40. El discurso de Stalin
¿Fría planificación o franca mentira?
El pacto de no agresión germano-soviético, firmado por los ministros de asuntos exteriores Ribbentrop y Molotov antes de la invasión alemana de Polonia a finales de 1939, dio pie a discusiones y sospechas en el ámbito internacional. El tratado comprometía a ambos Estados a adoptar, entre otros, una neutralidad mutua en caso de que alguno fuera objeto de una acción beligerante por terceros. Y aunque el Protocolo Secreto Adicional sobre la repartición de las esferas de influencia en Europa Oriental se mantuvo en secreto inicialmente, con el tiempo los comunistas de los países europeos se encontraron con problemas para argumentarlo puesto que, de un momento a otro, parecía ya no ser válido lo que para todos era evidente: que los comunistas luchaban contra los nazis y, al revés, que los nazis perseguían a los comunistas. En Alemania, los propagandistas también tuvieron que ingeniárselas para explicarle al pueblo atónito este rasgo de ingenio del Führer.
Desde entonces se ha hablado de un presunto discurso pronunciado por Stalin en el politburó del Partido Comunista de la Unión Soviética pocos días antes de la firma del tratado. Tras el estallido de la guerra, las agencias de noticias divulgaron el texto del discurso en Europa Occidental, mas no en Alemania. El 19 de agosto de 1939, Stalin habría expuesto en el politburó su estrategia para el trato con el Reich. Una alianza con los adversarios de Hitler —Francia y Reino Unido— podría impedir una guerra y salvar a Polonia, pero ese no era el objetivo de la Unión Soviética. El mejor caso sería, según el discurso, que la guerra estallara en Europa cuando Hitler atacara Polonia y obligara por tanto a Francia y al Reino Unido a intervenir. La intención de Stalin era darle tiempo a la Unión Soviética. Además, una guerra europea aumentaría las posibilidades de una «sovietización» de Francia. Incluso si los alemanes ganaban, quedarían muy debilitados y ocupados en los problemas internos como para representar una amenaza para la Unión Soviética. Por supuesto que Moscú desmintió este discurso de inmediato; el mismísimo Stalin lo calificó de cháchara vacía y de mentiras de sobremesa en el periódico oficial Pravda.
La opinión pública estaba suficientemente ocupada con la guerra como para interesarse por un supuesto discurso de Stalin, y el asunto pasó al olvido. Sin embargo, en el verano de 1941 apareció otra versión en la que se señalaba con más insistencia la necesidad de una guerra europea, pues solo así podría expandirse hacia Occidente la dictadura del partido comunista. Para ello, la guerra debía prolongarse al máximo; aunque, a fin de cuentas, Alemania también se haría socialista. Mientras la maquinaria propagandística alemana había ignorado el discurso en un principio, en ese momento empezó a funcionar a toda máquina. Después de todo, el fantasma de una revolución mundial había prestado sus servicios a la propaganda antes del pacto Hitler-Stalin, y esto se prolongaría finalmente tras la invalidación del mismo y el ataque de Alemania a la Unión Soviética a finales de junio de 1941.
No obstante, la carrera del discurso no acabó allí. En 1942, en la Francia de Vichy, apareció otra versión justo en un momento en que sus apéndices resultaban extraordinariamente apropiados para legitimar la lucha cada vez más dura del régimen contra la resistencia.
El discurso volvió a aparecer después del fin de la guerra y fue utilizado sobre todo por extremistas de la derecha para desacreditar a la Unión Soviética y al comunismo por su deshonroso papel en la guerra. Hoy todavía se dice que la Unión Soviética, al mando de Stalin, calculó fríamente la Segunda Guerra Mundial para acelerar la expansión del comunismo hacia Occidente. Sobre todo después de la desintegración de la URSS, el presunto discurso fue citado por numerosas publicaciones rusas. En vista de todos sus demás crímenes, parecía muy probable que Stalin hubiera manipulado la guerra con sus cálculos cínicos, cual logrero de una contienda que estremecería Europa. Algunos autores, basados en el mentado discurso, llegaron incluso a verlo como el verdadero causante de la Segunda Guerra Mundial. Con objetivos diversos, el texto sirvió para reescribir la historia. Pero ¿se trata de un texto auténtico? ¿Y lo pronunció Stalin realmente?
El primer análisis minucioso fue realizado a principios del siglo XXI por un historiador ruso, y algunas de las pistas aclaratorias son casi banales, como el dato de que no hubo ninguna sesión en el politburó el día en que supuestamente se pronunció. El sospechoso texto tampoco concuerda con el hecho de que el pacto Hitler-Stalin ponía en aprietos a las organizaciones comunistas de todos los países, que seguían necesitando las ayudas argumentativas de Moscú para justificar el giro de la política exterior soviética. Otro dato que indica que se trata de una falsificación es que el texto fuera publicado tres meses después de su presunta redacción, en un momento en que toda Francia discutía acaloradamente las posibles consecuencias del pacto germano-soviético. Asimismo, resulta sospechoso que, desde entonces, siguieran apareciendo nuevas versiones en el momento justo y con el énfasis adecuado.
Desde la desintegración de la URSS, y gracias a la disponibilidad de las fuentes rusas, el papel de Stalin en relación con la Segunda Guerra Mundial ha sido revaluado a la luz de nuevos aspectos. Y hay un punto de vista que goza de una popularidad creciente tanto en Rusia como en Occidente: la condena de su política exterior como cínica e inescrupulosa, y el cálculo de provocar una gran guerra para beneficio de los soviéticos, mejor dicho, de los comunistas. En este contexto, el pacto Hitler-Stalin es visto como un símbolo que los dos políticos criminales habrían utilizado para promover la Segunda Guerra Mundial. El supuesto discurso de Stalin concuerda perfectamente con este punto de vista, y explica con una facilidad seductora cómo se llegó a ese pacto demoníaco entre el nacionalsocialismo y el comunismo.
Sin embargo, en 1939, la situación era muchísimo más compleja y difícil para los políticos europeos de lo que puede parecer vista en retrospectiva y conociendo los procesos consiguientes. Asimismo, hace mucho tiempo que la investigación histórica puso de relieve que la política exterior de Stalin fue menos ideológica que pragmática; lo que, desde luego, no la revaloriza automáticamente. Al igual que los poderosos europeos, Stalin buscaba dar una respuesta soviética a la situación política y al creciente riesgo de guerra. Y al igual que los demás, no fue exclusivamente cínico ni inescrupuloso en su búsqueda. No obstante, frente al deseo bélico de Hitler, sus decisiones duraron tan poco como la política de apaciguamiento del Reino Unido.
Desde el punto de vista histórico, el texto del presunto discurso de Stalin de 1939 flota, por así decirlo, en un espacio vacío. No hay nada que pudiera ratificar su autenticidad, mucho menos comprobarla, además de que no concuerda con el tejido de la política exterior soviética en vísperas de la guerra. De modo que, por más culpable que haya podido ser el dictador soviético en lo referente a la Segunda Guerra Mundial y en adelante, no puede achacársele la culpa de su estallido.