CAPITULO IX
Sólo se quedarían en Summerhill el tiempo preciso para que Martha Bromfield se comprara un nuevo vestido.
—Entretanto, me enteraré de cuándo parte la diligencia hacia Las Cabañas —le dijo el marshal—. Regresaré a buscarte antes de que hayas terminado de escoger el vestido.
Martha le vio alejarse desde la puerta de la tienda, sintiendo que en su pecho alentaba un nuevo y desconocido sentimiento hacia aquel hombre de gesto adusto y sonrisa amarga, cuyos modales bruscos denotaban el sufrimiento interior que constantemente le atormentaba, y que de forma tan inesperada se había cruzado en su camino.
Sabía muy poco sobre él; apenas nada. Sólo que su nombre era Kine...
El marshal tardó en regresar media hora escasa. Llevaba un billete para la diligencia que aquella misma tarde partiría hacia Las Cabañas, el primer pueblo que cruzaba en su ruta hacia Denver.
Se apoyó en la baranda de madera, y se preguntó dónde estaría, en aquellos instantes, Elsie Bromfield.
—¿Te he hecho esperar mucho?
Se volvió al escuchar la voz de Martha. Y no pudo evitar que la expresión de su rostro dejara ver la admiración que el aspecto de la muchacha despertaba en él.
—¿Sabes que estás preciosa? —le dijo, con una media sonrisa—. Nunca pensé que unos cuantos trapos pudieran cambiar tanto a una mujer.
—La dueña fue muy amable —le explicó ella—. Me ayudó a cambiarme y a arreglar mis, cabellos. Debía tener un aspecto horrible...
Todavía mostraba en su rostro las huellas de los golpes recibidos durante las últimas horas.
La tomó del brazo y caminó con ella calle abajo.
—Lo primero que vamos a hacer es buscar un buen sitio donde comer —decidió el marshal—. Después te acompañaré hasta que salga tu diligencia...
—¿Y tú dónde irás, Kine?
—Ya te he dicho que mi vida es un constante caminar, ir de un lado para otro buscando...
Se quedó callado por un doble motivo.
—¿Buscando qué?
La pregunta de Martha Bromfield resbaló por su mente, ocupada ahora en los tres hombres que, desde hacía unos minutos, caminaban tras ellos por la calle principal de Summerhill.
Erskine estaba seguro de una cosa. Aquellos tres hombres iban siguiéndoles de una forma descarada, sin preocuparse por disimular sus intenciones, conversando entre ellos en voz alta...
—Vamos por aquí —decidió, de improviso, torciendo por un estrecho callejón.
Martha le siguió, sin sospechar lo que se avecinaba.
Unos segundos después, los tres hombres doblaban la esquina precipitadamente, como si temieran que la pareja fuera a escabullírseles.
Pero al hacerlo se dieron de bruces con Erskine Saroyan.
—¡No me gusta que nadie ande siguiéndome como los polluelos a la gallina! —les dijo, agarrando al más viejo de ellos por las solapas de la chaqueta y arrojándole contra la pared de ladrillos—. Veamos qué es lo que tanto les interesa de nosotros...
Inmediatamente, se dio cuenta de que aquellos tres hombres no estaban acostumbrados a peleas callejeras, ni tenían experiencia en luchas de cantina.
El hombre al que había zarandeado se quedó pegado a la pared, pálido y asustado, mientras sus dos compañeros se mostraban incapaces de reaccionar.
El revólver de Erskine Saroyan se hundió en el estómago del individuo que estaba más próximo a él.
—¡Cuando los mirones me molestan, sé quitármelos de encima! —les dijo, con brusquedad—. Y cuando a un hombre le llenan la barriga de plomo, se le quitan las ganas de andar metiendo la nariz en los asuntos ajenos... ¿Comprendes?
Martha Bromfield permanecía silenciosa, apoyada en el zaguán de un portalón próximo, temiendo que la escena degenerara en un encuentro violento.
Los ojos de los tres hombres seguían, pese a la presencia del arma que empuñaba Erskine Saroyan, fijos en ella.
El marshal se dio cuenta entonces de que lo que despertaba su atención era, precisamente, la muchacha.
—¡Muy bien, amigos! —Erskine los alineó a los tres frente a él, de espaldas a la pared, con la negra boca del “Colt” apuntándoles al cuerpo—. ¡Ahora van a decirme qué es lo que tanto les interesa de la señorita! ¿O es que acaso en este pueblo no hay mujeres jóvenes y bonitas?
—Por favor, no piense que nosotros... —empezó a decir el más viejo. Se detuvo indeciso, sin saber cómo continuar. Por fin, volvió a hablar—: No queríamos molestar a su amiga, señor...
—Yo no diría eso —objetó Erskine, secamente—. Desde hace un buen rato, vienen siguiéndonos...
—Es que es algo asombroso —dijo otro de los hombres. Era alto, muy delgado y llevaba lentes—. Precisamente ha sido la sorpresa la que nos hizo seguirles, aunque quizá no haya sido muy correcto por nuestra parte la forma en que nos comportamos.
—Si pregunta a su amiga, comprenderá por qué lo decimos —apuntó, tímidamente, el tercero—. Nunca pensé que la encontraríamos en Summerhill...
Erskine Saroyan adivinó que, una vez más, el destino había hecho confundir a las hermanas Bromfield.
Sin duda, aquellos tres hombres se referían a Elsie, Ja mujer que viajaba en dirección desconocida, llevando consigo los trece mil dólares del último asalto al ferrocarril.
Su voz se tornó impaciente, plena de exigencias.
—¡Vomiten todo lo que saben! —les gritó, fuera de sí—, ¡Quiero que me digan exactamente dónde han visto antes de ahora a esa mujer! ¡Quiero saber cuándo y dónde!
Los tres hombres se miraron, inquietos. No esperaban la explosión de violencia que acababa de producirse, y sus ojos se posaron, temerosos, en el “Colt” que ahora se movía, abanicándoles.
—Fue hace tres días, en Wright —se apresuró a responder el de los anteojos—. Precisamente, el doctor Caldwell me pidió que le ayudara a atenderla, cuando la llevaron a su consultorio.
—Nosotros estábamos en la botica con Fred —habló el viejo—. También fuimos con él y el doctor Caldwell adonde estaba su amiga...
Se calló al ver que Martha estaba ahora junto a ellos, escuchando en silencio, sin poder disimular el nerviosismo que la dominaba.
—¡Sigan hablando! —chilló, impaciente, el marshal—. ¡No se detengan! ¿Qué más?
—El caballo que montaba la señorita debió desbocarse a la entrada de nuestra ciudad. Nosotros somos de Wright, ¿sabe?
—¡Sólo quiero saber si Elsie Bromfield continúa aún en Wright! —les gritó—, ¡Contéstenme!
—Por favor, Kine, cálmate —le pidió Martha.
—¡Déjame en paz! ¡Esto es asunto mío!
Evidentemente, ninguno de aquellos tres hombres comprendía lo que estaba sucediendo. Pero para todos ellos había algo que quedaba muy claro.
Sus vidas estarían en peligro, mientras aquel loco siguiera encañonándoles con su revólver...
—Sí, señor —afirmó el boticario—. La señorita estaba en Wright cuando nosotros salimos de allí, hace dos días. Y si no hubiera ocurrido un milagro, allí debería haber seguido durante muchos días más.
—Al menos, eso fue lo que nos dijo el doctor Caldwell.
—¿Y ella? ¿Qué decía ella? —quiso saber el marshal.
—Nada, señor... —respondió el más viejo, con prontitud—. Había recibido un fuerte golpe en la cabeza y estaba inconsciente. El doctor dijo que quizá siguiera así durante varios días...
Erskine Saroyan giró el “Colt” sobre el dedo índice y lo devolvió, con un seco movimiento, a la funda.
Inmediatamente, se olvidó de los tres hombres que aun seguían pegados al muro de ladrillos. Para él habían dejado de existir.
—¿Qué vas a hacer, Kine?
Martha caminaba ahora apresuradamente tras él, intentando acompasar sus pasos a los del marshal.
—Salgo inmediatamente para Wright —le dijo, sin detenerse. Estaban en la calle principal de Summerhill. Señaló hacia la plaza—. Tu diligencia sale de la Casa de Postas a las tres...
—No volveré a Las Cabañas, Kine —anunció ella, de improviso—. No dejaré que vayas solo a Wright.
Los dedos del marshal se hundieron con fuerza en el brazo de la mujer.
—¿Estás loca? Tu vida está en Las Cabañas. Nunca debiste salir de allí...
—Lo he decidido, Kine. Iré contigo a Wright —insistió ella.
—¡Escucha, Martha! No me hagas perder un tiempo precioso... ¿Sabes cuánto hace que persigo a tu hermana? ¡Dos años! Desde entonces, su sombra me ha atormentado día y noche, convirtiéndome en un hombre obsesionado por una sola idea... ¡Y no voy a seguir quemando mí vida porque tú intentes ahora interponerte entre Elsie y yo!
—¡No lo entiendes, Kine! No quiero interponerme entre vosotros. Sólo deseo que el recuerdo de lo que mi hermana te hizo entonces, sea lo que sea, deje de atormentarte...
—¡Sólo hay una manera de conseguirlo! Déjame que salde la cuenta que hay pendiente entre tu hermana Elsie y yo...
Y al decir aquello, una vez más, asaltó su mente el angustioso recuerdo de la matanza de Southville.
—Ella es la única que aún queda con vida —dijo, en voz baja, el odio concentrado en la mirada perdida en el vacío—. Billy Hopkins y sus hombres fueron ahorcados poco después de aquello. Sólo Elsie espera aún el momento de pagar todas sus culpas...
Martha se dio cuenta de que no valía la pena seguir insistiendo.
Aquel hombre estaba movido por una fuerza superior a cualquier otra, que le llevaba hacia su destino sin posibilidad de que nada ni nadie se pusiera en su camino.
No importaba lo que ella le dijera ahora. Sólo le miró en silencio, aunque sabía que el marshal no la veía, y le dejó marchar calle abajo, en busca de su caballo.
Wright quedaba a media jornada de camino...