CAPITULO XI
FUE a finales de aquel verano, un día, al llegar a casa de regreso de la editorial, cuando se lo dijo su tía:
—¿No sabes quién está en Madrid?
Diego.
Seguro.
Se lo decía el corazón.
Ya se lo dijo aquella mañana, cuando salió de casa. Inesperadamente pensó: «¿Y si encontrara a Diego Mendoza?» Sacudió la cabeza como intentando alejar aquel tonto pensamiento.
Pero tía Doli estaba allí y parecía ilusionada.
—Diego Mendoza.
Lo sabía.
¿Lo sabía?
No. Lo presentía.
—Ha llamado por teléfono dos veces esta mañana. Una nada más marcharte y otra hace un instante.
—Ah.
—¿Sólo dices eso?
¿Qué podía decir?
¿Que estaba enamorada de Diego Mendoza? Sería una estupidez. No el hecho en sí, sino las consecuencias que ello podría acarrear.
Era una insensatez por su parte haberse enamorado de Diego. Todo empezó a lo tonto y cuando Diego marchó, aquella noche que le dio un leve beso... Fue como un sello. Un sello que se olvidó Diego al darlo y a ella se le pegó en el alma.
—No escribió después—seguía diciendo tía Doli, ajena a los pensamientos de su sobrina—, pero ya ves, tan pronto llega, te llama. Es un chico leal.
Se volvió casi irritada.
Ella, que jamás perdía su ecuanimidad, de pronto se sentía alteradísima.
—¿Por qué? ¿Por qué es un chico leal? No estaba obligado a nada conmigo.
—¿Qué te pasa?
Frenó bruscamente.
Que tía Doli no supiera...
Bastante tenía con pelear con la casa y todo lo que con ella se relacionaba. Al fin y al cabo, ella sólo llevaba dinero al hogar. Pero en cuanto a sus intríngulis de administración, trabajo y demás, no se enteraba.
—Me molesta que digas que es un chico leal. Podía muy bien llegar a Madrid, marcharse de nuevo, y no estaba, repito, obligado a llamarme por teléfono ni para saludarme.
—Si ya lo sé. Pero a mí me agrada que lo haga. Es tu primero y único alumno, y ya ves.
—¿Cenamos luego?
—Los chicos acaban de llegar. Están bañándose. Da una pena que se vaya el verano y empiecen las clases de nuevo. Dice Santi que los profesores están irritados.
—Claro, siempre ocurre igual cuando se abre el curso.
—No me preguntas qué me dijo el señor Mendoza.
Tenía que hacerlo, a menos que se expusiera a que su tía sospechara su estado de ánimo.
—¿Qué... dijo?
—Tiene muchas ganas de verte. Dice que no volverá a marcharse hasta mediados de invierno, que todo le salió bien y que se entendió muy bien con los ingleses. Dijo también que pasaría a saludarte hoy mismo o mañana por la mañana.
En aquel instante sonó el timbre.
—Es él—saltó tía Doli feliz—. Seguro.
Y sin esperar la aquiescencia de su sobrina, salió corriendo en dirección al hall.
Casi en seguida, ella oyó su voz.
Aquella voz de Diego, pastosa, algo bronca, muy varonil...
—Tía Doli, qué alegría verla.
Era así Diego.
Se consideraba en su casa como de la familia.
Le molestó admitirlo. Sí, meses antes le parecía natural. ¡Se hizo tan familiar en su casa! Pero de pronto...
—¿Dónde está Juni?
—Juni, Juni—gritó tía Doli, ajena a lo que pensaba la muchacha—. Juni, mira quién ha llegado.
«Serenidad, Juni», se dijo a sí misma. «Mucha serenidad.»
Y avanzó resueltamente, con aquel empaque suyo, aquel aire de niña bien, venida a menos, aquella sonrisa diáfana que parecía no ocultar nada debajo.
Nunca lo ocultó, pero... a la sazón, sí. ¡Qué remedio le quedaba!
—Juni—gritó Diego desde el perchero donde colgaba su abrigo—. Juni...
—Hola, Diego — saludó la joven suavemente—. ¿Cómo estás? No te contaba aún de regreso.
—Inglaterra para los ingleses—refunfuñó yendo hacia la joven—. España para los españoles—apretaba las finas manos femeninas—. ¿Cómo estás, Juni? ¿Cómo estás?
—Bien... bien... Diego. ¿Y tú?
—Pasad al saloncito—dijo tía Doli—. Yo tengo que ir a ver qué hacen esos crios. Luego volveré. Bien venido, señor Mendoza. No sabe cuánto me alegra verle otra vez por aquí. De verdad que le echamos de menos.
—Gracias, tía Doli—seguía apretando las manos juveniles—. Gracias. Le aseguro que aún no vi a mi familia. No porque yo no haya ido a mi casa, sino porque por allí no había nadie, excepto la servidumbre.
Juni rescató sus manos.
Diego no se dio cuenta.
—Pasa al saloncito—dijo ella—. Si has llegado hoy, aún estarás cansado.
—Fui a casa—entró en la salita tras ella y buscó el rincón de siempre—. ¿Puedo sentarme? Gracias —se sentó. Ella frente a él—. Como te decía, fui a casa y allí me di un buen baho. No pude dormir. Tenía ganas de verlos a todos. Pero mis padres están en el chalet de Torremolinos. Mis hermanas en Benidorm y Javier se fue a pasar el fin de semana con Marisa a Murcia. Un fastidio. Llegas a casa lleno de ilusión, deseoso de contar mil cosas, y te encuentras con la casa llena de rostros comerciales.
—¿Comerciales?
—¿No son seres comerciales todos los que reciben un sueldo de ti? Aunque sólo sea por el sueldo, te ponen cara de risa.
* * *
—Bueno—añadió, sin que Juni le interrumpiera—. Estoy hablando de mí y mi desilusión. ¿Y... de ti, qué? ¿Qué has hecho durante todo este tiempo?
—Trabajar.
—Parece imposible que una persona como tú trabaje así. ¿Sabes lo que pensé durante el tiempo que estuve ausente?
—Lo sé por tus cartas.
El rió.
Se inclinó hacia adelante hasta buscarle los ojos.
—No me los hurtes—susurró—. Me gusta mirarme en ellos. ¿Sabes que no vi unos ojos tan bellos como los tuyos? Y los busqué, ¿eh? Yo me decía. Tiene que haberlos. Es seguro que los hay. Pues nada. Tuve que volver a España para verlos de nuevo, y tú, ingratísima, me los hurtas.
Era zalamero.
Cariñoso. Atractivo hasta el máximo.
—Juni, no pude escribirte. Es decir, te escribí mil cartas durante este tiempo, pero no eché ninguna al correo. No te decía nada nuevo. Un montón de cosas absurdas—se echó a reír. Y recostándose en el diván—: Se está a gusto aquí. Es el sitio que yo más eché de menos en Londres—entrecerró los ojos—. ¿Sabes, Juni? Cerraba los ojos así, así..., y de pronto te veía a ti ahí sentada, con el libro de inglés sobre las rodillas, con tus pantaloncitos largos, tu blusa escocesa y tus ojos glaucos—abrió los ojos y se echó a reír—. ¿No seré tonto?
Ella no dijo nada.
En el fondo de su ser sentía una emoción profunda.
—En las cartas te decía un montón de cosas rarísimas. Te aseguro que después de leerlas me quedaba mirándome a mí mismo y me decía: «¿Será posible que las haya escrito yo?» Me sentía algo avergonzado. Divagaciones, tonterías. Todo aquello que subconscientemente pensaba, lo plasmaba en el papel, y por eso las rompía. Tú pensarías al leerlas que estaba loco de remate.
Suspiró.
Miró en torno.
—¿No me dices nada?
—Te escucho.
—Y con tu sentido agudísimo de la sensibilidad, estarás pensando que soy tonto.
—No pienso eso.
Se inclinó de nuevo hacia ella.
La miró fijamente.
Juni no fue capaz de darle su mirada. Lentamente la desvió.
—No quieres mirarme.
—Pero..., ¿por qué no he de querer mirarte?
—No sé. Dime, Juni. ¿Hemos perdido las amistades?
—Claro que no.
—Te encuentro diferente.
Lo estaba.
Había descubierto que le quería.
No como amigo, sino... como hombre simplemente.
—¿Sabes lo que pensé?—dijo, sin que ella respondiera—. Que sería bonito casarnos los dos.
Juni se estremeció de pies a cabeza.
—¿Tú... y... yo?
El miró al frente.
Parecía que se le oscurecía la mirada.
—Pero no puede ser. Yo no soy capaz de creer en el amor. A tu lado estoy a gusto, me siento feliz. Sí. ¿No es eso muy complejo? Me siento muy feliz a tu lado, y, sin embargo..., por nada del mundo te diría que te casaras conmigo.
Lo sabía.
No creía posible que él la juzgase como a... Carlota. Lo consideraba así, es decir, no esperaba que se casara con ella, porque los Mendoza siempre pedirían por lo menos una mujer rica y con dos o tres títulos a la espalda, para compensar su falta de abolengo.
—A ti no se te pasó tampoco por la mente, ¿verdad, Juni? Nuestra amistad es más pura que todo eso.
¿No era ella pura?
Claro que sí, y, no obstante..., lo amaba con amor de mujer, no de amiga.
—Claro que no me caso—dijo riendo.
Su risa tenía como un deje amargo, pero Diego no se percató de ello.
—Algún día te explicaré por qué. A ti, creo yo, puedo explicártelo.
Pero no lo hizo en aquel instante, y ella deseaba que lo hiciese.
Inesperadamente se puso en pie y consultó el reloj.
—No te molesto más. ¿Podré verte mañana?
¿Para qué?, pensó ella.
¿Para encarcelarla más?
—Yo creo que ahora... no necesitas mis clases.
—Claro que no—exclamó como asustado—. Pero... ¿impide ello que venga a tu casa?—y sin esperar respuesta, de forma indefinida—: Si me quitan esto..., tu casa, tu sonrisa...—¿no hablaba como un enamorado? ¿Tan ciego estaba Diego Mendoza que no se daba cuenta de lo mucho que la quería?—, las voces de tus sobrinos, el saludo de tía Doli, creo que no me importaría el vivir.
—No seas loco.
—¿No lo crees?
—Anda, vete. Ven mañana, si así lo deseas...
—Gracias, gracias...