CAPITULO IX

FUE al día siguiente, y al otro, y al otro.

Todos durante cuatro meses.

Las conversaciones, a veces, se hacían interminables.

Un «tete» a «tete» en inglés que se prolongaba a veces media hora más de lo debido.

Nunca se quería ir.

Un día le dijo:

—Mi casa está vacía.

—¿Vacía?

—Todos hacen lo que quieren.

—Es la alegría de vivir. Quién pudiera hacer igual.

Faltaban tres días para su marcha a Londres.

Nunca le pidió de nuevo que saliera con él, pero jamás faltó a clase. ¿Si la amaba?

Tenía todas las cualidades para ser amada.

Pero también las tenía Carlota. ¿Había mujer que fingiera mejor que Carlota?

Y, no obstante...

No quería acordarse de aquello. Por eso ahogaba cuanto podía el grito de rebeldía que bullía dentro.

Tenía manía con su familia y el modo de vivir de aquélla. Lo censuraba todo, lo desmenuzaba todo.

Lo descarnaba todo, porque para comentarlo lo hacía con ironía y desdén, a veces con piedad, y entonces ella reía.

—Pese a todo—decía—quieres a todos los tuyos.

—Por supuesto.

—Pero no les perdonas el desorden. Si tú no eres un hombre ordenado.

—Quisiera para mi hogar ternura.

—¿Acaso crees que en los tuyos no la hay?

—¿Y qué puede haber, si vas a mi casa a cualquier hora del día y sólo encuentras a la servidumbre? Mi padre marchó ayer a Italia. Mi madre, a la Costa del Sol con Inés y unas amigas. Javier se pasa los fines de semana en cualquier playa de moda.

—No puedes censurar eso. Lo hace el dinero. ¿Para qué se quiere el dinero?

La miraba fijamente.

Ahondaba.

Era lo más peligroso de él. Siendo un hombre frívolo, y no cabía duda de que lo era, buscaba siempre el lado mejor de las cosas y lo desmenuzaba todo, como si pretendiera hacerlo suyo. Si no podía. Si sus costumbres eran las mismas de su familia.

—¿El dinero sólo sirve para eso?

—¿Y por qué no?

—No. Rotundamente no. ¿No puedes tú salir con los amigos, divertirte, pasar fuera los fines de semana?

—Puedo.

—Y sin embargo estás aquí, al pie del cañón, vigilándolo todo, trabajando por las noches, dando ternura a esos niños que ni siquiera son hijos tuyos. ¿Te imaginas lo que tú serías para un marido y unos hijos propios?

—Nunca pensé en ello.

Terminaban siempre desorientados. El preguntando; ella, evadiendo respuestas claras, pues, sin dejar de ser sincera, era más bien reservada.

—Me gustaría—comentó una tarde—llegar a casa y, como cuando no teníamos dinero, encontrar a mi madre en el piso humilde, junto al fogón, diciendo alegremente: «¿Sabes lo que hay hoy para comer? Alcachofas salteadas con jamón, una chuleta detrás con patatas fritas y ensalada.» Y, en cambio, ¿sabes lo que hace mi madre ahora?

—Vivir.

—Eso es, vivir.

—¿Y por qué no?

—¿Y por qué no vives tú, me pregunto yo?

—Tengo una responsabilidad.

—No me convences.

Ya lo sabía.

Por eso toleraba aquellas interminables disertaciones. Porque espiritualmente Diego Mendoza estaba solo, rodeado de gente.

—Ahora—seguía impertérrito—nos sirven la mesa una o dos doncellas. Ponen cubiertos de todas clases. Hacen comidas que no saben a cocina y nunca estás solo con la familia. Siempre tienes dos o tres invitados que te acaban de presentar.

—Bien, corta todo eso—le dijo un día—. Busca una mujer y cásate. Forma tu propio hogar y procura hallar una mujer que sienta y piense como tú.

Fue cuando dejó de mencionar a su familia y el futuro. Fue lo que a ella le hizo pensar que había algo en aquel pasado de Diego Mendoza.

Le gustaría saberlo.

No sabía por qué razón, nada en la vida le agradaría tanto como conocer aquella breve o larga historia sentimental de su alumno.

Fue después de despedirle.

Diego Mendoza llegó a su casa aquella noche. Eran las siete y cuarto. Ella ya sabía que aquellos «tete a tete» tenían que terminar. No dominaba perfectamente el inglés, pero sí lo suficiente para defenderse bastante bien.

—Tengo que irme mañana—dijo al entrar.

Ella se quedó muda.

Diego se volvió en redondo después de colgar el abrigo en el perchero.

—¿Lo presumías?

—Algún día tenía que ser. Has venido a esta casa para eso..., para aprender el inglés y marcharte luego.

La miró fijamente.

Tenía no sé qué en la mirada. Como una nostalgia muda. Como un pesar, como un dolor.

—Pasa a la sala de estudio—dijo de modo indefinible.

—Voy... a parar poco.

—Aun... así.

Pasó. Ella también. Cerró la puerta, y tras unos momentos de silencio ambos avanzaron silenciosamente hacia el fondo de la estancia.

El ventanal estaba abierto. Empezaba mayo. Ya no estaba encendida la chimenea. Hacía calor...

*    *    *

Hubo un silencio.

Se diría que ninguno de los dos deseaba romperlo, o, lo más fácil, que temían romperlo.

—Siéntate—pidió ella—. Por favor... Supongo... que aún tendrás tiempo de sentarte un rato.

Lo hizo. Juni se dejó caer frente a él. Mudamente, Diego le alargó un cigarrillo, que ella aceptó en el mismo silencio. Le acercó el mechero encendido. Fumaron ambos.

—Duele.

—¿Du...ele?

—Mucho. Uno toma cariño a las cosas y de pronto se las quitan y le dan otras que no interesan... Eso es la vida, ¿no crees?

—A veces lo que en un principio no interesa termina siendo la razón de vivir.

Movió la cabeza denegando.

Otro silencio.

Se diría que ambos se sentían cortados, embarazados o cohibidos.

Después de seis meses, durante los cuales tantas cosas se dijeron sin decirse nada en concreto, aquella separación suponía como una barrera, la cual ambos odiaban por distintas causas.

—Estaré lejos tres meses, seis..., no sé—y de pronto—: ¿Sabes, Juni? Te echaré de menos.

Ella pensó que tal vez le ocurriera igual. Se había habituado a sus charlas, a sus miradas, a sus silencios, a sus salidas de tono, a sus exabruptos.

—Mucho, Juni. ¿No es un poco raro?

—¿Qué es lo que te parece raro?

—Que te eche de menos.

—Hemos hablado mucho durante seis meses. Cuando se intima un poco siempre se echa de menos a los amigos.

Se inclinó hacia adelante.

Había calor en sus ojos. Una curvatura rara en los labios.

—¿Me consideras tu amigo?

—¿Y por qué no?

—Nunca tuve mujeres amigas. Hombres, sí, y no muchos. Amigas, amigas..., no. Fueron mis presuntas novias o mis futuras esposas...

—¿Hasta ese extremo llegaste?

Era una pregunta directa.

Nunca habló de Carlota, ni de su desengaño, ni de su dolor, el dolor que le produjo aquel desengaño.

¿Hablar en aquel momento?

No creía que mereciese la pena.

—A veces, para conquistar a una mujer, se prometen cosas...—dijo evasivo—. Quizá haya prometido alguna vez matrimonio, si bien nunca pensé en llegar hasta ese extremo.

—Es una postura villana.

—Tú eres demasiado espiritual.

—Yo soy como debo ser en esta cuestión, y tú lo sabes muy bien.

Consultó el reloj.

Allí se estaba muy a gusto, pero tenía que hacer un montón de cosas antes de retirarse para madrugar al día siguiente.

—Se me hace tarde—dijo.

Pero no se movió.

—¿Podré escribirte?—preguntó sin que ella respondiera.

—¿Por qué no? Pero no creo que, una vez en Londres, te acuerdes de los amigos que dejas aquí.

Otra vez se inclinó hacia adelante. Otra vez la miró cegador.

Tanto, que ella se vio obligada a desviar la mirada, abatiendo un poco los párpados.

—Juni...

—Sí.

—Tú sabes que no te olvidaré. No sé por qué, no me lo preguntes, porque lo ignoro; pero de lo que sí estoy seguro es de que nó podré olvidar estas tardes tranquilas en tu casa.

Ella sonrió.

Era la única forma de evitar el aturdimiento.

—Juni..., te escribiré, ¿sabes? No creo que aquello me retenga mucho tiempo. A mi regreso no tendré que aprender inglés, pero si tú me lo permites... vendré a verte. Vendré a discutir contigo, vendré a presenciar en silencio la placidez de tu casa.

—Parece que estás herido.

—¿Herido?

—Por alguien, por algo..., algo que te afectó mucho.

Diego se puso en pie.

No quería hablar de sí mismo con respecto a Carlota. De hacerlo terminaría insultando a Juni, invitándola a salir, a pasar la noche con él en su apartamento. Carlota le mostró un lado horrible de la vida. ¿Eran todas las mujeres igual? El creía en Carlota y, sin embargo... ¿Por qué tenía que ser Juni distinta? De hecho lo era, pero... ¿hasta cuándo? ¿No fingía? ¿No había fingido Carlota?

—Me voy ya—dijo por toda respuesta.

—Te acompañaré hasta la puerta.

Caminaron en silencio por el pasillo.

Se oía la voz de tía Doli regañando a Santi, y la de éste riendo, y la de Laura recitando un poema con voz monótona, que luego le ayudaba Santi a analizar.

Fue allí, cuando él ya se había puesto el abrigo y aún tenía el sombrero en la mano.

Fue a lo tonto, sin querer. El alargó los dedos. Juni puso su fina mano en ellos. Inesperadamente, tal vez sin proponérselo, y de hecho seguro que no se lo propuso, tiró de aquella mano.

Juni cayó hacia él, también sin darse cuenta.

Fue así. Buscó sus labios y los encontró en seguida. Cerrados, asombrados, tal vez atónitos.

La besó un rato. Muy corto. Como si tuviera miedo a ofenderla y no se pudiera ir sin besarla.

La soltó inmediatamente.

—No... debiste...

—No.

Y salió corriendo.

Juni quedó allí. Apoyada contra el marco de la puerta abierta, viendo cómo él se perdía en el ascensor.