CAPITULO VI
QUE hombre—entró riendo—. Es un desastre.
—¿No has dicho que es inteligente?
Juni miró al frente.
Tenía la mesa puesta.
Los niños ya se habían ido a la cama.
—Entra frío por alguna parte—dijo—. ¿Está algo abierto?
—Los niños estuvieron jugando con no sé qué y dejaron un olor horrible — cerró la ventana—. Ya está. ¿Te sientes mejor así?
—Es inteligente—dijo, como si siguiera el curso de sus pensamientos—. Y mucho. Pero tiene la monomanía de que gusta a las chicas.
—¿Te lo dijo?
—Se le nota. Parece un resentido. Con sus años y a veces reacciona como un niño. Bueno—añadió suspirando—. Será mejor comer un poco. Tengo mucho que hacer aún.
—Te noto preocupada.
—Lo estoy. No me gusta que me paguen para nada. Me da la sensación de que Diego Mendoza no aprovecha el tiempo. Es un hombre distraído.
—Eres tan guapa, Juni... ¿No será eso?
La joven se echó a reír.
—Soy una profesora, tía Doli. No me gustaría que me viera de otra manera. Es tal vez eso lo que me desquicia. Explotar a los Mendoza no entra en mis cálculos. Si sigue así tendré que decirle a Berta que me libere de este deber.
—Juni.
—Sí...
—¿Te inquieta?
Tía Doli era así.
O hacía las preguntas directas, o se las callaba.
Juni, que iba a sonreír, se quedó impasible, pero en sus glaucos ojos brilló un destello indefinible.
—No soy... tan débil.
—Eres mujer.
—¿Sólo eso significa debilidad?
—Sólo eso quiere decir sensibilidad.
—Olvídate.
—¿Y si ocurriera?
—¿Ocurrir qué?
—Que despertara tu inquietud.
—Por favor, tía Doli. Sé más real. No tengo motivos para ser una soñadora, además tengo entendido que el tal Mendoza es un vivales. Se le nota en seguida que su oficio es hacer felices a las mujeres crédulas que consideran en algo sus expansiones amorosas.
—Tú estás parapetada.
—Yo soy una mujer sensata—y sin transición, como cortando aquella cháchara que no le agradaba—: Está sabrosísima esta carne.
Al día siguiente salió de casa muy temprano con intención de presentar unos trabajos en la editorial.
Se fue en el Metro, y al regreso, cuando ya estaba lista, consultó el reloj.
No era hora aún de recoger a los niños en el colegio.
Además, para llevarlos en el Metro o en el bus, prefería que lo hicieran en el coche del colegio.
Tomó por la Gran Vía, dispuesta a meterse en una cafetería y tomar algo.
Hacía frío.
Vestía una gabardina más bien clara, sobre el vestido de fina lana. Un pañuelo en torno a la cabeza y calzaba botas marrón haciendo juego con el bolso que colgaba del hombro.
Así cruzaba la calle cuando oyó un chirrido.
Miró.
—Hola, buenos días.
—Ah—exclamó un poco suspensa—. Es usted.
—¿Sube?
Claro que no pensaba subir.
Aquel Diego Mendoza tenía una expresión diferente dentro del auto. Sí. ¿Más cínica? ¿Más amistosa? Por supuesto que no, esto último.
—Gracias, señor Mendoza.
—Aquí no tenemos verbos, Juni. ¿No te parece?
Frunció el ceño.
Pero luego pensó que ella era tonta. Precisamente no consideraba el usted como una expresión de respeto.
—Sube, por favor—insistió él—. Tengo unas ganas locas de hablar contigo lejos de tu salita de estudio.
Lo pensó un segundo.
Empezaba a llover y, por otra parte, no le tenía miedo a Diego Mendoza, por muy cínico que fuese.
—¿Subes?—volvió a preguntar él.
—Está bien. Lléveme a casa, si es tan amable.
Diego no contestó. Un guardia le pitaba advirtiéndole que estaba mal estacionado. Empujó la portezuela de su «Simca» y soltó los frenos cuando la joven estuvo acomodada dentro.
—Tomaremos primero un vermut. ¿Qué hora es?
—Las doce.
—Una hora excelente. ¿Dónde prefieres? ¿Aquí cerca, cuando encuentre dónde meter el auto, o en las afueras de Madrid?
—Prefiero que me lleve a casa.
La miró.
Miraba de otra manera.
¿Qué le ocurría a aquel hombre?
Tan pronto era correcto como descarado.
—Me gustaría invitarte, palabra. Déjame que te lleve a un sitio muy bonito. Después de todo..., ¿tanto reparo tienes en salir con un hombre?
—Me parece que nos equivocamos, señor Mendoza. Yo nunca tengo reparo en nada de eso. Estoy muy segura de mí misma y me responsabilizo de todo.
—Entonces, acepta.
Era como un reto.
¿Y si lo hiciera?
Tardaría un poco más en llegar a casa, pero tía Doli no era de las que se asombraban fácilmente. Otras veces hubo de asistir a una reunión literaria o científica, porque le gustaba, y regresó tardísimo, y sin embargo tía Doli la esperaba muy tranquila.
—Está bien.
—¿A las afueras?
No contestó. Se alzó de hombros.
* * *
Erá una especie de parador a la salida de Madrid.
Con su paso elástico, su aire moderno de niña desenvuelta, pasó delante de él empujando la puerta encristalada.
Había poca gente.
Algún viajero que estacionaba su coche para tomar el vermut. Algún paseante que prefería matar su tiempo saliendo de la ciudad. Dos o tres turistas que discutían en francés y unos señores mayores que rodeaban una mesa como tratando de negocios.
—Se estará bien aquí—dijo, asiéndola del brazo—. He venido muchas veces. ¿Tú no?
—Es la primera vez.
—Te gustará. Vamos a bautizarlo con un nombre. ¿Nuestro rincón?
—¿Y por qué nuestro?
No contestó.
—¿Una mesa o la barra?—dijo por toda respuesta.
—Me da igual.
—Nuestro rincón, porque juntos lo estrenamos hoy. ¿Qué te parece?
La empujaba hacia la barra. La ayudó a colocarse en un alto taburete, y después se colocó a su lado.
Era muy alto y delgado. Tenía aspecto de deportista. El barman se les acercó saludando:
—Buenos días, don Diego. Hace miles de años que no le vemos por aquí.
—Hola, Miguel—se volvió hacia la joven—. ¿Qué tomas?
—Un vermut blanco.
—Dos, Miguel.
—Sí, señor.
Se retiró y Diego respiró hondo.
—Nada me place más que venir aquí con una mujer.
—Y debe ser su costumbre.
—Ya lo has oído. Hace siglos que no me ven por aquí. Me apetecía venir. Sentía esa necesidad. Si hoy no te encuentro a ti, hubiese venido igual—se echó a reír—. He dormido poco. Me quedé en mi apartamento y estuve leyendo un libro de Shakespeare. ¿Qué dices a eso? Además, en inglés. No entendí nada, pero yo hice mi esfuerzo. De vez en cuando me gusta hacer un sacrificio.
—Es menor.
—¿Ese? Claro que no. Para mí, que no soy un superdotado, no creas que resulta fácil adaptarse a una decisión.
—Nada hay que llene más el orgullo personal, que una decisión provechosa llevada a cabo sin desfallecer.
—¿Eres... así?
—Alguna vez. Tampoco yo me considero una superdotada.
—Me gustas.
Juni no se asustaba fácilmente.
Ni temía a los hombres.
Cuando su padre vivía y residía en Londres, tenía su pandilla. James estaba entre ellos. Era un productor de películas de cortometraje para la televisión. Un hombre dicharachero, amable, cortés, que prefería la vida sexual a la vida hogareña. Ella nunca fue para James lo que éste deseaba que fuese, pero jamás dejó totalmente su amistad.
Entendía que saber defenderse era lo primordial. Huir como una cobarde no entraba en sus cálculos.
—¿Y qué pasa con que le guste?
—Puedes tutearme.
—¿Para tratarle de usted esta tarde a las siete?
Diego se la quedó mirando burlonamente.
—¿No podemos tutearnos en tu cuarto de estudio? Dime, vamos a ver. ¿Por qué razón, si ambos somos jóvenes, si nos encontramos a gusto uno junto a otro?
—¿Lo dices por ti?
—¿Tú... no?
—No lo sé.
—Me desconciertas con tu brevedad. ¿Qué has hecho hasta hoy?
—¿Debo contestarte?
—¿Y por qué no? Yo puedo hablarte de mí, de mi hogar, de mis padres, de mis hermanos, de lo bien que lo pasamos todos. Yo me pregunto alguna vez: ¿es así la vida? ¿Debe serlo?
—Si la vives y te place vivirla, ¿por qué no?
—No siempre me place. Me gustaría enormemente salir esta noche contigo. Olvidarme de mí mismo y que tú te olvidaras de ti.
—¿Es lo único que deseas?
—Oh, no—rió divertido—. Me gustan muchas otras cosas. Por ejemplo, ya ves tú, me gustaría enormemente besarte.
—Mendoza, me parece que nos estamos saliendo de la raya.
—¿Qué tienes contra el beso?
—Nada.
—Entonces...
—Hay dos cosas importantes en cuanto a eso, estimo yo. Una, el beso por el simple placer sexual de sentirse junto a otro ser de distinto sexo.
Guardó silencio.
Tenía el vaso en la mano y lo llevaba a los labios con lentitud.
Por encima del borde miraba a Diego sin parpadear.
De frente.
Sin rehuir su mirada.
Como diciendo: «No me vas a embaucar, estoy aquí porque quiero, porque algo me empujó a venir, pero nunca porque tú me hayas convencido.»
El no lo comprendió así.
Se inclinó hacia ella. Su alta talla parecía desdoblarse.
—Sigue. Hay otra faceta del beso, ¿no?
—La hay. La del sentimiento. La de la necesidad espiritual. Cuando se besa por cariño, yo no lo encuentro censurable. A sangre fría, sólo por el simple hecho del placer, sí, rotundamente.
—¿Nunca has besado?
—Nunca—con sencillez—. No considero necesario hacerlo. No me empujó ninguna fuerza mayor. No he querido lo suficiente para hacerlo.
Diego se excitó casi sin proponérselo.
—¿Nunca te han besado a ti?—preguntó apasionadamente.
—Nunca.
—¿Porque no has querido o porque... no sentiste esa necesidad? ¿O porque... nunca nadie te lo pidió?
—¿Es preciso hablar de eso?
—Supongo que sí. Nada sería más absurdo que ahora nos pusiéramos a conjugar el verbo en inglés.
—Está bien. Te responderé.
Le tuteaba sin darse cuenta.
No rectificó.
Si tenía que tratar durante seis meses a aquel hombre, prefería hacerlo con la cara descubierta y sin buscar absurdos convencionalismos.
—Nunca sentí ese deseo. Nunca accedí a quien me lo pidió. Entiendo que no se trata de un acto preconcebido. Es algo, o debe ser, que nazca dentro, que hurgue dentro, que te llame dentro.
Diego se enderezó.
Tenía los ojos brillantes y una sonrisa rara en los labios.
—He besado a muchas mujeres y no las he querido y he sentido el placer de besar y me consideré muy satisfecho.
—Todo falso.
—¿Qué es para ti la verdad?
—Si te la dijera, no la comprenderías—y sin transición—: ¿Nos vamos?
—Es pronto.
—Lo siento, Diego. Es mi hora y no pienso retrasarla ni un segundo. Si me llevas a Madrid, bien, si no, pediré un taxi.
Obedeció casi sin saber por qué.
Cuando se vio en el auto junto a ella, dijo únicamente:
—Si te retratas así para llamar mi atención, te aseguro que no la llamarás.
—¿No eres muy vanidoso?
—Yo no creo en el amor de las mujeres, ni en su espiritualidad, ya ves tú. No habrá nadie que me haga creer.
No le dio la gana responder. Fumaba y fumando se quedó, mirando el paisaje que cruzaba ante ella, a la velocidad del auto.