Capítulo 7
Sophie no fue consciente de que Nicolo se había ido hasta que oyó la puerta del jardín cerrándose tras él. Se dio cuenta entonces de que había estado conteniendo el aliento y soltó de golpe el aire que había retenido en sus pulmones. Aunque se sentía muy humillada, una parte de ella quería salir corriendo tras él y rogarle que terminara lo que había empezado. Su cuerpo protestaba y eran demasiadas las sensaciones que tenía a flor de piel.
Nicolo le había dicho que no era culpa suya, pero sabía que no era verdad. Estaba convencida de que si se había apartado de ella era porque no le atraía como él a ella. La había rechazado y sabía que esa era la única explicación posible. Nicolo había conseguido despertar su deseo con sus apasionados besos, pero estaba claro que a él no le pasaba lo mismo. Verlo salir de esa manera tan abrupta del jardín hacía que se sintiera fracasada como mujer.
Pensó con amargura que quizás le faltara algo para conseguir que los hombres permanecieran a su lado. Richard había roto su relación porque ella no podía darle hijos, pero empezaba a temer que tal vez su infertilidad hubiera sido solo parte del problema, no el único motivo.
Bajó la mirada hacia sus pechos desnudos y sintió vergüenza al recordar cómo acababa de perder la cabeza con él. Se ató el bikini con dedos temblorosos mientras trataba de entender por qué había estado a punto de acostarse con un hombre al que apenas conocía.
Aunque no lograba encontrar una explicación lógica, había sentido el corazón de Nicolo latiendo contra el suyo mientras la besaba y, por alguna razón, había tenido la extraña sensación de que lo había conocido en otra vida, como si él fuera su destino.
Pero era obvio que Nicolo no sentía lo mismo y no soportaba la idea de tener que verlo de nuevo por la casa. Iba a tener que regresar a Londres y decirle a Christos que no había logrado convencerlo. Sería un golpe para su orgullo, pero le resultaba más difícil aún aguantar otro día u otra hora más allí.
Le costaba incluso reunir el valor necesario para entrar en la casa y recoger sus pertenencias.
Fue un alivio ver solo a Beth y no a Nicolo cuando entró por la puerta de la cocina.
–Ha resultado ser una visita aún más corta de lo que tenía planeado –le dijo la otra mujer con tristeza mientras señalaba su maleta junto a la puerta–. Uno de mis hijos está con varicela y mi marido me acaba de llamar para decirme que Connor, el mayor, también tiene algunas manchas sospechosas.
–Vaya, lo siento mucho –repuso Sophie con sinceridad.
–¡Una de las alegrías de ser madre! –exclamó con ironía–. Bueno, tengo que irme ya o perderé el vuelo. Por cierto, si estás buscando a Nicolo, ha salido a dar un paseo con Dorcha –añadió Beth–. Ya me ha contado que vas a quedarte unos días más. Me alegra que estés aquí. Queda poco para el aniversario del incendio y él dice que está bien, pero sé que sigue sufriendo. Es un alivio saber que no va a estar aquí solo.
–Bueno…
Sophie no supo qué decirle.
Se quedó mirando a Beth mientras entraba en su coche. Sabía que no tenía por qué quedarse. Creía que Nicolo no iba a querer tenerla allí, sobre todo si el aniversario era siempre un momento especialmente doloroso para él. Creía que debía irse antes de que regresara de su paseo, pero su corazón no estaba de acuerdo.
Recordó la expresión en sus ojos cuando le describió cómo había sido estar atrapado entre las llamas. Suponía que sería imposible olvidar una experiencia tan horrible, sobre todo cuando las cicatrices en su cuerpo eran un recordatorio constante de lo que había pasado.
Pero no podía enfrentarse de nuevo a él después de que la rechazara como lo había hecho. Le avergonzaba recordar cómo se había aferrado a él y le había ofrecido su cuerpo.
De vuelta a casa tras el paseo, a Nicolo le llegó un aroma tentador procedente de la cocina. Olía a cordero asado. Frunció el ceño. Beth había estado a punto de irse cuando él salió a dar una vuelta y de eso hacía más de una hora. No entendía por qué estaba todavía allí, iba a perder el vuelo.
Dorcha se le adelantó, atraído por el delicioso olor a comida. Se detuvo gimiendo frente a la puerta de la cocina. Unos segundos después, la abrió Sophie.
No pudo ocultar su sorpresa. Había dado por hecho que estaría ya de camino a Londres. Aún llevaba los mismos pantalones cortos de esa tarde, dejando a la vista sus largas y bronceadas piernas, pero se había cambiado la parte superior del bikini por una camiseta. Era una prenda holgada, pero se dio cuenta de que no llevaba sujetador y le bastó con recordar sus pechos desnudos para que el deseo despertara dentro de él.
Pocas veces se quedaba sin palabras, pero no sabía qué decirle. Se dio cuenta de que no quería decir nada. Le habría encantado que las cosas fueran diferentes, que él fuera diferente. Deseó poder abrazarla en ese instante y besar sus labios. Se imaginó tomándola en sus brazos y llevándola así hasta su dormitorio. Quería hacerle el amor toda la noche.
Pero no podía dejarse llevar por el deseo. Se limitó a fantasear con ello mientras entraba en la cocina.
Cuando Sophie vio a Nicolo de nuevo le costó mantener la compostura. Era muy consciente de su presencia. Lo miró de reojo, pero él parecía estar evitando mirarla a los ojos. Parecía tan incómodo como ella.
Había decidido quedarse hasta después del aniversario del incendio, aunque eso no tenía intención de decírselo.
–He preparado cordero asado, patatas y judías verdes para la cena –le dijo con frialdad–. Y he pensado que podríamos comer en la cocina.
Mientras servía la comida trató de pensar en algo de lo que hablar para romper el tenso silencio.
–Beth me ha parecido muy agradable. Me dijo que hace mucho que sois amigos.
Nicolo tardó en responder. No le gustaba hablar de su pasado, pero, por algún motivo, sintió que quería hablarle de Michael.
–Nos conocimos cuando ella visitaba a su hermano. Estábamos los dos en la unidad de quemados del hospital –le explicó–. Michael sufrió graves quemaduras durante un incendio que se inició por culpa de una vela que olvidó encendida una noche. Beth y su madre habían estado pasando unos días con un familiar. Cuando regresaron, se encontraron con un escenario dantesco. La casa había quedado destruida y Michael estaba ingresado en la unidad de cuidados intensivos. Nos hicimos amigos en el hospital. Desgraciadamente, él terminó muriendo semanas después.
–¡Qué horror! –murmuró Sophie.
Entendió entonces por qué Nicolo había reaccionado como lo había hecho al verla la noche anterior con las velas. Pensó también en Beth y en cuánto habría sufrido esa mujer. Entendió mucho mejor el estrecho vínculo que había percibido entre los dos. Conocían muy bien la devastación que un incendio podía llegar a causar. Miró a Nicolo. Su cara no expresaba nada, pero intuía que había conseguido entristecerlo con su pregunta.
–Acabo de recordar que compré una botella de vino cuando fui al pueblo. ¿Quieres un poco con la cena? –le preguntó ella para cambiar de tema.
–Nunca bebo alcohol.
Lo miró sorprendida.
–¿Ni siquiera vino? Pensé que te gustaría un buen vino. Después de todo, eres medio italiano.
–No es que no me guste. Me gusta demasiado –respondió.
La pregunta de Sophie le hizo recordar su juventud, cuando había bebido sin control para tratar de olvidar. No se había perdido ninguna fiesta y había tenido a su disposición a todas las mujeres hermosas que quisiera. Había vivido descontrolado hasta que la empleada del hotel había reaparecido en su vida.
No entendía por qué, pero le tentaba la idea de contarle la verdad sobre su pasado. Creía que ella no iba a entender por qué todavía seguía atormentado por el incendio. Después de todo, ella nunca había tenido que hacer frente a un acontecimiento tan traumático.
–Haces demasiadas preguntas –le dijo Nicolo–. ¿Por qué no las hago yo para variar?
–¿Qué quieres saber?
Sophie se encogió de hombros. No tenía ningún secreto. Bueno, solo uno, pero creía que su infertilidad no era un tema en el que Nicolo pudiera estar interesado.
–¿Por qué aprendiste taekwondo?
–Había un club de artes marciales en la universidad –contestó ella–. En realidad, fui con mis amigas porque el profesor era muy guapo. Richard me dijo que tenía un don natural para el taekwondo y se ofreció a darme clases particulares.
–¿Y siguió siendo solo tu profesor después de eso?
–No –admitió ella–. Pasamos mucho tiempo juntos, entrenando y yendo a competiciones. Poco después, nuestra relación se convirtió en algo más personal.
Nicolo no entendía cómo podía sentir tanta aversión hacia un hombre al que no conocía de nada. No era asunto suyo si a Sophie le atraía su entrenador.
–¿Todavía estás con él? –le preguntó.
–No –respondió ella rápidamente.
Nicolo la miró a los ojos.
–¿Quién decidió terminar con la relación?
–Si tanto te importa saberlo, fue él –repuso ella levantándose y recogiendo los platos–. Si quieres postre, hay helado en el congelador.
–¿Estabas enamorada de él?
Dejó caer los platos en el fregadero. No entendía por qué le estaba haciendo tantas preguntas.
–No es asunto tuyo.
–Entonces es que lo estabas –comentó él sabiendo que la estaba molestando–. ¿Por qué rompió contigo?
Sophie se dio la vuelta y lo miró a los ojos.
–Porque… –comenzó ella con voz temblorosa–. Porque teníamos problemas que no pudimos resolver, queríamos cosas diferentes y eso hacía imposible que pudiéramos tener un futuro juntos.
Recordó la noche en la que Richard había roto con ella. Él le había comentado ya en más de una ocasión que quería tener un futuro con ella. Por eso decidió que tenía que decirle que su tratamiento contra el cáncer la había dejado estéril.
La reacción de Richard la había destrozado. Le había dicho que quería tener hijos y no se imaginaba un futuro sin una familia. Le había echado en cara también que no se lo hubiera dicho antes.
Habían estado cenando en un restaurante y ni siquiera habían terminado la comida. Richard la había llevado a su casa directamente y ella se había sentido demasiado aturdida para llorar. Había creído que Richard la amaba, pero entonces se dio cuenta de que no la amaba lo suficiente como para aceptarla tal y como era. Después de todo, no tenía la culpa de ser estéril. Había sido muy duro verse rechazada por el hombre al que amaba. Y era algo que le pasaba por segunda vez. El primero había sido su padre.
Tragando saliva, se concentró en enjuagar los platos bajo el grifo antes de meterlos en el lavavajillas.
–Ya me encargo yo –le dijo Nicolo detrás de ella.
Levantó la mirada y vio que estaba a su lado. Su presencia física era abrumadora.
–Todo estaba buenísimo. No puedo creer que te dejara ese novio tuyo, le faltaban dos dedos de frente.
–Por desgracia, mi habilidad en la cocina no fue suficiente para sostener nuestra relación.
Tenía la sensación de que ese hombre le había roto el corazón y sintió una oleada de ira irracional hacia ese tal Richard. Apenas conocía a Sophie, pero tenía muy claro que se trataba de una mujer compasiva y amable. No se merecía que le hicieran tanto daño.
Levantó la mano y le apartó el pelo de la cara. Su piel era suave como el terciopelo. Sophie se estremeció y se alejó de él. Después de la manera en la que él se había alejado de ella en el jardín, sabía que se merecía su frialdad.
Sophie no lo aguantaba más. Era una tortura estar allí con Nicolo, recogiendo la mesa y limpiando la cocina como si fueran una pareja. No hacía más que recordarle que nunca iba a compartir su vida con nadie. Podía tener la suerte de llegar a conocer a un hombre que no quisiera tener hijos, pero había llegado a aceptar que nunca iba a casarse ni a formar una familia. Era algo que había asumido ya, pero esa noche le dolía especialmente pensar en ello.
–Bueno, termina tú –le dijo bruscamente–. Es tarde, me voy a la cama.
–Solo son las ocho y media –le recordó Nicolo.
–No dormí bien anoche.
–No me extraña. Después de todo, casi me ahogas en la piscina.
Sophie se sonrojó.
–Ya te dije que me arrepiento de haberlo hecho –insistió ella–. Y, si quieres saberlo, también me arrepiento de haber venido a esta casa –agregó con la voz cargada de emoción.
Se sintió de repente agotada. Tenía que alejarse de él antes de hacer algo estúpido como echarse a llorar. Fue corriendo hacia la puerta.
–Sophie… –la llamó Nicolo.
Quería darse la vuelta, pero por una vez hizo caso a su sentido común y salió de la cocina.
Sophie no iba a echar de menos ese despacho cuando por fin regresara a Londres. Durante los últimos diez días, había sido una especie de prisionera en esa habitación para tratar así de no ver a Nicolo. Al menos había conseguido dar por fin con los documentos relativos a la propiedad que Gene Chatsfield tenía en Italia. Le había sorprendido ver que no se trataba de uno de los hoteles, sino de una propiedad privada. Pero, de un modo u otro, no era asunto suyo. Después de esa noche, que era además el aniversario del incendio, no había ninguna razón para que prolongara su visita.
Después de lo que había pasado en el jardín, no había vuelto a intentar convencerlo para que fuera a la junta de accionistas. Se sentía como si estuviera viviendo en el limbo y tenía ganas de volver a su piso en el barrio londinense de Covent Garden y a la rutina diaria de su trabajo con Christos. Sabía que su vida iba a volver a la normalidad, pero no iba a poder olvidar fácilmente a Nicolo Chatsfield.
Dominaba sus pensamientos de día y de noche. Afortunadamente, él también había intentado no cruzarse con ella y pasaba horas y horas trabajando en su estudio. Solo se veían para cenar juntos.
Disfrutó cocinando recetas complicadas, eso la distraía para no estar pensando todo el tiempo en él, pero la tensión regresaba en cuanto Nicolo llegaba a la cocina para cenar.
Tenía la sensación de que a él también le costaba encontrar temas de los que hablar durante la cena. A veces lo miraba y se lo encontraba observándola con una expresión en sus ojos que no se atrevía a definir. Pero era consciente de la química sexual que seguía habiendo entre ellos. En cuanto terminaban de cenar, dejaba que él recogiera la cocina y usaba alguna excusa para volver a su habitación.
Pero esa noche iba a tener que quedarse abajo con Nicolo. No esperaba que confiara en ella, pero no pensaba dejarlo solo con los recuerdos del terrible incendio.
Una hora más tarde, metió en el horno la olla de chili con carne que había hecho y lo puso a una temperatura muy baja. Incapaz de pasar más tiempo en el despacho de Gene, salió al jardín. Era una maravillosa tarde de verano. Fue a dar un paseo por la finca y se sorprendió al ver que alguien había vaciado y limpiado la piscina. La estaban llenando de nuevo con agua limpia. Le pareció una pena que no fuera a estar lista hasta después de que se fuera.
Se preguntó si Nicolo tendría intención de usarla. No le costó trabajo imaginarlo con un apretado y corto bañador. Era un alivio que se fuera al día siguiente. No entendía cómo podía estar tan obsesionada con él.
Al cruzar el jardín, oyó la música. Las puertas del salón que daban a la terraza estaban abiertas y alguien estaba tocando el piano de cola. Era una música tan bella que la dejó sin aliento. Sintió que se estremecía de emoción al escuchar esas notas tan dulces y puras. Chopin era el compositor favorito de su padre y no le costó reconocer la pieza.
Cruzó la terraza y se asomó al salón. Sabía que tenía que ser Nicolo el que estaba tocando, no había nadie más en la casa. Pero, aun así, se quedó atónita al ver cómo movía los dedos sobre las teclas. Tenía los ojos medio cerrados, como si estuviera perdido en la música, como si las notas fluyeran a través de su cuerpo.
Se le llenaron de lágrimas los ojos. Le parecía increíble que Nicolo, que había experimentado un dolor tan terrible, pudiera tocar con tanta sensibilidad y belleza.
–Entra si quieres. No tienes por qué quedarte ahí escondida.
Su voz la sobresaltó y no pudo evitar sonrojarse. Entró en el salón y Nicolo la miró sin dejar de tocar. Siguió con otras obras clásicas y otras más modernas hasta terminar con la pieza Nocturno de Chopin.
–¿La música siempre te hace llorar o es que toco muy mal? –le preguntó Nicolo terminando la obra.
–Por supuesto que no. No tenía ni idea de que pudieras tocar tan bien –repuso Sophie secándose las lágrimas–. Oírte me ha recordado a mi padre. Es un pianista maravilloso. Cuando era pequeña, solía tocar para mí por las tardes. Me sentaba a su lado para escucharlo. Trató de enseñarme, pero no heredé su talento ni su paciencia.
–¿Te enseñó a tocar esto? –le preguntó Nicolo tocando una melodía que Sophie reconoció al instante–. Es una de las primeras piezas que me enseñó mi profesor de piano. Ven a tocar conmigo.
Le hizo sitio en el taburete del piano y, después de vacilar un momento, se sentó junto a él.
–Pero no recuerdo las notas.
–Es fácil. Toca tú estas notas en la octava superior –le dijo mostrándole las teclas correctas–. Y yo tocaré la melodía de acompañamiento en una octava inferior. ¿Lista?
Después de un par de salidas en falso, Sophie consiguió tocar su parte del dúo. Los recuerdos la inundaron de inmediato. Había estado sentada muchas veces con su padre como lo estaba en ese momento con Nicolo.
–Solíamos fingir que estábamos tocando en un famoso teatro de fama mundial y, cuando terminábamos la pieza, me daba la mano y nos inclinábamos para saludar al público –le dijo sonrojándose–. Ya sé que parece una tontería, pero era muy divertido.
–No es una tontería. Me alegra que tengas buenos recuerdos de tu infancia. ¿Estáis muy unidos?
–Solíamos estarlo –contestó Sophie tratando de controlar sus emociones–. Adoraba a mi padre cuando era pequeña. Mi madre era abogada y estaba muy centrada en su carrera. Él me enseñó a jugar al tenis y al ajedrez. Pero todo cambió cuando mis padres se divorciaron.
No quería pensar en ese terrible día, cuando su padre se fue de casa. Se había sentido traicionada y había deseado correr tras él y suplicarle que se quedara. Había estado muy débil después de meses de quimioterapia y no había comprendido cómo podía dejarla cuando más necesitaba su amor y su apoyo.
–Yo estaba pasando por un momento muy difícil y no entendí que se alejara cuando más lo necesitaba. Durante mucho tiempo, ni siquiera nos hablamos. Llamaba por teléfono, pero me negaba a hablar con él. Estaba muy dolida.
Se quedó en silencio, preguntándose por qué le habría contado todo eso. Estaba a punto de levantarse del taburete del piano cuando le contestó por fin Nicolo.
–Creo que tu reacción fue comprensible. Te sentirías abandonada –le dijo–. Y, créeme, sé lo que se siente. A mí me pasó lo mismo cuando mi madre se fue. ¿Dónde vive tu padre?
–En Escocia, con su nueva esposa. Tuvo dos hijas más con Janice. Kirsty y Laura solo tienen ocho y cuatro años ahora.
Le costaba aceptar que esas niñas fueran sus hermanas y más aún que las pequeñas tuvieran el cariño que su padre no le había dado durante los últimos años. Se preguntó si a ellas también les estaría enseñando a tocar el piano.
–Seguro que les encanta tener una hermanastra mayor –le dijo Nicolo–. Y supongo que serás tan importante para ellas como Lucilla y mis otros hermanos lo son para mí.
–Apenas nos vemos. Mi trabajo me quita mucho tiempo y casi nunca puedo ir a Edimburgo.
Se sintió culpable al pensar en la última vez que había visitado a su padre. Había sido en Navidad. Aparentemente, todo había ido bien. Pero ella se había sentido dolida, no podía olvidar el pasado, y Janice también habían estado muy tensa. Tenía la sensación de que se habían visto aliviados cuando Christos la llamó para pedirle que regresara a Londres antes de lo previsto.
–Fue Lucilla quien me sugirió que aprendiera a tocar el piano –le dijo Nicolo.
Se había subido las mangas de la camisa. Se fijó en las cicatrices de su mano. La piel enrojecida contrastaba con las teclas blancas. No podía dejar de pensar en lo dolorosas que habrían sido sus heridas.
–Estuvo investigando mucho después del incendio y pensó que tocar el piano me vendría bien para ejercitar los dedos. Al principio, no podía moverlos –le contó–. Aprender a tocarlo me vino bien para mejorar la movilidad de la mano y para tener un propósito. Me ayudó a sobrellevar mejor los dolores.
Lo miró entonces a los ojos. Supuso que estaba reviviendo su sufrimiento.
–Sé que esta noche es el aniversario del incendio –le dijo suavemente.
Nicolo la miró sorprendido.
–Me lo dijo Beth, estaba preocupada. No quería que estuvieras solo esta noche…
Se dio cuenta enseguida de que había cometido un error. Nicolo frunció el ceño.
–¿Te pidió Beth que te quedaras? –le preguntó fuera de sí–. ¿Has estado todos estos días en casa porque crees que necesito un hombro donde llorar? Dio! ¿Quién te crees que eres, la Madre Teresa de Calcuta?
Se levantó de la banqueta del piano y la miró.
–¡No quiero tu maldita compasión! –le gritó con voz desgarradora.