18
Los tres amigos corrieron de espaldas en dirección a la sepultura, pero sólo consiguieron pegarse un buen golpe en la cabeza. La puerta interdimensional no se abría.
—¿Por qué no funciona? —preguntó Sally.
—Podrías preguntárselo a la bruja —le respondió Adam—. No tardará en llegar.
—El caballero estará aquí antes que ella —dijo Watch alzando el brazo para señalar a la criatura que se aproximaba—. Por ahí viene. Necesitamos algo para defendernos. Unas ramas bien grandes.
Rápidamente se pusieron a buscar algunas ramas robustas que pudieran utilizar como armas. No les fue difícil hallar lo que necesitaban y, cogiendo sus improvisados garrotes, formaron un semicírculo delante de la sepultura de la bruja.
El caballero negro se acercó lentamente, blandiendo su brillante espada de plata.
Detrás de él, tal vez a una veintena de metros, la bruja se acercaba a grandes pasos por el cementerio. El suelo continuaba estremeciéndose.
La cabellera roja de la bruja se agitaba como las llamas de una hoguera que avivara el viento. El brillo de sus ojos verdes tenía el siniestro fulgor de la muerte.
Cuando el caballero estuvo a unos seis o siete metros de distancia, Adam indicó a sus amigos que avanzaran separados para rodearlo.
—Le atacaremos a la vez y desde distintos flancos —dijo Adam, erigiéndose en el estratega del grupo.
Se abrieron en abanico.
El caballero, aunque alto y fornido, parecía torpe.
Adam aprovechó un descuido de su oponente y, balanceando su improvisado garrote, le propinó un fuerte golpe en la rodillera de la armadura. El caballero acusó el impacto y estuvo a punto de perder el equilibrio.
Sally fue más audaz. Acercándose al peligroso enemigo por detrás, le asestó un terrible garrotazo en la cabeza. La criatura de metal se revolvió furiosa. El caballero giró sobre sí mismo con sorprendente rapidez y lanzó contra Sally un poderoso golpe con su temible espada.
Watch y Adam gimieron aterrados.
Por fortuna Sally acertó a agacharse.
El golpe del caballero se perdió en el aire y por un momento trastabilló por efecto de la inercia. Watch aprovechó la oportunidad para arrojar su palo y saltar sobre la espalda del caballero negro. Se cogió con ambos brazos a su cuello, como un jinete experto montando un caballo enloquecido.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Adam estupefacto.
—¡Lo vi en una película! —gritó Watch, haciendo grandes esfuerzos por mantenerse sobre la espalda del caballero.
—¡Tenemos que ayudarle! —gritó Sally—. El caballero negro acabará cogiéndolo.
Jamás hubo palabras tan ciertas. Pero aun en el caso de que consiguieran asestar al caballero un buen golpe, Sally y Adam no podrían escapar indemnes del ataque.
Lo más probable era que con un solo golpe de su formidable espada les cortara en dos mitades.
Adam y Sally observaron impotentes cómo el caballero levantaba el brazo, aferraba a Watch por la muñeca y empezaba a tirar de él hacia delante mientras con la otra mano alzaba su espada.
Adam comprendió que su amigo sería decapitado en cuestión de segundos.
Precisamente entonces una oportuna mano esquelética brotó del suelo.
Unos dedos delgados y largos buscaron a derecha e izquierda. A tientas, la cadavérica mano buscó a su alrededor lo mismo que una araña.
El caballero negro, enzarzado en lucha a muerte con Watch, dio un paso que lo situó demasiado cerca de aquella hambrienta criatura subterránea.
La mano aferró una de las espinilleras del caballero que, desconcertado, dejó caer a Watch y miró hacia abajo buscando la causa de aquel ataque por sorpresa.
Con un rugido furioso, el caballero negro alzó su espada de plata.
El esqueleto agarró con fuerza la bota del caballero, quien al perder el equilibrio soltó la espada.
De la tierra emergió otra mano esquelética que lo agarró por el cuello, y entre las dos comenzaron a tirar de él hacia abajo.
Adam, Sally y Watch lanzaron un grito de victoria. Sin embargo, la alegría sólo les duró un par de segundos.
—¿Os estáis divirtiendo? —preguntó la bruja a sus espaldas.
Allí estaba, alta y rabiosa, a unos diez metros de distancia.
La lucha contra el caballero negro les había hecho olvidar momentáneamente a la perversa mujer. El fuego que ardía en su anillo de rubíes refulgía más que nunca y sus ojos emitían una luz verdosa. La bruja avanzó un paso y sonrió cruelmente.
—Me habéis dado más problemas de los que esperaba. Pero por fin os he atrapado a los tres.
Adam, sin pensarlo dos veces, cogió la espada del caballero. Era increíblemente pesada. Cubriendo a sus amigos con su cuerpo, la levantó y apuntó a la bruja con su hoja brillante y afilada.
—Un paso más —le advirtió— y le corto la cabeza.
—¡Ja! —exclamó la bruja, y dio otro paso hacia ellos, interponiéndose entre los amigos y la sepultura—. No seríais contrincantes dignos de mí aunque tuvierais cien hombres y cien espadas para protegeros —dijo despreciativa. Y levantó la mano derecha, la que lucía el llameante anillo—. Si quisiera, ahora mismo podría fundiros a los tres como si estuvieseis hechos de cera.
—Lo ha dicho muy seria —observó Sally.
—Tal vez sería conveniente que discutiéramos los términos de una rendición —opinó Watch.
—¡No! —gritó Adam y luego, en un murmullo, añadió—: No se puede negociar con una bruja. Y tal vez no tengamos que hacerlo. Se me ocurre una idea. En este lugar los relojes marchan hacia atrás. Quizá tengamos que caminar hacia delante para conseguir los mismos resultados que en nuestra dimensión.
—¿Cómo? —preguntó Sally, confusa.
—¡Debemos dirigirnos hacia la sepultura de frente, andando hacia delante! —explicó Watch, entusiasmado.
—¡Exacto! —asintió Adam.
—¿Por qué se te ha ocurrido la solución precisamente ahora que la bruja nos bloquea el paso? —inquirió Sally.
La bruja comenzó a burlarse de ellos mientras se movía a derecha e izquierda delante de la tumba para impedir que se acercaran.
—Sí, Adam, tu brillante idea ha llegado demasiado tarde —se burló la malvada mujer—. ¿Qué pensáis hacer ahora? ¿Buscaréis la tumba de otra bruja? Pues me parece que para encontrar otro sepulcro primero tendréis que matarme y colocar una lápida sobre el ataúd.
La bruja acarició con la mano izquierda su anillo y el fuego que ardía dentro del rubí pareció crecer como una llamarada avivada por un vendaval. Luego sonrió ampliamente, segura de sí misma.
—Un niño ciego tendría dificultades para encontrar cualquier cosa… ¿no os parece? Adam estaba harto de sus malignas amenazas.
—¡Todavía no estoy ciego! —gritó, y se lanzó contra ella blandiendo la espada.
Lamentablemente, no llegó demasiado lejos. Una lengua de fuego salió despedida del rubí que coronaba el anillo, alcanzó el extremo de la espada y fundió la hoja. Adam sintió que la empuñadura quemaba y dejó caer el arma al suelo. A sus pies, la formidable espada del caballero negro se convirtió en un inofensivo charco de plata. Adam se quedó mirando estupefacto lo que quedaba del arma, de modo que no pudo ver que la bruja se acercaba a él hasta que le tuvo cogido por el cuello. Pero sí tuvo ocasión de verle los ojos mientras ella lo alzaba hasta que sus rostros estuvieron a la misma altura.
Sus pupilas verdes parecían rayos láser y Adam tuvo que parpadear varias veces para poder mirarla. Aun así, vio la larga y afilada uña de uno de los dedos de la mano libre de Madeline Templeton que se acercaba amenazadoramente a su rostro.
—Creo que voy a arrancarte los ojos ahora mismo —dijo la bruja con crueldad—, delante de tus amigos. Que observen lo que les sucede a los que tienen la osadía de desafiarme.
—¡Un momento! —rogó Adam—. Tengo algo para usted. Lo robé del castillo.
Las aceradas uñas ya le rozaban la piel cuando la bruja se detuvo.
—¿Qué has robado de mi castillo?
—Ahora lo verá —repuso Adam.
Introdujo una mano en el bolsillo y sacó de allí un puñado del polvo que había recogido del reloj de arena. El polvo de diamantes. Adam abrió la palma y sostuvo aquel puñado brillante como una galaxia de pequeños soles ante el rostro de la bruja.
Ella lo miró desconcertada.
—Pagarás por lo que le has hecho a mi reloj.
—Puede —dijo Adam—, pero no será hoy.
Adam inspiró profundamente y sopló el polvillo contra los ojos de la bruja.
La maligna mujer lanzó un alarido y lo soltó, dejándole caer al suelo. Retrocediendo mientras se frotaba los ojos, la bruja tropezó con la cabeza del caballero negro, que para entonces era ya lo vínico que quedaba del esbirro.
Lanzando un nuevo grito, la bruja se desplomó sobre la húmeda hojarasca del cementerio. Como si hubiesen estado aguardando una señal, varias manos esqueléticas brotaron del subsuelo, aferraron sus largos cabellos rojos y tiraron de ellos. Lentamente la bruja comenzó a hundirse en el fango.
Adam no perdió el tiempo en averiguar si la bruja era capaz de liberarse de aquellas garras.
—¡Vamos! —gritó a sus amigos.
Cogidos por las manos, con Sally entre los dos, corrieron hacia el sepulcro.
El mundo giró en una espiral y el universo entero se dio la vuelta. La tierra se convirtió en el cielo y el cielo se transformó en el océano.
Flotaban en el vacío, volaban sin alas.
La oscuridad lo engulló todo y el tiempo pareció detenerse.
De pronto se encontraron al otro lado del sepulcro.
Sobre ellos se abría un cielo hermoso y azul.
Estaban en casa. A salvo en Fantasville.