Capítulo 5

 

Sophie removió una última vez la comida que estaba terminando de hacer y comprobó después que las patatas se estuvieran asando bien en el horno. Si la cena que se había pasado toda la tarde preparando no conseguía poner a Nicolo de buen humor para que pudiera tratar de convencerlo, no sabía qué otra cosa intentar.

Había decidido apelar a su conciencia y tratar de hacerle ver que su participación en la junta de accionistas era lo mejor para todos, en especial para su hermana Lucilla. Estaba decidida a usar todos sus poderes de persuasión y esa cena era parte de su estrategia.

La mesa del comedor estaba preciosa. Había usado un mantel blanco con bordados y había colocado un jarrón lleno de rosas del jardín en el centro de la mesa.

Incluso había conseguido encontrar velas en uno de los armarios de la cocina para ponerlas en los candelabros de plata.

Cuando ya lo tenía todo listo, fue al salón para mirarse en el espejo. Se había puesto un vestido negro que era elegante y formal. Con él se sentía segura de sí misma, se veía como una mujer en la que Christos podía confiar. No pensaba defraudar a su jefe. Estaba decidida a regresar a Londres al día siguiente para poder decirle que su anfitrión había accedido a participar más en la empresa de su padre.

Nicolo salió de su despacho en ese momento y, como solía pasarle, el corazón le dio un vuelco mientras lo miraba de arriba abajo. Llevaba unos pantalones negros que parecían hechos a medida y una camisa blanca sin cuello. A pesar de lo formal que era su ropa, le seguía recordando a un bandolero de otros tiempos, con su pelo oscuro cayendo sobre los hombros y una sombra de barba en la mandíbula. Al verlo así, sintió que le flaqueaban las fuerzas, ya no estaba tan segura y no sabía si iba a poder convencerlo.

Pero escondió sus miedos tras una gran sonrisa.

–Estoy a punto de servir la cena. He preparado un guiso de pollo al vino. ¿Qué te parece?

–Huele muy bien, pero la verdad es que me comería cualquier cosa que no fuera un filete de ternera.

–¿De verdad solo comes carne cuando estás solo?

–Es lo único que sé preparar. Además, así no tengo que perder el tiempo tratando de decidir qué voy a cenar. Siempre es lo mismo, pero así tengo más horas para dedicar al trabajo.

–¿Tan importante es para ti el ganar más y más dinero? ¿Tanto como para que no te tomes algo de tiempo para hacer otras cosas como detenerte a oler las flores o escuchar el canto de un mirlo? La vida es para disfrutarla. Es algo que no podemos olvidar, menos aún las personas como nosotros.

Nicolo se quedó mirándola con el ceño fruncido.

–¿Qué quieres decir con «personas como nosotros»?

Sophie creía que tanto Nicolo como ella habían recibido el regalo de tener una segunda oportunidad en esa vida. Los dos habían tenido que mirar a la muerte a la cara y habían sobrevivido, pero no podía decírselo.

No quería pensar en la parte más dura de su enfermedad, en lo asustada y sola que se había sentido durante los largos tratamientos en el hospital. Había aprendido a fingir más fuerza de la que sentía para no disgustar a su madre, a ocultar sus verdaderos sentimientos detrás de una apariencia de buen humor. Ese modo de actuar se había convertido en parte de su personalidad y pocas veces compartía sus verdaderas emociones, ni siquiera con sus mejores amigos.

–Me refería a que los dos tenemos suerte. Vivimos en un país en paz, no tenemos que enfrentarnos a las dificultades que tienen muchas personas en otras zonas del mundo. Estamos sanos y tenemos el lujo de vivir la vida que hemos elegido.

El optimismo implacable de esa mujer empezaba a irritarle.

–¿Crees que debería estarle agradecido a la vida? ¿Te parece una suerte haber sufrido graves quemaduras en un incendio? –le preguntó él.

–No, pero creo que tienes la suerte de haberte recuperado y de poder llevar una vida normal. ¿No te parece?

Sintió una punzada de culpabilidad al recordar a Michael, él no se había podido recuperar. A través de su fundación, Nicolo ayudaba a muchas víctimas de graves quemaduras. Durante esos años, había conocido a muchas personas cuyas vidas habían cambiado para siempre por culpa de sus lesiones. Tenía que reconocer que, comparado con ellos, tenía mucha suerte. Pero no necesitaba que una joven como Sophie, que no sabía lo que era sufrir de verdad, le dijera cómo debía sentirse.

Sophie entró en el comedor y él la siguió. Pero se quedó inmóvil al ver el candelabro en el centro de la mesa. Había una caja de cerillas sobre el mantel.

Se quedó sin respiración mientras veía cómo Sophie encendía una cerilla y la llevaba a una de las velas. Fue hacia ella y apagó la llama con la yema de los dedos.

–¿Qué demonios se supone que estás haciendo con esas velas? –le preguntó con un gruñido mientras le quitaba la caja de cerillas de la mano–. ¿Dónde las encontraste? No permito que haya velas en la casa.

Sophie lo miró boquiabierta. Estaba a punto de protestar enfadada ante un comportamiento tan grosero cuando vio algo en los ojos de Nicolo que le hizo sentirse aún más confundida. Le había parecido ver miedo en su mirada durante unos segundos.

–Es… estaban en la parte de atrás de uno de los armarios de la cocina –tartamudeó ella cuando recuperó el habla–. ¿Por qué no quieres que las encienda? ¿Qué tiene de malo cenar a la luz de las velas?

–¿Sabes cuántos incendios provocan las velas encendidas cuando alguien se olvida de vigilarlas?

–No iba a dejarlas encendidas sin más. Bueno, a lo mejor solo durante un par de minutos, mientras iba a la cocina a por la comida…

Vio que Nicolo parecía fuera de sí.

–Está bien, lo siento. No sabía que las velas estuvieran prohibidas en esta casa. La verdad es que no creo que un par de velas puedan ser peligrosas, pero bueno…

–¿No? ¿Y qué pasa si dejas una vela encendida en la mesa, sales un momento de la habitación y una brisa la tira sobre el mantel? No tienes ni idea de la rapidez con la que las llamas se propagan ni la intensidad que puede alcanzar un incendio en cuestión de segundos.

En su mente, Nicolo estaba de vuelta en la suite del ático, la que su padre había ocupado en el hotel Chatsfield de Londres, atrapado en el balcón mientras la habitación se convertía en un auténtico infierno. Con las llamas cortando su camino e impidiendo que se acercara a la puerta. Su única opción era tratar de descolgarse desde el balcón, pero estaba a mucha altura. Era un chico de trece años que tenía de repente que decidir si quería morir quemado o estrellado contra el pavimento. Su instinto de supervivencia había tomado la decisión por él. Ya había pasado una pierna por encima de la barandilla del balcón cuando oyó gritos que venían de dentro del ático.

Sus recuerdos eran tan vívidos que casi podía oler el humo, era como si estuviera de nuevo allí. Podía sentir cómo se le aceleraba el pulso. Se acercó a las puertas que daban al jardín y las abrió. Necesitaba respirar el aire fresco de la noche. El dulce aroma de la madreselva que trepaba por la pared de la casa era un recordatorio de lo bello que había en su vida, pero sabía que nunca iba a poder olvidar los olores del incendio, unos olores que siempre iba a asociar con el dolor y la muerte.

Recordaba la sensación de las llamas quemando su piel como si acabara de suceder, no había podido olvidar tampoco el olor a carne quemada y la expresión de terror en la cara de la doncella del hotel cuando la encontró escondida en el baño. Creía que Sophie no podía comprender el terror de estar atrapado en un incendio.

–Aun así, sigo creyendo que exageras –murmuró ella.

Le enfureció su comentario.

–¿Sí? ¿Qué crees que pasaría si se extendiera rápidamente un fuego por toda la casa? ¿Y si uno de los dos se hubiera quedado atrapado en el piso de arriba? ¿Cómo crees que te sentirías al ver que no hay salida, que las llamas están cada vez más cerca y ya puedes sentir su calor en la piel?

Sophie lo miró fijamente, sorprendida sin duda por el dolor y las emociones que él no podía esconder.

–Te diré lo que sentí yo –agregó con dureza–. No he sentido tanto miedo en toda mi vida. Pensé que iba a morir y después, durante las semanas de agonía por el dolor de mis quemaduras y asqueado al ver mi cuerpo lleno de cicatrices, casi lamenté no haber muerto en el incendio.

Agarró la parte delantera de su camisa y la abrió a la fuerza. Los botones saltaron por los aires.

–Este es el daño que puede causar un incendio –le dijo a Sophie–. Han pasado casi veinte años y mis cicatrices aún son horribles. Tienes suerte de no haberlas visto al principio.

Sophie ya había visto las cicatrices la noche anterior, cuando fue a su habitación alertada por sus gritos. Pero su dormitorio había estado en penumbra. En ese momento, sin embargo, podía verlas con todo detalle. La piel de un lado de su torso estaba descolorida y llena de manchas.

Nicolo apretó la mandíbula sin poder dejar de observar la cara de Sophie. No podía disimular el asco que le producían sus quemaduras y sintió vergüenza. No sabía cómo había esperado que reaccionara. Creía que no debería haber pensado que Sophie no iba a mirarlo con desagrado. Trató de convencerse de que no le importaba lo que ella pensara de él, pero tenía que reconocer que habría deseado que Sophie pudiera ver más allá de sus cicatrices, que viera de verdad al hombre que había debajo de esa piel tan dañada.

–¿Comprendes ahora la fuerza destructiva que tiene el fuego y las terribles heridas que puede causar? –le preguntó Nicolo.

Sophie se estremeció. Había mucho dolor en la voz de ese hombre. Le había asegurado que aceptaba su cuerpo y sus cicatrices, pero intuía que la estaba observando de cerca para ver cómo reaccionaba.

Recordó entonces cómo se había sentido ella en el hospital, la primera vez que vio su cabeza calva en el espejo del baño. No había podido dejar de llorar al verse tan fea. A esa edad, todas sus amigas ya habían empezado a salir con chicos y creía que ninguno querría estar con una chica sin pelo.

Con el tiempo, su pelo había crecido de nuevo y no le habían quedado signos visibles de su enfermedad. Pero Nicolo iba a tener que vivir con sus cicatrices durante el resto de su vida. Le parecía que debajo de un exterior duro, había un hombre muy vulnerable.

Quería asegurarle que a ella no le parecía un monstruo, todo lo contrario, pero sabía que Nicolo iba a interpretarlo como compasión y no era eso lo que quería.

No sabía qué decirle, pero tenía la necesidad de hacerle ver que lo comprendía y entendía su dolor. Se acercó a él y, después de un momento de incertidumbre, levantó la mano y la colocó sobre la parte quemada de su torso.

Sintió que Nicolo se estremecía, pero sabía que era por la sorpresa, no porque le hubiera dolido.

–Siento mucho lo de las velas –le dijo ella en voz baja–. Debería haberme imaginado que aún sufres las consecuencias de haberte visto atrapado en medio de las llamas –agregó mientras movía los dedos suavemente sobre su piel–. Supongo que estas cicatrices te recuerdan constantemente lo que pasó esa noche. Pero estas marcas no te definen, no deciden quién eres.

Nicolo se la quedó mirando fijamente. Se dio cuenta entonces de que sus inusuales ojos de dos colores eran casi completamente verdes esa noche. Se fijó en sus pupilas, pero no podía adivinar qué estaba pensando, no podía ver su alma.

Bajó entonces la mirada y se fijó en su mano.

–¿No te da asco? –le preguntó Nicolo.

–No, por supuesto que no –repuso ella sosteniéndole la mirada y hablándole con honestidad.

Entraba una suave brisa desde el jardín, llenando el comedor del dulce aroma de la madreselva y del azahar. Estaban en silencio y Sophie podía oír lo entrecortada que era su propia respiración. Poco a poco, se dio cuenta de que se estaba produciendo un ligero cambio en la atmósfera, podía sentir bajo su palma cómo se aceleraba el pulso de Nicolo.

De repente, fue verdaderamente consciente de lo que estaba haciendo, lo estaba tocando y había algo muy íntimo en ese hecho. Sabía que debía apartar la mano, pero una fuerza invisible se lo impedía. Nicolo la miraba con los ojos entrecerrados, como si también él estuviera sintiendo la misma tensión que parecía haberse apoderado de su cuerpo.

Nicolo puso la mano en su hombro y envolvió un mechón de su cabello en el dedo.

–Tienes un pelo precioso –murmuró él.

Sabía que Nicolo no era consciente de ello, pero esas palabras consiguieron despertar todo tipo de emociones dentro de ella. Se había sentido tan agradecida cuando su pelo volvió a crecer después de la quimioterapia… La pérdida de una parte tan importante de su feminidad había hecho estragos en ella, había perdido mucha seguridad en sí misma.

Diez años más tarde, sabía que aparentaba ser una mujer muy segura, pero en el fondo seguía siendo esa chica de dieciséis años a la que le había preocupado tanto que ningún chico quisiera salir con ella.

Nicolo acarició con la otra mano su cara. Lentamente, bajó la cabeza y se quedó sin aliento al darse cuenta de que estaba a punto de besarla. Quería que lo hiciera, tenía que admitirlo. Se había imaginado ese momento casi desde que lo viera por primera vez y, en ese instante, sintió que se le iba a salir el corazón del pecho.

No habría sido capaz de decir en qué momento había dejado de estar enfadado con Sophie para desearla. Tenía que reconocer que había sentido cierta tensión sexual entre ellos desde que la tomara en sus brazos el día anterior para sacarla de la casa. Desde entonces, había hecho todo lo posible por ignorarla, pero Sophie Ashdown no era fácil de ignorar. Hacía mucho tiempo que no se sentía como en esos momentos, atrapado por la necesidad urgente de besar a una mujer. Y algo le decía que Sophie se sentía tan confundida como él.

Pasó los dedos por su cabello dorado, parecía de seda, tan suave como lo había imaginado. Sintió que Sophie abría la boca y, antes de que pudiera decirle que se detuviera, bajó la cabeza y aplastó su boca contra la de ella, besándola con toda la pasión que sentía en esos momentos.

Las palabras que había estado a punto de pronunciar Sophie murieron en su garganta en cuanto sintió los labios de Nicolo contra los suyos. Una parte de ella estaba sorprendida, no podía creer lo fácilmente que había capitulado, pero dejó de pensar en nada más cuando Nicolo la rodeó con sus brazos, aplastándola contra su cuerpo. En ese momento, nada más le importaba, solo lo que estaba sintiendo.

Llevó las manos a la cara de Nicolo y se estremeció al sentir la áspera piel de su mandíbula contra las palmas. Mientras tanto, él había abandonado sus labios para besarla en las mejillas y en los párpados. Regresó después a su boca con un hambre salvaje que encontró increíblemente excitante. Se estaba comportando tal y como había esperado de ese hombre con aspecto de bandolero. Era audaz y decidido, no dejaba que nada se interpusiera en su camino para conseguir lo que quería. Podía sentir contra su pelvis lo excitado que estaba, no podía ocultar cuánto la deseaba.

Cuando Nicolo por fin soltó sus labios, trató de recobrar el aliento mientras recuperaba también parte de su cordura. Estaba a punto de dejar que hiciera con ella lo que quisiera. Sentía que había conseguido derretirla por completo, también ella estaba muy excitada, no había manera de ocultar cómo estaba despertando su traicionero cuerpo. Nicolo no dejaba de acariciarla, moviendo sin descanso sus manos por cada centímetro de su piel. Lo sintió acariciando el contorno de sus caderas y subiendo poco después hasta sus pechos. A pesar de la tela del vestido, podía sentir el calor de sus manos. No pudo ahogar un grito de intenso placer cuando Nicolo movió ligeramente los dedos sobre sus excitados pezones, un placer que sintió también entre sus piernas.

Se inclinó para besarla una vez más, pero sentía que todo estaba ocurriendo demasiado rápido. La sensación de tener la lengua de ese hombre entre sus labios era excitante y muy erótica, pero no estaba preparada para llegar tan lejos con él, para ese nivel de intimidad. Después de todo, eran casi dos desconocidos. Pensó que, en realidad, apenas sabía nada de ese hombre y fue entonces cuando recordó por qué estaba en esa casa. Christos la había enviado hasta allí con un objetivo en mente, le costaba creer que estuviera siendo tan poco profesional.

Aturdida y enfadada consigo misma, se apartó de Nicolo. Le costaba respirar con normalidad, pero tenía que recuperar cuanto antes el control de sí misma y de la situación. Nicolo aún no parecía consciente de lo que estaba pasando y la besó en el cuello, sintió que iba bajando hasta su escote y contuvo la respiración. Deseaba sentirlo en su pecho, todo su cuerpo estaba en llamas, pero su cerebro había recuperado por fin el control.

–Tenemos que hablar –susurró ella con la voz ronca mientras apartaba la cabeza para que no volviera a besarla.

Nicolo frunció el ceño mientras trataba de entender sus palabras. Se sentía completamente embriagado por la fragancia de su piel y el sabor de sus labios.

–¿Hablar de qué? –murmuró.

No quería hablar, solo quería hacerle el amor. Creía que si la deseaba como lo hacía era solo porque llevaba bastante tiempo sin acostarse con nadie, más de un año. La última mujer con la que había estado había sido una azafata a la que había conocido durante sus vuelos de Londres a Hong Kong, ni siquiera se podía considerar una relación de verdad. Intentaba convencerse de que ese ayuno sexual era la única razón por la que esa mujer lo tenía como estaba en esos instantes, temblando como un adolescente ante su primer encuentro sexual.

Pero en el fondo sabía que había algo más. Cuando Sophie había tocado sus cicatrices, había sentido una sacudida de emoción que le había producido un dolor casi físico. Se había sentido revivir al ver cómo lo miraba. No había visto asco ni compasión en su mirada, sino simplemente aceptación.

Y también había visto deseo en sus ojos de color avellana. Saber que ella no iba a rechazarlo por su aspecto lo había empujado a bajar la guardia y dejarse llevar por el deseo. Cuando por fin la había besado, le había sorprendido encontrarse con la misma pasión que sentía él, por eso no entendía por qué se apartaba, de qué quería hablar con él cuando los dos ardían de deseo.

Nada más alejarse de él, Sophie sintió que tenía un poco más de control de la situación. Era algo más fácil hacerlo cuando no estaba presionada contra su musculoso cuerpo. No pudo evitar fijarse en su torso, seguía con la camisa abierta y se le fueron los ojos a la fina capa de vello que marcaba un tentador camino desde su abdomen hasta desaparecer un poco más abajo, tras la cintura de sus pantalones.

Creía que los dos se habían dejado llevar durante un momento de gran intensidad emocional y sabía que, en esas situaciones, la gente solía actuar de manera precipitada. Estaba segura de que esa era la razón por la que Nicolo la había besado y también así podía explicar la pasión con la que había respondido ella.

Pero decidió que había llegado el momento de volver a la realidad.

–Creo que deberíamos centrarnos en la razón por la que vine a verte –le dijo ella–. Las cosas solo van a complicarse más si nos distraemos con…

Nicolo la miró con los ojos entrecerrados. Todo su cuerpo protestaba, frustrado, y no estaba de humor para juegos de palabras.

–¿A qué te refieres?

–A la asamblea de accionistas, para eso estoy aquí. Christos quiere que vayas y no deberíamos…

–¿Quieres hablar de Giatrakos ahora? –le preguntó tratando de no perder la compostura.

Sophie se dio cuenta de que estaba muy enfadado. No pudo evitar sentirse aliviada al ver que había conseguido recobrar su sentido común. Creía que, si Nicolo le hubiera llegado a sugerir que tuvieran relaciones sexuales, ella habría tenido que negarse, como no podía ser de otro modo, y creía que eso habría complicado mucho más las cosas entre ellos. Una voz en su interior le decía que se estaba engañando a sí misma, pero trató de ignorarla. Aunque sabía que, si él la hubiera seguido besando, la habría tenido completamente entregada entre sus brazos.

–¿No te parece que los dos hemos perdido un poco la cabeza esta noche? –insistió ella–. Christos me ordenó que viniera para convencerte, nada más.

Mamma mia! ¿Acaso has tratado de seducirme con la esperanza de convencerme? –repuso Nicolo con un nudo en el estómago–. ¿Eran esos besos parte de tus tácticas de persuasión?

–¡No! –replicó ella atónita–. Además, yo no he intentado nada. Fuiste tú quien me besaste.

–Y tú quien me invitaste a hacerlo –contestó Nicolo entre dientes–. Te acercaste, pusiste la mano sobre mi pecho desnudo…

Había estado seguro de que había visto deseo en sus ojos, pero acababa de darse cuenta de que se había equivocado y que en su expresión solo había compasión y lástima. Había estado convencido también de que la atracción era mutua. No entendía cómo podía haber sido tan estúpido. Se apartó de ella y salió a la terraza, necesitaba un poco de aire fresco.

Sophie se dio cuenta de que había sido un error recordarle lo de la junta de accionistas, pero lo había hecho para protegerse, porque Nicolo le había hecho sentir demasiadas cosas y no sabía qué hacer con esos sentimientos.

No se había sentido así ni siquiera con Richard. Le había asustado la intensidad de su deseo y había buscado refugio en la seguridad de su trabajo, recordándole por qué estaba allí.

–Voy a servir la cena. Seguro que se han quemado las patatas… –susurró ella.

–Haz lo que quieras –le dijo Nicolo–. Pero a mí no me sirvas nada. No tengo hambre.

Sophie se mordió el labio inferior al oírlo.

–Pero no has comido en todo el día. Estoy segura de que te encantará el guiso de…

Dio! ¿Es que nunca escuchas? –replicó enfadado–. Déjame en paz. O mejor aún, haznos un favor a los dos y vete a Londres.

–No puedo. Tengo que quedarme y buscar los documentos que te dije en el despacho de tu padre.

–Entonces, hagamos un trato –le dijo Nicolo–. Es una casa muy grande. Mantente alejada de mi camino y yo me mantendré lejos del tuyo. Así estaremos los dos contentos.