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Paseaba sin rumbo fijo por la calle Hans Sachs. Era al principio de la tarde. Quería caminar, reflexionar, ordenar, paso a paso. Un vendedor de flores rociaba con agua la acera delante de los cubos llenos de decorativos ramos. Alargué mis pies desnudos en las sandalias y el hombre me mojó los pies. Olía a verano y a polvo mojado.

¡Un asesinato! Sin embargo no podía ser verdad. Esas cosas sólo ocurren en las páginas de los periódicos. Y además tan cerca. ¿Dejaría Holger el piso? ¿Quién ocuparía el puesto de Alexandra en la revista? Y, sobre todo ¿quién tenía un motivo?

En la calle Maximilian me tomé un capuccino en el Kulisse y cogí el Neue Zürcher Zeitung. No me apetecía consultar en la sección de economía cómo iban las acciones, pero un titular me llamó la atención: «La corrupción en Alemania se extiende». Un estudio afirmaba que en Alemania el soborno es menos frecuente que en Italia y Rusia, pero lo es casi tanto como en la africana Botswana. Yo había dado, es decir, regalado, a Alexandra productos de mi línea de cuidados, recientemente el gel «Straight Down». Alexandra había probado el gel, se había convencido de que alisa el pelo y había informado sobre dicho efecto en sus páginas de belleza. ¿Es eso soborno? La industria cosmética colma las redacciones de jabones, cremas de alto precio, polvos, maquillajes y perfumes. Las ayudantes de la dirección vacían a fin de año las estanterías de las oficinas y venden los tubos, frascos y tarros por unos pocos euros a las demás redactoras; lo llaman «el bazar de belleza». Los beneficios se entregan para una buena causa; a Alexandra le parecía «una cosa muy bonita».

Pagué el capuccino y pensé en el café de Moscú, que siempre tiene ese gustillo acre. La última vez que estuve, Alioscha me habló de la corrupción en Rusia. De una línea directa que se había instalado para que los ciudadanos tengan la posibilidad de denunciar casos de corrupción de una manera fácil y rápida. Una línea telefónica gratuita para denunciar. Yo lo encuentro peligroso. Alioscha, por el contrario, cree que es un paso necesario para velar por la seguridad y el orden en Rusia. Acabamos peleándonos.

En los escaparates de una tienda de la calle Brienner vi una camisa negra con cuello italiano, como me las hace mi sastre de Londres. La compré e hice que me envolvieran también un jersey negro de seda y cachemir para Alioscha. Le vendría bien en el trabajo. Pero sin duda volvería a ponerme de vuelta y media por mi inclinación al lujo. De inmediato tuve mala conciencia y me propuse seriamente hacer una donación a Greenpeace. O para la lucha contra el sida. Echaba de menos a Alioscha y me hubiera gustado hablarle de la fallecida Alexandra.

La primera vez que vi a Alioscha no me figuré que llegaría a ser tan importante en mi vida. Ni tampoco que iba a pasar aquella misma noche con él detrás de un biombo en el Hospital de Kensington y Chelsea. Era una fría noche de diciembre en Londres; se levantó un huracán que puso la ciudad en estado de excepción, pero nosotros no nos enteramos.

Alioscha atizó el carbón vegetal que había en el hornillo construido en medio de la habitación. Era el piso de Jeremy o, con más exactitud, una habitación de ocho metros cuadrados en South Kensington, en el centro de Londres. Jeremy había instalado aquel fogón para hacer la comida. Él cocina generalmente en seis quemadores, sin receta y siempre con un lema. Así lo hizo con la carne de caballo flambeada Black Beauty y con los canelones y la empanada Secret Service. Con el fuego de la chimenea, hoy tocaba Nature boys. Admiro las artes de Jeremy, puede mondar y trocear siguiendo instrucciones y después de comer ofrecerse para lavar los platos. Yo estaba muy animado, había tratado al detalle con Julia la coreografía de mi próxima exhibición, una retrospectiva de mis peinados de los últimos quince años, y pensaba disfrutar de aquella tarde antes de regresar a Munich.

Jeremy nos presentó:

—Alioscha es ruso, Tomas es suizo.

Alioscha llevaba el pelo negligentemente peinado hacia un lado; le llegaba a la barbilla, que es fuerte y contrasta con la pálida cara llena de pecas. No le calculé más de treinta años. Tenía las manos tiznadas de hollín.

Mientras Jeremy mechaba el cordero con dientes de ajo y Julia mojaba el asado con una salsa oscura, yo hablaba con Alioscha, que, siendo un adolescente, había emigrado junto con sus padres de Moscú a Reikiavik, Islandia, y ahora vivía de nuevo en Moscú. Bebimos beaujolais. Trabajaba con la galerista Katharina Nikolskaia. Hay mucha demanda de arte moderno entre los coleccionistas rusos. Me llamaron la atención sus bonitos dientes.

—¿Y tú qué haces en Londres? —me preguntó Alioscha. Hablaba inglés sin acento.

Le hablé de la exhibición que habíamos ideado Julia y yo, de las diferencias entre el etno-Bollywood, el punk-Beckham y el vintage glamour. ¿Hablé demasiado? Densos vapores azules ascendían hasta el techo, la carne se tostaba, teníamos la cara tan roja como los redondos carbones ardientes de la cubeta, alrededor de la cual estábamos sentados formando un círculo.

Alioscha acentuaba «Tomas» en la segunda sílaba, en la a; cuando se reía, echaba la cabeza hacia atrás. Fuera, el viento lanzaba la nieve contra la ventana cerrada, pero nosotros no oíamos la tormenta, que se llevaba las tejas y quebraba las farolas. Comimos al ritmo de la música, sin notar que una masa caliente se extendía y llenaba la habitación como una pasta espesa. Cuando el fuego amenazaba apagarse, lo avivábamos soplando. Yo estaba excitado y al mismo tiempo me sentía sin fuerzas. Cuando me fui a poner de pie, Alioscha intentó ayudarme, pues tenía las piernas pesadas y rígidas. Vi que se tambaleaba; era más bajo que yo, se le había subido el jersey y el vello oscuro formaba un dibujo en su blanca tripa.

Entonces todo se puso negro a mi alrededor.

Una lámpara, en el techo, titilaba nerviosamente; me dolía la cabeza.

—¿Tomas? —oí. Alioscha estaba a mi lado en la cama, levantó la cabeza y me contempló como si fuese un objeto extraño. Yo llevaba una máscara sobre la boca y la nariz; un aparato bombeaba oxígeno a mis pulmones a un ritmo regular. Alioscha no entendió lo que farfullé y me miró interrogante. Me quité la mascarilla y repetí:

—¿Qué ha pasado?

—Una ambulancia nos ha traído al hospital.

Cuatro personas en ocho metros cuadrados, y además el fuego, mucho vino, muy poco oxígeno. La circulación se nos había colapsado al mismo tiempo a Alioscha y a mí.

—¿Estamos borrachos?

—A lo sumo, de oxígeno.

En aquella noche de hace año y medio llevaron al hospital a muchas personas heridas. La tempestad sacudía las ventanas, una y otra vez se iba la luz. Los médicos parecían haberse olvidado de nosotros. Alioscha se deslizó hacia mí bajo la manta, como si fuéramos niños que tienen miedo a la oscuridad. Las pecas en su piel blanca eran como amapolas muy oscuras, tenía los labios agrietados. Entonces pensé que aquella noche era una anécdota que contaría cuando me hallara de nuevo en Munich.

Entretanto había llegado desde la calle Brienner hasta la Arcis y contemplaba las desmoronadas lápidas del Cementerio Antiguo. Para Alexandra, habría pasado un dramático ángel. ¿Cuándo será el entierro? ¿Y cómo se hará? En caso de asesinato, ¿no se hace la autopsia? Ahora harán pedazos a Alexandra, encima. Un cliente que es médico forense me contó en cierta ocasión que los órganos extraídos los vuelven a echar en las cavidades del cuerpo, como quien echa en una tina las prendas de la colada. Traté de ahuyentar aquella idea.

En la calle George me detuve ante la casa de Alexandra y atisbé por el cristal del zaguán.

—¿Busca usted algo? —una mujer hacía tintinear un manojo de llaves.

—Sí, es decir…

—¿A quién busca usted?

Junto al letrero del timbre de Alexandra estaba el nombre C. Koch. Era Claudia Koch, la vecina, amiga y compañera de Alexandra que entró en Vamp hace dos años e inmediatamente se hizo clienta mía. Su primera cita se acompañó de la nota adicional «NCR», nuevo cliente recomendado. Bea la tiñe, Dennis o Kerstin le cortan, pero yo apenas la conocía. Seguro que ella lo sabía todo sobre Alexandra. Hice propósito de mirar en la agenda cuándo había fijado Claudia Koch la siguiente cita.

—Quería ir a casa de Alexandra Kaspari.

—No es usted el primero.

La mujer abrió la pesada puerta al zaguán, revestido con un felpudo de fibra de coco rojo oscuro. A los lados resplandecían unos espejos con barrocos marcos dorados, del techo colgaba una araña de latón lustroso.

—¿Ha preguntado ya alguien por ella?

—En efecto. Pero si la señora Kaspari no abre, sus razones tendrá.

La mujer pasó por delante de mí y se metió en la casa.

Antes de que me diera con la puerta en las narices, metí rápidamente el pie y le pregunté al buen tuntún:

—Entonces, ¿está en casa?

La mujer se volvió y señaló hacia la calle con la barbilla, como si Alexandra estuviera allí. Desconcertado, me volví yo también. No había nadie.

—Por lo menos su coche está ahí.

Sin decir una palabra más, la mujer se fue escaleras arriba.

Retrocedí hasta la acera. En la ventanilla del Porsche Cabriolet de Alexandra había un cartel que decía «se vende» y debajo los datos: año de fabricación, 2002, 12 000 kilómetros, ITV reciente. Yo no entiendo nada de automóviles, no tengo carnet y utilizo sobre todo el taxi y el avión. Alexandra, por el contrario, se enamoraba con regularidad de chapas bellamente configuradas, lo mismo que de hombres con buena facha; comprobaba la velocidad máxima en un viaje de prueba y luego utilizaba el cacharro, en la vida cotidiana, como un salón rodante. Pero aquel Porsche había sido vaciado, nada recordaba ya a Alexandra. ¿Quién quería convertir en dinero aquel coche?

Pasó una limusina verde oscuro con matrícula de Berlín. Yo me agazapé como si fuera un ladrón de coches. La limusina aparcó, corrigieron meticulosamente la posición y cerraron la ventanilla y el techo corredizo apretando los botones. Al cabo de unos segundos se apeó el conductor. Su pelo plateado estaba cortado a cepillo y calzaba sandalias planas; se dirigió hacia la casa, metió la llave en la cerradura y desapareció. Por el cristal vi su sombra subiendo por la escalera. Eran los mismos escalones que en aquella ocasión, la noche del cumpleaños de Alexandra, un adorador había sembrado de pétalos amarillos, blancos y rojos.

El coche recién aparcado debía de ser el de Holger Kaspari, el marido de Alexandra y padre de Kai, del que la comisaria había dicho que llegaría a Munich aquel día o al siguiente. Miré por el cristal de la ventanilla. En el salpicadero se veía un permiso de estacionamiento de Munich fechado el 21 de julio a las 17:15. Alexandra había sido asesinada un día después.