SEIS
Primera visita al ginecólogo con mi hija. Posiblemente ese día le dijeran el sexo del bebé. Y quería que yo estuviera con ella. Ni Pablo ni Carlos, solo yo. Me arreglé con mimo. Ni muy fashion ni muy juvenil, ni muy ceñida ni muy… Debía parecer una madre, sin más. Falda tubo, camisa blanca, fular de cashmere, chaqueta y abrigo. Parecía que me iba a la oficina, pero no encontré nada mejor. Estela Cruz vestía siempre a la última y regalaba a sus amigas lo que ya no usaba, así que eso era lo más cercano a una madre que había encontrado. Me veía sosa, y ñoña, pero correcta.
La cita con el médico era a última hora de la tarde, un viernes. Me pareció raro, pero lo raro en mi vida había empezado a ser una norma, así que ni lo cuestioné. Daniela se empeñó en venir a casa a por mí, y yo feliz. Quería aprovechar para coger algunas cosas que le hacían falta. Habían pasado casi dos meses desde que se fuera y, aunque no era la primera vez que subía, sí era la primera que lo hacía estando yo. Llamó en lugar de usar su llave. Ese día parecía que los rayos de sol se colaban con más fuerza entre las cortinas del salón. Elvira tampoco pudo disimular su alegría al abrirle la puerta.
—Señorita Daniela, dichosos los ojos.
—Hola, Elvira, ¿cómo va todo?
—Bueno, ya sabe, un poco solas. ¿Y usted?, la veo radiante. Y ya se le nota la tripita, ¿ya se sabe lo que es?
—Sí… Es decir, no. Nos lo dicen ahora.
—¿Y usted qué quiere?
—Que esté todo bien, la verdad. Oyes tantas cosas…
—La entiendo, eso es lo principal, que venga sano.
Mientras las escuchaba a distancia, me daba cuenta de lo mucho que echaba de menos esas conversaciones entre ellas. Llenaban la casa de vida, hasta entonces no sabía cuánto. Entonces Dani me vio.
—Hola, mamá, ¿ya estás lista?
—Oye, ¿no vas a darme un beso? —le dije extrañada de que no se acercara.
—Sí, claro, pero… ¿seguro que quieres ir así? —me dijo dándome dos besos rápidos.
—Sí, ¿por qué? ¿No te gusta? —pregunté extrañada.
—Bueno…, es que no pareces tú —me contestó con expresión de desaprobación.
Otra vez había metido la pata. Con ella no había manera de acertar. Si me vestía a mi estilo, se sentía apabullada; si iba discreta, no me reconocía.
—Si quieres, te espero mientras eliges algo más… No sé…, más tú.
—Cariño, vamos al ginecólogo, no a una entrega de premios. Yo me veo bien. Además, no quiero llegar tarde.
—No te preocupes, nos esperará —insistió Dani.
—Ni hablar, mi vestuario es lo de menos. Estoy impaciente por ver a mi primer nieto… o nieta.
—¿Seguro?
—Segurísimo, yo me veo bien. ¡Qué nervios, hija! Anda, vayámonos de una vez.
Tenía tantos motivos para estar nerviosa que ya no sabía si mi estado de excitación se debía a la visita al ginecólogo con mi hija, a la que debía hacer yo en breve, o al viaje a Cuba que supuestamente debía emprender al día siguiente. Había dejado en mi escritorio los dos billetes a La Habana. Debía encontrar el momento idóneo para decirle a mi hija que tenía que acompañarme. Se lo diría luego, en ese instante íbamos a ver si nos decían qué esperaba mi hija. «Y el mío», pensé, «¿será chico o chica?». Todavía era pronto para saberlo, solo estaba de siete semanas. Ese era otro secreto que no pensaba compartir con nadie, ni siquiera con Elvira.
Llegamos a nuestro destino, una finca majestuosa en el Madrid de los Austrias. Creía recordar que el ginecólogo que la trataba, conocido mío y de Carlos, tenía la consulta en el paseo de la Castellana. Le pregunté extrañada a Dani y me dijo que había cambiado de dirección. Subimos en un ascensor de esos que te hacen viajar en el tiempo. Madera de caoba, pomos dorados y puertas de cristal. Dani llamó a la puerta y nos abrió una mujer vestida con bata blanca. No había mostrador. «Enseguida las llamamos», dijo, y nos abrió la puerta de lo que se suponía debía ser una sala de espera. Entonces ocurrió algo que hacía dos meses me atormentaba, pero que en ese momento mi mente había olvidado. Al día siguiente cumplía cuarenta años. Un grupo de unas treinta personas cuidadosamente colocado gritó al unísono:
—¡¡¡FELICIDAAADEEES!!!
Me quedé alucinada, sin capacidad de reacción. Mis mejores amigos reunidos en aquel precioso salón para celebrar mis cuarenta primaveras. Disimulé como pude mi decepción. Lo que realmente quería era saber el sexo de mi nieto, recuperar a mi hija, invitarla a viajar conmigo en busca de nuestros orígenes… Ni siquiera podía emborracharme para fingir que aquella fiesta sorpresa, perfectamente organizada, me había hecho feliz. De nuevo algo que siempre había deseado ocurría cuando ya no lo esperaba. A diferencia de mi segundo embarazo, esta fiesta no me hacía ninguna ilusión. Y aquel grupo, con el que me unía todo y nada, comenzó con el ritual propio de estos eventos: «Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseamos, Estela, cumpleaños feliz». Qué martirio, aquella gente había dejado todos sus planes y llevaba esperando una hora, nerviosos e inmóviles para darme la gran sorpresa. Pensé en desmayarme para que me sacaran de allí, aunque fuera en camilla, pero me dio corte. Seguro que me descubrían. Empezó a dolerme la cara del esfuerzo que me suponía sonreír mientras seguían cantando. Que si Feliz, feliz en tu día, que si Porque es una chica excelente. Por primera vez en mi vida, aquellas canciones me parecían patéticas y desfasadas. Es lo que tenía verlo todo sin edulcorantes, sin cristales de colores, así, a pelo. En cuanto pararon para coger aire, me giré, agarré a mi hija del brazo y le pregunté al oído:
—¿Y qué hay del bebé? Me apetecía mucho hacer esa visita contigo.
—Es niña, mamá, y se va a llamar como tú.
—¿Daniela?
—No. Estela, como la abuela.
—Qué bien, Daniela, una nueva Estelita en el mundo. Me parece un sueño que vayas a ser mamá.
Y cuando fui a abrazarla, alguien me cogió de la mano, tiró de mí y me llevó al centro del salón para que bailara. La tortura tenía pinta de seguir hasta las tantas. Hice lo que se esperaba de mí. Saludé, agradecí la sorpresa, me fotografíe con todo el que me lo pedía… y por fin vi algo que me animó. Mis amigas Paloma, Berta y Cassandra entraban en el salón. Me apresuré a recibirlas, dejando colgado a mi editor y a unos cuantos más que amenazaban con iniciar una conga conmigo a la cabeza.
—¿Cómo se os ocurre llegar tarde a una fiesta sorpresa? —les reproché como si me importara mucho.
—Cumples cuarenta tacos, querida, a partir de ahora vas a tener problemas mucho más serios que el que unas amigas lleguen tarde a tu fiesta —soltó Paloma con guasa.
—¿No eras tú la de mirar siempre el lado bueno de las cosas? —apuntó Cass—. Al final, has tenido dos sorpresas en una. Y no nos negarás que la nuestra es mucho más original.
—La verdad es que sí. Gracias por venir, chicas. Estaba entre tirarme por la ventana o buscar la buhardilla —dije mirando a Cass y recordando su no suicidio.
Desde entonces no habíamos vuelto a hablar entre nosotras de aquellas confesiones tan fuertes que nos habíamos hecho, pero estábamos más unidas y relajadas que nunca. Sin disimular lo que éramos: mujeres imperfectas con vidas imperfectas.
—¿No ha venido Carlos? —preguntó Berta rompiendo la magia.
—Eso parece —respondí decepcionada.
—¿Quién necesita a un hombre con esta música? Hace siglos que no escuchaba este temazo. I will survive!!! Venga, chicas, ¡sobrevivamos bailando! —exclamó Paloma.
Y tal cual lo dijo, agarró del brazo a un compañero con el que estudié Filología y que era un cachondo mental, Santiago, arrastrándolo hacia la improvisada pista. La fiesta era tal cual la había imaginado. Guirnaldas de colores, la música que bailaba de jovencita y fotos de toda mi vida colgadas por la sala. Desde mi boda, los primeros días de vida de Daniela, pasando por mi época de estudiante, hasta las colas que se formaban en las firmas de mi primer libro, los premios, las fiestas… Y después de la tarta, la proyección de un vídeo hecho por mi hija con un «te quiero, mamá» en letras gigantes como broche final. Me sequé la lagrimita y cambié el chip. Mi hija, mis amigas y aquellas personas que me habían acompañado durante años merecían disfrutar de la mejor Estela. «Un par de copas de vino no pueden hacerle daño al bebé», pensé. Y bebí para ponerme un poco a tono con el ambiente. Solo dos copas que me sentaron como cuatro o cinco, debía de ser por el embarazo. Tanto me envalentoné que hasta bailé un twist con el escritor tocapelotas que tiempo atrás me había dicho que había visto a Carlos con otra.
—Me dejaste hecha polvo con aquel chisme —le confesé a la primera ocasión.
—¿Qué chisme? —me dijo sin recordar.
—Me contaste que habías visto a Carlos en un restaurante besándose con una rubia, ¿no lo recuerdas?
—Ah…, aquello. Lo dije para ver si te dejabas consolar en mis brazos, siempre me has puesto cachondo, lo sabes —dijo.
Y se quedó tan ancho. Esa imagen de Carlos besándose con otra, que además yo pensaba que podía ser mi hija, me había torturado desde entonces. Y resulta que se lo había inventado para que me liara con él. No pude evitarlo, le solté un guantazo y lo dejé clavado en el sitio. Busqué entonces a mi hija para disculparme y me la encontré en un rincón charlando animadamente con Alberto Ferrán, el director del diario con mayor tirada del país y muy amigo nuestro desde hacía años. Todos los veranos les invitábamos a él, a su mujer y a sus tres hijos a compartir unos días a bordo de nuestro yate. Me sorprendió verlos tan apartados, pero no le di importancia. La mejor amiga de Dani era su hija, que no había podido venir a la fiesta. Le estaría preguntando los motivos de su ausencia, pensé. Les interrumpí cuando reían sobre algo que no alcancé a escuchar.
—Dani, ¿puedo hablar contigo? —lo interrumpí.
—Claro, mamá, ¿todo bien?
—Sí, cariño, la fiesta es tal y como la quería. Gracias.
—Me alegro —contestó satisfecha.
—Es solo que quería pedirte perdón.
—¿Por? —preguntó extrañada.
—Por dudar de ti… y de Carlos —le confesé.
—Ah… No te preocupes, ya lo había olvidado —respondió sincera.
—Alguien me contó un chisme y yo me lo creí.
—Tranquila, de verdad. Ya te dije el otro día que Carlos te quiere mucho y que lo está pasando muy mal sin verte.
—Y si tanto me quiere, ¿por qué no ha venido?
—Ha venido, lo que pasa es que no se atreve a subir. Llevo una hora intentando convencerlo. Piensa que tú no querrás verle.
De repente, me sentí como una adolescente en su baile de graduación. El chico que debía haberme acompañado estaba en la calle pasando frío. Tenía que ir a por él. Salí a toda prisa de la casa, el ascensor estaba lleno. Los invitados bajaban y subían de fumar formando tapón. Bajé las escaleras de dos en dos. Me había pasado los dos últimos meses convenciéndome de que era un cerdo, uno como tantos otros que corren a los brazos de una jovencita a la menor ocasión. Nada más salir del portal lo vi, frágil e inseguro, pero tan guapo como siempre. Estaba de espaldas y miraba nervioso el móvil. Le sorprendí agarrándole con fuerza por la cintura. Se giró, me miró sorprendido y me besó hasta dejarme sin aliento. Hay besos que hablan de todo lo que uno es incapaz de decir con palabras, y ese era uno de ellos. Nos acariciamos la cara sin creernos que estuviéramos juntos de nuevo. Quiso hablar y no le dejé. Hacía demasiado que no saltaban chispas entre nosotros como para dejarlas escapar. El chófer seguía aparcado en doble fila. Agarré a Carlos de la mano y lo empujé dentro del coche. Le susurré al oído la dirección adonde quería que nos llevara y me acomodé junto a Carlos en el asiento trasero. Qué gusto volver a olerle tan de cerca. Llegamos al hotelito donde solíamos vernos en nuestros inicios. Pedí en recepción una de las suites. Carlos quería decirme algo pero yo le tapaba la boca. Me daba miedo que estropeara el momento. Al final lo soltó.
—Estela, he estado muy mal, ¿podrás perdonarme?
—Ahora no, Carlos, disfrutemos de la noche. Es mi cumpleaños —le dije para que no siguiera por ahí.
Si se ponía lastimero, se me cortaría el rollo. Me apetecía hacer el amor con él, no consolarle como a un gatito. Sacándonos la ropa a toda prisa tropezamos torpemente y caímos en la mullida alfombra. Qué buena sensación volver a tenerle dentro. Nos olvidamos por completo de la fiesta hasta que Carlos me dijo que tal vez deberíamos volver. «¿Para qué?», le contesté, la gente estaría ya tan alcoholizada que ni siquiera me echarían en falta. Le pareció bien, y seguimos disfrutando del reencuentro. Amanecimos juntos, y entonces sí me pareció el momento ideal para desatar nudos.
—Carlos, ¿por qué has estado tan ausente? —le pregunté en cuanto vi que abría un ojo.
—Estaba muy deprimido, Estela. Sin fuerzas ni para coger un teléfono.
—Me has hecho mucho daño con tu silencio, ¿lo sabes?
—Me hago una idea, sí, y lo siento.
—Y ¿qué es lo que pretendías exactamente? Sigo sin tragarme que me dejarais únicamente porque lo veía todo de color de rosa. Tiene que haber algo más.
—Eso era lo principal, no nos comprendías, Estela.
—Has dicho lo principal, ¿o sea que hay algo más?
—Sí, necesitábamos ganar tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para afrontar algo que todavía no sabes.
—¿Algo que no sé? ¿El qué? Carlos, me estás poniendo de los nervios. ¡Suéltalo de una vez!
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque afecta a Daniela, es ella la que debe decírtelo.
—¿Tiene algo que ver con que estéis viviendo en casa de Pablo?
Carlos se quedó sin habla. Se suponía que yo no debía saber eso.
—¿Cómo lo sabes? —soltó al fin.
—Mi hija se va de casa embarazada y el capullo que le ha hecho el bombo la deja tirada. Quería encontrar a ese pingajo humano y cantarle las cuarenta. Y va y descubro que os habéis montado una especie de comuna entre los tres.
—Te equivocas.
—Eso espero, pero hasta que alguien me lo explique no puedo pasar página.
—Pablo solo es el dueño del piso, no vive con nosotros. Y tampoco es el padre de tu futura nieta.
—¿¿¿Cómooo??? Ahora sí que me has dejado muerta. ¿Y quién es?
—Ya te lo he dicho, tiene que ser Dani la que te lo cuente, no yo —me respondió muy serio.
Y tras decir esto, se levantó, se vistió, me dio un beso en los labios y se fue. Así, sin darme más explicación. Otra vez me dejaba tirada, lo mío no tenía remedio. Tirada y rayada. ¿Por qué Dani no me lo había dicho? ¿Y por qué puso a Pablo a los pies de los caballos cuando el chaval no tenía culpa? Me duché, me vestí y salí pitando. El grupo de WhatsApp que compartía con Berta, Cass y Paloma ardía. Desde la noche anterior reclamaban que les dijera dónde y con quién me había fugado. Daniela les había dicho que estaba con Carlos, pero ellas querían que se lo dijera yo de primera mano. Embarazada y en ayunas, no pude resistirme a su invitación de compartir desayuno. De todos modos, era demasiado pronto, debía hacer las cosas bien si quería que Daniela embarcara conmigo esa misma tarde. Reflexionar con mis amigas no me vendría mal.
Quedamos en Candys, un horno pastelería famoso por tener la mejor bollería francesa de la ciudad. Solíamos desayunar allí un día a la semana. Compartíamos un pedazo de tarta esponjoso entre las cuatro, demasiadas calorías para una sola.
—¿Así que lo has pasado bien esta noche? No hay nada como los polvos de reconciliación —dijo Cass que contaba con una larga experiencia en el sector.
—Bueno, no estuvo mal —contesté con mis pensamientos en otro sitio.
—¿No estuvo mal? ¿Eso es todo? Si después de dos meses eso es lo único que tienes que decir, mejor no vuelvas con él o acabarás en brazos de otro, como yo. —Berta hablaba sin tapujos de su affaire, ese que duraba ya más de la cuenta.
—No, en realidad estuvo muy bien. Lo que pasa es que esta mañana me ha dicho algo que me ha dejado mal sabor de boca.
—Ya se nota, ya. Deberías dejar de masticar para respirar entre bocado y bocado. ¡Madre mía! ¡Qué voracidad! No te emociones, que dicen que a los cuarenta te abandonan todos menos los kilos. Ja, ja, ja —rio con ganas Cass, a quien, a sus veintiséis, los cuarenta le parecían la senectud de la vida.
—Muy chisposa. Chicas, esto es serio. Aún no sé quién ha dejado embarazada a mi hija.
—¿No era un compañero de facultad, un tal Pablo? —preguntó Paloma.
—Eso creía yo. Carlos dice que debe ser Dani quien me lo cuente.
—¿No será él? Sería para cortarle las pelotas —soltó Cass sin cortarse un pelo.
—No, no, mis sospechas sobre un lío entre ellos eran infundadas —les aclaré.
—Desde luego, Estela, has pasado de ser icono de los dalái lamas a protagonizar un culebrón al más puro estilo venezolano —dijo Paloma divertida.
—Pues todavía no sabéis lo mejor.
—¿Y a qué esperas? Cass no piensa volver a empinar el codo en su buhardilla por mucho tiempo, así que el momento es ahora —me incitó Paloma.
—Eso, cuenta, cuenta —me urgió Berta.
No veía razón para seguir callada con ellas, y necesitaba compartir la noticia con alguien o me volvería loca. Cintia, la única que lo sabía, no me servía como terapia. A ella todo le parecía bien. Igual le daba que le dijeras que estabas embarazada como que te ibas a pegar un tiro. Si eso te hacía feliz, a ella también. Yo lo atribuía al estado algo disperso que tienen algunos boxeadores. Necesitaba testar la noticia con alguien de carne y hueso.
—Estoy embarazada —solté justo después de tragar mi último trozo de tarta.
—¿¿¿Quéee??? Eso es imposible —soltó Cass incrédula.
—Oye, guapa, tampoco te pases. Cumplo cuarenta, no ochenta.
—Pero vas a ser abuela, ¿cómo vas a ser abuela y madre al mismo tiempo? —insistió.
—No soy la primera en el mundo, ¿no crees? —le dije ya un poco harta de que me tratara como a una vieja decrépita.
—Eh, chicas, parad. Se nos olvida lo más importante. Enhorabuena, cariño —dijo la dulce Berta mientras me abrazaba.
—Oye, ¿y lo sabe Carlos?, porque es suyo, ¿no? —Cass seguía en sus trece. Parecía querer aguarme la fiesta.
—Claro que es suyo. No, no lo sabe. Solo lo sabéis vosotras. Ah, y Cintia.
—¿Cintia? Ya te vale —me recriminó la modelo.
—Me supo mal que tuviéramos que retirarnos el otro día por mi culpa. Tenía que decirle la verdad.
—O sea, ¿que tu desmayo en el descenso no era a causa del estrés? —recordó Berta.
—Llevaba días que me encontraba rara, pero no podía imaginar que fuera por eso.
—Lógico. Madre a los cuarenta, qué fuerte, nena. Va a ser muy divertido ver cómo te pones gorda como una vaca. Ja, ja, ja —se rio Cass, que al parecer lo estaba pasando en grande burlándose de mí.
—Lo peor es que no sé cómo decírselo a Daniela.
Paloma, que permanecía callada, se levantó repentinamente y se despidió.
—Me alegro mucho por ti, Estela, en serio. Y ahora disculpadme, pero tengo trabajo en casa.
—¿Un sábado por la mañana? —preguntó Cass incrédula.
—Sí, tengo mucho pendiente —añadió.
Se levantó y se fue. La noticia le había caído como un jarro de agua fría. Ella estaba deseando dar esa misma noticia desde hacía años y todo eran intentos fallidos. Supongo que ahora que lo sabíamos no se sentía con fuerzas de disimular. En ese momento ninguna caímos en la cuenta, y nos despedimos como si nada. Yo estaba demasiado ofuscada con mi particular cruzada contra el mundo. No había cabida en mi mente para problemas ajenos. Así que, en cuanto desapareció de nuestra vista, seguí con lo mío.
—Tampoco os he contado que vuelvo a Cuba.
—Pero, Estela, hija, deja algo para las demás —dijo Cass sorprendida.
—¿Cuándo? —preguntó Berta.
—Mañana.
—¡Mentira! Te estás quedando con nosotras —añadió Berta.
—En serio, ayer compré los billetes. Dos.
—¿Dos? ¿Con quién te vas? —quiso saber Cass.
—Con Dani. Por eso quería veros, necesito que me aconsejéis.
—Primero déjanos que procesemos tanta información. Estás embarazada, tu hija también y tus padres no saben nada de nada. ¿Hace cuánto que no les visitas? —repasó mentalmente Berta.
—Desde que salí de allí con diecisiete años.
—¿Diecisiete? Pensábamos que eran veinte —apuntó Cass.
—Ya, bueno, esa es otra historia. Tal vez os la cuente a mi vuelta. Ahora necesito que me aconsejéis. ¿Cómo se lo digo a Dani?
—Cógela de la mano, mírale a los ojos y dile la verdad. Está embarazada, tú también, y es el momento perfecto de pasar un tiempo a solas para asimilarlo. Y de paso conocer a tu familia, por cuyas venas corre la misma sangre que la de su futura hija.
—¿Y si me dice que no?
—Entonces solo te queda arrodillarte y suplicar.
Me pareció un buen consejo y decidí ponerlo en práctica esa misma mañana. Así que pasamos al tema Carlos; según ellas, también debía decírselo cuanto antes. Egoístamente, no me convenía. Quería tener los cinco sentidos puestos en mi hija en aquel viaje, y decírselo supondría estar pendiente del móvil. Acabamos nuestro festín calórico y nos despedimos. El marido de Berta aguardaba en la puerta. Más enamorado que nunca y agarrándola de la cintura camino del coche. Ella se dejaba querer, supongo que por miedo a ser descubierta o por puro remordimiento. Cass se despidió soltándonos, como si nada, que había quedado con el Fiti. Había sido él quien había dado el paso y ella no pudo negarse. Después de que nuestra amiga se explayara a gusto en Las diez de Paloma y dijera que el Fiti era bisexual, la prensa lo tenía acorralado. Portada de todas las revistas del corazón, perseguido día y noche en busca de alguna declaración que confirmara la mayor. Él no habló, pero sí lo hizo el cachitas con el que me lo encontré la noche de autos. Dijo que aquella noche habían salido juntos, y que el Fiti coqueteaba abiertamente con él y que se dieron algún que otro beso. Eso destrozó al bailaor. En la última foto que se había publicado se le veía muy desmejorado. Me dio pena hasta a mí, que me caía al hígado. Y ahora había llamado a Cass, necesitaba verla. Yo le dije que era pronto para hacer las paces y pasar página: «No te puedes fiar de un tío que te llama fulana delante de toda España». Pero ella estaba convencida, acudiría a la cita. «Solo hemos quedado para hablar. Nos hemos metido mucha caña y quiero escucharle». Nada pudimos hacer, ya era mayorcita para saber lo que le convenía. Le deseamos suerte y la advertimos de que se anduviera con ojo.
El desayuno me había sentado de maravilla, ya estaba preparada para convencer a Daniela. Cuando llegué al piso donde vivía con Carlos, la pillé dormida. Cuando desaparecí de la fiesta tuvo que tomar las riendas y hacer de anfitriona, aguantando como una jabata hasta que se fue el último invitado. Estaba bastante cabreada.
—Cariño, despierta, tengo algo importante que decirte.
—¿Qué es esto, una broma pesada? Déjame dormir.
—Dani, es importante —le dije intentando que se incorporara.
—Sí, ya sé, has vuelto con Carlos, me alegro… Y ahora déjame dormir.
—No, no es eso. Nos vamos a Cuba, tú y yo. El avión sale dentro de tres horas.
—Muy bueno, mamá, se nota que has descansado. Yo no tengo ganas de bromitas mañaneras. Por favor, necesito dormir. Luego hablamos.
—No, Dani, es en serio, despierta. Yo te ayudo con la maleta.
Dani abrió un ojo y me observó fijamente. Se dio cuenta de que no mentía y se incorporó.
—Vas en serio, ¿no?
—Totalmente.
—Y ¿por qué tendría que irme a Cuba? Estoy embarazada, no sé si es lo más adecuado.
—Precisamente por eso, para que conozcas tus raíces ahora que vas a ser madre.
—Un poco precipitado, ¿no crees?
—Quise decírtelo anoche, pero llegamos a la fiesta y…
—Y te piraste dejándome con todos tus amigos.
—Ya, Dani, perdona, me encantó la sorpresa, pero Carlos estaba abajo, nos reencontramos…
—Vale, vale, no me cuentes más, ya me hago una idea.
—Entonces qué, ¿hacemos la maleta?
—No, mamá, no cuentes conmigo. Hoy no tengo cuerpo de vuelo.
Recordé entonces las palabras de Cass y pasé al plan B. Me arrodillé junto a la cama y le supliqué.
—Por favor, hija. Tienes que venir.
—Mamá, te he pedido mil veces que me lleves y has pasado de mí. Ahora no es el momento, me da miedo. ¿Y si me pasa algo?
—Allí también tienen hijos, Dani, yo conozco buenos médicos. Además, no te va a pasar nada, ya estás de tres meses, el peligro pasó.
—No me convences.
—¿Y si te digo que yo también estoy esperando un bebé?
Ahora sí que conseguí que saltara de la cama, literalmente.
—Mentira, me tomas el pelo.
No, estoy de dos meses. Vas a tener un hermano.
—¡Qué pasada! No puedo creerte. Ja, ja, ja. Un hermano y un hijo a la vez. ¡Increíble! ¿Lo sabe Carlos?
—Todavía no, paso a paso, cariño. No hay prisa.
—Pero…
—Lo importante ahora es que cojamos ese vuelo. Me pedisteis que volviera a ser la de antes y, para eso, tenemos que volver a esa isla. ¡Vayamos juntas!
—Está bien, me has convencido. Un hermano, yujuuu, más vale tarde que nunca. Gracias, mamá, gracias —me dijo emocionada mientras me besaba en la mejilla una y otra vez.
Me alegré de haberme equivocado. Había creído que a Daniela le molestaría que hubiera decidido tener un hijo justo a la vez que ella, que se sentiría eclipsada. Al ver cómo le brillaban los ojos, salí de dudas, mi hija era todo bondad. Nunca quiso ser prota de nada, para eso ya estaba yo.
Hicimos su equipaje a toda prisa, riendo y flipando al mismo tiempo. Íbamos a ser madres a la vez. Nuestros hijos crecerían como hermanos. ¡Menuda aventura! Pensé en preguntarle quién era el padre, pero temí estropear el momento, o que se echara atrás y no cogiera el vuelo. Ya me lo diría ella cuando quisiera, o pudiera. Lo importante era que estábamos juntas de nuevo, lo demás podía esperar. Subimos al avión emocionadas. Las dos deseábamos hacer ese viaje desde hacía mucho tiempo. En el despegue, nos cogimos de la mano y apretamos con fuerza. Me vino a la mente la imagen de mi abuela mientras la subían a la ambulancia, apretando mi mano como despedida. Cuando el avión se estabilizó, Dani sacó una libretita y un bolígrafo, y empezó su interrogatorio. No quería que mi familia descubriera que no sabía nada de ella. «Bastante mal has quedado no llevándome en todos estos años», me dijo, y apuntó uno por uno los nombres y apellidos de todos. Los abuelos, los tíos, los primos, las mujeres de los primos, sus hijos. Eran parte de mi vida, mi familia, pero nunca la compartí con ella. Solo le pedía que se pusiera al teléfono por Navidades o por los cumpleaños de mis padres. Para qué marearla con la familia de Cuba cuando no pensaba llevarla allí. Ahora Dani parecía querer recabar todos los datos que yo no le había dado. Teníamos un vuelo de ocho horas por delante. Le hablé de mi infancia, de mi corazón desbocado y de cómo acabé vendiendo mi cuerpo para salir de aquel lugar, quitarme el olor a pobreza y empezar de nuevo. Ella me escuchaba muy atenta, sin cuestionarme ni reprocharme nada. Había imaginado cientos de reacciones que podría tener mi hija cuando le confesara mi pasado, pero al final fue mucho más fácil. Lo entendió, sin más. Yo pensé que igual lo sabía.
—Entonces, ¿mi padre era un cliente tuyo? —preguntó atónita.
—Sí, pero con él fue diferente. Paseábamos por el Malecón de la mano, nos mirábamos embobados y nos reíamos mucho. Era muy divertido, eso me conquistó.
—Pero tenías diecisiete años, ¿no le importaba?
—Supongo que no mucho, hija. Siempre le gustaron jóvenes.
—¡Qué asco! Me alegro de que nos dejara. Era un viejo verde.
—No digas eso, Dani. Las mujeres eran su perdición, y supongo que lo seguirán siendo, pero no puedes hacerte una idea de cómo te miraba. Te quería más que a nada.
—Ya, por eso nos dejó tiradas. Menudo cabronazo, mamá, haz el favor de no excusarle.
—No le excuso, pero me niego a vivir una vida de rencor. No importa dónde esté ahora, ni con quién, ni si se acuerda o no de nosotras. A mí me reconforta recordar que cuando estuvimos juntos fue de verdad. Cada vez que te tenía en brazos todo su mundo se paraba. Tú eras lo más importante.
—Pues a mí lo único que me reconfortaría sería tenerlo delante y preguntarle por qué cuando se fue dejé de interesarle yo también. Podría estar muerta y a él le daría igual.
—¿Te gustaría buscarle? Estoy dispuesta a ayudarte en todo si eso es lo que quieres.
—Mamá, ¿en serio? ¿De verdad harías eso por mí?
—Sabía que llegaría el día en que me lo pedirías. Podemos llamar a Elvira y que se ponga manos a la obra.
—Sí, por favor, hagámoslo. Necesito verle, decirle que va a ser abuelo, ver qué cara pone, saber si todavía importo algo —respondió.
—Seguro que sí, hija…
—Yo no lo tengo tan claro. Necesito comprobarlo con mis propios ojos.
—Te entiendo —le contesté cogiéndole de nuevo la mano.
Comenzamos el descenso a la isla de la que había escapado a los diecisiete años para no volver. Todos mis sueños se habían ido cumpliendo desde que saliera de allí. Conseguí fama, dinero, tuve una hija preciosa y volví a encontrar el amor después de que mi marido me abandonara. Una vida de película que se había desmoronado como un castillo de naipes. Ahora mi felicidad dependía de esa vuelta a casa, del reencuentro con mis padres y de su perdón. Me acordé en ese momento de mis amigas. Cass, Paloma y Berta. Les encantaría saber que había conseguido convencer a mi hija, que le había contado lo de mi embarazo y que estaba como loca de contenta. Entonces, Dani me zarandeó suavemente para que volviera en mí. «Mamá, mira, ya se ve La Habana, es impresionante». Y vaya si lo era. También era la primera vez que yo la veía de aquella manera. El primer aterrizaje de mi vida en la ciudad que me vio nacer. Hacía muchísimo viento y atravesamos unas turbulencias bastante fuertes. Observé por la ventanilla el mar embravecido y pensé en la cantidad de cubanos que habían perdido sus vidas en esas aguas, en busca de la libertad, esa que yo había alcanzado. Veintitrés años de exilio que terminaban al tocar tierra. Los pasajeros aplaudieron cuando el avión frenó del todo. Nosotras también lo hicimos, mientras reíamos. Realmente no aplaudíamos al piloto, sino a nosotras. Estábamos donde debíamos estar, hacía ya mucho tiempo.