9

El avión de Zurich había aterrizado ya cuando aparecí en la sala de llegadas de la Terminal 2 del aeropuerto Franz Joseph Strauss. Había llegado tarde. Viajeros con pantalones cortos y camisas abiertas tiraban, como de perros desobedientes, de maletas que se inclinaban al rodar; niños pequeños tropezaban con mis pies. Era difícil tener una visión general con ese gentío; todos iban con prisa. Sólo una señora con sombrero empujaba lentamente el carrito con su equipaje a través de la multitud mientras inspeccionaba las caras de la gente. Era ella. A pesar del calor, mi madre llevaba un abrigo de verano encima del vestido, medias y guantes. Mi madre cuida las formas y aborrece el desaliño. Lo mismo que la impuntualidad.

—¡Mamá! —llamé. Ella se volvió. Me acerqué y la abracé. Luego ella me cogió la cara entre sus manos, me hizo inclinarme hacia ella y oprimió sus mejillas contra las mías, derecha e izquierda.

—¡Qué bien que hayas venido por fin!

Se quitó las gafas de sol y me examinó. Sus párpados parecían haberse vuelto más pesados, las arrugas se extendían como un fino grabado en la frente y las mejillas, pero las canas no habían logrado aún imponerse totalmente sobre el cabello negro, que en la nuca y en las sienes se había humedecido del calor.

Me preguntó:

—¿Te he sacado del trabajo?

—No exactamente. Siento haberme retrasado un poco.

Se puso de nuevo las gafas de sol.

—¿Qué tal el vuelo? —inquirí—. ¿Has tenido buen viaje?

Empujé el carrito hacia la salida. Mi madre se agarró de mi brazo.

—No había nubes, una vista maravillosa, el vuelo fue magnífico, con la excepción del catering y el espacio para las piernas. ¿Para qué sigo reservando Business Class? En los últimos tiempos todo ha cambiado para mal. ¿Qué es lo que pasa? Son retrocesos, pequeños retrocesos disimulados.

—Por favor, mamá, qué clase de retroceso es que una compañía aérea tome unas cuantas medidas de ahorro. En nuestro país también hemos pasado épocas similares.

—Pero entonces tienen que poner más barata la primera. Si no, es un timo. Y no me gusta que no se juegue con las cartas boca arriba.

El taxista cargó el equipaje en el maletero. Mi madre conservó la cartera con sus iniciales grabadas —EP, Eleonore Prinz— y la colocó en medio de los dos en el asiento de atrás. Se la había regalado yo cuando, diez años atrás, se hizo cargo de la dirección de los negocios, la casa Prinz de Zurich y sus talleres de ropa. Mi padre había dispuesto que ella fuera su sucesora cuando su corteza cerebral empezó a encogerse y ya no quedó ninguna duda de que la enfermedad de Alzheimer iría oscureciendo poco a poco su entendimiento. Tras la muerte de mi padre, mi madre se instaló ante la pesada mesa de despacho de caoba, debajo de la cual Régula y yo nos escondíamos de pequeños como si fuese una cueva, cada vez que llegaba el día de pago y nuestro padre entregaba a las costureras el sobre con el salario. Mamá, lo primero de todo, introdujo el pago por cheque, trasladó la casa central al cantón de Zug, fiscalmente ventajoso, amplió el surtido, encargó una colección infantil y, el segundo año de su regencia, una colección deportiva, que se confeccionaban en lugares de Hungría y la República Checa.

El termómetro digital del salpicadero mostraba una temperatura exterior de treinta y dos grados, pero en el taxi hacía tanto frío como en una nevera. Para colmo, el conductor nos pidió que cerrásemos las ventanillas. Yo vacilé, mi madre hizo funcionar obediente el elevalunas y yo seguí su ejemplo.

—¿Cuándo tenemos la cita con Stephan? —me preguntó mi madre.

—Mañana, a las dos y media.

—Me alegro mucho de volver a ver a ese joven.

Mi madre quería a Stephan como a un segundo hijo y le había encomendado sus negocios cuando murió el abogado de la familia. Cuando a mí me parecía pesado, mi madre decía «precavido»; lo que en Stephan yo conceptuaba lento, para ella era «cauto». Stephan legalizaría notarialmente nuestras firmas, que habían de confirmar la compra de la fábrica de caramelos, y con ello daría validez legal a la adquisición.

—Antes vendrás a la peluquería —dije—. Para cortar y teñir.

—Muy bien.

Mi madre, mientras tanto, contemplaba nuestro trayecto a través de los campos. Los bloques de oficinas que se divisaban en el horizonte estaban casi todos vacíos; desde el crac de la Bolsa y las quiebras de empresas no eran más que decorados. Alexandra se había metido hacía mucho tiempo en New Economy, esperando hacer dinero rápido y calculando unas ganancias cada vez mayores, cuando yo sólo estaba planteándome participar y Stephan ya había empezado a vender de nuevo sus acciones. Alexandra había despachado la pérdida con un encogimiento de hombros, había hecho alarde de una impasibilidad como la de las vacas que ahora pacían en las praderas, delante de las fachadas de cristal.

—¿Cómo va el negocio? —preguntó mi madre.

—¿El salón? Bien. Sólo que… he tenido algunos disgustos. Disgusto no es la palabra adecuada. Es una cosa que no se me quita de la cabeza…

—¿Se te ha ido un cliente? Esas cosas pasan, créeme, no se hunde el mundo ni quiebra una empresa por eso.

—No es ésa la cuestión. Han asesinado a una clienta.

—¡Oh! Caramba, eso es otra cosa.

—Sí que lo es.

—¿En tu establecimiento?

—En su despacho. Con un objeto puntiagudo, en la cabeza.

—¡Qué horror! ¿De qué círculos procede tu clientela?

Vi que el taxista nos miraba por el retrovisor y me incliné sobre la cartera para acercarme a mi madre. Olía a Chanel número 5. No recuerdo que mi madre haya usado nunca otro perfume.

—Alexandra era periodista de una revista femenina. Lo cierto es que es un trabajo inofensivo, en lo esencial es gente totalmente normal. Muchas de ellas son clientas mías.

—Vaya, te felicito cordialmente.

—Y no hago más que pensar en quién podría ser el asesino; al fin y al cabo conozco muy bien los círculos que frecuentaba esa mujer.

—Eso me recuerda la historia de la au pair de los Eisenblatt. ¡Figúrate, la chica desapareció de repente, fue a una sala de baile y no regresó! Te puedes imaginar las angustias que pasamos. Todos suponíamos lo peor: asesinato, secuestro, rescate… ¡todo es posible! Después, al cabo de cuatro días, hubo una llamada desde Milán; la chica estaba sana y salva, gracias a Dios.

—¡Pero, mamá, escúchame ahora!

—¿Tienes alguna sospecha? ¿Estaba casada esa mujer? ¿Tenía algún amante?

—Pues sí, estaba casada, pero quería divorciarse. Y tenía amantes, precisamente ahora uno de la editorial. No hay mucho donde elegir, pues allí trabajan casi exclusivamente mujeres.

—Ese hombre, el amante, ¿está casado?

—Lo está, lo sé seguro, la propia Alexandra me lo dijo.

Mi madre se agarró con una mano al asiento delantero y dijo al taxista:

—Por favor, mire hacia delante y concéntrese en el tráfico —se recostó de nuevo en el respaldo—. ¿Quién es Alexandra?

—La muerta. Poco antes del asesinato estuvo en la peluquería para cortarse y teñirse el pelo.

—Tal vez fue la mujer del amante. Una mujer nota si el marido la engaña, créeme.

Volví la cabeza para mirar a mi madre. El peso de las piedras de sus pendientes había alargado los agujeros con el paso de los años. ¿Lo decía por experiencia? Qué sabía yo del matrimonio de mis padres. Siempre había creído que habían sido una pareja perfecta, un buen equipo. Mi padre le llevaba quince años a mi madre. Había hecho prosperar la empresa mientras ella se ocupaba de los hijos, del personal y de la beneficencia. Al morir mi padre, ella creó una fundación para la lucha contra el Alzheimer. Mi padre nunca tuvo mucho tiempo para nosotros, nunca nos llevó de camping ni a la feria. ¿Nos conocía? A veces, Régula y yo nos preguntábamos qué clase de persona era en realidad. Yo sabía mucho más de Alexandra. Que polarizaba a las personas; o le profesaban una admiración sin límites o la rechazaban totalmente. No había término medio.

—¿Sabes una cosa muy llamativa? —dije.

Mi madre se echó hacia atrás y me miró con atención.

—Cuando encontraron a Alexandra, tenía la cabeza encima de un cojín. Debía de estar así como en un ataúd, como estaba papá, ¿te acuerdas?

—Hijo, no se puede comparar.

—Hay que compararlo. Al hacerlo, el asesino reveló que conocía muy bien a la víctima. Más aún: la apreciaba, quizás incluso la quería. ¿Entiendes? No fue algo premeditado, debió de ser un acto impulsivo. El autor se arrepintió inmediatamente. Pero ya era demasiado tarde.

—Puede que tengas razón —dijo mi madre—. Pero atengámonos a los hechos. ¿Qué hay de los parientes más cercanos? ¿Tenía familia? ¿Tenía hijos?

—Un hijo, en plena pubertad; toma drogas, necesita dinero. Pero no me cabe en la cabeza que un chico tan agradable… a su propia madre…

—¿Y el padre?

—¿Holger? Un tiparraco. Alexandra hubiera tenido que pelear con él por la custodia del hijo. Además tuvieron bronca por una finca en Bonn y por el piso de aquí, de Munich.

—Entonces, ¿el hijo hereda algo por lo menos?

—Según parece, nada más que deudas. Pero todavía no es mayor de edad, de modo que todo pasa al padre.

—Las deudas se repudian, es de esperar que las propiedades vayan al marido y no al banco. ¿Qué tal se llevan padre e hijo?

—El chico tendrá que llegar ahora a un arreglo con su padre, aunque no lo puede soportar. No es de sorprender: siempre que su madre ya no sabía qué decir, le amenazaba con mandarlo a Berlín con su padre, como en efecto sucedía al menos en las vacaciones.

—Menuda situación —mi madre movió la cabeza—. ¿Toma drogas por eso el chico? Por suerte, con vosotros no hubo ningún problema en ese sentido.

Dejamos la autopista en Schwabing y nos metimos en el carril de la izquierda. Iríamos por la calle Leopold al centro, al hotel Bayerischer Hof.

—Régula y yo tuvimos también nuestras experiencias, sólo que tú nunca te diste cuenta.

—Me hubiera dado cuenta, puedes apostar tu vida.

—Tú te creías, además, que yo iba a ser un donjuán porque de pequeño siempre jugaba con niñas.

—Siempre estaban detrás de ti.

—Eso querías creer. Los padres creen lo que se ajusta a sus planes, se hacen sus fantasías sobre lo que tienen que ser sus hijos y, luego, muchas veces no tiene nada que ver. También pensabas que yo me interesaría por la empresa y un día me haría cargo de ella, sólo porque soy presumido y la ropa es importante para mí.

—Ah, Tomas —mi madre me apretó la mano—. Naturalmente, nos habría gustado mucho que te hubieras casado con una buena muchacha, o que por lo menos Régula se hubiera hecho cargo de la empresa. Por mí, también su marido, si hubiera tenido el talento necesario. Pero sé cuándo tengo que aceptar los hechos.

—Tú sólo te das por vencida cuando realmente no ves ninguna oportunidad más.

Desde el Arco de la Victoria nos contempló la cuadriga tirada por leones y conducida por Bavaria.

—¿Es ésta ya la calle Maximilian? —preguntó mi madre.

—No, es la Ludwig.

A mi madre no le gustan las discusiones que tienen que ver con el pasado. Ella quiere influir e imponerse. Tal vez fuera ése el motivo de que Régula y yo abandonáramos Suiza y acabáramos en Munich. Aquí lo dejan tranquilo a uno cuando quiere. Aparte de en Munich, sólo me podía imaginar viviendo nuevamente en Londres. Tras años de vagabundeo me había vuelto muy sedentario.

Los edificios de la Universidad Ludwig Maximilian y la Biblioteca Nacional, pomposos y, como decía Alioscha, «un poco faltos de imaginación», pasaron rápidamente ante nuestros ojos; en medio, apretada, la iglesia de San Luis. En su interior Alioscha me había enseñado un cuadro, el Juicio Final, uno de los tres frescos más grandes del mundo. Permaneció inmóvil delante del cuadro de colores caramelo pálidos. Tal vez algún día ya no querría irse de Munich.

Nos detuvimos ante el Bayerischer Hof. El portero abrió la portezuela del coche a mi madre, el botones sacó el equipaje del maletero, el jefe de recepción hizo una reverencia. También esto era Munich. Saludé al jefe de recepción como a un tío al que se ve una vez al año en una fiesta familiar. Me pareció que su coronilla de pelo se había hecho más estrecha y su calva más grande. En el salón de la suite número 43, donde mi madre se alojaba siempre, había una botella de champán en un cubo; en un plato, unos petits fours que mi madre no tocaría.

Me tumbé en el sofá.

—Este calor acaba conmigo.

—Escancia un poco de agua con burbujas —dijo ella desde el vestidor.

Mi madre colgó su guardarropa en las perchas: el vestido floreado para la mañana, el traje de chaqueta para la cita con el notario, la blusa con lilas para la tarde. En la maleta estaban además el traje de baño con estampado de rosas y el gorro de baño rosa. A mi madre le encantan las flores. Brindé a su salud. Ella bebió unos sorbos y miró a su alrededor.

—Lo que disfruto de estar aquí, en mi pisito de dos habitaciones. Se abarca de un vistazo y no hay que ocuparse de nada. Ninguna gotera, o una ventana que no cierra, nada. No hay que trabajar. En la piscina puedes pedir que te dejen un bañador.

—Tengo que ir al salón.

—Un poco de ejercicio te haría bien. Mírame a mí. Estoy en plena forma. ¡Qué te crees! Cuando estuve nadando hace dos semanas, mantuve mi tiempo de estos últimos años. ¿Qué dices ahora?

Mi madre cruza a nado todos los años, siempre en julio, el lago de Zurich, algo que para todos los zuriqueses es una cita obligada. Yo odio esos festejos de masas, con miles de personas chapuzándose en el agua una tras otra; a mi madre le encanta. A sus sesenta y cuatro años rebosa salud. Muchas de mis clientas, que compran caros abonos para gimnasios y siguen drásticas dietas, no tienen su resistencia.

Fui al baño. Mi madre había alineado ya delante del espejo sus artículos de tocador. La mayoría de los productos para el cabello que utiliza son de mi línea. Entre la crema de noche y la colonia había un tratamiento capilar. Aquel frasco panzudo no era mío, mi madre había cambiado de marca. Es muy raro que mi madre deje una costumbre. Miré la etiqueta. El frasco era de Clairmont.

—¿No tomas más champán? —preguntó mi madre desde el otro lado de la puerta cerrada. En la televisión oí «Amor y dolor», la sintonía de la serie preferida de mi madre.