CAPITULO X

Matt Caldwell retiró el vendaje que rodeaba la cabeza de su paciente. Dejó a un lado las tijeras y las pinzas, y buscó los ojos de Elsie Bromfield.

—¿Siente muchas molestias? —le preguntó, sentándose en el borde de la cama.

—Estoy mucho mejor, doctor...

Su voz era cálida, muy suave, igual que la sonrisa con la que ahora envolvía al hombre que estaba frente a ella.

—Y todo debo agradecérselo a usted, doctor —le dijo—. No sé lo que hubiera sido de mí, de no haber tenido la fortuna de encontrarle en Wright,

—Por favor, señorita Bromfield, cualquiera, en mi lugar, hubiera hecho lo mismo. Es nuestra obligación y, además, cuando se trata de atender a una mujer tan hermosa como usted…, esta obligación se convierte en un placer.

Elsie Bromfield se preguntó cuáles serían las intenciones de aquel hombre. De algo estaba segura. El interés de Matt Caldwell hacia ella superaba, con mucho, el normal de un médico hacia su paciente.

—Cuando pienso que usted no se ha separado un solo momento de mi cabecera durante los días que he pasado inconsciente, que me ha velado sin fatiga...

Matt Caldwell cogió una de las manos de Elsie entre las suyas.

—Y volvería a hacerlo cien veces —exclamó, inclinándose hacia ella—. Creo que cualquier hombre se sentiría feliz de poder dedicarle toda su atención y todos sus desvelos, señorita Bromfield...

—Como usted ha hecho durante estos días, ¿verdad, doctor?

Sus miradas se enredaron, mientras Elsie trataba de llegar al punto que le interesaba.

Aquella mañana, poco después del desayuno, Matt Caldwell se había referido a las horas que ella había estado inconsciente, delirando, pronunciando palabras inconexas.

Le miró al fondo de los ojos. Sus dedos acariciaron la mano del médico, haciéndole sentir un estremecimiento de placer.

—Preferiría que me llamaras Elsie —propuso—. Después de todo, durante estos días has compartido todos mis secretos...

Matt Caldwell había enrojecido. La presión de sus manos se hizo más fuerte sobre las de la mujer. Esta volvió a hablar quedamente:

—Estoy segura de que ahora conoces muchos de mis secretos, ¿no es verdad? Siempre he oído decir que cuando alguien delira, pone su alma al descubierto...

—Los médicos sabemos guardar los secretos de nuestros pacientes, Elsie.

—Tú eres ya, para mí, algo más que mi médico, Matt. Eres un buen amigo...

—De eso puedes estar segura, Elsie. Y sólo te pido que me permitas demostrártelo...

Elsie se puso rígida bajo las ropas que cubrían su cuerpo. Tuvo el presentimiento de que, tras aquellas palabras, aparentemente inocentes, de Matt Caldwell, se escondía una doble intención.

Vio cómo el médico apoyaba las manos en sus hombros, manteniéndola contra el lecho, su pelo negro desbordando la blancura de la almohada, mientras su aliento la golpeaba en el rostro.

Estaba muy próximo a ella, casi aplastándola con el peso de su cuerpo.

—Y creo que ya he tenido ocasión de hacerlo, Elsie...

—¿Qué quieres decir, Matt?

—Tenías razón cuando hablabas de que, durante estos días, he conocido todos tus secretos. No temas... —la tranquilizó, reduciendo aún más la distancia que había entre ambos—. Ya te he dicho que soy tu amigo, y que quiero demostrártelo.

Elsie rodeó con sus brazos el cuello del hombre, manteniéndole contra ella, como si no quisiera dejar que se le escapara hasta conocer toda la verdad.

—¿A qué secretos te refieres, Matt? —intentó bromear—. No me digas que te he hablado en sueños de otros hombres...

—Creo que hay cosas más importantes en tu vida que los hombres, Elsie —respondió Caldwell, sin querer descubrir aún sus cartas—. Cosas que te preocupaban mucho más, y que, de no haber sido por mis buenos oficios, a estas horas, quizá, habrías perdido...

Conocía demasiado bien el efecto que sus besos causaban en los hombres para no utilizar aquel recurso en semejantes momentos.

Entreabrió sus labios carnosos y atrajo hacia sí el rostro de Matt Caldwell hasta que sus bocas se unieron en una larga e intensa caricia.

Después, venciendo el dolor de su cuerpo magullado, se incorporó hasta quedar sentada en la cama. La sábana dejó al descubierto sus hombros desnudos.

—¿Por qué eres tan misterioso, Matt? —le preguntó, con voz ronca—. ¿O es que acaso te gusta verme sufrir?

—¡No digas eso, Elsie! —protestó él—. Por ti sería capaz de hacer cualquier locura. A veces pienso si no la habré hecho ya, al ir a buscar la silla de tu caballo.

Elsie Bromfield trató de que su expresión no le denunciara. Desde el momento mismo de recuperar el sentido, se había preguntado dónde estaría su silla de montar.

En su interior, lejos de las miradas de los curiosos, había depositado los trece mil dólares que Telly Borman y ella se llevaran del refugio de la cuadrilla.

—¿Para qué querías mi silla, Matt?

—No sigas haciéndote la ingenua, Elsie. Mientras estabas dormida, fueron muchas las veces que te referiste al dinero que llevabas escondido en ella. Al principio no me di cuenta de lo que decías, pero luego, poco a poco, fui encajando todos los detalles hasta completar tu historia...

La palabra no gustó demasiado a Elsie Bromfield.

—Pero ya te he dicho que no tienes nada que temer conmigo, querida. No me interesa tu dinero, sólo te quiero a ti... —La abrazó de nuevo, apasionadamente, haciéndola gemir a causa del dolor de sus costillas maltrechas—, Y ahora soy un hombre feliz porque sé que serás mía. ¡Mía para siempre! Y eso es algo muy importante para un hombre como yo, un pobre médico de pueblo, que nunca ha conocido aventuras importantes ni ha tenido entre sus brazos a otras mujeres que las que pueden conseguirse en la cantina, a cambio de unos pocos dólares... Tú, en cambio, eres muy distinta a todas ellas. Eres hermosa y joven, tan bonita, que todos los hombres de este pueblo me envidiarán, cuando sepan que vas a ser mi mujer...

Sus ojos brillaban como los de un loco. Las palabras salían de su boca de una forma rápida, entrecortada, como si quisieran ir más de prisa que sus pensamientos.

Elsie se echó hacia atrás hasta quedar con la espalda apoyada en la cabecera de la cama.

—Yo sé que soy muy poco para ti; que no soy ni joven ni brillante, que tampoco tengo dinero ni posición, Elsie. Pero ahora no importa nada de eso, ¿verdad, querida? Tengo algo que vale mucho más que lo que cualquier hombre pudiera ofrecerte. ¡Tengo tu secreto!... Y si un día cualquiera, quizá. abatido por la tristeza de saber que iba a perderte, se me ocurriera hablar de tu pasado, de tu relación con hombres como Hopkins o Telly Borman...

Elsie se dio cuenta de que aquel hombre era mucho más peligroso que los que hasta entonces la habían perseguido.

Le miró fríamente, intentando no perder el dominio de sus nervios, mientras él seguía hablando, moviendo los labios frente a ella, aunque ya no le escuchara.

“Estoy segura de que serías capaz de ir a contar al sheriff todo lo que sabes sobre mí. Y para que no lo hagas, no me queda otra solución que plegarme a tus deseos. Sólo mientras acepte tus condiciones podré sentirme tranquila...”

Aquel pensamiento no le hizo, precisamente, feliz.

Se había jugado mucho a la hora de engañar a Johnny Skeeter y el resto de la cuadrilla, igual que más tarde lo había hecho desembarazándose de Telly Borman, para disfrutar a su antojo de los trece mil dólares obtenidos en el último robo al ferrocarril.

Y, ahora, todo su futuro peligraba porque un estúpido médico pueblerino había permanecido despierto a su cabecera, mientras ella deliraba.

Apartó la vista de Matt Caldwell, desviándola hacia la izquierda, cuando algo brillante llamó su atención.

“Quizá me equivocara antes, al pensar que la única posibilidad de sentirme segura era aceptando las condiciones de este hombre. Estaba en un error. Hay otra solución. Y mucho más eficaz...”

Mientras pensaba aquello, su mano derecha se movió lentamente hacia el borde del lecho hasta llegar a la silla donde Matt Caldwell había dejado la bandeja con su instrumental.

Se dio cuenta de que él se había callado, como si esperara alguna respuesta. Le sonrió y susurró a su oído:

—Tienes razón, querido. Los dos juntos podemos ser muy felices...

Matt Caldwell se estremeció al oír aquellas palabras. Era mucho más de lo que esperaba.

Apoyó la cabeza sobre los hombros de Elsie Bromfield, que seguía sentada en la cama, la espalda reclinada en la cabecera, mientras su mano izquierda, de dedos finos y afilados, se movía suavemente sobre la nuca del médico.

Siguió hablando:

—No me importa lo que sepas sobre mí, Matt —mintió—. Es otra cosa muy distinta lo que me hace quedarme a tu lado. Eres tú...

Pulgada a pulgada, su mano derecha había seguido moviéndose en dirección a la silla sobre la que reposaba la bandeja con el instrumental de Matt Caldwell.

Le acarició el cuello con la punta de los dedos, procurando que no cambiara la posición de su cabeza.

—Ese dinero servirá para que ambos seamos muy felices —le prometió con voz ronca, mientras comenzaba a cerrar sus dedos sobre el mango frío y metálico de un instrumento cortante—. Nos lo gastaremos juntos; olvidaremos el pasado...

—Sólo me importa el futuro a tu lado, Elsie...

El aliento del hombre se estrelló contra su piel.

Elsie Bromfield imprimió una gran fuerza al siguiente movimiento de su brazo derecho.

La hoja del bisturí se hundió en la espalda de Matt Caldwell, cuyo cuerpo se estremeció, al sentir la herida mortal.

Luchó por soltarse del abrazo de su asesina; quiso levantar la cabeza, decir algo...

Pero sólo alcanzó a murmurar unas palabras inconexas, seguidas de un ronco estertor, mientras la rigidez de la muerte iba apoderándose rápidamente de todos sus miembros.

Elsie empujó a un lado el cuerpo sin vida del médico, y saltó del lecho, cuyas blancas ropas empezaban a teñirse con el rojo de la sangre, quedando tensa, apoyada en el borde de la cama.

Miró con indiferencia a su víctima. Una sonrisa cruel se pintó en sus labios carnosos.

—Ahora ya no me das miedo —habló quedamente—. Soy libre para ir a donde me plazca, con mi dinero. Ni tú, ni nadie, me impedirá disfrutar de esos trece mil dólares.

Los ruidos de la ciudad llegaban hasta el interior del cuarto a través de la ventana entreabierta, que daba a un patio interior.

Abrió el armario y buscó sus ropas. Empezó a vestirse.

"Tengo que salir de aquí, antes de que descubran la muerte de este tipo. ¡Maldita sea la hora en que aquella serpiente se metió entre las patas de mi caballo! A estas horas podía estar ya en Wyoming...” pensó.

Se apoyó en los pies de la cama, sin importarle la proximidad del hombre que acababa de asesinar, para meterse las botas.

Lo hizo con cierta dificultad. Aún tenía dolorido el cuerpo a causa de la violenta caída desde lo alto del caballo, cuando éste, asustado al sentir la cascabel entre sus patas delanteras, se había encabritado inesperadamente.

Elsie había rodado por un talud, magullándose todo el cuerpo, hasta que unas rocas frenaron su caída, golpeándose con el canto de .una de ellas en la nuca.

Inconsciente, con las ropas destrozadas y manchadas de sangre, la habían recogido, unas horas más tarde, tres vaqueros de un rancho cercano.

En Wright había quedado al cuidado de Matt Caldwell, quien, durante los dos días que permaneció inconsciente, no se había separado de la cabecera de su paciente ni un solo segundo.

Había sido en aquellas horas de soledad en compañía de una mujer desconocida y hermosísima cuando Matt Caldwell concibió la idea que le había llevado a la muerte.

—¡Estúpido! —murmuró Elsie, en dirección al cadáver, terminando de abrocharse la blusa—. Eras muy poco hombre para una mujer como yo. Y encima, pensabas que iba a convertirme en tu esposa y a compartir contigo los trece mil dólares...

Al decir aquello, se inmovilizó, asaltada por una idea terrible.

Por primera vez pensó en las palabras de Matt Caldwell: “Te he hecho el favor de ir a recoger la silla de tu caballo...”

Sólo había dicho aquello. La silla, y los trece mil dólares que había escondidos en su interior, estaban ahora en poder del médico.

—¡Necesito saber dónde tiene el dinero! Y, desde luego, él no va a decírmelo...

Elsie Bromfield se alegró de que Matt Caldwell viviera solo. Así podría moverse por la casa con entera libertad.

Decidió registrar minuciosamente cada una de las habitaciones, desde el vestíbulo hasta el último cuarto del piso superior.

—En algún lugar tuvo que meter el dinero. Un hombre como ése no se fía de nadie en un asunto así. El dinero tiene que estar en la casa. ¡Y yo debo encontrarlo!

Estaba dominada por una impaciencia febril...

—Quizá esté aquí —se dijo, esperanzada, al penetrar en el despacho de Matt Caldwell—. Parece el sitio más normal para guardar el dinero...

De un vistazo recorrió todo el interior de la habitación. Una mesa de madera, la camilla de las curas, una estantería abarrotada de libros, dos vitrinas con frascos de medicamentos y material sanitario.

Su interés se centró en un oscuro escritorio adosado a la pared de la izquierda, frente a la ventana, entre las vitrinas y la cama de curas.

Intentó levantar la tapa, pero la llave estaba echada. Un segundo tirón produjo idéntico resultado negativo.

Durante unos segundos, estuvo forcejeando con la tapa del mueble, como si quisiera hacer saltar la cerradura con sus manos.

A cada segundo que pasaba, parecía más convencida de que era allí donde Matt Caldwell había guardado los trece mil dólares tomados de su silla de montar.

Ciega de rabia, con el cuerpo empapado de sudor a causa del esfuerzo y del nerviosismo, Elsie Bromfield pegó un puntapié a la parte baja del mueble, mientras de sus labios brotaba una palabrota.

—¡Soy una imbécil! —se recriminó a media voz—. Seguro que ese tipo llevaba la llave en su bolsillo...

Se alejó en dirección a la puerta del pasillo, sin volver la vista hacia el hueco de la ventana que quedaba a su espalda.

De haberlo hecho, sus ojos se habrían encontrado con el rostro de un antiguo amigo...