Capítulo 11
EL gitano levantó a Sabina en brazos y la llevó a través del jardín hasta el banco que había bajo la pérgola, donde se habían sentado una noche. La depositó allí con gentileza, aunque ella protestó con murmullos y se aferró a él.
—Tenemos que hablar, mi pequeño amor —dijo él con suavidad.
—No hay nada más que decir —contestó ella—. He tomado mi decisión. Llévame contigo… ahora.
—¿Vendrías en verdad conmigo ahora, en este momento? —preguntó él.
—Ya te lo he dicho —contestó ella—. Así que, por favor, llévame. No puedo quedarme aquí.
El no dijo nada por un momento, pero cuando ella levantó la vista para ver por qué estaba tan callado, vio que tenía el ceño fruncido.
—¿Vienes conmigo porque quieres escapar del hombre con el que estás comprometida —preguntó—, o porque quiere estar conmigo?
—Porque quiero estar contigo —contestó Sabina—. ¿Cómo puedes dudarlo? Ya te he dicho que… te amo.
A Sabina le costó trabajo pronunciar aquellas palabras, dichas con gran timidez. Estaba segura de que revelarían la profundidad de aquel amor impetuoso e irresistible que sentía por él.
—Si tú supieras lo que significa para mí oírte decir eso —dijo el gitano con suavidad—. He soñado, mi pequeña rosa inglesa, desde el primer momento en que te vi, en ese instante en que mi amor por ti encendiera el tuyo y en el que tú comprendieras que estábamos hechos el uno para el otro.
Tomó las dos manos de ella entre las suyas y las cubrió de besos. Sabina contuvo la respiración y echó la cabeza hacia atrás, como si estuviera lista para ofrecerle sus labios, pero él se retiró un poco.
—Cuando estás feliz, tus ojos brillan como estrellas —dijo—, y esta noche, porque me amas un poco, hay una luz cálida en ellos, también. Pronto, muy pronto, mi bien amada, las convertiré en estrellas de fuego y sabré entonces que me deseas tanto como yo te deseo ahora.
—Llévame ahora… ahora mismo —suplicó Sabina. Pero él movió la cabeza, negando y depositó sus manos en su regazo.
—Por el momento, no voy a tocarte —dijo—. Cuando lo hago, me es muy difícil pensar o hablar con sensatez. Deseo con desesperación estrecharte contra mí. Pero primero hay algo que debo decirte.
—¿Qué es? —preguntó Sabina, asustada.
—No te voy a aceptar en condiciones injustas o adversas para ti —contestó el gitano—. Te amo, Sabina. Estoy dispuesto a poner mi vida entera a tus pies, amarte con intensidad mientras quede un hálito de vida en mi cuerpo. Pero porque te amo tanto, debo estar seguro de que comprendes lo que estás haciendo. Después de todo, eres sólo una niña.
Sabina trató de protestar, pero él levantó la mano y ella guardó silencio.
—Una niña —repitió él—, no sólo en años, sino en experiencia. Yo soy mayor que tú. Tengo diez años más, Sabina. Y soy viejo, también, en mi conocimiento de la naturaleza humana… sobre todo la de las mujeres. No voy a pretender que no habido muchas en mi vida. Las he amado y algunas de ellas me amaron; pero nada, ni nadie, me ha importado como me importas tú. ¡Éste es el momento que todos los hombres anhelan! El que lo lleva a la meta que ha perseguido por muchos años, a través de incontables caminos. Todo hombre guarda en el corazón su propio ideal de perfección femenino y yo he encontrado el mío en ti.
Sabina aspiró una gran bocanada de aire. Las palabras, el tono de su voz, la expresión de su rostro, le hicieron pensar que la vida era maravillosa.
—Y aún más —continuó el gitano—, nunca en mi vida olvidaré que al irte conmigo, renuncias a todo.
—¿A todo? —preguntó Sabina en un murmullo.
—Sí, a todo —repitió el gitano—, lo que te ha importado hasta ahora. Tendrás que elegir, mi amor, entre tu familia y yo. Sería muy tonto de nuestra parte imaginar siquiera que tus padres se sentirán satisfechos de saber que su hija, educada como tú lo has sido, criada y protegida en la tranquilidad de la campiña inglesa… se ha fugado con un vagabundo… un gitano al que la mayor parte de la gente desprecia y rehuye.
—Ellos… comprenderán —murmuró Sabina—. Los haré… comprender.
La falta de convicción de su tono no pasó desapercibida al gitano y él continuó diciendo:
—Hay otras cosas, también, que tendrás que sacrificar. Los bailes y las fiestas que estabas aprendiendo a disfrutar, las ropas elegantes que te han emocionado y te han hecho sentir, por primera vez, consciente de tu belleza. Si vienes conmigo, mi dulce amor, tendrás que olvidarte de esos lindos vestidos, con sus volantes y encajes.
—¿Crees que esas cosas me importan en realidad? —preguntó Sabina—. Me sentí encantada con los vestidos porque pensé que me hacían ver bonita, pero cuando me los ponía, lo único qué deseaba era que tú me vieras con ellos.
—¡Preciosa mía! —exclamó el gitano. Extendió las manos, como si fuera a tomarla entre sus brazos, pero se contuvo—. Aún debo decirte algo más —continuó— tú, que has dormido en una cama suave todas las noches de tu vida, dormirás ahora bajo las estrellas, o en una carreta. No tendrás un lugar al que puedas llamar hogar, ni más amigos que los que puedas hacer entre mi propia gente. ¿Podrás renunciar a todas estas cosas, bajo juramento, sin arrepentirte después de ello?
—Mientras tú me ames —contestó Sabina—, ninguna de ellas tiene importancia.
El la atrajo hacia sus brazos y levantó la cabeza al cielo.
—Pongo al cielo por testigo que me consagraré a servirte el resto de mi vida.
Había tanta solemnidad en su voz, que casi se sentían como si estuvieran en un templo. El miró el rostro radiante de Sabina, por un largo momento, antes de besarla en los labios por primera vez.
Ella sintió que su cuerpo se estremecía, sacudida por una maravillosa e indescriptible sensación que la mantenía cautiva, hasta que dejó de pertenecerse. Los espíritus de los dos parecían escapar de los límites de su cuerpo terrenal, ascendiendo hacia las estrellas. Solos en un extraño y glorioso paraíso, el mundo a su alrededor había dejado de existir.
Y debido a que el placer y la maravilla de ello eran demasiado grandes para ser soportables, Sabina lanzó un ligero murmullo y ocultó su rostro en el cuello de él.
—¡Te amo! ¡Sabina, te quiero! Eres mujer, niña y ángel… en una sola persona. Mi amor por ti llega a las profundidades del mar y a las alturas del cielo, y aun ello no es suficiente para lo que tú te mereces. ¡Mírame!
Era una orden, pero Sabina continuó escondiendo el rostro en el hombro de él. Se sentía muy tímida ante el loco tumulto que él había despertado en ella. Y, como todavía se mostraba renuente, él le levantó la barbilla con la mano, en un gesto gentil.
—Tan pequeñita —murmuró—, y tienes mi vida entera en tus manos.
Se escuchó un sonido repentino, de una rama que caía o de un pájaro que se movía entre la maleza, y Sabina se estremeció, con gesto nervioso.
—Vámonos —dijo—. Tal vez alguien quiera interponérselos.
—¿Estás aún tan temerosa? —preguntó él.
—No, pero quiero estar contigo. Quiero sentirme en verdad a salvo —contestó Sabina.
—Porque estás asustada quizá piensas de ese modo. Debes todavía tener la oportunidad de cambiar de opinión.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir, mi amor, que no debes venir conmigo hasta que haya pasado otro día, Me es muy duro dejarte ir; muy duro no hacer lo que tú me pides, pero debo ser fuerte por ambos. Como te dije antes, estás ahora en una encrucijada, pero no debes ser forzada a seguir el camino equivocado. Debes tomarlo sin presiones de ninguna clase, por tu propia voluntad.
—Pero, yo nunca cambiaré de opinión. Te he dicho lo que he decidido y no retrocederé.
—Te daré tiempo para pensar y considerarlo todo —contestó él—. Esta noche la magia está en el aire… una loca, absurda magia, Sabina, que nos afecta a ambos. Cuando llegue la luz del día, tal vez algo de esa magia desaparecerá Tú me verás como lo que soy: un gitano, alguien de quien se ha dicho que lleva su hogar a la espalda. ¿Será eso suficiente para ti… no ahora, mi amor, en que estás joven, sino cuando estés vieja. Cuando ese suave cabello dorado tuyo empiece a ponerse gris y no haya estrellas de fuego en tus ojos…?, ¿te sentirás satisfecha con tu elección? Y recuerda, Sabina, yo nunca te dejaré ir. Si vienes conmigo ahora, será para siempre.
—Nunca querré dejarte.
—Quiero que te sientas segura de eso mañana temprano, cuando el sol brille en todo su esplendor y entre a raudales por tu ventana. Cuando puedas ver tus lindos vestidos colgados en el guardarropa, una doncella te traiga el desayuno y otra te prepare el baño y te ayude a vestir. Son las pequeñas cosas que tenemos que sacrificar por amor, con frecuencia, las que lastiman más que las grandes renunciaciones.
—Qué pequeña y egoísta debes considerarme —exclamó Sabina.
—Yo creo que eres perfecta —contestó él—. Una mujer en muchos sentidos; una niña en otros. Y, sin embargo, por ser todas estas cosas y mucho más, me has arrebatado el corazón. Y, si decidieras no venirte conmigo, la soledad y el vacío envolverán el resto de mi existencia… seré un hombre incapaz de amar, porque mi corazón se habrá quedado contigo.
—Me voy contigo… lo sabes.
Por un momento, se quedaron mirándose a los ojos, y a Sabina le pareció madurar, en ese mismo instante. Comprendió todo lo que él estaba tratando de decirle; vio las dificultades, las tribulaciones, las incomodidades que le esperaban. Y, sin embargo, ¡quería irse con él! Supo que le aguardaban momentos de soledad, momentos en que sentiría un deseo enorme de estar con su familia, de convivir con mujeres de su clase, con gente de su propia sangre. No obstante, sabía que valía la pena sacrificarlo todo por él.
Como si leyera sus pensamientos y no hubiera necesidad de palabras, él dijo después de un momento:
—Muy bien, entonces, mañana en la noche, a las diez en punto, un coche estará esperando al pie del jardín. Antes de esto encontrarás colgado en tu guardarropa el vestido y el tocado convencionales de la novia gitana. No puedes traer nada más contigo. Debes dejar aquí todo lo demás que posees. Tú me traerás a ti misma… eso es suficiente. Yo, también, debo ser suficiente para ti.
—¿Me estarás esperando en el coche? —preguntó Sabina. El movió la cabeza.
—No. No estaré ahí. Irás sola al campamento. Si en algún momento, durante ese recorrido, cambias de opinión, tienes que decir sólo una palabra al cochero, «vuelva», para que te traiga de nuevo a la villa y yo no te volveré a molestar jamás. El cochero tiene instrucciones.
—Todo eso es muy cruel —dijo Sabina con un ligero sollozo—. ¿No confías en mí?
—Mi precioso amor, aliento de mi existencia, porque confío en ti estoy corriendo el mayor riesgo que hombre alguno haya corrido en su vida. Estoy apostando todas mis esperanzas de felicidad con la convicción de que el amor que sientes por mí es real, verdadero e inquebrantable. Pero, para ser leal contigo y pensando en la educación que recibiste, en que eres inglesa y en que a tus ojos yo seré siempre un extranjero, debo darte la oportunidad de librarte de mí. Si vienes, mi dulce Sabina, como, en el fondo de mi corazón, creo que lo harás, te juro ante Dios que te haré feliz y que nunca te arrepentirás de todo lo que has sacrificado por mí.
—Vendré —dijo Sabina. El tomó las dos manos de ella en las suyas.
—No me atrevo a besarte de nuevo —dijo—. Si lo hiciera, todas mis resoluciones se vendrían abajo; Si sólo supieras el esfuerzo que tengo que hacer para resistir el impulso de tomarte en mis brazos ahora y llevarte conmigo, mientras tengo la oportunidad; retenerte, poseerte y hacerte mía, para que nunca puedas dejarme —su voz se volvió ronca de pronto y una intensa pasión encendió sus ojos al mirarla—. Te amo, Sabina. Te amo como ningún hombre ha amado jamás a una mujer. Te deseo. Vaya que te deseo… en este mismo instante… como mi esposa, mi mujer, mi reina.
Inclinó la cabeza y ella sintió que aquellos labios, apasionados y posesivos, cubrían sus manos de besos. Entonces, de súbito, él se apartó de ella y desapareció. Cruzó con pasos casi felinos el jardín, y aun antes que ella tratara de llamarlo, se había perdido entre las sombras, dejándola sola.
Con lentitud, Sabina se llevó la mano a los labios. Todo su cuerpo entonaba un canto de gozo y, cuando por fin llegó a su dormitorio, cayó de rodillas junto a la cama y dio gracias a Dios por el milagro que había tenido lugar en su vida.
Pensó que le iba a ser imposible dormir, pero estaba más cansada de lo que creyó y aun antes de poder reconstruir en su mente todo lo sucedido, se había sumergido en un profundo sueño.
Despertó con la sensación de que algo maravilloso iba a ocurrir y, cuando recordó de qué se trataba, pensó que se le iban a hacer eternas las horas hasta el momento de marcharse.
Decidió dedicar la primera parte de la mañana a escribir cartas de despedida. No le fue difícil encontrar las palabras que necesitaba para decir a Arthur que ya no lo amaba y que no podía ser su esposa. Fue más difícil escribir a Lady Thetford. La madre de Arthur había sido muy bondadosa con ella y Sabina pensaba que el cariño que le demostraba era sincero. Le costaba trabajo decirle, simplemente que lamentaba lo sucedido. Le parecía una ingratitud, pero no podía hacer otra cosa más que decir la verdad. Por fin escribió:
Estoy enamorada como usted lo estuvo una vez; así que comprenderá que el mundo, y aun la gente a la que más quiero, no importan nada, frente a la oportunidad de convertirme en la esposa del hombre amado.
Al terminar de escribir las dos cartas, las guardó, bajo llave, en el cajón más pequeño de su escritorio. Entonces empezó a escribir una carta a su madre, la tarea más difícil de todas. Sabía lo escandalizados, lo sorprendidos y lastimados que se sentirían sus padres. Por primera vez desde que despertó, Sabina sintió que su felicidad se ensombrecía. ¿Qué pensaría mamá de ella?
¡Habían estado tan orgullosos de su compromiso con Arthur! Pálida y tensa, Sabina empezó a escribir la carta. Pronto las lágrimas estaban corriendo por sus mejillas y sollozaba cuando por fin escribió, una y otra vez, las palabras: Por favor, perdónenme.
Acababa de terminar la carta cuando llamaron a la puerta y le dijeron, a través de ella, que Lady Thetford quería verla. A toda prisa, Sabina guardó la carta, enjugó sus lágrimas y caminó por el pasillo hacia el dormitorio de su anfitriona. Lady Thetford estaba sentada en la cama, con los periódicos sobre la colcha y varias cartas en la mano.
—Buenos días, Sabina —sonrió—. Tengo aquí una nota de la dama de honor de la Princesa de Gales, diciendo que Sus Altezas Reales me honrarán viniendo a tomar el té el sábado en la tarde y que esperan poder conocer el jardín.
—¡Qué emocionante será! —exclamó Sabina. Y entonces recordó que ella no estaría ahí.
Se preguntó si Lady Thetford diría a los príncipes lo sucedido. Se podía imaginar lo escandalizados que se mostrarían. Tal vez, debido a la mala conducta de ella, no permitirían que Harriet fuera presentada a la corte. Pero no debía pensar en tales cosas. Trató de librarse de los pequeños demonios que se burlaban de ella y se obligó a sí misma a escuchar lo que Lady Thetford decía sobre los arreglos para ese día.
—Arthur viene a tomar el té —estaba diciendo—. Al menos, eso fue lo último que me dijo anoche. Y no hay planes para esta noche. ¿Hay algo especial que quisieras hacer?
—Nada en particular —contestó Sabina a toda prisa.
—Tal vez sea mejor así —dijo Lady Thetford—. A decir verdad, tengo una ligera jaqueca esta mañana. Casi siempre estos dolores de cabeza que me dan empeoran a medida que avanza el día. No hagamos planes, entonces, querida Sabina. Si estoy mejor, iremos al casino. Si me siento peor, tendrás que perdonarme si me retiro temprano.
—Creo que eso sería lo mejor para las dos —convino Sabina en una voz que trató de que pareciera natural—. Anoche nos desvelamos mucho.
—Ah, pero tú eres joven. Estoy segura de que nunca te cansas.
—¿Por qué no se queda en cama hoy? —sugirió Sabina.
—No, tengo demasiadas cosas qué hacer. Debo ordenar las flores para el próximo sábado. A la princesa le encantan las flores. Y debo hablar también con el chef. Se pondrá muy excitado con la visita real.
Lady Thetford estuvo tan ocupada con los arreglos previos para ese fin de semana, que no notó que Sabina estaba distraída y que se ponía más pálida a medida que transcurrían las horas.
Arthur llegó a la hora del té. Al principio, Sabina había sentido miedo de verlo. Se decía que no podría resistir otra escena desagradable con él, ya que todos sus nervios estaban en tensión, pensando en lo que iba a ocurrir esa noche.
Cuando él entró en el salón, con el aspecto elegante de siempre, Sabina tuvo la impresión de que lo veía por primera vez y se preguntó cómo había podido pensar siquiera por un instante, que podía llegar a ser feliz con él. Observó la fría mirada de sus ojos, sus labios apretados y la obstinación de su barbilla. Sería un verdadero tirano a medida que pasaran los años, se dijo, y jamás, aunque viviera cien años, comprendería el verdadero significado del amor.
Le dio a Sabina una breve y taciturna disculpa por su conducta de la noche anterior, sin mostrarse en modo alguno compungido, sino actuando como si considerara muy generoso de su parte referirse siquiera al asunto.
—No me gustan esas fiestas dadas por nobles rusos —dijo malhumorado—. Y debo pedirte, Sabina, que veas tan poco como te sea posible a Sheringham. No lo apruebo como amigo de mi futura esposa.
Sabina protestó y se enfrascaron en una breve discusión sobre Lord Sheringham, que hizo a Arthur exclamar.
—Yo dije desde un principio que era un error que vinieras aquí. Has cambiado, Sabina. No eres ya la misma muchacha dócil que eras cuando nos conocimos.
—¿Sugieres que rompamos nuestro compromiso? —preguntó Sabina en voz muy baja.
—No estoy sugiriendo nada semejante —contestó Arthur con firmeza—. Pero creo que debes recordar mi posición y el hecho de que cuando te conviertas en mi esposa, quiero que me obedezcas.
—Cuando sea yo tu esposa lo recordaré —dijo Sabina con tranquilidad.
Lady Thetford se reunió poco después con ellos y ya no hubo oportunidad de nuevas conversaciones íntimas. Arthur besó la mejilla de Sabina al despedirse y ella sintió lo mismo que si la hubiera besado una estatua de piedra. Ya no le tenía miedo; no la asustaba ya su violencia, ni la lujuria que había demostrado en el carruaje la noche anterior. No volvería a lastimarla. Iba a alejarse de él, y se refugiaría en un sitio donde no podría hacerle daño alguno.
A las seis de la tarde, Lady Thetford anunció que cenaría en la cama. Se volvió hacia el mayordomo diciendo:
—Haga que me suban sólo una taza de sopa, Bates, nada más —después se dirigió a Sabina explicando—: voy a tomar una pócima para dormir, tan temprano como sea posible, y espero estar mejor en la mañana. Siento mucho, niña, dejarte sola esta noche.
—No se preocupe por mí, de veras —protestó Sabina.
Acompañó a Lady Thetford hasta la puerta de su dormitorio y le besó la mejilla con afecto.
—No me gusta verla sufrir —dijo—. Si sólo pudiera servir de algo.
—Me ayudas con sólo estar aquí.
—Gracias, mil gracias, mi querida Lady Thetford. Gracias una vez más por ser tan buena conmigo.
—Niñita tonta, ya me has dado las gracias suficientes veces —protestó Lady Thetford—. Sólo quisiera no ser una compañera tan aburrida para ti esta noche. Hasta mañana, Sabina.
—Hasta siempre —murmuró Sabina entre dientes, de modo que ni Lady Thetford ni Marie la escucharon.
Las horas pasaron con lentitud. Sabina cenó sola, servida por Bates y por James, el lacayo. Después de decirles que no necesitaría nada más hasta el día siguiente, subió a su dormitorio. El corazón le palpitaba locamente. Pronto sería hora de partir y de verlo a él de nuevo; escucharía su voz, y sentiría sus manos, sus labios…
Cerrando la puerta de su dormitorio, se dirigió hacia el guardarropa y se detuvo por un momento. ¿Y si el vestido prometido no estaba ahí? ¿Y si el carruaje no venía a buscarla? ¿No lo habría imaginado todo? Sus promesas, su amor, los sentimientos que provocaba en ella…
Con repentina violencia, abrió la puerta del guardarropa y entonces, con profundo alivio vio que el vestido estaba ahí. Colgado entre los espléndidos trajes que Lady Thetford le había traído de París, había una falda corta, de varios colores, bordada de hilos de oro, un chaleco de terciopelo negro y una blusa blanca, bordada también con complejos y hermosos diseños. Sabina colocó la ropa sobre la cama. No podía imaginarse cómo había llegado ahí; sólo sabía que él había cumplido su promesa. El carruaje la estaría esperando y, al final del recorrido, lo encontraría a él.
Se desvistió a toda prisa. Le llevó algún tiempo ponerse correctamente las numerosas enaguas de colores que encontró bajo la falda. El tocado estaba en el piso del guardarropa: era una corona tejida con hilo dorado y piedras semipreciosas, de la que colgaban cintas de brillantes colores, que caían sobre sus hombros.
Cuando Sabina se vistió, se contempló en el espejo y sonrió. No parecía gitana, en modo alguno. Su piel era demasiado blanca y su cabello rubio proclamaba su sangre nórdica. Pensó en las mujeres a las que había visto en torno a la hoguera, de piel bronceada, ojos negros, largos cabellos oscuros y un extraño aire primitivo y salvaje. De pronto, sintió miedo de ellas. ¿La llegarían a aceptar, o la odiarían porque se había introducido en su tribu, robando el corazón de su rey?
Pensó en la bailarina, seria y malhumorada en su primera visita; antagonista y violenta en la segunda. ¿Estaría esperando, lista en la oscuridad, para usar el largo y afilado cuchillo que toda gitana llevaba en la media? Sabina se estremeció al pensarlo y entonces recordó que él estaría junto a ella. Estaría ahí para protegerla, para amarla, como su esposa y su reina. Nada más importaba.
Se dirigió a su escritorio, dio vuelta a la llave y, sacando las cartas que había escrito esa mañana, las puso en hilera sobre el tocador. Vio ahora que al escribir el sobre para su madre, había caído una lágrima en la palabra Cobblefield, dejando ésta un poco borrosa. Aquello era simbólico. Su pueblo se desvanecía de su vida, pero ella sabía que nunca se borraría del todo de sus afectos y de su recuerdo. La gran vicaría, gris y dilapidada, donde vivían todos aquellos que amaba, a excepción del gitano, sería siempre, en su corazón, su hogar.
Pero estaba dejando todo atrás… estaba destruyendo el cariño que sus padres sentían por ella, humillando su orgullo y, tal vez, cortando todos los lazos con su familia. Y, sin embargo, de algún modo, nada le importaba. Lo amaba… iba hacia él y eso significaba todo para ella.
Fue entonces, mientras ordenaba las cartas, que recordó que no conocía siquiera el nombre del gitano. Había caído en la cuenta al pensar en su padre, quien decía con frecuencia que, cuando llegara el momento, él la casaría en la pequeña iglesia del pueblo donde había sido bautizada y adonde había asistido todos los domingos desde que tenía uso de razón.
¿No era una locura, se preguntó, huir de ese modo, sacrificarlo todo para entregarse a un hombre que aun ahora, en el último momento, seguía siendo anónimo para ella? Y entonces comprendió que si, en esos momentos, le hubieran dicho que él era el demonio mismo, habría corrido a su lado de todos modos. ¡Esto era amor! Lo amaba y un amor así era irresistible.
Miró hacia el reloj de la chimenea. ¡Eran las diez en punto! A toda prisa, apagó las velas. Un momento después recorría de puntillas la terraza y bajaba la escalera de madera. Cruzó el jardín, pasó entre los árboles y llegó al muro. Una vez más encontró la piedra en la cual podía apoyarse para escalar. Emocionada, vio, al pie del muro, un carruaje tirado por dos caballos.
Sabina había viajado en muchos vehículos durante su vida, pero nunca en uno tan veloz como aquel que había enviado el rey de los gitanos. Los caballos, pensó, eran sin duda como el que montaba él cuando la acompañó dos noches atrás. Se veía obligada a sujetarse con fuerza del asiento para no caer al piso.
Experimentaba una loca emoción al avanzar a tanta velocidad, sintiendo que se iba alejando de la civilización, hacia la vida primitiva que la esperaba. La ventana estaba abierta y sentía la brisa del mar en sus mejillas.
Ahora que se encontraba ya lejos de la población, el cochero lanzaba extraños gritos para impulsar a los caballos, y más de una vez se puso a cantar una extraña y melodiosa canción, que parecía armonizar con toda aquella aventura.
—A-ay, a-ay… —Surgía su voz en la oscuridad, mientras las ruedas del coche se estremecían al avanzar sobre el áspero camino.
—A-ay, a-ay —gritó de nuevo el gitano, y entonces Sabina vio frente a ella una multitud de luces brillantes. No supo de qué se trataba hasta que se acercaron más y pudo ver que una procesión de antorchas se dirigía hacia la luz intensa de una gran hoguera.
El carruaje se detuvo, la puerta fue abierta y un joven gitano la invitó, en un francés entrecortado, a bajar. Ella lo obedeció y se dio cuenta de que esperaban que caminara entre las dos filas de antorchas. Esta noche no había duda alguna al respecto a la cordialidad de la recepción. Bajo las luces parpadeantes, Sabina pudo ver que los hombres sonreían, mostrando dientes muy blancos que contrastaban con la piel oscura y los ojos brillantes, que ahora la contemplaban, no con enfado, sino con admiración y placer.
Avanzó con lentitud entre ellos y advirtió que aquellos frente a los cuales pasaba la seguían, formando una procesión que avanzaba hacia la gran hoguera del centro.
Entonces ella vio que él la estaba esperando. El corazón le dio un brusco vuelco en el pecho y, con dificultad, se obligó a sí misma a continuar caminando. El rey de los gitanos estaba de pie junto a la hoguera y estaba vestido en forma más elegante que de costumbre. Los bordados de su camisa blanca estaban hechos con hilos de oro y llevaba joyas relucientes en los dedos y en las orejas. Había, también, piedras preciosas en el puño de su cuchillo, parcialmente oculto por la banda roja de la cintura.
Sabina avanzó a su encuentro y él hizo lo mismo, y era tanta la felicidad que reflejaba su rostro que ella bajó los ojos al mirarlo.
—¡Has venido!
Las palabras parecían expresar la más sublime de las alegrías. Las manos de ella se aferraron a las de él, como si imploraran su fuerza y su ayuda.
—He… venido.
El sintió que ella estaba temblando y le apretó los dedos con los suyos.
—¡Mi sueño se hizo realidad, mi corazón, mi vida, mi amor! —exclamó y su voz la hizo palpitar y estremecerse con un éxtasis indescriptible.
Se volvió hacia los gitanos reunidos en torno a ellos y gritó en una voz que hacía surgir un eco de la oscuridad. Sabina no entendió lo que dijo, pero comprendió que la estaba presentando a la tribu. Hubo un gran rumor de voces, aclamaciones y vítores. Después, un anciano de larga barba, que llevaba una cadena de oro y una joya ceremonial de piedras preciosas, avanzó con un cuchillo en la mano.
Se obligó a sí misma a no temblar, ni gritar, cuando le cortó la muñeca. Vio brotar su sangre, y luego el anciano hizo un corte en la muñeca del rey y sus manos fueron atadas juntas: la mano derecha de ella a la izquierda de él. Y el anciano pronunció extrañas palabras acerca de ellos. La sangre de ambos se mezclaba.
Una vez hecho esto, fue traído un gran jarro de barro, lleno de vino. El viejo gitano lo extendió hacia Sabina, quien bebió de él y el rey hizo otro tanto. Una vez cumplido este rito, el jarro fue arrojado al suelo, donde se hizo mil pedazos. Manos ansiosas recogieron los fragmentos y le dieron uno a Sabina.
—En tanto guardemos estos pedazos con nosotros —le explicó el rey de los gitanos con suavidad—, nuestro amor se mantendrá vivo.
—Jamás perderé el mío —murmuró Sabina.
—Ni yo el mío —contestó él—. Ni te perderé a ti, amada mía.
Tomando agua del otro jarrón, el anciano los roció con ella, en un gesto que; sin duda, los purificaba de los malos espíritus, Por fin, una vez que la ceremonia terminó, sus manos fueron desatadas; pero, sosteniendo todavía la mano de Sabina en la suya, el rey de los gitanos la llevó hacia un sofá improvisado en un claro, frente al fuego.
La música, que había estado tocando con suavidad desde que Sabina llegó, estalló ahora en un entusiasta crescendo. Una docena de bailarines, hombres y mujeres, saltaron al espacio abierto. Bailaron en forma alocada, en excitante abandono. El resto de la tribu marcaba el compás con el cuerpo, batía palmas, y cantaba en ocasiones.
El vino, mientras tanto, empezó a circular entre ellos. Sabina recibió el suyo en una gran copa dorada, incrustada con piedras preciosas, aunque se adivinaba que era muy antigua.
—La primera vez que viniste a nuestro campamento, corazón mío —dijo él—, me dijiste que habías oído hablar de las copas de oro que algunas tribus, como la mía, conservaban desde hacía siglos. Ahora las verás.
Había platos de oro llenos de fruta fresca, que ofrecieron a Sabina, y otros, incrustados con piedras preciosas, con extraños bocadillos cocinados sobre el fuego de la hoguera y, además, jarros y copas de todas las formas y tamaños imaginables. Sabina se asombró ante su variedad, pero le costaba trabajo, a pesar de los bailes, los cantos y la música, reparar en otra cosa que no fuera el hombre a cuyo lado estaba sentada. Y se dio cuenta, también, de que él la estaba observando: tenía los ojos clavados en su cara, en su boca y en la curva de su blanco cuello.
—Mi vida, mi amor, mi alma —murmuró en una ocasión y ella se sintió estremecer ante la profundidad de su voz.
Los bailarines aumentaron en número y la música se hizo más intensa. Ahora quedaban pocas personas como espectadores; casi todos participaban en las alocadas festividades de la ceremonia nupcial. A medida que le arrojaban leña, el fuego se elevaba cada vez más, hasta que el calor se hizo casi insoportable. Sabina levantó una mano para protegerse los ojos de la intensidad de la luz.
En aquel momento el rey la ayudó a ponerse de pie.
—Ven —le dijo.
Ella lo miró asombrada, pero obedeció y él la alejó del fuego. Cruzaron el círculo de las carretas, hasta los árboles que había al fondo del campamento.
—¿Adónde vamos? —preguntó Sabina.
—Adonde tú y yo podamos estar solos —contestó él y ella se sintió temblar al escucharlo.
—Nuestra gente bailará hasta caer exhausta. No hay nada que guste tanto a los gitanos como una boda.
Sabina sintió que no había necesidad de que dijera nada. Ahora que sus ojos se habían acostumbrado a la suave luz de la luna, pudo ver con claridad adónde la llevaba. Los árboles eran altos y oscuros y el piso suave y arenoso. Olía a resina y a pino; y, un momento más tarde, llegaron a un claro, en el centro de la arboleda. Los matorrales y algunas ramas bajas habían formado un muro protector, a través del cual pasaron, y entonces Sabina vio frente a ella la alcoba más extraña que había visto en su vida.
Había un gran diván en el piso, cubierto con la piel de un oso blanco y, sobre él coloridos cojines de satén y seda. Estaba rodeado por completo, a fin de aislarlo de los muros exteriores de ramas y maleza, por cortinajes de seda.
Una alfombra cubría el piso y éste, y el diván, estaban literalmente tapizados de pétalos de flores. Constituían el techo el cielo estrellado y las oscuras siluetas de los árboles que se levantaban como centinelas protectores.
Sabina aspiró el perfume de los nardos y las azucenas y de otras flores que no reconoció y luego volvió el rostro hacia el rey de los gitanos y se olvidó de todo, excepto de que estaban solos.
—¡Esposa mía!
El dijo las palabras con voz muy suave cuando la tomó en sus brazos y empezó a besarla. Sus labios se posaron en los ojos de ella, en sus mejillas, y en el pulso, que latía apresurado en la base de su cuello. Besó la pequeña hondonada de sus brazos y de sus muñecas y luego la llevó hacia el diván cubierto por la suave piel. Al quitarle la corona de la cabeza, se desprendieron las horquillas que le sostenían el pelo y éste le cayó sobre los hombros. El lo besó apasionadamente, ocultando el rostro en los dorados mechones, cubriéndole a ella la cara con las doradas hebras, como si fuera un velo, para abrirse después paso entre ellas, buscando su boca.
—¡Te amo! ¡Dios mío, cómo te quiero!
Ella escuchó la voz de él, apasionada, triunfal, emocionada, todo su ser respondió a sus caricias. Se entregó sin reservas al contacto de sus manos, al deseo de sus labios y comprendió entonces que todo lo que había hecho valía la pena; que no necesitaba arrepentirse jamás, que nunca pensaría en lo que había dejado atrás. ¡Esto era vida, esto era el amor, esto era la felicidad!
Perdió la noción del tiempo. Sólo supo, mientras las horas pasaban, que su cuerpo se emocionaba y respondía al contacto del cuerpo de él, como un instrumento responde al toque maestro. En cierto momento, cuando él la estaba mirando, dijo:
—Tus ojos son estrellas de fuego, como te prometí que serían.
Comenzó a besarla de nuevo y ella se sintió arder con las llamas de la pasión que los consumía a ambos. Podía sentir el corazón de él latiendo contra el suyo, su cuerpo muy cerca. Los labios de Sabina se plegaban suavemente a la dura insistencia de los labios que la devoraban a besos, hasta que, de pronto, él se incorporó y miró hacia el cielo.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Te amo —contestó él, con voz profunda y conmovida—. Te amo, mi niña perfecta, así que voy a pedirte que confíes en mí todavía un poco más.
—¿Que confíe en ti? —preguntó ella.
—Sí. No vas a entender lo que voy a pedirte, pero tienes que confiar en mí, como lo has hecho hasta ahora. ¿Me amas lo suficiente para eso?
—Sabes que sí —contestó ella—. Sabes que te amo tanto que he olvidado que en el mundo exista algo que no seas tú.
—Eso es lo que imploraba al cielo que contestaras —dijo él—. Y ahora, mi dulce, amada, mi preciosa esposa, voy a devolverte.
Por un momento, Sabina pensó que no había comprendido bien lo que él decía. Con lentitud, en una voz que casi no parecía la suya, preguntó:
—¿Devol… verme… adónde?
—A la villa —contestó él—. Mañana nadie sabrá que has estado aquí, pero quiero que confíes en mí. Todo saldrá bien, te lo prometo.
—Cómo… pero… no… entiendo —tartamudeo Sabina.
Retiró su cabello de la frente al decir eso, pero los brazos de él la rodeaban y una vez más sus labios buscaron los de ella.
—Te amo —dijo—. Eso es todo lo que debes recordar… que te amo. La soltó, extendió una mano y sirvió un vaso de vino de una jarra dorada que estaba junto al diván.
—Bebe esto —dijo con suavidad.
—Por favor explícame… debes hacerlo. Tengo que entenderlo —suplicó Sabina.
—Bebe esto primero —contestó él.
Obedientemente, porque estaba muy preocupada con sus pensamientos, ella hizo lo que le ordenaban. Sólo cuando ingirió las últimas gotas de vino, comprendió que éste estaba drogado. La invadió una extraña laxitud. Trató de hablar, de preguntarle a él qué le había dado, pero sus brazos la rodeaban y sus labios, acallando su boca, le impedían hablar.
A pesar de todo, de sus dudas repentinas, del extraño temor que surgía en su interior, de la nube que descendía sobre sus sentidos, se sintió estremecer de emoción al contacto de la boca de él. Y entonces empezó a hundirse en una profunda, insondable oscuridad…