Capítulo 4
Sophie se apoyó en el respaldo de la silla y se frotó el cuello. Se había pasado toda la mañana en el despacho que Gene Chatsfield tenía en el ala oeste de la casa, revisando y organizando un montón de papeles y archivadores, tratando de encontrar los documentos que Christos le había pedido que localizara.
Pero, después de tres horas de trabajo, no había encontrado nada relacionado con una propiedad de los Chatsfield en Italia. Gene no había sido demasiado ordenado con sus papeles y su sistema de archivo era muy caótico.
Le tentaba el maravilloso sol que entraba por la ventana. Pensó que le vendría bien tomarse un descanso. Decidió hacerse un bocadillo y comerlo mientras exploraba la gran finca. Christos le había mencionado que había una piscina y estaba deseando encontrarla.
Al salir al pasillo, oyó la voz de Nicolo al otro lado de la puerta de su despacho. Supuso que estaría hablando por teléfono. No lo había visto durante el desayuno y se preguntó si iría a pasarse todo el día pegado a su ordenador. Era como si le importara más hacer dinero que gastárselo. Al menos no parecía querer utilizarlo para el mantenimiento de esa gran casa.
Veinte minutos más tarde, cuando encontró por fin la piscina, trató de no sentirse demasiado decepcionada, pero estaba claro que no iba a poder utilizarla. La apartada zona del jardín donde se encontraba estaba llena de maleza por todas partes y el agua estancada que llenaba la piscina era marrón y estaba cubierta por una gruesa capa de algas. Las malas hierbas crecían entre las baldosas que rodeaban la piscina. Como pasaba en el resto de la casa, también esa zona parecía estar completamente abandonada.
Creía que era una lástima que Nicolo no cuidara la casa de su familia. Se arrodilló junto al borde de la piscina y se asomó a sus oscuras aguas. Supuso que debía de haber todo tipo de criaturas viviendo bajo la capa de algas y hojas muertas que flotaban en la superficie. Estaba pensando en eso cuando algo saltó fuera del agua y no pudo ahogar un grito de sorpresa cuando una rana aterrizó en su regazo. Después de haber vivido toda su vida en la gran ciudad, Sophie prefería admirar la naturaleza desde cierta distancia. Con cuidado, movió la pierna para tratar de quitarse a la rana de encima, pero el bicho volvió a saltar y gritó aterrorizada al sentir que se había posado en su pelo.
Oyó una carcajada detrás de ella que le hizo darse la vuelta. Nicolo estaba contemplando la escena con una gran sonrisa.
–Deja de mover así los brazos –le dijo él mientras se le acercaba–. La pobre rana te tiene más miedo a ti que tú a ella.
–No estoy tan segura –murmuró ella–. Y deja de reírte, ¡maldita sea!
Le molestó mucho que se estuviera divirtiendo a su costa y lo empujó. Nicolo gritó sorprendido, había conseguido que perdiera el equilibrio. Sus pies se deslizaron sobre las resbaladizas baldosas y cayó al agua.
Se quedó en estado de shock al ver lo que había hecho. Apenas lo había tocado, no había sido su intención tirarlo al agua, ni mucho menos.
Se sintió muy culpable y se quedó mirando fijamente la piscina, pendiente de él. Pero fueron pasando los segundos y su cabeza no asomaba entre las algas. Cada vez estaba más nerviosa. Se arrodilló para tratar de encontrarlo entre las sucias aguas.
–Genial, Sophie –murmuró para sí misma–. Lo has matado…
Se inclinó hacia delante, explorando frenéticamente la piscina, tratando de divisarlo. Salió de repente una mano a la superficie que agarró con fuerza su brazo. No tuvo tiempo para nada, solo pudo chillar sorprendida al sentir que tiraba de ella para meterla en el agua estancada.
–¡Qué asco! ¡Huele fatal! –exclamó asqueada cuando pudo por fin salir a la superficie tosiendo y escupiendo.
Al mover el agua, se había desprendido un horroroso hedor. Nadó hasta el borde de la piscina tratando de controlar las arcadas. Nicolo ya había salido y estaba de pie al lado de la piscina. Inclinándose, le tendió una mano y tiró de ella para sacarla.
–Tengo el pelo lleno de algas… –le dijo estremecida–. Y puede que también tenga renacuajos y otros bichos… ¡Qué horror! ¡Qué asco de agua! Y mi ropa se ha echado a perder.
Supo en ese instante que su vestido camisero de seda azul y sus queridos zapatos de ante beige estaban perdidos para siempre. Pero miró a Nicolo de reojo y se le olvidó su ropa. Empapado como estaba, parecía aún más sexy. La camisa moldeaba cada músculo de su torso y lo mismo le pasaba con los pantalones, que se aferraban a sus poderosos muslos y dejaban poco a la imaginación.
Suspiró compungida.
–Supongo que me lo merezco.
Nicolo la miró con los ojos entrecerrados. Lamentaba haber perdido los estribos y haberla tirado a la piscina. Pero, mientras la ayudaba después a salir de allí, pensó que quizás ese chapuzón en la pestilente agua la convenciera de que debía renunciar a su misión y volver a Londres.
Pero esa mujer había vuelto a sorprenderlo. No había salido corriendo de allí ni estaba fuera de sí. Empezaba a darse cuenta de que Sophie Ashdown era muy valiente y no estaba dispuesta a rendirse.
–Espero que me disculpes por haberte metido en el agua –le dijo él con algo de incomodidad–. Pensé que ibas a hacerme una llave de taekwondo o algo así.
–No, no quiero lesionarte y herir tu ego –repuso Sophie.
–¿Quién? ¿Tú? –comentó él frunciendo el ceño.
No pudo evitar echarse a reír.
–La verdad es que no deja de sorprenderme, señorita Ashdown. Tengo que reconocerlo –murmuró con genuina admiración en su voz.
Le encantó que le hablara así. Sabía que a Nicolo no le hacía gracia tenerla en su casa y había tratado de convencerse de que no le importaba, pero no pudo evitar sentir un rayo de esperanza.
Incluso su rostro parecía haberse suavizado y le sonreía de verdad. Pero no había solo amabilidad en su mirada, había algo más…
Bajó la vista y se dio cuenta de que también su ropa se había ceñido a su cuerpo. Se sonrojó al ver que la tela del vestido no podía ocultar la forma de sus pezones. Se cruzó de brazos y se estremeció.
–Estoy muerta de frío –le dijo ella para tratar de justificar la manera en la que su cuerpo la estaba traicionando.
–En ese caso, será mejor que volvamos a la casa y te des una ducha caliente –repuso él–. Y no te preocupes por tu ropa, te pagaré los daños. Después de todo, ha sido culpa mía que cayeras a la piscina.
Caminaron por el jardín en silencio. Sophie era muy consciente de su presencia, lo sentía por todo el cuerpo. Era casi más fácil estar enfadada con él, le parecía mucho menos peligroso. Empezaba a darse cuenta de que Nicolo podía llegar a ser encantador cuando quería serlo e intuía que no le costaría nada de trabajo hechizarla con su personalidad.
Llegaron a la puerta de la cocina y él se echó a un lado para dejarla pasar. Pero el espacio que le dejó libre era bastante estrecho y no pudo evitar estremecerse de nuevo cuando sus pechos rozaron el torso de Nicolo.
–Sí, creo que la ducha es indispensable. No hueles demasiado bien –le dijo él.
Lo fulminó con la mirada.
–Tú tampoco.
Se dio cuenta demasiado tarde de que Nicolo se lo había dicho para provocarla. Lo miró a los ojos y se quedó sin respiración mientras observaba sus duros rasgos. Había algo muy sensual en sus pómulos cincelados, en la firme mandíbula y en su boca. Se le aceleró el pulso cuando Nicolo levantó hacia ella la mano y le apartó un mechón mojado de la cara. Era como si el tiempo se hubiera detenido y le costaba trabajo respirar con normalidad.
Nicolo no sabía por qué estaba permitiendo que esa molesta mujer convirtiera su agradable y tranquila existencia en un caos total. Había pasado una noche muy inquieta y sabía que no había sido capaz de volver a conciliar el sueño después de la visita nocturna por culpa de Sophie, no por la pesadilla que había tenido.
Y esa mañana se había levantado decidido a decirle que tenía que irse de esa casa. Era una distracción que no quería tener. Pero la había visto por la ventana del despacho mientras trabajaba frente a su ordenador y había perdido la capacidad de volver a concentrarse en su trabajo. Mientras la observaba esa mañana, una ligera brisa había pegado el vestido contra su cuerpo, moldeado las curvas de sus firmes pechos y sus esbeltos muslos. Y ese mismo viento había agitado su melena rubia y ligeramente ondulada.
Había tenido que admitir entonces, aunque de mala gana, que esa mujer le intrigaba y había sido lo bastante estúpido como para salir de su despacho y seguirla por el jardín.
En ese instante, se encontraba completamente hechizado por las delicadas facciones de su cara. Detuvo su mirada en esos labios tan sensuales y sintió que el deseo despertaba en su cuerpo.
–Es curioso –murmuró–. Nunca me había tentado la idea de besar a una mujer cubierta de verdes y pestilentes algas.
Aunque su tono era burlón, a Sophie le pareció oír algo más en su voz que la dejó sin respiración. Y vio que la miraba con deseo.
Tragó saliva antes de contestar.
–¿Acaso te tienta la idea de besarme? –le preguntó ella.
–¿Te gustaría que lo hiciera?
La voz de Nicolo era tan suave y profunda, nunca se había sentido tan consciente de su propia sensualidad. Tenía la boca seca y no podía hablar, pero el corazón le latía a mil por hora. Sabía que no podía decirle lo que de verdad quería, que tenía que usar su cabeza, pero su cuerpo le estaba enviando un mensaje muy diferente.
Nicolo apartó la mano de su cara y ella se fijó entonces en las cicatrices que tenía en esa mano. Le daba la impresión de que él siempre iba a vivir obsesionado por los recuerdos de aquella fatídica noche. No había sido entonces más que un niño, alguien que necesitaba desesperadamente el amor y los cuidados de una madre. Creía que no era de extrañar que se hubiera convertido en adulto autónomo e independiente. No podía evitarlo, sentía compasión por él.
Nicolo estrechó los ojos mientras miraba el expresivo rostro de Sophie. Estaba seguro de que había visto repugnancia en sus ojos después de ver sus cicatrices.
Dejó caer la mano y le dedicó una triste sonrisa.
–No, por supuesto que no –contestó él mismo–. ¿Cómo va a querer Bella besar a la Bestia?
Pasó al lado de Sophie y entró en la cocina.
–No es así como te veo –le dijo Sophie con voz temblorosa.
Sus palabras hicieron que se detuviera y se diera la vuelta para mirarla.
–No te culpo, Sophie. Durante mucho tiempo, ni yo mismo soportaba ver mi reflejo en un espejo. Después, cuando pude hacerlo, me di cuenta de que me aterrorizaba mi apariencia. Lo entiendo, de verdad –admitió él–. He llegado a aceptar mis quemaduras y estoy satisfecho conmigo mismo y con mi aspecto.
Después, bajó la vista y abrió los brazos para recordarle por qué habían vuelto a la casa.
–Voy ducharme –le dijo Nicolo–. Te sugiero que hagas lo mismo.
Sophie tuvo que frotar con fuerza su cabello para deshacerse del mal olor del agua estancada. Aunque había dejado sus zapatos de ante a remojo no tenía muchas esperanzas de que fuera a ser capaz de limpiarlos y poder usarlos. Pero no podía estar enfadada con Nicolo. Le gustaba ser justa y creía que ella era la única culpable de lo que había pasado.
Estaba allí en contra de la voluntad de Nicolo y, desde su llegada, no había hecho más que molestarlo. Si de verdad quería persuadirlo para que asistiera a la junta de accionistas, iba a tener que cambiar su estrategia.
En eso estaba pensando cuando volvió a la cocina. Tomó la masa de pan que había hecho esa tarde. La había dejado reposando unas horas para que creciera. La golpeó con el puño para quitarle las burbujas de aire mientras la amasaba con firmeza. Era una labor casi terapéutica. Le venía bien ensañarse con la masa.
Después de darle forma al pan, lo metió en el horno para cocerlo. Acababa de hacerlo cuando entró una mujer mayor por la puerta trasera.
–Ya me había dicho Mary, la de la tienda, que el señor Nicolo había contratado a una nueva cocinera –le dijo la mujer en cuanto vio a Sophie–. Soy Betty. Soy la que me encargo de barrer y limpiar el polvo en las habitaciones de esta planta. Con mis dolores de rodillas, no puedo hacer mucho más.
–Bueno, estoy segura de que haces un trabajo estupendo a pesar de tus problemas –respondió Sophie con una sonrisa.
No quiso corregirla y decirle que no era la nueva cocinera, la verdadera razón por la que estaba en esa casa era demasiado complicada de explicar.
–¿Cuánto tiempo llevaba el señor Nicolo sin cocinera? –le preguntó a la mujer.
–Los Pearson se jubilaron hace seis meses. Elsie era la cocinera y Stan, el jardinero –le contó Betty sacudiendo la cabeza–. El césped que rodea la casa era el orgullo y la alegría de Stan. No quiero ni pensar en lo que diría si viera cómo está ahora. Los Pearson estuvieron trabajando en esta casa durante muchos años, desde que la familia se mudó aquí. Y yo llevo con ellos casi desde entonces. La señora Chatsfield me contrató cuando el señor Nicolo no era más que un bebé. Pero entonces había mucho más personal que ahora. Tanto la casa como el jardín estaban muy bien cuidados.
–Entonces, ¿ha visto crecer a todos los hijos de los Chatsfield?
Betty asintió con la cabeza.
–Al principio, eran una familia feliz. Pero las cosas cambiaron después de que la señora Chatsfield sufriera un aborto. El señor Nicolo y el señor Franco eran aún muy pequeños. La pobre mujer se quedó devastada al perder el bebé. Poco después, volvió a quedarse embarazada. A mi modo de ver, demasiado pronto. Creo que debería haber esperado un poco más. Fue entonces cuando tuvo a los gemelos y sufrió lo que ahora llaman depresión posparto. Solía pasar horas a solas en su habitación, siempre llorando, y los hijos mayores eran los que tenían que cuidar de los más pequeños.
–Supongo que el padre no podría ocuparse de ellos porque estaba trabajando en Londres, ¿no? –le preguntó Sophie.
Betty dio un resoplido al oírlo y levantó las cejas.
–Puede que estuviera ocupado con los hoteles, pero entonces se rumoreaba que también estaba ocupado teniendo aventuras con otras mujeres. Era muy cuidadoso, la prensa nunca se enteró de lo que hacía, pero los rumores eran continuos. Estoy segura de que también la señora Chatsfield lo sabía porque consiguió convencer a su marido para que volviera a vivir en esta casa. Fue poco después cuando nació la señorita Cara –le contó la mujer–. Y a partir de ese momento, empeoró aún más el estado de ánimo de la señora Chatsfield. Era como si no fuera capaz de encargarse de nada. El señor Chatsfield se volvió a Londres y un día, sin más, ella se fue de la casa y nadie más ha vuelto a saber de su paradero.
Sophie estaba fascinada escuchando lo que le contaba Betty sobre la familia Chatsfield.
–Supongo que sería muy doloroso para los niños ver que los había abandonado su propia madre.
–Fue una tragedia –contestó Betty–. Los mayores tenían que hacer las funciones de padres de sus hermanos más pequeños. Todos los niños sufrieron mucho, pero creo que el señor Nicolo más que ninguno. Estaba muy unido a su madre y le afectó muchísimo su marcha. Recuerdo que solía escuchar a menudo cómo lloraba encerrado en su habitación. Pobre muchacho… Y después lo del incendio, sufrió unas quemaduras horribles y las cicatrices lo estropearon. Con lo guapo que era. Pero bueno, él se lo buscó.
–¿Qué quiere decir? –le preguntó Sophie frunciendo el ceño–. Se portó cómo un héroe. He oído que salvó a alguien de las llamas.
Betty apretó los labios antes de hablar.
–No digo que no fuera valiente, lo fue. Pero el señor Nicolás tuvo una adolescencia bastante salvaje y los periódicos no cuentan toda la historia –le dijo–. ¡Madre mía! –exclamó de repente–. ¡Mire la hora que es! No puedo estar aquí charlando todo el día.
La mujer parecía haber decidido de repente que ya le había contado demasiado y se apresuró a salir de la cocina con un plumero en la mano.
Sophie suspiró algo frustrada mientras golpeaba la masa para hacer una segunda hogaza de pan. Tuvo la tentación de ir a buscar a Betty y pedirle que le explicara mejor lo que le había querido decir con lo del incendio, pero no lo hizo.
Se quedó muy pensativa recordando sus palabras. Le había dado a entender que Nicolo era de alguna manera culpable del incendio en el hotel Chatsfield. Su espíritu curioso anhelaba tener respuesta a sus preguntas, pero no se atrevía a preguntárselo a Nicolo.
Contuvo el aliento al ver que entraba en la cocina en ese momento y se quedó ensimismada mirándolo. Llevaba unos pantalones negros y una camisa de mangas anchas que ocultaba parcialmente las cicatrices de su mano. Se fijó entonces en su rostro. Betty le había descrito lo guapo que había sido Nicolo antes del incendio, pero para ella era el hombre más atractivo y sexy que había visto nunca. Además, no había quemaduras en su cara. Cuando estaba vestido, no había sombra de sus lesiones por ninguna parte.
Pero debajo de la ropa, todo cambiaba. Le habían sorprendido sus cicatrices cuando vio su torso desnudo la noche anterior, eran más extensas de lo que había imaginado, pero también le había dejado impresionada la descripción que Nicolo hacía de sí mismo. No era ni una bestia ni un monstruo. De hecho, sabía que había tenido mucho éxito con las mujeres hasta que decidió dejar esa vida e irse a vivir solo al campo.
–Ya me parecía que olía a pan casero. No deja de sorprenderme todo lo que sabes hacer, Sophie.
Se encogió de hombros al oír sus amables palabras.
–Me gusta cocinar, me relaja. Y desde que trabajo para Christos, no me viene nada mal encontrar una afición que me libere del estrés de cada día. Ese hombre es adicto al trabajo –le confesó suspirando.
–¿Cuándo tiempo llevas trabajando para Giatrakos?
–Unos meses. Antes de este trabajo, era la secretaria de dirección de una multinacional de fabricación de automóviles. Tenían una fábrica en Japón y solía visitar con frecuencia ese país acompañando a mi antiguo jefe.
–Japón es un país fascinante, ¿no? ¿Coincidió alguno de tus viajes con la época de floración de los cerezos?
–No, por desgracia no, pero he oído que es todo un espectáculo ver los cerezos en flor –le dijo ella mirándolo con curiosidad–. ¿Has estado en Japón?
–Muchas veces, pero siempre por temas de trabajo. Gran parte de mis operaciones financieras las hago en los mercados asiáticos y visito Japón y Hong Kong con regularidad –repuso Nicolo–. Pero, aunque vaya por trabajo, normalmente me las arreglo para hacer un poco de turismo durante mis viajes.
–Pero Christos me dijo que casi nunca sales de esta casa.
Lamentó haberlo mencionado. Se dio cuenta de que solo había conseguido que volviera a cerrarse en sí mismo.
–Giatrakos no me conoce en absoluto –le dijo secamente.
Vio un brillo peligroso en sus ojos y decidió dejar el espinoso tema del nuevo director general de la cadena Chatsfield. Volvió a concentrarse en la masa del pan.
–¿Quién te enseñó a cocinar? –le preguntó Nicolo unos minutos después–. ¿Tu madre?
–No, no –repuso ella riendo–. Mi madre no sabe ni hacer un huevo frito. Es abogada y estaba demasiado concentrada en su carrera profesional como para aprender a cocinar. Pero, afortunadamente, tuvo el suficiente sentido común como para casarse con un chef.
–Entonces, ¿tu interés por la cocina te viene de tu padre?
–No, mi padre es arquitecto –le dijo tratando de ignorar la punzada de dolor que sentía cuando pensaba en su padre–. Mis padres están divorciados y mi madre se casó con Giraud hace cuatro años. Lo más sorprendente de todo fue que renunció a su carrera como abogada y se mudó con él a París para ayudarle a dirigir su restaurante.
Nicolo la miró con suspicacia. Había notado algo raro en la voz de Sophie cuando mencionó a su padre. Pensó que quizás aún le costara aceptar el divorcio de sus padres, pero recordó entonces que no tenía ningún interés en la vida personal de esa mujer.
–En fin, querías saber quién me enseñó a cocinar y la verdad es que aprendí mucho de una maravillosa au pair italiana que tuvimos en casa durante un par de años. Donatella estaba estudiando para ser chef y lo consiguió. Ahora es profesora en una escuela de cocina de la Toscana –le explicó Sophie–. Me encanta Italia, me parece un país maravilloso. ¿Pasaste mucho tiempo allí de pequeño? Sé que tu madre era italiana.
–No, viajamos un par de veces a Italia, pero mi madre se sentía en casa aquí en Inglaterra –repuso él–. Supongo que Christos también te contaría que mi madre nos abandonó hace muchos años. Nadie sabe dónde está, puede que regresara a su país, no lo sé –continuó Nicolo–. Pero es verdad, es un país precioso. Mi villa a orillas del lago Como tiene unas vistas espectaculares.
–No sabía que tuvieras una casa en Italia –repuso sorprendida.
–¿Por qué ibas a saberlo? Giatrakos no sabe nada de mi vida privada –contestó Nicolo.
Se dio cuenta de que tenía razón, con lo que Christos le había dicho, había asumido que Nicolo llevaba una vida solitaria, pero en realidad viajaba con regularidad. Tenía que reconocer que sentía bastante curiosidad por su vida personal. Se preguntó si tendría una amante o si tendría varias. La prensa del corazón ya no hablaba de él, de sus escándalos y conquistas, pero seguía siendo un hombre joven y atractivo. Creía que era poco probable que viviera como un monje también en ese sentido. Aunque prefería no preguntarse por qué, no le gustaba la idea de que pudiera tener muchas aventuras amorosas.
Se concentró en lo que le había contado sobre sí mismo y también en las cosas que no le había dicho. Por ejemplo, cómo se había sentido cuando su madre los dejó. Le había parecido escuchar una nota de emoción en su voz y recordó entonces las palabras de la señora de la limpieza. Betty le había contado lo mal que lo había pasado Nicolo después de que su madre se fuera.
–¿Tienes esa casa en el lago Como con la esperanza de que tu madre esté viviendo en Italia y un día trate de encontrarte? –le preguntó ella en voz baja.
Le incomodó la pregunta de Sophie, se acercaba demasiado a la verdad. Era algo que no había querido reconocer ni él mismo, pero la verdad era que tenía la esperanza de volver a verla algún día. Por otro lado, ese lugar a orillas del lago le recordaba a su madre. Hacía que se sintiera más cerca de ella cuando se alojaba allí.
–No digas tonterías –protestó él–. Compré esa villa porque era una buena inversión. Además, está en un lugar muy aislado, donde no pueden llegar los paparazis.
Se preguntó si querría esa privacidad para poder invitar a mujeres y que la prensa no se enterara. De un modo u otro, se recordó que no era asunto suyo ni debía importarle que tuviera una o una docena de amantes.
–Bueno, me voy. Tengo que seguir trabajando –le dijo Nicolo de manera algo brusca.
Empezaba a ver que tenía muchos cambios de humor. Igual le pasaba al tiempo. Acababa de desaparecer el sol detrás de unas nubes gruesas.
–Espera, llévate pan al despacho. Está tan rico así, recién hecho y aún caliente… –le dijo ella cortando dos rebanadas gruesas de pan y extendiendo mantequilla en ellas.
Le dio una a Nicolo y a ella le faltó tiempo para probarla.
–Delicioso –murmuró ella mientras saboreaba su pan.
–No es fácil encontrar una mujer que disfrute de la comida. La mayoría de las mujeres que he conocido trata de sobrevivir comiendo solo lechuga para no engordar –le dijo Nicolo mirándola de arriba abajo–. Tú no tienes problemas de peso, tienes un cuerpo perfecto.
No podía dejar de imaginarla como la había visto al salir de la piscina, con el vestido aferrado a cada deliciosa curva su cuerpo. No se le habían pasado por alto sus firmes pechos ni cómo se le habían marcado los pezones entonces. Los pantalones vaqueros y la camiseta que llevaba puestos en esos momentos no eran tan reveladores, pero no pudo evitar sentir el deseo despertando en su interior.
–Me gusta comer –admitió Sophie–. Supongo que es algo que aprecio más que otras personas porque durante mucho tiempo no pude comer bien…
Dejó de hablar de repente cuando se dio cuenta de cómo la estaba mirando Nicolo. Lamentó entonces haber hablado sin pensar.
–¿Por qué no podías comer?
–Bueno…. Tuve algunos problemas de salud durante mi adolescencia –le explicó ella quitándole importancia al asunto.
No le apetecía hablar de su batalla contra el cáncer. Después de todo, apenas conocía a ese hombre. Se había dado cuenta de que su enfermedad era un asunto espinoso. Cuando conocía a alguien nuevo, nunca sabía cuándo era apropiado contarle que había tenido un cáncer que había cambiado por completo su manera de ver la vida. Richard, por ejemplo, la había acusado de haberle ocultado a propósito el hecho de que el cáncer la había dejado estéril. Le había dicho que, si ella se lo hubiera dicho poco después de que se conocieran, él no habría permitido que su relación fuera a más porque quería llegar a formar una familia y tener hijos.
Habían pasado ya tres años desde su ruptura. Había oído que Richard se había casado y estaba esperando su primer hijo. Desde entonces, había salido con otros hombres, pero muy de vez en cuando y nunca había llegado a ser nada demasiado serio.
Ya había aceptado que nunca iba a tener su propia familia. La quimioterapia había destruido su capacidad para tener hijos, pero la enfermedad había hecho que fuera una mujer realista. Había aprendido muy pronto que la vida no le debía nada y que, en lugar de llorar por lo que no tenía, debía estar agradecida por seguir viva. Pensaba aprovechar cada día al máximo.
Se dio cuenta de que Nicolo estaba esperando a que terminara su explicación. Pero, como sabía que no había ninguna posibilidad de que pudiera llegar a tener ningún tipo de relación con él, no tenía ningún motivo para hablarle de su pasado.
–Pero ahora estoy muy bien –le dijo ella alegremente–. Bueno, ¿qué te parece mi pan?
–Está muy rico.
Nicolo probó otro pedazo del pan integral que había hecho Sophie. Tenía la sensación de que no quería contarle qué problemas de salud había tenido durante su adolescencia, pero supuso que habría sido algún trastorno alimenticio. Le había mencionado que sus padres se divorciaron y pensó que quizás le hubiera costado hacer frente a la ruptura en una edad tan vulnerable. A él también le había resultado muy difícil aceptar el fin del matrimonio de sus padres.
Estaba convencido de que su padre había tenido la culpa de todo. Le había sido infiel a su mujer durante años y creía que ese era el motivo por el que ella había terminado por irse.
Y, después de muchos años, volvía a traicionar a sus hijos eligiendo a alguien ajeno a la familia para que fuera el nuevo director general de la cadena Chatsfield. Pero si su padre y Giatrakos esperaban que colaborara con ellos iban a llevarse un buen chasco. Igual que le iba a pasar a Sophie cuando se diera cuenta de que no podía persuadirlo para que asistiera a la junta de accionistas de la empresa.