CAPITULO VIII

ANDAS desquiciado — le dijo Javier asombrado aquella tarde.

—¿No han venido?

Javier alzó una ceja.

—¿Quiénes?

—Los padres.

—Ah, sí. Han llegado esta tarde. Se van dentro de una semana. Por cierto que papá me preguntó cómo ibas con el inglés.

—Bien.

—¿No pierdes clases? Es interesante que marches dentro de cuatro meses.

¿Dos ya dando clases?

No era posible.

Pero lo era.

—Papá dijo que deseaba verte.

—¿Están visibles ellos?—preguntó sarcástico.

Javier volvió a levantar los ojos de los documentos que consultaba.

—Oye, chico, tú estás insoportable estos días. ¿Qué diablos te pasa? ¿Carlota? Cien veces llamó a este despacho la semana pasada y aun esta mañana aporreó de nuevo el teléfono.

Ya lo sabía.

Llamaba al suyo y la secretaria tenía orden concreta de no pasarle la comunicación.

¿Qué diría Carlota si la recibiese?

¿Qué quería?

¿Acaso engatusarle con una mentira?

—Iré a casa.

—Oye, oye...

—Hasta luego.

—Aguarda. ¿Sabes cuánto tiempo hace que no apareces por casa? Más de una semana.

Prefería la soledad de su apartamento en Princesa.

Ni siquiera invitaba a sus amigos. Ni tenía al fiel criado que hizo la mili cuando él de asistente.

Le dio un mes de permiso y él se pasaba las horas en el apartamento, silencioso, saliendo sólo para comer, y a veces ni eso.

Con una o dos cervezas se pasaba el día.

Todo... ¿debido a qué?

Se alzó de hombros.

—Volveré por la tarde.

—Aguarda, te digo. ¿Qué te pasa? ¿Qué mosca te picó a ti todos estos días? Has cambiado.

Se alzó de hombros nuevamente.

—Bobadas.

Y salió.

Eran las doce del día.

Iría a su casa. Posiblemente no encontrara a nadie levantado.

Era la costumbre.

Desde que ellos dos, Javier y él, terminaron la carrera, su padre se dedicó a vivir.

No tenía objeción que oponer, pero... ¿había derecho a deshacer un hogar sólo porque el negocio estuviera tan bien montado que casi marchaba solo?

Frenó el Simca ante el enorme edificio de la Castellana.

Uno de aquellos pisos pertenecía a su padre. Pensó cuánto costó. Lo recordaba. El no era un comunista ni un revolucionario, pero alguna vez pensaba que tenerlo todo unos y otros tan poco le sacaba de quicio.

Ver pedigüeños en la calle y encontrarse más tarde con un señor montado en un «Cadillac» americano, cuando podía tener un coche nacional y repartir el resto entre los que no comían, que hubiese sido lo correcto.

Pero...

¿Lo hacía él?

Claro que no.

Malhumorado aparcó el auto y saltó a la acera. Cruzó la calle y se perdió en el ascensor.

Casi en seguida se encontró abriendo la puerta de la casa de sus padres. En aquel piso que parecía un decorado de cine, inmenso, donde las voces se perdían como en un desierto, se sentía ahogado. La cosa era compleja. Tan grande y él sentía ahogo.

Encontró una doncella.

—Buenos días, señorito Diego.

—Hola, Mary. ¿Qué es de mi familia?

—Todos están descansando, señorito Diego.

Claro, era de suponer.

Consultó el reloj. Las doce y media.

Y en aquel regio piso principesco todo estaba en silencio, como si fueran las tres de la madrugada.

—Los señores han tenido una fiesta—decía la doncelia con la mayor naturalidad—. La señorita Isabel no ha venido aún. Acaba de llamar diciendo que se queda en casa de los Fidalgo. La señorita Inés regresó hace cosa de cuatro o cinco horas y me dijo que la llamase a las dos de la tarde. Tiene proyectado un viaje a Toledo esta tarde. Los señores se han retirado a las cinco, señorito Diego. Aún está Leo recogiendo el salón.

Sintió tristeza.

¿Qué buscaba él en la vida?

¿Una continuación de sus padres?

Se podía tener dinero y tener a la par un hogar cristiano, y decente, y ordenado.

—Tengo que marcharme otra vez—dijo por toda respuesta.

—¿Debo decir algo a los señores cuando se levanten?

Se alzó de hombros.

—No merece la pena.

Salió de nuevo.

Sintió frío en la calle. Frío de dentro, como si algo se le filtrara e hiriera la piel y los huesos.

¿Qué necesidad sintió Diego Mendoza?

Una. Concreta, firme, definitiva...

*    *    *

—Hace muchos días que no viene el señor Mendoza—dijo tía Doli—. ¿Le habrá ocurrido algo?

Otra mentira.

Ella, que era enemiga de ellas, las decía desde hacía una semana con una facilidad que la asombraba.

—Tendría un viaje.

—¿Sin advertirlo?

—¿Por qué tiene que advertirme? Al fin y al cabo soy yo quien tiene que estar pendiente del alumno, no éste de mí.

—Por eso mismo debieras haber llamado a la oficina exportadora.

—No es un niño—cortó todo lo suave que pudo.

—Tengo que salir—dijo tía Doli—. Iré a buscar a los niños a la parada, a la par que compro unas cosas para mañana.

—Es lo que no me explico. Por qué no buscas una muchacha.

—Juni, no seas insensata—se alarmó la tía—. Como está hoy el servicio, decirme eso. ¿Qué haría yo entre tanto ella trabaja? Además, si algo me desquicia es gente extraña en casa, oteando todo, enterándose de lo que comes, lo que bebes y hasta lo que hablas, porque si no está delante escucha por detrás.

Hubo de sonreír.

—Eres el colmo—apuntó—. Siempre buscas disculpas y razones para todo.

—¿Vienes conmigo?

—No puedo. Tengo un trabajo pendiente.

Pero no era así.

Otra mentira.

Esperaba que un día u otro volviera, y quería estar allí. Necesitaba estar allí. Que él, si volvía, no la considerara una estúpida provinciana haciendo remilgos por lo ocurrido una semana antes.

Se fue tía Doli, y como si estuviera esperando que se quedara sola sonó el timbre.

Se hallaba sentada, con una revista entre las rodillas. Perezosamente se puso en pie. Sin prisa, con aquella personalidad suya que no parecía inmutarse por nada.

No pensó en él.

Pensó sólo que tenía que dejar su cómodo sofá para abrir la puerta. Tal vez tía Doli, que se le olvidó a llave. No era la primera vez.

Vestía pantalones malva claros de fina lana. Una blusa a cuadros por fuera del pantalón y calzaba mocasines.

El cabello, como siempre, corto y suelto. Una pincelada verdosa en los ojos, un retoque en los labios y aquella tersura de su rostro de piel mate daba a su persona una frescura juvenil singular.

Abrió.

Le vio allí.

Firme, quizá cohibido o quizá desafiante. No era fácil leer en la expresión inmóvil de aquellos ojos.

—Hola.

—Hola—dijo ella franqueándole la entrada—. Pasa.

Así.

Si él esperaba que le despidiese a cajas destempladas, se equivocó.

*    *    *

No llevaba gabán ni sombrero.

Por tanto, ella no tuvo ni siquiera que indicarle el camino.

Caminó delante de él y entró en el cuarto de estudio.

—Con este tiempo—comentó con la mayor naturalidad—oscurece en seguida. Tengo que encender la luz.

¿No pensaba preguntarle por la ausencia de una semana?

Por lo visto, no.

Vio cómo se sentaba y con un gesto le ofrecía asiento frente a ella. Cómo abría el libro y cómo decía con la serena voz de siempre:

—Veamos dónde lo dejamos el último día.

—Olvídate de mis clases.

Le miró.

Tenía una cierta ironía en el fondo de las pupilas.

—No pensarás—dijo riendo sin enojo, hasta desarmarlo—que te voy a recibir para charlar.

—¿Tendría ello algo de particular?

—Mucho. Soy profesora, no tu amiga.

—Yo prefiero que seas mi amiga.

Se puso seria, pero la media sonrisa seguía bailando algo traviesa en el fondo de las pupilas.

—No quisiera dar pie a otro equívoco, Mendoza.

—Nunca me llamas por mi nombre.

—Así... llamo a mis amigos.

—¿Por qué eres así?

—¿Así?—sostuvo la mirada masculina—. ¿Cómo?

—Otra me hubiese despedido en la puerta.

—Quizá yo necesite el dinero de tus clases. Se me paga bien en la oficina de exportación.

—Tú no eres tan material.

—¿Crees que vivo de ilusiones?

Era un te-te a te-te directo.

No se callaba las respuestas. Las daba rápidas y con su media sonrisa irónica, que estaba desconcertando más y más a Diego Mendoza.

—¿Sabes por qué he venido hoy?

—Porque necesitas irte a Londres.

Movió la cabeza denegando.

Estaba guapo Diego Mendoza. Tenía no sé qué en la mirada. No ira, ni rabia. Más bien un profundo desencanto.

—Nada más lejos de mi mente que ese viaje a Londres. Es más, creo que al final me quedaré en la oficina de España y tendrán que irse a Londres mi padre o mi hermano.

Ella no sabía apenas nada de él ni de su familia. Es más, cuando le hablaron de los Mendoza sólo le dijeron que eran exportadores enriquecidos. Que tuvieron mucha suerte en los negocios y que de la nada llegaron a amasar una fortuna. Otra cualquiera hubiese fruncido el ceño, dada su condición de muchacha distinguida venida a menos.

Ella, no. Ella valoraba en su justo mérito el que un hombre, de la nada, llegara a ser una de las firmas más comerciales del país.

—He venido porque no podía estar solo.

—¿Hoy?

—Ahora.

—Bien, ya estás acompañado—dijo en inglés—. Empecemos la clase.

—No te entiendo nada. Habla en español.

—Lo siento, Mendoza.

—Llámame Diego.

—¿A qué conduciría ello?

—¿Importa que las cosas conduzcan a algo? ¿Hay algo más bello que lo improvisado y natural?

—Esto lo es. Tu clase de inglés.

Fue inútil insistir. Estudió aun a su pesar, y cuando se despedía en la puerta se volvió en redondo.

—Cómo eres.

—¿Me... lo preguntas?

—Lo digo únicamente. Eres... diferente.

—No me des esa virtud.

—¿Virtud?

—¿Ser distinta? Lo es. Te sales de la vulgaridad general, y yo, la verdad, no lo creo en mí. No lo creo posible, no. Soy como todo el mundo. Más o menos tolerante, más o menos altiva, más o menos quisquillosa... Como todas.

—No me guardas rencor—dijo sin preguntar.

—Rencor, no. Por supuesto. Soy incapaz de guardar rencor a nadie. Estimo que la persona rencorosa es débil. Sólo los débiles se parapetan en un rencor que no conduce más que a la reiteración de quien ofende.

—Pero no olvidas.

—No es tan fácil dominarse en ese sentido. De todos modos—dijo evasiva—, espero siempre que las partes desagradables de la vida no se repitan.

—En mí se repetirán.

—Recibirás siempre la misma respuesta—y con aquel acento suyo tan femenino, tan cálido—. Hasta mañana, Mendoza.

—Desarmas.

—¿También lo suponemos un arma de mujer? ¿Una pose?

—En otra lo admitiría rotundamente. En ti ya lo dudo.

—Hasta mañana.

—Te dije que vine por evitar la soledad.

—¡Física!

—Aunque no lo creas en mí, espiritual.

Se echó a reír.

—No la concibo, la verdad. Pero si tú lo dices... ¿Por qué tengo que dudarlo?

—Eres...

—Así.

—¿Siempre?

Juni abrió la puerta.

—Siempre. Buenas noches.

—Sí...

—No lo digas.

—¿Y por qué no?—se exasperó—. Me gusta decírtelo y me gustaría que... accedieras. ¿Qué temes? ¿Me temes a mí?

—¿Y por qué no a mí misma?

Se le encendió la sangre. Se inclinó peligrosamente hacia ella. Buscó sus ojos y ahondó en ellos.

—¿Qué te propones? Todo lo que haces está llamado a atraerme. Confiesas tu debilidad ante un hombre... ¿Sabes lo que eso supone para el hombre?

—¿Por qué he de negar mi debilidad ante ti? Eres un hombre y yo soy una mujer. Nada mejor para evitar peligros que poner una barrera por medio. Además, tú estás habituado a que te lo den todo en bandeja. Yo estoy obligada a defender esa bandeja mía, que no me da nadie, pero que quieren darme. ¿Ves la diferencia? ¿Ves el peligro? ¿El choque?

El salió sin responder.

¿Qué podía decir?

Aquella muchacha enajenaba y quizá ni ella misma lo sabía.