CUATRO
El hospital estaba vacío y yo corría de un lado a otro buscando la habitación donde estaba mi hija. Nadie a quien preguntar. Me estaba volviendo loca. Cogí el ascensor, que subió a una velocidad de vértigo hasta la planta 22, para luego parar en seco y bajar en picado hasta casi tocar el suelo. Yo, muy quieta y acurrucada esperando a que todo aquel movimiento parase. Por fin las puertas se abren y veo el fuego. Se está extendiendo rápidamente por toda la planta de maternidad. Médicos, enfermeras, pacientes…, todos han sido desalojados. Mi intuición me dice que mi hija y su bebé siguen allí. Oigo un llanto, seguro que es mi nieta, tengo que salvarla. Entro en cada una de las habitaciones… Nada. Las sábanas de las cunas están revueltas, los bebés ya no están en ellas. El llanto es cada vez más fuerte. Solo me queda una habitación por revisar, pero está rodeada por las llamas. Desde su interior, alguien pide socorro, ¡es mi hija Daniela! Entro arriesgando mi vida y la veo de pie, con el camisón en llamas y sosteniendo a mi nieta recién nacida en brazos. Corro hacia ellas, tengo que sacarlas de ahí como sea. Hace mucho calor. Estiro mis brazos para coger a la bebé, la acerco a mi cara para besarla, y su beso me quema. La niña se convierte en fuego en mis brazos, mi hija grita desesperada al verlo y hasta yo misma empiezo a arder… ¡Nooo! ¡Nooo! Me zarandeo con fuerza para deshacerme de las llamas pero no lo consigo… ¡Me abrasooo! ¡Ooohhh! Y en ese preciso instante me desperté. El sol cegador del amanecer no me dejaba abrir los ojos. Me incorporé. Estaba totalmente empapada en sudor. Respiré aliviada. No había ningún incendio, mi hija y mi nieta no corrían peligro. Me había quedado dormida la noche anterior encima de los apuntes sobre mi nuevo libro. Apenas recordaba qué había escrito. Encendí el ordenador. Nada menos que veinte páginas. ¡Qué barbaridad! En mis noches de mayor inspiración lograba escribir unas cinco o seis. ¿Pero veinte? Me parecía imposible. Comencé a leer, y, antes de acabar la primera página, paré y respiré hondo. Si aquello veía la luz, toda mi credibilidad quedaría en entredicho y el cabreo de mis lectores podría mandarme al exilio. Tendría que empezar desde cero…, justo lo que Carlos y Dani querían que hiciera. No me quitaba la pesadilla de la cabeza. ¿Significaría algo? ¿Algún mensaje del más allá que me alertaba de un peligro inminente? No quería ver arder lo que más quería, pero… ¿cómo evitarlo? Escuché la puerta de casa. Era Elvira, mi asistente. ¡Genial! Ella podría ayudarme. Bajé las escaleras a toda prisa y no pude disimular mi alegría al verla.
—¡Elvira! ¡Elvira! —exclamé mientras la abrazaba.
—¿Qué pasa, señora Estela? ¿Se encuentra bien? —me preguntó extrañada.
—Ahora que te veo, sí —le dije sin disimular mi alegría.
—¿Qué hace vestida de noche a las nueve de la mañana? ¿Me he perdido algo?
—¿Algo…? Te lo has perdido todo.
—No me asuste, ¿a qué se refiere? —preguntó desconcertada.
—Carlos y Daniela me han abandonado. Ya no viven aquí.
—¿Cómo? No lo entiendo, si hace tres días todo iba bien.
—Al parecer, tú y yo éramos las únicas que creíamos que todo iba bien.
Lo primero que le encargué a Elvira fue que localizara al chico que había dejado embarazada a mi hija, Pablo se llamaba. Tenía que hablar con él urgentemente. ¿Cómo se había atrevido a largarse? ¡Cabrón! Ese niñato era un auténtico cabronazo. ¿Acaso sus padres no le habían enseñado nada? No robarás, no matarás, no desearás a la mujer del prójimo… y no dejarás abandonada a una mujer con un bombo a cuestas. Hijo único, con imán entre las mujeres, de los primeros de la clase, egocéntrico y… cabronazo. El chaval había creído que salir corriendo le libraría de toda responsabilidad, pero no había contado con su no suegra. El abandono de mi hija me tenía en pie de guerra. Me sentía como un dragón. Poderosa, con capacidad de plantar cara al mayor de los rivales, y con un arma oculta que utilizaría justo en el momento en que mi presa estuviera a tiro. Elvira me aseguró que aquella misma mañana tendría su teléfono. Luego me hizo un repaso de la agenda de la semana. Dos entrevistas en radio, una colaboración en un coloquio en televisión, la asistencia a una cena benéfica, un estreno de una película dirigida por un gran amigo, un viaje a Bilbao para entregar un premio… Esa era la agenda de Estela Cruz, pero yo ya no era esa.
—Elvira, no voy a poder asistir a ninguno de mis compromisos. Anúlalo todo.
—Pero, señora Estela, ¿cómo voy a hacer eso, qué excusa puedo dar?
—Si te diera yo la excusa, no te necesitaría.
—Entendido.
—Me alegro. Ponte con eso y con lo del caradura. ¡Ah! Y localízame también la nueva dirección de mi hija y Carlos.
—¿Querrá decir direcciones?
—No, es solo una, viven juntos.
—¿Cómo?
—Como lo oyes.
—Oh, no, ¿y cómo está usted?
—Jodida.
—Entendido.
—¿Me ayudarás?
—Por supuesto.
—Ah, y otra cosa. Llama a Lucía y dile que necesito verla esta misma mañana.
—Enseguida.
Me metí en la ducha y dibujé mentalmente mi plan de ataque. Tenía varios frentes abiertos. Encontrar al fornicador sin miedo y leerle la cartilla, saber qué tipo de relación unía a Daniela con mi ex, continuar con mi nueva obra y arriesgarme a perderlo todo, o destruirla y seguir siendo modelo de salvación para las almas en pena… Y también quería enfrentarme cuanto antes a mi pasado para encontrar respuestas. Me visualicé de nuevo como si fuera un dragón. Estaba preparada para atrapar al caballero andante en cuanto atravesara el puente levadizo. El ruido de los nudillos de Elvira en la puerta del baño me devolvió a la realidad. Lucía me esperaba a la una, Cass que la llamara urgentemente. Me extrañó que no me llamara al móvil. Lo miré y tenía siete llamadas perdidas, cinco suyas, y decenas de wasaps, muchos suyos. Quería verme, necesitaba mi ayuda. Le contesté que viniera a casa sobre las diez para cenar juntas. Y salí pitando camino de la consulta de Lucía.
Sentada en la sala de espera mientras le daba vueltas a la regresión, se me aceleró el corazón y me dio la puta ansiedad. Le pedí a la secretaria un Lexatin. Me lo puse debajo de la lengua y esperé a que aquello parara. La parálisis de mis músculos, el sudor de mis manos, el miedo a la vida…, lo de siempre. Pasó casi una hora hasta que me llamaron a consulta.
—Me alegro de verte, Estela. ¿Has tomado algo? —me preguntó sabiendo la respuesta. Lucía conocía bien mis ojitos dopados.
—Sí…, me dio un poco de ansiedad mientras esperaba. Hace veintitrés años que dejé atrás Cuba. No sé si quiero volver.
—Tranquila, hoy será solo una primera toma de contacto.
—No sé si estoy preparada.
—Nunca se está preparado para enfrentarse al origen de nuestros problemas, pero a veces es el único camino para solucionarlos.
—¿Tan mal estoy?
—Tu hija y tu novio te han abandonado porque no te reconocen, ¿qué te parece?
—Horrible.
—Voy a inducirte una relajación profunda con el fin de contactar con tu subconsciente. Déjate guiar por mí y todo irá bien.
—De acuerdo.
De tanto que me relajé, llegué a sentir algo parecido al momento previo a dar a luz, cuando dopada por el efecto de la anestesia deseé quedarme para siempre en ese estado. Una vez situada en ese plano de semiinconsciencia, Lucía me condujo hasta mi infancia. Estaba sola en casa, debía de tener unos seis años. Mi hermano había ido a la escuela y mis padres estaban ganándose la vida en la calle. Mi padre como chófer ilegal de turistas, y mi madre como tendera en una tienda de comestibles. Papá conseguía los coches más impresionantes, reliquias que ya no existían en ningún otro lugar del mundo, y a los turistas les parecía fascinante montar en aquellos modelos de película. Me vi jugando con una típica muñeca de trapo cubana. No era la primera vez que me quedaba sola en casa. Una casa muy pobre, siempre abierta, que daba a un camino de tierra poco transitado. Hacía mucho calor, por lo menos cuarenta grados, y una humedad insoportable. «Para mí que los muertos cubanos no se transforman en polvo, sino en agua», decía mi madre. Yo me lo imaginaba perfectamente, porque había días en los que ya me sentía agua. Una puerta se cerró de golpe. «¿Hermano?», pregunté yo alzando la voz. Nadie me contestó. Empecé a sentir un fuerte temblor en las piernas, tanto que no pude controlar los espasmos. Lucía quiso seguir un poco más.
—Dime, ¿quién entra en la casa?
—No lo sé. Sigo peinando a mi muñeca y, de pronto, unas manos me la arrebatan. Esas manos me tapan la boca para que no chille…
—¿Y?
—No puedo girarme, no puedo.
Mis piernas ahora se mueven sin control y Lucía decide hacerme volver. No recuerdo nada, pero me noto empapada en sudor. Cuando me cuenta lo que estaba narrando, me resulta imposible decirle quién puede ser la persona que irrumpe en mi juego. Me acuerdo de mi casa, incluso de esa muñeca de la que me habla Lucía. Pero nada de una intromisión sorpresa en un día de mucho calor.
—No me encuentro bien, Lucía.
—Vete y descansa. Nos vemos en una semana. Sé que te va a resultar difícil, pero intenta no comerte la cabeza con esto.
Tuve que quedarme bastante rato tumbada en su diván, hasta que el temblor de mis piernas desapareció por completo. Las dos permanecíamos en silencio. Lucía anotando en su pequeña libreta el resultado de este primer viaje, y yo con el corazón encogido. ¿Quién diablos me había arrebatado la muñeca de las manos? Estaba deseando volver para averiguarlo. ¿Me ayudaría aquel recuerdo a recuperar a mi hija? En principio no parecía tener mucha relación una cosa con la otra. Noté la vibración de mi teléfono en el bolso. El sonido permanecía apagado. Era Elvira.
—Señora Estela, tengo noticias.
—Dispara.
—He localizado a Carlos y Daniela. Ahora mismo estoy en el portal de la casa.
—Voy para allá.
—Hay más.
—¿Qué?
—El chico que está buscando vive con ella.
—¡¡¡¿¿¿Cómoooo???!!! Debe de haber un error.
—No creo, es el propietario de la casa.
—…
—¿Señora Estela?
—…
—¿Está bien?
—No.
—¿La espero?
—¿Sabes si hay alguien?
—Según el portero, no.
—Voy para allá.
Mis neuronas pisaron el acelerador, todo me daba vueltas. Mi hija me había dicho que ese chico, Pablo, no quería saber nada de ella ni del bebé. Era imposible que vivieran juntos. Algo no cuadraba. Bueno, en realidad nada cuadraba. Hasta que no hablara con Dani, mi mente no descansaría. Caminando a velocidad de atleta, llegué al lugar que me había indicado Elvira con el corazón en la mano. El efecto del Lexatin se fue a tomar viento. Allí estaba Elvira, mi fiel asistente, frente al portal de la casa, como una estatua. Para ella era tan importante como para mí recuperar a mi familia. Pese a su apariencia fría, vivía su vida a través de la mía y sufría mis penas incluso más que yo misma.
—Gracias, Elvira, ya me quedo yo.
—Si quiere, puedo acompañarla hasta que llegue alguien.
—Gracias, pero esto debo hacerlo sola. Vete a casa a descansar.
—¿Está segura?
—Sí, sí, mañana nos vemos.
Cuando la vi desaparecer, sentí que me había quedado sola en el mundo. Me senté en un banco cercano, desde donde podía ver sin ser vista. Pasé muchas horas mirando el portal, sin nada en el estómago. Empezó a anochecer. Daniela, Carlos o Pablo, o los tres juntos, aparecerían en cualquier momento. Solo me dejaría ver si la que llegaba era mi hija. Mientras no supiera qué relación tenía con Pablo, no podía hablar con él. Y con Carlos mejor no toparme. Me imaginaba gritándole, insultándole y hasta mordiéndole. Supongo que eso es lo que querían, verme desesperada, indignada, cabreada con el mundo, como ellos. Tenía hambre y sueño. Pasaron dos horas más y se hizo totalmente de noche. Estaba tan concentrada en mi misión que olvidé poner el sonido al móvil y tampoco noté la vibración. Luego me enteré de que Cass me había estado llamando insistentemente. Igual que estaba yo esperando a mi hija, ella me esperaba a mí en casa. Habíamos quedado a las diez y lo había olvidado. Había olvidado hasta que tenía una vida fantástica, unas amigas ricas y famosas, y una rutina de ejercicios diarios con Cintia, la entrenadora de las estrellas. Solo me importaba saber por qué mi hija vivía en casa del tipo que supuestamente la había dejado tirada, si era ella la rubia que se había besado con Carlos en el restaurante, y cuándo pensaba volver a casa para que la cuidara en su embarazo. Esta había sido una jornada intensa, después de una noche intensa en una semana intensa. Y llevaba un relajante muscular en el cuerpo y una sesión de regresión que me había dejado traspuesta. Me quedé dormida no sé por cuánto tiempo. Y cuando abrí los ojos, la vi, cruzando la calle en dirección al portal, mi niña.
—¡Daniela!
—¡Mamá!
Corrimos la una hacia la otra y nos abrazamos.
—¿Cómo estás, mi niña?
—Yo bien, ¿y tú?
—¿Yo?, pues… —estuve tentada de decirle la verdad, pero no quise ponerla triste—. Bien, bueno, llevándolo como puedo y escribiendo para encontrar respuestas.
—¿Sigues con tu libro?
—No, lo he eliminado.
—¿Cómo que lo has eliminado?
—Pues eso. Lo eliminé todo tirándolo a la papelera del ordenador.
—No te creo, estabas emocionada.
—También estaba emocionada con vosotros en casa y ahora no os tengo.
—Ya… —afirmó mi hija con pena.
—Dani, ¿hay algo entre tú y Carlos? —Mi cabeza llevaba demasiadas horas con esta pregunta en la cabeza y no la pude retener ni un segundo más.
—¿Por qué dices eso? Me ofendes solo con preguntármelo.
—¿Y por qué os habéis ido a vivir juntos? No se entiende.
—Sabes perfectamente que, para mí, Carlos es como un padre.
—¿Y yo? Yo no soy como una madre, soy tu madre. Y me has abandonado.
—Mamá, no hables así. No es un abandono. Carlos y yo creemos que necesitas estar sola para ver las cosas como realmente son.
—¿Qué es lo que queréis, que me vuelva una pesimista amargada?
—No, mamá, no has entendido nada.
—¿Me lo explicas?
—Se trata de que no des la espalda a los problemas…
—¿Cuándo vas a volver a casa? —le corté.
—Querrás decir «cuándo vamos a volver» —me rectificó.
—A mí solo me importas tú.
—Carlos te quiere mucho, mamá, él también está sufriendo con esto.
—Ya. Oye, cariño, ¿cómo va tu barriguita? ¿De cuánto estás?
—De nueve semanas.
—¿Ya? ¿Y cómo te encuentras?
—Con sueño y ganas de vomitar todo el día, pero por lo demás bien.
—¿Y Pablo?
—¿Qué pasa con Pablo?
—¿Has sabido algo de él?
—No.
¿Por qué me mentía? Me había dicho que no tenía nada con Carlos y la creí, pero también decía que no sabía nada de Pablo, y Elvira había averiguado que vivía en su casa. Me sentí incómoda, con ganas de salir pitando para descubrir lo que estaba ocurriendo realmente. Seguí hablando para que no se notara que sabía algo y, cuando vi la ocasión, me despedí. De camino a casa, me acordé de Cass. Saqué mi teléfono del bolso y vi que me había estado llamando y mandando wasaps. Paloma y Berta también me buscaban. Llamé primero a Cass, pero no me lo cogió. Paloma, sin embargo, respondió casi al primer tono.
—Estela, ¿se puede saber dónde te has metido?
—Estaba con mi hija.
—Vale, pero podías haber contestado al móvil.
—Lo tenía en silencio.
—Pues has elegido el día ideal.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—No puedo creer que no hayas visto nada. Resulta que algún capullo hizo fotos anoche de Cass enrollándose con aquel tipo y de la pelea posterior con el Fiti. Esas fotos han visto hoy la luz y todos los medios se han hecho eco. En solo unas horas, el escándalo se ha convertido en cuestión nacional; en fin, ya sabes cómo va esto. Mi jefe me ha pedido que la invite al programa de esta semana.
—¿Quéee? ¿Cass personaje de la semana?
—Como lo oyes. Un marrón de los gordos.
—¿Y qué dice Cass?
—Ese es el problema. Que no dice nada, la hemos estado llamando todas y no nos lo coge. Por lo visto, solo quería verte a ti y tú no estabas.
—¡No me lo puedo creer! Cómo iba yo a saberlo. Me siento fatal. ¡Qué rabia! Tenemos que encontrarla.
—Eso llevamos intentando ya hace unas horas… y nada.
—A las diez estaba en la puerta de mi casa, eso es seguro.
—De eso hace dos horas, Estela.
—Jo, no me asustes. Voy a pensar cinco minutos y ahora te llamo.
—Vale, te espero. Oye…
—¿Qué?
—Ponle el sonido al móvil.
—Ya, ya.
Paré en una cafetería, me senté y pedí una caña. Necesitaba algo de alcohol para asumir lo que acababa de oír. Cass personaje de la semana y, lo que era peor, desaparecida. Desde que había decidido vivir sin doble ración de endorfinas, todo iba de mal en peor. Por un momento, me arrepentí de haber destruido mi último libro. En él decía que todos podíamos conseguir nuestros sueños y tocar el cielo que merecemos. Ahora ese ideal se hallaba navegando entre papeleras virtuales, o tal vez ya no quedara nada en ninguna parte. Y después de estar con mi hija, lo veía todo todavía más negro. Cass seguía sin cogerlo. ¿Por qué? Le mandé varios wasaps suplicándole que me dijera dónde estaba, pero nada. Su estado, el de siempre, «Con paso firme», última conexión a las diez y media. Me bebí la caña de un trago y pedí otra. Tenía que haber alguien que supiera de ella. Probé con el Fiti.
—Hola Fiti, soy Estela.
—Ah, qué bien. Si te llego a tener grabada, ni te lo cojo.
—¿Por qué? —le pregunté extrañada.
—¿Y todavía lo preguntas? Tú y tus amiguitas os habéis cargado lo nuestro.
—¿Perdona?
—Mira, Estela, no te hagas la tonta. Ayer todas sabíais que Cass se estaba enrollando con otro y no hicisteis nada para impedirlo.
—¿Y tú? ¿Hiciste algo tú? Aparte de mentirle, claro. Porque, que yo recuerde, te pillé de marrón metiéndote una raya con un amiguito y me suplicaste que no le contara nada.
—Eso no tiene nada que ver —dijo excusándose.
—Vale, Fiti, lo que tú digas. Mira, ahora lo que quiero es saber dónde está Cass. No nos coge el teléfono a ninguna.
—Y a mí qué me cuentas, yo no quiero volver a saber nada de esa puta —me soltó con desprecio.
—Eres un gilipollas —espeté mientras le colgaba.
Con el pedazo de tía que era Cass, no entendía cómo podía haberse liado con semejante energúmeno. Me quedé medio atontada mirando fijamente el televisor del bar. No sabía por dónde tirar, a quién llamar. La vida de Cass giraba en torno al Fiti y a nosotras. De pronto, vi algo que me hizo pensar. En la tele alguien subía unas pequeñas escaleras de madera… Y entonces me acordé… ¡La buhardilla de Cass! Una vez me contó que era el único sitio donde se sentía ella. Allí tenía sus recuerdos, algunos de los trajes que le habían regalado los grandes diseñadores para los que había desfilado, las fotos de su madre y su padrastro, las denuncias… Pagué mis cañas y salí pitando. Por el camino, llamé a Berta. No sabía qué podía encontrarme y ella era médico. Cuando llegué, ya me esperaba en el portal. Despeinada, sin maquillar y con cara de haberse sacado veinte litros de sangre. Nos temíamos lo peor. Llamamos al telefonillo… Nada. Y después uno por uno a los vecinos, hasta que uno nos abrió. Ya en la puerta de su estudio, volvimos a aporrear el timbre… Nada. Llamar a la policía no era una opción. Igual Cass ni siquiera estaba allí, y nuestra llamada podría filtrarse a los medios. Localicé al manitas que siempre se encargaba de abrir la puerta de mi casa cuando me dejaba las llaves dentro. Mejor pagar cien euros que aguantar a Carlos repitiéndome una y otra vez que debía fijarme más en las cosas. Sonreí, ahora era libre, y podía llamar al manitas las veces que hiciera falta sin sentirme culpable. Llegó en quince minutos y tardó cinco en abrirnos la puerta. Nos podíamos fiar de su silencio, era un revientapuertas con muchos trapos sucios que esconder. Berta, que tenía mucho mundo pero poca calle, flipó con mis trapicheos. Entramos despacio. No había luz, pero no hacía mucha falta. La sala donde la modelo organizaba desfiles y sesiones fotográficas estaba iluminada por la luz de las farolas que se colaba por la ventana. Había que buscar las escaleras que llevaban a la buhardilla. Encontré un interruptor y lo presioné. Nada, seguíamos a oscuras. Berta me dijo que deberíamos llamar a la policía, que aquello no pintaba bien.
—Tranquila, si encontramos algo raro, la llamamos. Igual Cass está ahí arriba tan tranquila.
—¿Tú crees?
—Mira, ¡ahí están las escaleras! Subamos.
—No me atrevo. Ve tú.
—Las narices, tú subes conmigo.
Levanté la portezuela de acceso y me asomé. Allí sí que nos hacía falta luz. No se veía nada.
—Vamos —le dije para que me siguiera.
—No se oye nada, estará en algún bar. Vámonos.
—Todavía no, igual ha venido antes y ha dejado alguna pista de su paradero.
—Y las pistas, ¿no las busca la policía?
—Para, no vamos a llamar a nadie.
—Vale, vale, lo que tú digas, Estela Holmes.
Nos adentramos en el pequeño espacio con miedo. Yo disimulándolo como podía, Berta pellizcándome el brazo a cada paso. Efectivamente, alguien parecía haber estado allí. Todo estaba revuelto, recortes de revista esparcidos por el suelo, trajes hechos jirones… Había un quicio de madera sin puerta que llevaba a una habitación completamente a oscuras. Casi podíamos escuchar nuestros latidos en medio de aquel silencio.
—¡¡¡Aaahhh!!! —gritó Berta, cuyo pie había tropezado con algo rígido en el suelo.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Enciende la linterna del móvil de una vez, ¿a qué esperas? —dijo Berta fuera de sí mientras retrocedía.
—Voy, voy —le contesté mientras buscaba torpemente la linterna en el móvil. La usaba cada mañana para llegar hasta el baño y cada noche para llegar a la cama sin tropezarme, pero en ese momento olvidé cómo se accionaba. Estaba de los nervios. ¡Por fin! La encendí e iluminé hacia el suelo. Ahí estaba Cass, dormida, semiconsciente… o muerta. Las dos gritamos y mi teléfono salió disparado de mi mano.
—Venga, venga, saca tu teléfono y enciende tu linterna —le apuré a Berta.
—Vale, vale, ya voy —dijo aterrada.
—Cass, despierta… Pequeña, ¿estás bien? —le susurré a nuestra amiga al oído. Nada, no contestaba.
Con la linterna de Berta pudimos ver que, junto a Cass, había una botella de whisky, un cenicero repleto de colillas y un bote de pastillas. No estaba vacío, pero tampoco sabíamos cuántas eran necesarias para irte al otro mundo. Ahora me sorprendo al recordar lo fuertes que fuimos ante la visión de nuestra amiga en el suelo. Podría haber estado muerta.
—Berta, tú eres médico, ¿qué hacemos?
—Llevo quince años metiendo bótox, tampoco te creas que…
—Bueno, algo te contarían en la carrera sobre cómo reanimar a alguien, ¿no?
—Lo primero, mira si respira. Ponle los dedos debajo de la nariz.
Seguí sus indicaciones y comprobé aliviada que salía aire calentito.
—¡Está viva! ¡Está viva!
—¡Genial! Ahora lo importante es que saque lo que se ha metido. Métele los dedos.
—¿Por qué no lo haces tú?
—Porque para eso no hace falta ser médico, y seguro que tú lo has hecho más veces que yo.
La pusimos de lado, le abrimos la boca y yo le metí los dedos lo más profundamente que pude. Cass se despertó y se puso a toser compulsivamente.
—¿Se puede saber qué coño hacéis? ¿Qué queréis? ¿Matarme?
—Cass, Cass, ¿estás bien?, ¿qué sientes? Dime, ¿ves mi dedo índice? —le dije mientras lo movía haciendo el gesto de negar delante de sus ojos.
—Eh, eh, para un poquito. Por cierto, tú y yo habíamos quedado, ¿no? —me recriminó.
—Sí, sí, perdóname, lo olvidé. Pero estoy aquí, ya no me vuelvo a ir. Te lo juro —le dije estrujándola entre mis brazos.
—Cass, creíamos que estabas muerta… o casi —dijo Berta todavía conmocionada.
—¿Muerta yo? ¿Y por qué voy a querer morirme, porque un capullo machista me haya dejado de puta delante de toda España? No, queridas, he tenido razones de verdad en mi vida para largarme y no lo he hecho.
—¿Y qué haces aquí tirada? Y a oscuras.
—Amigas…, estoy realmente jodida…, más que hace mucho tiempo…, pero no pienso tirar la toalla. Estaba muy cabreada, todos los canales hablando de mi vida sin saber nada, el Fiti desaparecido… Quería ahogar las penas contigo —dijo mirándome a mí— y, al no encontrarte, me vine a mi refugio. Hice un repaso de mi vida, de todo lo que había conseguido yo solita, sin la ayuda de ese ni de ningún otro capullo. Bebí y, cuando me cansé de beber, me tomé una pastilla para dormir. Eso es todo.
—¿Y se te ocurre dormirte junto al bote? Alcohol, mujer en el suelo y bote de pastillas, ¿en qué demonios estabas pensando? —le espetó Berta.
—¿En dormir? —preguntó con sorna.
—¿En el suelo? —le pregunté.
—Aquí no hay sofá ni cama ni mesita donde guardar mis pastillas. Es solo mi rincón de pensar, pero me cansé de pensar y quería dormir.
—Pues que sepas que nosotras no te íbamos a dejar dormir ni cinco minutos. Pensábamos que te nos ibas.
—Ooohhh, gracias amiguitas —nos dijo mientras nos abrazaba—. Ahora sé que puedo venirme a beber tranquila con mi bote de pastillas.
—Ni lo sueñes, yo no vuelvo por aquí. Qué mal trago, por favor —le contestó Berta aún con el susto en el cuerpo.
—Conmigo sí puedes contar. He comprobado que, en situaciones de emergencia, soy más valiente que en mi vida. Igual hasta escribo una novela policiaca y me dejo de tanto mensaje cósmico.
Seguimos conversando hasta acabar por los suelos de la risa recordando paso a paso nuestro registro. Encontrar a Cass tirada en el suelo había sido una conmoción. La modelo se disculpó por desaparecer sin dar señales de vida. Llamamos a Paloma y en quince minutos estaba sentada con nosotras. Al contrario de lo que creíamos, Cass aceptó encantada sentarse en su programa como personaje de la semana.
—Aunque me quedara callada, no dejarán de hablar de mí. Ni soy una puta ni voy provocando peleas en discotecas. Contaré mi verdad antes de que le pongan un micro al Fiti y me deje por los suelos.
—Como quieras, pero piénsalo —le recomendó Paloma.
—Ya está pensado. Iré a tu programa —repuso Cass contundente.
—Eso se merece un brindis, ¿no creéis? —les dije.
Agarré la botella de whisky, di el primer trago y se la fui pasando a mis amigas. Cass iba a enfrentarse a las diez de Paloma y el whisky nos ayudaría a todas a asumirlo.
—Será una noche mítica —añadió Paloma.
—Dalo por hecho —sentenció Cass.