La Flor de España
HACÍA un frío pelón; yo paseaba arriba y abajo por la avenida principal y me preguntaba, como cada día, qué diablos estaba haciendo allí, en una ciudad de idioma incomprensible en la que anochece a las tres de la tarde y no se ve un alma por la calle a partir de las cuatro. Pero aquella mañana no era como todas las mañanas. Era peor. Olav me había abandonado y, aunque en definitiva no supiera aún muy bien si me importaba o no me importaba que Olav me hubiera abandonado, yo paseaba arriba y abajo, pensaba que aquella mañana era todavía peor que las otras y me preguntaba (además de lo de siempre) por qué Olav me había abandonado. Fue así como, enfrascada en tales meditaciones, varié sin proponérmelo el recorrido habitual de mis paseos matutinos y enfilé por una calleja estrecha, rebosante de nieve sucia, en la que el paso de los escasos transeúntes había abierto algo semejante a un camino. La notable distancia entre huella y huella me recordó una vez más el acusado gigantismo de los aborígenes (Olav entre ellos), pero al tiempo, el miedo a perder el equilibrio y resbalar me mantuvo sanamente ocupada, con la mente en blanco, pendiente de evitar las partes heladas y acertar con mis saltos. La calle no tendría más de unos veinte metros y desembocaba en una avenida casi tan ancha y anodina como la que acababa de abandonar, sólo que ahora, quizá por haber accedido a través de aquel pasaje angosto, me pareció inesperadamente luminosa y llena de vida. La alcancé de un salto, sacudí mis botas sobre la acera y me disponía ya a seguir arriba y abajo, esta vez a lo largo de la segunda avenida, cuando, obedeciendo a un impulso que no me molesté en analizar, volví sobre mis pasos y me adentré de nuevo en el pasaje. Entonces lo vi: La Flor de España.
No serían más de las ocho, pero ya en la calle los rótulos aparecían encendidos y los colores se reflejaban en la nieve. A medida que me aproximaba me pareció que el de La Flor era de todos el más vistoso, no tanto por su tamaño, obligadamente reducido dadas las dimensiones del local, sino por los curiosos guiños a los que se entregaba la tilde y que supuse no del todo preconcebidos. Aquélla no era una tilde normal y corriente. Tampoco una onda apenas esbozada, un signo ligero, sugerente, sino un auténtico disparate, un trazo desmesurado, toscamente añadido a una inocente e indefensa ene. Pensé en el prurito de los propietarios de La Flor, en su deseo de hacer las cosas bien hechas, pero también en su evidente sentido del ahorro para acudir a un apaño casero como aquél y aprovechar una B, una S, un trozo de cualquier letra hecha en serie que, tal vez por las manipulaciones y no por otra causa, sólo accedía a mostrarse con intermitencias. Cuando me hallaba a escasos pasos de mi destino, la letra mutilada, fuere cual fuere, emitió su último quejido y toda La Flor de España quedó en sombras.
No estaba soñando. Sentía mis miembros demasiado entumecidos bajo el abrigo para suponer que estaba soñando. Pero la leve sensación de irrealidad que me había llevado hasta allí y a la que me había aferrado aunque sólo fuera para escapar a la rutina se convirtió, con la nariz pegada al escaparate y nieve hasta las rodillas, en el más absoluto desconcierto. No era la primera vez que veía una tienda como aquélla. Naturalmente que a lo largo de mi vida había visto cantidad de tiendas como aquélla. Pero allí, en medio de una calle desierta, en el país del frío, donde los días acaban a las tres de la tarde y no se ve un alma a partir de las cuatro… Contabilicé tres cabezas de toro, dos trajes de faralaes, innumerables peinetas, algunas barretinas, un montón de chapelas, panderetas, castañuelas, abanicos, vírgenes del Pilar de todos los tamaños, vírgenes de Montserrat de varios tamaños, una virgen de Covadonga empecinada en mostrarse siempre en el mismo tamaño… Hasta que el vaho levantado por mi proximidad terminó por empañar completamente el cristal y ya no fui capaz de distinguir nada.
Lo que acababa de contemplar era lo más semejante a un museo de horrores; una vitrina de ídolos extraños arrancados de su origen; un altar de ofrendas destinado a aplacar las iras de una caprichosa divinidad. Me pregunté a quién se le podía haber ocurrido la idea de montar un negocio tan grotesco e imaginé a algunos padres rubios y de ojos azules amenazando a sus hijos, también rubios y de ojos azules, con llevarles a La Flor de España si no se acababan la sopa. Después ya no imaginé nada. Empujé la puerta y entré.
El sonido de la campanilla se confundió con el timbre del teléfono y una rubia de mirada desvaída atendía ahora la llamada sin prestarme la menor atención. Miré de nuevo hacia el escaparate, esta vez desde el interior, y de nuevo a la mujer desvaída. Contaría unos cuarenta y tantos años de edad, peinaba la media melena y el inevitable flequillo de la mayoría de las nativas, y anotaba, con grandes signos de aprobación, algo que, por raro que me pudiera parecer, tenía todo el aspecto de un pedido. Sonreí. En la tienda se respiraba un calor agradable, volvía a sentir las manos dentro de los guantes y, de repente, en medio de algo muy semejante a una iluminación, creí comprender el porqué del insólito negocio. Aquella mujer había conocido tiempos mejores —no hacía falta ser muy sagaz para averiguar dónde—, tiempos irrepetibles y lejanos, dorándose al sol, bebiendo ingentes cantidades de sangría, enamorándose sucesivamente del guía, del portero, del chófer del autocar. De cualquier hombre de piel curtida que se le pusiera por delante. Y ella, más obstinada y emprendedora que muchas otras, no se resignaba —o en su día no se resignó, porque la tienda ofrecía un aspecto algo vetusto— a archivar sus recuerdos en el baúl de la memoria. Ahora estaba casi segura. Ante la imposibilidad de traerse al muchacho moreno —el guía, el portero, el conductor del autocar—, se había traído el resto.
Me aproximé, saludé con una frase hecha y pregunté, mitad con gestos, mitad con palabras, si podía seguir observando. Estaba acostumbrada a que mis intentos por expresarme en aquel idioma levantaran invariablemente una corriente de simpatía, pero éste no parecía ser el caso. La mujer registró mi saludo con la más absoluta indiferencia, cubrió por un instante el auricular y dijo algo que, aunque no podía traducir con fidelidad, sabía, a fuerza de oírlo, que significaba «Pase usted. Entrada libre». Luego pronunció un par de frases más y comprobé con alivio que no se dirigía a mí, sino a su invisible interlocutor de quien probablemente se estaba despidiendo. Cuando colgó ya no me hallaba tan convencida de que aquélla fuera la mujer que tan precipitadamente yo había fabulado —a lo más, una amiga, una sustituía, una empleada—, pero sí del hecho evidente de que entre ella y los indiscriminados objetos que abarrotaban el aparador no existía otra cosa que una relación ocasional, desapasionada y fría.
O tal vez, pensé enseguida, me estaba equivocando de nuevo. Porque me encontraba ahora en el centro mismo de La Flor y me daba cuenta de que el escaparate que tanto me deslumbrara no era más que la antesala, el anuncio, la introducción espectacular a lo que venía luego. Y si al escaparate se le podía achacar, entre otras muchas cosas, su dudoso gusto, no ocurría lo mismo con la serie de productos cuidadosamente ordenados y clasificados en pulcros anaqueles que ahora yo, cansada de los insulsos alimentos del país del frío, contemplaba con verdadera fascinación. Acababa de hacer un descubrimiento que suponía un importante avance en mi rutinaria dieta, y me alegró comprobar el rigor en la selección, la opción precisa de la marca adecuada, la búsqueda de la calidad por encima de todo. La rubia desvaída, decidí, sería además de desvaída un tanto apática, pero se revelaba inesperadamente como una auténtica gastrónoma o, en todo caso, estaba informada, muy bien informada. En aquel momento sonó de nuevo el teléfono.
—La Flor —escuché y, estúpidamente, sonreí frente a una conserva de espléndidos morrones.
—Ah —añadió luego. Y enseguida—: Pepe, échame una mano, anda. La calle está llena de nieve y me están poniendo la tienda perdida…
No me hizo falta mirar a mi alrededor para recordar que estábamos solas y que aquel plural irritante no podía hacer referencia a otra persona más que a mí. Pero había algo que me parecía aún peor. La patente indiferencia con la que había acogido mis ridículos balbuceos en un idioma que yo creía el suyo y el hecho —mi acento era inconfundible— de que no se hubiera molestado en sacarme del error y responderme en el nuestro. A no ser, me dije para tranquilizarme, que enfrascada en sus ocupaciones no se hubiera dado cuenta… Esperé a que terminara de dar órdenes al tal Pepe y me acerqué con un par de botellas de Rioja de una marca que no conocía.
—¿Qué tal es este vino? —pregunté con una sonrisa.
Ella no dio signo alguno de sorpresa.
—Bien —dijo—. Nadie se ha quejado.
Se había puesto en pie, y observé que, además de desvaída y seca, era fondona e increíblemente baja. Me pregunté cómo podía haberla confundido con una autóctona. Porque la verdad es que se había puesto en pie, pero se diría que seguía sentada.
—Bueno, lo probaremos —dije yo.
Pero no estaba pensando en Olav, de quien milagrosamente había llegado a olvidarme, ni tampoco, como en un partido de tenis, le devolvía su desafortunado plural en forma de pelota. De repente sentía unas ganas tremendas de hablar. Le expliqué que vivía algo lejos —y ella me escuchó como si lo que le estaba contando fuera lo que menos le interesara del mundo—, que no siempre podría desplazarme hasta La Flor de España y que, en el supuesto de que aquel vino que me llevaba a modo de prueba me gustase (lo cual parecía probable dado que, como muy bien había dicho, nadie se había quejado), lo sensato sería que lo encargara por cajas, les llamase por teléfono y ellos me lo hicieran llegar hasta mi domicilio.
—No —dijo.
Bien. No podía retirarme con aquella negativa zumbándome en los oídos. Esperé más allá de un tiempo prudencial hasta que comprendí que el resto de la frase que se resistía a aparecer no iba a llegar nunca, porque allí no había ninguna frase. Su respuesta era: «NO». La miré por encima del hombro sin importarme si seguía de pie o había aprovechado mi estupor para sentarse de nuevo.
—Vaya —dije exagerando mi sorpresa—. Así que no disponen de servicio de reparto…
En los ojos de la rubia acababa de encenderse un fulgor especial, una llamita apenas perceptible que no duraría más de unos segundos, lapso suficiente como para darme cuenta de que había dado en el clavo. Me felicité por mi astucia. Del rotundo e impertinente «NO» apenas quedaba el recuerdo. Ahora eran mis palabras las que flotaban en el aire y asumían por momentos el papel de dedo acusador. ¡Mira que no tener servicio de reparto! Aquello, si no un escándalo, era por lo menos una carencia, un error, un fallo. Sí: le estaba devolviendo la pelota.
—Claro que tenemos —dijo entonces—, Pero sólo para encargos de más de…
La cifra era a todas luces exorbitante. La comparé con mi sueldo de lectora de español en la universidad y me pareció improbable que alguien, en aquel país, se dedicara a consumir productos tan especializados en cantidades ingentes. A no ser que el pedido comprendiera… una cabeza de toro. Ignoraba lo que podía costar una cabeza de toro (aunque la suponía cara) pero tampoco resultaba verosímil que en la mayoría de encargos, junto a alubias, vino o chorizo, se incluyera una cabeza de toro. Lo único evidente, resolví, es que carecían de servicio de reparto, y ese detalle, que en realidad me traía sin cuidado, parecía cobrar para ella cierta importancia. Pagué el importe de las dos botellas y cuando me hallaba ya junto a la puerta reparé de repente en que aquella negativa —en el supuesto de que la rubia no hubiera improvisado— tenía mucho de insultante y grosera. ¿De dónde había sacado que yo no podía pagar ese importe?
—Por cierto —dije dedicándole una última sonrisa—, tienen el luminoso estropeado, ¿se había dado cuenta?
Esta vez el esperado fulgor no encendió sus pupilas. Accionó un interruptor sin moverse de la mesa, como si mi información no le sorprendiera lo más mínimo, el percance ocurriera con frecuencia o fuera ella misma, avara no sólo de palabras, quien desconectara el luminoso de vez en cuando.
Al salir recibí una bofetada de aire gélido en el rostro. Todo estaba igual. La nieve sucia, la calle desierta y la oscilante tilde, ya recuperada, bailando sobre La Flor, a ratos de España y otros de Espana.
Aquella noche asistí a una fiesta en casa del doctor Arganza. Lo decidí en el último instante, cuando caí en la cuenta de que era viernes y recordé las palabras del médico navarro tendiéndome una tarjeta e instándome a participar en sus reuniones. «Pásese cualquier viernes por casa», había dicho. «Le presentaré a Gudrun, mi mujer, y conocerá a parte de la colonia.» La perspectiva no me pareció entonces demasiado halagüeña, pero la sola idea de aguardar a que me llegara el sueño ante el televisor (o sucumbir al desespero y marcar el número de Olav) me empujó a considerar la invitación y convencerme de que, aunque la velada resultara un fiasco, tampoco se perdía nada con intentarlo. Así que confirmé mi presencia por teléfono, metí las botellas de tinto en una bolsa y me dirigí al hogar del doctor Arganza.
Gudrun me recibió con una inmensa sonrisa, se interesó por mi última faringitis, me preguntó si los consejos de su marido habían resultado útiles, se hizo con las dos botellas y emitió un prolongado ooooh de júbilo y sorpresa. Luego las colocó sobre una repisa y enseguida me di cuenta de que el pequeño revuelo que había provocado mi aportación no debía de tratarse más que de un cumplido. Porque la casa estaba llena de riojas e incluso, la mayoría, de la misma marca que hasta aquella mañana yo desconocía. Arganza, con aspecto de gran anfitrión, había pasado directamente al tuteo y me introducía ahora en un salón en el que se hallaba parte de «la colonia». Algunos invitados se pusieron en pie. «Estás en tu casa», dijo el médico.
Conocí a una pintora valenciana, a un químico enjuto, no sé si de León o de Gijón, a un tenor de Salamanca, a una enfermera (de no recuerdo dónde) y a un funcionario, ya entrado en años, de cierta asociación internacional cuyos objetivos tampoco entendí con claridad. Arganza me los iba presentando uno a uno, sin olvidarse de precisar nombre, apellidos, profesión, años de residencia y lugar de origen. Eso último, el lugar de origen, parecía un requisito ineludible. Todos —yo misma desde que entrara por la puerta— teníamos nuestro lugar de origen marcado a hierro en la frente, como si se tratara de dejar las cartas sobre la mesa, evitar confusiones o propiciar de antemano afinidades, enfrentamientos o chistes. Me acordé de algunas películas de mi infancia, de diálogos inefables a los que se entregaban soldados, marinos o boxeadores («Oye, tú, Minnesota», «¿Qué quieres, Ohio?») y, como si un fundido en la vida real resultara posible, deseé con todas mis fuerzas encontrarme de vuelta en casa. Pero acababa de llegar. Arganza dejó para el final (tal vez porque se hallaban algo alejadas del grupo) la presentación de Svietta e Ingeborg, mujeres ambas de dos de los presentes, aunque en aquel instante, con tantos nombres, autonomías y profesiones en la cabeza, no hubiese sido capaz de asegurar de quiénes. Me excusé como pude por lo tremendamente mal que hablaba su idioma. «No te preocupes», dijo Ingeborg. «A nosotras nos pasa lo mismo con el tuyo.»Enseguida apareció la pintora de Valencia, me arrancó del rincón y me condujo de nuevo al centro de la sala donde «la colonia» se dispuso a examinarme, catalogarme y contarme su vida. Me sentí un poco en el exilio. Ninguno de los presentes se encontraba allí por razones forzosas; ganaban sueldos espléndidos y no parecía que se plantearan ni por asomo deshacer sus pisos y regresar a su «lugar de origen». Pero sus intervenciones mostraban a las claras un deje de desprecio hacia el país del frío, una queja, cierto indisimulado aire de suficiencia, un «no saben vivir…» que no puedo afirmar que llegara a sacarme de quicio —en el fondo yo participaba de muchas de sus conclusiones— pero sí que, en aquellas circunstancias, me hacía sentir más y más incómoda. Miré a Gudrun, atareada en rellenar las copas, y a Ingeborg y Svietta que, por indicación del ama de casa, acababan de tomar asiento junto a nosotros. No se las veía crispadas, pero tampoco tranquilas; a lo más, resignadas, sumisas. Entendí que la intervención, gramaticalmente intachable, con la que me había obsequiado Ingeborg o los saludos que me había prodigado la anfitriona no eran más que fórmulas aprendidas y que, si se las sacaba de ahí, debían realizar un ímprobo esfuerzo para seguir la conversación o participar de vez en cuando. Svietta, además, parecía desentenderse olímpicamente de todo lo que allí se dijera. Tenía la mirada ausente, como si permaneciera encerrada en su mundo y hubiera desconectado por voluntad propia de toda aquella barahúnda de la que nadie, ni siquiera su marido —que ahora ya sabía que era el químico—, se molestaba en traducirle algunas frases. No cabía la menor duda: los encuentros de los viernes serían para Ingeborg o Gudrun un aburrimiento, un peaje obligado en su situación personal. Pero para la pobre Svietta reunían todas las características de un suplicio.
Había llegado la hora de pasar al comedor. Me sentaron entre el tenor y el químico, y el funcionario del organismo internacional de objetivos imprecisos se interesó por mi trabajo, por mis problemas, por mi vida cotidiana.
—El frío —dije. Y no estaba recurriendo a ningún tópico—. Si no fuera por el clima…
—Y la gente —intervino la enfermera—. La gente de aquí no es como nosotros.
Otra vez. Había olvidado el lugar de origen que la enfermera ostentara antes en la frente pero aquello, además de una solemne estupidez, me pareció una aseveración un tanto discutible. Primero: ¿cómo éramos nosotros? O mejor: ¿era bueno o malo ser como nosotros? No seguí por ese camino porque resultaba evidente de qué lado se hallaba lo correcto, positivo y envidiable, pero evité mirarlas a ellas, a las que tampoco eran como nosotros. De pronto, con gran alegría, me acordé de La Flor de España.
—Bueno, eso de que seamos tan amables, tan encantadores, tan comunicativos…
Y conté cómo, aquella misma mañana, en el lugar más impredecible, me había topado con aquel sorprendente negocio.
—Pero lo más increíble era la mujer. La mujer que me atendía…
—Rosita —atajó el químico a mi izquierda sin levantar los ojos del plato.
Vaya. De modo que la rubia se llamaba Rosita y era ella, ella precisamente, la Flor de España. Reviví mis primeras impresiones ante el escaparate. Un altar, sí. Se trataba de un altar… Pero un altar que Rosita se había erigido a sí misma. Me puse a reír.
—No se burle usted —siguió el químico sin molestarse en variar la dirección de su mirada—. Rosita es una buena chica.
Acababa de cometer una imprudencia imperdonable. ¿Cómo se me había podido ocurrir que «la colonia» desconociera aquel negocio? ¿Quién podía asegurarme que Rosita no formaba parte del grupo y que sólo aquel viernes, por excepción, se había permitido faltar a la cita? La enfermera intervino de nuevo, pero, en esta ocasión, sólo Dios sabe hasta qué punto agradecí sus palabras.
—De todas formas —dijo—, no es familia de ninguno de nosotros.
Respiré aliviada. A mi izquierda el químico de León o de Gijón seguía imperturbable sorbiendo su sopa.
—Además —añadió de pronto—, tiene unos congelados estupendos.
No veía qué relación podía existir entre los supuestos congelados estupendos y la tranquilidad con la que aquel hombre se atrevía a desautorizar lo que yo todavía no había pronunciado. Observé que todos —y Svietta en mayor medida— se hallaban pendientes de mi persona.
—Nadie ha dicho lo contrario —repliqué amablemente—. No he tenido ocasión aún de probar esos congelados pero sí puedo afirmar que todos los productos exhibidos parecen de una calidad excelente. Únicamente pretendía hablarles de mi sorpresa. La lógica sorpresa al toparme con una tienda así en una calleja perdida, y luego…
—Es una buena calle —interrumpió una vez más el vecino de mesa.
Aquél no era mi día, estaba claro. Mejor hubiera hecho quedándome en casa, fingiendo otra faringitis ante el personal de la universidad, dejando de pasear como un perro sin amo y olvidándome de Arganza y de sus cenas. Compadecí a Svietta, condenada a soportar no sólo el suplicio de los viernes, sino el infierno de todos los días, pero ese pensamiento no me ocupó más allá de unos segundos.
—Tiene usted razón —dije—, la calle está muy bien situada, en pleno centro, entre dos grandes avenidas. Y en el fondo, ¿qué importancia puede tener un poco de nieve más, o un poco de nieve menos, en el país de la nieve? Lo único cierto es que esa señora cuyo nombre desconocía hasta hace un momento me parece, se mire como se mire —y aquí intenté esbozar la más ingenua de las sonrisas—, una solemne maleducada.
Arganza se apresuró a rellenar las copas de vino. Ignoro cuál pudo ser en aquellos momentos la expresión de mi vecino de mesa. No lo miré. Todos, de repente, habían encontrado algo que observar, algo que decir, algo que proponer. La enfermera recomendó con efusión el título de una película, el tenor se embarcó en un discurso interminable acerca de una dieta, conocida como «la antidieta», que le había hecho perder más de diez kilos, y la pintora hizo públicas sus dudas sobre la posibilidad de pasar las navidades en Mallorca, Tenerife o Lisboa. En un momento me pareció que las tres autóctonas me dirigían, desde su distante situación en torno a la mesa, una mirada única, uniforme. Pero no tuve tiempo de ahondar en la extraña sensación. Svietta se refugió enseguida en su mundo secreto, recuperó la expresión indiferente con la que la había conocido y perdió a ojos vistas el menor atisbo de interés por lo que se dijera o dejara de decir a partir de aquel instante. Yo intenté hacer lo mismo. No tenía ninguna razón de peso para asegurarlo, pero empezaba a sospechar que no era la primera vez que en las reuniones semanales se sacaba a colación el maldito comercio de productos peninsulares. O tal vez no. Tal vez sólo una recién llegada como yo, una novata, podía haber cometido aquel desliz. Alabé como todos la pata de cordero que Gudrun acababa de depositar sobre la mesa y esa breve intervención me permitió regresar con toda tranquilidad a mis meditaciones.
A lo largo de mi vida había conocido bastantes matrimonios mixtos. A unos se les consideraba felices, a otros no; a muchos absolutamente desgraciados. En todos ellos sin embargo se daba, con fastidiosa insistencia, la misma, terca e inevitable constante. La fascinación primera por el mundo del otro, la familia del otro, el país del otro, y la subida de tono, a medida que el amor dejaba paso a la rutina, en las afrentas, ataques e insultos dirigidos contra el país, la familia, las costumbres o las tradiciones del otro. Rosita, pues, sin excesivo mérito por su parte, se había convertido en un comodín. Un joker recurrente que aquellas tres mujeres, quizá no tan sumisas y resignadas como aparentaban los viernes, movían, utilizaban, mostraban u ocultaban a su antojo. Bien. Sin querer había removido viejas disputas. Y reí. Pero no de lo que estaba pensando (tan obvio como la evidencia misma), sino de la última ocurrencia del químico enjuto que ahora, completamente distendido, se revelaba como un conversador ejemplar. La velada estaba experimentando un giro vertiginoso. Empezaba a encontrarme a gusto y entoné, para mis adentros, un discreto mea culpa por la facilidad con la que todos —en ese caso yo misma— solemos precipitarnos en nuestros juicios.
Cuando me despedí volví a sentir la mirada de Gudrun, Ingeborg y Svietta como un bloque compacto. Y ahora sí. Ahora sí comprendí lo que aquellos seis ojos de expresión uniforme habían intentado comunicarme en silencio: «Gracias. Muchas gracias», me decían. «A nosotras tampoco nos gusta Rosa de España».
Aunque ¿no eran ahora ellas quienes se habían precipitado en su juicio?
A los pocos días conocí a Gert. Gert me invitó a una fiesta, yo acepté, y esa tarde —otro viernes precisamente— recordé el excelente Rioja, la carencia de servicio de reparto, y me encaminé hacia La Flor de España.
No quedaba rastro de nieve en el pasaje, pero sí charcos, enormes charcos de agua que la persistente lluvia amenazaba con convertir en lagos, mares u océanos. No me amilané (ahora sabía que aquella calle era «una buena calle»), alcancé la tienda en una corrida y entré.
Rosita no estaba sola. Conversaba animadamente con una mujer de parecida estatura, calcetines enrollados en los tobillos y enérgicos brazos dispuestos en la más ortodoxa posición «jarras». Parecía un ánfora. ¿Romana?, ¿griega?, ¿fenicia? En todo caso un ánfora indestructible. Rosita sonreía complacida.
—Como te decía… —explicaba la mujer en jarras. Pero al oír la campanilla se detuvo en seco.
La sonrisa de la flor había dejado paso a un extraño rictus. Saludé, me desembaracé del paraguas y, como la otra vez, me dirigí a la estantería de los vinos.
Ellas, poco a poco, reanudaron su charla. Era una conversación tediosa y anodina, claramente condicionada por mi presencia, desprovista de vivacidad, y en la que, más que hablar de algo, se diría que fingían hablar de algo. Me incliné, por pura curiosidad, sobre la vitrina de los congelados y comprobé que mi impresión no era del todo errónea. El cristal me devolvió un reflejo, un gesto apenas perceptible, el mentón de la visitante proyectado súbitamente hacia adelante —hacia mí, hacia mi espalda encorvada sobre la vitrina— en una interrogación exagerada que sólo podía interpretarse como un «¿Quién es ésa?», «¿Qué quiere?». Y aunque no hubo respuesta, adiviné enseguida la expresión de Rosita encogiéndose de hombros, una leve contracción en sus labios, un simulado mohín de indiferencia. Y ahora, mientras yo iniciaba un paseo por otras secciones y me detenía ante otros productos, la mujer que no era Rosita volvía a su interrumpido parlamento en un tono demasiado alto para no resultarme sospechoso.
—Por cierto —dijo—, aquella chica morena, bajita, tan simpática, ¿sabes si sigue trabajando en el consulado?
—Supongo —contestó Rosita con su apatía característica.
Pero el tiempo empleado en responder, los segundos de silencio que habían caído a plomo entre la sección de enlatados, donde yo me hallaba, y el pequeño mostrador junto al que ellas conversaban, me reafirmaron en mis suspicacias. Aquellas palabras no eran más que un lazo, una trampa ingeniosa para hacerme intervenir; para estrechar un círculo; para arrancarme de una vez por todas mi tarjeta de visita. Entendí que se trataba de un pequeño ritual, una obligada ceremonia a la que las dos mujeres acudían con regularidad cada vez que alguien aún no catalogado, alguien perteneciente a la colonia o susceptible de pertenecer a la colonia, aparecía por La Flor de España.
Pagué el importe de la compra y reparé en un pequeño panel, justo al lado de la caja registradora, en el que se ofrecían clases, se anunciaban coches de segunda mano o se proponían intercambios y viajes compartidos. Decidí que en cierta forma La Flor cumplía las funciones de un consulado paralelo, y que ella, Rosita, era la Gran Consulesa.
—¿Van a recibir turrón estas navidades? —pregunté por preguntar algo, y también porque se estaba muy bien allí y afuera seguía lloviendo.
—Sí —dijo.
Y de nuevo me ocurrió lo de la otra vez. La parquedad de la propietaria de La Flor operaba en mí como un resorte, un incentivo para seguir hablando, preguntando, aunque fuera sobre el turrón (por el que nunca me he sentido especialmente inclinada) y no hubiera decidido aún dónde pasar las próximas fiestas.
—¿En qué variedades? —añadí.
Rosita me devolvió el cambio con afectada parsimonia. A su lado el ánfora me escrutaba ahora sin ningún disimulo.
—En las normales —dijo Rosita.
Muy bien. ¿Cuáles eran las normales y cuáles las anormales? Aquello empezaba a ponerse interesante.
—Pero ¿y de coco? —dije obedeciendo a una súbita inspiración—. ¿Van a recibir turrón de coco?
No sé cómo mis labios llegaron a formar aquel círculo perfecto, un c-o-c-o que, si algo podía sugerir, además de la fruta en versión reducida, era el anuncio de un pintalabios o, mejor, la pose de una modelo aficionada imitando a las profesionales cuando anuncian un pintalabios. Y lo más curioso: me sentía a gusto dentro de aquel gesto, del coo-coo que ignoraba cómo había logrado componer, pero del que no pensaba desprenderme tan fácilmente. Tal como supuse, no iba a ser yo quien rompiera el silencio.
—Este año no —dijo Rosita.
Ajá. La Flor seguía sensible a sus carencias. Pero ¿qué podía decirle? ¿Mirarla con perplejidad? ¿Darle a entender que no conseguiría engañarme, que nunca entre sus productos había contado con el indispensable turrón al que acababa de hacer referencia? Había llegado el momento de descomponer la figura. Pero no lo hice de cualquier manera, sino lenta, muy lentamente, tanto que tuve tiempo de sobra para que se me ocurriera algo mejor, algo capaz de sustituir con dignidad al coo-coo que acaba de desaparecer de mis labios.
—¡Qué contratiempo! —dije simplemente.
Y cabeceé con disgusto.
La palabra contratiempo nunca dejará de fascinarme. Se escucha en películas, se lee en novelas, los personajes de ficción hacen uso y abuso de ella con una naturalidad pasmosa. Sí, pero en la vida real… ¿Quién es capaz de decir en la vida real ¡qué contratiempo! con la decisión y el aplomo de los que acababa de hacer gala? La Flor de España se estaba revelando como un magnífico campo de pruebas. Me había atrevido a pronunciar ¡qué contratiempo!, y ahora me daba cuenta de que una de las constantes de esa magnífica y engañosa expresión estaba precisamente en la superioridad arrogante, el tono de conmiseración o distancia con que la persona que dice ¡qué contratiempo!, califica unos hechos —la carencia de turrón de coco, por ejemplo— y coloca a los responsables en una posición dudosa e imprecisa, pero una posición, en resumidas cuentas, de simples siervos. No me importó que en aquel momento la campanilla de la puerta sonara con insistencia y una familia entera —altos, rubios, exhibiendo un castellano de manual— irrumpiera en las reducidas dimensiones de La Flor de España.
Cuando salí, la mujer en jarras seguía recordando a un ánfora (¿griega?, ¿fenicia?, ¿romana?), pero ya no un ánfora indestructible, sino lo que quedaba de aquella pieza siglos después, tras haber sufrido pillaje, manipulaciones y atropellos.
A Rosita no la miré. Pero la supe —¡y qué infantil tranquilidad me invadió entonces!— más desvaída que nunca, con los ojos perdidos en el vacío y deseando con todas sus fuerzas que, me llamara como me llamara o viniera de donde viniera, no resultara más que una contingencia, un mal menor perfectamente olvidable, una pura y simple ave de paso.
¿Y no era eso precisamente lo que yo pretendía? Al cabo de dos meses terminé con Gert. Lo hice de un soberbio portazo que debió de despertar a más de un vecino, recordando que el «medio gesto» en el teatro no sirve de nada y que mi relación con Gert había tenido mucho de teatro. Pero, de nuevo, ¿qué estaba haciendo yo allí, en el país del frío? Pensé en presentar mi renuncia, conseguir un sustituto, viajar a lugares más cálidos y menos aburridos, y no pasé de anotar en una cuartilla los nombres de cuatro conocidos y la dirección de un par de universidades. Olav y Gert, ¿existía en el fondo alguna diferencia entre abandonar o ser abandonado? Me puse el abrigo y me dirigí a La Flor de España.
Rosita estaba en su puesto, firme ante el mostrador, atendiendo el teléfono, anotando pedidos, dando órdenes a un hombre moreno —¿Pepe?— que la miraba arrobado, y sumando, restando, multiplicando y dividiendo. Admiré su febril actividad. Yo, en cambio… El cristal de una de las vitrinas me devolvió la imagen de una mujer desaseada y deprimida. No, no debía abandonarme, pero tampoco —y observé el flequillo de Rosita— cometer errores.
—A propósito —dije recordando sus funciones de Gran Consulesa—, ¿sabría usted por casualidad de algún peluquero español…?
—No —respondió.
Y enseguida:
—De quien sí sé es de un oftalmólogo.
¿Qué había querido sugerir con semejante intervención? Tras un momento de duda (nunca hasta ese día se había mostrado tan generosa con sus informaciones) recordé que Rosita era «una buena chica» y decidí que sólo el amor al prójimo y la grandeza de sentimientos le habían conducido a revelarme un dato tan esclarecedor. La colonia contaba con un oftalmólogo y ya nadie, nadie en absoluto, podría ser acusado impunemente de miopía, astigmatismo o ceguera. La incomprensión del idioma, la dificultad de pronunciar algunas letras, no iban a jugarnos en lo sucesivo la menor mala pasada. Una tranquilizadora perspectiva, sí. Pero éste era otro asunto.
—¡Qué raro! —dije—. Siempre hay un peluquero español en el extranjero y, a menudo —añadí—, se llama Paco…
Pepe se había aproximado al mostrador asintiendo con su cabeza morena.
—Ahora que lo dice… —pero no agregó nada más.
Rosita acababa de fulminarle con la mirada y Pepe bajaba los ojos avergonzado y contrito. Parecía enamorado, muy enamorado.
—El oftalmólogo —concluyó la Consulesa con satisfacción— tampoco se llama Paco.
A partir de aquel día no dejé pasar más de una semana sin darme una vuelta por La Flor, saludar a la propietaria e interesarme por la marcha del negocio.
Me preocupaba, por ejemplo, averiguar la curiosa razón por la que los productos exhibidos en la parte derecha del establecimiento se agotaban antes que los de la izquierda, si ello obedecía sólo a la casualidad o si se trataba de una práctica común entre los comerciantes: situar las marcas de mayor aceptación en las vitrinas más desguarnecidas (en este caso ubicadas a la derecha) y conservar las otras, las que no gozaban del favor de la clientela —y amenazaban por tanto con eternizarse, descomponerse o malograrse—, en modernos aparadores refrigerados y herméticos como los que (en este caso también) aparecían, desafiantes y lustrosos, en la parte izquierda.
Rosita, a pesar de que yo había tomado su mostrador como punto de referencia en mis orientaciones, no parecía demasiado dispuesta a sacarme de mis dudas. Había vuelto a refugiarse en el provocador laconismo de los primeros días y, aunque majestuosa en su puesto de Gran Consulesa o distante en sus labores de flor de España, se la veía cansada, muy cansada, como si hubiera perdido interés por todo lo que la rodeaba o como si, por razones que se me escapaban, estuviera pasando por un período de introspección o de tedio. Pero yo…, ¿qué debía hacer yo? Y además, ¿cómo podía asegurar, sin riesgo a equivocarme, que estaba pasando por un período de introspección y tedio?
Es cierto que más de una vez la sorprendí suspirando, alzando los ojos hacia el techo, apretando los labios o, simplemente, haciendo como que no me veía. Pero también lo es que, con harta paciencia y obstinación, logré arrancarle los secretos del genuino arroz a banda, algunos trucos para salvar in extremis un buen número de guisos, y otras confidencias menores —siempre gastronómicas por supuesto— que yo, ante sus ojos desvaídos, anotaba, con todo cuidado y letra por letra, en un flamante cuaderno bautizado, por cierto, con el nombre completo de la tienda. Uno de aquellos días me presenté en La Flor con un termo bajo el brazo.
—Pruebe —le dije—. Es una buena sopa.
Rosita apretó los labios y suspiró. Me pareció adivinar que se sentía molesta, que no había contado con la eventualidad de que le instara a saborear mis hallazgos culinarios, o que lo que le contrariaba, por encima de todo, era rendirse a la evidencia, verse obligada a admitir la superioridad de cualquier sopa de rabo de buey hecha en casa sobre el caldo del mismo nombre que aparecía machaconamente repetido y enlatado en uno de los anaqueles del establecimiento. O tal vez no. Tal vez el ya consabido mohín obedecía a otras causas.
—No suelo comer entre horas —dijo.
Me alegré. No tanto porque sus hábitos alimenticios me parecieran ejemplares o extraordinarios, sino porque, de repente, la flor volvía a mostrarse tan extrovertida y locuaz como en viejas ocasiones. Rosita no comía entre horas. Un nuevo dato para mi cuaderno.
—Así —dije— que usted no come nunca entre horas. ¿Cómo lo consigue?
La Flor se entregó a un curioso parpadeo y yo, sonriendo, acerqué una silla al mostrador. Pero enseguida me di cuenta de que me había precipitado. Porque durante unos segundos el azul de sus ojos había dejado paso a un blanco espectacular. No se trataba de un tic, de un gesto involuntario, de un movimiento compulsivo al estilo de los muchos que me había parecido detectar en cuanto me veía asomar por la puerta o atendía alguna de mis preguntas, ni menos aún una invitación a tomar asiento junto al mostrador, como erróneamente había interpretado. Aquel blanco —aunque fugaz, pasajero, inaprehensible— era demasiado blanco. El blanco más blanco de todos los ojos que, a lo largo de mi vida, había visto ponerse fugazmente en blanco.
—¿Se encuentra bien? —pregunté alarmada.
—Sí —dijo.
Y, suspirando, se internó en la trastienda.
Pero Rosita no se encontraba bien. Al día siguiente la mujer-ánfora y un hombre que no era Pepe, pero que se parecía enormemente a Pepe, me comunicaron la noticia. «Está indispuesta», dijo la sustituta. Y enseguida el hombre que no era Pepe (pero que se parecía mucho a Pepe) añadió: «Sí, muy indispuesta. No vendrá por aquí en algunos meses».
Todo aquello me pareció raro, afectado, incongruente. ¿No entendemos normalmente por «indisposición» un malestar leve y efímero, un trastorno sin importancia, un achaque aislado y olvidable? Entonces, ¿cómo se puede decir de alguien que se halla muy indispuesto? O mucho peor, ¿qué es lo que lleva a la víctima de tan ligera afección a prever, ya de antemano, un tiempo de reposo, el abandono de sus obligaciones, un período de convalecencia, no de unos pocos días, sino de algunos meses? ¿Y si nos encontráramos ante una dolencia mucho más grave? ¿Ante una auténtica enfermedad?
—Además —intervino la mujer—, está muy ocupada.
Y eso sí era ya del todo imposible. ¿Cómo alguien muy indispuesto puede encontrarse al tiempo muy ocupado?
—No entiendo —dije.
La mujer y el hombre intercambiaron una mirada de connivencia. «Muy ocupada», repitió uno de los dos. «E indispuesta», añadió el otro. Me pareció que se estaban armando un lío y que Rosita, postrada en su lecho de enferma o muy atareada despachando asuntos de importancia tras una mesa de alta ejecutiva, no podía ignorar que sus acólitos se estaban armando un lío. Porque aunque la propietaria se hallara ausente —enferma y ocupada— había algo en el ambiente de La Flor que producía la ilusión de que ella seguía estando allí. En aquel momento se oyó un ruido seco procedente de la trastienda.
—Este establecimiento —dijo la mujer afirmando la posición de las manos sobre las caderas— ha estudiado la posibilidad de ampliar el servicio de reparto.
Me encogí de hombros: ¿qué me podía importar a mí? A no ser, decidí enseguida, que con aquellas palabras se intentara reconciliar dos extremos en principio antagónicos. Rosita, a pesar de sentirse indispuesta, seguía al frente de su negocio (contratando personal, alquilando furgonetas, cotejando itinerarios) para conseguir la perfecta ampliación del servicio de reparto.
—A partir de mañana —prosiguió triunfante, como quien ha conseguido recitar una lección especialmente enrevesada—. Desde mañana mismo podrá usted, si lo desea, realizar sus encargos por teléfono. No importa la cuantía ni hará ya falta que se desplace hasta aquí con tanta asiduidad. ¿Qué le parece?
No me pareció ni bien ni mal. Me hice con la tarjeta que me tendía el hombre y, sospechando que no iba a tener el menor interés en comprobar las excelencias de los nuevos servicios, me despedí y me fui a casa.
Llegó la primavera, corregí exámenes y más exámenes, me saqué un sobresueldo como profesora particular de un ayudante del doctor Arganza, escribí cartas a otras universidades, me impacienté ante la tardanza de las respuestas y me convertí en una habitual de las tertulias de los viernes. Pero no me sumé a los comentarios de los eternos detractores del país del frío. Gudrun, Ingeborg y Svietta me habían recibido con los brazos abiertos y no tardé en formar parte de su pequeño círculo, ese grupo dentro de un grupo, aquella colonia dentro de una colonia, que, ante la contrariedad de algunos contertulios, empezó a agrandarse semana tras semana. Primero fueron unas amigas de Gudrun, después unos compañeros de trabajo de Ingeborg, un día —sólo un día— una tía lejana de Svietta. En una de aquellas cenas Ingeborg me propuso que pasara el verano con ellas en una casa de campo. Me encogí de hombros. Todavía no sabía qué hacer con mis vacaciones. En otra, uno de sus invitados habló repetidas veces de un tal Gert, después de un cierto Olav, hasta que comprendí que el tal Gert y el cierto Olav eran los mismos Gert y Olav que yo conocía y que, por curiosos designios del destino —y ahora me enteraba en casa de Arganza—, se habían convertido en amigos inseparables. ¿Cómo debía encajar aquella inesperada noticia? O mejor: ¿tenía que encajarla de algún modo? Gert y Olav inseparables. El lunes, recordando viejas aficiones, volví a pasear arriba y abajo de la avenida principal, medité sobre el pasado, me planteé el futuro y me dirigí a donde tenía que dirigirme.
La tienda estaba cerrada. Con un enorme letrero (había hecho ciertos progresos en la lengua) me enteré de las razones esenciales de aquella insólita deserción: Nos vamos… Nuevos productos… queridos clientes… Reapertura: 24 de agosto…
Me acordé de Gudrun, Ingeborg y la silenciosa Svietta. «Sí», me dije. «Unos días en el campo me sentarán bien.»
A veces se vestían de no-sé-qué. Gudrun, Ingeborg y Svietta aprovechaban la menor ocasión para vestirse de no-sé-qué. En cuanto se enfadaban con sus maridos o cuando, como ahora, ellos se hallaban de viaje y nos encontrábamos las cuatro en una casa de campo, a una treintena de kilómetros de la ciudad, junto a varias hijas de Gudrun y algunos sobrinos de Ingeborg. Svietta no tenía hijos ni sobrinos. Pobre Svietta. Pero de todas ellas era, sin lugar a dudas, la que con mayor empecinamiento lucía aquellas prendas tan difíciles de definir, a medio camino entre un traje regional y un vestido de calle, pródigas en puntillas, gasas y adornos floreados, acompañadas invariablemente de un mandil y sólo en algunas ocasiones de un accesorio capilar que recordaba una cofia. Sus maridos (lo intuí de inmediato) nunca compartieron su afición por tan autóctonas vestiduras, pero ellas (me lo confesaron al segundo día) empezaban a estar más que hartas de sus maridos. Aquel verano se habían mostrado firmes. No irían a la playa, no visitarían a sus suegras, se olvidarían del sol y permanecerían allí, en el campo, vistiéndose como les viniera en gana, horneando tartas de arándanos y frambuesas y destilando licores de patata, manzana o pera. Me adherí de inmediato a su decisión. Aquello era más que un plante, un capricho, una vulgar venganza por las tertulias de los viernes. Disfruté de compotas y pasteles, engordé tres kilos, avancé prodigiosamente en el idioma y asistí indiferente a la enumeración metódica, diaria y exhaustiva del cúmulo de defectos y atrocidades que —y en eso se mostraban más acordes que nunca— irradiaba cierta península del sur en la que casualmente yo había nacido. Pero entonces, ¿por qué se preocupaban tanto por mí? Les mostré el borrador de mi carta de renuncia, les hablé de mis contactos con posibles sustitutos, de otras universidades, de otros países… Y ellas se pusieron tristes, sinceramente tristes. El último día me emocioné. Ingeborg dejó junto a la bandeja del desayuno un misterioso paquete envuelto en papel de seda. Lo abrí. Era un cuello. Uno de aquellos cuellos, blancos y vaporosos, que —estuvieran o no estuvieran sus maridos— lucían con ostentación sobre un suéter, una blusa o un vestido. Pero aquel cuello era más que un cuello. Llevaba ya demasiado tiempo en el país del frío para ignorar que se trataba sobre todo de un distintivo. Un implacable quién es quién. Una frontera o aduana entre las aborígenes y las extranjeras, las integradas y las turistas, las mujeres de bien, en definitiva… y las otras. Y supe, aunque nada dijeron, captar la profundidad de su mensaje: «Ahora sí, por fin, ahora sí… Ahora empiezas a ser un poco de las nuestras».
Un poco, sí, era cierto. Pero ¿y ellas? ¿Serían alguna vez como yo, como nosotros?
El 24 de agosto, a primeras horas de la mañana, monté guardia frente a determinado negocio de cierta calle angosta. La espera se me hizo larga y angustiosa. ¿Aparecería? A los veinte minutos (con diez de retraso sobre lo previsto), distinguí la ansiada silueta en el extremo de la calle. Ahí estaba ella, avanzando hacia mí con un curioso contoneo de caderas que le desconocía, seguida a pocos pasos de su Pepe, de dos Pepes, de una corte de Pepes que arrastraban cajas de madera, bultos de todos los tamaños y sudaban, sudaban como condenados mientras ella, fresca y relajada, impartía órdenes, sugerencias, consejos. «Más deprisa», «¡despacio!», «no vamos a llegar nunca», «¡cuidado!» Me oculté en un portal, aguardé a que el grupo se situara frente al comercio y la observé con detenimiento. Lucía un bronceado espléndido, se había ondulado el cabello y, encaramada sobre unas increíbles sandalias de tacón de aguja, parecía aún más menuda que de ordinario. Enseguida comprendí la verdadera función de aquellos accesorios desmesurados: acentuar una enanez de la que íntima y secretamente se sentía orgullosa. Y sonreía. Rosita no dejaba de sonreír. Aguardé a que tomara posesión de su feudo, ordenara cajas y paquetes, ocultara el odioso CERRADO y entré.
—Usted… —dijo.
Me pregunté si me habría reconocido al momento, o si el cansino usted… con el que me había recibido no era más que una estratagema de comerciante, una astuta argucia para ganar tiempo y poner en orden, tras un largo y agitado verano, un amasijo de nombres, rostros y recuerdos. Porque ahora era yo quien peinaba la media melena y el flequillo recto de las autóctonas, y aquella mañana, por excepción, había alegrado un viejo vestido con el cuello vaporoso y blanco, regalo de mi amiga Ingeborg.
—¡Cuántas novedades! —dije asistiendo a los intentos de uno de los esclavos por deshacer el precinto de una caja—, ¿Qué hay ahí dentro?
—Pimientos del pico —respondió a mis espaldas la voz de siempre.
Sí, muy bien, pero… ¿y del piquillo? Aquélla era una buena ocasión para aclarar una duda súbita. ¿Había en realidad alguna diferencia entre los unos y los otros? Porque si (como su silencio parecía indicar) no hubiera ninguna en absoluto, ¿no le resultaba extraño que cultivadores, envasadores y comerciantes se empecinaran en fomentar la confusión, en provocar el caos, en llamarlos ora «del pico», ora «del piquillo», en reproducir el error, la distinción inexistente en agresivas letras de molde y etiquetas? Aunque quizá su mutismo obedeciera a la convicción opuesta. Una cosa eran los pimientos del pico y otra, muy distinta, los del piquillo. Sí, ahora, de repente, comprendía que nos encontrábamos ante sutiles pero importantes diferencias —carnosidad, tamaño, precio…— y que ella (y esperaba que no se lo tomase a mal) había incurrido en una curiosa ligereza: olvidarse de incluir en sus flamantes vitrinas una pequeña muestra de ciertos frutos de cierta solanácea conocidos como «del piquillo». Pero ¿se trataba de un olvido? ¿De una ligereza? ¿O nos hallábamos frente a un rechazo inconsciente, un trauma infantil, una aversión personal e inexplicable?
El asunto prometía un diálogo consistente y arduo —o todo lo contrario: anodino y breve—, pero adiviné enseguida que no debía precipitarme. Rosita se había puesto pálida. Del deslumbrante bronceado apenas quedaba el recuerdo, y sus ojos, de un azul transparente, se hallaban fijos en un punto lejano. Entre los congelados y los arroces de Valencia.
—Usted —dijo sin mirarme—, usted… ¿no toma vacaciones nunca?
—En septiembre —me apresuré a contestar con voz cantarína.
entonces se me ocurrió:
—En septiembre… del año que viene. He veraneado ya. En el campo.
Y salí despacito, cruzando la puerta con sumo cuidado, procurando que el tintineo de la campanilla no distrajera a Rosita de sus elucubraciones. Ya en la calle, miré a través de los cristales. Se había desprendido de las sandalias de tacón de aguja y, aunque estaba de espaldas y no podía ver su rostro, supe que sus ojos seguían fijos en un punto lejano.
Entonces lo que había anunciado antes como una broma, una ocurrencia sin importancia, un simple hablar por hablar o completar una frase, se convirtió en una decisión tajante. No entregaría la carta de renuncia ni tomaría en cuenta la disponibilidad de posibles sustitutos. Tenía amigas —Gudrun, Ingeborg, Svietta—, antiguos conocidos —¿no era maravilloso que Olav y Gert se hubieran hecho novios?—, pero sobre todo la tenía a ella. Y ella, Rosita, golpeaba ahora la mesa con el puño, en un gesto enérgico, desusado, inexplicable. Porque, a pesar de que estuviéramos en verano y en un día especialmente soleado, acababa de encender —quizá sin darse cuenta— el rótulo anunciador de su delicioso comercio. Y yo, ¿qué tenía que hacer yo? ¿Entrar otra vez y ponerla sobre aviso? ¿Recordarle los crecientes rumores acerca de una subida en el precio del suministro eléctrico? ¿O cruzarme de brazos y contemplar impávida aquel despilfarro escandaloso? Me encogí de hombros. ¿Por qué no pensar en un mensaje, un guiño, un reto, un «aquí estoy», encantador y desafiante? Miré hacia arriba. La inolvidable tilde volvía a hacer de las suyas sobre la ene. Con una pequeña diferencia. Una ligera, pero tal vez significativa diferencia.
—¿Cómo puede ser —dije entrando de nuevo— que nuestra querida tilde, tan islámica, tan cumplidora y equitativa en sus deberes conyugales, se haya decantado por una de sus esposas con el consabido perjuicio para la otra?
Rosita me miraba con estupor, como si —y eso parecía improbable en alguien tan sagaz— no me hubiera comprendido, o, al revés, me hubiera comprendido demasiado bien y se hallara horrorizada ante la crudeza de mis palabras. Salí a la calle y volví a alzar la mirada. No, no me había equivocado. La Flor era sólo en algunos momentos La Flor de España y en otros, los más, La Flor de Espana. Aporreé el cristal y agité la mano a modo de despedida. «Hasta mañana», dije. Pero no me moví. ¿Cómo podía abandonar a Rosita en aquel estado? Acababa de desplomarse sobre el mostrador, uno de los Pepes la obligaba a oler Agua del Carmen y los otros tres le daban aire con un abanico.
Sin embargo no me decidía a entrar. «Está muy indispuesta», concluí. Y recordando viejas y entrañables anécdotas me encaminé hacia casa. El día era espléndido, me sentía bien en mi piel y ante nosotras, sobre todo, se abría un largo, frío, imprevisible invierno.