24. El fracaso de la Armada Invencible

¿Golpe mortal contra una potencia mundial?

El año 1588 suele verse como un momento crítico de la historia, y la razón es el intento fallido de España de conquistar Inglaterra. Mucho más allá de la conciencia histórica de los ingleses, este fracaso de la Armada Invencible es considerado como una victoria decisiva de Inglaterra porque anunció la decadencia de la supremacía española sobre el continente europeo y más allá. Y precisamente ese año del reinado de Isabel I contiene el embrión del ascenso de Inglaterra como potencia mundial. Pero el resultado de la batalla naval de Gravelinas, el 8 de agosto de 1588, ¿fue realmente una victoria para Inglaterra y una derrota para España? ¿Y significó esto la decadencia de la hegemonía española y el comienzo de la grandeza inglesa?

A lo largo de los siglos, la historia europea ha sido la historia del equilibrio —constantemente amenazado— entre los Estados del continente y el intento de Estados particulares por desestabilizarlo y alcanzar la hegemonía. Mientras que la Edad Media se caracterizó por las luchas entre el poder espiritual y el mundano, entre el Papa y el Emperador, los inicios de la edad moderna están marcados, primero, por el conflicto entre los poderes católicos y protestantes, y luego, por la lucha por la supremacía en el Nuevo Mundo.

En el siglo XVI, España era la potencia europea y, con sus colonias, la potencia mundial por antonomasia; más aun cuando Felipe II, en 1580, consiguió el dominio sobre Portugal y sus colonias por una unión personal. España se concebía a sí misma como el «más católico» de todos los países y era el bastión de la Contrarreforma. Inglaterra, en cambio, era protestante, e Isabel I había destruido todas las esperanzas de que su país volviese a los brazos de Roma en un futuro cercano al ejecutar a su rival católica Maria Estuardo. En los Países Bajos, en ese entonces bajo dominio mayoritariamente español, Inglaterra y España se invadían mutuamente puesto que Isabel respaldaba las provincias rebeldes de Holanda y Zelanda.

En la década de 1580, Felipe II de España, un hombre poderoso y arrogante pero también profundamente religioso, decidió matar tres pájaros de un tiro con la invasión de Inglaterra: reencauzar el reino hacia el camino correcto de la fe católica, impedir el respaldo inglés a los protestantes neerlandeses y destruir las crecientes ambiciones de los ingleses en ultramar. Bajo el reinado de Isabel I, Inglaterra había alimentado el deseo de poseer colonias inglesas y superar la supremacía marítima española, lo que tenía que ver tanto con la reputación que se derivaba de ser una potencia naval como con razones económicas, puesto que el naciente comercio mundial prometía grandes ganancias. En el otoño de 1585 se concretaron los planes de España, y tras unas cuantas dilaciones —entre otras por un ataque sorpresa de los ingleses a unos galeones españoles en el puerto de Cádiz—, habría de empezar la ambiciosa operación. Para entonces, Inglaterra llevaba más de cinco siglos sin ser asaltada desde el exterior.

En el mes de mayo de 1588 zarpó una armada de ciento treinta barcos en total, con el apoyo de galeras y buques mercantes: la armada más grande nunca antes vista en aguas del norte de Europa. Veinte mil soldados y más de dos mil cuatrocientos cañones, bajo la dirección de comandantes experimentadísimos, debían garantizar el éxito de la invasión. Algunos de estos soldados venían de la armada flamenca y debían unirse a la flota en el canal de la Mancha. Un punto clave de la planificación era la invasión por tierra, escoltada por la armada, que debía navegar hacia Londres por el Támesis. Pero las condiciones climáticas dificultaron el viaje de tal modo que la armada española apenas pudo llegar a la costa inglesa a finales de julio. Los ingleses, por su parte, estaban preparados, y la invasión fracasó. La armada española, muy debilitada, tuvo que cambiar de curso y regresar a España. El ambicioso plan de Felipe se había visto frustrado.

En los siglos posteriores, el «rechazo» de los españoles por parte de los ingleses se convirtió en un mito y se glorificó la impavidez del comandante sir Francis Drake, quien, con toda tranquilidad, jugó una partida de bolos antes de enfrentarse al enemigo. La misma reina Isabel se había presentado en la costa para apoyar a sus hombres y avivar su belicosidad con un discurso enardecido. La confrontación se enalteció de tal forma que fue declarada lucha de independencia contra la despótica España y victoria del protestantismo sobre el catolicismo arrogante y corrupto. Entonces se establecieron los aniversarios merecidos: el 8 de agosto habría de convertirse en un feriado nacional. Innumerables poetas ingleses ensalzaron la gloria de su país en el mar picado, y la idea de que Inglaterra había triunfado sobre España se difundió mucho más allá de sus fronteras, anunciando así la decadencia de la antigua potencia española en pro del ascenso de la inglesa.

Pero estas verdades simples y populares no se corresponden del todo con los hechos. En primer lugar, Inglaterra no definió la batalla de manera victoriosa. Lo que definió la batalla fue más bien el clima, que incluso para las condiciones variables del canal tuvo un comportamiento excepcionalmente extremo. Es cierto que los ingleses no se lo pusieron fácil a los galeones españoles, pero solo hundieron unos pocos. Con unas condiciones climáticas más favorables, los excelentes comandantes españoles habrían podido contrarrestar fácilmente el hecho de que los barcos ingleses fueran más manejables. Pero cuando la armada española, mejor equipada que la inglesa, se vio obligada a cambiar de curso por el clima, las violentas tormentas hicieron que sus barcos se estrellaran contra los arrecifes de Irlanda y Escocia. Por eso tuvieron que abortar el plan, y el resto de la flota regresó a España con las manos vacías. Esto indujo a la propaganda inglesa a hablar de la divina Providencia; la reina Isabel encargó la elaboración de monedas con el adagio: «Dios sopló y ellos fueron destruidos».

En todo caso, el hecho de que Inglaterra no se creyera segura pese a toda la propaganda demuestra el temor ante un regreso inminente de los españoles. Esto era lo que se esperaba inmediatamente después de la batalla, hasta que quedó claro que la armada había navegado de regreso a España. A pesar del fracaso de la invasión, los españoles habían evidenciado la vulnerabilidad de Inglaterra. El plan de conducir a los soldados hasta la otra orilla y ocupar el país con tropas terrestres era acertado, pues el ejército inglés no habría tenido mucho que oponer en tierra a los españoles. Los contemporáneos tampoco vieron una España debilitada por la confrontación, mucho menos cuando Felipe II volvió a armarse y mandó construir mejores barcos. En efecto, éste llevó a cabo nuevos intentos de invasión que, sin embargo, volvieron a fracasar por el clima. Hasta que, finalmente, el éxito militar en los Países Bajos se hizo más importante que la ocupación de Inglaterra.

En 1588 tampoco empezó la decadencia de la supremacía española; esto sucedió décadas después y tuvo causas distintas a la fracasada invasión de Inglaterra. España vio el fracaso de su «imperialismo mesiánico», como lo llamó un historiador, con el final de la guerra de los Treinta Años en 1648, que puso fin a la Contrarreforma y perjudicó seriamente su renombre militar. Epidemias, malas cosechas, problemas económicos y financieros debilitaron el país internamente, a lo que se sumaron las turbulencias dinásticas hasta que, tras la Guerra de Sucesión (1701-1713/14), la supremacía española en Europa se resquebrajó definitivamente.

Asimismo, el ascenso de Inglaterra a potencia marítima no está relacionado con la derrota de la Armada española, pues este se hizo esperar unos cien años. Desde un punto de vista realista, el intento de invasión por parte de los españoles fue un acontecimiento espectacular para el siglo XVI tardío, pero no fue ni excepcional ni excesivamente importante.