El faro (4 de enero y días sucesivos… según Cristina Fernádez Cubas)
4 de enero
Mis tareas son mucho más llevaderas de lo que me habían asegurado. Me acuesto con las primeras luces del alba, me despierto hacia el mediodía. Al caer la tarde subo por la escalera de caracol —¡180 peldaños!— y me instalo en la pieza superior de la torre, junto al fanal. Goritz —hoy, de repente, he recordado su nombre— no se mueve de mi lado en todo el rato. Parece que me ha tomado afecto o que, poco familiarizado aún con su nueva morada, haya comprendido que depende completamente de mí. Ya en lo alto reviso lentes y espejos, limpio cristales, me aseguro de que la linterna emitirá los destellos convenidos a los intervalos previstos. Ésta es la parte más importante de mi cometido. Prácticamente mi único cometido. Dispongo, pues, de todo el tiempo para mí mismo, aunque aún no haya dado con la forma más atinada de organizarlo. Tal vez sea la continua presencia de este pobre perro —idea genial de Orndoff, como todas las suyas—, confinado a su pesar en una torre y sin poder sospechar siquiera lo que le aguarda. Un año… Se dice pronto. Pero yo estoy aquí por voluntad propia, y él porque así lo ha decidido Ondorff.
5 de enero
175 escalones. O bien hoy me he saltado alguno o ayer me equivoqué en las cuentas. Tengo que concentrarme al subir. Ayer estaba preocupado por la estabilidad de la construcción. Hoy contaba en voz alta y un eco me ha recordado la voz de Aglaia.
6 de enero
En todo el día no he avistado siquiera una gaviota. El color del mar, gris plomizo, se confundía con el del cielo y, por un momento, me he sentido presa de una tristeza casi tan inmensa como el propio océano. «¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué he venido?» La razón, por fortuna, ha acudido inmediatamente en mi socorro. «Estás donde querías estar», ha dicho. «¿No insististe hasta la saciedad para conseguir el puesto? ¿No deseabas encontrarte a solas con la Naturaleza, desentrañar sus misterios y escribir el gran libro?»… Me he retirado de la ventana y he encendido un candil. El recuerdo de un sueño, uno de esos sueños en los que se nos revelan toda suerte de arcanos y de los que, al despertar, únicamente conservamos la certeza de haber penetrado en las entrañas del conocimiento, ha terminado con mis vagas aprensiones. «Sólo aquí», me he dicho, «en este faro solitario, puedo recuperar el hilo de aquella inesperada sabiduría.» He abierto un tomo de cubiertas repujadas y he leído el título que yo mismo escribí hace meses: El secreto del mundo. Después, en la primera página y en letra muy pequeña, he trazado, con todo cuidado, las seis letras que componen mi palabra favorita: Aglaia. No me he preguntado por qué lo hacía. Ni tampoco si se trataba de una dedicatoria o de una invocación. Goritz, de repente, se ha puesto a ladrar como un poseso y unas gotas de tinta han caído fatalmente sobre el nombre más querido. Su inoportunidad me ha sacado de quicio. Lo he apartado de un empujón y le he gritado: «¡Estúpido!». La violencia de mi propia voz me ha dejado sobrecogido. A Goritz también. Me ha mirado con ojos lastimeros y se ha echado en el suelo, a mi lado, inmóvil como una estatua. A ratos parece como si Goritz tuviera miedo. Pero no de mí.
7 de enero
170 escalones. Niebla. El fanal ha estado encendido durante todo el día.
9 de enero
¿Existe la soledad? No estoy muy seguro. Aglaia está aquí —y eso me complace—. Pero también están De Grät, el marino de la balandra, Orndoff… Continuamente me parece escucharles. Al marino es a quien oigo con mayor nitidez. Juramentos, carraspeos, reniegos… De Grät es como el mar cuando se retira. No acabo de entenderlo bien. Orndoff, en cambio, recuerda a las olas cuando rompen contra la roca. Canciones interminables, historias que se interrumpen —aquí entra De Grät— y que invariablemente se reanudan. Y de nuevo De Grät y de nuevo Orndoff… ¡El buenazo de Orndoff! Aglaia habla poco y, si lo hace, siempre dice lo mismo. En realidad apenas he hablado con Aglaia, pero sus palabras —¡las escasas palabras que he cruzado con mi amada!— cobran aquí, en el faro, una sonoridad deliciosa. Tal vez era eso lo que buscaba aun sin saberlo. Estar con Aglaia. A solas. De momento casi a solas.
15 de enero
Imposible explorar el exterior. La roca está repleta de abismos y el pliego de instrucciones recomienda no ir más allá de la plataforma. Hoy, día de calma absoluta, he visto desde lo alto una ola gigantesca surgiendo inesperadamente de uno de los huecos. Si Goritz o yo hubiéramos estado allí, habría terminado con nosotros.
16 de enero
No logro acostumbrarme a la insólita disposición del depósito de agua. Está en la planta baja, separado por una puerta de la vivienda, pero la boca resulta exageradamente alta. Para rellenarlo tuve el primer día que ascender por una escalerilla —lo cual me pareció ya entonces absurdo y fatigoso— y lo mismo debo hacer cada mediodía, al sacar el agua necesaria para la jornada. Se trata en realidad de un pozo alzado del que ni siquiera encaramado en lo alto acierto a precisar su profundidad, pero calculo que va más allá del suelo de la pieza. ¡Cuánto más lógico hubiera resultado aprovechar la capacidad total del foso y hundirlo por completo! El constructor tendría, supongo, sus motivos, como también el anónimo redactor de la instrucción segunda:
«Una vez haya tomado posesión del faro, el torrero deberá proceder con la máxima diligencia y verter en el depósito la totalidad del agua que haya transportado a bordo de la balandra».
No explica la razón, ni yo acierto a barruntarla. ¿Por qué no puede el torrero reservar el agua en el lugar que le parezca conveniente? A no ser que la disposición obedezca a motivos de seguridad o, como se precisa más adelante, de equilibrio. Paso directamente a la instrucción treinta y tres. La última. Una addenda que alguien, quizá De Grät, se ha tomado el trabajo de incluir y ha acompañado de dibujos y bocetos.
«Las poleas, péndulos, tuercas y demás ingenios y artilugios, hoy obsoletos, que aparecen en los grabados contiguos resaltados en rojo, no son del interés del torrero. Se recomienda, sin embargo, respetar su disposición y proceder a su cuidado y limpieza al igual que los otros, los de utilidad clara y reconocida. Contribuyen al equilibrio de la construcción y pueden resultar de vital importancia en caso de emergencia ».
Seguridad», «equilibrio», «emergencia»… Debo apartar estas amenazas de mi mente. Sin embargo —y volviendo al asunto del depósito— tengo la sensación de que consumimos más agua de la razonable. Aunque, ¿por qué me preocupo? En el pliego está establecido: cada tres meses aparecerá la balandra de avituallamiento. Además, llueve. No para de llover, y el constructor dispuso sabiamente un canalón que filtra el agua del exterior y la recoge en el pozo… Pero somos dos. Goritz y yo. ¿Cómo Orndoff no pensó en estas cosas? ¿Y cómo me presté yo a sus tonterías?
18 de enero
El secreto del mundo no avanza, pero Aglaia, en cambio, sigue aquí. Me he acostumbrado a sentirla a mi lado, a verla en cuanto cierro los ojos, a escuchar su voz. «Imposible.» «Estoy comprometida.» «No insista, por favor»… Es cierto que sus frases, desnudas, no resultan precisamente alentadoras. Pero está también su mirada verde. Una mirada pura, transparente, casi infantil. Los ojos de Aglaia desmienten de continuo la negativa de sus palabras. Y, por si fuera poco, el recuerdo de su beso. Sí, ¡un beso! El regalo que me llegaría el último día, de forma inesperada, algo con lo que ni siquiera me había atrevido a soñar y de lo que sólo ahora, en mi confinamiento, puedo gozar a mis anchas y traerlo a la memoria siempre que lo desee. Aglaia nunca podría sospechar cómo tuve que esforzarme en la balandra, junto al marino maldiciente, para no revivir aquel milagroso instante. Hubiera sido un sacrilegio. Y aún ahora, aquí, en el faro, cuando ya me he rendido a la evidencia de que así ocurrió y no fue una visión producto del deseo, suelo, antes de detener el recuerdo, evocar minuciosamente las circunstancias, la charla con Orndoff, el largo paseo por la nieve, mi estado de ánimo, entre abatido y vigoroso, horas antes de partir a mi destierro. Cada vez prolongo más los preámbulos —como si todavía no acabara de creérmelo—, la insistencia de mi amigo en acompañarme, en mostrarme orgulloso su bergantín, las mejoras que había introducido desde que supo de mi obsesión por conseguir el puesto. ¡Pobre Orndoff! Bastaron pocas palabras para convencerle de que en este lugar inhóspito no podía fondear sin peligro nave alguna. Pero entonces se empeñó en venir conmigo en la balandra y tuve que acudir a toda mi elocuencia para persuadirle de que deseaba estar solo. Solo… Orndoff necesitó dos pipas para comprender, y aun así no lo logró del todo. Me habló entonces de sus veinte perros y de que la compañía canina era a menudo mucho más congratulante que la humana. Yo apenas le escuché. Abandonamos el embarcadero y nos adentramos en la ciudad. Llegados a la casa de Aglaia —mi destino—, Orndoff siguió avanzando entre la nieve como si nunca hubiéramos iniciado el camino juntos. ¡Cuánto le agradecí entonces su discreción y cuánto se la agradezco ahora! En otras ocasiones, mi locuaz y exuberante amigo se había prestado a averiguar los movimientos de mi adorada Aglaia, la hora y fecha de sus escasas salidas, siempre en compañía de una doncella de edad, el rumbo de sus paseos. Y cuando, como por azar, nos encontrábamos junto a un río o cabalgando en un valle, Orndoff, de inmediato, sometía a la doncella al cerco de su incontenible cháchara mientras, por unos segundos al menos, yo lograba acercarme a Aglaia, inclinarme ante ella, escuchar las negativas de su voz desmentidas por el candor y la transparencia de su mirada. Pero aquella gélida mañana, en la que ni el tiempo ni la hora presagiaban un encuentro fugaz, me bastaba con contemplar su morada y despedirme en silencio. Entonces, ante mi sorpresa, una ventana se abrió y apareció Aglaia.
19 de enero
Al principio no di crédito a lo que estaba ocurriendo. Aglaia desde lo alto me miraba. A mí, ¡Dios todopoderoso! Aglaia había abierto la ventana y me miraba. Pero sus ojos no eran esta vez encantadores ni candorosos. Sus ojos me rechazaban, me expulsaban de sus dominios, hacían notar lo intempestivo de mi presencia. Comprendí entonces que Aglaia tenía miedo. De sus padres quizá, de mi reputación, de posibles habladurías que pudieran empañar su nombre y llegar a oídos de su futuro esposo. No tenía, pues, más remedio que retirarme, y eso es lo que con toda probabilidad iba a hacer, avergonzado de mi vileza, de mis casi treinta años de disipación y tropelías exhibidos impúdicamente ante la cancela de una casa honesta. Pero en aquel mismo instante su boca contradijo el mensaje de sus ojos verdes. Un mohín. Un gesto. Apenas esbozado y al tiempo decidido, rotundo… ¿Qué me quería decir con aquel gesto? Antes de que la ventana se cerrara, Aglaia, sin abandonar su expresión adusta, volvió a contraer los labios. Y entonces sí entendí. Era un beso. Un beso de niña. Con toda seguridad. —¡y qué feliz me hizo la idea!— su primer beso.
No sé cuánto rato permanecí inmóvil sobre la nieve. La voz de Orndoff sonó de pronto a mis espaldas sacándome de mi ensueño. Estaba en el interior de un carruaje, acababa de abrir la portezuela y hablaba y hablaba, no paraba de hablar… Sin darme apenas cuenta me encontré sentado a su lado. «Te presento a tu compañero», dijo entonces. «Se llama Goritz.»
29 de enero
Goritz, a veces, recuerda a los gatos. Sus pelos se erizan, arquea el lomo, corre luego de aquí para allá, sube y baja escaleras, salta con una agilidad portentosa, se queda inmóvil, emite un sonido que jamás he escuchado en perro alguno y, casi al instante, se pone en guardia. ¿Contra el viento? ¿Contra el mar? Lleva aquí los días suficientes para haberse acostumbrado a las oscilaciones de la torre, las tormentas, la violencia de las olas rompiendo contra la roca. ¿A qué viene entonces tanta inquietud? Las inaguantables secuencias gatunas culminan invariablemente en una sucesión de ladridos que al principio interpreté como un aviso. La proximidad de un barco, la inminencia de un peligro… Nada hay de todo eso. Pero Goritz escoge los peores momentos para gruñir y ladrar, generalmente cuando estoy durmiendo. Ayer, sin ir más lejos. Me desperté sobresaltado, pistola en mano, sudando… Sólo que esta vez mi sueño no era más que una recurrente pesadilla. Estaba aún en tierra, en «sociedad», rodeado de presencias casi tan reales como los ladridos que ahora las desvanecían. Quise mostrarme agradecido y, aunque nada esperaba encontrar, lo seguí sumiso por las escaleras y me detuve allá donde Goritz, con su excitación inexplicable, indicó que me detuviera. Lo de siempre. Tubos y conductos de distinto calibre que ascienden paralelos a las paredes del cilindro, recuerdan en algunos tramos vagamente a un órgano y con los que Goritz, por lo visto, no acaba de familiarizarse. Lo agarré del collar, lo obligué a bajar a la vivienda y le ordené dormir. Antes de acostarme le di unas palmadas y le acaricié el cuello. Goritz pareció sorprendido, meneó el rabo y enseguida, una vez más, se puso a ronronear. Como un gato.
5 de febrero
El depósito pierde. Ya no hay duda. Anteayer, aprovechando la lluvia y las horas de marea baja, saqué un par de barreños a la plataforma que sólo retiré cuando se hallaban casi rebosando. Poco después me encaramé al pozo, obturé el conducto que recoge la lluvia e hice una muesca en las paredes, a la altura del nivel de agua. Durante una jornada y media Goritz y yo hemos bebido exclusivamente de los barreños y, sin embargo, el nivel ha descendido de forma alarmante. Quince, veinte litros tal vez… La evidencia de que en algún lugar se ha producido un escape no me ha alarmado tanto como la certeza de que el depósito pierde precisamente por su base, hundida en el foso y a la que no puedo acceder. A partir de ahora, con el conducto expedito, beberemos únicamente del pozo y conservaremos, en la vivienda, el mayor número de barreños como reserva. Nada grave. Llueve a menudo y dentro de dos meses volverá la balandra. Pero esta palabra, «reserva», me conduce fatalmente a otras. Equilibrio, seguridad, emergencia…
20 de febrero
El secreto del mundo sigue en blanco. Imposible desde la conciencia penetrar en el misterioso mundo de los sueños. Las leyes son distintas. La razón me embota. Los ilustres tratados de astronomía, física o matemáticas, los compendios del saber que tuve a bien traerme conmigo, entretienen gratamente mi ocio, me arrebatan a ratos o me ayudan a alegrar la rutina de mis tareas. Pero no conducen más que a un laberinto. Son caminos falsos, a menudo callejones sin salida, en el mejor de los casos rodeos, vías innecesariamente largas y trabajosas. Y yo sé que existe un atajo. ¡Con qué facilidad he transitado por él aunque fuera en sueños! Pero el recuerdo de aquella plenitud se me hace día a día más borroso. Como el rostro de Aglaia… No, en cambio, el de De Grät, a quien veo cada vez más nítido. Es como si en los flujos de las olas, en el reparto de papeles, le hubiera robado el puesto a Orndoff. Mi amigo se retira y De Grät aparece y reaparece, pero ¡no sé lo que dice! Lo veo a él y veo su nombre. De Grät, De Grät, De Grät… ¿Qué quiere De Grät?
25 de febrero
La existencia de este faro se me ha aparecido, de repente, como absolutamente inútil. No anunciamos la proximidad de unas tierras, sino todo lo contrario. Nuestro faro es de efecto disuasorio. «No se acerque. Aquí hay sólo una roca sumergida, un hombre solitario y un pobre perro»… Eso es lo que escupen lentes y espejos. Pero ¿ante quién? En casi dos meses no hemos avistado un solo velero. O bien los navegantes lo saben, o bien otros faros les advierten del peligro.
28 de febrero
Recuerdo con toda claridad el día de mi llegada, la imponente aparición del faro, la maledicencia del marino, la tempestad que puso en peligro nuestras vidas. Y el interior de la torre, mucho más limpio y ordenado de lo que cabía esperar. El jergón prácticamente nuevo, el escritorio vacío, una mesa grande y un par de sillas… Hacía poco que el suelo había sido encalado y las láminas metálicas que refuerzan las paredes aparecían ya entonces relucientes. La pieza-vivienda me agradó y, mientras el marino descargaba mis enseres, no veía el momento de quedarme solo, subir por las escaleras, descubrir las otras piezas, alcanzar el fanal y tomar posesión de mis dominios. No iba a haber traspaso de poderes. Lo había dicho De Grät: «El puesto ha quedado vacante»… Pero ¿cuánto tiempo hacía de eso? Es decir, ¿cuántos días o meses llevaría el fanal sin emitir el menor destello? ¿Y qué repercusiones desastrosas había supuesto ese silencio? ¿Cuántos barcos se habían estrellado contra la roca?… No pregunté nada. Ni antes a De Grät ni ahora al malhumorado marinero. Dudo de que éste, por otra parte, se hubiera molestado en perder un solo minuto proporcionándome explicaciones añadidas. Descargó las provisiones con celeridad, echó un rápido vistazo a la torre y me miró como si aguardara algo. «Hasta pronto», dije yo. Pero su mano extendida me indicó a las claras que aquel hombre daba un valor exacto a su trabajo. Una moneda de oro. Eso es lo que le di. La primera moneda de mi sueldo. ¡Yo, un noble del reino, hurgando en la bolsa de mi sueldo de torrero! A él no le pareció ni bien ni mal. Se embarcó en la balandra y, durante unas horas, yo seguí su regreso turbulento desde lo alto.
1º de marzo
175 o 181… ¡Qué más da! Algunos peldaños están en pésimo estado y es posible que, en mis cuentas, unas veces los haya tomado en consideración y otras no. El cimbreo al que tan a menudo se entrega la torre no facilita la labor. Algo parecido le debió de ocurrir a mi predecesor —o quizás al predecesor de mi predecesor—, porque escribió una cifra en un saliente de la pared, la tachó y a continuación anotó otra. Ayudado de una lámpara y con enorme asombro he comprobado esta tarde que su duda oscilaba entre 200 y 206. ¡Veinticinco escalones más de los que yo contabilizo!
20 de marzo
Ayer Goritz encontró un regalo. Era un hueso mondo, lleno de salitre, con el que el pobre animal, recordando otros tiempos, ha jugueteado hasta desintegrarlo. Esta tarde, harto de sus ladridos, le he sacado de nuevo a la plataforma. Goritz muestra especial predilección por la parte posterior de la torre, el lugar donde probablemente encontró el hueso y al que le he dejado acercarse, sujetándolo como siempre con una cuerda. Hoy no ha tenido tanta suerte. A mis llamadas y tirones ha acudido jadeando, envuelto cómicamente en una maraña de algas de la que me he aprestado a liberarlo. Al hacerlo me he dado cuenta de que se trataba de una red sorprendentemente fina y delicada, y que en su interior se agitaba un pez minúsculo. Ya en la vivienda, junto al candil, he estudiado el hallazgo. Un buen trabajo. Un minucioso trenzado. Sólo que no son hilos finísimos, como creí en un principio, sino… cabellos. Largos mechones de cabello.
1º de abril
El barquero, con una puntualidad encomiable, apareció en la roca esta mañana. Descargó toda suerte de preciosas provisiones —toneles de agua, barricas de vino, galletas, leña, aceite, queso, un par de conejos vivos… — y contestó satisfactoriamente a mis preguntas. No tenía de qué preocuparme. El faro en otros tiempos había sido mucho más alto. En otros tiempos. En cuanto al anterior torrero, no podía decirme gran cosa. Lo conocía tanto como a mí, es decir, casi nada. Tampoco la visión de la red despertó en él la menor curiosidad. ¡Si tuviéramos que inquietarnos por las múltiples rarezas que las olas arrastran hasta aquí desde lugares remotos!… No tuve más remedio le asentir. Y me quedé tranquilo. Pero lo mismo me había ocurrido ayer y anteayer, y el otro día… El barquero no hace más que aparecer, bajar de la balandra, descargar cajas y cajas, quitar importancia a cualquier duda, y hacerse de nuevo a la mar. Después, cuando despierto, tardo aún un buen rato en comprender. Busco infructuosamente las provisiones, salgo a la plataforma y escudriño el horizonte. Nada. Sólo Goritz y yo. Y la inmensidad del océano.
7 de abril.
Y, sin embargo, todo encaja a la perfección. La tempestad de la que creímos salvarnos por milagro, el marino, la moneda de oro… Caronte no regresará jamás. Cumplió con su cometido y a mí sólo me queda por averiguar cuál es el nuestro. Se lo acabo de preguntar a Goritz: «¿Qué es lo que se supone que debemos hacer si estamos muertos?». Mi compañero se ha entregado a una de sus odiosas transformaciones. Tiene hambre y hace días que debo sujetarlo por el collar para que no se lance temerariamente tras cualquier gaviota. Aunque, ¿por qué me preocupo de su vida si está muerto? ¿Qué clase de muerte es ésta en la que ni siquiera se encuentra el descanso?
Porque seguimos teniendo hambre y sed, bebiendo del depósito para conservar el agua de los barreños, alimentándonos exclusivamente de pescado, mirando con ojos ávidos las aves que se posan en la roca, e intentando atraerlas hasta la plataforma. La muerte no suspende las necesidades, las acrecienta. Y yo, o el fantasma de lo que fui, continúo ascendiendo cada tarde por la escalera de caracol, velando durante toda la noche los destellos del faro y, al amanecer, me dejo caer exhausto sobre el jergón sabiendo que los sueños —porque ni siquiera muerto uno se libra de seguir soñando— me engañarán con falsas visiones o me devolverán a una vida que hace tiempo dejó pertenecerme. Aunque Goritz, o el fantasma de Goritz, se empeñe en seguir ladrando.
9 de abril
O tal vez, pobre animal, cumplía por primera vez con su obligación y presentía el impresionante temporal que se nos venía encima. Ahora sé que todo lo que se dice en los muelles es cierto. Faros solitarios arrancados de cuajo; espantosas presiones y embestidas; pero, sobre todo, aquello a lo que no concedí jamás el menor crédito y despaché como una absurda fantasía. Olas gigantescas escalando la torre, trepando por la columna atraídas por una fuerza irresistible, envolviéndola como una serpiente… La sólida construcción ha podido con la tormenta, y millares de aves, estrelladas contra los cristales del fanal, nos sirven ahora de precioso alimento. La calma total y Goritz y yo, renacidos, hemos dedicado toda la mañana a saciar nuestra hambre. De ahí el gran optimismo que me embarga y el gozo de mi amigo, devorando despojos y reuniendo en la plataforma otros restos diseminados por la roca. Le he atado de nuevo una cuerda al collar, porque a pesar de que Goritz haya aprendido a moverse como un equilibrista, sigo temiendo las olas de fondo y la profundidad de los abismos. «No debemos enloquecer», le he dicho, «sino resistir.» La idea de resistencia me ha sonado placentera. De pronto, con el estómago saciado, todas las preocupaciones han encontrado su justo lugar. Es posible que el marino, previendo la terrible tempestad, haya demorado su viaje. O, también, que una ola gigantesca haya barrido la embarcación de la superficie. En ambos casos, se trata sólo de esperar. El pliego de instrucciones lo establece claramente: Cada tres meses. Y Goritz y yo —¡qué gran idea la de traerlo conmigo!— acabamos de sellar un pacto. Resistir.
12 de abril
Lo anoto simplemente porque forma parte de mi trabajo. Registrar cuanto ocurra dentro y fuera de la torre. Se trata de la red. Los cabellos con los que ha sido hábilmente tejida no pertenecen todos a la misma persona. Unos son lacios, resistentes; otros, ensortijados, recios; algunos, quebradizos y endebles… Aunque la permanencia en mar o la intemperie haya podido alterar su color original, todos sin excepción son blancos.
13 de abril
Pienso en Palacio. En el salón de damascos rojos donde en tantas ocasiones intenté vencer el recelo de De Grät. Veo su cara rugosa, sus espaldas encorvadas, sus largos dedos: el brillo de una esmeralda en el índice, un diamante en el anular. Mi valedor acaba de terminar su almuerzo, juguetea con un mendrugo de pan y echa las migas a un grajo prisionero en una jaula de oro. Se diría que se encuentra totalmente concentrado en su labor. Que lo único que le interesa en aquel instante es la alimentación .el pájaro cautivo. Pero inesperadamente, sin mirarme, como si acudiera a un último recurso para disuadirme de mi empeño, sentencia en voz muy grave:
—Todos llevamos un loco dentro, querido amigo. Un loco dormido, conviviendo en silencio con el hombre cuerdo que creemos ser… Un faro solitario es el lugar idóneo para que despierte el durmiente, y el otro, el vigilante, caiga en un sopor del que quizá no amanezca nunca.
Pero ¿habla sólo para sí mismo? ¿O es que el Gran Consejero, de repente, está recordando algo?
14 de abril
Releo mis notas: 1º de enero. Primer día… Y compruebo hasta qué punto me había afectado la fábula del cuerdo y del orate. Una «profecía», llego a decir. ¿Temía acaso que el pobre loco que debo de ocultar yo también venciera sobre el hombre juicioso? Por fortuna sobrevino la gran tempestad y ¡cuán distintas veo ahora las cosas! Una energía desconocida emana de un lugar impreciso de mi ser. Ignoro si De Grät, con toda su sabiduría, lograría entenderlo, pero no dudo que Orndoff, con su magnífica simpleza, lo haría de inmediato. Sí, mi amigo comprendería al instante cómo, durante toda una noche, me sentí parte integrante de esa terrible Naturaleza que me amenazaba y al tiempo me incluía. Cómo, desde el último de mis cabellos hasta el menor de mis poros, yo fui también… la tempestad. Desde entonces, ya no temo despertar al demente. El nuevo hombre que ahora soy festejó con disparos al aire su triunfo. Con la misma pistola tanta veces empleada en duelos y lances de honor, la misma arma con la que he burlado padrinos, jueces y testigos, puesta al servicio, al fin, de una causa digna. La celebración de la vida. ¡Cómo lo entendería mi amigo y cómo lo comprendió Goritz! Tal vez el estallido de la pólvora le recordó a su amo, lanzando señales en noches oscuras a bordo de su bergantín, o quizá, como yo, penetró por unos instantes en las entrañas misteriosas de la Naturaleza, en el auténtico secreto del mundo. ¡Qué maravillosa e indescriptible sensación! ¡Y qué poco me importa ahora que El secreto del mundo, arriba, en la última pieza de la torre, siga en blanco!
16 de abril
A través del telescopio he distinguido un punto. Quizás esta vez. ¡Paciencia!
17 de abril Hace tiempo que no logro oír su voz ni recordar su rostro. Digo: «Aglaia», y sólo acierto a evocar las seis letras de un hermoso nombre desapareciendo lentamente bajo una mancha de tinta. Pero no quiero mentir. No es eso lo único que veo. Están también los labios. Y… su beso. El tiempo o la imaginación, sin embargo, deben de haber distorsionado aquel momento. Porque ahora se me presenta como un gesto desnudo, aislado, liberado de un rostro del que he olvidado los rasgos. No se me hace agradable revivirlo ni encuentro las palabras para explicar mi rechazo. El beso de Aglaia, en sí mismo, tal como lo veo ahora, es… una mueca. La burda caricatura de un beso.
Vuelvo a las primeras páginas del diario. 6 de enero: los ladridos de Goritz me sobresaltan y unas gotas de tinta emborronan la dedicatoria de un libro que quizá jamás llegue a escribir. 9 de enero: Ella está aquí, la siento, la escucho, la veo. 19 de enero: El beso… Noto que ya entonces me parece extraño. «Decidido», escribo. «Rotundo.» Tardo un tiempo insensato en registrarlo como una prueba de afecto. Y me demoro –18 de enero—, prolongo estúpidamente los preámbulos como, si digo bien, no acabara de creérmelo… Aquello, ahora lo sé, no es un beso. Ni tampoco un gesto que nos una en el amor, sino en el peligro. Aglaia está asustada, y me avisa de algo que la distancia me impide oír, o que quizá no se atreve siquiera a acompañar de sonido alguno. Por eso mueve exageradamente los labios. Tal y como los revivo ahora, con tan sólo cerrar los ojos. Pero esta vez los ecos de la torre se encargan de poner voz a su mensaje. Aglaia dice claramente: «De Grat», «De Grät», «D-E-G-R-Ä-T»…
18 de abril
El punto que creí distinguir ha desaparecido del horizonte. ¿Debo sorprenderme aún?
De Grät ha estudiado cuidadosamente la situación. Goritz y yo vivimos, como el grajo, prisioneros en una jaula, pendientes de su generosidad o de su capricho. Puede alargarnos la mano o retirarla. Puede incluso olvidarse de nuestra existencia. ¡Qué astuto fue De Grät, y cómo yo, en mi ignorancia, le facilité la tarea! Su reticencia no hizo más que acrecentar mi empecinamiento, sus aparentes dudas, mi decisión. Pero ¿supo desde el principio de mi inclinación hacia Aglaia? ¿O fue este descubrimiento lo que le impulsó a acceder a mis ruegos? ¡Cómo debe de reír en el salón de damascos rojos! Ni siquiera tuvo que idear un plan para deshacerse del incómodo oponente. El propio rival, su protegido, el joven brillante y altanero firmó entusiasmado su condena: Por voluntad propia. Nadie podrá sospechar jamás de sus terribles designios. Únicamente Aglaia, obligada a entregar su juventud a ese viejo ruin, intentó prevenirme. ¡Ah, de haberlo comprendido antes! Yo, indigno del amor de Aglaia, no hubiera tolerado tan funesto y monstruoso enlace. Pero ¿por qué me mortifico? Es posible que en este mismo instante se estén celebrando los esponsales y que el índice del Gran Consejero —su esmeralda— señale indolentemente hacia el mar. «Es hora ya de que alimenten a aquel desgraciado.» Pero también es probable que De Grät se haya convencido de la inutilidad de mi existencia.
Sopla sudoeste y Goritz vuelve a mostrarse inquieto. Lo he dejado un rato fuera para que —por lo menos él— se desfogue a gusto contra el viento.
19 de abril
¡Dios todopoderoso! ¿Cómo es posible?
¿21 de abril?
Goritz ya no está. Se fue… Goritz me abandonó ayer, anteayer, quizás el otro día… Sus últimos ladridos, sin embargo, siguen aquí adheridos a las piedras y al hierro de la torre, engañando mis sentidos, confundiéndome. «Nada ha ocurrido aún, todo se puede remediar.» El loco que sin duda llevo dentro ha despertado por fin. Es un pobre iluso que cree en los ensalmos, en la posibilidad de que el tiempo se detenga, corra hacia atrás, y de nuevo hacia adelante. «Anda», me dice, «ve a la plataforma.» De nada me sirve recordar que allí no hay nadie. Que Goritz consiguió romper mis ataduras y hacerse con toda la longitud de la cuerda. «Tira de ella», sigue diciendo. «Hálala»… Y yo, como un estúpido, me encuentro con la fuerza de mi mente halando metros y metros de soga, hasta que noto una resistencia, un obstáculo. Y de nuevo la vana esperanza. «Goritz ha quedado aprisionado en un saliente de la roca.» Y, sin temer por mi vida, voy hacia allí. La cuerda, en efecto, se ha enrollado en un saliente. Deshago la maraña de nudos, y ahora sí halo, halo sin ningún esfuerzo, con toda facilidad…. Ya el loco ha enmudecido y el cuerdo cree haberse vuelto loco. Duda de lo que ve, niega lo que sostiene entre las manos. Un collar ensangrentado… Y poco más. «Goritz… », susurra uno de los dos. «¿Goritz?», pregunta el otro.
¿22 de abril?
No puedo recomponer las horas o días que siguieron al terrible hallazgo. El espanto me heló la sangre y embotó mis sentidos. Fue entonces cuando el iluso demente, aprovechando mi desazón, empezó a hablar. A hacerme creer que tenía poder sobre el tiempo o a proporcionarme explicaciones inverosímiles. Lanzó unas runas ante mis ojos, formando un semicírculo del que enseguida sobresalieron dos. Una nos decía que estábamos soñando y nada era real. La otra reproducía la figura de un monstruo marino dotado de uñas como estiletes y dientes como cuchillos… ¡Magnífica fantasía! Salí de aquel estado de repente. Como alguien que es despertado por un estruendo de una pesadilla. Y aunque la imaginación intentó —intenta aún a veces— hacerme creer que nada había sucedido, envolví los restos de mi amigo en un lienzo y los lancé desde lo alto de la torre al mar. Sobre el velador quedó el collar teñido de rojo y la evidencia de una lucha encarnizada. Pero Goritz, mi compañero, no se había ido del todo. En su ausencia he hecho míos su instinto, sus temores. Subo y bajo las escaleras, una y otra vez. Los cabellos los cabellos se me erizan de pronto y me detengo en los puntos precisos donde él solía ladrar. Ante el enjambre de cilindros, canales y tubos, ante el órgano sordo del que, sin embargo, parece surgir un rumor confuso. Ahora sé que se trata de respiraderos, pero también que las entrañas de la roca no ocultan monstruos de leyenda capaces de descuartizar con saña a cualquier presa, sino condenados a perpetuidad. Seres humanos. Míseras criaturas a las que los torreros ignorantes damos de beber para prolongar cruelmente su ilusión de vida. Y aunque el cuerdo que todavía soy no logre imaginar cuáles pudieron ser sus crímenes ni qué aberrantes delitos cometieron, sí sabe ya lo suficiente para estremecerse ante la magnitud de su castigo.
Ellos viven aquí. En un pozo de sombras. Son o han sido muchos. Sus cabellos, sin excepción, son blancos. Beben agua del depósito y se alimentan de algas y pescado. Llevan cuchillos en el cinto, tienen uñas afiladas como estiletes y hambre… Un hambre tal que ni siquiera un centenar de Goritz podría saciar. Pero no piden auxilio. ¡No pueden! Los de abajo conocen mejor que nadie las dimensiones de su pena y las excelencias de esta construcción. Los arquitectos de De Grät no descuidaron detalle. En el foso, tal vez en tétricas galerías extendidas a lo largo y ancho de la roca, dispusieron boquetes, orificios, minúsculas ventanas, que los propios prisioneros cierran herméticamente cuando las aguas suben, para sólo abrirlas después, a las horas de marea baja. Espacios angostos por los que sus manos huesudas se esfuerzan en tender rudimentarias redes. No importa el tamaño de la captura. Cuchillos, uñas o estiletes trocearán las piezas con paciencia infinita hasta que entren sin dificultad por las aberturas… Sí, todo eso sé ya. Pero lo que importa ahora es escribirlo. Dejar constancia. Consignarlo. No sea que ese triste infeliz, el pobre loco que ahora salta de júbilo y repite: «¿No te lo decía yo?», tome, una vez liberados, las riendas de la memoria, y oculte, calle, invente u olvide. Como, a buen seguro, hicieron en su día mis predecesores. Pero, por una vez al menos, debo darle la razón y unirme a su alegría. Porque hoy, día 21, 22 o 23 de abril, se ha obrado el milagro. Un punto en el horizonte que no desaparecerá. No es una balandra, tampoco una embarcación desconocida. Es un bergantín. ¡El bergantín de Orndoff! Mi fiel, intuitivo y desobediente amigo que acude a rescatarme. Orndoff se acerca. Acompaña su viaje con explosiones de pólvora. Y yo sólo pienso: «Llegará». No sé cuánto tardará en alcanzar la roca, pero llegará. Aunque el viento sudoeste arrecie con fuerza y la torre se haya entregado, por primera vez, a un frenético baile de péndulos, poleas, ruedas y cadenas.
Abril
Hoy, mi último día de torrero, concluyo con satisfacción este diario. Lo he llevado, dentro de las circunstancias, con la mayor regularidad posible. A ratos he dudado de que alguien más que yo mismo fuera el destinatario de mis pobres páginas. Ahora, con la pólvora del bergantín atronando mis oídos, sé que Orndoff será el primer testigo de este macabro experimento, y el diario la prueba acusatoria de una mente criminal y enferma. Las aguas suben como, a decir de los marinos, ha ocurrido aquí en más de una ocasión, y muchas otras en el lejano Estrecho de Magallanes. Pero me siento seguro. Estoy en la planta baja, en la pieza-vivienda. Los péndulos, ruedas, poleas y demás artilugios, las piezas obsoletas marcadas en rojo en las instrucciones, han recuperado finalmente su razón de ser. Emergencia, equilibrio… A medida que las aguas suben, planchas de hierro, movidas por ocultos mecanismos, refuerzan paredes y taponan ventanas y aberturas. El fanal, esta vez, no ha soportado los embates de bandadas de pájaros asustados, y las olas, enrollándose al cilindro como al cilindro como una serpiente, se están introduciendo por lo más alto de la torre. Pero estos astutos ingenios no les dan respiro. Debo inclinarme ante su perfección. El ruido es ensordecedor, y ahora unas tuercas ponen en acción nuevas planchas que cortan de cuajo la escalera. Me encuentro a salvo. Estoy en una burbuja contra la que nada puede la furia del mar o del viento. El bueno de Orndoff no debe temer por mí, sino por sí mismo. Aunque ¿por qué me preocupo ahora por Orndoff?
De nuevo el loco se ha señoreado de mi pensamiento. Sigo oyendo el estruendo de la pólvora. Algo más lejos Como si el bergantín intentara capear el temporal y aguardara la ocasión de alcanzar la roca. Pero no puedo ignorar que el suelo cruje bajo mis pies. Como si, al tiempo que las planchas de hierro aislaban la pieza por arriba, otras, invisibles bajo la amalgama de cal, yeso y arena, se acabaran de abrir hacia el foso. No sé cuánto rato tardará el piso en derrumbarse y con él todo lo que se encuentra en esta pieza. Los de abajo martillean y rascan con sus cuchillos. ¿Qué es lo que esperan encontrar? Tengo la pistola conmigo y el loco insiste en que dispare, conteste al bergantín, dé señales de que aún estoy con vida… ¿Cómo quiere ese pobre simple que mis balas atraviesen el muro de piedra y hierro?
El loco sólo piensa en los de arriba. Pero yo —¿para qué engañarme?— pertenezco, desde que llegué hasta aquí, al mundo de abajo. Al foso. Al angosto reino sumergido. A la tenebrosa sociedad de hambrientos que me aguarda y cuyas normas o reglas no tardaré en compartir. La esperanza que pregona el iluso no me sirve. Tan sólo una idea poderosa: ¡sobreviví! Ahora martillean con insólitos arrestos y el suelo se agrieta bajo mis pies. ¿Qué es lo que esperan con tanta ansiedad? ¿Dar la bienvenida al nuevo miembro? ¿Abalanzarse sobre una despensa vacía? ¿O, única y simplemente… sobre mí? La pistola me ayudará a detenerles, a convencerles de que, por un tiempo al menos, yo seré el más fuerte, a esperar a que las aguas bajen y lanzar sobre la roca, a través de un boquete o una ventana, este diario que ahora debo concluir. Una posibilidad entre millones, no lo ignoro. Los de abajo lo saben mejor que nadie. Todos, en un momento, debieron de escribir: Hoy, mi primer día en el faro… ¿Y dónde terminaron sus cuadernos? ¿En el fondo del mar? O, ¿por qué no?, a salvo. Unos junto a otros. En las estanterías de un salón de damasco rojo… El marino regresará algún día, encalará la nueva vivienda, descargará jergón, sillas y mesa, limpiará de objetos personales las otras piezas de la torre y, cumpliendo instrucciones, los entregará a De Grät. Aunque ¿no podría ser que este diario encontrara otro destino?
Hasta el iluso ha acabado por perder la fe. Niega con la cabeza, bosteza, cierra los ojos: parece que se dispone a dormir. ¡Qué loco inofensivo he sido capaz de engendrar! ¡Cuán distinto de aquel con quien muy pronto va a encontrarse Orndoff! Porque, cuando la tempestad amaine, cuando mi amigo penetre al fin en el cilindro, atribuirá los desperfectos a la fuerza del agua, escuchará rumores que creerá resonancias, subirá la escalera de caracol —¿155?, ¿160?—, jadeando, llamándome a gritos sin obtener respuesta. Y, ya en l0 alto, sobre un velador, descubrirá consternado las pruebas irreversibles de mi demencia. El collar de Goritz, una red de cabellos blancos y la gran, inconmensurable obra. El secreto del mundo. Un océano blanco en el que —pero tal vez Orndoff ni siquiera repare en ello— flota únicamente un islote de tinta.