CAPITULO III
Telly Borman se secó el sudor del rostro.
—¡Maldita pierna! —masculló, furioso—. Como siga hinchándose de la misma manera, terminará por reventarme la bota...
Caminaba apoyando el peso de su cuerpo en la muchacha junto a él. Su brazo nervudo rodeaba los hombros femeninos y, cada vez que debía dar un paso con la pierna herida, era ella quien debía soportar el máximo esfuerzo.
—Es preciso encontrar pronto un par de caballos, Telly —dijo ella, fatigada, deteniéndose a descansar junto a un árbol—. Apenas nos movemos, y yo ya no puedo más.
Telly Borman aprovechó la parada para recuperar la libertad de movimiento de su brazo. Buscó una botella aplastada que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón y, arrancando el corcho con los dientes, bebió un largo trago.
Apuró hasta la última gota, antes de lanzar con rabia la botella contra una roca cercana, donde se hizo mil pedazos.
—¡Pues tendrás que aguantar, Elsie! —gruñó, limpiándose los labios húmedos con el dorso de la mano—. No querrás que entremos en el primer pueblo y pidamos al doctor que me cura la pierna, ¿verdad?
Tenía el rostro anguloso, oscurecido por la barba de varios días, fuerte y áspera, marcado por las huellas del sufrimiento y de la calentura.
Miró el camino que aún les quedaba por recorrer, antes de ascender a lo alto de la loma.
—¡Acércate, Elsie! —ordenó a su compañera—. Tenemos que seguir adelante.
Le pasó el brazo por los hombros y, sonriendo, pese al dolor de su pierna rota, la besó en el cuello.
— ¡Déjeme en paz! —se enfadó ella—. No estás en situación de hacer estupideces. Bastante tienes con llevar a rastras tu pierna...
—Menos mal que te tengo a ti, Elsie querida —se burló el pistolero—. No sé lo que sería de mí si no te tuviera a mi lado, encanto. ¿Te he dicho alguna vez que eres la mujer más hermosa y lista que jamás me he encontrado?
Al decir aquello, estalló en una carcajada. Palmeó las carteras de cuero que llevaba colgadas al hombro y añadió:
—¿Te imaginas la cara que habrán puesto Skeeter y los otros cuando hayan visto que no nos presentamos a repartir con ellos el botín? Lástima no poder verlos por un agujero...
Elsie Bromfield se ajustó el sombrero que cubría su pelo negro, sujeto sobre la nuca con una cinta, y comenzó a caminar de nuevo, llevando apoyado en ella a su amigo.
Pensó en los trece mil dólares que Telly Borman llevaba en el interior de las alforjas, y se dijo que aquella cifra bien valía la pena el pequeño esfuerzo que estaba realizando.
La bota del pistolero iba dejando una marca continua sobre el polvo del camino, mientras la pareja avanzaba lentamente hacia lo alto de la loma.
—Tuviste una buena idea, encanto —comentó Borman, más animado—. ¿Qué necesidad teníamos de repartir el dinero con esos seis idiotas? Mucho mejor reservarlo para ti y para mí; así nos podremos divertir mucho más, juntos...
—No gastes tus fuerzas hablando, Telly —le recomendó la mujer—. Todavía nos falta mucho hasta que podamos descansar.
Ambos sabían que necesitaban cruzar al otro lado de la línea divisoria, entre los estados de Wyoming y Colorado, para evitar que las patrullas les dieran alcance.
—Mientras los hombres del comisario y las patrullas del ferrocarril anden rastreando la zona —habló Elsie en voz alta—, Skeeter y los otros tendrán que moverse despacio y con cautela...
La mano de Telly Borman se movió con rapidez hasta apoyarse en sus labios.
Le miró, sin comprender a qué obedecía semejante actitud. Sólo le interrogó con los ojos, pues la mano del hombre le impedía pronunciar palabra.
—Creo que se acercan unos jinetes —susurró éste a su oído, antes de retirar la mano de su boca—. Y precisamente son caballos lo que necesitamos...
Ambos se escondieron entre la maleza, a un lado del camino.
Cada vez se oía con más claridad el ruido de dos cabalgaduras que se aproximaban al lugar.
Telly Borman desenfundó el “Colt”. Dejó las alforjas en el suelo y empujó a Elsie Bromfield al centro del camino.
—¡Al suelo! ¡Al suelo!
Ella asintió en silencio. Se dejó caer sobre la senda polvorienta y, ocultando la cara entre las manos, esperó a que los dos jinetes se aproximaran.
Eran dos hombres con aspecto de vaqueros. El más joven de ellos fue el primero en divisar el cuerpo de mujer tendido en medio del camino.
Saltó con agilidad de la silla y corrió hacia ella.
—Creo que necesita ayuda, Ford —dijo a su compañero—. ¡Echame una mano!
Mientras se arrodillaba junto a Elsie Bromfield, su compañero desmontó y se acercó a ellos.
—¿Cómo se encuentra, señorita? ¿Qué le ha ocurrido?
—No parece que esté herida...
En aquel instante, Telly Borman dio un paso hasta el borde del camino. Llevaba el “Colt” amartillado y una luz asesina en el fondo de sus pupilas.
—¡Levanten las manos! —ordenó a los dos hombres—, No quisiera verme obligado a matarlos...
Elsie se puso en pie con rapidez y desarmó a los vaqueros. Era evidente que estaba acostumbrada a desempeñar trabajos de aquel tipo.
—¡Ahora, media vuelta! —volvió a ordenarles Telly Borman—. Muy despacio, caminad hacia atrás. ¡Pronto!
Su gesto siguiente fue tan rápido que sólo necesitó diez segundos para desembarazarse de sus dos víctimas.
Alargó el brazo armado hasta incrustar la boca del “Colt” en los riñones del más joven de los hombres.
El disparo, hecho a quemarropa, apenas dejó escuchar un apagado estampido.
Suficiente para que el otro vaquero se revolviera, dispuesto a defenderse.
Pero Telly Borman se limitó a desviar unas pulgadas la dirección del revólver, antes de meter un proyectil en el vientre de su adversario.
Los dos cuerpos quedaron tendidos sobre el polvo del camino, en medio de un charco de sangre, mientras Elsie Bromfield acercaba los caballos al lugar del crimen.
—¿Puedes montar?
—¡Seguro, encanto! —la tranquilizó Telly Borman, Sin poder disimular su satisfacción. Entonces recordó algo—: ¡Trae las carteras! Las dejé ahí, detrás de esa zarzal...
—En seguida, Telly...
Elsie Bromfield se perdió tras el zarzal para reaparecer segundos después portando las alforjas en su hombro.
—Ahora sí que no nos darán alcance esos tipos del ferrocarril —comentó el pistolero—. ¡Dame las carteras!
Se dio cuenta de que Elsie Bromfield tenía empuñada una de las armas que acababa de arrebatar a los vaqueros.
Alargó la mano hacia ella, esperando que le entregara las carteras con los trece mil dólares del botín, pero en lugar de ello vio cómo levantaba la boca del revólver hasta él.
—¡Quiero las carteras, Elsie! —se impacientó—. ¡No me hagas perder el tiempo! ¡Dame el dinero!
—Después de todo, fue idea mía no repartirlo con Skeeter y los demás, Telly —le recordó ella, sonriendo levemente—. Y no sé por qué voy a tener que repartirlo ahora contigo...
—¿Te has vuelto loca? ¡No me hacen ninguna gracia tus bromas!
—No es ninguna broma, Telly.
La voz de la mujer era ahora calmosa, segura de sí misma.
Seguía manteniendo empuñado el “Colt”, con su dedo fino curvado amenazadoramente sobre el gatillo, mientras Telly Borman empezaba a sudar.
Esbozó una sonrisa insegura.
—Está bien, Elsie —cedió—. El dinero será para ti. Tienes razón. La idea de engañar a los muchachos fue tuya... ¡Una magnífica idea!
Conocía demasiado bien a su compañera como para pensar que podía sorprenderla en semejantes circunstancias.
Hizo un intento desesperado, al mover levemente la mano diestra hacia la empuñadura del “Colt” que colgaba de su cintura...
—¡No seas estúpido, Telly! Aún no he dicho que vaya a matarte, pero lo haré si no te mantienes tranquilo como hasta ahora. ¡Las manos lejos de las armas!
Sus ojos verdes, rasgados, miraron al hombre que, sobre la silla del caballo, estaba ahora pálido, nervioso, esperando conocer su decisión.
—Nunca he pensado que fueras a matarme, Elsie —murmuró a media voz—. ¿Cómo iba a pensar una cosa así? Estamos demasiado unidos para que...
—¡Basta ya de palabrerías! —le cortó Elsie, con brusquedad—. Ni tú mismo crees una sola palabra de lo que estás diciendo. ¡Los dos sabemos muy bien que mataríamos a nuestra propia madre por mucho menos dinero que el que ahora hay en estas carteras!
—Estás bromeando, ¿verdad?
A pesar de la barba oscura que cubría sus mejillas, podía apreciarse claramente la intensa palidez de su rostro.
—Lo siento, Telly, pero necesitaba a alguien para llegar hasta aquí...
—¿Y luego, Elsie? ¿Cómo vas a defenderte tú sola de Skeeter y los otros? Sabes muy bien que te buscarán hasta dar con tu rastro. Y entonces...
El dedo de Elsie Bromfield se cerró suavemente sobre el gatillo del “Colt”.
El estampido hizo levantar el vuelo, asustados, a un buen número de pájaros, mientras Telly Borman se llevaba las dos manos al pecho, al sentir cómo el plomo rugiente rompía su corazón.
Después, cayó hacia un lado, y quedó colgando del caballo, con el pie enganchado del estribo, mientras el animal iniciaba una rápida carrera hacia la arboleda.
Elsie Bromfield se ajustó la cinta del sombrero bajo la barbilla, y subió con agilidad al otro caballo.
Colocó las alforjas delante de ella, se aseguró sobre la silla y, finalmente, golpeando el cuello del animal con las bridas, se lanzó hacia lo alto de la loma.
Al otro lado, a menos de diez millas, estaba la línea divisoria entre Wyoming y Colorado.
—Nunca me encontrarán —se dijo, sintiendo cómo el aire le golpeaba con fuerza en el rostro—. Ni Skeeter y los muchachos, ni los hombres del ferrocarril. ¡Yo soy mucho más lista que todos ellos!
Telly y ella habían planeado cruzar la frontera da Colorado, y subir, en dirección norte, a través de Wyoming, hasta alcanzar las tierras de Dakota.
Sólo habría una pequeña variación en aquellos planes.
Ahora que estaba sola, que no tenía necesidad de plegarse a los dictados de Telly Borman, su camino hacia la línea divisoria sufriría una ligera desviación.
Conocía bien la zona. Durante los últimos meses se había movido por aquella parte de Colorado en compañía de la cuadrilla de Telly Borman, y ahora estaba en condiciones de escoger la ruta más segura para alcanzar su destino.
De vez en cuando debía sujetar la fogosidad del caballo que montaba para evitar que se despeñara por alguna de las profundas cortantes que se abrían a ambos lados de la senda.
Se sentía segura. Mucho más que viajando en compañía de Telly Borman.
—Nadie buscará a una mujer sola. Y eso es una ventaja —se dijo, alcanzando la cima de la colina—. Y cuando Skeeter y los otros descubran que Borman está muerto, ya tendrán algo nuevo con que entretenerse. ¡Ya me encargaré de proporcionarles carnaza! Son como lobos hambrientos, y no se detendrán hasta que encuentren una víctima...
Su hermoso rostro se distorsionó en una mueca plena de crueldad.
Sonrió para sí, orgullosa de su plan.
—Voy a hacer que os sea fácil seguir mi rastro, compañeros. Después de todo, es lógico que una mujer tan bonita como Elsie Bromfield llame la atención por donde pasa...
Había terminado la hora de esconderse; ya no se mantendría oculta en las montañas, sin entrar en los pueblos.
En las próximas horas debía dejarse ver. Y cuando eso ocurría, Elsie Bromfield sabía, por propia experiencia, que nadie se olvidaba de ella.
—Espero que sigáis fácilmente mi rastro hasta Las Cabañas —murmuró, sonriendo con cinismo—. Y una vez allí, no tendréis más que apoderaros de mí... ¡Estúpidos!
Calculó la distancia que la separaba de Las Cabañas.
—Mañana a mediodía puedo estar allí...
En realidad, no pensaba entrar en el pueblo. La bastaría con llegar hasta sus proximidades para que Johnny Skeeter, Jake y los demás pensaran que la encontrarían dentro de la población.
—Lo siento, hermanita. Quizá no te gusten mis amigos, pero en este caso no tienes más que explicarles la confusión que han sufrido. Sólo que no te será fácil convencerles de que tú no eres la verdadera Elsie
Bromfield...
Se lanzó ladera abajo, rumbo a la pradera que se extendía a este lado de las montañas.
Decidió detenerse en el primer rancho que saliera a su paso, para beber un poco de agua.
Y luego haría noche en el poblado más próximo.
—Es preciso que cuando Johnny Skeeter pase por aquí le digan la dirección que llevo...