27
A la mañana siguiente hice café, me senté a la mesa del salón de mi casa y marqué el número de Alioscha. Su voz, en Moscú, sonaba dormida. Le dejé tiempo para que se despertara y luego dije:
—Tengo algo que contarte.
A través de la línea me llegó el silbido de un hervidor.
—Kai ha muerto. Se ha caído por la ventana.
Calló el silbido, cansado, como si la abuela hubiera quitado el hervidor del fuego. Una voz desconocida cotorreaba quedamente y sin pausa: la radio de la cocina. Pregunté:
—¿Estás ahí? —y le informé de cosas que seguían siendo inexplicables.
Alioscha estuvo callado casi todo el tiempo. ¿Cómo se puede estar cerca sin tocarse? Yo esperaba que dijera: «Voy en cuanto pueda», pero se limitó a murmurar: «No puede ser» y «No me lo creo». Entonces puse fin a la conversación:
—Si sé algo nuevo te volveré a llamar. Prometido.
Me sentía decepcionado. ¿Qué esperaba en realidad?
En la mesa, delante de mí, estaba todavía la invitación a la fiesta veraniega de Constantin. El agente inmobiliario y marchante de antigüedades «espera tener el placer…». ¿Cuándo? Aquella misma tarde. Se rogaba confirmación. Lo había olvidado. No estaba de humor para celebraciones. En esa fiesta se congrega todos los años el mismo círculo de artistas, profesores y galeristas. Una reunión familiar sin grandes sorpresas, a veces con alguien nuevo, emparentado por matrimonio. Camareros con delantales largos sirven pralinés y fresas bañadas en chocolate, un conjunto toca música de baile, los cócteles del bar son pegajosos, la conversación es siempre amable al principio. Cuando uno aguanta y los músicos meten marcha, los hombres se quitan la chaqueta y salen a la pista con sus mujeres. ¿Me sentaría bien quizás un poco de distracción? Calculé cuántas fiestas llevaba en casa de Constantin. Él había negociado hacía ocho o nueve años mi local comercial de la calle Hans Sachs, a la sazón un tugurio. ¿Así pues, la octava fiesta, la novena? Entonces, Constantin era un esbelto agente inmobiliario con entradas, ahora le crecían a cuál más el bienestar y la barriga. Ya no puedo distinguir las fiestas. También estuve allí con Matteo. Bebió y bailó, vomitó por encima del antepecho y siguió bailando. Se había puesto una peluca rubia con raya al lado encima de su pelo negro y rizado porque quería saber lo que es ser rubio y llevar raya al lado. La peluca se perdió aquella noche. Yo era un sentimental.
Sonó el teléfono y derramé café en el papel hecho a mano con marca de agua. Era la hora de Claus-Peter. ¿Investigación en el caso Kai Kaspari?
Sólo era Régula; su voz tenía un tono informal. Habló de cosas familiares, de un paquete de caramelos que mamá quería mandar para los niños; me resultó simpático. Además, dijo Régula, al parecer había problemas con la fábrica, lo que no me sorprendió. Se trataba de la distribución, mamá tenía que luchar con reglamentos complicados, los aranceles del azúcar, ordenanzas con las que no había contado al hacer sus cálculos. Estaba pensando quién de mis conocidos podía aconsejar a mamá cuando Régula agregó:
—Así están las cosas —y preguntó por la receta de Alioscha para la kasha. A mi juicio, no merecía la pena copiar aquella papilla, pero prometí informarme de los ingredientes en cuanto tuviera ocasión.
—¿Y esta tarde qué vas a hacer? —quiso saber Régula, y me contó que ella pensaba ir a patinar y luego al cine con Christopher: para Régula aquello era «una velada romántica». Sólo que necesitaba que alguien cuidara de los pequeños. ¿Tenía yo algo previsto ya? Vacilé. En vez de bailar en la terraza de Constantin, haría cacao para los niños y les contaría un cuento nuevo. El monstruo peludo. Podría esquilarlo y afeitarlo, y saldría a la luz un cerdo calvo. De repente añoré la casa de mi hermana menor, el té verde y los ladrillos lego, con los que uno se tropieza por todas partes. Le prometí que iría después del trabajo, colgué y me puse las zapatillas de correr.
Aún alcancé a Stephan. Corrimos por el trillado sendero a la orilla del Isar. El agua se había esfumado, al igual que mi forma física. También los perros que brincaban como locos por la pradera marrón iban con la lengua fuera. Me dolían los pulmones. Si me daba ahora otra vez la punzada en el costado… Stephan se detuvo, se puso a hacer círculos con los brazos y me preguntó:
—¿Estás bien?
Intenté hacer unos pocos abdominales y me quedé tumbado en la hierba.
—Ya está todo okay —contesté.