Capítulo 2
Por segunda vez en poco tiempo, Sophie volvió a verse frente a la puerta cerrada del despacho de Nicolo. Se frotó el hombro que él había agarrado con fuerza para sacarla de allí. No había conocido nunca a nadie tan terco y maleducado como él.
Christos ya le había advertido de que Nicolo no iba a ser fácil de convencer y que iba a tener que usar todas sus armas para conseguir que fuera a la junta. Pero, de momento, ni siquiera había conseguido hablar con él.
Aun así, había logrado vislumbrar una grieta en su armadura cuando le había mencionado a su hermana. Nicolo creía que Lucilla debía ser la directora general de la empresa. Creía que, si conseguía convencerlo de que Christos iba a estar abierto a las sugerencias de Lucilla, quizás pudiera persuadirlo para que fuera a la importante reunión en Londres.
Por muy frío y duro que pareciera, le había parecido ver un breve destello de emoción en su rostro cuando le habló de su hermana. Era todo lo que necesitaba para no darse por vencida. Estaba convencida de que conseguiría su propósito si probaba con una táctica distinta.
Sabía que no le convenía volver a entrar en el despacho, estaba segura de que no iba a recibirla con alegría. Prefería darle unos minutos para que se tranquilizara y regresar después con una ofrenda de paz. Creía que quizás así consiguiera que al menos la escuchara.
Fue a la cocina. Era la hora de la comida y decidió tentar a Nicolo con un buen bocadillo. Pero no tardó mucho en descubrir que en la nevera solo había un pedazo de queso caducado y un par de filetes de ternera crudos.
Miró en la despensa y en los armarios, pero no encontró nada. Le habría encantado poder prepararse una taza de té, pero tuvo que conformarse con un café. Al fondo de uno de los armarios había encontrado un paquete de galletas.
Lo puso todo en una bandeja y volvió al despacho, pero no obtuvo respuesta alguna cuando llamó a la puerta. Sin pensárselo dos veces, abrió y entró. Le dedicó una alegre sonrisa mientras colocaba la bandeja en la mesa, delante de Nicolo.
–Pensé que le gustaría comer algo y pensaba hacerle un sándwich. Pero, aparte de un par de filetes crudos, no he encontrado nada más en la nevera. Supongo que toda esa carne roja es para Dorcha. ¿Qué es lo que cena usted?
–Filetes –repuso Nicolo gruñendo–. Y poco hechos –agregó mirándola a los ojos–. ¿A qué demonios se supone que está jugando, señorita Ashdown? Le dije que se fuera de aquí, de la casa, no que fuera a curiosear en mi cocina.
–La verdad es que no hay mucho que curiosear –repuso ella–. Y no habría estado de más que me hubiera ofrecido una taza de té después de haber venido a verlo desde Londres.
–Si ha venido es porque ha querido hacerlo. No es problema mío que haya decidido perder el tiempo de esa manera. Ya le dejé muy claro a Giatrakos lo que pienso de su maldita reunión.
Sophie había acercado una silla a la mesa, pero tomó la cafetera antes de sentarse.
–Le sirvo un poco, ¿le parece? –le comentó ella.
–Mamma mia! –exclamó Nicolo–. ¿Qué es lo que no ha entendido de lo que le he dicho, señorita Ashdown? ¡Váyase de mi casa!
–No tengo la intención de irme, lo siento –le dijo con calma.
–En ese caso, estoy en mi derecho de obligarla a salir.
Nicolo se puso de pie y fue hacia ella. Estaba fuera de sí, ni él mismo comprendía la intensidad de su enfado. Llevaba años sofocando sus emociones, decidido a no permitir que su carácter lo dominara hasta el punto de perder el control. Las cicatrices que cubrían un lado de su cuerpo eran un recordatorio constante de lo que era capaz de hacer cuando perdía la cabeza. Era algo que no iba a olvidar nunca, pero la inesperada intromisión de Sophie Ashdown estaba consiguiendo sacarlo de sus casillas y perturbar su paz.
Sophie se quedó sin respiración viendo lo furioso que parecía estar Nicolo. Apretaba la mandíbula y la fulminaba con la mirada. Lamentó en ese instante no haberle hecho caso. A pesar de la tensión del momento, no se le pasó por alto lo interesantes que eran sus ojos. Los iris, de color marrón claro, estaban rodeados por una banda de color que le daba a su mirada un tono verde oliva que era muy poco común y extrañamente fascinante.
Dio un paso hacia atrás y se dio con el borde de la mesa. Se le ocurrió entonces que debería haberle dicho que tenía el permiso de su padre para alojarse en la casa familiar, pero había preferido mantener ese as en la manga hasta necesitarlo de verdad. Y se dio cuenta de que era en ese instante cuando debía decírselo. Pero, antes de que pudiera hablar, Nicolo la agarró por la cintura e, ignorando su grito de sorpresa, la levantó del suelo, colocándola sobre su hombro como si fuera un saco de patatas.
–¡Eh! ¿Qué hace? ¡Suélteme ahora mismo! –gritó.
La habitación giró rápidamente frente a sus ojos mientras Nicolo caminaba hacia la puerta. Podía sentir cómo se le subía la sangre a la cabeza. Pero no le molestaba tanto la incomodidad de su posición como lo que estaba haciendo con su dignidad.
–¿Cómo se atreve? –insistió mientras le golpeaba la espalda con los puños.
Pero Nicolo no le hizo caso y la sacó del despacho. Siguió hasta llegar a la cocina.
Su bolso estaba en la encimera, donde lo había dejado ella misma. Nicolo lo recogió.
–¿Tiene aquí las llaves del coche?
–Sí –replicó furiosa–. Bájeme, le prometo que me iré.
–Tuvo su oportunidad y la perdió, señorita Ashdown –contestó él en un tono inflexible.
Era difícil respirar con su estómago aplastado contra el hombro de Nicolo. No podía dejar de jadear con cada paso que daba él. Le parecía increíble que la estuviera tratando de ese modo, era surrealista. Agitó sus piernas con fuerza. Tenía la esperanza de lograr así que la dejara en el suelo, pero Nicolo se limitó a agarrarla con más ímpetu.
A pesar de la tela de la falda, podía sentir el calor de su mano sobre el trasero. Y le sorprendió aún más sentir que ese contacto despertaba su deseo sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Se puso rígida, le horrorizaba que su cuerpo pudiera traicionarla de esa manera cuando ese hombre estaba siendo un cavernícola. Después de todo, era una profesional bien educada, tenía titulación universitaria. Había estudiado Administración de Empresas y Secretariado Ejecutivo en la Cámara de Comercio de Londres. Le entraron ganas de decírselo a gritos, no tenía derecho a tratarla como lo estaba haciendo.
Nicolo abrió la puerta y bajó los escalones de la entrada. Ya había llegado por fin la esperada tormenta y sintió la lluvia en su espalda, empapando su blusa. Recordó entonces que había dejado su chaqueta en la cocina. Pero, aunque consiguiera convencer a Nicolo para que la dejara ir a por ella, no quería ni pensar en volver a entrar en esa casa.
Cuando por fin la dejó en el suelo, estaba tan furiosa que no le salían las palabras.
–¡Eres…! ¡Eres un neandertal! –le gritó poco después–. Voy a denunciarte por asalto.
Tuvo que apretar la mandíbula para tratar de controlar sus dientes, que no dejaban de castañetear por culpa de la fría lluvia y de lo que acababa de pasarle con Nicolo.
–Ha entrado en mi propiedad sin ser invitada y tengo derecho a utilizar los medios razonables para sacarla de aquí –le dijo Nicolo fríamente mientras se cruzaba de brazos.
Sophie se quedó mirando sus atractivos y masculinos rasgos y sintió que se derretía por dentro, no podía evitarlo. Muy a su pesar, tenía que reconocer que era un hombre muy sexy. Con ese largo y negro gabán y las botas altas, parecía sacado de la época victoriana, de una de esas novelas románticas de las que solía disfrutar en secreto.
Vio cómo Nicolo se apartaba el pelo de la cara. Más que caballero de esa época, tenía aspecto de bandolero. Le había dejado muy claro que sentía un desprecio total por las normas sociales.
Se dio cuenta entonces de que Christos iba a tener que encontrar otra manera de convencerlo para que asistiera a la junta porque ella se negaba a permanecer allí ni un minuto más. Abrió el bolso con manos temblorosas para sacar las llaves y fue a su coche. Estaba empapada y la falda se aferraba a sus piernas. Le resultó bastante difícil entrar y sentarse al volante.
–Conduzca con cuidado –le aconsejó Nicolo–. Hay algunas curvas muy pronunciadas y son bastante traicioneras cuando el camino esta mojado.
Le habría encantado abofetearlo en ese momento, la miraba con un gesto tan arrogante… Pero había también un brillo peligroso en sus ojos y su sentido común prevaleció.
–Váyase al infierno –le espetó ella mientras cerraba la puerta y encendía el motor.
Pisó con tanta fuerza el acelerador que los neumáticos giraron sobre la grava húmeda, pero poco después comenzó a moverse deprisa de camino a la salida. Miró por el espejo retrovisor. No le habría extrañado ver que Nicolo se quedaba observándola para asegurarse de que salía de la finca, pero vio que ya se había dado la vuelta e iba hacia la casa.
Sophie condujo tan rápidamente como le permitían la fuerte lluvia y los terribles baches del camino. Lo hizo mientras le dedicaba a Nicolo Chatsfield todos los insultos que conocía. Cuando llegó a la aldea, aún estaba furiosa. Se metió en el aparcamiento del bar local. Estaba muy enfadada. Pero, aun así, se dio cuenta de lo que acababa de hacer.
Había renunciado a su objetivo. No lo podía creer. Sophie Ashdown, la misma que se había aferrado a la vida con determinación durante su adolescencia, había sido derrotada.
Se mordió el labio. No había llorado desde que a los dieciséis años se miró en el espejo y vio que había perdido todo su pelo por culpa de la quimioterapia. A partir de ese momento había usado un gorro de lana tejido por su abuela. Lo había hecho para ocultar su calvicie y también porque esa enfermedad la hacía sentir frío todo el tiempo. Perder su bella melena la había obligado a enfrentarse a su enfermedad y a la aterradora posibilidad de que podía llegar a morir.
Había llorado durante horas, a solas en la sala de aislamiento del hospital donde estaba recibiendo el tratamiento. Le había parecido tan injusto… Tenía mucho aún que vivir.
Después de horas llorando, lo único que había conseguido era tener los ojos rojos y la cara hinchada, además de su brillante calva. Había dejado de ser una joven guapa para convertirse en la persona más fea del planeta. Era como si la Sophie Ashdown que había sido hasta entonces hubiera dejado de existir.
Había sido el peor momento de su enfermedad, pero también un punto de inflexión. Se había prometido entonces que no iba a dejar que el cáncer le robara todo lo que amaba. Ya le había arrebatado el pelo, las pestañas y su orgullo. También se había llevado a dos de los amigos que había hecho en el hospital. Pero el cáncer le había hecho desarrollar una férrea determinación que no la había abandonado desde entonces.
Reflexionó sobre lo que acababa de pasar. No entendía por qué había dejado que Nicolo Chatsfield le quitara lo mejor que tenía. Había dejado que se saliera con la suya. Había permitido que su escandaloso comportamiento, sacándola de la casa como si fuera un saco de patatas, la hiciera salir despavorida de allí. Se dio cuenta de que había caído en la trampa.
No quería tener que regresar a Londres y decirle a Christos que había fracasado. Pero la otra opción que tenía era dar la vuelta al coche y conducir de vuelta hasta la casa.
La perspectiva de tener que enfrentarse a Nicolo de nuevo hizo que se le acelerara el corazón. Sabía que lo más sensato que podía hacer era volver a Londres y dejar que Christos lidiara con Nicolo, pero era demasiado orgullosa para hacerlo.
Creía que Nicolo le había ganado la primera batalla, pero no la guerra. Se sintió más decidida que nunca. De un modo u otro, iba a conseguir que la escuchara. Pero, antes de volver a la casa, tenía que comprar comida. Podía soportar la idea de lidiar con el mal carácter de ese hombre, pero no quería tener que comer la carne que se había encontrado en su nevera.
Nicolo salió del espeso arbolado que había al final de la finca y buscó a Dorcha con la mirada. No tardó en encontrarlo husmeando en la madriguera de un conejo.
–Vamos, chico –lo llamó mientras abría la puerta del jardín y cruzaba el césped mojado.
Después de pasar horas sentado frente a su ordenador, le sentaba muy bien salir a que le diera el aire y hacer un poco de ejercicio. La tormenta había pasado, pero había dejado un cielo tan gris y cubierto de nubes que no parecía verano. Aun así, le encantaban esos días húmedos y grises, eran los que más se adecuaban a su sombrío estado de ánimo.
Dorcha se le adelantó y fue directo a la puerta que daba a la cocina. Había estado actuando de manera muy extraña durante toda la tarde, dando vueltas por el despacho y gimiendo. Pensó que quizás le hubiera afectado la presencia de otra persona en la casa.
Frunció el ceño al pensar en ello. La visita de Sophie Ashdown había sido una distracción molesta. Incluso después de deshacerse de ella, le había costado volver a concentrarse en lo que tenía que hacer, algo desastroso en su línea de trabajo. Tenía que estar completamente centrado para seguir lo que pasaba en los mercados financieros de todo el mundo. Y, como consecuencia, había terminado perdiendo cientos de miles de libras. No le preocupaba perder dinero. Después de todo, solo era una pequeña fracción de su riqueza, pero pocas veces tomaba decisiones tan malas como las que había tomado ese día.
Y creía que todo lo que le estaba pasando era por culpa de la secretaria de Giatrakos. El perfume de Sophie aún persistía en su estudio. Otra razón más por la que había decidido salir para que le diera el aire. Tampoco entendía por qué su imagen se había quedado grabada en su mente. Le había parecido una mujer atractiva, pero él ya no era el descerebrado que había sido en su juventud, siempre a merced de sus hormonas. No sabía con cuántas mujeres se había llegado a acostar. Prefería no pensar en ello. Sus estúpidas hazañas solían llenar las revistas del corazón y había provocado con su agitada vida amorosa que los paparazis lo siguieran a todas partes.
Vio que Dorcha estaba ladrando y saltando bajo la ventana de la cocina. Supuso que habría visto un ratón. Pero, cuando llegó y abrió la puerta de la cocina, se detuvo en seco.
–¿Otra vez aquí? –exclamó fuera de sí–. Por el amor de Dios, señorita Ashdown, ¿es que no se lo he dejado bastante claro? ¡No quiero que esté en mi casa!
–Pues parece que su perro no piensa lo mismo. Te alegra verme, ¿verdad, muchacho? –le dijo Sophie alegremente a Dorcha–. Eso que hueles es tu cena –le dijo al perro.
Después, lo miró a él.
–Estoy haciéndole un filete a él y truchas rellenas para nosotros. No debería comer tanta carne roja, es malo para su sistema digestivo y seguro que además uno de los motivos por los que está de tan mal humor.
–¿Eso cree? –le preguntó fulminándola con la mirada
No podía confesarle que el aroma de las truchas estaba consiguiendo abrirle el apetito. En realidad, estaba harto de comer carne cada noche, pero no se había dado cuenta hasta entonces.
–He comprado un montón de verdura y otras cosas –le explicó Sophie–. La dueña de la tienda me dijo que tenía cocinera, pero que, desde que se jubiló, ha estado viviendo aquí solo.
–Me gusta estar solo –le dijo Nicolo con firmeza.
–También me dijo que tiene una señora de la limpieza que viene dos veces por semana. Pero eso ya lo sabía. Supongo que se trata de la cuñada del granjero con el que me crucé al venir.
–No tengo ni idea de quién me está hablando. ¿Y cómo demonios se ha enterado de todo eso? –le preguntó mientras se acercaba a ella–. Mamma mia! ¿Es que nunca deja de hablar, señorita Ashdown? –le preguntó–. ¿Qué es lo que quiere?
–Ya sabe lo que quiero. Christos me pidió que viniera a hablar con usted para que asistiera a la junta de accionistas. Me estoy limitando a tratar de hacer mi trabajo –le dijo ella–. Pero, si está pensando en volver a usar la fuerza bruta para echarme, tengo que decirle que puedo defenderme –le dijo ella–. Si no lo hice antes fue solo porque me pilló por sorpresa.
–Soy bastante más alto que usted. ¿Qué es lo que va a hacer para defenderse? ¿Morderme los tobillos? –le preguntó con sorna.
Los ojos castaños de Sophie lo fulminaron mientras cruzaba los brazos sobre su pecho.
–Para que lo sepa, soy cinturón negro de taekwondo.
Nunca había tenido que enfrentarse a un oponente tan físicamente imponente como Nicolo, pero decidió no decírselo.
–Me gustaría ofrecerle un trato, señor Chatsfield.
–No está en condiciones de ofrecerme ningún trato, señorita Ashdown.
Pero, muy a su pesar, le intrigaba esa mujer. Al entrar en la cocina, le había sorprendido de verdad descubrir que tenía las suficientes agallas como para haber regresado a la casa después de cómo la había echado. Tenía que reconocer que tenía mucho valor. Y tampoco le agradaba tener que admitir que era aún más atractiva de lo que le había parecido en un principio. Tenía una belleza clásica. Se había cambiado de ropa. Llevaba puestos unos vaqueros y una sencilla camiseta.
El atuendo no tenía nada de especial, pero resaltaba sus curvas. Ya se había fijado en su trasero respingón y en sus firmes pechos.
Se había recogido su larga melena en una cola de caballo, aunque algunos mechones se habían escapado y enmarcaban su rostro. La sofisticada secretaria se había transformado en una joven con una imagen tan sana y natural como sexy, una imagen que había conseguido una respuesta puramente masculina en su cuerpo.
–¿Qué trato es el que me ofrece? –le preguntó de mala gana.
Sophie sintió que había conseguido una pequeña victoria, pero prefirió no mostrar satisfacción.
–Si me permite quedarme en la casa mientras trato de convencerlo, cocinaré para usted –le dijo ella sonriendo–. Y, no debería alardear, pero soy muy buena cocinera.
–Tengo que advertirle que es una pérdida de tiempo, señorita Ashdown. No tengo ninguna intención de ser un títere en las manos de Christos Giatrakos.
–Todo lo que le pido es que me escuche. Además, Christos me ha pedido que me quede unos días para ordenar cierta documentación que su padre guarda aquí.
Se tomó el silencio de Nicolo como una rendición.
–¿Me podría mostrar mi dormitorio, por favor? –le preguntó fingiendo más tranquilidad de la que sentía–. Y, ya que vamos a convivir juntos unos días, será mejor que nos tuteemos. Me puedes llamar Sophie.
Nunca había conocido a una mujer tan decidida a salirse con la suya.
Por alguna razón que no alcanzaba a entender, se le fue la vista a la boca de Sophie. Sus labios parecían suaves, jugosos y muy tentadores. No pudo evitar imaginarse cómo sería aplastar esa boca contra la de él y besarla hasta que entendiera por fin quién mandaba en esa casa.
Pero prefería no pensar en esas cosas. Después de todo, no tenía ningún interés en la secretaria personal de Christos Giatrakos, le parecía una mujer molesta, impertinente y demasiado segura de sí misma. Sabía que podría echarla de esa casa, pero también estaba seguro de que ella encontraría la manera de volver a entrar. Ya le había demostrado que era sorprendentemente ingeniosa. Molesto, apretó la mandíbula. Se dio cuenta de que iba a tener que soportar su presencia durante un par de días. Esperaba que se fuera de regreso a Londres en cuanto captara por fin el mensaje de que no iba a cambiar de opinión sobre la junta de accionistas.
–Puede usar la habitación que hay al final del pasillo, en el segundo piso –le dijo él bruscamente–. Tiene buenas vistas.
–Gracias –murmuró Sophie casi sin aliento.
Se había dado cuenta de que Nicolo la había mirado de arriba abajo para centrarse después en sus pechos y llevaba un par de minutos tratando de controlar los latidos de su corazón. Esperaba que no hubiera notado cómo se habían endurecido sus pezones.
Era muy consciente de la potente masculinidad que emanaba de ese hombre y no sabía qué hacer con la sutil tensión sexual que empezaba a notar entre ellos dos. Lo último que necesitaba era sentirse atraída por Nicolo Chatsfield.
Algo nerviosa, se apartó de él y regresó al horno.
–Si tienes que seguir trabajando, te llamaré cuando la cena esté lista –le dijo sin mirarlo.
Le pareció oír que Nicolo murmuraba algo entre dientes. Lo miró de reojo mientras se quitaba su abrigo. Debajo llevaba una camisa de seda negra que no podía esconder su musculoso torso. Se quitó entonces el guante que cubría su mano izquierda y Sophie se quedó sin aliento cuando vio su piel descolorida. Era la cicatriz de una gran quemadura que iba desde los dedos, cubriendo todo el dorso de la mano, hasta esconderse bajo el puño de la camisa. No pudo evitar preguntarse hasta dónde llegaría la cicatriz.
Lo miró entonces a la cara y se dio cuenta de que Nicolo se había quedado muy rígido al notar la reacción de Sophie. Pero su expresión no reflejaba ninguna emoción, no podía saber lo que estaba pensando.
–Acabo de ver tu mano… –le explicó ella con voz algo temblorosa–. Christos me contó que sufriste graves quemaduras durante un incendio que hubo hace años en el Chatsfield.
Nicolo no respondió y ella decidió continuar.
–Me dijo que le salvaste la vida a alguien, que fuiste un héroe…
Él rio al oírlo e hizo una mueca que reflejaba mucha amargura. Se quedó sin aliento al verlo así.
–No deberías creer todo lo que te dicen –replicó con dureza.
Se dio la vuelta y salió de la cocina. Fue directo a su despacho y se encerró allí dando un fuerte portazo. Con un hombre con tanto genio viviendo allí, Sophie no entendía cómo las ventanas podían seguir con sus cristales intactos.
«¡Héroe!», se repitió Nicolo una y otra vez.
Esa palabra no dejaba de resonar en su cabeza, burlándose de él. Se sentó en su silla y golpeó la mesa con el puño. Sophie no sabía la verdad. De hecho, solo su familia la sabía.
Los periódicos que describieron el fuego en la suite del ático donde se alojaba su padre solo habían contado la mitad de la historia. Se habían centrado en decir cómo un adolescente Nicolo Chatsfield había salvado la vida de una doncella del hotel que había quedado atrapada en el fuego, pero él no había sido ningún héroe, sino un niño asustado y estúpido.
Después de todo, había sido él quien había provocado el incendio. Su padre había logrado ocultar ese dato, pero ese terrible secreto había sido una losa que había llevado toda su vida a sus espaldas.
Durante muchos años, había enterrado la verdad dentro de él, limitándose a disfrutar de la atención de los medios, jugando con la reputación que empezaba a forjarse como héroe y donjuán. Su vida había estado entonces llena de fiestas, champán y decenas de bellas mujeres.
Solo le había preocupado dejarse llevar por la diversión y el placer.
Después de los meses de sufrimiento que había tenido que soportar hasta que sus quemaduras fueron sanando muy poco a poco, decidió que tenía que aprovechar el tiempo perdido. Se había visto con derecho a disfrutar de los placeres de la carne después de tener que pasar por los agonizantes dolores de sus quemaduras.
No sabía durante cuánto tiempo habría sido capaz de continuar con esa vida tan superficial si no lo hubiera ido a ver Marissa Bisek, la doncella que había resultado gravemente herida en el incendio. Si esa mujer no se le hubiera acercado para pedirle ayuda financiera, creía que aún seguiría siendo un mujeriego y un degenerado. Le avergonzaba pensar en el tipo de hombre que había sido entonces.
Todo su mundo se había derrumbado al mirar a esa pobre doncella, que había sufrido quemaduras aún más graves que él, y que seguía sintiéndose agradecida hacia él por haberla salvado.
Se había sentido tan culpable entonces que se había visto moralmente obligado a reconocer la verdad. No era el héroe que todos creían que era, incluyendo la propia Marissa. Estaba convencido de que las feas cicatrices que cubrían su cuerpo eran una especie de castigo divino por el crimen cometido durante su adolescencia.
Después de ese conmovedor reencuentro con Marissa, le habían entrado ganas de desparecer para siempre, de esconderse del resto del mundo. Pero ver que la mujer no sentía compasión por sí misma no había hecho más que avergonzarlo más. Se había dado cuenta entonces de que tenía otras alternativas. Podía quedarse sintiendo lástima de sí mismo o podía cambiar de vida y hacer algo que valiera la pena.
Eso fue lo que le llevó a fundar una organización benéfica de ayuda a otras víctimas de quemaduras y durante los últimos ocho años se había dedicado a recaudar fondos para esa causa. Le entristecía ver que no era ningún héroe, pero al menos había cambiado lo suficiente para hacer algo con lo que expiar los pecados de su pasado.
Por un momento, trató de imaginar cómo reaccionaría Sophie Ashdown si le contara la verdad. Estaba seguro de que lo miraría con asco y que se volvería a Londres para decirle a su jefe que Nicolo Chatsfield no tenía ningún derecho moral a participar en el negocio hotelero de su familia.
Estaba deseando que se fuera de su casa, pero no se atrevía a contarle la verdad. No quería correr el riesgo de ver la misma expresión de horror en sus ojos que había observado cuando Sophie vio las cicatrices en su mano. Y no quería ni imaginarse cómo reaccionaría si alguna vez llegaba a ver las grotescas cicatrices que cubrían un lado de su torso. Como en el cuento infantil, bajo sus ropas era lo más parecido a una bestia y estaba seguro de que Bella se iría corriendo si viera cómo era en realidad.