CAPITULO V

 

La animación de la fiesta había ido en aumento con el transcurso de la tarde.

Los amplios locales del almacén de granos estaban profusamente engalanados con gallardetes y banderolas de colores, mostrando el aire festivo que era común a toda la ciudad.

Eran los días en que Las Cabañas celebraba su famosa “Fiesta del Rodeo”, con abundantes concursos de doma y tiro, con muchos premios para los ganadores, y un gran baile final, como colofón de los festejos.

Prácticamente, todo el pueblo se encontraba aquella tarde en los salones habilitados para la reunión.

Los hombres y mujeres del pueblo bailaban animadamente, siguiendo el ritmo que les marcaban los cinco músicos situados en el tabladillo levantado al fondo del local, unas veces en pareja y otras formando corros, y encadenados entre risas y palmas.

Se bebía ponche, limonada, cerveza, mientras las personas de mayor edad conversaban y miraban el bullicio de los jóvenes, sentados en las sillas que rodeaban la improvisada pista de baile.

Todos sabían que, al día siguiente, la vida de Las Cabañas volvería a ser tan monótona como siempre.

Los músicos comenzaron a tocar una alegre mazurca, que hizo salir a la pista a numerosas jóvenes, acompañadas de sus parejas, mientras las poncheras empezaban a quedarse vacías.

La alegría de todos iba en aumento...

Por eso, nadie se preocupó demasiado cuando seis jinetes aparecieron en la calle principal del pueblo.

Algunos de los vecinos que habían salido en busca de un poco de aire fresco observaron con indiferencia a los forasteros, pensando, muchos de ellos, que acudirían atraídos por la posibilidad de bailar con alguna hermosa muchacha.

El grupo se detuvo ante la puerta principal del almacén de granos.

—¡Quédate con los caballos, Hampshire! —ordenó Johnny Skeeter a su compañero. Hizo un gesto a los otros cuatro para que le siguieran—. ¡Vamos dentro!

Previamente, se habían detenido a la entrada del pueblo, en la taberna de una mexicana gorda y sucia, que había contestado a sus preguntas con locuacidad y gran lujo de detalles.

Un billete de cinco dólares, colocado sobre el mostrador, había soltado su lengua.

—Encontrarán a esa mujer en el baile —les dijo, después de haber escuchado la descripción que Johnny Skeeter le hizo—. Pero no le será fácil bailar con ella. Todos los hombres del pueblo andan cómo locos por ser sus parejas. Hasta mi marido me ha dejado sola en la taberna para ir a verla, pues como ella es la reina, hoy, no puede negarse a bailar con ningún hombre del pueblo...

—¿Crees que será ella? —preguntó Jake, cuando abandonaron la taberna.

—¡Ya has oído lo que nos ha dicho esa mexicana! Puedes estar seguro de que no hay dos mujeres como Elsie en cien millas a la redonda —replicó Skeeter, montando de nuevo en su caballo.

—De todas formas, no lo entiendo muy bien —objetó Tyne, rascándose el mentón—. Sabe que vamos tras ella, y es estúpido por su parte detenerse en este pueblo para dejar que la manoseen un puñado de campesinos.

—¡Tú sí que eres estúpido, Tyne! —gruñó, furioso, Skeeter—. Elsie es muy lista, y piensa que, mientras esté aquí, rodeada de gente, se encuentra segura. Pero esta vez no volverá a engañarnos...

Los seis jinetes estaban ya en la calle principal de Las Cabañas.

Sus ojos observaron atentamente la calzada. El pueblo parecía estar vacío, apenas transitaba nadie por las aceras, y la única señal de vida procedía del edificio destinado a almacén de granos.

Se pusieron rápidamente de acuerdo. Todos conocían su oficio, y no estaban dispuestos a renunciar a los trece mil dólares que Telly Borman y la mujer se habían llevado del refugio.

Hampshire siguió con la mirada a sus cinco secuaces cuando éstos entraron en el improvisado salón de baile.

Johnny Skeeter buscó con los ojos a la mujer.

—¡Ahí está! —señaló Orland, en voz baja, a su oído—. Bailando con aquel tipo gordo y calvo...

Era ella...

Con una sola mirada, se pusieron de acuerdo. Las armas salieron fuera de sus fundas, y un par de disparos hechos al aire fueron suficiente para que la música se callara, y todas las conversaciones enmudecieran.

Hubo un movimiento de pánico entre las parejas más cercanas a la puerta, al ver a aquellos cinco hombres armados, que llevaban los rostros cubiertos por sendos pañuelos, dispuestos a hacer usó de sus armas.

La voz de Johnny Skeeter se oyó con claridad en el silencio:

—¡No queremos matar a nadie! Pero eso sólo depende de ustedes... ¡Que nadie se mueva de donde está! Muy pronto podrán seguir divirtiéndose...

Jake se abrió paso rápidamente, entre las parejas de bailarines que ocupaban la pista, hasta acercarse a la formada por el hombre calvo y su compañera.

¡Vamos, Elsie! —ordenó a la mujer, agarrándola de un brazo—. ¡Se acabó tu juego! ¡Ven conmigo!

Ella retrocedió, asustada, terriblemente pálida, al sentir la mano del pistolero sobre su brazo.

—¡Suélteme! ¡Me hace daño! Está confundido...

Los dedos de Jake se hundieron con más fuerza en su brazo. Sus ojos bizcos brillaron con ira.

—¡No me obligues a tratarte como te merece, Elsie! —gruñó, impaciente, tirando de ella hacia la puerta—. ¡Será mejor que vengas con nosotros! ¡Andando!

—¡Por favor, ayúdenme! ¡No dejen que me lleve este hombre! No sé quién es...

La presencia de los cuatro pistoleros que cubrían la sala desde la puerta, tenía paralizados a los vecinos de Las Cabañas, quienes veían, impotentes, cómo el enmascarado se llevaba a la mujer con él.

Jake tuvo que emplear todas sus fuerzas en dominar a su prisionera.

—¡Maldita zorra! ¡Esto te enseñará!

Levantó la mano armada, y golpeó con el cañón del “Colt” el rostro femenino, que comenzó a sangrar abundantemente por el labio partido.

Su brutalidad provocó un movimiento de réplica en algunos hombres.

—¿Es que sois un pueblo de cobardes? —preguntó en voz alta un tipo pelirrojo, de gran corpulencia, saliendo de uno de los grupos—. Enseñémosles cómo defendemos aquí...

Estaba a punto de desenfundar el “Colt”, a espaldas de Jake y de la mujer, cuando Johnny Skeeter, sin moverse de la posición que ocupaba cerca de la puerta, disparó contra él.

El proyectil, sesgado, se hundió en el costado del pelirrojo, que rodó por tierra mientras se producía un movimiento de retroceso entre los hombres y mujeres que abarrotaban el local.

—¡El próximo muerto puede ser cualquiera de ustedes! —advirtió Skeeter, abaniqueando a la gente con su arma aún humeante—. Se trata de un asunto entre esta mujer y nosotros. ¡No se mezclen en él!

—¡Ocúpate de ella, Orland! ¡Sujétala bien!

Jake se desentendió de su prisionera, después de haber luchado con todas sus fuerzas para llevarla hasta la puerta, volviéndose entonces a contemplar a los asustados habitantes del pueblo.

—Eso les servirá de lección —murmuró, echando un vistazo al cuerpo ensangrentado del pelirrojo—. ¡Rías vale que se olviden de las heroicidades!

Orland devolvió su arma a la funda para tener las dos manos libres a la hora de sacar a su prisionera del salón.

Sus largos brazos le rodearon el cuerpo como si se tratara de dos reptiles, impidiéndole cualquier movimiento de resistencia.

—¡No quiero ir con ustedes! —gimió ella—. ¡Déjenme! ¡No quiero que me lleven! Por favor...

—¡Haz que se calle, de una maldita vez! —se impacientó Johnny Skeeter, mientras aguardaba a que sus cuatro hombres abandonaran el almacén de granos.

Se mantuvo durante unos segundos en la puerta hasta que aquéllos subieron a los caballos.

—Uno de nosotros se quedará ahí fuera, con un rifle listo para disparar —advirtió a los hombres del salón—. Si alguno de ustedes tiene prisa por ir a hacer una visita a Satanás al infierno, no tiene más que cruzar esta puerta. ¡No quiero que nadie se mueva de aquí hasta dentro de diez minutos!

Todavía, antes de retroceder en dirección a la calle, hizo un par de disparos a los pies de los hombres que se encontraban más próximos a él, obligándoles a retroceder rápidamente hasta el fondo del salón.

Desde la acera, saltó sobre la silla del caballo en el momento en que sus cinco compañeros se alejaban ya, al galope, hacia la salida del pueblo.

Orland llevaba a la mujer sentada ante él en la silla, sujetándola con un brazo firmemente para que no se cayera del caballo, mientras con el otro manejaba las riendas.

Al cruzar la acera había metido su sucio pañuelo en la boca de su prisionera para mantenerla amordazada.

Ahora, mientras los seis caballos galopaban lejos de Las Cabañas, sintió como una sucesión de mudos sollozos sacudían el cuerpo de la mujer que llevaba contra su pecho.

Su boca desdentada, cuyos escasos dientes estaban negros por la nicotina, se torció en una mueca de odio.

Se inclinó hacia delante, hasta apoyar los labios en el pelo negro y brillante de la mujer para hablarle al oído.

—Fuiste una estúpida al no advertirnos lo que planeaba Telly —le dijo—. Ahora morirás igual que él. Sólo te queda de vida el tiempo que tardemos en conseguir, los trece mil dólares que os llevasteis del campamento...

* * *

El instinto de Erskine Saroyan le hizo presentir que algo anormal había sucedido en Las Cabañas, poco antes de su llegada del pueblo.

A su paso por la calle, había podido ver numerosos grupos de hombres y mujeres, ataviados con su ropa de fiesta, que dialogaban acaloradamente entre ellos.

No quería llamar la atención; al menos, mientras pudiera evitarlo.

Desmontó frente a la barbería, y sujetó el caballo al amarradero.

Cuatro hombres pasaron por su lado, empujándole materialmente, hablando todos al tiempo.

—Yo estaba pegado a Martin, cuando esos tipos dispararon sobre él —decía uno de ellos a sus compañeros.

—El disparo fue mortal. Martin murió en el acto —comentó otro, todavía impresionado....

—Me gustaría saber lo que esos coyotes querían, en realidad —se preguntó el tercero—. Claro que eso es tarea del comisario...

—Yo sigo pensando que no debimos dejar que se marcharan del pueblo, llevándose a...

Erskine Saroyan no escuchó las restantes palabras. Tampoco le interesaba lo sucedido en Las Cabañas...

—Sólo quiero saber dónde puedo encontrar a Elsie Bromfield —se dijo, ajeno por completo a la excitación que vivía la ciudad—. Espero que alguien pueda decírmelo pronto.

Sacó el periódico arrugado que había tomado del despacho del gobernador. Y, con él en la mano, se acercó a la puerta de la barbería.

A pesar de la hora, avanzada, y de que el establecimiento estaba cerrado, cinco hombres se encontraban conversando delante del escaparate.

Erskine supo, antes de interrumpirles, que el tema de su conversación era el mismo que parecía tener obsesionado a todo el pueblo.

—El doctor Lowell estaba bailando con ella, cuando sonaron los dos primeros disparos.

—¡El responsable de lo ocurrido es el comisario! Debió actuar con más rapidez...

Erskine Saroyan se abrió paso entre ellos.

Inmediatamente, se dio cuenta de que su presencia había asustado a los cinco hombres.

—Quisiera pedirles un favor —empezó a decir.

—¿Quién es usted? ¿Qué ha venido a hacer a Las Cabañas?

Observó cómo tres de los hombres se apartaban prudentemente de su lado, mientras otro de ellos desaparecía de allí a la carrera.

Sólo el que acababa de formularle aquellas dos preguntas —un hombre de tez oscura y largo bigote, con aire de mayoral—, permaneció frente a él.

Pero en sus ojos brillaba la desconfianza. Y sus manos, que habían descendido hasta quedar muy próximas a las culatas de sus armas, demostraban claramente cuál era su actitud, ante la presencia del forastero.

Su voz, llena de hostilidad, volvió a sonar, inquisitiva:

—¿Qué anda buscando en nuestra ciudad? Aquí no nos gustan los desconocidos...

Erskine recordó que llevaba varios días sin afeitarse, y que el aspecto de suciedad y abandono de toda su persona no era precisamente la mejor carta de presentación.

—Sólo quiero que me digan dónde puedo encontrar a esta mujer...

Alargó la mano con el periódico doblado por el lugar donde aparecía el grabado de la mujer que iba buscando.

—¿Qué quiere de ella? —volvió a preguntarle su interlocutor—. ¿La conoce?

Erskine no estaba dispuesto a soportar aquel interrogatorio. Se hallaba demasiado impaciente por llegar hasta Elsie Bromfield, y no iba a dejar que aquel puñado de charlatanes retrasara su encuentro con la mujer.

Sacudió el periódico ante los ojos del hombre que tenía frente a él.

—¡Dígame solamente dónde puedo encontrarla! —le gritó con violencia contenida—. ¡Si ella es la reina de las "Fiestas del Rodeo”, no puede andar muy lejos! Toda la ciudad está engalanada todavía y...

Por la mirada del hombre situado frente a él, adivinó que alguien acababa de situarse a su espalda.

Sintió una respiración tras él. Y en seguida el ruido de un arma, al ser amartillada:

—¡Mantenga las manos lejos del cuerpo! Considérese prisionero hasta que pueda explicar su interés por esa mujer...

Erskine Saroyan se volvió con la misma rapidez que si hubiera escuchado el silbido de una serpiente a sus pies.

Al hacerlo, se encontró con los ojos duros, inquisitivos, de un hombre que llevaba prendida sobre la camisa la estrella de comisario.

En la mano, firmemente empuñado, mantenía el "Colt” amartillado.

Volvió a escuchar su voz autoritaria:

—¡Entrégueme sus armas! Y camine hacia mis oficinas...