Capítulo 9
SABINA caminó de puntillas por la terraza, procurando mantenerse en las sombras, para no ser vista. Los sirvientes podían estar despiertos, o peor aún, Lady Thetford podía estar de pie junto a su ventana. No le era fácil moverse en silencio, debido a su estorbosa falda de montar.
El traje que Lady Thetford le había traído de París, se habría visto extraño en una cacería inglesa; pero era el elegante traje de montar que usaban las francesas y, si Sabina hubiera tenido tiempo de mirarse al espejo, habría visto que la favorecía mucho. Se había puesto a toda prisa la suave falda adornada de encajes y la entallada chaqueta de terciopelo así como el sombrero de tres picos sobre la cabeza, el cual tenía una larga pluma de avestruz, que se enroscaba, curvándose por encima del ala, y tocaba apenas su mejilla.
Había tomado un par de guantes de montar y apagado después las velas. Al descender la escalera, recordó que no tenía fuete y se aferró a la esperanza de que Harry le llevara un caballo lo bastante brioso como para no necesitarlo.
Le tomó sólo unos segundos cruzar el jardín iluminado por la luna, hasta unos escalones de piedra que conducían a un sendero por el que se llegaba al alto muro que bordeaba el jardín de la villa. Estaba más oscuro ahí, debido a las sombras de los cipreses y los olivos.
Se obligó a sí misma a caminar con más lentitud, hasta encontrarse de cara a la pared. Miró a su alrededor, buscando dónde apoyarse. Vio una piedra que sobresalía del muro, apoyó un pie en ella y se impulsó hacia arriba, para ver por encima del muro. Por un momento, con un sentimiento de desolación, pensó que no había nadie ahí. Entonces vio que Harry la esperaba en el camino, un poco más adelante. Llevaba con él un caballo, que un palafrenero sostenía de la brida.
Comprendiendo que no podía gritarle, Sabina lanzó el largo y bajo silbido que usaban siempre de niños para llamarse.
Harry corrió hacia ella.
—¿Eres tú, Sabina?
—Sí, aquí estoy. Ahora el problema es saltar el muro.
Con ayuda de Harry, y haciendo ella misma un gran esfuerzo, logró escalar el muro y bajar al otro lado, aunque escuchó preocupada que se descosían algunas puntadas de su chaqueta.
—Veo que conseguiste el caballo —dijo Sabina—. Pero no nos quedemos aquí. Alguien podría oírnos.
—Es un excelente animal —contestó Harry—. No me fue fácil conseguirlo. Tuve que dar tu nombre y el de Lady Thetford para que el encargado de los caballos accediera a prestármelo.
Sabina lanzó un breve suspiro.
—¡Me olvidé que tendrías que identificarte de algún modo! Bueno, supongo que no importa mucho —dijo encogiéndose de hombros—. Tal vez él no le diga nada a Lady Thetford. Si lo hace, ya se me ocurrirá alguna explicación.
—Podemos pedirle que no lo mencione, una vez que le hayamos devuelto el caballo.
—Sí, es buena idea.
—No pude decirle mucho al hombre, porque no me has dicho adónde vas, ni qué vas a hacer, hermanita.
Sabina sacudió la cabeza.
—No puedo hacerlo. Tienes que confiar en mí. Sólo puedes rezar para que yo sea capaz de ayudarte.
—Si no, estoy acabado.
La expresión de Harry era tan triste, que Sabina extendió una mano y la puso sobre el brazo de su hermano, en un gesto protector.
Llegaron hasta donde estaba el caballo y Sabina lo miró con gesto apreciativo. Vio en el acto que era un buen animal, lleno de bríos, bien cuidado, que se movía con inquietud de un lado a otro y pateaba el suelo.
—El hombre de la caballeriza dijo que era un animal muy brioso, inadecuado para una dama. Supongo que está acostumbrado a mujercitas miedosas —dijo Harry—. No sabe qué tipo de amazona eres tú, ni con qué habilidad participabas conmigo en las cacerías.
—Me haces sentir nostálgica, Harry. Las cacerías nunca volvieron a ser lo mismo, desde que tú te fuiste —dijo Sabina suspirando.
—Si sólo supieras lo que echaba de menos montar. Si solo… —Se detuvo, pero Sabina comprendió que iba a añadir: «Si sólo hubiera estado en un regimiento de caballería».
Ella sabía que ahí estaba su corazón… en los caballos y en la equitación, no en el mar. Pero era inútil hablar de eso ahora… ni nunca. Había soñado, poco después de comprometerse con Arthur, en pedirle un día que tratara que Harry fuera transferido a la caballería. Pero, después de lo que había sucedido hoy, comprendió que esa idea era absurda.
—Ayúdame a montar, Harry —ordenó nerviosa, porque la había invadido un temor que no se atrevía a analizar. Su hermano la levantó hacia la silla; y ella se arregló con cuidado la falda y tomó las riendas.
—¿En dónde nos encontraremos? —preguntó él.
—Espérame aquí en dos horas —contestó ella—. Es posible que me tarde un poco más, pero si es así, no te preocupes. No estoy segura de cuánto tiempo me llevará esto.
Estaba a punto de partir, cuando Harry subió las manos hacia las riendas para detenerla.
—Cambia de opinión, hermanita, y déjame ir contigo. No debería dejarte hacer esto. Imagínate lo que diría papá.
—Es para evitar que papá se entere de lo que estoy haciendo —contestó Sabina. Y entonces, antes que Harry pudiera decir nada más, se puso en marcha, colina arriba.
El caballo estaba fresco y, aunque se mostraba un poco inclinado a ser voluntarioso, no tardó mucho en descubrir que los gentiles dedos que lo conducían pertenecían a una mano maestra y, una vez que salieron de la población, tomó un paso tranquilo y cómodo.
Había pocos carruajes en el camino. Todos estaban llenos de gente que iba al casino o volvía a casa de alguna de las muchas fiestas que se celebraban en el principado.
Sabina continuó galopando y, después de un rato, se dio cuenta de que iba musitando las oraciones que le eran familiares desde niña, rogando porque el rey de los gitanos pudiera ayudarla.
Sólo una vez se preguntó si no estaba realmente loca al lanzarse en aquel largo recorrido a caballo, sola, en la noche, a buscar ayuda de un hombre que apenas unos días antes era un desconocido.
Un momento después, hizo a un lado todas sus inquietudes. Había hecho lo correcto al venir, estaba segura.
Había una pequeña loma adelante, y, más allá, el campo del lado derecho se ensanchaba. Sabina no llegaba todavía al sitio donde se había caído la rueda del coche, aquella noche en que viajaba hacia Montecarlo pero, para su sorpresa, vio, a corta distancia, el fuego de una hoguera cuya luz brillante contrastaba con la oscuridad de la noche. Saltaban chispas, que volaban por el aire como fuegos artificiales.
Tiró de las riendas para detener su caballo. Si eran los mismos gitanos, se dijo, estaban ahora más cerca de Montecarlo. Si no eran ellos, podía tratarse de otra tribu, tal vez peligrosa.
Le parecía percibir los techos de las carretas y una o dos veces vio la silueta de una persona contra la luz de las llamas. Dio vuelta a su caballo, para dirigirse hacia la hoguera. Casi como un eco de lo que había sucedido antes, escuchó un sonido de la música, la alegre melodía de una guitarra y un violín y, al acercarse más, le pareció estar viviendo de nuevo un viejo sueño. Vio un círculo de carretas, una multitud de gitanos sentados alrededor del fuego y una bailarina, que se retorcía y giraba, el oscuro cabello agitado con el aire y el oro de sus adornos tintineando con cada uno de sus movimientos.
Como había sucedido antes, la bailarina se detuvo de pronto al mirarla surgir de la oscuridad. El caballo, inquieto, movía la cabeza de un lado a otro, un poco nervioso, como si tuviera miedo del fuego.
Esta noche, Sabina habló primero.
—Buenas noches —dijo en francés—. Quiero hablar con su rey.
Reinó el silencio por un momento y luego la bailarina contestó. Sabina no tenía la menor idea de lo que decía, porque hablaba en un idioma extraño, pero no había la menor duda sobre su significado.
Moviéndose hacia adelante, hasta que quedó a poca distancia de Sabina, empezó a gritarle y a insultarla, invitando a los otros gitanos que la rodeaban a una violencia que se revelaba en el movimiento de sus brazos, en sus ojos relampagueantes y en sus labios que escupían a los pies de Sabina. Ésta no tenía idea de qué la había enfurecido, ni qué podía haber hecho para merecer tal recibimiento. Pero era evidente que los hombres y mujeres sentados alrededor del fuego eran excitados por la furia de la bailarina. Se pusieron de pie y se acercaron también, hasta que Sabina se encontró prácticamente rodeada por los gitanos, mientras la gitana continuaba gritando, señalando con sus dedos largos y morenos hacia ella y haciéndola comprender con sus gestos que deseaba que se marchara.
La música había cesado. Sólo se escuchaba el sonido de la estridente voz de la mujer y los profundos murmullos, roncos como gruñidos, procedentes de las gargantas de los otros gitanos, en señal de aprobación.
—Pero, tengo que hablar con él… tengo que hacerlo —trató de decir Sabina.
—¡Váyase! ¡Váyase!
No entendía las palabras, pero sabía que eso era lo que le estaba diciendo la gitana. Ahora los hombres de ojos oscuros se acercaban más y más. Uno de ellos extendió la mano para tocar la brida del caballo y Sabina, repentinamente, temió que fueran capaces de lastimarla.
Entonces, cuando el miedo empezaba a clavarse en ella como una flecha envenenada, minando sus fuerzas, se abrió la puerta de una carreta que se encontraba lejos del fuego y el rey de los gitanos apareció en la pequeña plataforma, por encima de los escalones que conducían al piso.
Al principio, se limitó a mirar a su alrededor, molesto tal vez por el ruido de afuera, sin darse cuenta de qué lo había causado. Un momento después, cuando uno de los gitanos se dio cuenta de su presencia, un rumor quedo empezó a correr como una oleada entre todos los demás, y los gitanos volvieron la cabeza hacia él.
La bailarina, ignorante de lo que sucedía, continuaba gritando furiosa, con voz chillona y amenazadora. Pero Sabina había visto al rey de los gitanos y azuzó su caballo hacia adelante, llegando hasta la escalerilla.
—Sabina, ¿qué hace usted aquí? —preguntó él.
Le habló en inglés y ella contestó en el mismo idioma.
—Tenía que venir. Necesito su ayuda.
El rey de los gitanos comprendió lo que había estado sucediendo y, por primera vez, ella advirtió una expresión de enfado en su rostro. Dijo sólo unas cuantas frases, pero el tono de su voz y la agudeza con que habló revelaron a Sabina con toda claridad que había reñido a su gente, Los hombres se veían incómodos y las mujeres bajaron la cabeza.
Sólo la bailarina permaneció desafiante, aunque silenciosa, con los brazos cruzados sobre el pecho. Entonces el rey de los gitanos le habló.
Sólo pronunció una palabra; pero Sabina, aunque no conocía el idioma romántico, la entendió con claridad. La bailarina abandonó su actitud desafiante y, dejando caer el oscuro cabello sobre su rostro, se alejó del fuego y se perdió entre las carretas.
Dos hombres se acercaron para hacerse cargo del caballo, mientras el rey de los gitanos extendía las manos para ayudar a desmontar a Sabina.
—Tengo que hablar con usted —dijo ella, casi sin aliento.
—¿Me hará el honor de entrar en mi carreta? —preguntó él.
—Por supuesto.
El la ayudó a subir los escalones y ella cruzó la puerta, pintada en forma muy elaborada. La carreta no era grande, pero a ella le asombró que fuera tan cómoda. Había linternas a ambos lados para alumbrarla, y las sillas estaban cubiertas con alegres cojines. Cubría un diván, al fondo, una manta de brillantes colores, bordada con hilos de oro y había suaves alfombras sobre el piso. Sabina advirtió que el rey de los gitanos había estado escribiendo en una mesita de fina madera.
Sabina miró a su alrededor con ojos fascinados. El rey de los gitanos, de pie junto a la puerta cerrada, la observaba.
—Nunca soñé que la vería aquí —dijo él con suavidad.
—Por favor, no me juzgue demasiado atrevida. No habría venido si no se tratara de algo de la mayor importancia.
—Siento que mi gente la haya asustado.
—Fue… la bailarina —dijo Sabina—. ¿Por qué me odia? La inocencia que revelaba su pregunta hizo asomar una leve sonrisa a los labios de él.
—¿No es lo suficiente mujer para saber la respuesta a esa pregunta?
Sabina lo miró con expresión interrogante y luego, de pronto, sintió que la sangre se agolpaba en sus mejillas.
—¿Quiere decirme que ella lo a…? —se calló bruscamente—. No había pensado en eso —añadió después de un momento.
—Siéntese —dijo él—, y permítame ofrecerle un poco de vino.
—No, gracias —contestó Sabina, pero él, tomando un frasco con incrustaciones de oro, llenó una copa de cristal y se la acercó.
—Beba un poco —ordenó.
A Sabina le pareció más fácil obedecerlo que discutir. Tomó un poco de vino y, colocando después la copa en la mesita, se quitó el sombrero y se alisó el alborotado cabello.
—¿Qué debe usted pensar de mí…? —empezó a decir, pero él la interrumpió.
—Pienso que se ve tan hermosa como la noche en que nos conocimos.
Sabina sonrió, pero se apresuró a decir:
—Por favor, no hablemos de mí. Tengo algo que decirle. Quiero su ayuda —suplicó—, más de lo que he deseado en mi vida. Por favor… dígame que me ayudará si le es posible.
—¿En verdad necesita que se lo diga? —preguntó él—. ¿No sabe que estoy listo para servirle, que soy suyo, completamente suyo, para lo que ordene?
Al escuchar su voz, que vibraba alrededor de la carreta, Sabina levantó la vista hacia él y por un momento se quedó como hipnotizada. Sintió como si, después de cruzar por un túnel oscuro, se encontrara en un lugar de luz deslumbrante.
—He venido porque… necesito ayuda… no para mí —tartamudeó—, sino para mi hermano Harry.
—¿Su hermano? —preguntó el gitano—. Pensé que sólo se preocupaba por sus hermanas. Por Harriet, Melloney, Angelina y Claire, todas las cuales van a beneficiarse con su matrimonio.
—Ellas están en Inglaterra —contestó Sabina—. Pero Harry está aquí, en Montecarlo.
Empezó a hablarle de Harry, a mencionarle sus limitaciones económicas, y las escasas oportunidades que tenía de divertirse a causa de ellas.
—Harry no es malo, ni tonto. Pero quiero hacerle comprender lo que le sucedió.
—Comprendo muy bien —dijo el rey de los gitanos con gentileza—; que cuando un hombre es joven resulta natural que desee divertirse.
—Yo sabía que usted comprendería —respondió ella.
—¿Y qué ha hecho su hermano que le ha causado tanta preocupación? —preguntó el gitano—. ¿Perdió dinero en el casino?
—¿Cómo lo supo? —exclamó Sabina.
—Es lo que hace mucha gente cuando llega a Montecarlo.
—Y Harry no es una excepción —suspiró Sabina—. ¡Perdió… y usted va a horrorizarse al oírlo… casi cien libras!
—¿Me está pidiendo que le dé el dinero a su hermano?
Sabina se incorporó de pronto, con un pequeño gesto de orgullo.
—No, no, por supuesto que no. Jamás pensaría pedirle tal cosa. Oh, no piense que vine por esa razón. Además, yo sabía que usted no tendría tanto dinero.
—No todos los gitanos son pobres.
—¡Pero cien libras son una fortuna! No fue por eso que vine. Cuando Harry me dijo que había perdido el dinero y que había dado un cheque que no tendría fondos al ser presentado al banco, recurrí a mi… prometido, Lord Thetford.
—Eso fue, desde luego, muy sensato de parte suya. ¿Y él le dio el dinero a su hermano?
—Sí… le dio el… dinero a… Harry —dijo Sabina, sin comprender en ese momento cómo la turbación de sus palabras o el repentino cambio de su expresión revelaban lo desagradable de esa transacción.
—Mi prometido le dio a Harry el dinero… en francos, por supuesto… y él lo guardó en un bolsillo de su traje. Intentaba ir al casino, pagar la deuda y recuperar el cheque que había entregado la noche anterior. Sin embargo, se encontró con unos amigos y fueron a un lugar de diversión cerca de la bahía. Conocieron a dos mujeres allí y las invitaron a cenar. Pero ellas se marcharon y Harry descubrió entonces que había desaparecido el dinero.
—¿Quiere decirme que las mujeres se lo robaron?
—Eso debió suceder. Fueron al tocador de señoras y no volvieron.
—¡Ya veo!
—Y en eso es en lo que usted puede ayudarnos —continuó Sabina—. Harry dice que una de las muchachas era rubia, pero la otra era morena, parecía gitana, dice él, y se llamaba Katisha. Pensé… pensé que tal vez usted… la conociera y pudiera hacer que ella… si es en verdad una gitana… le devolviera a mi hermano el dinero… robado.
—Ya veo. Por eso fue que acudió a mí.
—Por supuesto. ¿No comprende que usted es, tal vez, la única persona en el mundo que puede ayudarnos ahora?
—¿Qué sucedería si no recuperara el dinero?
—Harry tendría que escribir a papá esta noche y decirle lo que había hecho. Pero como sabe que no puede pedir a mis padres que consigan esa inmensa suma de dinero… en realidad, ellos no la tienen… intenta renunciar a la Marina.
Sabina habló con sencillez, pero era fácil ver la tragedia en sus ojos.
—¿Quiere decirme que no hay nadie más capaz de dar o prestar a ustedes cien libras?
—No hay nadie a quien pudiéramos pedírselas. En cuanto a que nos las presten… bueno, eso, también, es imposible. Harry ha prometido devolver las cien libras que pidió a mi prometido en un año. Eso significa que no podrá disponer de un solo penique. Se llevará todo su salario.
—Yo pensé que había usted dicho que Lord Thetford le había dado el dinero.
—El se lo dio —contestó Sabina—. Pero, por supuesto, Harry tiene que devolvérselo.
—En circunstancias muy difíciles, por lo que veo.
—Arthur estaba muy molesto con Harry —dijo Sabina en voz baja—. El… no quiere tener… mucho que ver… con mi familia.
—¿Así que usted decidió acudir a mí?
—¿Cree que podría ayudarnos? —preguntó Sabina, juntando las manos—. Dígame que puede hacerlo. No sé qué harían papá y mamá si supieran que Harry se ha metido en problemas. ¡Están tan orgullosos de él! Es su único hijo varón y ha sido un buen muchacho hasta ahora. Les rompería el corazón que tuviera que dejar la Marina en circunstancias tan vergonzosas. Por favor, ¡ayúdenos!
El rey de los gitanos se inclinó y tomó entre las suyas las manos de Sabina.
—Escúcheme, Sabina —dijo—. Usted no tiene que suplicarme nada. Yo quiero ayudarla. Y la ayudaré.
—¿De veras? ¡Oh, gracias, muchísimas gracias! —exclamó Sabina—. Si sólo supiera lo que significa oírle decir eso. ¡Yo sentía que, de algún modo, usted no me fallaría, y cuánta razón tenía!
—¿Por qué sentía eso? —preguntó el rey de los gitanos.
—No lo sé —contestó Sabina—. Hay… algo en usted… que me hizo sentir desde un principio… que podía confiar en usted… que usted comprendería.
—¿Como otras personas no han comprendido, tal vez? —preguntó él—. Sabina volvió la cabeza a otro lado y retiró las manos.
—Algunas… personas no… toleran las… debilidades ajenas.
—Tal vez no entienden otras cosas también. Por ejemplo, lo hermosa que se ve usted cuando sonríe, lo exquisitamente patética que resulta cuando está triste. ¿Sabía que sus ojos se oscurecen cuando está asustada y que cuando está feliz parecen encenderse y brillar a tal punto que todo su rostro se transforma?
Sabina ahogó un leve suspiro y se puso de pie.
—Debo… marcharme ahora —dijo a toda prisa—. ¿Usted saldrá también… y buscará a Katisha? ¿La hará devolver el dinero… ahora mismo?
—¿Se va porque tiene que irse? —preguntó el gitano—. ¿O porque tiene miedo de escucharme?
—¿Miedo? —preguntó Sabina en voz baja.
—Sí, miedo —contestó él—. Está huyendo, Sabina. Huye porque su corazón le dice que se quede.
Sabina se quedó inmóvil. No le contestó. Tenía los ojos clavados en las manos que jugueteaban con los guantes que acababa de tomar de la mesa.
—¿No tiene nada que decirme? —preguntó él, con voz ronca, y acariciadora.
Ella se volvió entonces. Su rostro se veía muy pálido a la luz de las linternas, sus labios temblaban un poco.
—Sí… tengo que decirle. Algo más que… pedirle.
—¿Qué es? —preguntó él.
—Por favor… por favor, no haga que me… enamore de… usted. —Era un grito que brotaba del fondo de su corazón… el grito de un niño asustado en la oscuridad. Se quedó mirándola y por un momento ninguno de los dos se movió. Entonces, con mucha suavidad, él preguntó:
—¿No es ya demasiado tarde?
Sabina bajó los ojos.
—Sí, demasiado tarde, Sabina —continuó él, y empezó a tutearla por vez primera—. No podemos retroceder ahora, olvidar que nos hemos conocido, pretender que no hemos estado juntos conversando, que nuestros ojos se han encontrado y que han revelado cosas que nuestros labios tenían miedo de pronunciar. Y creo, mi cielo, que si eres honesta contigo misma reconocerás que ya me amas un poco.
—¡No… no! —murmuró Sabina.
—Entonces, ¿por qué estás temblando?
—¡No es… verdad! —gimió ella—. ¡No es cierto!
—¿Serías capaz de jurarlo? Júralo mirándome a los ojos. ¿Podrías decirme que desde el momento en que nos conocimos no he significado nada para ti, que nunca has pensado en mí, que nunca has sentido deseos de volver a verme? Dime eso con firmeza, sin vacilación, y me iré de tu vida… para no volver jamás.
—No… le pediría… nunca… eso —murmuró Sabina.
—Pero me has pedido que no permita que te enamores de mí —continuó el gitano—. Y yo te digo, Sabina, que ya es demasiado tarde. Mira, no te estoy tocando siquiera y tiemblas como si estuvieras en mis brazos. Tu corazón palpita y tu respiración es agitada, como si tus labios estuvieran muy cerca de los míos. Creo que, en el fondo, desearías que fuera así.
Ella echó hacia atrás la cabeza, como si quisiera hacer un último esfuerzo por protestar, pero, cuando lo miró, apareció en sus ojos una luz que no pudo ocultar. La expresión de su rostro reveló la verdad.
El mundo se detuvo y, en ese segundo, sus espíritus se unieron en forma tal, que todo a su alrededor desapareció. Luego, volviendo a la realidad, él se puso de rodillas ante ella y levantó el borde de su falda para llevárselo a los labios.
—Te amo, Sabina —dijo—. Te juro ponerme a tu servicio. No me impondré a ti, ni te tomaré jamás en mis brazos contra tu voluntad. Y, porque te amo tan profundamente, porque sé que fuimos hechos el uno para el otro… no te besare hasta que tú me lo pidas, de palabra o por tu actitud. Pero sería ciego, sordo, e indigno de tu amor si no supiera que en este momento me amas un poco, por mucho que desees negarlo.
—Yo… no podemos… no debemos…
—Tú no debes, querrás decir —contestó el gitano—. Y, sin embargo, ¿por qué no? Yo soy un hombre. Te amo. No puedo ofrecerte la misma vida, ni la misma posición que Lord Thetford, pero puedo, quizá, darte felicidad.
—Oh… por favor —suplicó Sabina—. Tú no… comprendes —se puso las manos en el rostro y se sentó en una silla, con la cabeza inclinada, mientras él continuaba arrodillado a sus pies.
—Mi amor, te he hecho llorar —exclamó el gitano—. ¡Tonto de mí… si yo sólo quiero darte felicidad!
—Creo… creo que estoy llorando de felicidad —contestó Sabina—. Porque eres tan bondadoso, tan bueno y tan dulce conmigo. Si sólo nos hubiéramos conocido hace unos meses. Pero ahora… ¡ahora es… demasiado tarde!
El gitano se puso de pie y se quedó mirándola, inclinada la cabeza, con una curiosa expresión en el rostro.
—¿Por qué es demasiado tarde? —preguntó.
—Por… tantas… cosas —contestó Sabina con, voz entrecortada—. Mamá está… tan complacida y… están… mis hermanas.
—Harriet, Melloney, Angelina y Claire —dijo el gitano.
—Sí… todas… ellas —contestó Sabina—. Oh, ya sé que Arthur ha dicho que no intenta hacer… mucho por ellas, cuando nos casemos… pero tal vez logre convencerlo de cambiar de opinión. De cualquier modo, pueden tener muchas cosas mías… ropa, cualquier dinero del que disponga… y podrán venir a hospedarse conmigo. Ellas… y mamá… están contando con ello.
—Y no sería lo mismo si les ofreciéramos la hospitalidad de un campamento gitano.
Sabina se sonrojó y retiró las manos de su rostro.
—No es eso —dijo con voz llena de pasión—. No debes pensar que es porque tú eres gitano yo me siento avergonzada de ti. Me sentiría orgullosa, muy orgullosa de ser… —Las palabras murieron en sus labios. El gitano se inclinó hacia ella.
—Dilo —murmuró—. Di esas palabras, mi amor, que anhelo oír de tus labios.
—Pero no debo hacerlo —protestó Sabina—. ¿No te das cuenta? No debemos siquiera… pensar en ello… estoy comprometida con Arthur… tengo que casarme con él. Además, Harry le debe… cien libras.
—¡Oh, mi amor, nenita mía! —exclamó el gitano con suavidad—. ¿Crees que cien libras importan algo, cuando esto afecta tu vida entera? Ven conmigo. Déjame enseñarte lo que significa la felicidad. Déjame enseñarte a amar, a sentirte viva, emocionarte, como ningún inglés, ni hombre alguno en el mundo podría hacerlo.
—No debes… tentarme —murmuró Sabina—. No debes pedir… tales cosas de mí. Yo no soy fuerte; no soy… buena; soy débil y… mala, en lo que a ti se refiere. Quiero hacer todas las cosas que no debo hacer. Quiero estar contigo. Quiero oírte hablar. Quiero que… me toques.
El gitano volvió la cara de pronto hacia otro lado.
—Debes irte ahora, Sabina —dijo—. Hay límites a los cuales no se puede llevar a un hombre y esperar que siga portándose como es debido. ¡Te amo! ¿Piensas que no quiero tomarte en mis brazos, cubrir tu rostro de besos, y tu boca, tus ojos, tu cuello, y tu cabello suelto? El amor no es cosa débil y anémica que ofrecen los ingleses. El amor, para mí, es la fuerza que impulsa a un hombre a hacer cosas desesperadas; es algo por lo cual uno es capaz de pasar hambre, de robar, de luchar y, sí, también, de morir. Eso es amor, Sabina. Y ahora, debes irte, u olvidaré que eres mi invitada, que aceptaste mi hospitalidad y que a causa de ello, no debo tocarte.
Había tal emoción, y una fuerza tan palpitante en la voz del gitano, que Sabina se quedó inmóvil, escuchándolo. Entonces percibió el loco latir de su corazón y el desesperado impulso de responderle.
¡Lo amaba! Lo sabía ahora. Esto era el amor: algo que se elevaba como una llama en su interior. Titubeaba, sintiendo que le faltaba la fuerza de voluntad para contener el deseo de arrojarse en sus brazos y ofrecerle sus labios, pero en aquel instante, el gitano abrió la puerta con brusquedad.
El aire fresco de la noche entró en la carreta. Hizo parpadear las linternas y apartó el cabello de Sabina de sus mejillas.
—¡Ven!
Era una orden, más que una invitación. Sin mirarla, el gitano la tomó de la mano para conducirla hacia afuera. Sabina tomó su sombrero y sus guantes y dejó que él la ayudara a bajar y la llevara adonde esperaba su caballo.
El la ayudó a montar, tratando de comportarse de un modo casual. Luego dio una orden y, unos cuantos segundos más tarde, un gitano volvió conduciendo un potro negro hacia la luz de la hoguera. Era un magnífico animal, de sangre árabe, que revelaba el cuello arqueado. El estribo era de plata y la silla estaba llena de adornos de este metal.
El gitano montó su caballo. Dio algunas órdenes a sus hombres y luego él y Sabina partieron.
Mientras se alejaban, la loca emoción que embargaba a Sabina se redujo un poco; pero su respiración era todavía agitada y su cuerpo palpitaba con un deleite casi intolerable.
El conflicto que estrujaba el alma de Sabina apareció en su mente con dolorosa claridad: era la vieja lucha entre el deber y el amor. Pero cuando recordó que el deber estaba representado por Arthur, con su actitud fría y dictatorial, se entristeció y, sin pensarlo, acercó un poco más su caballo al del gitano.
—Estamos cabalgando uno al lado del otro, Sabina —dijo él con aquella voz baja y resonante que expresaba sus emociones como un instrumento pulsado por una mano maestra—. ¿Significa eso algo para ti? Para mí significa todo lo que he soñado, todo lo que he esperado… esta noche y toda la eternidad.