16

¿Cuándo empezaron a verse aquí, en el barrio de Glockenbach, las banderas del arco iris? Como si estuviéramos en San Francisco, la bandera de los homosexuales ondea delante de bares como el Nil, está pegada en el escaparate del Tulipa, donde cada semana adquiero las flores para mi gran mesa, y, al otro lado, en el Max & Milian, donde los hombres compran sus postales y novelas de amor. Alioscha opina que la bandera es importante.

—En Moscú, los maricas se esconden —dijo.

En la peluquería no hay ningún indicador con la bandera del arco iris. No tengo que justificarme por ello. Allí lo que importa es el pelo y nada más.

De camino hacia el Arosa conté a Alioscha cómo, en los años setenta, las autoridades municipales habían dejado que se degradaran los bellos edificios con sus torrecillas y sus miradores. Fue la época en que se planificaron grandes ejes para el tráfico, la ciudad totalmente al servicio del automóvil.

—Lo mismo que en la Unión Soviética en tiempos de Breznev —dijo Alioscha.

Hoy las casas están saneadas, las fachadas pintadas de colores tan claros como quizá nunca lo habían estado en los últimos cien años. Aquí viven artistas, intelectuales, gente del cine y de la televisión. Y yo. Nos hemos instalado muy bien aquí. La calle Hans Sachs es como un salón abierto en el que uno puede pasarse toda su vida.

Bea y Kim estaban sentadas fuera. Les presenté a Alioscha. Sólo lo conocían por lo que les había contado yo. Los tres se repartieron cigarrillos y Bea dijo:

—Saturno en Cáncer tiene una influencia positiva para la vida familiar.

Solamente en su caso no era así. El encuentro con su conocido de internet, el ortopédico de la mandíbula, «de hermosa dentadura y perfil noble», había sido una decepción. Sólo se pudo fumar sus cigarrillos en la cocina, debajo del extractor. De aquel tipo como marido número cinco, ni hablar. Caí en la cuenta de que el día anterior se me había olvidado llamar a Bea a primera hora de la tarde, como habíamos acordado. Y Stephan me había esperado en vano por la mañana junto al puente de Reichenbach. Yo era un mal amigo.

El resto del día lo pasé solo, metido en mi despacho del sótano como un preso; hice los pedidos de planchas para el pelo, los archivé, contesté correos electrónicos y comprobé que algunas noticias se difunden de manera automática: Jeremy, en Londres, sabía que Alioscha estaba en Munich. Eva, en Bogenhausen, estaba al tanto de que Claudia iba a venir a mi establecimiento de Glockenbach.

Esperé en el salón. Cuando Claudia apareció por fin, ya hacía más de una hora que Kerstin, la última, había recogido peine y tijeras y se había marchado con su modelo de peinado largo de la semana anterior, y Alioscha estaba de camino con el poderoso cliente de la escultura. Claudia me tendió la mano como si fuese una cita de negocios, nada de besitos a derecha e izquierda.

Le pregunté:

—¿Quieres tomar algo? ¿O te corto ya?

—Mejor tomar algo primero. Pero sólo una copita.

En la parte de atrás del salón, se instaló en el sofá como si éste fuera una escultura y no un mueble para sentarse, y hojeó un número de Vamp. Yo sujeté la botella entre las rodillas, pero no pude evitar que el corcho saliera disparado del gollete. El taponazo fue tan inoportuno como la espuma, que rebosó. No había nada que celebrar. Quité el bolso de Claudia del charco.

—Por ti —brindé. Nunca suena bien cuando se brinda chocando esas copas altas tan finas.

—Porque todo vuelva a estar bien —Claudia estaba pálida como el champán. Removió el líquido en la boca antes de tragarlo.

—¿Has vuelto al trabajo?

—Desde el lunes.

—Te distraerá.

—Seguro.

Fuera, en la calle Hans Sachs, pasó un camión; dentro se hizo un silencio aún mayor. Claudia tomó un sorbito y miró a su alrededor. No necesitaba que la peinaran, necesitaba un amigo con el que pudiera hablar de la amiga común. El duelo, creo que lo llaman.

—Ven —le dije.

Llevó la copa como si fuese una vela al sitio que más me gusta para cortar, se sentó en el borde y se apoyó en las dos manos.

—¿Se sentaba también aquí Alexandra? Quiero decir, en esta silla.

Dejé a un lado la capa y me acerqué una silla. Ah, Claudia.

—¿Cómo estaba aquella tarde?

—Cuando vino… muy inquieta, pero cuando se fue estaba totalmente aliviada y contentísima con el rubio ceniza.

Claudia movió la cabeza.

—Rubio ceniza. ¿Pero cómo se le ocurrió? Si era tan pálida.

—Quedó estupendo.

No pude evitar pensar en Kai, en su visita de aquella mañana. Se removía inquieto, había pedido un corte que lo cambiase, y de manera visible. Decía que en casa era todo tan irreal… Había abierto cajones, esparcido estrellitas de purpurina por el suelo, quitado bombillas de las lámparas, pero con ello no había conseguido otra cosa que exasperarse aún más. Yo le había advertido que teñirse el pelo no iba a cambiar nada: Alexandra estaba muerta. Luego le había dado gusto. Bea contempló el resultado, pelo rojo tomate, y dijo:

—Como su madre. Siempre radical.

Eso había sido unas horas antes.

Claudia me rogó:

—Háblame de la última tarde que la viste. ¿De qué hablasteis?

No quiso que le sirviera más champán.

—Se quejó de Holger —dije—, habló de Kai, del trabajo, de no sé qué concurso de lectoras; estaba con los nervios totalmente de punta. Como siempre, en realidad.

—¿Habló también de mí?

—Creo que no. Estaba entusiasmada con su nuevo amigo.

Claudia miró con fijeza las perlitas que subían a la superficie de su copa. De un momento a otro se echaría a llorar.

—Alexandra —dije rápidamente— tenía aquellas enormes ampollas en los pies. ¿Es que había empezado a hacer jogging? ¿Tal vez por Kai? ¿O por mantener la figura?

Entonces Claudia sonrió.

—De dónde venían esas ampollas lo sé yo muy bien. Los zapatitos de Venecia. Los compramos juntas.

—Ah, ya.

—Fue cuando cumplió los treinta y siete, el último cumpleaños suyo que celebramos juntas. Veníamos de San Marco y ¿sabes a quién vimos en el vaporetto, al lado de la Accademia? Al comisario Brunetti, ¿te lo puedes creer? Las dos nos dimos cuenta inmediatamente de que era él. Era tal cual nos lo habíamos imaginado. Lo seguimos con toda discreción y en uno de aquellos estrechos callejones estaban esos zapatos en un escaparate. Nos venían bien a las dos. Yo le dije «cómpratelos». Y Alexandra: «no, cómpratelos tú». Entretanto Brunetti desapareció.

Subieron a la superficie cada vez más anécdotas, como el ácido carbónico en la bebida que nos emborrachaba y nos hacía reír. Sin embargo, Claudia apenas había tocado su copa.

Una hora después cerré el salón y saludé con un gesto a Hoffmann, que estaba nuevamente sentado delante del cine, en la otra acera. Claudia se cogió de mi brazo, como también habría hecho Alexandra. Claudia estaba entonces muy callada. Torcimos por la calle Klenze. En aquel instante vi el BMW verde oscuro con matrícula de Berlín, a una escrupulosa distancia del bordillo. ¿Qué se le había perdido a Holger Kaspari cerca de mi casa, en Glockenbach? ¿Estaba quizás en el Sushi & Soul, al otro lado? No; por ninguna parte se veía el pelo gris cortado a cepillo. Seguí andando a pasos cortos, ajustándome a los de Claudia; qué me importaba a mí Holger.

Teníamos hambre y queríamos comer algo. Ante el Orangha Bar hice una seña al dueño y le indiqué una mesa libre en la acera. Claudia eligió pasta con higos y pasas y yo pedí un filete y encendí la vela que había sobre la mesa. Claudia cogió un cigarrillo, uno de esos de hoja oscura y boquilla dorada. Alexandra también los fumaba en ocasiones.

—Kai tiene que hacer el próximo curso en Berlín —dijo.

—¿Es cosa decidida? —le di fuego.

Claudia dio una calada y acto seguido aplastó el cigarrillo.

—Por lo que sea, no me sientan bien.

—Lo del cambio de residencia de Kai me parece demasiado precipitado —dije.

—Es importante que el chico vaya ahora por un camino regulado y no se meta en una vida de bohemio con esa Antje. Al fin y al cabo, aún no es mayor de edad.

Kai en una ciudad extraña. Holger como un educador severo. Antje, el primer gran amor, en Munich. Pobre Kai.

—Antes hablabas de otra manera —repliqué.

—Tomas, yo no puedo asumir ninguna responsabilidad en relación con Kai, no puedo reemplazar a su madre. Lo del chico está empezando a ser demasiado para mí. Está constantemente a mi alrededor, preguntándome cosas sobre Alexandra, sobre nuestra amistad, sobre nuestro pasado. En Berlín tiene a su padre y a esa mujer, allí estará en buenas manos.

—¿Qué mujer?

—La amiga de Holger.

—Y ella va a reemplazar a su madre. Así de sencillo.

—Sí, así de sencillo —repitió Claudia—. Pero en la foto parece simpática.

—¿Es la misma mujer que dio una coartada a Holger?

—¿Qué coartada?

—Su coartada, precisamente. Porque también pudiera ser que Holger estuviera ya en Munich el día del asesinato.

Claudia dejó la servilleta en su regazo.

—¿Es eso cierto?

Su espalda estaba totalmente recta.

—La mujer dijo a la policía que Holger estaba en Berlín cuando sucedieron los hechos. Pero su coche estaba en Munich; según dijo estuvo todo el tiempo aquí. Pero ¿por qué iba a aparcar su coche aquí y estar él mismo en Berlín?

—Quizás en realidad no se pueda uno fiar de Holger. Quizá lo estoy haciendo todo mal —Claudia rió nerviosamente—. Es una cosa muy rara: quiere saberlo todo. También sobre ti. Tiene celos de ti porque el chico confía en ti, un completo extraño, y no en él, su padre. Tiene celos de mí porque yo soy para Kai una amiga demasiado buena. Holger quiere romper todos los puentes.

—Eso es, probablemente, lo mejor que puede hacer —puse el encendedor en equilibrio sobre dos dedos—. ¿Crees que Holger sabe a quién tenía Alexandra en el anzuelo últimamente? ¿Que sabe quién era su amigo?

Claudia se encogió de hombros.

—Tengo una idea acerca de eso —proseguí—. ¿Qué te parece vuestro favorito de la revista, Clemens Sander? ¿No podría ser él el hombre con quien tuvo relaciones sexuales poco antes de su muerte?

—Alexandra y Clemens —Claudia tenía la mirada perdida—. ¡Caramba, eso es algo! La verdad es que se me podría haber ocurrido a mí misma —Claudia se echó a reír. Los de la mesa vecina nos miraron.

—¿Qué tiene de gracioso? —le pregunté.

—¡Perdona! —no lograba calmarse—. ¡Precisamente Clemens —exclamó—, que no deja escapar a nadie! Es para troncharse. ¡Y ahora también Alexandra! ¿Cómo es posible? ¿Cómo lo hace? Probablemente lo necesita. Tomas, por favor, dime una cosa: ¿es cierto que los hombres que tienen la nariz grande, quiero decir que si es realmente cierto, es cierto que los hombres que tienen la nariz grande también tienen el rabo grande? ¡Dime! ¿Es cierto? —se reía, y sus hombros subían y bajaban como si alguien estuviera tirando de unos hilos invisibles. De repente se puso seria—. ¿Te lo contó ella? ¿Piensas que iba en serio con Clemens? Yo apenas hablé con ella.

La tarde se iba a alargar.

Aterrizamos en el Morizz; Claudia pidió un cóctel de zumos de fruta y yo un Old Fashioned. Observamos al barman. Sven se afanaba, ágil y concentrado. Azúcar y agua, un chorrito de bíter de naranja, cubitos de hielo, mezclarlo todo con bourbon y una rodaja de limón dentro. Siempre soñé con ser barman: utilizar las manos, tener sentido de las proporciones, escuchar.

Claudia metió un dedo en mi vaso y se lo chupó.

—Esto sabe efectivamente a anticuado —dijo—. Como los celos.

—¿Por qué lo dices?

—Por Alexandra. Sin embargo, todo podría haber sido completamente distinto.

—¿Y cómo?

—Eva se queda muchas veces en la redacción por la noche hasta tarde. Precisamente en estos últimos tiempos. Luego se pone a dar vueltas por todas partes, mira en todos los despachos. Y al día siguiente dice: «Por favor, señoras, arreglen sus despachos, la redacción está hecha una pocilga».

—¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver con el asesinato?

—Bueno, puede que fuera de exploración. Y lo que descubrió posiblemente no le gustó. Es decir, hay un rumor.

—¿Quieres decir Eva y Clemens? ¡No creo! Eva lleva ya años casada y, hasta donde yo sé, es feliz.

—No es más que un rumor —en el teléfono móvil, que estaba encima de la mesa, se encendió en silencio una luz azulada, pero Claudia no le prestó atención—. Si Eva hubiera tenido una relación con Clemens y lo hubiera visto con Alexandra… ¿te das cuenta de lo que esto significa?

Apoyé la cabeza en la mano. Sven hizo un gesto de asentimiento cuando lo llamé para pedir más bebidas.

Media hora después estábamos en la acera, yo vacilaba un poco, una ligera sensación de mareo, demasiado alcohol. Claudia dijo que se sentía estupendamente.

—¿Adónde vamos ahora? —preguntó.

Sea, pues. ¿Al Iván? Demasiados maricas, le pareció a Claudia. ¿Al Schumann? Demasiados periodistas insípidos, me pareció a mí. Los adornos dorados del Aroma no nos seducían. La Zanahoria de Inge tampoco era una opción. Claudia canturreaba; yo me acordé de que Alioscha quería ir al PI. Claudia opinaba que teníamos que impedirlo. En el taxi bajamos el cristal de las ventanillas; la música de la radio se mezclaba con el ruido del aire, Claudia cantaba con voz clara y notablemente bien. Me imaginé que viajaríamos así eternamente a través de la noche, como si huyéramos de algo. Más tarde desearía haberme ido a casa.

Alioscha estaba al final de la aglomeración que se había formado delante del PI, con las manos enterradas en los bolsillos, testarudo como siempre que quiere imponer algo. Aquella noche era al portero, que miraba por encima de la multitud como si anduviera sonámbulo. Tomé el rostro de Alioscha entre mis manos y le besé. Claudia se abrió paso desde atrás y los presenté. Alioscha dijo que no estaba solo. No lejos de nosotros fulguraba el cabello de Kai, rojo como la luz de neón; nos hizo un gesto con indolencia; llevaba una botella de champán debajo del brazo y en la mano una caja de cartón abierta en la que se veía lo que parecía los restos de una pizza. Kai y Alioscha habían visitado unos cuantos clubs, el viejo Fisco y otros de los que yo ni siquiera había oído hablar.

—Clubs como los de Moscú de los años noventa —dijo Alioscha.

—Justo lo contrario de chozas como ésta —añadió Kai. Sus pupilas me revelaron que al menos una raya se había esnifado.

—Y ahora ¿queréis entrar aquí a todo trance? —les pregunté.

Avancé empujando, Claudia se agarró a mí y tiró de Kai. Nos hacían sitio a regañadientes. Alguien chilló embelesado al oír la observación de que estaba allí Fulano de Tal. Delante se abrió la puerta y salió un grupo, envuelto en el bum-bum de los bajos.

Bonsoir, monsieur Prinz! —un rostro bronceado, dientes de una blancura de dentista, Fabrice Duras se hallaba ante nosotros—. Mais vous êtes omniprésent!

El hombre de Clairmont iba acompañado de muchas mujeres y pocos hombres, con tanta prisa que sólo con dificultad pude tener una visión general. Seguramente eran todas compañeras de la redacción de Vamp; rodearon a Claudia dando gritos de regocijo, la abrazaron y la estrujaron como si acabara de reponerse de una larga enfermedad. Al parecer, Eva no formaba parte del grupo. Presenté a todas a Alioscha, en cuyo hombro se apoyaba Kai como en el de un buen camarada. Duras hacía de moderador, nos invitó a ir con ellos al Lehel.

—Ahí dentro hay demasiados futbolistas —rió, todos rieron, y la objeción que hizo Alioscha en voz baja, que no tenía nada en contra de los futbolistas, se perdió por completo. Claudia se vio arrastrada en medio de sus compañeras. La puerta del PI se había vuelto a cerrar hacía rato.

Duras entabló una conversación conmigo, me llamó su «amigo» y se sorprendió de que no hubiera ido a la presentación del nuevo frasquito. La cita se me había pasado, aunque Alexandra me había enviado una invitación. Fingí que sentía mucho no haber ido. Duras me palmeó el hombro, se fue junto a Alioscha y se puso a hablar con él en francés. ¿Cómo sabía Duras que Alioscha también hablaba francés? ¿Es siempre tan brillante este individuo?

Kai vino cojeando junto a mí.

—Tenemos que dar una vuelta… nosotros dos solos —dijo.

—Sí, por supuesto.

—Dígame —me dijo Kai, volviéndose a mirarme—, ¿es posible que ya esté totalmente cargado?

—Dime tú —respondí—, ¿es posible que ya estés totalmente colocado?

—Puedo ofrecerle una dosis —Kai sonrió.

—Debería quitarte la pata de palo y darte con ella en los dedos.

En el puente sobre el Eisbach se discutió adónde iríamos. Claudia charlaba con sus compañeras, parecían estar divirtiéndose mucho. Me apoyé en el pretil. Allí habíamos visto a los surfistas el día anterior. La piedra estaba caliente. Me incliné profundamente sobre la balaustrada; abajo, las negras aguas corrían impetuosas, subía un aire fresco. La cabeza me daba vueltas. Oí a Kai reír detrás de mí y a una mujer chillar como si le hicieran cosquillas. De repente Kai estaba de pie encima del pretil y me decía:

—¡Venga, sube! —se puso a bailotear—. ¿O es que no te atreves?

Trepé con esfuerzo, Kai me dio la mano y tiró de mí hacia él. Busqué el equilibrio, respiré hondo y cerré los ojos, las voces y los ruidos se alejaron. Realmente tenía que irme enseguida a la cama. Alguien me tocó, noté la mano en la pierna. Titubeé, quise saltar al suelo. Tuve miedo. ¡No!, me caí. Alexandra, bajo una luz intensa, su cabello, negro como los semicírculos bajo sus ojos. Me agarra, me retiene, caemos, caemos sin cesar, como si no pesáramos. Alexandra está muy cerca, su boca es enorme, un olor a caramelos. Me duele. Quiero retroceder, no sigo adelante, el suelo está pegajoso. Ahí está mi madre, envuelta en una capa. Quiero abrir los ojos, pero no puedo. Cuando abra los ojos pasará todo. ¡Qué dolor! ¿Por qué no puedo abrir los ojos?

La sábana, debajo de mí, estaba fría y húmeda.

La voz de Alioscha:

—Has tenido un accidente.

—¿Dónde estoy? —sólo podía hablar en susurros—. ¿Estoy herido?

—Ya estás en casa. Duerme ahora.

—Gracias a Dios. Slava bogu[2].

El colchón se balanceaba como una barca, un brazo pasó con cuidado por detrás de mi cabeza, como entonces en Londres, cuando la tempestad. Allí estaban los ojos de Alioscha, sus pecas, sus labios agrietados. Qué sueño tan raro. Maldición, me dolía el ojo. Traté de recordar. Yo estaba de pie encima del puente. ¿Por qué estaba encima del puente? ¿Me había empujado alguien a propósito? Fabrice Duras. Holger. ¿No estaba yo con Kai encima del puente? ¿Kai, qué haces? ¿Dónde estabas, Alioscha? Me dolía la cabeza. Agua, un vaso de agua, el líquido me refrescó. Qué bien huelen tus manos. Todo está tranquilo, blando y caliente. No más agitación, una sensación de seguridad.

No sé cuántas horas dormí. Alguien descorrió las cortinas, la luz me cegó. Vi un ramo de rosas. Mi hermana Régula estaba allí.

—Todo está bien —dijo—. Te han dado puntos en el desgarro encima del ojo.

—¿Que han hecho qué? ¿Cuándo ha sido eso?

—Anoche. En urgencias. No te diste cuenta de nada. Tuviste una conmoción. Alioscha y yo te hemos traído a casa esta mañana. ¿Estás mejor ahora? Tienes una pinta bastante feroz con ese parche de pirata. Ahora ya sé lo que pareces hecho un camorrista.

—Tu profesora de ruso ha estado aquí —dijo Alioscha—. Es médico. Vendrá todos los días a reconocerte. Tienes que seguir acostado, por la conmoción cerebral.

—Me tiraron, alguien me empujó.

—No debes excitarte. Has tenido suerte, Tomas. En el Eisbach ya han muerto varias personas. O se han quedado parapléjicas. Te has librado con un ojo morado, nunca mejor dicho. El ojo lo examinarán cuando se haya deshinchado.

¿No tenía yo que hacer algo?

—Tómate las pastillas. Ha venido Bea hace un momento. Ahora ha vuelto abajo, a la peluquería.

¡Las citas! Cortar. Tenía que trabajar. La agenda estaba llena a reventar. Stephan me esperaba en el puente de Reichenbach.

—¿Visteis cómo me caí?

—Desapareciste de repente. Los demás no se dieron cuenta de nada. De pronto vi tu camisa blanca abajo, en el agua. Pensé: no puede ser. Bajé corriendo a la orilla, alguien más me ayudó. Fue espantoso —la voz de Alioscha se iba apagando.

—Ya me siento mucho mejor —dije.

—Los niños te han pintado un cuadro —dijo Régula—. Mira. Un hombrecillo azul con un salvavidas rojo y blanco puesto. Al lado, otro con los brazos extendidos y… ¿mangas? No, aletas.

—¿Qué día es hoy? —pregunté.

—Jueves.

—Mañana es el entierro. Quiero despedirme de Alexandra.

Régula y Alioscha se miraron. Alioscha movió la cabeza, Régula me puso hielo en las sienes.

—¡En tu estado! No puede ser. Demasiado peligroso.