15

¿Por qué estaba el teléfono en la cama? ¿Por qué sonaba? Busqué a tientas el auricular. Estaba entre los pies de Alioscha.

—¿Diga?

—¿Qué tal, Tomas? ¿Todo bien?

Claus-Peter, el periodista. El Münchner Morgen reclamaba información.

—¿Qué hora es?

—Casi las nueve. ¿Todavía estás en la cama? Tommy está todavía en la cama. ¿Estás solo? No estás solo, ¿a que no? —Claus-Peter baló como una cabra.

—¿Qué quieres? Apaga la radio si quieres hablar conmigo. O mejor vuelve a llamar más tarde.

—¿Te has enterado de que la policía ha encontrado el arma homicida?

—No sabía nada. Espera.

Tiré con cuidado de la sábana. Alioscha se dio la vuelta y se quedó boca abajo. Dormía con la boca abierta y en su piel morena había una franja blanca, como un calzoncillo. Me envolví en la sábana. Fuera, en el balcón, quité las hojas secas de los alhelíes. El reloj de la iglesia empezó a dar la hora, como para saludarme. Efectivamente, las nueve.

—¿Cuál es el arma homicida, pues? —pregunté.

—Pensé que lo podría saber por ti.

—No tengo ni idea. ¿Quién te lo ha dicho?

¿Me lo había ocultado deliberadamente la comisaria?

—Eso no hace al caso —dijo Claus-Peter.

—Pues no hay nada nuevo.

—Tomas, en la ciudad no pasa nada. Necesito una nueva inyección de la historia, si no, la gente se olvidará del asesinato. ¿Tienes algo? Dime cualquier cosa.

—Entonces es problema tuyo. ¿Qué quieres que te diga? No tengo nada.

—¿Consideras posible que Alexandra fuera lesbiana?

—Ése es un titular muy malo.

—Hay que tocar todas las teclas. ¿No sabes todo lo que pasa en esos sitios de mujeres?

—Fantasías masculinas, diría yo.

—Mejor que no tener ninguna.

—Lo único que sé es que Alexandra tenía dificultades económicas.

—Bueno, ya es un principio.

Claus-Peter, con su terquedad, siempre le sonsaca algo a uno. ¿Me había equivocado en algo?

—Pero eso lo sabe todo el mundo —añadí.

—¿Deudas de juego?

—Creo que no. Más bien algo que se va acumulando cuando uno vive bien, viaja, compra cachivaches, todo eso.

Silencio.

—¿Estás tomando notas? —pregunté.

—Alexandra vivía por encima de sus posibilidades. Bueno, la verdad es que eso no me levanta de la silla.

—Siento no poder contarte una historia de chantajes, reuniones en moteles y entregas de dinero.

—No seas tonto.

—Buena suerte, Claus-Peter; hasta luego.

Me disgustaba que precisamente Claus-Peter hubiera puesto fin a mi noche y decidí olvidar la llamada lo antes posible. Cuando, en el cuarto de baño, abrí el grifo del agua fría y, como siempre, di un grito, Alioscha asomó la cabeza por la puerta.

—¡Tomas, tienes visita!

Yo no había oído llamar.

—¿Quién es?

—Un chico muy joven, pero no quiere pasar.

En el descansillo estaba Kai, muy cohibido; me tendió un sobre con una orla negra. La esquela mortuoria de Alexandra.

—Quería dársela personalmente —dijo.

Di vueltas a la carta con las manos.

—Te lo agradezco, Kai.

—También me gustaría que asistiera. Yo luego me las piro.

—¿Que te las qué? No hables y pasa.

—No quiero molestar. De verdad que no.

Le puse la mano en la nuca y le hice atravesar el umbral.

—Creo que hay café. ¿Te apetece un café?

—Como quiera. Tiene espuma de afeitar detrás de la oreja.

Tras la puerta del cuarto de baño, el agua tamborileaba al chocar con la cortina de la ducha; en la cocina humeaba en efecto el café. La luz del horno estaba encendida, en la bandeja se estaban cociendo bollitos en forma de gorros de dormir. Busqué tazas.

—¿Se está duchando su amigo?

—Sí, Alioscha.

—¿Y quién era el otro, el que estaba en el jardín Inglés? Pensé que era su amigo.

—¿Stephan? Es también amigo mío, pero más un camarada. Ya de la época del colegio. Stephan es algo así como un hermano.

—Ya me extrañaba a mí.

Serví el café para los dos, me volví a levantar y puse sobre la mesa una tercera taza. El aroma del café se mezclaba con el olor de los bollos.

—¿Hay leche? —preguntó Kai.

—¿Leche? No. Yo no tomo leche.

Kai se encogió de hombros y se apoyó en el respaldo. Abrí el sobre con orla de luto.

—El viernes, a las once. Okay, iré.

—Mi viejo no quiere que usted vaya. Pero yo pensé: que te den por culo, mamá hubiera querido.

Los ojos de Kai estaban abiertos de par en par, como si quisiera contener las lágrimas.

—Cuando murió mi padre —dije—, yo no podía llorar. Fue muy raro. Todo el mundo sollozando a mi alrededor, pero yo, nada. Ni una sola lágrima. Pensé que quizá vendría más tarde, en cualquier momento, que me derrumbaría o algo así. Pero no pasó nada. Ahora hace ya diez años que murió.

—¿No se llevaba bien con él?

Reflexioné.

—Sí, tal vez incluso le quería. Pero nuestra relación no fue nunca especialmente estrecha. Él estaba siempre fuera, por desgracia.

—¿Lo echa de menos?

—No lo sé. Nunca me he puesto a pensarlo.

Kai contempló con curiosidad a Alioscha, que estaba en la puerta con una camiseta en la que se veía la imagen de un vaso de leche y el rótulo Wish you were beer [Ojalá fueras cerveza]. Una amiga la había diseñado hacía años y me la había regalado; me había olvidado por completo de ella.

—Alioscha es ruso —dije a Kai, y los presenté. Lo miramos mientras se echaba leche en el café y yo pensé: «¿Cuándo la habrá comprado?».

—¿Cómo se dio cuenta de que era marica? —me preguntó Kai.

—¿Yo? Siempre lo supe.

Alioscha se sentó a la mesa con nosotros.

—¿Marica? Qué palabra más rara. En ruso se dice goluboi, azul celeste.

—Suena mucho mejor que marica —dijo Kai—. Mi madre decía que si no fuera tan tonta aprendería ruso. A mí me gusta más el español.

—¿Alexandra aprendiendo ruso? ¿Por la gente del almizcle? —pregunté a la ventura.

—¿Le habló de ello? Era una cosa supersecreta, nadie debía enterarse de nada.

—Ella no me contó nada, lo he deducido yo solo. ¿Es que realmente quería meterse en la producción de aceite de almizcle, o qué?

—Una mierda de aceite.

—Se saca de las glándulas que hay entre las patas traseras —dijo Alioscha—. A los animales, como quien dice, los exprimen.

—Y lo más asqueroso —dijo Kai— es que también matan a los cachorros y a las hembras, aunque no tienen almizcle. Es un crimen.

—¿Hablaste con tu madre del tráfico de almizcle?

—Pues claro. Antje y yo le enseñamos fotos y le amargamos la vida. Le dijimos que tenía que apartarse de aquello. Nos disgustamos mucho. Y todo por mi culpa.

—¿Por tu culpa? —inquirió Alioscha—. En Siberia la gente necesita traficar con almizcle para sobrevivir. No tienen trabajo, hasta la comida es escasa. Y puede que no tengan otra elección. Pero ¿qué tiene que ver eso contigo?

—¡Yo pedía dinero constantemente! Siempre teníamos bronca por eso. Pero ella era capaz de cualquier cosa por mí. ¿Por qué no lo comprendí? —ahora a Kai se le saltaron las lágrimas—. En lugar de eso, nos peleábamos. Una y otra vez. Incluso la última tarde que estuvimos juntos.

—¿Cuándo? ¿Qué tarde?

Kai sopló su café.

—Kai, ¿cuándo te peleaste con ella?

—Aquella tarde.

—¿La tarde en que la asesinaron?

—No debe contarle esto a nadie, ¿me oye? ¡A nadie! Si yo hubiera sabido que ella…, imagínese, yo habría… —Kai hablaba a su café.

—Ahora tranquilízate —le dije—. ¿Cuándo fuiste a verla, exactamente?

—No sé, quizá sobre las ocho y media.

—¿Te vio alguien?

—Creo que no.

—¿El portero?

—Yo entro siempre por la puerta lateral y subo por la escalera. No soporto los ascensores. Mamá, además, me había dado una llave de la puerta.

—¿Y estuviste entonces con ella en su despacho?

—Sí.

—Cuéntalo en orden.

—No hay mucho que contar. Yo quería que me prestara dinero. Ella me dijo que me olvidara de eso. En su mesa había otra carta de los del almizcle. Le dije que tenía que dejarlo. Mamá me contestó que de todos modos no iba a continuar con ello. Me echó en cara que le impedía ganar dinero pero no paraba de pedir. Tenía razón. Pero no lo comprendí. Me sentía tratado de una manera completamente injusta. Luego me echó.

—¿Viste a alguien?

Kai movió la cabeza.

—¿A alguno de sus compañeros, a Clemens Sander quizá?

—Mamá me acompañó a la puerta, hasta la escalera. Pero allí no había nadie más.

—¿Te dijo si estaba esperando a alguien?

—No lo sé —Kai tenía lágrimas en los ojos—. Me dio un billete de diez y me dijo que todavía tenía cosas que hacer. Probablemente quería verse con ese tipo de la cosmética. Le tiré el billete al suelo y me marché —Kai se echó a llorar.

—¿Qué tipo de la cosmética es ése? ¿Te refieres al individuo de Clairmont?

—Puede ser.

—¿Ese bronceado?

—Sí, ése. Mamá y él eran uña y carne.

—¿En qué sentido? ¿En los negocios?

Alioscha murmuró algo en ruso.

—¿Qué? Sí, no, qué sé yo. No sé nada. Pero, por favor, no diga nada a la policía. A ver si me dejan en paz. No quiero tener nada que ver con ellos.

Quise decirle que sentía todo aquello, pero no encontré las palabras adecuadas.