8. Poncio Pilato
¿Un asesinato moral en la Biblia?
Hacia la cuarta década de nuestra era (la fecha no puede fijarse a ciencia cierta), Jesús de Nazaret, fundador del cristianismo, fue ejecutado por orden del procónsul romano de la provincia de Judea en Palestina, Poncio Pilato. El juicio de Jesucristo es el más conocido de la historia universal, y ningún otro acontecimiento de la Antigüedad ha sido investigado tan profundamente. La condena de Jesús suele atribuírsele a Pilato, lo que marcó la imagen histórica de este personaje para siempre. El Nuevo Testamento lo caracteriza como un soberano débil que gobernó muy mal en Judea, y esto fue lo que sucedió según los evangelistas: dado que los sumos sacerdotes judíos de Jerusalén querían deshacerse del peligroso y testarudo de Jesús, lo denunciaron ante el representante del emperador romano Tiberio porque se declaraba «Rey de los judíos» y era un rebelde; cosa que podía volverse contra el gobierno de Roma, que llevaba casi un siglo determinando el destino de Palestina, e implicaba un crimen de lesa majestad. Aunque Pilato sabía que Jesús era inocente, según cuentan los evangelistas, cedió a la presión del pueblo judío que exigía la ejecución del predicador ambulante. El evangelista Mateo cuenta que el romano Pilato cumplió incluso la costumbre judía de lavarse las manos para demostrar su inocencia.
Pero ¿concuerda este dictamen sobre el gobierno de Poncio Pilato y su desacreditado papel en el proceso contra Jesús de Nazaret con la verdad histórica? ¿Sucedieron así el proceso y la condena de Jesús? ¿O acaso el Nuevo Testamento promovió un asesinato moral que, desde hace casi dos milenios, ha desacreditado al procónsul romano como un oportunista veleidoso?
Es cierto que los sabios judíos necesitaban el apoyo de la potencia ocupante para desembarazarse del Mesías fastidioso y, según ellos, autoproclamado. Y necesitaban un motivo mundano, pues la potencia romana no se inmiscuía en querellas intrarreligiosas. Por eso denunciaron a Jesús de Nazaret ante Poncio Pilato como un rebelde peligroso con el que había que acabar antes de que provocara otra sublevación en la agitada provincia. Ya antes habían intentado librarse del carismático predicador con una táctica parecida, y Pilato no podía dejar pasar sin más la acusación de crimen de lesa majestad contra Roma. Cuando el procónsul romano dudó de la culpa del acusado, según cuentan los evangelistas, los sabios incitaron al pueblo, cuya ira incitó a Pilato hasta el punto de que condenó a Jesús a pesar de que estaba convencido de su inocencia.
Durante el gobierno de Poncio Pilato (26-36 d. C.) hubo una gran cantidad de revueltas populares que éste sofocó sangrientamente. En ese entonces, por todo el reino romano, las provincias de frontera estaban bajo la fortísima presión de integración de la pax romana. Los judíos de Palestina se opusieron especialmente porque no querían renunciar a su identidad judía, y Poncio Pilato fue muy desconsiderado al respecto. Sin embargo, esto no concuerda con la imagen de un procónsul débil, como lo pintan los evangelistas. Otros cronistas describen a Pilato como un hombre con inteligencia táctica, aunque también como un soberano inflexible y atroz que reducía a porrazos cualquier oposición contra la dominación romana.
De modo que la imagen del procónsul desidioso, cuya debilidad confluye con las maquinaciones de los escribas, no es histórica y está definida más que nada por la rivalidad entre los judíos y los seguidores de Jesús con el fin de responsabilizar a los primeros de la muerte del último. Cuanto más precario se hacía el conflicto entre la religión antigua y la nueva tras la muerte de Jesús, más pretextos había para la propaganda con la que un bando intentaba desacreditar al contrario. Según la versión de los albores del cristianismo, la debilidad del procónsul romano apoyaba la pérfida táctica de los judíos, que lo convirtieron en su herramienta.
Pero si Poncio Pilato no se dejó instrumentalizar, ¿por qué ajustició a Jesús? ¿Acaso cedió por puro raciocinio ante la presión ejercida desde abajo para satisfacer a la muchedumbre judía que quería ver crucificado a Jesús? ¿O acaso creía que Jesús era inocente pero veía en él a un rebelde potencialmente peligroso que se oponía a su política de modernización e integración cultural? ¿Era esta una razón suficiente para neutralizar, por precaución, al singular predicador?
En todo caso, lo único que despista no es la opinión consagrada sobre la debilidad de Pilato. La población judía de Jerusalén tampoco jugó el papel decisivo que le adjudica el Nuevo Testamento. El grito de «¡Crucificadlo!» es históricamente improbable porque el proceso, a diferencia de lo que dice el Nuevo Testamento, se llevó a cabo a puerta cerrada. Lo cierto es que Pilato creía que Jesús era inocente de cualquier delito que pudiesen achacarle los escribas judíos, pero no tuvo más opción que condenarlo, pues el acusado guardó silencio obstinadamente durante la mayor parte del juicio. Y los jueces debieron de interpretar ese silencio como porfía e insubordinación, lo que, según la ley romana, era considerado un crimen grave. Pilato lo habría dejado en libertad si Jesús se hubiera manifestado sobre los cargos imputados, pero éste prefirió callar. La consecuencia fue la tortura, bajo la cual volvió a guardar silencio, y esto motivó al despiadado hombre a condenarlo a muerte.