío de cadáveres que se mantenían verticales al apoyarse unos en otros, y Malus fue asaltado por la imagen del asesino de pálido semblante que pasaba entre el apretado grupo y los mataba con tal rapidez que caían casi al mismo tiempo. La sobrenatural destreza de Vann llenó a Malus de admiración, al tiempo que le recordó su propio estado desastroso.
Por último, Malus se halló en el extremo de un corredor de pálido mármol que relumbraba bajo globos de luz bruja. Al otro extremo aguardaba una puerta abierta ante la que había una pila de guardias acorazados. El noble pasó entre el enredo de cuerpos revestidos de acero, y sus pasos sonaron pegajosos al atravesar un enorme charco de sangre que se coagulaba.
Al otro lado había una sala estrecha dominada por una corta rampa que ascendía hasta una estancia amplia y resonante. Arleth Vann esperaba al pie de la rampa, rodeado por media docena de servidores muertos. El asesino se había detenido a limpiar las espadas gemelas con un jirón de tela arrancado de uno de los cadáveres. Tenía el pálido semblante salpicado de sangre e inquietantemente sereno. El rugido de decenas de voces iracundas procedentes de la estancia de lo alto de la rampa de piedra bañó a Malus en hirvientes oleadas.
—¿Dónde… dónde estamos? —tartamudeó el noble, que alzó la voz para hacerse oír por encima del escándalo.
—Justo delante de la cámara del consejo —replicó Arleth Vann—. Esta es la sala a la que traen a los demandantes que no logran presentar persuasivamente su caso ante el consejo.
En ese momento, un proyectil se estrelló contra la parte superior de la rampa con un sonido sordo, y rebotó al bajar por ella y pasar junto al asesino. Malus captó la furiosa expresión de la cabeza decapitada que rodaba por el suelo.
El guardia alzó la mirada de las espadas que estaba limpiando.
—¿Te encuentras bien, mi señor? Pareces…
—Supongo que tengo aspecto de haber salido de una sepultura, considerando la ruta por la que nos has traído —le espetó Malus—. Es un milagro que pueda ver después de todas las telarañas que he atravesado. —Bajó la mirada hacia el macabro trofeo y le dio una salvaje patada. Este rencoroso gesto lo animó un poco—. Estoy bien —dijo, con una voz a la que dio un toque acerado—; sólo vejado por la estupidez de los sacerdotes. —Sin decir nada más, pasó junto al guardia y comenzó a subir la rampa con la espada sujeta a un lado.
Por un momento, Malus tuvo la certeza de que Arleth Vann lo había conducido al sitio equivocado. Se encontró cerca del vértice de una sala ovalada y rodeada por una galería que ascendía en gradas hasta al menos seis metros. Hombres y mujeres abarrotaban las gradas, gritando y agitando los puños hacia el alboroto que reinaba en el centro de la sala. El aire olía a sangre y se estremecía con el estruendo de una plaza de lucha del distrito de ocio de la ciudad. A menos de diez metros de Malus, más de una veintena de druchii se empujaban, daban puñetazos y abrían tajos unos a otros. En el centro de la refriega, dos druchii de edad más avanzada forcejeaban entre sí, con la cara contorsionada por un odio bestial. En los puños de blancos nudillos temblaban cuchillos de hoja ancha y ambos intentaban sacarle ventaja al contrario. Cada uno de ellos vestía ricos ropones rojos y kheitan del más fino cuero tachonado de oro y piedras preciosas. Los guardias de los dos lucían ropas apenas menos adornadas, y la lucha había dejado una fortuna de oro y gemas esparcidos sobre el suelo de mármol. Los heridos se alejaban a traspiés o a rastras de la refriega, con las manos sobre las heridas, mientras gritaban palabras de aliento a sus bandos respectivos. Un puñado de cadáveres yacía, olvidado, entre los combatientes.
Malus alzó la mirada hacia la galería y se dio cuenta de que la muchedumbre estaba compuesta por ancianos de ropas aún más lujosas y sus sirvientes. En la grada inferior de la galería había seis tronos situados en torno al perímetro de la estancia.
Tres de ellos estaban vacíos, aunque rodeados por ancianos con sus séquitos, como lobos en torno a un ciervo recién muerto. En el ápice de la sala ovalada, en un trono que superaba a los restantes en tamaño y extravagancia, había sentado un druchii muy viejo ataviado con atuendos de latón batido que tenían engastados diamantes y rubíes. Una máscara de oro en forma de cráneo sonriente le ocultaba el rostro, y sus nudosos puños se agitaban cuando se echaba hacia adelante en el trono para gritar palabras de aliento o maldiciones a los que luchaban abajo. Malus vio a Rhulan sentado en el trono de la derecha del viejo druchii. De todos los ancianos reunidos, parecía el menos interesado en la pelea. Tenía una máscara de oro en las manos y se inclinaba hacia un lado para hablar con uno de sus seguidores.
El noble miró a Arleth Vann cuando apareció por la rampa detrás de él.
—¿Es así como el consejo del templo dirime sus asuntos? —gritó.
Arleth Vann se encogió de hombros.
—Debes reconocer que es más entretenido que la corte de cualquier drachau —tuvo que gritar para hacerse oír. El noble sacudió la cabeza con irritación.
—A la Oscuridad Exterior con todo esto —gruñó, y señaló la refriega—. Ábreme camino —le dijo al asesino.
Arleth Vann asintió con expresión ceñuda y alzó las espadas cortas. Se deslizó rápidamente hacia la lucha, con Malus tras él, y se abrió paso a través de la muchedumbre como un trillador que siega grano. Los druchii caían a ambos lados, heridos por las velocísimas armas del asesino, y los demás retrocedían, conmocionados ante el fulminante ataque. Al cabo de pocos momentos, Malus llegó hasta los ancianos combatientes absortos en la lucha. El asesino se apartó a un lado con una reverencia y Malus avanzó hasta ellos e hizo un barrido con la espada que los decapitó a ambos de un solo tajo.
La sangre manó en una brillante fuente de los dos muertos mientras los cuerpos caían el uno contra el otro en un macabro abrazo. Las cabezas cortadas rebotaron audiblemente en el suelo de piedra en medio de un súbito silencio conmocionado.
Con la espada goteando sangre, Malus giró sobre sí para mirar a los ancianos reunidos con fríos ojos de color latón.
—Ahora que cuento con vuestra atención —dijo, y su voz resonó en la sala—, he venido a hacerle una advertencia al consejo. Debéis hacer sonar la llamada a las armas y correr al Sanctasanctórum de la Espada. Mientras reñís aquí como perros sobre un cadáver, Urial y sus partidarios cierran las manos en torno a la Espada de Disformidad de Khaine.
Entre los reunidos se oyeron murmullos escandalizados y gruñidos de desprecio. En el otro extremo de la sala, el Gran Verdugo del templo se levantó lentamente. A su derecha, el Arquihierofante se puso pálido y sus ojos fueron de Malus al jefe del templo y volvieron.
La voz del Gran Verdugo era un ronquido líquido, espeso de corrupción, que burbujeaba desde los viejos pulmones.
—¿Quién eres? —dijo, y sus palabras llegaron al otro lado de la estancia a pesar de la máscara que llevaba.
—Un servidor de Khaine —respondió Malus—. Alguien que os hace una advertencia terrible. Y, aparte de eso, ¿qué importancia tiene? Vuestros enemigos están a punto de destruiros, Gran Verdugo: a vosotros y a esta casa construida por vuestros predecesores. ¿Actuaréis, o nos quedaremos aquí sentados a malgastar en presentaciones un tiempo precioso?
Toda la estancia resonó con una sola inspiración cuando los presentes manifestaron su conmoción ante las palabras de Malus. El acero tintineó al saltar las espadas de sus vainas doradas, y algunos ancianos ordenaron a sus guardias que les abrieran paso para poder llegar al centro de la sala. Entonces, Rhulan se puso en pie de un salto y habló con voz clara y alta.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, al tiempo que fijaba en Malus una mirada significativa.
El noble lo miró a los ojos y asintió respetuosamente con la cabeza.
—Porque he pasado los últimos cuatro días a los pies de Tyran el Intacto, jefe de los fanáticos que se oponen a vosotros —respondió—. He estado presente en los consejos y sé que tienen agentes dentro del mismo templo. —Recorrió con una mirada fría a los coléricos ancianos—. Han estado en estrecho contacto con Urial desde el momento en que entraron en la ciudad, y todo lo que han hecho ha sido para preparar esta noche, precisamente. —Alzó la espada manchada de sangre y señaló los tronos vacíos—. ¿Creéis que esto ha sido todo por accidente? ¿Debido a un cruel golpe de infortunio? No. Golpearon directamente al Haru’ann, sembrando la confusión y la discordia mientras formaban un consejo erudito propio. ¡Ahora, mientras todos vuestros guerreros golpean las puertas de casas vacías por toda la ciudad y nosotros hablamos, ellos se han escabullido al interior del templo y están llevando a cabo el Ritual del Portador de la Espada!
—¡Dejadlos! —gritó una mujer, con una voz cortante que atravesó la tensa atmósfera. Malus vio que una joven sacerdotisa de la tercera fila de la galería se encaraba con el Gran Verdugo—. Nosotros sabemos que Urial no es el Azote. ¡El ritual fracasará y tendremos la oportunidad que hemos estado esperando para denunciarlo!
—Si el ritual fracasa, los herejes buscarán el fallo en los hombres que lo llevan a cabo, no en su pretendido salvador —le contestó Malus—. Esto sólo puede acabar con la muerte —gruñó, mirando al Gran Verdugo—. Tú lo sabes.
—¡Yo digo que esto es obra de los herejes! —proclamó un druchii de más edad que estaba a la derecha de Malus, y se inclinó por encima de la barandilla de la galería para señalarlo con un largo dedo—. Ya en una ocasión anterior enviaron asesinos contra nosotros. ¡Tal vez han enviado a este alborotador para que nos atraiga hasta el sanctasanctórum y así poder matarnos a todos!
Malus clavó en el anciano una mirada fría.
—Si temes por tu vida, anciano, entonces no dudes en huir a esconderte bajo tu mullida cama. —Fijó la vista en los oscuros ojos del Gran Verdugo—. Esto es una cuestión para guerreros.
—¡No es nada parecido! —le espetó la joven sacerdotisa—. ¡Si es verdad, los fanáticos nos han regalado una oportunidad! Dejad que intenten culminar el ritual. Cuando fracase, regresarán junto a sus seguidores y caerán los unos sobre los otros en busca de alguien a quien culpar. Esta crisis puede resolverse por sí sola.
Malus observó cómo el Gran Verdugo miraba a la joven sacerdotisa, y por un breve instante detectó un destello de incertidumbre en los ojos del vetusto druchii. «¿Tiene miedo?», pensó Malus, sobresaltado.
—Ya he oído lo suficiente —declaró el Gran Verdugo—. Llamad a los guardias. Marcharemos al sanctasanctórum y elevaremos plegarias al Señor del Asesinato para que nos libre con sangre de las obras de los herejes. —Extendió una mano y un guardia salió de detrás del alto trono para ponerle en la palma una enorme hacha que tenía grabadas runas—. Si hay intrusos dentro del sanctasanctórum, se los ofreceremos como sacrificio a nuestro señor.
El Gran Verdugo se puso de pie. Cuando alzó el hacha para señalar a Malus, bajo la piel del cuello y los brazos resaltaron unos tendones como cables de acero tensados.
—En caso contrario, te cortaré la cabeza y derramaré tu sangre sobre la piedra sagrada —declaró—. Como tú mismo has dicho, desconocido, esto sólo puede acabar en muerte.