CAPITULO VI

La cabaña debía servir como refugio a los vaqueros durante el invierno.

Johnny Skeeter decidió utilizarla por unas horas. Se lo dijo a sus hombres:

—¡Descansaremos aquí! No nos conviene alejamos demasiado del pueblo.

—¡Tienes razón! —asintió Jake, desmontando—. Seguramente, tendremos que regresar muy pronto para recoger el dinero.

La mención de los trece mil dólares, hizo que los ojos de los seis hombres se quedaran fijos, durante unos segundos, en su prisionera.

Sólo ella sabía dónde estaba escondido el dinero que Telly Borman se había llevado del campamento.

Orland se deslizó desde lo alto de la silla hasta el suelo, llevando consigo a la mujer.

Las últimas luces del día habían desaparecido, y apenas se distinguía nada, a un par de yardas de distancia.

El cielo, cubierto por espesos nubarrones, parecía como si quisiera aplastar la tierra, con su tinte plomizo, mientras la cerrada arboleda que cubría el paraje hacía aún más densa la oscuridad.

—Ahora tiemblas, ¿verdad? —preguntó Orland a su prisionera—. Debiste pensarlo antes de largarte con Telly y con el dinero.

Jake se detuvo junto a ellos. Agarró de un brazo a la mujer y, obligándola a volver hacia él, murmuró amenazadoramente:

—Cometiste una tontería, Elsie. ¡Y los errores siempre se pagan! Ya sabes...

Su mano quiso acercarse hasta la garganta femenina, pero el brusco movimiento de la chica, al echarse hacia atrás, le impidió rozar siquiera su piel.

—¡Déjeme! —exclamó. Al fin, había podido escupir el pañuelo que Orland metiera en su boca a la salida del pueblo. Volvió a suplicar—: No sé quiénes son ustedes ni lo que pretenden de mí, pero, por favor, déjenme regresar a Las Cabañas...

Jake la empujó con violencia hacia delante, haciéndola caer al suelo entre las patas de los caballos.

—¡No seas idiota, Elsie! —gruñó Johnny Skeeter junto a ella—. ¡Ponte inmediatamente en pie! ¡Y deja de fingir!

—Ya has oído lo que te han dicho... —se impacientó Orland, agarrándola del cabello—. ¡En pie! Y camina...

Se vio levantada materialmente del suelo por el brusco tirón del rufián, quien, sin soltarla, la obligó a caminar hasta la cabaña donde ya aguardaban Hampshire, Tyne y Fox.

—¡Maldita sea! ¿Es que queréis que me abra la cabeza? —chilló Johnny Skeeter, furioso, al tropezar con el dintel de la puerta—. ¿Por qué no encendéis una luz?

—Aquí no hay ninguna lámpara —se justificó Fox, alumbrando el interior con la débil llama de un fósforo—. No hay ni una maldita vela...

—¡Hatajo de estúpidos! ¿Es que ninguno piensa traer nada para alumbrarnos?

—Podemos encender, fuera, una fogata —sugirió Tyne—. Nos dará luz suficiente para ver a esta preciosidad...

Se acercó a la mujer, pero antes tuvo que escuchar el grito agrio de Skeeter.

—¿Por qué no piensas con la cabeza? Se supone que no queremos que nadie sepa por dónde andamos. ¿Te imaginas lo que ocurriría si alguien viera brillar una fogata en medio de la noche? ¡Si vas a seguir diciendo estupideces, más vale que te calles!

—Sólo era una idea...

—Desde luego, no podemos pasarnos la noche alumbrándonos con cerillas.

—Para hacer unas cuantas preguntas a Elsie, no necesitamos luz —le recordó Jake, impaciente por conocer el interrogatorio—. Estoy seguro de que será buena chica y no nos hará perder demasiado tiempo.

—Sólo tienes que decirnos dónde has escondido el dinero que Telly y tú os llevasteis del campamento —inquirió Johnny Skeeter—. Si lo haces, olvidaremos todo lo demás...

—¿De qué dinero están hablando? ¿Quién es Telly? ¡No conozco a ese hombre!

Su voz sonó desesperada.

—¡Me han confundido con otra mujer! ¡Yo no tengo nada que ver...!

La mano de Johnny Skeeter se movió con rapidez en la oscuridad para caer con fuerza bestial sobre los labios femeninos.

Ella salió trompicada hacia atrás, yendo a chocar contra Hampshire, que se encontraba cerca de la puerta, mientras sentía que de nuevo sus labios comenzaban a sangrar.

—¡No seas imbécil, Elsie! Nos conocemos muy bien para que ahora intentes fingir esta comedia absurda —gruñó Skeeter, acercándose de nuevo a ella—. Sólo hace cinco días que Telly, y tú desaparecisteis del campamento con el dinero y, desde entonces, estamos siguiendo vuestro rastro.

—Me gustaría saber quién mató a Telly —habló Hampshire de improviso. Tenía sujeta a la mujer ante él, impidiéndola cualquier clase de movimiento. Insistió—: Te creo capaz de todo, Elsie. Eres tan de fiar como una víbora...

—Quizá pensaste que era mejor quedarte con todo el dinero para ti sola, ¿verdad?

Johnny Skeeter apoyó la fría boca del “Colt” bajo la barbilla de su prisionera.

—¡Muy bien, Elsie! No nos interesa si eres tú o alguien que se ha reencarnado en tu persona, pero queremos que nos digas dónde has escondido los trece mil dólares. ¿Me entiendes? ¡Queremos el dinero! ¡El dinero!

Ella sacudió la cabeza negativamente. Un sollozo le impidió hablar mientras sentía, estremecida, el contacto del “hierro de la muerte” sobre su piel.

—Ustedes... se equivocan... —balbuceó, al fin—. Yo no soy... esa mujer...

—¡Perra embustera! —chilló Jake, fuera de sí—. ¡Esto te enseñará!

Eran como figuras fantasmagóricas moviéndose y agitándose en el interior, oscuro y sofocante, de la cabaña.

Sólo se distinguió el brillo metálico del “Colt” al moverse en el aire, antes de ir a estrellarse contra la cara de la mujer.

Hampshire sintió cómo el cuerpo que tenía entre los brazos, tenso y rígido hasta entonces, se ablandaba de improviso, sin fuerzas para sostenerse sobre sus piernas.

—La has dejado sin sentido —dijo a su secuaz,

—¡Eres una mala bestia, Jake! Era yo quien la estaba interrogando —le increpó Johnny Skeeter, inclinándose sobre el cuerpo inconsciente de su prisionera—. ¡Has podido matarla, estúpido! ¡Y sólo ella sabe dónde están ahora los trece.mil dólares del botín!

Tyne prendió un nuevo fósforo. La llama azulada iluminó débilmente el interior de la cabaña de troncos.

Los seis pares de ojos se clavaron, ansiosos, sobre el cuerpo de la mujer que estaba tendido en el suelo.

—Sólo está desmayada —comentó Jake, molesto—. Me estaba poniendo enfermo, con esa machacona insistencia de que ella no era Elsie... ¡Se lo tenía bien merecido!

—Si le das un poco más arriba —señaló Skeeter—, a estas horas estaríamos contemplando un cadáver...

Antes de que Tyne arrojara la cerilla, casi consumida, al suelo, pudieron ver la marca violácea que cubría la sien izquierda de la mujer.

Esta respiraba débilmente. Su hermoso rostro mostraba ahora una expresión plácida aunque se encontrara sucio, manchado por el polvo y la sangre.

—Será mejor que descansemos todos un rato —decidió Skeeter, de mala gana—. No tardará en amanecer, y entonces podremos hablar con Elsie. Así nos veremos todos las caras.

Se acercó a Jake, cuyo ojo izquierdo bizqueaba más que de ordinario a causa del nerviosismo, y le advirtió:

—Pero mañana procura mantenerte alejado de ella. ¿Entiendes? Seré yo quien la interrogue. Y no temas. No eres más hábil que yo a la hora de hacer que alguien suelte la lengua...

Empujó con la punta de la bota el cuerpo inmóvil de la mujer. Después se volvió hacia Hampshire y le ordenó:

—¡Sujétala bien! Quiero dormir tranquilo...

—Descuida, Johnny —le tranquilizó su secuaz—. Me quedaré de guardia...

Sólo faltaban unas horas para que amaneciera...

* * *

Un cerco hostil de miradas rodeaba a Erskine Saroyan.

Y la voz del comisario de Las Cabañas volvió a sonar enérgica:

—¡Déme sus armas! Y si quiere seguir vivo, no haga un solo movimiento falso...

—¿Qué ocurre, comisario? —preguntó Erskine con calma, manteniéndose inmóvil—. ¿Por qué me detiene?

Necesitaba ganar tiempo. Quería saber qué era lo que ocurría en aquel pueblo para que la sola presencia de un desconocido provocara tal reacción.

El tipo de los largos bigotes, el mismo que había estado hablando con él, momentos antes, le escupió con desprecio a los pies.

—¡De sobra lo sabes! —le gritó, tuteándole—. Seguro que perteneces al mismo grupo que se llevó a la señorita Bromfield...

El antiguo marshal cerró los puños, al escuchar aquel nombre.

Respiró profundamente, tratando de que la expresión de su rostro no denunciara su estado de ánimo, mientras el comisario de Las Cabañas seguía encañonándole.

—Le aconsejo que me entregue sus armas por propia voluntad —le dijo—. De lo contrario, me veré obligado a ordenar que le desarmen...

—¡Déjese de tantos miramientos, sheriff! —chilló otro de los hombres—. Ya vio lo que este puñado de asesinos hizo con el pobre Martin...

—Y quién sabe lo que habrán hecho, a estas horas, con la muchacha —recordó otro.

Hubo un movimiento general hacia el forastero.

Erskine Saroyan adivinó lo que iba a suceder a continuación.

Ahora sabía suficiente.

“No puedo perder un minuto más en este pueblo —pensó—. Unos hombres se me han adelantado ya, y tienen a Elsie Bromfield en su poder. ¡Debo encontrarlos!”

Para hacerlo, necesitaba perentoriamente salir de Las Cabañas. Y aquello era algo que el comisario, y los hombres que le rodeaban, parecían dispuestos a impedir.

Se adelantó a todos ellos.

Apartó de un empujón a los más cercanos y, antes de que el hombre de la estrella pudiera apercibirse de ello, Erskine Saroyan habían doblado su brazo a la espalda, manteniéndole inmovilizado ante él, a manera de escudo, .mientras un gesto de dolor crispaba su rostro.

El “Colt” apareció, amartillado, en la diestra del do la placa.

Y su voz sonó amenazadora al gritar:

—¡Todos quietos! ¡Mataré al primero que dé un solo paso!

Hubo unos instantes de desconcierto, aprovechado por Erskine Saroyan para correr hasta el lugar donde aguardaba su caballo, llevando siempre al comisario con él.

—¡Dígales que obedezcan todas mis órdenes! —le aconsejó, forzando aún más la posición del brazo de su prisionero—. Es la única posibilidad que tiene para seguir con vida...

No se detuvo a preguntarse si, obligado por las circunstancias, hubiera llegado a disparar contra aquel hombre honrado, cumplidor de su deber, que ahora acababa de cruzarse en su camino.

Pero el pensamiento de que Elsie Bromfield estaba alejándose de Las Cabañas, en compañía de un grupo de hombres desconocidos, que no se detenían, al parecer, ante el crimen, le hizo imprimir mayor dureza a su voz.

—¡Quiero saber quiénes eran los hombres que han estado esta tarde aquí! ¿Qué era lo que querían? ¿Hacia dónde se fueron?

Era, sobre todo, la respuesta a esta última pregunta la que le interesaba de manera decisiva.

Tuvo que vencer la resistencia del comisario y de los vecinos a contestarle:

—Se marcharon en dirección a Badland, hacia lo alto del río...

—¿No me engaña?

El comisario sacudió la cabeza. Tenía el cuerpo empapado en sudor, y su brazo, doblado en posición forzadísima, le producía un dolor insoportable.

—No... le digo la verdad... —murmuró—. Los seguí... hasta el río..., pero luego... ya perdimos su pista...

Erskine Saroyan empujó con fuerza al comisario de Las Cabañas hasta arrojarle contra los hombres situados más cerca de la calzada.

Mantuvo a todos inmóviles con su arma. Sin perderlos de vista, metió el pie en el estribo, y subió a la silla.

—Me gustaría irme de aquí, sin tener que matar a nadie. Pero eso depende de ustedes...

Manejó hábilmente el caballo hasta alejarse lo suficiente de los hombres agrupados delante de la barbería.

Luego, rozando su vientre con las espuelas, le hizo encabritarse en medio de la calle, antes de lanzarse al galope, en dirección a la salida del pueblo.

Cerca ya del final de la calle, se volvió sobre la silla y frenó, con un par de disparos, a los hombres que corrían hacia los caballos.

—Eso me dará el tiempo suficiente para alejarme de ellos...

Muy pronto se encontró galopando a campo abierto, doblado sobre el caballo, los ojos fijos en el camino polvoriento que estaba recorriendo.

Era un hábil rastreador. Y ahora, una vez más, aunque la luz era ya escasa, estaba seguro de hallar el rastro que iba buscando.

Recordó lo que el comisario de Las Cabañas le había dicho, hacía sólo unos minutos.

—Si perdió su rastro al llegar al río —habló para sí—, eso quiere decir que es a partir de allí donde yo debo empezar a buscar.

El día estaba muriendo rápidamente.

Y Erskine Saroyan comprendió que debía aprovechar al máximo aquellos minutos, antes de que la oscuridad de la noche le obligara a hacer un alto en su búsqueda hasta la mañana siguiente.

El cielo, sobre su cabeza, estaba totalmente cubierto de espesos nubarrones...