Parientes pobres del diablo
RAÚL abrió la puerta. Llevaba corbata negra y el traje oscuro le quedaba estrecho.
—Estás como siempre —dijo con toda la amabilidad del mundo.
—También tú —contesté obligada.
Tenía el cabello blanco y los ojos hinchados. No le hubiera reconocido por la calle.
—Gracias por venir. Te presentaré a mi madre.
La casa estaba llena de gente. Una anciana arrellanada en un sillón respiraba con dificultad. Me sentí incómoda. No había previsto la situación: saludar a la madre.
—Era muy amiga de Claudio —dijo Raúl.
La madre me miró con aire ausente. Parecía sedada y le costaba hablar. Me cogió de la mano.
—Malas compañías —musitó con un hilo de voz—. En los últimos tiempos no era el mismo.
Raúl repitió mi nombre y añadió:
—Es escritora.
—¿Ah sí? —dijo la madre—. ¿Qué escribe usted?
La pregunta me pilló desprevenida. Pero la mujer no esperaba respuesta. Apretó mi mano con fuerza y me clavó una uña.
—Él también escribía. No hacía otra cosa que escribir. Allí —señaló hacia la puerta del pasillo—, en su cuarto.
—Sí, mamá —interrumpió Raúl.
Me tomó del brazo y me llevó aparte.
—Está muy afectada. Supongo que lo entiendes.
—Desde luego —dije.
Entramos en un despacho. En la pared colgaba una orla amarillenta, varios títulos académicos y un pergamino enmarcado. «Su Santidad el Papa Pablo VI bendice a la familia García Berrocal.» Sobre la mesa, bajo una escribanía de plata, vi la carta.
—Aquí estaremos más tranquilos —dijo Raúl.
Olía a cerrado. A libros polvorientos y a papel quemado. Me ofreció una silla. Él se sentó en un sillón giratorio al otro lado de la mesa.
—Es…, era —corrigió— el despacho de mi padre. No sé si le llegaste a conocer.
Negué con la cabeza.
—Una excelente persona. Y un gran abogado. Murió al poco de nacer Claudio.
Me entregó la carta. Dudé entre abrirla allí mismo o guardarla en el bolso. Raúl jugueteaba ahora con un tintero vacío. Entendí que me estaba dando tiempo. Debía abrirla. Y enseñársela. Rasgué el sobre. «Siempre que tome un dry martini piense en mí. Me gusta muy frío, no lo olvide.» Raúl seguía pendiente del tintero.
—Ayer me llamó por teléfono. Primero a mi casa, luego al bufete. Las dos veces me habló de ti. Me contó que os habíais hecho amigos, muy amigos…
Agitó el tintero como si fuera una maraca. Estaba nervioso.
—… Y que probablemente se iría de viaje uno de estos días. No entendí qué tenía que ver una cosa con otra y, la verdad, no le hice demasiado caso. Claudio se pasaba la vida viajando y desde hacía años no nos veíamos mucho. Pero esta mañana…
Se olvidó del tintero y abrió una pitillera de marfil. Me ofreció un cigarrillo.
—Esta misma mañana he encontrado la carta. Estaba aquí, en la mesa del despacho. Con tu número de teléfono y el ruego de que te la hiciéramos llegar. Por eso te he llamado.
—Parece una broma —dije, y le tendí el papel—. O quizás una despedida. Pero no aporta ningún dato que pueda explicar…
—Ha sido un accidente —cortó Raúl, y se caló las gafas—. No tenía motivos para dejarnos.
¿Un accidente? ¿Una carta para mí? ¿Cómo sabía Claudio que iba a sufrir un accidente? ¿Y qué tenían que ver en todo esto las «malas compañías»?
—Sin embargo… —ahora Raúl, visiblemente decepcionado, me devolvía la carta—. ¿Tú sabes si en los últimos tiempos se había hecho de una secta o de algo parecido?
Le miré sorprendida. Raúl pareció arrepentirse enseguida de su pregunta.
—Te ruego que esta conversación no salga de aquí.
Señaló la chimenea.
—Ayer por la tarde, poco antes del… accidente, Claudio encendió la chimenea y quemó un montón de papeles. Esta mañana sólo quedaban cenizas. Pero he podido recuperar esto.
Abrió el cajón del escritorio y me mostró un papel chamuscado. «DEL DIABLO», leí.
—Curiosamente es lo único con lo que no ha podido el fuego.
Encendió un ventilador. El calor del despacho era insoportable.
—Yo no le daría importancia —dije—. Claudio estaba preparando una tesis. Un ensayo.
Iba a hablar más de la cuenta pero me detuve a tiempo. El recuerdo de una antigua improvisación acudió en mi ayuda.
—Un ensayo sobre el Infierno —proseguí—. Dante, El Bosco, Swedenborg…
—Ah —dijo Raúl. Y apagó el cigarrillo.
Yo le imité. Eran pitillos de la época de Maricastaña. De cuando Pablo VI bendijo a la familia o de los tiempos en que el padre se licenció en Derecho. El papel tenía el mismo color pajizo de la orla.
—Un ensayo —repitió.
No dijo más. Durante un buen rato. Permaneció en silencio mirando las colillas y yo, de nuevo, me refugié en Maricastaña. ¿Quién era esa señora? ¿A qué tiempos se refería el dicho? O mejor, ¿en qué época se acudió a Maricastaña para aludir a tiempos imprecisos y remotos? Además, ¿era Maricastaña o María Castaña? Un simple truco para mantener la mente ocupada. Una defensa. Pensar en cualquier cosa menos en la razón por la que yo me encontraba allí en aquellos momentos. En un despacho sofocante junto a un hombre que parecía haberse olvidado de mi presencia.
—¿Por qué lo quemaría? —oí de pronto.
Ahora Raúl me miraba fijamente.
—No estaría satisfecho —aventuré—. O no querría que nadie lo leyera… cuando él ya no estuviera aquí.
Acababa de destrozar la versión oficial. «Accidente.» Raúl suspiró compungido. No se molestó en insistir. Volvió a darme las gracias, se levantó y abrió la puerta. En el pasillo respiré hondo. Por poco tiempo. Una chica llorosa sentada en una banqueta parecía aguardarnos. Raúl le hizo ademán de que se acercara.
—Era su novia —explicó.
—Fui su novia —precisó ella—. Hasta hace unos días.
Me dirigió una mirada llena de recelo. ¿Sabía ella también que yo era muy amiga de Claudio?
—¿Qué le ocurría? No quería hablar con nadie. Ni siquiera conmigo.
No pude responder.
—Y estaba asustado. Muy asustado. ¿De qué tenía miedo?
La chica rompió a llorar. Raúl le palmeó los hombros con cariño. Esperé unos segundos. La situación era embarazosa y yo no pintaba nada allí. Los dejé abrazados en el pasillo, crucé el salón y salí a la terraza. «Siempre que tome un dry martini piense en mí…» Ahí estaba Claudio, su voz, su letra. La misma letra con la que había escrito «DEL DIABLO». Y la misma voz que ahora retumbaba en mis oídos recordándome: «Debemos protegernos… Han nacido para el mal, ¿entiende?».
Todo empezó en México D.F., una mañana plomiza y densa en la que hasta la propia respiración se hacía insoportable. En realidad yo no tenía por qué encontrarme allí. Había acudido a un congreso, el congreso había finalizado, un montón de obligaciones me aguardaban en Barcelona, pero la noche anterior, impulsivamente, decidí aplazar la vuelta y cambiar mi pasaje. Dejé el hotel y, aceptando la invitación de una amiga, me instalé en su casa, en la calle Once Mártires del barrio de Tlalpan. Durante la semana de trabajo apenas había disfrutado de un momento libre. Ahora yo me regalaba siete días. Y lo primero que iba a hacer era tomar un taxi y dirigirme al centro. Mi amiga, en el portal de la casa, intentó disuadirme. «¿Con este día? ¿Por qué no esperas a mañana y vamos juntas?» No le hice caso y aún ahora me felicito por mi suerte. Mañana, quizás, hubiera resultado demasiado tarde. Otras hubieran sido las circunstancias; otros mis pasos. Y nada de lo que ocurrió habría ocurrido.
Subí, pues, a un taxi en Tlalpan, a pocos metros de la casa de mi amiga, indiqué al conductor «Alameda Central» y, una vez allí, me dirigí paseando a la calle Madero. Era mi segundo viaje a México. El primero se perdía sin fecha en el tiempo (¿quince?, ¿dieciocho años?), pero ahora recordaba cómo ya entonces me había sorprendido el silencio. Madero estaba repleta de ambulantes, también los aledaños del Zócalo o el atrio de la catedral, y, sin embargo, lo que se oía era apenas un murmullo, un lejano rumor, un agradable bajo continuo. Parecía un sueño mudo. El copión de una película sin sonorizar. Me sentía a gusto. Entré en la catedral, visité el Museo del Templo Antiguo, compré jabón de coyote y ungüentos milagrosos, dejé que, a cambio de la voluntad, me tomaran la presión unas chicas vestidas de enfermera, me pesé en una báscula, admiré algunos zaguanes coloniales, continué callejeando sin rumbo… Y de pronto lo vi. ¡El diablo!
Estaba apoyado en el morro de un coche, no lejos de su negocio, un pañuelo extendido en el suelo sobre el que exhibía su mercancía. Era alto, muy alto, de piel curtida y brillante, algo rojiza. Tenía los ojos desafiantes y vidriosos. Retrocedí unos pasos. Por nada del mundo quería encontrarme con su mirada, pero tampoco podía dejar de observarlo. Era guapo. Aunque todo en él me repeliera, aunque su visión me provocara el rechazo físico más grande que he sentido en toda mi vida, debo reconocer que respondía a las características de lo que se puede entender por un hombre guapo. Parecía arrancado de una película mexicana de los cincuenta y parecía también que todos los demonios de guiñol del mundo lo hubieran tomado por modelo. Recordé el mío, el títere que tuve en casa, de pequeña, su rostro reluciente, las cejas arqueadas, la sonrisa. Lo reviví arrogante, asomando por la ventana de un teatrillo y, muchos años después, derrotado en el cubo de la basura, manco, con la cabeza desplomada sobre el harapo en que se había convertido su túnica. El diablo de ahora tenía sus cejas, el color de su piel, su brillo. Y seguía allí. Apoyado en el morro del coche, fumando indolentemente, sin abandonar su media sonrisa. El humo, al surgir de la boca, se detenía un rato flotando en el aire. Era un humo infernal, como el de los cromos de mi infancia, como la arrogante sonrisa y los ojos vidriosos. En un momento se incorporó y me admiré de que fuera todavía más alto de lo que había creído. Acababa de alzar el brazo y daba una indicación a su ayudante. Sólo entonces reparé en que tenía un ayudante. Estaba de rodillas junto al pañuelo extendido. Y parecía tonto. Un alma de Dios. Un simple. ¿Cómo, si no, se prestaba a servir a aquel diablo? Apenas podía abrir los ojos, y con la boca le ocurría justamente lo contrario. Le costaba cerrarla. O no acertaba a hacerlo. Me fijé en lo que vendían. Ídolos, personajes desconocidos en el santoral, demonios… Aparté la vista del suelo y volví al diablo. Había recuperado su posición indolente junto al coche y seguía fumando. Temí de nuevo que descubriera mis ojos fijos en su rostro y me taladrara con la mirada. Pero antes de retirarme, antes de volver la vista al pañuelo y a las burdas réplicas de su persona, comprendí de pronto qué era lo que me había sobresaltado. Su entorno. El diablo iba más allá de sí mismo. Algo emanaba de él. Una especie de aura maléfica que prolongaba sus contornos y me mantenía prisionera como el pájaro que ha sido hipnotizado por la boa, y aunque podía moverme —retroceder— no lograba dejar de observarlo. Pero ¿qué era lo que desprendía, lo que no le abandonaba, aquello que se resistía a fundirse con el denso aire del D.F.? Una nube sutil. Una atmósfera enrarecida. Vicio, pensé. Abismo. Abyección. Tinieblas… Nunca estas palabras, pensadas en mayúsculas, me parecieron tan vanas, incompletas e inútiles. Me encontraba frente a algo que no había visto en toda mi vida. Un diablo mexicano (y ambulante) de cuya media sonrisa surgían impertérritos aros de humo.
Volví a la plaza y alcancé Madero. De pronto sólo deseaba tomar un taxi y regresar al apacible Tlalpan. Pero no lo hice. A la izquierda vi un hotel —Hotel Majestic— y mi propia voz de otros tiempos se dejó oír en el silencio del Zócalo. «En este hotel me gustaría vivir.» Era curioso. No lo recordaba, lo observaba como si lo viera por primera vez —la entrada discreta, el anuncio de una terraza sobre la plaza—, pero esa voz, la mía, me hablaba de que, hacía un montón de años, yo me había detenido precisamente allí. En aquella misma puerta. ¿Lo había hecho? Obedecí a la voz que recordaba lo que yo había olvidado. Entré. El recepcionista me indicó el ascensor. Arriba, ya en la terraza, me sentí a salvo.
Pedí un dry martini, bebí un sorbo y la imagen del vendedor y su triste ayudante apareció ante mis ojos. Ahora los podía revivir a distancia, segura en mi burbuja, admirarme del efecto que me habían causado los ojos llameantes, el brillo de la piel, la media sonrisa. Intenté convencerme. Aquel hombre, aquel desgraciado, no era más que un pobre diablo. Poco importaba que se dedicara a la magia negra o se limitara a vender figuras que se le parecían. Su vida de ambulante tenía que ser dura. Al asistente debía de pagarle la comida y gracias, y los exiguos beneficios del tenderete apenas le alcanzarían para atender a sus necesidades. Alcohol de ínfima categoría, tabaco, mujeres todavía más miserables que él, más desgraciadas. Aunque, a su manera, se le viera radiante, con un gesto de desafío que estúpidamente me había impresionado. Porque, a salvo en la terraza-burbuja (y olvidando la estela infernal que había creído apreciar momentos antes), todo de pronto empezaba a parecerme exagerado, absurdo. Quizás, años atrás, el apuesto vendedor había sido diablo de feria. O charlatán. O titiritero. O actor caído en desgracia. Y consciente de su miseria y de su atractivo había montado un pequeño negocio con el que impresionar a incautos. ¡El diablo que vendía diablillos! En aquellas burdas figuras que reproducían sus rasgos, los infelices veían la prolongación de su oscuro poder. ¿Quién podía resistirse? La puesta en escena era magnífica. Y lo demás —mi desconcierto, la impresión, el susto— se debía tan sólo a lo inesperado. A la altura. A la contaminación. Al bochorno… Un montón de factores.
Pedí otra copa. El camarero asintió con la cabeza y continuó su recorrido con el bloc de pedidos en la mano. Le seguí con la mirada. «Dry martini», oí. Y enseguida: «Muy frío, por favor». Me sorprendió la precisión. «Muy frío.» ¿Alguien temía que le sirvieran un dry martini tibio o a temperatura ambiente? Me fijé en el cliente. Estaba de escorzo y parecía absorto en un montón de folios desperdigados sobre la mesa. Había algo en su aspecto que no me resultó desconocido. ¿El congreso, quizás? No, no era del congreso, sino de antes, de mucho antes. ¿Barcelona? ¿La facultad de Derecho? En aquel momento una hoja se le escapó de las manos y tuvo que volverse para recogerla del suelo. ¡García Berrocal!, recordé de pronto. Y, admirada por haber sido capaz de componer el nombre completo, me acerqué a su mesa.
—Berrocal —dije—. Esto sí que es una sorpresa.
Pero más que una sorpresa era un milagro. Berrocal aparecía como un ángel en el momento en que yo intentaba olvidarme del demonio.
García Berrocal se quitó las gafas de concha y me miró guiñando levemente los ojos. No me había reconocido, eso estaba claro.
Pero en un gesto de cortesía (o tal vez únicamente para darse tiempo) hizo ademán de levantarse y de ofrecerme una silla.
—Siéntese, por favor.
Quise ahorrarle el mal trago y le di mi nombre. Como no parecía reaccionar añadí: «Barcelona. Derecho. El bar de la facultad de hace un montón de años». Ahora sí esbozó una sonrisa. Pero hacía ya un rato que la angustiada era yo. ¿Por qué tanta alegría al descubrir a García Berrocal bajo una de las sombrillas del Majestic? Hacía muchísimo que no le veía y si me lo hubiera encontrado en cualquier terraza de Barcelona mi reacción no habría pasado de un saludo cordial, de mesa a mesa. O ni siquiera. Quizás habría disimulado, no lo sé. El diablo, me dije. Todavía estoy bajo la impresión del diablo y hago lo que no debería hacer. Como también, ¿por qué demonios había tenido que ser yo quien tomara la iniciativa? Berrocal y yo nunca fuimos amigos; sólo compañeros. Ni siquiera estudiábamos en el mismo curso. Coincidíamos en el bar, eso era todo. Él con sus amigos de inevitables blazers de botones plateados; yo con los míos, de largas melenas y jerséis de cuello vuelto. Ellos hablaban de finanzas, nosotros de teatro. Pero en alguna que otra ocasión Berrocal y yo habíamos charlado animadamente frente a un café, en la barra. «Los del teatro» le debíamos de parecer exóticos, desprejuiciados, bichos raros objeto de atención. O tal vez se trataba sobre todo de marcarse un tanto frente a los de su grupo. El nuestro tenía fama de círculo cerrado, pero para él, hombre de mundo, no existían impedimentos ni fronteras. Y lo que más me molestaba ahora era que Berrocal se conservara en un estado físico perfecto, mejor incluso que en aquellos lejanos tiempos, y yo, por lo visto, estuviera tan deteriorada que costara un esfuerzo sobrehumano reconocerme. Todo esto lo pensé muy deprisa. O, más que deprisa, a una velocidad vertiginosa. Porque la sonrisa no había desaparecido aún de sus labios cuando oí:
—Ya entiendo. Usted se refiere a Raúl. Y yo soy Claudio. Pero, por favor… —y volvió a indicarme una silla—, Raúl es mi hermano.
Ahora sí me senté. Mi confusión me absolvía del ridículo.
—Sois clavados —dije admirada.
—Eso dicen. Los que le conocieron hace tiempo —se caló las gafas y ordenó el montón de papeles—. Nos llevamos casi veinte años.
Tenía que haberme dado cuenta. El parecido era asombroso, pero era imposible que Raúl, ni nadie de la edad de Raúl, se mantuviera tan fresco. Debería de estar en los cincuenta y pocos. Como yo. Y aquel chico no aparentaba ni siquiera treinta.
—Sí —dije riendo—, era sorprendente, pero por un momento creí que tú, es decir, Raúl… Creí que Raúl había hecho un pacto con…
Me detuve en seco. El me miró interesado.
—¿Con… el diablo?
Y entonces ya no me pude contener. Le expliqué que estaba aún bajo el influjo de una emoción, de un susto. De un estremecimiento impropio de una mujer hecha y derecha. Que hacía apenas unos minutos, muy cerca de allí, en los aledaños de la plaza, me había puesto a temblar como una niña. Y mientras le contaba los pormenores del encuentro, comprendí la razón por la que me había precipitado a saludar a un antiguo compañero de facultad. Necesitaba liberarme de la impresión. Desahogarme. Repetir en voz alta: «¡Qué tontería!». Rebajar el motivo de mi susto con palabras como «desgraciado», «pobre diablo», «títere de feria»… Y eso era precisamente lo que estaba haciendo, no ante Raúl sino ante Claudio, apurando mi segundo dry martini —el camarero, sin molestarse en preguntar, había dejado las dos copas sobre la mesa—, intentando distanciarme de una maldita vez de los ojos vidriosos, la tez brillante, la arrogante sonrisa, del aura infernal o de los aros de humo que se negaban a fundirse con el aire.
—Y eso que a mí el infierno nunca me dio miedo —proseguí—. Ni el infierno ni sus habitantes. Jamás. Ni siquiera de pequeña…
El chico (ahora lo veía así, un chico, un joven con rasgos propios, cada vez menos parecido a su hermano) me escuchaba con atención. ¿Interés? ¿Cortesía? ¿Simple curiosidad? En un momento, sin dejar de escucharme, puso orden en la montaña de folios. Yo me detuve. Acababa de distinguir dos palabras. Y creí comprender que aquel chico de rasgos propios, cada vez menos parecido a su hermano, me estaba tomando el pelo.
—Haber empezado por ahí —dije—. Tú también lo has visto.
Me miró con sorpresa.
—Y me has dejado hablar como una estúpida. No ibas a decírmelo, ¿verdad?
Señalé las hojas del manuscrito.
—Has sido rápido. Pero yo más. Ahí esta escrito: «Pobre diablo».
Claudio García Berrocal se puso a reír. Buscó el folio que había ocultado y me lo mostró. Ahora pude leer con claridad: «Parientes pobres del diablo». Me miró con condescendencia, con —diría incluso— cierta pedantería.
—Una cosa es un pobre diablo, y otra muy distinta un pariente pobre del diablo.
Y como si ya no hubiera nada más que explicar guardó el manuscrito en una carpeta. Me sentí ridícula, ignorante, avergonzada por mi actitud avasalladora. No sólo irrumpía en la mesa de un desconocido sino que, además, me atrevía a mirar de reojo sus papeles. Un atropello.
—No le pega ser amiga de mi hermano —dijo de repente—. No se parecen en nada.
Me encogí de hombros. ¿Era bueno no parecerme a Raúl, a quien apenas conocía? ¿O todo lo contrario y eso explicaba lo bochornoso de mi conducta? Raúl, comedido, peripuesto, enfundado en su eterno blazer, jamás se hubiera comportado como yo lo estaba haciendo.
—Coincidimos en la facultad —aclaré a modo de excusa.
Claudio volvió a sonreír.
—¿Tiene planes para esta noche? Me gustaría invitarla a cenar.
Estaba anonadada. Confusa. Con un montón de preguntas que no acertaba a formular. La atmósfera densa me impedía respirar con normalidad. Me ahogaba. Volví a encogerme de hombros. Y sólo entonces caí en la cuenta de que Claudio no había dejado de tratarme de usted desde que me senté a su mesa. ¿Los «casi veinte años de diferencia»? Cada país, en esta delicada cuestión, tiene sus usos. Pero Claudio y yo veníamos de la misma ciudad, nos encontrábamos en México, yo le había hablado como si nos conociéramos desde hacía tiempo, él acababa de invitarme a cenar, los dos bebíamos dry martini y, sobre todo, se habían dado ya demasiadas coincidencias como para empeñarse en mantener distancias.
—Sería más cómodo que me tutearas —propuse—. ¿No te parece?
—No —dijo.
Pidió la cuenta.
Claudio me recogió en Once Mártires a las ocho en punto e indicó al taxista el nombre de un restaurante de Coyoacán. Conocía el local. Había almorzado allí un par de veces en los días de congreso, la carta no tenía nada de particular y el servicio era lento. Me sorprendió que Claudio lo hubiera escogido para nuestra cena.
—No le gusta, ¿verdad? —preguntó nada más sentarnos.
Me encogí de hombros. Aquel chico tenía la virtud de desconcertarme. Y yo, ante el continuo desconcierto, no encontraba nada más original que encogerme de hombros.
—Me muero de hambre —dije—. Y tengo algunas preguntas que hacerte.
Él me miró sonriendo.
—También yo.
No quise que me desviara de mis intereses. Entré a saco.
—Esta mañana, en el Majestic, hablaste de ciertos «parientes pobres del diablo»…
—Pero antes de que usted espiara en mis papeles el tema era otro. Me contaba, si no recuerdo mal, que el infierno no le daba ningún miedo…
Iba a protestar, a decirle que mi infierno no tenía el menor interés, a rogarle que pasáramos de una vez a su manuscrito, a la mayor coincidencia o casualidad de la extraña mañana, a la razón, en definitiva, por la que me hallaba allí en aquel momento. Pero no me dio tiempo a hacerlo. Claudio me miró con expresión de niño.
—Por favor —dijo.
Y me encontré recordando el infierno de mi infancia. Un lugar cercano, familiar. Un reino de cuento que no podía producir el menor espanto. Era curioso. Aquel infierno, sepultado en la memoria, resurgía por segunda vez en el mismo día. Primero por la mañana, bajo una de las sombrillas del Majestic, como contrapunto apacible de la impresión que me había causado el feriante, y ahora, de noche, cuando nos disponíamos a cenar en un concurrido restaurante de Coyoacán.
—En el infierno no sucedía nada en particular —dije—. O quizá lo importante del infierno era lo que no dejaba de suceder.
Claudio sacó papel y lápiz. Me pareció exagerado. E inoportuno. Pero ya había empezado a hablar.
—Desde muy pequeña me acostumbré a contemplarlo en sesgo, en sección, como una lámina de geología en la que se distinguen los estratos, los sedimentos, la distinta composición de los materiales. Como los interiores de un derribo…
Ésa era la imagen. Un edificio en demolición. Un derribo. La había sacado a relucir con la probable intención de acabar cuanto antes. Pero lo cierto es que me recreé, tal vez más de la cuenta, en papeles estampados, rectángulos descoloridos, huellas de tuberías, restos de cisternas, azulejos de baños y cocinas… Siempre me han atraído los derribos. Nada me gusta más que imaginar la vida de sus antiguos ocupantes. Inventar su historia, reconstruir lo que ha sido derruido, distribuir las estancias, adjudicar dormitorios y despachos, y colgar —en los espacios descoloridos— cuadros, espejos, fotografías y retratos. Supongo que es un juego compartido. Me cuento entre los ociosos paseantes que pueden pasarse horas contemplando un derribo. Pero hay algo que me impresiona especialmente. Los conductos, las tuberías, las escaleras… O, mejor, la sombra de antiguos conductos, tuberías y escaleras, descendiendo desde el ático hasta el sótano, unificando pinturas y papeles, destrozando la ilusión de los antiguos inquilinos, de las familias que habitaron en sus pisos y que, tal vez, ni siquiera llegaron a conocerse entre ellas. Aquellas viviendas, que en su momento creyeron únicas e independientes, no eran más que una parte insignificante de una organización superior. De un engranaje.
—En mi infierno —y ahora sí, por fin, contestaba a la curiosidad de Claudio— sucedía algo parecido.
Porque allí estaban también las distintas dependencias, los conductos que unificaban los niveles, los habitantes firmes en sus puestos. Sólo que, en aquella lámina animada, todos sabían que estaban trabajando para todos. Como en una colmena de abejas. La sección de una fábrica en plena actividad. Nunca supe muy bien qué es lo que hacían, pero, cada vez que alguien pronunciaba la palabra «infierno», veía a sus moradores entregados a una laboriosidad constante. Naves subterráneas que se comunicaban unas con otras por juegos de poleas y cadenas; rieles por los que circulaban cubos de agua ardiendo, sacos de carbón, vagonetas de astillas y maderos para que el fuego —ésta era la única finalidad evidente—, situado en las entrañas de la tierra, no se extinguiera nunca. También, como en una fábrica manchesteriana, había clases. Los esforzados diablos de las profundidades iban semidesnudos, sudaban copiosamente y se perdían entre llamas y humaredas. A medida que se ascendía y el calor se hacía más llevadero, se les veía menos atareados, vestidos de negro, y, en fin, en la superficie (desde el punto de vista del infierno) estaban los peces gordos. Iban también de negro, se les veía frescos y relajados, y lucían unas impresionantes capas rojas. Y eso era todo. Muy claro, muy nítido. Muy infantil.
—Delicioso —dijo Claudio después de un silencio.
Arrugó el papel. No había tomado una sola nota.
—Y efectivo. Jamás en el colegio lograron asustarme.
—Sin embargo, esta mañana…
Lo hice. Volví a encogerme de hombros. Pero esta vez no me importó lo más mínimo.
—Ahora te toca a ti —dije.
Y agotada por la longitud de mi discurso —¿por qué no me había limitado a despachar el tema en un par de frases?— me dispuse a escuchar. Claudio pidió dos copas, recordó al camarero que estábamos esperando la carta y me miró fijamente, con un brillo especial en los ojos. Tuve la sensación de que sólo entonces empezaba la noche.
—Quedamos en que una cosa es un pobre diablo y otra muy distinta un pariente pobre del diablo. Olvídese del desgraciado del Zócalo. De su rostro reluciente y sus cejas arqueadas.
Bajó el tono de voz y adelantó la cabeza.
—Los otros, los verdaderos parientes, no tienen por qué distinguirse ni de usted ni de mí.
Ahora fui yo quien adelantó la cabeza.
—Ellos ignoran lo que les ocurre. En el fondo son dignos de lástima.
Miró a derecha e izquierda y bajó aún más el tono de voz.
—Pero debemos protegernos. Han nacido para el mal, ¿entiende?
—Sí, claro —dije.
¿Estaba rematadamente loco Claudio García Berrocal? La irrupción del camarero me permitió unos instantes de respiro. Sólo unos instantes. Enseguida nuestras cabezas volvieron a reunirse en el centro de la mesa.
—Viven aquí, entre nosotros. En su casa —y subrayó misteriosamente su casa— no los quieren.
Sentí un estremecimiento. El vendedor ambulante —grotesco, inofensivo, folclórico— había quedado olvidado definitivamente en el Zócalo, y en su lugar unas figuras borrosas, sin rasgos ni características definidas, revoloteaban ahora en torno a la mesa.
—Es difícil detectarlos, pero no imposible. Se necesita paciencia y constancia. Y a menudo son ellos los que terminan por delatarse. Recuerde: «Por sus obras los conoceréis».
A partir de ahí todo, de nuevo, como por la mañana, sucedió muy rápido. Pero ahora no era yo quien intentaba narrar a un desconocido un cúmulo de sensaciones. Claudio seguía hablando y las condiciones o particularidades de todo pariente pobre del diablo se me aparecieron enseguida claras y diáfanas. El infierno ya no era sólo una lámina coloreada y cortada en sesgo mostrando la actividad frenética de sus moradores. Las clases, las diferencias sociales, iban más allá del trabajo desempeñado. Del lugar o la distancia con relación a la superficie. De que vistieran capa roja o fueran semidesnudos, agobiados por el humo, con los rostros tiznados sobre los calderos o las espaldas encorvadas por el peso de los leños. Ahora veía sus mentes. Inteligentes, rápidas, sagaces. Diabólicamente activas, preclaras, ingeniosas. Maquinando sin tregua, gozando del mal, inmersas en un torbellino de ideas y planes, reunidas en cónclaves en los que no hacía falta hablar, asaeteándose con nuevas iniciativas y propuestas. Salvo unos cuantos. A éstos les costaba más rato que a los otros entender, participar, seguir el ritmo vertiginoso. Eran un agobio, una rémora, una molestia.
—Por eso están entre nosotros —repitió—. En su casa —y ya no hacía falta precisar cuál era su casa— no los quieren.
Pero todo en la vida es relativo. Lo que en el infierno puede resultar torpeza, aquí, en el mundo, se convierte en sagacidad. Los parientes pobres, expulsados a su pesar de su lugar de origen (algo que no recuerdan, pero íntimamente añoran), convertidos en mortales, se mueven por la vida disgustados e inquietos. Son más inteligentes que la media. Astutos, brillantes; a menudo, incluso, encantadores. Muchos, deslumbrados por sus habilidades, les creen genios, y ellos, halagados, intentan aferrarse a esa convicción. Pero nada les basta. Su orfandad les traiciona. En medio de un sueño, de una pesadilla, despiertan sobresaltados sospechando que en otro lugar, en otro momento, «no dieron la talla». Terrible verdad, pero ¿cómo aceptarla? Fingen —y eso lo aprendieron allí, en su lugar de origen— todo lo contrario de lo que son; es más, puede que algunos lleguen sinceramente a creer en su propio engaño. Su vida, por tanto, está llena de dobleces. De insidias, de marañas, de retorcidas maquinaciones, de malentendidos… Siempre a su favor. A veces se tarda bastante en descubrirlos (son hábiles, no lo olvidemos) o, simplemente, no se les descubre nunca.
—Su destino es el mal y aunque es cierto que ese mal torpón, el único que son capaces de practicar, allá, en su casa, sería motivo de desprecio o burla, aquí todavía resulta efectivo. Son diablos de tres al cuarto. Parientes pobres… Pero diablos al cabo, no lo olvide.
No sé cuántas veces más apareció y desapareció el camarero ni puedo recordar lo que comimos y bebimos durante la cena. Una luz acababa de prenderse en mi interior y las figuras indefinidas que antes revolotearan en torno a la mesa adquirieron de pronto rasgos reconocibles y precisos. Y eso no fue todo. Con la misma rapidez desfilaron sobre el mantel situaciones de mi vida que había arrinconado en la memoria por absurdas e incomprensibles. Hechos puntuales. Episodios inexplicados. Amistades rotas. Proyectos fracasados. Pasajes borrosos. Malentendidos. Sí, terribles malentendidos de los que yo no había salido precisamente bien parada. Y… veneno. Eso era exactamente. Veneno. Algunos de aquellos rostros, hermosos, apacibles, seductores, destilaban —ahora me daba cuenta— veneno. Empezaba a comprender. Eternamente insatisfechos, compelidos a perjudicar al prójimo, a no perder jamás, a enmarañar situaciones. Siempre a su favor. Saldo positivo para sus intereses. Así eran ellos. La estirpe de «los parientes pobres del diablo». Tanto más peligrosa que cualquier otra por no distinguirse en apariencia «ni de usted ni de mí». O porque ni siquiera ellos mismos «saben lo que les pasa». O porque, en fin, no tienen limitaciones o cargas como los vampiros, ni nacen con señal alguna que los identifique, como los infelices inmortales del lejano y terrible Luggnagg de Jonathan Swift.
—Magnífico —dije cuando ya en el comedor apenas quedaban tres mesas—. Pero no se te ocurra ir contándolo por ahí.
Claudio me miró con sorpresa.
—Has encontrado un filón. Un tema espléndido. Y no sería raro que te pisaran la idea. Aunque sólo fuera para un artículo. «Parientes pobres del diablo.» Suena muy bien.
Ahora yo me sentía experta, resabiada, dispuesta a colaborar en la medida de lo posible con mis consejos. Y feliz. Hacía tiempo que nadie me embarcaba en su mundo con la habilidad y el arte de García Berrocal. Recordé los días de congreso, las lecturas de los autores, las charlas… Ninguno de los ponentes podía comparársele. No sabía aún cómo escribía Claudio ni en qué consistía exactamente la trama de lo que se llevaba entre manos. Pero el tema era potente. Una llave que revelaba pasajes oscuros y olvidados de cualquier lector. Una forma nueva de explicar la vida.
—¿Qué será? —pregunté—. ¿Una novela? ¿Un cuento?
Claudio me fulminó con la mirada.
—Es un estudio. Una tesis.
Imaginé a Claudio leyendo Parientes pobres… ante un circunspecto tribunal y dudé entre echarme a reír a carcajadas o huir despavorida. García Berrocal volvía a parecerme un loco, un iluminado, y yo estaba buscando mentalmente cualquier excusa para regresar sola a Tlalpan. Sería difícil. Iluminado o paranoico, aquel chico era cortés. Me acompañaría quisiera o no. Y también demasiado despierto para no adivinar, en el caso de que me decidiera a seguirle la corriente, todo lo que estaba pasando por mi cabeza. Me puse a reír. Unos segundos más tarde de lo razonable. A destiempo. Como el espectador de una película que sigue los diálogos por los subtítulos.
—Una tesis que no aspira a ningún grado académico —prosiguió— ni someteré jamás a la aprobación de un tribunal. O, si prefiere, un ensayo.
Y casi enseguida, en un falso tono de inocencia:
—¿Es usted lectora de ensayos? ¿O se limita exclusivamente a la ficción?
Me estaba llamando idiota. A las claras. Y en el fondo lo tenía bien merecido. Claudio me había regalado una noche insólita y yo le pagaba con una risa a destiempo.
—Dejémoslo —dije únicamente.
Era tarde. Los camareros empezaban a apilar sillas y a apagar lámparas. Nos pusimos en pie. Apenas quedaban un par de mesas.
—No son cuentos —insistió, pero ahora volvía a parecer un niño—. Y usted lo sabe. Hace un rato la adiviné hurgando en sus recuerdos. Déjese de prejuicios y atrévase a afrontarlo. Aunque no lo entienda.
Le sonreí. Había decidido seguir su juego.
—Mañana invito yo —propuse, y él no se sorprendió de mi iniciativa—, Tendrás una segunda oportunidad para convencerme.
Y en un tono tal vez demasiado alto recité:
—¡Parientes pobres del diablo!
Claudio se llevó el dedo a los labios, me ayudó a ponerme la chaqueta y susurró:
—En adelante PPDD.
Y como si acabáramos de sellar un pacto que me convertía en socia, colaboradora o secretaria, sacó un cuaderno del bolsillo y me lo entregó sonriendo. Lo abrí. Tal como suponía, las hojas estaban en blanco.
Los PPDD nacen; no se hacen. He aquí la premisa fundamental, aunque también el principal escollo, ¿Cómo distinguir un auténtico PPDD de un simple imitador o un émulo?
El pariente nato se ve compelido al mal, cierto. La inclinación está en su naturaleza. Pero no todos la desarrollan en igual medida, ni a la misma edad, ni cosechan parecidos resultados. Puede darse el caso (aunque muy raro) de legítimos PPDD que no hayan tenido la ocasión de cometer una sola iniquidad en toda su vida y mueran, por decirlo así, sin estrenarse. El entorno —factor de extrema importancia en el desarrollo de inclinaciones y poderes potenciales— ha sofocado sus instintos o, más raro aún, no les ha ofrecido el menor resquicio para manifestarse. Puede ocurrir también que falsos PPDD (admiradores, émulos, aprendices) se comporten como si fueran verdaderos. Eso ya es más común. Los parientes legítimos, en pleno uso de sus facultades, brillantes, envidiados, acostumbrados a vencer, suelen arrastrar tras de sí una pequeña cohorte de incondicionales. Son escuderos. 0, si se quiere, valets de chambre. Seguidores confesos que cierran filas en torno a sus maestros, desacreditan a todo aquel que no comparta su fascinación y contribuyen, con su entrega, a agigantar el poder de los titulares y a propagar la onda nociva de sus actos. Pero que nadie vea en todo esto una rebaja de su peligrosidad ni menos aún de su valía. Algunos, miembros destacados en sus profesiones, no necesitarían de esa adhesión para triunfar en sus empresas. Pero escogen el camino más directo. Imitar a su ídolo. Difundir, como él, especies venenosas, descalificar al contrincante, crear líos, equívocos, telas de araña. Y salir indemnes como sus modelos.
No todos lo consiguen. El problema de los epígonos nace de su misma condición. Sólo son epígonos. A lo más, aprendices aventajados. Y aunque conviene guardarse de ellos y mantenerse a distancia, no revisten la peligrosidad de los auténticos. Su propensión al mal, por otra parte, suele resultar pasajera. Pecado de juventud, en muchos casos. Indefiniciones de carácter. Exceso de admiración. Idolatría. Toma de partido, sin fisuras, por aquellos a los que creen genios. Gran parte de esta falsa parentela termina reformándose con los años. O se conforma con logros de poca monta y se retira. O el propio maestro —cuya tendencia al mal es incontenible—, un buen día, sin otra razón que su soberbia, aparta a los más fieles de un zarpazo. Los auténticos PPDD no saben de lealtades ni agradecimientos (para empezar, apenas saben nada de sí mismos). Por eso su círculo de amistades es cambiante y algunas de sus víctimas (amigos, valets o antiguos escuderos) se lamentarán, aunque demasiado tarde, de los años malgastados en su compañía. Porque —en el caso de los valets y los escuderos— nada podrán —lo saben— contra el que fue su ídolo. Y recordarán la larga lista de damnificados —a cuyo deshonor contribuyeron con sus chanzas— de la que pasarán en breve a formar parte. Y como algo han aprendido en ese tiempo (además de remedar las acciones de los jefes y extender su perniciosa área de influencia), se descubrirán perdidos sin remedio. Contraatacar sería un suicidio. Los PPDD, amén de muchas habilidades, poseen la notable oportunidad del escaqueo, resultan escurridizos como anguilas y se las ingenian, sin dejar la menor huella, para alterar, en un abrir y cerrar de ojos, la disposición de las fichas de un tablero. Siempre salen indemnes, ya se ha dicho. Y los que se les enfrentan, abatidos. Los parientes pobres se sirven de las situaciones como boomerangs. Nadie les iguala en su manejo. Y a los ojos del mundo —que no sabe de su origen ni del carácter extraordinario de sus artes— son las víctimas ocasionales, precisamente, quienes cargan con las taras morales del verdugo. Nada más fácil para un PPDD. Desacreditar, ridiculizar, quitarse de delante a los que le molestan. Y disparar con certera puntería el arma que mejor dominan: la palabra.
No es que sean excelentes oradores. Lo son en general, pero no siempre. Puede que algunos arrastren torpemente ciertas letras, no controlen el tono de su voz y seseen —o ceceen— sin venir a cuento. El arte de Sherezade, sin embargo, no tiene secretos para ellos. Saben cómo seducir, embaucar, mantener la atención y, sobre todo, dar con la dosis precisa de veneno y soltarla en el aire en el momento exacto. A su manera, pues, resultan invencibles. En la palabra y también en el silencio. Nadie como ellos para callar cuando no deben, omitir hechos, silenciar nombres, contribuir al error o la injusticia y jubilar o desterrar con su mutismo a todo aquel que pudiera hacerles sombra.
Son así, no pueden evitarlo. Marrulleros, arteros, maliciosos. Lo llevan en la sangre. Como también el especial encanto —sin el cual nada de lo anterior se entendería— que irradia su presencia y les hace tan temibles. Nacieron así. No es mérito ni culpa. Pero sufren. Nada les sacia ni nunca son felices. Y es ahí por donde se les pilla fácilmente. En la constancia de sus dobleces, en la insistencia de sus taimados ataques, en la insatisfacción vital que no les abandona y (para los que compartan su intimidad y su lecho) en ciertas noches agitadas en las que añoran lo que no recuerdan.
(Hasta aquí el resumen —incompleto— de mis primeras conversaciones con C.G. Berrocal.)
Volví a cenar con Claudio. Al día siguiente, al otro y también la última noche ante de abandonar el D.F. En realidad no hice otra cosa que cenar con Claudio. Mi amiga, vencida su inicial sorpresa, se comportó como una anfitriona comprensiva. Yo, desde el primer momento, como la peor de las invitadas. Me sentía en falso e inventé una excusa. Una media verdad plagada de mentiras. García Berrocal, antiguo compañero de facultad, estaba preparando una tesis de licenciatura. No es que García Berrocal, que tenía mi edad, fuera un retrasado, ni tampoco que retomara ahora estudios abandonados hacía tiempo. Berrocal, después de Derecho, había estudiado Literatura y Filosofía y unas cuantas carreras más, y el caso era que, al encontrarnos por pura casualidad en el último piso del Majestic, me contó que se había quedado bloqueado y terminó pidiéndome que le ayudara. Su tesis (decidí) versaba sobre el Infierno. El Bosco, Dante, Swedenborg… (mi voz sonó tan firme que yo misma me quedé sorprendida). Estaba haciendo un bonito trabajo y el hecho de confesar sus dudas en voz alta le iba muy bien para recuperar el hilo. Por lo demás era un tanto obsesivo y un poco pelma. Pero no podía negarme, ¿lo entendía? Y para dar mayor verosimilitud a mi relato hice una descripción de Raúl (tal vez demasiado detallada) en la que no olvidé su antiguo blazer y sus aires corteses y mundanos.
Fue una solemne tontería (¿de qué estaba intentando protegerme?), pero cumplió su cometido. Me liberó de culpa. Y con la mayor desfachatez del mundo convertí la casa en un hotel y me transformé en un huésped invisible. Por las noches cenaba con Claudio y un par de mañanas, por lo menos, regresé sola al Zócalo en busca del ambulante. No lo vi nunca más. No tuve suerte. El pobre diablo que tanto me impresionara se había esfumado como por ensalmo. Y no sólo él. Las calles, ahora, aparecían vacías de vendedores y tenderetes, de pañuelos extendidos en el suelo, de remedios contra el reuma o la jaqueca, de paliacates de colores, de básculas, de ídolos. «Limpiaron la zona», me informó mi amiga. «Lo hacen a menudo. Hasta que ¡zas!, vuelven a aparecer.» ¿De qué me sorprendía? Nada más inseguro que un ambulante. Pero me hubiera gustado ponerme a prueba y quizá (si lograba resistir su mirada) comprarle alguna de aquellas figurillas que se le parecían. Pura curiosidad, supongo. O agradecimiento. En el fondo aquel desgraciado me había conducido hasta Claudio.
—¿Por qué no le invitas a casa? —dijo inopinadamente mi amiga el último día de mi estancia en México—. A ese tipo de la tesis. García Berrocal. Podríamos cenar los tres.
—No te gustaría —respondí tajante.
Ya era tarde. No podía desdecirme. Ella esperaba a Raúl y yo había quedado con Claudio. Además, al día siguiente regresaría a Barcelona, y algo, dentro de mí, me aconsejaba apurar el tiempo. ¿Volveríamos a vernos alguna vez después de aquella cena? Parecía improbable. Nuestro encuentro tenía un marco: México. Y un plazo improrrogable que acababa esa noche. Hay relaciones que no soportan un cambio de escenario y la que me unía a Claudio tenía todo el aspecto de contarse entre ellas. No me veía en Barcelona hablando de nuestros PPDD. En realidad, no veía a Claudio en Barcelona. Es más, ¿quién era Claudio? ¿Qué hacía en México? A estas alturas sabía más de la tesis que del autor. Aunque quizá no había mucho que averiguar. Claudio era el hermano de Raúl, un viejo conocido. Y «Parientes pobres del diablo» un ocasional nexo de unión, tan intenso como efímero, del que, a lo sumo, conservaríamos un buen recuerdo.
—Quería ponerme a prueba —le comenté en la cena—, pero no ha podido ser. El diablo del Zócalo ha desaparecido.
—También usted desaparece mañana.
Aproveche la ocasión.
—Y tú, ¿qué vas a hacer tú?
Sobre la mesa flotaba un aire de despedida. Me gustó pensar que a Claudio le entristecía la situación. Nos habíamos acostumbrado el uno al otro. A cenar juntos, a vernos a diario, a conversar.
—Me quedaré aquí algunos días. Después, ya se verá. No tengo planes.
No pregunté más. Tampoco Claudio parecía dispuesto a hablar de sí mismo.
—La echaré en falta —añadió. Y enseguida, como absolviéndose de su debilidad—: ¿Le gusta el restaurante?
Esta vez no me encogí de hombros. ¿Para qué mentir? En este punto nuestros gustos divergían. Yo me inclinaba por lugares anónimos. A Claudio, en cambio, como pude comprobar desde el primer día, le arrebataban los locales de éxito con una clientela fija y definida.
—Forma parte de un itinerario —explicó condescendiente—. De un baño urbano. Mire a su alrededor. ¿Qué ve?
—Artistas —dije sin mirar—. O gentes a las que les gustaría ser tomadas por artistas. Pintores, escritores, actores…
—¿Y no se siente a gusto?
No esperó mi respuesta. Acercó su cabeza a la mía y susurró.
—Es un hervidero. Fíjese bien.
Hice como que miraba de reojo.
—Sí, pero… ¿cómo distinguir un titular de un simple émulo?
Claudio sonrió satisfecho. Sus lecciones no habían caído en saco roto.
—Limítese a disfrutar del ambiente. Y conténtese con saber que estamos rodeados. El arte y la fama. A ellos les arrebata la fama.
Bajó el tono de voz:
—Y al estar perennemente en primera línea, al hacerse público el menor de sus gestos, un día u otro terminan por delatarse. Pero no se haga ilusiones. En otros contextos resulta mucho más difícil detectarlos. En las finanzas, por ejemplo. ¿Conoce usted el mundo de las finanzas?
Negué con la cabeza.
—Cambie fama por poder, recuerde que carecen de escrúpulos e imagine todas sus astucias al servicio de un inconfesable objetivo. Y no olvide que un imperio no tiene por qué tener cabeza visible.
Miré el reloj. Al día siguiente tenía que levantarme temprano. Pero no quise retirarme sin saber cuándo y cómo había nacido la idea que le obsesionaba. Busqué mentalmente la palabra. Descarté «idea», también «ocurrencia». «Revelación» se me presentó como excesivamente pretenciosa.
—¿Cuándo empezaste con todo esto? —pregunté al fin.
Ahora fue él quien se encogió de hombros.
—Un día se me hizo la luz —respondió al rato.
Claudio, como siempre, me acompañó en taxi hasta Once Mártires, bajó del coche y se despidió en la puerta. Escribí mi número de teléfono en un papel. Él no se molestó en darme el suyo.
—La llamaré —dijo únicamente.
¿Se reconocen los PPDD entre ellos? ¿Se hacen amigos? ¿Suelen asociarse y multiplicar los efectos dañinos de su ingenio?
No resulta tan fácil, por fortuna. Un PPDD puede ver en otro rasgos muy parecidos de conducta, pero como nada sabe de su origen (y desconoce el parentesco que les une) lo más probable es que lo trate con respeto, lo adule incluso y, al tiempo, se guarde de él y tome sus distancias. Esto no quita que, en ocasiones, si accidentalmente sus intereses coinciden, se unan en la defensa de sus fines. Asociaciones puntuales, acuerdos efímeros, complicidad pasajera. Los auténticos PPDD (de los epígonos ya no nos ocupamos) son individualistas en extremo. Y poseen una percepción primigenia que les indica siempre dónde se encuentra el riesgo. Por eso nada más detectarse mutuamente, lo primero que hacen es medir sus fuerzas. Se observan, se estudian, se tantean. Y como se conocen bien (aunque lo ignoren) nunca llegarán a un verdadero cuerpo a cuerpo. El combate, pues, antes de producirse, se salda ya de entrada con empate. Queda en tablas. 0 eso es lo que creen. Porque el grado de habilidad o propensión maligna no es el mismo en todos los integrantes de la estirpe. Pero son cobardes. Sospechosamente precavidos. No arriesgan; van sobre seguro. Y la consigna frente a sus iguales es, por lo que pueda ocurrir, «estar a buenas».
En cierta forma, pues, se reconocen. O intuyen el peligro, que es lo mismo. Y, aunque no lleguen a intimar jamás entre ellos, no se permiten errores en su trato. Se respetan y admiran (a distancia). O lo fingen (arte en el que son maestros). Todo antes que una confrontación directa o exponerse a ceder en sus terrenos. Ahora bien, ¿vale lo dicho para las relaciones entre sexos?
Porque, al igual que íncubos o súcubos, los parientes pobres tienen sexo. Unos nacen machos; otras, hembras. Y bien puede ocurrir que; en un momento, surja entre ellos una atracción irresistible. Puede ocurrir y, de hecho, ocurre. Se descubren encantadores, rápidos, ocurrentes. Pero a la fascinación de los primeros días sigue sin excepción un íntimo abatimiento. La sensación de orfandad (ahora compartida) se acrecienta; la añoranza de otro lugar y otra posible vida deviene insoportable. Pero, sobre todo, entra de nuevo en escena la sospecha. No siempre fueron así. Brillantes, envidiados. Hubo un tiempo en que su valor fue puesto en duda. No estuvieron a la altura de lo que se esperaba. Pero dónde sucedió? ¿Cuándo? ¿En qué circunstancias? Y aunque no verbalicen sus recelos optan por romper el irritante espejo. Son relaciones que no tienen futuro. Y por fortuna tampoco descendencia. Los PPDD, entre ellos, no procrean. Son, ante un igual, estériles como mulas. Sabia disposición de la naturaleza, porque, aunque los genes PPDD no se transmitan, duele imaginar lo que sería la vida hipotética de unos hijos al cuidado de semejantes progenitores.
Nadie, pues, puede descender de un PPDD por partida doble. Pero sí de un varón o una mujer de estas características. Nadie tampoco (por la misma lógica) está libre de traer al mundo una criatura de la perniciosa estirpe. Y es aquí, en esa imprecisión fatídica, en la cruel dictadura del azar (o de la mala suerte), en los caprichos inexplicados de la biología, donde radica parte de su poder y muchas de sus particularidades. Nacen en el seno de los hogares más diversos, en cualquier país y en cualquier continente, y como no ostentan sello alguno que hable de su hermandad (o de su diferencia), no forman cofradías y suelen evitarse, resulta casi impensable contemplarlos como casta.
Pero lo son. Casta, estirpe, variedad formada dentro de una especie. Raza. Aunque sus caracteres no se transmitan por herencia. Están aquí, entre nosotros. Y son muchos.
(Siguen apreciaciones —apresuradas— sobre el eventual carácter PPDD de la azafata. Descripción de la misma. Fecha del vuelo —Boeing 747 México-Barcelona— y una anotación a lápiz: «Enseñárselo a Claudio en Barcelona».)
Nos vimos en Madrid. Un par de veces. Y al cabo de unos meses en Granada. Por una extraña razón, tal vez sólo un capricho, no le apetecía quedar en Barcelona. No hice demasiadas preguntas. ¿Para qué? Apenas sabía nada de su vida, y Claudio, en honor a la verdad, tampoco parecía interesado en conocer la mía. Ésa fue quizá la clave de la continuidad, la condición para que siguiéramos encontrándonos. Fuera de nuestra ciudad. De nuestro círculo de amigos. Siempre de viaje.
Las citas, programadas por Claudio, respondían invariablemente al mismo esquema. Llamaba por teléfono, se interesaba por mis proyectos inmediatos, me adelantaba los avances de su estudio, anotaba mi calendario y me aseguraba que lo haría coincidir con el suyo. Su disponibilidad era notable. Aparecía allí donde estuviera con una gran sonrisa y el nombre de un restaurante anotado en la agenda. Si aquella noche tenía yo un compromiso, quedábamos para almorzar al día siguiente. Nunca regresábamos en el mismo avión. Claudio aprovechaba los desplazamientos para su trabajo de campo. Ahora visitaba conventos, ermitas y seminarios, y se interesaba seriamente por el santoral. La novedad —como me haría notar con insistencia— no suponía un cambio de objetivos, pero sí una ampliación de indiscutible importancia. En las vidas de santos había encontrado una mina. Una auténtica concentración de parientes pobres, arrogantes en su aparente sufrimiento, ambiciosos, soberbios… Ahora estaba en ello. En la santidad. Y después acometería el estudio de ciertos personajes de la historia, cuyo poder e influencia sólo podía entenderse desde una perspectiva PPDD. ¿Y más tarde? Me permití una advertencia. Temía que se estuviera dispersando. Pero se le veía eufórico y feliz. Seguro de avanzar por el buen camino.
—Debemos aprovechar las enseñanzas del pasado —dijo—. No se eche atrás. Estamos en la pista.
Seguía tratándome de usted. Ya me había acostumbrado. Pero en los restaurantes que ahora frecuentábamos —pequeños, silenciosos, más acordes con sus nuevos objetos de estudio— no pasábamos tan desapercibidos como en México. A menudo nos miraban de reojo con cierta sorna. Un joven y una mujer madura. Si aguzaban el oído no tardaban en matizar la idea. Una profesora y un alumno. Casi enseguida volvían a mirar desconcertados. Yo, la supuesta profesora, escuchaba atentamente las lecciones de mi alumno. Terminaban por olvidarnos; siempre ocurría igual. Y el silencio de sus mesas contrastaba con la animación de nuestras conversaciones. En una de esas noches Claudio se interesó súbitamente por mis apuntes.
—¿Qué ha hecho de la libreta que le regalé? Me gustaría saber qué es lo que ha escrito.
—Nada que no me hayas contado tú. Es sólo un resumen.
No se la había mostrado todavía. Me preguntaba si valía la pena.
—Un resumen —dijo interesado—. Siento verdadera curiosidad por leer su resumen.
Me acordé de los días de México D.F. Del híbrido Claudio-Raúl que inventé ante mi amiga. Un hombre bloqueado en su trabajo que necesitaba de mí para seguir adelante. No me había equivocado en mis sospechas. Claudio se estaba dispersando. Y, aunque él no lo supiera aún, empezaba a perderse en su entusiasmo.
Los PPDD —sin que exista una razón clara que lo explique— suelen llegar a viejos en envidiables condiciones físicas. Se diría que la constante tensión en la que habitan, la voluntad de maniobra, intriga o fingimiento, lejos de deteriorar su salud, la fortalece. Pero la longevidad es un arma de dos filos. Lo que no ataca al cuerpo, daña el alma. Y en los conventos, monasterios u órdenes de clausura —cuna de santos y, en buena medida, de parientes pobres—, la proverbial duración de los profesos rompe estadísticas y establece marcas propias.
Volvemos aquí a la importancia del entorno (véase el párrafo dos de este cuaderno). Factor definitivo en el desarrollo de inclinaciones y poderes, y no menos relevante a la hora de prescribir dietas, costumbres, horas de sueño o calidad de vida. No es lo mismo trasnochar sin tregua, alimentarse con desorden —o beber y fumar sin medida— que llevar una existencia pautada, comer sanamente y permanecer ajeno a los problemas del mundo circundante. Eso es lo que ocurre en los conventos. Gracias a la templanza y mesura de sus hábitos —comida frugal, ayuno, silencio, austeridad y recogimiento— frailes y monjas suelen conservar el cuerpo en saludable estado más allá de la edad en que, por promedio, la mayoría empieza a sufrir achaques. Pero no debemos engañarnos con su suerte. El derroche constante de energía termina por alcanzar seriamente sus cerebros. Y aunque en apariencia sigan aquí, en el mundo de los vivos, hace tiempo que pertenecen de pleno al de las sombras. Pero sus desarreglos mentales no trascienden. Las comunidades de las que forman parte, escudándose en el secretismo de los claustros, impiden que sus delirios se divulguen. Y al igual que ocurre en otros ámbitos —consejos de ministros, discípulos de famosos pensadores, o herederos de celebrados artistas que han atesorado no poca fortuna con sus obras—, se erigen en muros infranqueables, únicos portavoces e interesados filtros o cedazos. Transforman, así, ininteligibles balbuceos en sesudas sentencias y convierten exabruptos de viejos cascarrabias (su singular mal carácter se agudiza con los años) en crípticos dictámenes que darán lugar a estudios, a análisis, a controvertidos juicios y a citas obligadas. Este es el fin que aguarda (en general) a los parientes pobres que han escogido el poder espiritual como meta de sus vidas. Patéticos recordatorios de lo que un día fueron, sombras recluidas en la estrechez de sus celdas, a merced exclusiva de los caritativos miembros de la orden, que viven en la fe, pero, asimismo, no ignoran las ventajas que conlleva contar con algún santo entre sus filas. Los PPDD, llegados a este estado, han perdido la capacidad de reacción y disimulo. Dicen cualquier cosa (lo que piensan), se muestran angustiados e irritables, y revelan, en sus delirantes parloteos, inconfesables argucias y estrategias. Siempre fue así. Pero nunca como ahora tuvo la santidad tan poco mérito.
Las canonizaciones actuales no interesan. Desaparecida la figura clave —aquel advocatus diaboli de tan grato recuerdo—, la controversia brilla por su ausencia, y se reparten títulos de santo y de beato como quien regala estampas a la puerta de una iglesia. Debemos, pues, centrarnos (en aras del estudio) en el feliz periodo comprendido entre 1587 y 1983. Dichosos tiempos en que los implacables abogados (conocidos también como promotores fidei) oponían vicios a virtudes, desmontaban argumentos y exigían pruebas. No era fácil burlar sus ojos vigilantes. Ni colar como presuntos candidatos a monjas ignorantes, frailes milagreros, reyes poderosos y crueles, o damas de alcurnia acostumbradas a distribuir las migajas de su almuerzo y a practicar la penitencia en días de especial aburrimiento. Pero ni los más grandes santos entre los santos (algunos, en verdad, hombres piadosos) se libraron de las insidias y objeciones de los promotores de la fe. De los abogados del diablo.
Aquéllos sí eran procesos animados —distantes años luz de los actuales nombramientos— en que las partes enfrentadas no ahorraban esfuerzos en defender sus posiciones. Juicios trepidantes que, en muchos casos, llegaron a rozar la violencia. E independientemente del veredicto final —«Procede» o «No procede»—, testimonios de inapreciable valor para, hoy en día, detectar la presencia de taimados PPDD en los altares. Suponiendo (es sólo una suposición) que los insignes abogados del diablo no mintieran.
Porque nada impide aventurar que, entre los honestos y rigurosos acusadores, se hubiera infiltrado (ahí también) algún que otro miembro de la maliciosa estirpe. Si eso llegó a ocurrir, no lo sabremos nunca. Sus vidas, por desgracia, no están documentadas. Nadie se ha tomado el trabajo de fiscalizar a los fiscales. Y tampoco vale aquí presumirles aviesas intenciones. Privar de la santidad a quien ostenta méritos. 0 —eludiendo pruebas, silenciando vicios— subir a los altares, como burla, a gentes sin ningún merecimiento. Pensar así equivaldría a atribuirles una elaborada línea de conducta, una patente intencionalidad de guasa al servicio de un amo poderoso. Y los PPDD —no lo olvidemos— ignoran lo que son, no tienen amo, ni reconocen otra voluntad que sus propios intereses.
(Sigue fecha y una acotación al margen: «¿Adónde quiere llegar?». Y más abajo: «El cuento de nunca acabar… Me estoy hartando».)
La noche en que nos vimos en Granada, Claudio apareció con el rostro desencajado. Llevaba una camisa con los puños rozados, no se había afeitado en dos días y parecía ausente. No quiso hablar del estado en que se encontraba su trabajo. Desechó la idea con la mano como quien aparta una mosca. Tampoco mostró el menor interés por los apuntes que, esta vez, había tenido la previsión de llevar conmigo. Miró el cuaderno con absoluta indiferencia y me lo devolvió sin molestarse en hojearlo. Bebió copiosamente. Demasiado. Pero no llegó a emborracharse. A medida que consumía copa tras copa sus ojos se convertían en la más viva expresión de la tristeza. «Estoy cansado», dijo. Pero más que cansado parecía enfermo.
—¿Algún problema… personal? —pregunté.
Y me arrepentí enseguida. Todos los problemas son personales. Claudio hizo un esfuerzo por sonreír. Pero no dijo nada. Se limitó a picotear con desgana unas hojas de lechuga. Nunca le había visto así. ¿Qué le ocurría? La idea de que acababa de sufrir un desengaño se fue abriendo paso en aquella mesa plagada de silencios.
—Si quieres hablar… —insistí aún.
Tenía que tratarse de eso: un desengaño. Apenas sabía nada de su vida, pero a lo largo de la mía —esos veinte años que nos separaban— había aprendido a detectar el mal de amores con escaso margen de error. A tiro hecho. En el caso de mi amigo no tenía mérito. Claudio presentaba todos los síntomas. Intenté apartarle de pensamientos sombríos. Si no hablaba él, hablaría yo. De cualquier cosa. Y como el día en que nos conocimos en la terraza del Majestic, no le di respiro. Recordé de pronto una película maravillosa que le recomendé encarecidamente. Después un libro. Enseguida un nuevo bar que acababa de descubrir en Barcelona y en el que preparaban deliciosos dry martinis… ¿Por qué no nos veíamos allí? Negó con la cabeza. No había forma de arrancarle de su abatimiento. Y yo, de pronto, empecé a sentirme cansada. Claudio, fueran cuales fueran sus problemas, no tenía edad para comportarse como un adolescente.
—Pues tendrá que ser en Barcelona —dije resuelta—. Durante un tiempo no me voy a mover de allí. Tengo trabajo y además… quiero estudiar inglés.
Era cierto: tenía trabajo. Y también era cierto que todos los años por las mismas fechas me asaltaba la necesidad de refrescar mi inglés. Pero sobre todo, como si temiera ser engullida por aquel ominoso mutismo, no podía dejar de hablar.
—No sé cuánto duraré. Siempre me ocurre lo mismo.
No me molesté en comprobar si a Claudio le interesaba averiguar qué era eso que me ocurría siempre. Proseguí.
—No acierto con el nivel. Tengo un inglés fluido. Pero ni idea de gramática. Por eso me ponen en clases en las que me aburro. Y termino largándome.
—Claro —dijo Claudio.
Su voz había sonado firme, despierta. Me sorprendí de que el asunto «clases» fuera lo primero que le interesara en toda la noche.
—El problema viene de haber vivido en países con el inglés como segundo idioma —continué—. No encajo en los programas. Y tengo la sensación de perder el tiempo.
Claudio me miró con los ojos vidriosos.
—Deje de hacer el idiota —dijo.
Le miré sorprendida.
—Inscríbase en la clase más alta. En el nivel superior.
Reí sin ganas. El comedor al completo parecía pendiente de nosotros.
—¡Qué más quisiera! Hay exámenes de acceso. Pruebas escritas…
—Mueva influencias. ¿No es usted escritora? Lo tomarán por una rareza. —Alzó el tono de voz y me cogió bruscamente del brazo—, ¿Qué le pasa? ¿No quiere avanzar? ¿O es que le gusta jugar siempre con ventaja?
El alcohol empezaba a pasar factura. Me liberé de su mano y me levanté. Estábamos dando el espectáculo.
—No hace falta que me acompañes —dije.
Pero todas mis tentativas resultaron inútiles. Se puso en pie, volvió a encerrarse en su mutismo y caminó pegado a mí como una sombra. Ahora ya no me esforzaba en hablar. Sólo deseaba llegar al hotel y olvidarme de la noche. Aunque, ¿qué había ocurrido en realidad? Nada digno de mención; nada imprevisible. Claudio y yo pertenecíamos a dos mundos, a dos generaciones que inesperadamente se habían encontrado una extraña mañana en México. Pero extrapolar aquel encuentro, tal como temía, era un error. Mejor hubiera sido no vernos nunca, y los apuntes PPDD, que ahora languidecían en el bolso, hubieran permanecido como el recuerdo festivo de unos días irrepetibles. Los apuntes, ahí estaba la prueba. Apenas había añadido unos pocos párrafos desde el vuelo México-Barcelona. Quedarían tal como estaban ahora. Incompletos. El juego había dejado de fascinarme, y no sentía ya la menor intención de continuar. Porque no era más que eso, un juego. Una puntual ocurrencia de la que posiblemente el propio autor estaba empezando a cansarse. Recordé lo peor que se puede decir de un escritor y de su obra: «El tema no da para un libro; puede ser ventilado en un artículo». Eso era lo que le sucedía a Claudio. La «ocurrencia» empezaba y terminaba ahí. Y las prolongaciones —el filón del santoral o las celebridades de la historia— se me aparecieron como una excusa para demorar lo irremediable. El viaje emprendido no llegaba a puerto. Lo demás, la eventualidad de un desengaño amoroso o cualquier otro problema «personal», no me concernía. En nuestra relación —y así había sido desde el primer momento— la vida privada quedaba excluida.
Habíamos llegado al hotel. Claudio me miró con indefinible tristeza. Me sentí conmovida.
—Algún día quizá te decidas a contarme lo que te ha ocurrido —dije al despedirme.
¿Por qué lo había hecho? ¿No acababa de eliminar la posibilidad de confidencias?
Claudio paró un taxi.
—Algún día —dijo.
Pero más que una promesa me pareció una despedida.
No volvió a llamar. Y no me pareció extraño. Le supuse avergonzado y demasiado orgulloso para reconocerse avergonzado. Decidí dejar pasar un tiempo. No disponía de su dirección ni de su número de teléfono, pero conocía sus apellidos y, en último caso, siempre podía acudir a antiguos amigos de la facultad para localizar a la familia. La idea no acababa de gustarme —la familia—, pero todavía menos la posibilidad de que nuestra relación terminara de una forma tan precipitada. Fijé una fecha y apunté en la agenda: «Claudio». La fijé al azar. 27 de julio. El día límite para iniciar mis investigaciones. Pero el azar —de nuevo el azar, el mismo azar que nos había reunido en el Majestic— se encargaría de ahorrarme las pesquisas.
A mediados de julio, una mañana que nunca olvidaré, me despertó un timbrazo largo y sostenido. Me levanté de malhumor. Era el cartero. Traía un paquete en el que se leía «frágil» y un acuse de recibo en el que, medio dormida aún, estampé una firma ilegible. El hombre me pidió el número de mi DNI. Nunca lo he sabido de memoria. Me inventé uno. El envío venía de México, de la calle Once Mártires de Tlalpan. Una tarjeta y un paquete. Cerré la puerta, me restregué los ojos y leí la tarjeta: «Hoy me he acordado de ti. De tu paso por casa, de nuestras conversaciones y de la tesis de tu amigo. Un abrazo». La expresión «de tu paso por casa» me avergonzó. Abrí el bulto envuelto en papel guateado y me encontré con una figurilla de escayola, burda, graciosa. Un rostro de cejas arqueadas y piel rojiza. Me puse a reír. También el diablillo parecía sonreírme. Pensé en Claudio. Hacía casi un mes que no tenía noticias suyas. Pero, sobre todo, pensé en mi amiga. Ahora mismo le enviaría una carta. Ahora mismo le agradecería el detalle. Recordé nuestras escasas conversaciones. La tesis de García Berrocal, la desaparición de los ambulantes del Zócalo… El diablillo que tenía en las manos no se parecía en nada al vendedor arrogante. Era un juguete. Un muñeco inofensivo. Un niño disfrazado de demonio… En aquel momento sonó el teléfono. Yo estaba aún junto a la puerta. Dejé que saltara el contestador y esperé el mensaje. «García Berrocal», oí. Corrí al estudio y descolgué el auricular. De nuevo la casualidad, el azar. De nuevo Claudio.
—No sé si te acuerdas de mí —escuché perpleja.
Y allí estaba aún. En la terraza de la casa familiar, abanicándome con la carta, oyendo los murmullos que llegaban del salón, participando en una intimidad que no me concernía. Me sentía una intrusa. Claudio no me había hablado jamás de su madre; tampoco de sus amigos. Ni siquiera, hasta aquella misma mañana, tenía la menor idea de dónde podía vivir. Parecía imposible. No hacía ni dos horas que el cartero me había entregado el paquete de México. Ni dos horas que Raúl me había informado de la desgracia, del error, de la sobredosis accidental de barbitúricos. Me recordaba anotando la dirección. Como si yo fuera otra. Me veía estampando el estúpido diablillo contra la pared. Como si todo hubiera ocurrido hacía siglos. Vistiéndome apresuradamente, subiendo a un taxi, tomando el ascensor, llamando a una puerta… Hasta las palabras de Raúl —«Gracias por venir»— sonaban ahora tremendamente lejanas. Y las de la chica del pasillo… ¿Qué había dicho antes de ponerse a llorar? «Estaba asustado. Muy asustado…» El despacho, la orla, Pablo VI, los cigarrillos rancios, mis intentos por postergar el momento de afrontar la realidad… Entré en el salón. No paraba de llegar gente. Chicas jóvenes y guapas que abrazaban a la llorosa novia del pasillo. También ellas me parecieron novias. Antiguas rivales que olvidaban sus diferencias e intentaban consolarse unas a otras. Hombres y mujeres de la edad de la madre. Una serie de caras que no me resultaron desconocidas y que me miraron, a su vez, con mal disimulada sorpresa. Allí estaba el grupo de Raúl. Cabellos canos que en otros tiempos fueron morenos o rubios, rostros bronceados, trajes oscuros que sustituían al recurrente blazer de mi memoria. No tenía más que entornar los ojos para creerme en el bar de la facultad. Ellos hablando de finanzas. Yo con el grupo de teatro. En aquella época Claudio no existía. No había nacido aún o era una criatura que gateaba en el mismo suelo que ahora yo pisaba confundida. Miré a la madre. Su rostro carecía de expresión. Andaba encorvada apoyándose en el brazo de una de las jóvenes.
—A su manera fue un buen hijo —dijo antes de internarse en el pasillo.
Me senté en un rincón. Alguien, a mi lado, enumeró la lista de somníferos encontrada en la mesilla de noche. «Un cóctel letal. El chico iba sobre seguro.» Me levanté. En los duelos se oyen muchas cosas. Frases interrumpidas. Comentarios. Loas que no lo son. Elogios discutibles. Retazos de conversaciones. Parches. Remiendos. Contradicciones. Fórmulas de cortesía. Pésames de manual. Meteduras de pata… La vida del ausente va configurándose como un puzzle al que siempre le faltan unas piezas. Recorrí el salón, el comedor, el vestíbulo… Y fue como si un Claudio que desconocía se prestara a guiarme por lo que había sido su casa. Mi amigo vivía allí. Con su madre. Ahí estaba su cuarto. «Al fondo del pasillo.» Vivía o recalaba en la casa de vez en cuando. Viajaba continuamente y le gustaba el lujo. No se le conocía oficio ni beneficio, tan sólo una persistente capacidad para pulirse el patrimonio familiar y satisfacer sus caprichos. De ahí sus malas relaciones con Raúl y los disgustos que de continuo le proporcionaba a la madre. Ella, sin embargo, se lo perdonaba todo. Era su hijo preferido. Un don, un regalo… De su inteligencia nadie se permitía dudar, como tampoco de su desfachatez o su vagancia. En los últimos meses había opositado (con envidiables perspectivas y excelentes resultados) a distintos organismos internacionales. Suiza, Luxemburgo, Estados Unidos, México… Pero no optó por la mejor oferta ni se molestó siquiera en contestar las cartas. Quemaba etapas con una rapidez insultante. Abría frentes y, una vez logrados sus propósitos, se abandonaba a un estado de ociosidad y desgana. Todo era, según unos, una excusa para vivir a cuerpo de rey. Una eterna indefinición adolescente, según otros. «Ahora por fin descansará», sentenció una mujer a mis espaldas. Y entendí enseguida que no se refería a Claudio sino a su madre. Busqué a Raúl. Tenía que irme.
—Era guapo, listo. Podría haber llegado a donde se hubiera propuesto —la madre volvía a estar sentada en el salón—, ¿Por qué nos has dejado, hijo mío?
—Ha sido un accidente —dijo Raúl con los ojos brillantes.
Me acerqué y le cogí del brazo. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no derrumbarse.
—El sólo quería dormir, mamá. No abandonarnos.
La madre se enjugó los ojos. Y miró hacia el pasillo.
—Ahora, por fin —añadió más calmada—, ha encontrado la paz.
De pronto reparó en mí. Y yo, de nuevo, me sentí una intrusa.
—¿Le gustaría verle? —dijo sonriendo—. Parece un ángel.
Me despedí atropelladamente y salí a la calle. Hacía ya un buen rato que al puzzle no le faltaba una sola pieza.
Entré en un bar, me acodé en la barra y pedí un dry martini. No me molesté en indicar «muy frío». El establecimiento estaba refrigerado y ya no necesitaba darme aire con la carta. La guardé en el bolso, junto a la libreta que había llevado conmigo a todas partes desde hacía casi un mes y que ya nunca podría mostrar a Claudio. «Apuntes PPDD.» Durante el camino, de la casa al bar, no había querido pensar en nada. Ahora, a salvo del bochorno del día, lejos del duelo familiar, las palabras de Claudio resonaban diáfanas, reveladoras, cargadas de sentido. Recordé nuestro último encuentro. Yo insistiendo en ayudarle: «Algún día, quizá, me contarás lo que te ha pasado». Y él, con el aspecto desencajado, doliente, subiendo a un taxi y perdiéndose en la noche: «Algún día…». No había faltado a su palabra: hoy era el día. Estaba equivocada al creerme una intrusa, al sentirme invasora de una intimidad que no me concernía. Eso es lo que quería Claudio. Que viera, que escuchara, que paseara por los escenarios de su vida. La carta era una despedida, un guiño. Pero también un señuelo. El reclamo para que acudiera a su casa y comprendiera lo que él acababa de descubrir, lo que le impedía conciliar el sueño. Y lo que era. Lo que siempre fue, aunque hasta hace poco lo ignorara. «Estaba cantado», murmuré. No tenía más que releer mis apuntes o recordar nuestras conversaciones y confrontarlas con lo que acababa de ver u oír. Claudio era un auténtico pariente pobre del diablo. Pero un pariente pobre que escapaba a las clasificaciones de mis notas y que quizá tampoco estuviera contemplado en el montón de folios devorados por el fuego. Una categoría especial dentro de la casta. Una singularidad dentro de la estirpe. Tal vez —se me ocurrió de pronto— una reversión. Un atavismo. Casos contados en los que ciertos caracteres ancestrales (tara o degeneración, según los suyos) afloraban de nuevo burlándose de la evolución o del olvido. Porque Claudio —azote de su familia, pariente pobre del diablo— era, por encima de todo, un valiente.
No alcé la copa. La incliné y vertí unas gotas en el suelo.
—A tu salud, Claudio —murmuré.
Y recordé el despacho. El calor, la escribanía de plata, la petaca de marfil, el olor a legajo polvoriento y a papel quemado, la chimenea… Recordé, sobre todo, lo que me era imposible recordar. El manuscrito rociado con gasolina, Claudio encendiendo una cerilla, llamas azules, rojas, verdes, algunos folios que, retorciéndose, destacaban de los otros, como si intentaran escapar, como si se resistieran a ser alcanzados por el fuego. Párrafos tercos y obstinados, palabras sueltas, hojas rebeldes que un implacable atizador de hierro devolvía una y otra vez a la pira del sacrificio. Allí estaba todo. El trabajo de Claudio, su obsesión, el estudio de las actitudes más frecuentes en los miembros de la temible casta, vidas de santos tocados por la arrogancia y la soberbia, célebres personajes de la historia finalmente desenmascarados, glorias de las artes y las letras… Y él, mi amigo. El momento en que el ensayo —el estudio, la tesis, la «ocurrencia»— se convertía, muy a su pesar, en un diario. El pánico súbito en medio de una atroz pesadilla. La sensación de orfandad. La nostalgia de algo que sin embargo no se recuerda. La desazón. La sospecha de que en otro lugar, en otro momento, «no se dio la talla». El desprecio cerval de todo lo que podría conseguir, sin apenas esfuerzo, y la añoranza de lo que nunca obtendría por más que se lo propusiera. Y la evidencia final. La puntilla. La seguridad de haber estado caminando en círculo cuando no tenía más que mirarse al espejo para descubrir el objeto mismo de sus pesquisas. Sí, allí estaba todo. Resumido en las nueve letras que habían logrado sobrevivir al fuego: «DEL DIABLO». Y la decisión. Lúcida, irrevocable. ¿De qué le servía brillar en un mundo regalado? ¿Dónde estaba el valor? ¿Qué mérito tenía?
—Estoy orgullosa de ti —dije en voz muy baja—. De haber sido tú amiga.
Ahora me explicaba el abatimiento de la última noche. Su tristeza infinita. También la brusquedad con la que me asió del brazo para espetarme: «¿No quiere avanzar? ¿O es que le gusta jugar siempre con ventaja?». Pero sobre todo su heroicidad, su arrojo. Porque Claudio renunciaba a sus prerrogativas y regresaba a casa. Abandonaba una vida de privilegio y se convertía en rémora, en obstáculo, en lastre. Cambiaba brillantez por torpeza, admiración por burla, facilidad por esfuerzo. Claudio, en fin, elegía voluntariamente su destino. El reino de la sagacidad, la rapidez, la inteligencia. Y también su lugar. Un puesto miserable entre los últimos de la clase.
Bebí el dry martini de un trago y me llevé la mano a la sien. Estaba frío. Muy frío… Y de repente, en esos breves instantes en que parecía que la cabeza me iba a estallar, creí verle. A él. Allí donde estaba ahora. Allí —corregí enseguida— donde estuvo siempre. Y, en una inverosímil inversión de fechas y recuerdos, entendí finalmente la razón por la que nunca, ni siquiera de pequeña, sintiera el menor asomo de temor ante la palabra «infierno».