19. Sodoma y Gomorra

¿El proceso contra los templarios?

Con el éxito mundial de El Código Da Vinci de Dan Brown, los legendarios templarios regresaron de un modo impresionante a la conciencia pública. Aunque en realidad no habían pasado completamente al olvido, pues desde su extinción a principios del siglo XIV han seguido errando como fantasmas por el mundo de lo oculto, las teorías de la conspiración y lo inexplicable. Según el mito más popular, los templarios son los guardianes del Santo Grial, el cual encierra los últimos secretos del mundo. Esta leyenda empezó mientras aún existía la orden, a principios del siglo XII, con el Perceval de Wolfram von Eschenbach. Después de su supresión, se decía que algunos habían desaparecido para entregarse en secreto a su labor sagrada. Posteriormente los sucedieron los misteriosos masones, puesto que el Templo de Jerusalén también jugaba un papel muy importante en su tradición. A los templarios se les atribuyó esa simbología difícil de descifrar que poblaba las iglesias antiguas, cuya decodificación debía resolver el misterio del mundo, y su leyenda alcanzó su último apogeo con El Código Da Vinci, donde aparecen junto con los descendientes de Jesús y María Magdalena como guardianes del Santo Grial. Las otras órdenes de caballería medievales no gozan de una popularidad parecida, pero tampoco tuvieron un final tan repentino y atroz como el que estremeció al mundo en aquel entonces y que sigue generando todo tipo de especulaciones.

La orden de los templarios fue fundada en 1120 en Jerusalén para proteger a los peregrinos cristianos que, tras la conquista de Jerusalén en la primera cruzada, acudían en masa a visitar la ciudad sagrada. Durante el transcurso de las cruzadas, y a medida que se fueron fundando cada vez más principados cristianos en Tierra Santa, los templarios se hicieron cargo de su defensa junto con otras órdenes de caballería. La orden, que también participó en la reconquista de territorios islámicos en la península ibérica, dependía directamente del Papa; de modo que la sospechosa relación entre oración y batalla se apoyaba en la idea de la guerra justa y, por tanto, santa.

Los templarios alcanzaron reconocimiento rápidamente y fueron agasajados con abundantes propiedades en Europa. Además, se ocuparon tan exitosamente de la banca que los reyes de Francia e Inglaterra les confiaron sus tesoros. Los caballeros de la Orden del Temple eran considerados luchadores extremadamente valientes y disciplinados, así como temerarios y arrogantes, y vivían en competencia permanente con la otra gran orden de caballería, la de los hospitalarios de San Juan. Gracias a su habilidad para los negocios y sus privilegios, los templarios habían amasado riquezas que hacía tiempo se habían vuelto proverbiales, y los reyes de Francia confiaron en su eficacia tanto como en sus arcones al partir en la Cruzada a Tierra Santa. Se había creado la impresión justificada de que ya nada funcionaba sin los templarios, pero todo el mundo sabía que se habían envanecido y apartado de sus principios originales desde hacía tiempo. Podría decirse que, fuera de su mundo elitista, los templarios tenían un verdadero problema de imagen. Y cuando Tierra Santa volvió a caer en poder de los musulmanes, esto no resultó precisamente favorable para su prestigio.

El rey Felipe IV de Francia se convertiría en el sepulturero de la poderosa orden. En la madrugada del 13 de octubre de 1307, en una acción policial sin precedentes y magníficamente orquestada, Felipe IV mandó a encarcelar a los templarios que vivían en su reino y los acusó de herejía. Ellos se dejaron apresar casi sin oponer resistencia, y todas las posesiones de la orden quedaron confiscadas. El papa Clemente V, quien en realidad era el protector de la orden, imitó el ejemplo del Rey e hizo perseguir a los templarios por todo el Occidente cristiano; pero aunque lo que buscaba era llevarlos ante una corte papal, no consiguió imponerse al poderoso Felipe. Clemente había actuado con torpeza y había subestimado la determinación del Rey francés, a quien temía profundamente. A partir de entonces, la Corona francesa dirigió durante años un espectacular juicio público, al estilo de la Inquisición, contra los templarios. Los numerosos cargos iban desde el sacrilegio hasta la perversión sexual, la profanación de la cruz y la fornicación contranatura. La acusación de Felipe IV —que se autodesignó protector de la fe— declaró a los templarios lacra del cristianismo, ¡para cuya defensa habían sido fundados hacia unos ochenta años! Se les sacaron todo tipo de confesiones por medio de torturas, y el catálogo de sus prácticas heréticas resultó sorprendentemente parecido al estereotipo de las otras campañas de desprestigio de la Edad Media. Aunque los cargos eran claramente un pretexto y el juicio tenía realmente una motivación política, la extinción de la orden no generó casi oposición; no hubo siquiera otros soberanos que acudieran en su auxilio. Si acaso fue el silencio el que expresó rechazo, pero nadie se atrevió a enfrentarse públicamente al Rey de Francia.

La táctica de Felipe funcionó, se promulgó el veredicto de culpabilidad, y el mismo Papa suprimió la Orden del Temple en el Concilio de Viena de 1312. Mientras que los extraordinarios bienes raíces de los templarios fueron transferidos a los hospitalarios de San Juan, los caballeros eran puestos en libertad si reconocían los crímenes pero eran ejecutados si insistían en su inocencia. Jacques de Molay, el último maestro de la orden, fue condenado en un día de primavera del año 1314 a la entrada principal de la catedral de Notre-Dame de París. Poco después, y a tiro de piedra, fue quemado en la hoguera. Molay pidió que lo ataran al poste de tal modo que pudiese ver las torres de la catedral al morir.

El juicio público de los templarios provocó reflexiones concretas en sus contemporáneos, lo cual, más allá de las acusaciones sensacionalistas, era la verdadera razón del proceso. En realidad, el Rey francés tenía motivos de sobra para deshacerse de ellos. Por un lado, el dinero no le venía nada mal puesto que era uno de sus mayores deudores. Un par de años antes había desterrado de manera igualmente sorpresiva a unos banqueros judíos y, posteriormente, a unos italianos para luego apoderarse de su fortuna. El Rey vivía en una escasez constante de dinero a causa de sus numerosas guerras, sobre todo. Otro motivo posible era el deseo de Felipe, hijo y nieto de cruzados, de marchar por sí mismo a Tierra Santa, para lo cual tenía en mente una orden de caballería nueva y propia, y los poderosos templarios eran los primeros en obstaculizarle el camino. Además, la Orden del Temple le serviría de chivo expiatorio para distraer la atención de la recesión, la inflación y la subida de impuestos que experimentaba Francia en aquel entonces.

Además de estas razones, influyeron también motivos de tipo político-religioso. De hecho, la supresión de los templarios puede clasificarse como tesela del mosaico de la política del rey Felipe para establecer la supremacía de Francia en Europa y dentro de la Cristiandad. Felipe, un viudo ascético que imponía tenazmente sus rígidos principios morales, se vio a sí mismo como el Cristo de exhibición. Hay muchas evidencias de que realmente creía lo que se les reprochó a los templarios, y que, ante un papa débil, se vio llamado a efectuar una actuación justificada, como él mismo declaró. Felipe llevaba años en una lucha propagandística contra el papa Clemente V, y no estuvo lejos de calificar al máximo jefe de la Iglesia de criatura profana. Por eso, el desafortunado Papa se vio obligado a sacrificar a la mancillada orden para, al menos, preservar un papado con una relativa capacidad de ejercicio. Pero fracasó finalmente, y la pérdida de poder del papado quedó simbolizada en el «cautiverio de Babilonia» de los papas en Aviñón, que empezó precisamente con Clemente V. Sin embargo, Felipe tampoco pudo alcanzar sus metas —y corroborar con ello estas sospechas—, pues murió en el mismo año de la caída de los templarios, al igual que el papa Clemente.

En su Divina Comedia, Dante describió a los templarios como mártires, con lo que desató una fuerte discusión sobre su culpabilidad entre los intelectuales, en la cual participaron Lessing, Hegel y Ranke, entre otros. Prescindiendo de las reflexiones racionales sobre los motivos de este juicio inaudito, lo cierto es que los acontecimientos fueron pasto de rumores desde la Edad Media. Se les imputaron negocios ocultos bajo la protección de los privilegios papales y se los acusó de ser unos hombres poderosísimos que abusaron impíamente de la Iglesia para su beneficio. Los tesoros secretos atribuidos a la orden fueron creciendo con el paso de los años, y los ritos ocultos que se practicaban en los sótanos recónditos resultaron cada vez más inescrutables. Con especial tenacidad se ha mantenido la idea de que los templarios fueron los guardianes de una doctrina mística, asociada con elementos de las culturas y religiones más variadas, que encierra la clave del misterio del mundo. En esta idea se apoya el best seller de Dan Brown, quien barajó todos los clichés de los pseudoenigmas del Occidente cristiano en una mezcolanza fascinante pero inverosímil y rebatible. Los historiadores aún no se han puesto de acuerdo acerca de cuál de los motivos mencionados fue realmente decisivo para la supresión de la Orden del Temple, pero todos declaran y demuestran a la vez que las acusaciones eran tan traídas por los pelos como las conjeturas glorificantes de que, en 1314, los poderosos del mundo se deshicieron de una peligrosa sociedad secreta.