2

—¿Quién ha muerto?

Una camisa que estaba encima del teléfono había sido la causa de que el timbre sonase con sordina. Salí trabajosamente de las sábanas y me dirigí a tientas, con el auricular, hacia el balcón abierto. El reloj de la torre de la iglesia brillaba a la luz matinal. Eran poco más de las siete. Noté la espalda húmeda. La noche no había traído nada de fresco.

—Escúchame —Claus-Peter, al otro lado de la línea, se impacientó—. Dicen que la han asesinado. Una redactora de Michelle.

Claus-Peter es periodista del Münchner Morgen; para él un asesinato es una buena historia. Me dijo:

—Y agárrate: parece que la Kaspari está complicada en el asunto.

La manecilla del reloj de la iglesia avanzó un minuto. ¿De qué estaba hablando Claus-Peter?

—Según dicen, la muerta es rubia. Tú conoces a las chicas de Michelle. ¿Cuáles de ellas son rubias?

Del auricular brotó una musiquilla pop; me lo aparté un poco del oído.

—No conozco a todas las de Michelle —bostecé—. A Zoe la hemos aclarado un poco recientemente, con mechas.

—¿Qué hay de esa rubia cardada?

—¿Eva Schwarz? Está en Vamp. Además ya no es rubia. Bea la ha vuelto pelirroja.

—¿Hace mucho?

—Lo menos hace medio año. No, más.

—Qué tontería.

En el balcón no se estaba más fresco que dentro del piso. Daba la sensación de que algo estaba produciendo aquel caluroso día de verano, como una máquina de palomitas calientes. Tenía que evitar que entrara el sol durante el día.

—¿Se te ocurre alguien más? —Claus-Peter era testarudo.

Reflexioné.

—Gunnar es rubia, la de gráfica. Es rubia natural.

—Muy gracioso.

Los alhelíes necesitaban agua. Su aroma había llenado la habitación durante la noche. Había soñado con praderas en flor, con árboles antiguos. Había visto a Alioscha en sueños. Mientras Claus-Peter hablaba, pensé en el fin de semana de mayo que había pasado con él en la dacha rusa. Sin periodistas excitados, sin clientes complicados, sin secadores, sin calor.

—Está bien, ya veo que no sabes nada —dijo Claus-Peter.

—Lo siento. Pero ¿es cierta esa historia?

Claus-Peter colgó.

Pasé un buen rato en la ducha. El agua me alisaba el vello rizado del pecho y las piernas. Pensé en aquella singular llamada. ¿De dónde había sacado Claus-Peter la información sobre la redactora rubia muerta? Delante del espejo, me enjaboné el cuello y las mejillas. La espuma ablanda los cañones. Afeitarse tiene algo de meditativo. Me gusta afeitarme y lo hago a diario, aunque no me crece mucho la barba. Sólo el hoyuelo de la barbilla resulta problemático. Tengo la boca un poco grande. A Alioscha le gustan mis ojos azules. Todavía no he encontrado una cana en mi pelo oscuro, a pesar de que tengo cuarenta y dos años. Es probable que haya algo de cierto en la historia; Claus-Peter es un buen periodista, pero a veces cae demasiado deprisa en las trampas que le tiende la gente, presta oídos a fuentes dudosas, como con la historia de la fotomodelo morena, de la que Claus-Peter escribió que se había estrangulado con su propio cabello. Luego resultó que había sido una cuerda de tender normal y corriente.

Corrí nervioso por las habitaciones; mientras me lavaba los dientes esparcí gotillones de pasta espumosa en el parquet. Con la mano libre reuní las revistas y limpié de la mesa las migas de la comida del día anterior. Mi hermana Régula encuentra incómoda la casa. No hay palmeras, no hay velas, demasiadas sillas. Abrí los postigos de la ventana que da a la calle Hans Sachs. Desde el balcón vi a Agnes, la mujer que me hace la limpieza, amarrando su bicicleta a la farola. Desapareció en la peluquería, de la que tiene llave. Luego encontraría en la casa la huella de los gotillones de pasta de dientes y los quitaría. Me puse los pantalones de algodón que ya había usado el día anterior, me abroché sin dejar de andar la camisa que unos días antes estaba en el correo, enviada por mi sastre de Londres, y me deslicé en las sandalias, que veían su tercer verano. En el balcón se habían vuelto a enderezar algunos de los alhelíes. Salí cerrando de golpe la puerta del piso.

Fuera, giré hacia la derecha, en dirección a la calle Westermühl. Por la mañana está tranquila y no tengo que estar saludando a alguien a cada momento, por ejemplo, al peluquero de la otra acera o a la dueña de la librería. También Hoffmann suele estar todavía durmiendo a esta hora. De repente oí un jadeo detrás de mí. Me volví. Era Stephan.

—¿Adónde vas? —inquirió. Tenía la cara enrojecida, el pelo se le pegaba a la cabeza como si llevara gel. Se me había olvidado que estábamos citados para hacer jogging.

—¿Quieres matarte? —le pregunté—. Hoy hace demasiado calor para correr.

Stephan daba saltitos en el sitio, respirando con dificultad. Somos amigos desde la época escolar, en el internado de Suiza.

—Voy al bar de Kim, al Arosa —le dije—. A desayunar. ¿Vienes conmigo? Anda, vente.

Stephan movió la cabeza, noté que algunas gotas de sudor me caían en las mejillas. Le admiré una vez más por su perseverancia; se adhiere a lo que se propone, se toma tan en serio lo de correr, como la mayoría de las cosas de su vida. Stephan es abogado. Cuando teníamos quince años nos unieron dos cosas: la falta total de experiencia con las chicas y las malas notas en gimnasia. Ahora pasamos los dos de los cuarenta, tenemos una pareja más o menos estable y nos hemos hecho un seguro de vida. En algún momento, cuando la grasa empezó a fijarse en mis caderas y las calorías del codillo de cerdo, las tortas de semillas de amapola y la cerveza de alta fermentación acolcharon lentamente mi figura, había propuesto a Stephan que fuéramos a correr. Nuestro trayecto sigue la orilla del Isar, en la parte entre el puente de Reichenbach y el de Wittelsbach. Pero no hay que convertir la costumbre en obligación. Me daba lástima Stephan, con aquel calor.

—¿Quedamos a la una en el Dukatz, a comer? —le pregunté.

—De acuerdo —hizo un gesto y se marchó corriendo.

—Es que tengo algo que contarte —grité mientras se iba.

—Las ocho, las noticias.

El locutor de radio habló del viaje de verano que estaba haciendo el canciller por los Länder orientales, la máquina del café silbó. Hojeé el Abendzeitung y el Süddeutsche, que estaban encima del mostrador del bar de Kim. Nada sobre una mujer muerta.

—¡El bache del verano!

Kim se sirvió su café, bajó el volumen de la radio y se sentó en su taburete. Se inclinó sobre un papel, un talón de entrega con una raya transversal. Con su escote moreno como fondo, la taza de café parecía aún más diminuta. Aparte de mí no había ningún cliente en el Arosa, tampoco había nadie sentado fuera, en las sillas ordenadamente alineadas. La puerta que daba a la acera estaba descorrida en toda su anchura, pero todavía no habían echado el toldo. La radio seguía con su cantinela. Desayuné rosquillas saladas de mantequilla y café solo.

—Hace un momento me ha sacado Claus-Peter de la cama con una historia muy extraña —dije.

Kim pasó el dedo sobre una línea del talón de entrega, como si estuviera escrita en braille.

—Me ha hablado de un asesinato, al parecer en la redacción de Michelle.

—¿Un asesinato? —ahora había obtenido su atención—. Nunca habíamos tenido un asesinato.

—Pero en el periódico no viene nada.

—Si lo dice Claus-Peter, será verdad —dijo ella—. ¿Y a quién han matado? —me encogí de hombros—. Ah, claro, todavía no has ido al salón, a tu cocina de rumores.

—Eso era lo que me faltaba. Pero tienes razón.

—Tenme al tanto, no quiero enterarme por el periódico de quién es el asesino.

—Yo no soy detective.

Los pantalones se me pegaban desagradablemente a la tapicería de plástico del taburete y no paraba de removerme. Fuera, en la calle Hans Sachs, se oyó el ruido de un camión de la basura. Aún me quedaba tiempo.

—¿Tú también tienes poco trabajo? —preguntó Kim.

—Me viene bien que algunos de mis empleados estén de vacaciones.

Dos chicos en camiseta sacaron un cubo de basura y subieron a la plataforma al mismo tiempo una bolsa de plástico que contenía algo muy voluminoso. El dispositivo basculante de la carga retumbó, el olor a gasolina se mezcló con algo dulzón. Kim giró el ventilador en su dirección y dijo levantando la voz:

—Con este calor, yo me pensaría dos veces lo de ponerme debajo del secador.

—No tenemos secadores, Kim. Y tampoco hacemos la permanente.

Pasó un hombre con la cesta de la compra hacia la calle Müller. Creo que es columnista de un periódico, el Süddeutsche o algo así, pero no es cliente mío, por eso siempre se me olvida su nombre. El camión de la basura se marchó, llevándose su hedor y su estrépito.

—Cierra el bar y márchate —dije a Kim; giré de nuevo el pie del ventilador hacia mí—. Aquí no te pierdes nada, la mitad del barrio de Glockenbach se ha ido de viaje.

—No puede ser —Kim movió la cabeza. Su cabello forma ondas inmóviles, siempre iguales y teñidas de rubio, y contrasta de una manera chocante con su tez oscura y sus ojos, de un marrón aterciopelado—. Todavía no puedo dejar el negocio en manos de la nueva. ¡Es tan torpe esa chica! Es simpática y formal, pero no te puedes imaginar la de veces que tropieza con mi taburete, que siempre está en el mismo sitio.

A mí me parecía que un taburete no tiene que estar en medio del camino, pero no dije nada. Mientras Kim se explayaba sobre las desdichas de su ayudante, vi casualmente la Miscelánea: se ha descubierto en Irak la peluquería más antigua del mundo, dos mil años antes de Cristo, caramba. Se han conservado muchas cosas durante miles de años, a pesar de las guerras y las devastaciones. Mojé la rosquilla en el líquido negro. La masa clara se empapó, el café burbujeó en la corteza. Quizá la antigua Persia fuera un buen tema para mi exhibición de peinados de este otoño en Londres. ¿O no se podría hacer ya? Decidí que se lo contaría a Julia, mi coreógrafa.

Kim observaba el último trozo de mi rosquilla como si fuera un asunto muy serio.

—Yo, en tu lugar —dijo—, me iría una semana, a Italia, por ejemplo.

Kim era de Camerún; soñaba con Italia como los muniqueses. Antes llevaba el bar con su marido, un chico de la parte italohablante de Suiza. Kim lo había puesto de patitas en la calle, aparentemente porque tenía mal aliento. Pero a mí nunca me había parecido tal cosa. Ahora lleva el Arosa ella sola. Muchos suizos que viven en Munich vienen aquí.

—Yo, por mi parte, me iría a Cuba, eso está claro —dijo.

—¿A Cuba? ¿Y cómo se te ha ocurrido eso?

Kim quitó un grano de sal del mostrador.

—¿Sabes? —dijo, y la mirada de sus ojos oscuros vagó en la distancia—, allí los hombres son completamente distintos.

De repente alargó la mano a la radio y la puso a todo volumen. Era el mismo pop latino machacón que hora y media antes había oído sonar a través del teléfono en casa de Claus-Peter.