Capítulo 5
—¡VEINTINUEVE, negro, impar!
Arthur extendió la mano para recoger sus ganancias.
—¡Ganaste! —exclamó Sabina llena de excitación.
—No tiene gran importancia —contestó él con frialdad—. No apruebo a la gente que toma el juego muy en serio. Es sólo un pasatiempo.
Había, sin embargo, un brillo de excitación en sus ojos cuando, unos minutos más tarde, volvió a ganar. Había estado de pie frente a la mesa, pero ahora se sentó en una silla vacía y Sabina vio que, a pesar de su aparente indiferencia, estaba muy concentrado en el juego.
Sabina se alejó y él no notó siquiera que se había ido. Caminó a través de la habitación hacia donde, ajena al ruido y a las conversaciones que la rodeaban, y aun a los amigos que la saludaban al pasar, Lady Thetford estaba jugando Chemin de fer.
Como a Lady Thetford no le gustaba hablar cuando estaba jugando, Sabina se quedó de pie algún tiempo a su lado y luego se alejó de nuevo. El casino se estaba llenando de gente. Aquellos que habían cenado tarde, empezaban a llegar. Los hombres alegres, fumaban grandes habanos y las mujeres, adornadas con relucientes joyas que lanzaban reflejos a la luz de los candelabros, se movían de mesa en mesa como pavos reales de bello plumaje… y algunas veces como aves de presa.
Sabina se sintió solitaria. La pareció que nadie se interesaba en ella. Todos los ojos estaban concentrados en el girar de la ruleta o en la vuelta de una carta. Si hubiera tenido dinero, le habría gustado arriesgarse y apostar unos cuantos francos a la ruleta. Pero Lady Thetford nunca había sugerido que probara su suerte y sabía demasiado bien que, si se lo hubiera propuesto a Arthur, éste se sentiría sorprendido y escandalizado.
Observó a la gente por un rato y escuchó que hablaban media docena de idiomas diferentes. Luego, mientras recorría el salón, encontró una puerta que daba a la terraza de afuera. Un empleado de librea se inclinó ante ella y comentó en francés:
—Hace frío esta noche, señorita. Necesitará un abrigo si desea pasear por los jardines.
—Sólo voy a tomar un poco de aire —sonrió Sabina.
Bajó la escalinata y salió al jardín, que estaba iluminado con luces de colores en los contornos del casino, pero después desaparecía en la oscuridad, bajo la sombra de las altas palmeras.
La luna brillaba por encima del mar. Sabina se quedó de pie un momento, cautivada por la belleza del espectáculo. Sintió el repentino anhelo de estar al lado de alguien con quien pudiera hablar; alguien a quien pudiera decirle las extrañas sensaciones que producía en su interior el contemplar toda la belleza que la rodeaba.
Pensó en cómo había conversado, la noche anterior, con el rey de los gitanos. Pero entonces con resolución, hizo a un lado tal pensamiento. No debía pensar en él. Estaba mal, y se sentía un poco avergonzada de que su mente se llenara con frecuencia con el recuerdo de un hombre que era sólo un vagabundo y que había llegado a su vida en forma casual.
Como sí quisiera huir de sí misma, cruzó la terraza y pasó junto a un conjunto de exóticas flores que lanzaban su perfume al aire de la noche. Entonces, al dar vuelta a una curva del camino, vio frente a ella una banca, en la que se sentaba un hombre cuya silueta destacaba contra el fondo más claro del cielo. Tenía la mano levantada y, en el momento mismo en que lo vio, Sabina comprendió lo que iba a hacer.
Éste era el «jardín de los suicidas». Había oído hablar de él con frecuencia. Su padre le había contado que, el obispo de Gibraltar, había escrito una carta a Times deplorando los peligros espirituales que ofrecía Montecarlo y la pérdida de vidas de esos hombres tontos que perdían todo sentido de decencia cuando despilfarraban su fortuna en las mesas de juego.
¡Éste era uno de ellos! Sabina lo miró horrorizada, paralizada de miedo. Todos los nervios de su cuerpo estaban en tensión, esperando el sonido de un disparo. Pero, un instante después, corrió hacia el hombre.
Aunque parecía pequeña y frágil, tenía cierta fuerza y, cuando arrojó todo su peso contra el brazo del hombre que estaba frente a ella, casi lo hizo caer de la banca ante lo sorpresivo de su ataque.
El lanzó una exclamación repentina y se puso de pie con brusquedad, con Sabina todavía aferrada a su brazo.
—¿Qué demonios significa esto? —preguntó en inglés.
Sabina, jadeante y sin aliento, gritaba con voz ahogada:
—¡No debe hacerlo; no debe hacerlo!
Aferrada aún a su brazo, bajó la vista hacia la mano de él y vio que sostenía no una pistola, como había imaginado, sino una larga y angosta caja de habanos que apuntada hacia su frente, le había parecido a Sabina en la oscuridad, un arma con la que el hombre iba a volarse la tapa de los sesos.
Con lentitud, soltó al hombre y luego, mientras la sangre se agolpaba en su rostro, empezó a tartamudear:
—Lo… siento… muchísimo… pero yo pensé… pensé…
—¿Qué pensó? —preguntó el inglés.
—Que… que usted tenía… una pistola en la mano. Por favor, perdóneme.
No había la menor duda sobre su turbación. Por un momento, el inglés miró la caja de habanos y la miró a ella y luego, de pronto, echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír.
—¡Esto sí que es bueno… caramba, qué buen chiste! —exclamó.
—Lo… lo siento —tartamudeó Sabina de nuevo—, pero he oído tantas… historias de… lo que sucede aquí en el jardín, que, cuando lo vi… apuntando algo hacia su cabeza, me imaginé…
—Que me iba a volar la tapa de los sesos, que la mayor parte de la gente piensa que no tengo —rió el inglés.
—No sé qué pensará de mí —dijo Sabina—. Sólo puedo pedirle disculpas, señor, y esperar que olvide lo sucedido.
Se volvió para marcharse, pero el inglés la detuvo.
—No se vaya —suplicó—. En realidad, debo estarle muy agradecido por tratar de salvarme la vida. No existen muchas personas que se habrían molestado en evitarlo. Además, es usted inglesa y me gustaría que se quedara a conversar conmigo. Estoy aburrido de mi propia compañía.
—Creo que debo volver al casino —murmuró Sabina con inquietud—. Mi prometido debe estarme buscando.
—¿Puedo preguntarle cómo se llama él? —preguntó el inglés—. Tal vez lo conozca.
—Es Lord Thetford —contestó Sabina.
—¡Thetford! —exclamó el joven—. No debe referirse a Arthur. ¿Verdad? Arthur Thetford estuvo conmigo en Eton. Solíamos llamarlo «Pomposo Aburrido», en esos días.
—El nombre de pila de mi prometido es Arthur —dijo Sabina, un poco indignada.
—¡Caramba! ¡El viejo «Pomposo» se nos casa! —exclamó el joven—. Debo felicitarlo por haber escogido a una muchacha de mente tan ágil. Si hubiera estado haciendo lo que pensaba, habría evitado que me matara.
—¡Oh, por favor, no le diga a Arthur que hice algo tan tonto! —suplicó Sabina—. El no comprendería. Lo consideraría… imprudente de parte mía.
—¿Imprudente evitar que un hombre se quite la vida? —exclamó el otro—. Pero, está bien, no diré nada si usted lo prefiere así.
—Por favor, olvidémonos de mi estupidez —suplicó Sabina.
—Lo haré si me dice su nombre.
—Sabina Wantage.
—Eso no lo olvidaré. Pero ¿por qué seguimos de pie si podemos sentarnos?
—Creo que debo volver —dijo Sabina titubeante.
—Le suplico que se quede aún unos cuantos minutos. Permítame presentarme. Me apellido Sheringham, a sus órdenes.
—¡El Vizconde de Sheringham! —exclamó Sabina—. Pero, por supuesto, lo recuerdo ahora. Lo conocí en un baile al que asistí en Londres hace dos años. Nos presentaron, pero usted no me invitó a bailar.
—¡No lo hice! ¿Por qué?
—No sé —sonrió Sabina—. Excepto, tal vez, que no le gustó mi aspecto.
—¡Caramba! Quiero… decir, aunque no hay muy buena luz aquí, puedo ver qué es muy bonita. No puedo creer que yo haya sido tan tonto como para perder la oportunidad de bailar con usted.
—Es la verdad —insistió Sabina—. Lo recuerdo muy bien. Pero entonces mi aspecto era deplorable. Me veía muy anticuada y eso es lo que usted debe haber pensado de mí.
—¡No puedo creerlo! —exclamó Lord Sheringham—. De cualquier modo, no voy a negar que nos conociéramos. Eso nos hace viejos amigos, ¿no? Amigos de hace dos años. «Pomposo» no puede oponerse a que conversemos, entonces.
—Estoy segura de que no debíamos llamarlo «Pomposo» —dijo Sabina—. No creo que a él le gustaría.
Sin pensar lo que hacía, se había sentado en la banca y el vizconde se sentó junto a ella. Era un joven muy elegante, con un cuello muy alto, a la última moda, y su traje de etiqueta le ceñía como si se lo hubieran puesto con calzador.
—No hubiera sabido de quién hablaba si lo hubiera llamado sólo Arthur —replicó él—. Lo apodamos «Pomposo» en Eton porque siempre fue muy presumido y aburrido. Debe seguir siendo así, ¿no?
—No debe decir tales cosas —protestó Sabina.
Al mismo tiempo, no podía menos que sonreír. Aquel joven inglés hablaba en forma muy graciosa. Lord Sheringham enarcó las cejas.
—No le estoy diciendo mentiras. Es la estricta verdad.
—¿Cómo le llamaban a usted? —preguntó Sabina.
—Todo el mundo me llama Sherry. Supongo que, por pereza, no se les ocurrió otra cosa. Espero que usted también me llame así.
—Eso me parecería muy poco respetuoso —contestó Sabina—. Pero ahora, debo irme.
Se puso de pie y Lord Sheringham se levantó también.
—La acompañaré —dijo—. No debe caminar sola por un lugar como éste. Es demasiado bonita.
—Todos están muy ocupados jugando para fijarse en mí —sonrió Sabina.
—¡Deben estar ciegos! Me alegra mucho, de cualquier modo. No habría salido sola, y yo no la hubiera conocido, si «Pomposo» hubiera estado cumpliendo con su deber.
—¿Usted no juega? —preguntó Sabina.
—No me gustan mucho estos juegos extranjeros de nombres raros. Prefiero jugar en el Club White, con mis propios amigos. Además, mi francés es endemoniadamente malo y nunca sé lo que el croupier está «graznando». Para mí, como si hablara en chino.
Sabina se echó a reír.
—Entonces, ¿qué hace usted aquí? —preguntó.
—Traje a mi madre de vacaciones. Estuvo enferma y mi padre está demasiado ocupado en la Cámara de los Lores para salir de Londres. Nunca había estado en Montecarlo antes. Pensé que valdría la pena conocer el lugar… me ha desilusionado bastante, si me lo pregunta.
—¡Oh, no, no puede decir eso!
Sabina se quedó inmóvil y levantó la vista hacia el vizconde con expresión de asombro. Se habían alejado de la sombra de los árboles y se encontraban ahora bajo la luz de la luna.
—Es un lugar maravilloso —insistió Sabina. ¿No le parece lleno de magia? Yo siento que puede haber una aventura en cada esquina; que nada aquí puede ser aburrido. Es como un maravilloso cuento de hadas que se hubiera vuelto realidad y en el que se encuentra uno de pronto como un personaje vivo.
—Suena muy bonito cuando usted lo dice. Tal vez la aventura de la que habla, consiste en que usted y yo nos hayamos encontrado. ¿No le parece?
—Supongo que es una aventura, en cierta forma —convino Sabina con seriedad—, habría sido una muy grande si hubiera intentado lo que yo pensaba —volvió el rostro hacia un lado y se ruborizó—. Me siento como una tonta.
—No hay razón para ello —protestó Lord Sheringham—. Nadie lo sabrá. Es un secreto… entre usted y yo.
—Sí, por supuesto… un secreto.
Entraron juntos al casino. El calor, después del fresco aire nocturno de afuera, pareció por un momento abrumador. Entonces, mientras la multitud se cerraba en torno a ellos, Sabina se dio cuenta de que su nuevo amigo la miraba con expresión de franca admiración.
—¡Caramba, tiene razón! Es una aventura —exclamó—. En cuanto a lo que afirmaba: que la conocí antes y no bailé con usted, es la mentira más grande que he escuchado nunca. No podría haber olvidado a alguien corno usted.
—Pero es verdad. De cualquier manera —contestó Sabina—, supongo que he cambiado un poco.
—¿Dos años, dice? No creo que hayan hecho mucha diferencia. ¿Por qué va a casarse con «Pomposo»? Es aburrido como una jaqueca, el pobre tipo. Con una belleza como la suya, podría casarse con quien quisiera.
Hablaba de manera tan franca, que Sabina no pudo enfadarse con él.
—No debe decir tales cosas —le amonestó con severidad, pero tuvo que admitir que el hombre era muy divertido.
Arthur seguía en la mesa donde lo había dejado, pero ahora su suerte había cambiado y, en lugar del montón de dinero que tenía cuando ella se fue, sólo lo quedaban unos cuantos luises de oro.
—Arthur, encontré a un viejo amigo tuyo —dijo Sabina.
El se puso de pie, guardándose el dinero que quedaba y se volvió con lentitud hacia ella.
—¿Tuviste mala suerte? —preguntó Sabina.
—Perdí el poco dinero que había ganado —contestó Arthur—; pero, como te decía, no tiene importancia. Es sólo una forma tonta y cara de pasar el tiempo. Las leyes de probabilidades indican que un jugador nunca puede ser el ganador final.
—¡Vaya, vaya, «Pomposo», haciendo elucubraciones serias como de costumbre! —dijo Lord Sheringham, palmeándole la espalda y extendiendo la mano hacia él.
—¡Hola, Sherry! ¿Qué haces aquí? —preguntó Arthur.
—Acompañando a mi madre. Nunca esperé encontrarte en este centro de iniquidad.
—Estoy aquí con Sus Altezas Reales —declaró Arthur con cierta vanidad.
—¡Cielos! No cambio mi lugar por el tuyo —exclamó Lord Sheringham—. Si hay algo que no soporto es la realeza. Demasiado tiesos, para mi gusto.
—Tú siempre fuiste un muchacho demasiado informal y poco serio —comentó Arthur con frialdad—. A mí Su Alteza Real me parece una excelente persona y tengo por él, tanto respeto como admiración.
—¡Caramba, «Pomposo»! No has cambiado nada desde que estabas en Eton.
—Y tú, Sherry, sigues siendo tan tonto e impertinente como cuando eras niño. ¿No crees que es tiempo ya de crecer?
—Vamos, «Pomposo», no trates de reñir conmigo. No vas a lograrlo. En realidad, venía a felicitarte porque vas a casarte. Tu prometida me lo ha dicho.
—Así que conociste a Sabina, ¿no?
—Hace años que la conozco… bueno, dos años, para ser exactos. La conocí en un baile en Londres.
—¡Vaya! —exclamó Arthur con frialdad.
—Ambos deben venir a cenar con nosotros. Mi madre y yo estamos en el Hotel de París. Es un lugar cómodo y la comida no está mal.
—Sin duda alguna nos seguiremos viendo —observó Arthur. Se inclinó y se alejó después llevándose a Sabina con él.
—¿En dónde encontraste a ese tipo tonto? —le preguntó a ella cuando el otro ya no podía escucharlos.
—En el jardín —contestó Sabina.
—Es un hombre muy irresponsable. Nunca me simpatizó.
—¡Oh, pero a mí me parece simpático! Me divierte mucho.
—Entonces tu sentido del humor debe ser muy diferente del mío.
—Pero, Arthur, es agradable conocer todo tipo de gente.
—Hay gente que es mejor pasar por alto. Tengo la esperanza, Sabina, de que Sus Altezas Reales me pidan que te presente a ellos. Desde luego, ya les he mencionado nuestro compromiso y he pedido su autorización para hacerlo público. Creo que, cuando sepan que estás aquí; es posible que te manden llamar. Eso sería un gran honor.
—Sí, desde luego —contestó Sabina—. Pero me sentiré muy nerviosa.
—No hay ningún motivo para ello —contestó Arthur—. Te diré con exactitud lo que tienes que hacer y, si sigues mis instrucciones, todo saldrá bien.
—¿Llamarán también a tu madre? —preguntó Sabina.
—¡Por supuesto que no!
La tajante respuesta hizo comprender a Sabina que había cometido un error al preguntar aquello. Sin embargo, su sentido de la justicia la impulsó a añadir:
—Tu madre ha sido muy bondadosa conmigo.
—Mi madre es una mujer muy difícil —contestó Arthur—. Espero que no tengas que permanecer mucho tiempo aquí.
—Pero Arthur, no quiero regresar… al menos por algún tiempo.
—Debes dejar que yo decida qué es lo mejor para ti. Hay muchas cosas que tú no comprendes, mi querida Sabina.
—¿Acerca de tu madre? Creo que lo entiendo muy bien. Ella me contó su vida y por qué no apruebas su conducta.
—Ella no tenía ningún derecho a hablarte de eso.
—Pero ¿no te das cuenta de que era necesario que me lo explicara?
—Me niego a discutir el asunto —la interrumpió Arthur—. Es una vergüenza que mi madre haya hablado de su reprensible indiscreción. Ten la bondad de olvidar lo que te dijo. No hables de eso con nadie, mucho menos con tus padres. Me siento avergonzado, en un grado indescriptible, de que te hayan hablado de esta… humillación que pesa sobre mi familia.
—No es nada vergonzoso ni humillante —protestó Sabina—. El hombre a quien tu madre amó está muerto.
—¿Quieres callarte?
El rostro de Arthur estaba contorsionado de furia al añadir:
—Es del todo impropio que tú sepas tales cosas, y peor aún que hables de ellas. Si dices una palabra más, te enviaré a casa con tus padres.
Se hizo un prolongado silencio.
—¡No… me gusta que me amenacen! —observó Sabina en voz muy baja.
—Entonces aprende a ser discreta —contestó Arthur con brusquedad—. No volveremos a hablar de esto. Estás aquí como invitada de mi madre, pero es a mí a quien debes recurrir para recibir instrucciones en cuanto a la conducta que debes seguir.
Sabina pensó por un momento en desafiar a Arthur; pero, por fortuna, en ese momento fueron interrumpidos. Un hombre anciano se acercó a hablar con Arthur y a presentarle a su esposa y a su hija, una jovencita muy bonita de cabellos oscuros, vestida a la última moda.
—Cecille está disfrutando de su viaje —oyó Sabina decir al hombre.
A Sabina le simpatizó la vivaz morenita desde el primer momento. Después de que todos tomaron juntos unas copas y unos bocadillos, ella y Cecille fueron juntas al guardarropa a recoger sus abrigos.
—¿Hay alguna posibilidad de que nos veamos mañana? —preguntó Cecille.
—Estoy segura de que sí —contestó Sabina—. Preguntaré a Lady Thetford si puedo invitarte a tomar el té. ¡Estoy segura de que ella estaría encantada de que nos visitaras!
—A mí me gustaría, también —respondió Cecille—. Si no tengo oportunidad de hablar con alguien de mi edad, me volveré loca.
—¿Por qué? ¿Qué te sucede? —preguntó Sabina.
—No te lo puedo decir aquí —contestó Cecille—. Dudo que puedas ayudarme… no creo que nadie pueda hacerlo. Pero será un alivio hablar con alguien que me comprenda.
Había tal emoción contenida en la voz de la chica que, instintivamente, Sabina extendió las manos para consolarla.
—Pareces muy desventurada —dijo—. ¿Lo eres?
Cecille asintió con la cabeza.
—Estoy desesperada —contestó—. Pero, te contaré todo mañana. Invítame a tomar el té, si puedes, o déjame visitarte durante la tarde. Yo te invitaría a visitarnos, pero estamos en un hotel y mamá estaría con nosotras, de modo que no podríamos hablar de nada importante.
—Haré lo que pueda —prometió Sabina.
Se separaron en la puerta del casino. Cecille y sus padres cruzaron la calle, dirigiéndose al Hotel de París, Arthur condujo a Sabina en carruaje a la Villa Mimosa.
—Cuéntame quiénes son ellos —preguntó Sabina cuando se encontraron a solas en el coche.
—Sir Edward Mason es un hábil financiero —contestó Arthur—. Se casó cuando era un hombre entrado en años y Cecille es su única hija. La quiere mucho, según tengo entendido.
—Me gustaría que ella viniera a tomar el té conmigo mañana, si fuera posible —dijo Sabina.
—Me parece una buena idea. Sir Edward me ha sido útil en varias ocasiones. A él le gustaría mucho que te hicieras amiga de Cecille.
Llegaron a la villa y, cuando se acercaron a la puerta, Sabina dijo:
—No sé por qué prefieres estar en un hotel, en lugar de hospedarte aquí, con tu madre.
—No tengo ningún deseo de vivir bajo el mismo techo que ella —repuso Arthur con voz aguda.
—Lo… siento —murmuró Sabina—. Buenas noches, Arthur. El besó su mejilla y la ayudó a descender del carruaje.
—Buenas noches, Sabina.
No volvió a tocarla delante de los sirvientes y ella entró en la villa sin volver la vista atrás.
Cuando llegó a su habitación, Sabina vio que no eran todavía las dos de la mañana. Estaba sola en la villa, porque Lady Thetford jugaría, como de costumbre, hasta las tres.
Se dirigió a la ventana y descorrió las cortinas, El jardín estaba muy callado. Esperó un poco, con el impreciso deseo de oír la música de un violín. Pero sólo escuchó el silencio y sintió un repentino vacío en el corazón.
Después de desvestirse, apagó las velas y se acostó, aunque no había dejado de estar alerta todo el tiempo. Lanzó un suspiro. ¿Qué objeto tenía pensar en él? Debía estar muy lejos y ella haría mejor en pensar en Arthur. Pero, cuando sus ojos se cerraron, continuaba pensando en el apuesto gitano.
* * *
Por la mañana, después del desayuno, le consultó a Lady Thetford si podía invitar a Cecille a tomar el té. Le explicó quién era y Lady Thetford se mostró encantada con la idea. Eso significaba, para ella, que podía visitar con tranquilidad a alguna amiga, sin preocuparse de que Sabina se quedara sola.
Sabina le dio las gracias y murmuró que le escribiría una nota a Cecille para invitarla.
—Ahora tenemos que decidir qué te vas a poner esta noche —comentó Lady Thetford.
—¿Esta noche?
—Sí, ¿no te lo dijo Arthur? Hay un baile de disfraces en el palacio. El Príncipe de Mónaco me pidió hace un mes que yo diera una cena para el grupo que irá conmigo. Yo esperaba que Arthur viniera con nosotros, pero creo que él irá con el grupo real. Es una pena porque significa que me falta un caballero. Y no conozco a nadie joven y simpático.
Sabina titubeó un momento.
—¿Podríamos invitar a Lord Sheringham? —propuso por fin—. Lo encontré anoche en el casino. Nos conocimos hace dos años, en Londres.
—Claro que lo invitaremos —exclamó Lady Thetford—. Conozco muy bien a su madre, Lady Cheveron; es una vieja amiga mía. Sabía que estaba en Montecarlo, pero ignoraba que la acompañara su hijo.
—Estuvo en Eton con Arthur.
—Sí, lo sé, aunque me temo que nunca se llevaron muy bien.
Sabina sonrió.
—El dice que a Arthur lo apodaban «Pomposo Aburrido». Todavía le llama «Pomposo»: Pero creo que a Arthur no le gusta.
—Estoy segura de que no le gusta en absoluto —rió Lady Thetford—. Pero, no te preocupes. Invitaremos a Lord Sheringham a cenar. Ahora corre a escribir tu nota a la señorita Mason. Bates puede enviar a un lacayo con ambas invitaciones al mismo tiempo.
—Muchas gracias —exclamó Sabina.
Sabina pasó la mañana con Marie, probándose un vestido de fantasía que Lady Thetford había ordenado de París. Sabina iba a ir como Perséfone. Pero el traje que Worth había diseñado para la diosa de la primavera era tan transparente, que tanto Lady Thetford como Sabina pensaron que a Arthur le daría un ataque si ella se lo ponía.
—Es hermoso, pero… —empezó a decir Sabina y Lady Thetford concluyó:
—¡Pero demasiado atrevido! Marie tendrá que añadir varios metros de gasa a la falda y cubrir un hombro. Te ves preciosa, niña, pero, si apareces así, nos buscaremos un disgusto con mi caprichoso hijo.
Marie había salido a traer la tela y Sabina preguntó entonces:
—¿Por qué lo dejó convertirse en un hombre tan dictatorial?
—No es mi culpa —contestó Lady Thetford—. Es la viva imagen de su padre.
—¿No pudo haberlo cambiado? ¿No pudo hacerlo más comprensivo?
—Lo intenté y fracasé —contestó Lady Thetford—. Ahora es tu tarea, querida mía. No hay nada que una mujer lista no pueda hacer con un hombre al que ama y que la ama a su vez. Yo me reprocho no haber amado a mi esposo lo suficiente para tratar de suavizar su carácter. Tú lograrás hacerlo con Arthur… el amor lo consigue todo.
Sabina no dijo nada, porque Marie había vuelto, permaneció pensativa y silenciosa mientras la doncella realizaba su tarea.
—Bueno, señorita, he terminado —dijo Marie por fin, cerca ya del mediodía.
—¡Oh, qué lindo quedó el vestido, Marie! —exclamó Sabina contemplando las rosas, violetas, narcisos y nomeolvides que estaban esparcidos sobre el talle y la falda de gasa verde pálido y que llegaban hasta el dobladillo, de modo que parecían crecer alrededor de ella.
—¡La señorita se ve preciosa! —exclamó Marie con entusiasmo.
—Ojalá todos piensen así. Nunca he ido a un baile de máscaras.
—Aquí tiene su antifaz —dijo Marie—. Mire, es de terciopelo verde y voy a coserle rosas en un esquina y se lo ataremos con cintas plateadas detrás de la cabeza.
—¡Qué divertido no ser reconocida! —exclamó Sabina—. ¿Y puede una bailar con cualquiera, aunque no haya sido presentada?
—Por supuesto, señorita. Ésa es la razón de los bailes de máscaras. A las doce de la noche todos se quitan los antifaces y entonces usted descubre con quién ha estado coqueteando toda la noche.
—¡Oh, Marie, lo hace parecer mucho más divertido de lo que es en verdad! —exclamó Sabina—. Yo supongo que nos limitaremos a nuestro propio grupo y, por supuesto, sabremos quién es quién. Lord Thetford va a llevar un traje del siglo XVIII. Se verá muy impresionante.
—Sí, me lo imagino.
El tono irónico de Marie no pasó desapercibido a Sabina. Se daba perfecta cuenta de que Arthur no le simpatizaba a la doncella y tal vez era comprensible, pues quería a su ama.
Pero el entusiasmo por el baile de esa noche la hizo olvidar los problemas entre Arthur y su madre; de modo que, cuando Cecille llegó, sus primeras palabras fueron:
—¿Vas a asistir al baile esta noche? ¿Cómo irás vestida?
—Tengo un traje de pastora —contestó Cecille—, pero no me entusiasma, porque no quiero ir al baile. Preferiría irme a la cama, si papá me lo permitiera.
—Pero ¿por qué? —preguntó Sabina.
—Eso es lo que he venido a contarte —contestó Cecille—. No sé por qué, pero, desde el momento en que te vi en el casino anoche, sentí que tú eras la única persona que podía ayudarme. No he visto a nadie de mi edad desde que dejé Inglaterra hace dos semanas y, en cuanto fuimos presentadas, comprendí que tú eres bondadosa, gentil y comprensiva.
—Dime de qué se trata —suplicó Sabina, pero una señal de advertencia de Cecille le hizo comprender que el lacayo había entrado en la habitación con el servicio del té.
Hablaron de ropa y del baile, mientras el lacayo colocaba el servicio de té en una mesita baja, frente al sofá y, cuando por fin se quedaron solas, Sabina lanzó un suspiró de alivio.
—Ahora —exclamó—, cuéntamelo todo, desde el principio.
—Eres muy bondadosa —respondió Cecille—. No sé por qué vengo a molestarte con mis problemas.
—¿Por qué no? —preguntó Sabina—. Es una gran cosa que podamos ayudarnos mutuamente.
—Cumplí dieciocho años el mes pasado —empezó a decir Cecille—. Sí, veo que te sorprende. Parezco mayor, lo sé, pero se debe a que he viajado mucho por el mundo con papá. El es un banquero internacional y me lleva a todas partes consigo. Me ha permitido ver y hacer cosas que otras chicas de mi edad no sueñan siquiera. Pero eso no significa que me sienta diferente a ellas. Quiero enamorarme, casarme y tener hijos, como cualquier otra muchacha.
—Sí, por supuesto.
—Sabía que lo entenderías y es por eso que quiero tu consejo. Tienes que decirme qué debo hacer. ¿Sabes? Papá quiere casarme con un hombre al que no amo.
—Pero ¿por qué? —preguntó Sabina.
—Es algo que tiene que ver con el negocio de los bancos —contestó Cecille—. Es cuestión de juntar sus negocios, de que se vuelvan socios en una gran empresa internacional. Yo no lo entiendo, en realidad, pero este hombre es amigo de papá. Se enamoró de mí cuando vino un día a nuestra casa de Londres. ¡Tiene veinticinco años más que yo! No lo amo, no pretendo amarlo… pero papá dice que me tengo que casar con él.
—¿Aunque no lo ames? —exclamó Sabina.
—Sí, porque es bueno para el negocio. Papá es ya bastante acaudalado, pero supongo que aún desea más dinero. Dice que eso me convertirá en una de las mujeres más ricas del mundo. Yo no quiero ser rica. Quiero enamorarme, encontrar un hombre que me ame por mí misma; alguien joven que ría conmigo, que disfrute de las mismas cosas que yo. En cambio, ¡me tengo que casar con un hombre lo bastante viejo para ser mi padre!
—Pero, no creo que puedan obligarte a eso.
—Lo están haciendo —contestó Cecille—. ¿Te das cuenta? Tu caso es diferente al mío… te vas a casar con un joven apuesto, alguien a quien amas y que te ama. Yo tengo que casarme con un hombre que no me importa un bledo… y al que sólo he visto dos veces en mi vida. Cuando él llegue aquí esta noche, será la tercera vez que le ponga los ojos encima. Y, sin embargo, tengo que ser su mujer, tengo que dejar que me toque, que me bese. Me… hace sentir enferma pensar siquiera en ello.
Se hizo un profundo, silencio cuando la trémula voz de Cecille se apagó.
—Nunca había pensado en… el matrimonio… de ese modo —dijo Sabina por fin, en voz baja.
—Nunca lo has pensado porque no te va a suceder a ti —continuó Cecille—. Sin embargo, yo pienso todo el tiempo lo que significará quedarme sola con alguien que me posea, cuyo nombre voy a llevar, y que será mi dueño por ser mi marido… dueño de mi cuerpo y de mi alma. ¿Qué importan todas las riquezas del mundo junto al hecho de que un hombre al que no amo, que ni siquiera me gusta, pueda hacer lo que quiera conmigo? Tomarme en sus brazos, besarme, hacer…
Cecille se detuvo y se cubrió el rostro con las manos.
—No puedo ni decirlo siquiera —murmuró—. Y sin embargo, es algo que me va a suceder. ¿Te imaginas lo que será? ¿Puedes resistir pensar en ese momento, en el que no habrá ya escapatoria posible? ¿Cuándo, sólo porque se es mujer, una se encuentra cautiva, encerrada en una alcoba extraña, con un desconocido? ¿Soportas pensar en eso?
—No… —murmuró—. No… no puedo soportar… pensar en… eso.