30

Al día siguiente hacía demasiado calor para hacer jogging. Nada más ducharme, mientras me vestía, ya me sentía otra vez pegajoso y empapado en sudor. Todo hacía presagiar un aguacero. Sin embargo, en el cielo no aparecía ni siquiera una nube blanca. Los restos de caramelo cuya forma a los niños no les había parecido suficientemente perfecta me los llevé a la peluquería y los eché en una bandeja, pero nadie probó aquellos fragmentos de color marrón. El negocio marchaba con normalidad; no se había producido ningún acontecimiento especial. Teñimos, peinamos, secamos una cabeza tras otra, celebramos en el patio una batalla de agua que fue seguida desde su balcón por Hoffmann, un espectador mudo en la tribuna. Vino Theadora a cortarse, la primera vez desde que había dado a luz. El cabello se le había quedado más ralo, la raya estaba alarmantemente ancha. Theadora estaba criando y trajo fotos de los gemelos de ojos rasgados y cabeza monda, un álbum entero en tamaño bolsillo, que se desplegaba como un acordeón.

Aún no había revelado a Bea el secreto de Claudia. Por el momento no tenía ganas de más embarazos, de los cotilleos que automáticamente van unidos a ellos. Hice girar constantemente el tiovivo de temas, pero conversando con la actriz que hace de comisaria en la televisión, cuya roja melena había que retocar, fui a parar otra vez al del asesinato. Esta vez, por suerte, sólo en la ficción. La actriz tenía por delante una larga serie de días de rodaje, un nuevo caso criminal, con las escenas sin orden ni concierto, sin seguir la cronología; sólo cuando se concluyera el montaje de la película se situarían el crimen al principio y la detención al final. Oculté que, una vez más, me había perdido su última película y le pregunté hasta qué punto eran realistas los casos de la televisión, por ejemplo, el que todos los asesinatos se resuelvan. En la vida real, afirmó ella, se resuelven nueve casos de cada diez. Y lo interesante es que, en los delitos en los que hay una relación previa entre criminal y víctima, al asesino hay que buscarlo casi siempre en el entorno más cercano. El tío, el amigo, el vecino. No es precisamente tranquilizador, me pareció a mí.

Apareció Claudia, como habíamos convenido, poco después de las seis y media. Tenía el pelo brillante, su cara se había vuelto realmente más redonda y blanda. Las hormonas. Yo estaba todavía ordenando y Claudia se sentó, con el bolso en el regazo, como si estuviéramos en la estación.

—¿Quieres tomar algo? —le pregunté.

—Gracias, más tarde quizá. Ya te lo diré.

Los empleados se marcharon pocos minutos después; ya era la hora. También Bea recogió sin decir palabra y se marchó, con un saludo muy escueto. Sólo Dennis se quedó rezagado.

Fui con Claudia a los lavabos. Regresó a coger su bolso, típico reflejo femenino. Volvía a ser igual de reservada, necesitaba tomarse tiempo para entrar en calor. Al recostarse cerró los ojos, como hace todo el mundo. Se oyó el gorgoteo del agua.

—Es la primera vez que te lavo y te corto —dije. Claudia sonrió un poco—. Normalmente conozco primero el pelo y después a las personas. En tu caso ha sido al revés.

Pensé en lo que habíamos vivido juntos las semanas anteriores. Dos muertes, una infinidad de sospechas. Un verano caliente.

Detrás, en el reino de Bea, se apagó la luz. También Dennis estaba a punto de abandonar el establecimiento. Pasamos a la parte de delante. Puse a Claudia la toalla en la nuca y le desenredé el pelo.

—¿Has pensado qué vas a hacer ahora? —inicié la conversación—. ¿Te vas a tomar permiso de maternidad? ¿Y qué piensa Eva de ello?

—Buena pregunta —dijo Claudia—. En la redacción no saben nada todavía. Tú eres el primero.

—Es un honor para mí —traté de bromear—. Pero el padre lo sabrá, ¿no?

Claudia tenía los labios secos.

—El padre no tendrá nada que ver con el niño. No lo necesito para nada. Yo sola me basto.

—Por supuesto.

—No me lo propuse. Sucedió y ya está. Si al padre no le encaja en sus planes, pues es una lástima. Pero ¿qué importa eso? Tal vez sea mejor así.

En sus ojos hubo un centelleo.

—¿Puedo preguntarte…?

—No, no puedes. Pero puedes traerme un zumo. De naranja, por favor.

—Ahora mismo vengo.

Dejé las tijeras a un lado y fui a la cocina. Teníamos dos botellas en el alféizar de la ventana y algunas más en el frigorífico. Asomé la cabeza por la puerta entreabierta.

—¿Lo quieres frío o del tiempo? —exclamé. No obtuve respuesta—. ¿Claudia?

Su sitio estaba vacío. Ella estaba delante de la estantería, con el pelo mojado, la capa semejaba un impermeable. ¿Qué había pasado? Claudia me miró y cerró su bolso con un clic.

—¿Qué haces? —pregunté, mirando mis frascos y mis trofeos. Algo había cambiado. Ahora lo sabía. En lugar de cuatro había cinco trofeos en el estante—. ¿Has puesto algo ahí?

Claudia me miró con aire francamente hostil.

—¿La has traído de la redacción? Alexandra se la había llevado para fotografiarla.

Claudia no contestó.

Alexandra. La pirámide. La herida. El objeto puntiagudo.

Muy despacio, dejó el bolso en el suelo.

—Claudia… ¿tú?

Se quitó lentamente la toalla del cuello, yo la recogí en silencio, como un mayordomo. No podía apartar la mirada de ella. Estaba pálida, nada más. Sus ojos tenían un cerco rojo. Jugueteó con la capa hasta que la ayudé a salir de ella.

—No lo puedo creer.

—Quizá sea mejor así —dijo en voz baja.

—¿Mejor? —yo quería salir del salón, alejarme de la calle Hans Sachs—. Vamos a andar un poco —añadí. A cualquier parte donde hubiera silencio. Al Cementerio Antiguo.

—Claudia, ¿qué pasó aquella tarde?

No contestó. Se limitaba a caminar junto a mí. ¿Me había oído siquiera?

Tras la cancela de hierro, bajo los altos árboles, el aire era puro. Al borde del camino había lápidas con musgo y bancos torcidos. Nuestros pasos hacían crujir la arena.

—¿Cómo ocurrió? —inquirí nuevamente. Claudia escondió las manos bajo las axilas.

—Yo quería a Clemens.

—¿A Clemens? ¿Te refieres a Clemens Sander?

Claudia hizo un gesto afirmativo. Caminamos despacio.

—¿Te acuerdas de aquella fiesta en casa de Alexandra? —preguntó—. ¿Cuando los escalones aparecieron por la mañana cubiertos de pétalos de rosa multicolores? Todos pensaron que aquella alfombra de flores era para Alexandra. Ella misma lo creyó así. Pero era para mí. Clemens y sus rosas. Era apasionado a su manera. Siempre rosas. Me pregunto cuántas hubo en todo ese tiempo. Miles, quizá.

—Tú y Clemens. ¿Desde cuándo?

—Éramos perfectos. Jamás un beso de verdad en público. Nunca nos poníamos tiernos, siempre nos comportábamos como amigos. En las conversaciones con los compañeros adoptábamos un tono formal. Íbamos juntos hasta la Rosenkavalierplatz, pero luego continuábamos por separado. Llegábamos al hotel siempre desde direcciones distintas. Siempre la misma habitación. A veces veíamos los Alpes desde la cama. Yo había llegado a aceptar el hecho de que estuviera casado. Eso pasó antes de la época en que estuvimos juntos. Su familia era su otra dicha. Yo fui a su casa un domingo, vi la bicicleta de niño y el patinete delante de la puerta del garaje, y los oí trastear con las tazas de café en el jardín. Entonces decidí que no quería saber nada de esas cosas. Sencillamente, las borré de un plumazo. Pero después me quedé embarazada. Eso lo cambió todo. Una familia. Yo quería que él se decidiera. Sus ojos me decían que no. De todos modos, íbamos a hablar de ello otra vez con calma. Precisamente aquella tarde.

—¿Aquel miércoles?

—Estaba en mi despacho escribiendo otro eslogan y devanándome los sesos con los pies de foto. Pensaba que Clemens estaba ya esperándome en el Arabella. ¿No es absurdo? Cada mes escribo en Vamp sobre parejas, sexo y psicología, reflexiono sobre todos los puntos de vista y estrategias que uno se pueda imaginar. Y luego me olvido de todo, precisamente yo. Yo no quería presionarle. Sólo quería que fuéramos felices. Estaba sola con mi miedo. Sospechaba lo que me iba a proponer. Pero para mí eso no podía ser. Yo quería tener el niño a toda costa.

»La redacción parecía desierta. Sólo en los lavabos sentí a Alexandra, quiero decir su perfume. Ese que huele como a madera, dulzón, ya lo conoces. Seguro que había estado allí un momento antes. Y de repente la eché mucho de menos. Desde Venecia, desde su cumpleaños, apenas habíamos hablado, al salir, la mayoría de las veces sólo en relación con Kai. Charlábamos sobre cosas sin importancia. Estábamos las dos ocupadas con nuestros asuntos. En ese momento necesitaba a Alexandra. Éramos amigas. Ella sabría lo que me convenía hacer.

»Subí a su despacho. Alexandra se estaba retocando su nuevo peinado: tu peinado, Tomas. Se volvió a pintar los labios. Y empezó a cotorrear. Estaba literalmente como una brasa. Hablaba y hablaba, sin mirarme. Tendrías que haber estado en mi lugar. Yo al principio no entendía nada. Y luego salió a relucir el nombre de él. Alexandra dijo que la perseguía constantemente. Que acababa de acostarse con él en la alfombra de delante de su mesa. Lo adornó con todos los detalles. Tuve que oírlo todo. Para ella, aquello no significaba nada. Para mí, todo había terminado. De repente tenía esa pirámide en la mano. Sí, Tomas, tu trofeo. Estaba encima de la mesa.

»Alexandra no sangró. Me miró a la cara, en cierto modo perpleja. La tendí en el suelo. Y me di cuenta de lo que había hecho. Pero era demasiado tarde. Le puse un cojín debajo de la cabeza. Y me fui. ¿Puedes imaginártelo?

»Eva quería que yo escribiera una necrológica. Escribí la necrológica. Holger quería que le ayudara con el entierro, con la casa, con la venta del coche. Kai me necesitaba. Me ocupé de todo. A veces hasta me olvidé del bebé.

—¿Y qué pasó con Kai? —le pregunté.

De pronto tuve una terrible sospecha.

—Ésa fue la segunda catástrofe. Revolvía en mis cosas, buscando dinero para su maldita coca. Hasta en mi ropa blanca. Allí era donde había escondido la pirámide. Quería hacerla desaparecer, pero no sabía dónde. No fue hasta que me preguntaste si podías ayudarme de alguna manera cuando se me ocurrió la idea de volver a colocarla en la estantería, simplemente. En su sitio. Sin que nadie me viera, naturalmente. Kai la encontró antes y sin duda lo comprendió todo de inmediato. Debía de estar histérico, sin duda sufrió un shock. Puede que se hallara en ese estado cuando te llamó. No tengo ni idea. Aquellos días me evitaba, yo no entendía por qué. No me fiaba. Estaba muy raro conmigo. Sólo cuando me contaste que ibas a verlo porque había descubierto algo fue cuando lo vi todo claro. Fue aquella mañana. Aquello fue espantoso. Yo no sabía lo que iba a suceder, no tenía nada planeado. Tú no llegaste nunca a ver cómo se ponía Kai cuando estaba bajo el efecto de las drogas. Se convertía en un completo extraño. Y aquella noche debió de tomar algo otra vez, no sólo coca, sino esa otra cosa también. Estaba transformado, lleno de odio. Los dos teníamos miedo. Subí a su casa, intenté hablar con él, explicarle lo que en realidad es imposible explicar. Él retrocedía cada vez más, apartándose de mí. La barandilla es baja. Kai no llevaba la prótesis puesta. Yo no quise empujarlo, quise sujetarlo. El equilibrio… De pronto Kai desapareció.

Nos habíamos sentado en un banco de espaldas a un muro que nos protegía. De vez en cuando nos rozaban las miradas de los transeúntes, que pasaban caminando pausadamente y quizá pensaban: he ahí alguien que está contando alguna experiencia de las vacaciones.

—¿Has hablado con Clemens de su aventura con Alexandra?

—No. Pero sí le dije que habíamos terminado. Que voy a criar al niño yo sola. Lo aceptó de inmediato.

Claudia se puso las manos sobre el vientre. Todo estaba dicho. Se oía el tráfico a lo lejos. Claudia se levantó, con la mirada perdida.

—¿Tienes el número de la señora Glaser?

Saqué la cartera del bolsillo del pantalón y busqué la arrugada tarjeta de la comisaria.

—Aquí la tienes. A mí ya no me hace falta.

Claudia me miró a los ojos.

—Gracias.

Cerró los dedos alrededor de la tarjeta. La estreché en mis brazos hasta que se desprendió. Luego se marchó.

Volví a sentarme a la sombra.