Capítulo 1
¡CARAMBA, parece que estuviéramos en una procesión fúnebre!
Sabina dijo estas palabras en voz alta, riendo después al escucharse a sí misma. Cada vez que repetía el comentario que hizo el Squire (Caballero terrateniente en la antigua Inglaterra) cuando conducía a su hija por el pasillo de la iglesia, hacia el altar donde ésta se casaría, sus hermanas se reían a carcajadas. Todos sabían, sin embargo, que su padre se habría enfadado al ver la habilidad con que ella imitaba a sus feligreses.
Sabina recordaba con nostalgia aquel episodio, mientras los caballos que tiraban del crujiente carruaje de alquiler avanzaban cada vez con más lentitud por los irregulares caminos. Miró a través de la ventana, cuyo cristal necesitaba una buena limpieza, y advirtió que la oscuridad había descendido ya sobre la tierra y las estrellas empezaban a salir y a reflejarse parpadeantes en el mar que se extendía debajo.
Después de tantas demoras y accidentes, le parecía que nunca llegaría a Montecarlo. Sin embargo, era absurdo preocuparse.
Aspiró con deleite una profunda bocanada de aire, mientras miraba el mar a la distancia y contemplaba las sombras oscuras de los árboles, cuyas siluetas, al recortarse contra el cielo, adquirían formas exóticas y extrañas. Estaba en Francia. Se dirigía a un lugar que, apenas dos meses antes, ni aun en sus más atrevidos sueños esperaba conocer.
—¡Vaya que soy una chica afortunada! —murmuró en voz baja y entonces se echó a reír de nuevo. ¡Qué ridícula debía verse, hablando sola! Cualquiera pensaría que estaba loca, como el pobrecito idiota del pueblo, quien la hacía temblar cuando lo encontraba vagando por los caminos dialogando consigo mismo.
Qué lejano le parecía ahora su pueblo de Cobbleford, en el condado de Gloucestershire, a pesar de que había salido de él apenas hacía unos cuantos días. En esos momentos su familia estaría sentada en el salón y debía haber terminado, desde hacía rato, la frugal y sencilla comida de la tarde a la que su madre llamaba cena.
Las muchachas debían estar muy ocupadas. Harriet estaría enfrascada en su trabajo de bordado, que siempre lograba arrancar exclamaciones de admiración de cuantos lo veían y Melloney estaría tratando, sin conseguirlo, de imitarla. Angelina debía estar sentada al piano. A papá le gustaba escucharla para ver cómo iba avanzando en sus lecciones de música. Claire sin duda se había acostado ya: hasta que no cumplían quince años, él no dejaba a sus hijas quedarse levantadas después de la cena.
Mamá estaría sentada en su silla favorita y la luz de la lámpara brillaría sobre su lindo cabello que empezaba a mostrar hilos grises entre los mechones dorados. Y papá, si ya había terminado de preparar su sermón del domingo, habría entrado en el estudio para sentarse al otro lado de la chimenea, frente a mamá, y participar en la conversación de la familia. Siempre tenían muchas cosas que decirse, aunque habían estado juntos todo el día. Y tal, vez, en este mismo momento, alguien estaría comentando:
—¿Cómo estará Sabina? ¿Habrá llegado ya a Montecarlo?
Si sólo supieran, pensó Sabina. ¡Papá se sentiría horrorizado de saber que no había llegado todavía a Montecarlo y que viajaba sola en un carruaje de alquiler! Pero, en realidad, no podía hacer otra cosa.
Cuando la señorita Remington se había fracturado una pierna al bajar del tren en Niza, pensó que todo aquello era la treta de un perverso demonio obstinado en impedir que llegara a su destino. Unos segundos después, se avergonzó de su propio egoísmo y se enfrentó, lo mejor que pudo, a la situación.
La señorita Remington, que era prima del obispo, se había portado, pensó Sabina en secreto, en forma muy tonta para su edad. Era una mujer madura: de otro modo no estaría con ella como su dama de compañía. Cuando se cayó, sin embargo, gritó, lloró, se desmayó y Sabina tuvo mucha dificultad para hacerle recuperar el sentido con sales, una compresa de agua fría y hasta el humo de algunas plumas que quemó bajo su nariz.
Le había tomado mucho tiempo conseguir un doctor. La señorita Remington permaneció acostada en la dura e incómoda, banca de la sala de espera, gritando por el dolor que sufría y desmayándose cuando menos una docena de veces más antes que llegara un francés, de espesa barba, con un maletín negro en la mano.
Sabina se alegró entonces, como lo había hecho durante todo el viaje, de los considerables conocimientos que tenía del idioma francés. Mamá había sido muy exigente en ese sentido y no la había dejado descuidar nunca sus estudios. Se felicitaba, además, con una vanidad que no podía reprimir, de que su acento fuera impecable.
—Debo pedirle disculpas, señor, por molestarlo de este modo —le dijo al médico, quien, después de llegar con la hosca expresión de quien no dispone de mucho tiempo, se quitó ahora el sombrero y hasta le sonrió. Intercambiaron saludos y algunas explicaciones.
La señorita Remington atrajo la atención en ese momento lanzando un chillido de dolor, y cuando el doctor se volvió hacia ella, se desmayó de nuevo. Sabina se inclinó hacia ella a toda prisa.
—Será mejor que le examine la pierna mientras está inconsciente —dijo con gran sentido práctico—. De otro modo, no soporta que la toquen siquiera.
El doctor examinó la pierna a toda prisa.
—Es una fractura seria —dijo—. Tenemos que trasladar a la señora a un hospital.
—¡Al hospital! —exclamó Sabina, pues había pensado que el médico podría vendar la pierna de la señorita Remington de modo que pudieran continuar su viaje.
—Tenemos que arreglar la pierna y entablillarla.
—¿Tomará eso mucho tiempo? —había preguntado Sabina.
—La señora tal vez podrá abandonar el hospital en unas tres semanas —contestó el doctor.
—¡Tres semanas!
—Es una pena, pues están ustedes de viaje.
—Sí —afirmó Sabina—. La señorita Remington debía salir para Italia mañana. Me iba a acompañar hasta Montecarlo y habíamos hecho arreglos para continuar a Roma.
—Me temo que el viaje de ella tendrá que esperar —dijo el doctor—. Pero usted, señorita, puede continuar a Montecarlo.
—Sí, sí, desde luego.
La preocupación de Sabina se había aliviado un poco al escuchar aquellas palabras. Sí, por supuesto; ella continuaría. Nadie esperaría que se quedara con la señorita Remington. Hubiera sido imposible, además, porque sólo traía dinero suficiente para el viaje.
Era el dinero lo que preocupaba a Sabina, algunas horas más tarde, cuando salió del hospital y regresó a la estación. Para entonces, la pierna de la señorita Remington ya había sido entablillada y ella estaba instalada en una habitación pequeña, pero agradable, desde la cual podía ver el mar.
Las monjas que manejaban el hospital habían sido muy bondadosas con ellas y la señorita Remington insistió en que Sabina continuara el viaje y ofreciera sus disculpas a Lady Thetford por no haber podido cumplir con sus deberes de dama de compañía.
Sabina se inclinó a besarla al despedirse de ella.
—Trataré de venir a verla en un par de días —le dijo—. Estoy segura de que Lady Thetford me permitirá hacerlo cuando sepa lo que le sucedió. Sólo espero que no sufra demasiadas molestias.
—¡Dios nos envía estas cosas como prueba, querida mía! —había respondido la señorita Remington.
Frente a tal espíritu de resignación, Sabina se sintió de nuevo culpable por haber pensado que la señorita Remington se había comportado en forma histérica y tonta.
Se despidió de las monjas y dijo a la Madre Superiora que estaba segura de que Lady Thetford, con quien se iba a hospedar en Montecarlo, querría que le informaran en el acto si la señorita Remington necesitaba algo especial o si se presentaba alguna complicación en su salud.
La Madre Superiora, aunque nada mundana, se había impresionado al escuchar el nombre de Lady Thetford. Sin embargo, cuando supo que el destino de Sabina era Montecarlo, murmuró unas palabras en latín por la salvación de su alma.
Cuando salió del hospital y caminó a toda prisa por las angostas calles que conducían de nuevo a la estación, Sabina se dio cuenta de lo tarde que era, no sólo porque el sol empezaba a ponerse, sino por el hambre que sentía y, cuando percibió el delicioso aroma del café, al pasar frente a una pastelería, no pudo resistir la tentación de entrar.
El café y los pastelillos resultaron tan satisfactorios como esperaba, pero, después de pagar la cuenta, Sabina miró con desolación las pocas monedas que quedaban en su bolso de mano.
Había hecho gastos inesperados al trasladar a la señorita Remington al hospital y pagar los honorarios del doctor. Sabía que ella se los reembolsaría, pero no era cosa de recordárselo en las condiciones en que se encontraba en esos momentos.
Sin embargo, se había dicho que tenía aún suficiente dinero, pues su billete de ferrocarril cubría el pasaje hasta Montecarlo.
Una vez satisfecho su apetito y sintiéndose impaciente por continuar el viaje, Sabina salió de la pastelería y se dirigió casi corriendo hasta la estación. Había un aire de soledad y un vacío en la estación que pareció anticipar la noticia que iba a recibir.
Le llevó algún tiempo encontrar a un empleado, pero al fin localizó a un hombre de aspecto resplandeciente, vestido con un uniforme lleno de galones dorados, que parecía ser el jefe de la estación.
—Perdone, señor, ¿me podría decir a qué hora sale el próximo tren para Montecarlo? —le había preguntado Sabina.
—Mañana a las nueve de la mañana, señorita —fue la respuesta.
—¡Mañana! Pero, tiene que haber uno esta noche.
—Lo siento, señorita, el último tren para Montecarlo salió hace media hora.
—Debe haber algún error… —empezó a decir Sabina y entonces comprendió que era inútil discutir.
El jefe de la estación le había vuelto la espalda y estaba enfrascado de nuevo en los papeles que llenaban su desordenado escritorio. Sabina se dirigió hacia la puerta, pero luego preguntó de pronto:
—¿De qué otra manera puedo llegar esta noche a Montecarlo?
—En carruaje —contestó el hombre sin levantar la cabeza.
¡Por supuesto… un carruaje de alquiler!, pensó Sabina con alivio. ¡Qué tonta había sido al imaginar que no había otra manera de llegar a Montecarlo más que por tren! Un carruaje podía llevarla en poco más de dos horas.
Encontró a un mozo, un hombrecillo que olía a ajo, para que llevara su equipaje hasta la entrada de la estación y le pidió que le consiguiera un carruaje de alquiler.
—¿Para qué hotel, señorita?
—Para Montecarlo.
—¡Montecarlo! —repitió el hombre sonriendo y entonces le deseó buena suerte en el juego.
—No voy a jugar —contestó Sabina—. Voy a visitar a unas amistades. Pero perdí el tren y necesito un carruaje que me lleve.
—Le buscaré uno muy rápido con dos buenos caballos…
—Un momento —dijo Sabina—. ¿Cuánto me costará?
El mozo se había encogido de hombros, mencionando una cifra que hizo a Sabina lanzar un pequeño grito.
—¡Oh, no, no tanto como eso!
—Bueno, todo depende —le dijo el mozo con aire tranquilizador—. Un carruaje elegante cuesta muchos francos. Uno menos elegante, con caballos inferiores, cuesta menos.
Sabina le dijo la cantidad que podía pagar y el mozo colocó el equipaje en un carrito de mano y la llevó hacia donde esperaba una fila de carruajes de alquiler. Siguió una pesadilla de interminables regateos, pero el mozo la había tomado a su cargo y se dirigió por turnos a cada uno de los cocheros.
Sabina se había enterado de algunas cosas, primero: que se había producido un deslizamiento de piedras en el camino de la Baja Cornisa, lo que significaba que cualquiera que viajara a Montecarlo esa noche debía ir por la Alta Cornisa, un viejo camino alto, serpenteante, de superficie dispareja, que había sido prácticamente abandonado desde que se construyó el ferrocarril; segundo: que por la suma que ella estaba dispuesta a pagar los cocheros se negaban a llevar a sus caballos por aquel camino, pues podían ganar el doble permaneciendo en Niza.
Habían llegado casi al final de la hilera de carruajes y Sabina empezaba a temer que no encontrarían nunca un cochero que la llevara, cuando un hombre con dos caballos flacos y un coche viejo y desvencijado aceptó hacer el viaje.
El mozo había subido el equipaje al techo y pronto Sabina se encontró en el interior del carruaje con la puerta cerrada tras ella. Se pusieron en marcha, entre los irónicos vítores de los demás cocheros que se habían negado a llevarla.
Los caballos no tardaron en renunciar a cualquier esfuerzo por darse prisa, a pesar de que el látigo del cochero rasgaba el aire con frecuencia. Empezaron a moverse con creciente lentitud y Sabina llegó a desear subirse al pescante y tratar de llevar las riendas ella misma.
Acostumbraba conducir en casa la sencilla carreta en la que su madre se trasladaba de un lugar a otro por los alrededores, pero los caballos que tenían en su hogar estaban bien alimentados y eran cuidados con esmero. El Reverendo Adolphus Wantage tenía siempre buen cuidado de que sus animales no sufrieran.
Debían ser poco más de las siete cuando Sabina salió de Niza. Aun tomando en cuenta la lentitud de los caballos y el hecho de que tenían que seguir el camino más largo y difícil, calculó que debían llegar a Montecarlo a las diez de la noche.
Pero sus cálculos se habían ido a pique pues, aun antes que salieran de los alrededores de Niza, tuvieron problemas con una de las ruedas y el carruaje se vio obligado a detenerse en el taller de un herrero. Pasó media hora antes que volvieran a ponerse en marcha.
Para entonces, el sol se había ocultado ya, pero la belleza del lugar que la rodeaba mientras esperaba la hizo olvidar todo lo demás. Vio árboles de mimosa en plena floración; naranjos y limoneros cargados de frutos y multitud de flores que se extendían cubriendo las viejas paredes grises. Era casi increíble poder ver con sus propios ojos cosas que sólo conocía a través de los libros.
—¡Las naranjas crecen en los árboles, como manzanas!
Podía imaginarse a sí misma diciendo eso a sus hermanas, en casa, y añadiendo:
Si quieres un limón, no tienes más que salir al jardín y cortarlo.
Cómo hubiera querido poderles contar en ese momento todos los incidentes de su viaje, Mientras recorría kilómetros y kilómetros en el lento carruaje, iba ensayando para si misma la imitación que les haría de la señorita Remington, chillando, tirada en el andén. Tal vez sería un poco cruel burlarse de la pobre mujer accidentada, pero eso haría reír a las muchachas y ellas siempre decían que sus imitaciones eran muy realistas.
Les hablaría, también, de cómo había regateado el mozo con los cocheros e imitaría al doctor, con su maletín negro y su vieja chistera. ¡Qué agradable sería regresar a casa! Gran parte de la diversión de hacer cosas era poder hablar después sobre ellas.
Sabina se detuvo de pronto. Estaba olvidando… a decir verdad, había olvidado por completo… la existencia de Arthur. En cuatro meses más, a principios de junio, no iría más a casa, porque sería una mujer casada, que tendría su propio hogar. Juntó las manos. Sentía la extraña sensación de que algo se hundía dentro de su pecho, pero trató de reponerse con decisión.
Qué ridículo era sentirse asustada. Gracias a Arthur ella se encontraba en esos momentos viviendo la más maravillosa aventura que ninguna muchacha podía soñar. Gracias a él mamá estaba muy satisfecha con ella y Sabina, ya no abrigaba la inquietante sensación de ser un fracaso. ¡Era Arthur con quien iba a casarse!
El carruaje se sacudió de pronto con violencia y Sabina fue arrojada de pronto hacia el rincón, golpeándose un brazo y la cabeza, de modo que su sombrero se inclinó hacia adelante, por encima de la nariz. Escuchó un grito y comprendió que el coche se había detenido bruscamente.
Por un momento se sintió atontada, pero después se quitó el sombrero, se levantó y abrió la puerta. Al asomar la cabeza pudo ver que el cochero había ya bajado del pescante.
—¿Qué pasó? —preguntó.
El hombre se sumergió en una larga perorata, de la que ella dedujo que el herrero que había arreglado la rueda era el más perverso villano de toda la cristiandad, un pillo, un sinvergüenza y un tonto mal intencionado que no servía para nada.
Sabina bajó del coche y vio, como esperaba, la rueda inclinada hacia el camino y el carruaje apoyado en el eje. Miró a su alrededor: estaba menos oscuro de lo que suponía. Se debía a la luna, que se elevaba con lentitud en un cielo tachonado de estrellas.
Estaban en la parte más alta de la ladera de la montaña. El mar se veía muy lejano. De un lado del camino se desprendía un profundo precipicio; en el otro había árboles y vegetación silvestre que se perdían en la oscuridad, hacia las rocas y los altos acantilados.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Sabina.
El cochero se encogió de hombros y lanzó otra andanada de insultos contra el herrero.
Sabina miró a uno y otro lado. Tal vez hubiera alguna casa, pensó, en la que pudieran obtener ayuda. Se alejó un poco del furibundo cochero y entonces, por primera vez, vio la luz dorada de una hoguera a poca distancia de ellos, por lo que interrumpió al hombre para indicársela.
—Tal vez haya alguien allí que pueda auxiliarnos —dijo.
El miró en la dirección que ella señalaba. Volvió a encogerse de hombros, casi como si resintiera que pudiera haber una solución para su problema.
—Es imposible dejar los caballos —murmuró malhumorado.
—Iré a ver si puedo conseguir ayuda —dijo Sabina.
Tomó su bolso de mano, que había caído al piso del carruaje, y empezó a caminar, levantándose las faldas, hacia donde brillaba el fuego.
Las llamas parecían elevarse a más altura a medida que se acercaba, pero tuvo que recorrer una distancia mayor de lo que pensó y más de una vez tropezó y se tambaleó debido a la irregularidad del terreno, los arbustos y las piedras esparcidas. Luego, el terreno se hizo más parejo y, al acercarse a la hoguera, vio carretas y gente alrededor.
Tuvo que llegar hasta el círculo de luz proyectado por el fuego para poder ver con claridad. Entonces, mientras seguía avanzando, oyó música… percibió las acordes de un violín, una guitarra y de otros instrumentos que no pudo reconocer.
La melodía, alegre y alocada invitaba a bailar, y Sabina, casi inconscientemente, sintió disminuir su preocupación. Su espíritu se aligeró y su paso se hizo más rápido, como si sus pies quisieran caminar al ritmo de la música.
Al acercarse un poco más vio, por, primera vez, a un grupo de gitanos que había acampado ahí. Le sorprendió que fueran tantos y que vistieran trajes de colores tan llamativos.
Había un nutrido grupo de hombres y mujeres sentados alrededor del fuego y en los escalones de las carretas en torno a ellos, formando casi un círculo. En un espacio libre alrededor de la hoguera, una mujer bailaba. El bordado dorado de su talle, sus aretes y pulseras resplandecían a la luz del fuego y su largo cabello oscuro giraba tras ella mientras se retorcía y daba vueltas, desnudos los pies morenos que se movían con rapidez.
El resto del grupo la observaba en silencio. La música no era muy ruidosa, pero palpitaba como la propia sangre en los oídos o como el latido de un corazón excitado. Se escuchaba el suave tintineo de los brazaletes de la bailarina y el repentino chasquear de sus dedos, que ella hacía sonar como si fueran castañuelas. Luego, de pronto, al dar un giro e inclinar su cuerpo hacia las llamas, vio a Sabina y se detuvo bruscamente.
La música cesó también y todas las cabezas se volvieron hacia Sabina, quien observó las morenas caras desconfiadas, los ojos brillantes que la miraban a la luz del fuego y el movimiento repentino de colores rojo, anaranjado y verde, cuando la gente se levantó, como si intentara dirigirse hacia ella.
Por primera vez Sabina tuvo miedo. Nunca antes había sentido miedo de la gente.
Había conocido gitanos y hablado con ellos cuando acampaban en las afueras de su pueblo. Iba la misma tribu año tras año, de modo que la gente del lugar llegó a conocerlos y hasta a alegrarse de su retorno. Los granjeros aseguraban que las gallinas desaparecían y que los huevos escaseaban esa semana, pero, en general, los gitanos eran inofensivos.
Los hombres, de piel morena, ayudaban a veces en la cosecha, y las mujeres, de ojos de gacela, llamaban a la puerta de la cocina vendiendo perchas para la ropa, cestas tejidas con gran habilidad o palos de escoba. Y se ofrecían a adivinar la suerte a toda persona que pusiera una moneda de plata en su mano.
Pero estos gitanos que la miraban ahora con tanta fijeza no se parecían nada a los que Sabina había conocido. Estaban muy bien vestidos, por una parte. Los hombres llevaban camisas blancas bordadas, de amplias y largas mangas, y las mujeres lucían adornos de oro, faldas brillantes sobre numerosas enaguas multicolores y chalecos de terciopelo fuertemente ceñidos con cintas sobre las blusas de escote bajo. Y, sin embargo, había algo salvaje y primitivo en su expresión, en sus movimientos, rápidos como los de una pantera, que hacían parecer superfluas sus ropas.
La suspensión repentina de la música y el temor de haberse entremetido en algo secreto y prohibido, hizo que Sabina se estremeciera y que sus manos comenzaran a temblar. Entonces, mientras ella permanecía inmóvil, incapaz de hablar, y la rodeaba un silencio que parecía volverse más amenazador a cada momento, un hombre se levantó desde el extremo más lejano del fuego y avanzó hacia ella.
Estaba vestido, como los demás gitanos, con pantalones ceñidos y una camisa de grandes mangas bordada con habilidad. Llevaba una ancha banda alrededor de la cintura, de la cual asomaba el mango de un cuchillo incrustado con piedras preciosas. Era en extremo apuesto y tenía la piel casi dorada, como si hubiera arrancado su color al mismo sol. Sus ojos, de espesas pestañas, eran oscuros y penetrantes, su boca era firme y sensitiva a la vez.
Era un gitano y, sin embargo, había algo diferente en él; algo que hizo comprender a Sabina en el acto que se trataba del jefe de la tribu, al mismo tiempo que la hacía sentir que no tenía por qué tenerle miedo. No supo por qué. Quizá se debía al aire de autoridad y de mando que emanaba de él, la forma que se movía, el orgullo con que llevaba erguida la cabeza. En cuanto se acercó a ella, Sabina dejó de temblar y pareció recuperar el habla.
Abrió los labios, pero antes que pudiera decir nada, él preguntó:
—¿La señorita necesita ayuda?
Ella se sintió aliviada de que él le hablara en francés y no en alguna lengua romántica desconocida.
—Sí, necesito ayuda —contestó—. La rueda del carruaje en que viajaba hacia Montecarlo se zafó. Agradecería muchísimo cualquier ayuda que usted o su gente pudieran prestarme.
—Por supuesto, mis hombres verán qué se puede hacer —dijo él—. Mientras tanto, señorita, ¿no quiere acercarse al fuego, a calentarse un poco?
Sabina ya no abrigaba ningún temor, pero se dio cuenta de que tenía las manos heladas. El calor del día había sido sustituido por el aire fresco de la noche, procedente sin duda de las montañas. Sonrió al decir:
—Me gustaría sentarme cerca del fuego por un momento, si es posible. Sólo espero que la rueda pueda repararse con facilidad.
El gitano dio una orden en un idioma que Sabina no pudo comprender y dos o tres hombres partieron inmediatamente en dirección del carruaje. Con un poco de timidez, ella se dejó conducir, hacia un diván improvisado: una piel de oso colocada sobre una pila de hojas y ramas, cerca de la hoguera. Sabina se sentó y casi en el mismo instante, él le entregó un vaso lleno de vino.
—No, gracias —dijo Sabina.
—Bébalo, señorita —insistió el gitano—. Eso reducirá el cansancio del viaje.
Sabina comprendió que sería muy poco cortés de su parte rechazar el vino. Tomó el vaso y bebió un poco, advirtiendo que tenía un suave y delicioso sabor y poco después se sintió más tranquila.
Entonces se dio cuenta de que no llevaba sombrero. Se llevó la mano al cabello y trató de arreglarse los revueltos rizos.
—No se preocupe; su pelo se ve muy hermoso —dijo el gitano con voz suave.
Sabina se volvió a mirarlo, agrandados los ojos por la sorpresa. Entonces, al ver la expresión del rostro de él, bajó tímidamente la vista. Nunca había visto una expresión de tan atrevida y franca admiración en los ojos de un hombre como aquélla.
Al sentir que la sangre le subía a las mejillas se dijo que era una impertinencia del gitano mirarla de aquel modo. El tenía aún los ojos fijos en su cabello, de un tono rubio pálido, y escudriñaba su rostro.
Sabina tenía facciones delicadas, lo sabía muy bien, aunque sus mejillas se veían con frecuencia pálidas y era demasiado delgada y frágil para que ella misma se considerara bonita. Le hubiera gustado ser alta como su padre y robusta como Harriet, que siempre era tan admirada en las fiestas y a la que nunca faltaban parejas en los bailes.
«¡Nadie se fija en mí!», se había dicho a sí misma con frecuencia. Pero Arthur se había fijado… ¡y cuán agradecida se sentía hacia él por esa razón! Sin embargo, Arthur jamás la había mirado con la expresión de aquel gitano, que la veía con los ojos ligeramente entrecerrados, traspasándola con la vista. Instintivamente, Sabina se llevó una mano al pecho.
Para ocultar su turbación, se apresuró a decir:
—Tengo que llegar a Montecarlo esta noche. Por desgracia, perdí el último tren a Niza, así que tuve que tomar un carruaje de alquiler.
—¿Por qué tomaron el camino de arriba, señorita? —preguntó él.
—Me dijeron en Niza que había un desprendimiento de piedras en la Baja Cornisa —contestó Sabina.
—¡Ah, ya comprendo! Pero este camino puede ser peligroso de noche, a menos que traiga usted un cochero experimentado y buenos caballos.
Sabina sonrió.
—Me temo que nadie llamaría a los caballos de este carruaje siquiera regulares. Parecen desnutridos y con toda probabilidad son maltratados, los pobrecillos.
—Entonces resulta casi una crueldad hacerlos realizar este largo recorrido, ¿no? —sugirió el gitano.
—Estoy de acuerdo con usted, pero ¿qué otra cosa podía hacer?
—Podía haber pasado la noche en Niza y tomado el tren de la mañana.
—No podía quedarme sola en un hotel.
—¿Y cree que es mejor viajar sola, como lo hace ahora?
—Sí, estoy sola, pero ello se debe a que mi acompañante, la señora que debía ir conmigo hasta Montecarlo, sufrió un accidente. Se fracturó una pierna al bajar del tren en Niza. Por eso se me hizo tarde.
—Con razón. Me pareció muy extraño que una dama, sobre todo siendo inglesa, viajara sola de noche. Podría ser peligroso.
—Si piensa en forajidos y asaltantes —sonrió Sabina—, me dicen que monsieur Blanc ha eliminado esos terrores en bien de los visitantes de Montecarlo. Tales amenazas no harían prosperar el casino, ¿no lo cree así?
—No creo que ni siquiera las precauciones de monsieur Blanc protejan a las jóvenes hermosas que viajan solas después de oscurecer —comentó el gitano con sequedad.
—No tengo miedo —replicó Sabina—. Nadie me podría robar nada, porque llevo poco dinero encima.
—No estaba pensando en dinero —dijo el gitano.
—¿Y qué otra cosa podrían querer los ladrones de mí? —preguntó Sabina con inocencia.
Apareció una sonrisa en los labios del gitano cuando dijo:
—La señorita está a salvo con nosotros.
Sabina titubeó un momento y luego, en voz baja, dijo:
—Creo que… que es conveniente que le diga… que no puedo… pagarles por reparar la rueda…
—Lo que los gitanos hacen, lo hacen por amistad o… por amor.
Hubo una ligera pausa antes que el gitano pronunciara las dos últimas palabras y, una vez más apareció en sus ojos aquella expresión que hacía a Sabina sonrojarse y bajar los ojos.
—¿Cree que tardarán mucho en reparar la rueda? —preguntó, todavía sin mirarlo—. Debo seguir mi camino. Mi anfitriona… la madre de mi prometido, estará preguntándose qué me ha sucedido.
—¿Está comprometida para casarse? —preguntó el gitano.
—Sí, con un noble inglés —contestó Sabina, asintiendo con la cabeza.
—Es muy afortunado. ¿Se dará cuenta, me pregunto yo, de la suerte que tiene?
—Yo creo ser la afortunada —contestó Sabina, obedeciendo, como de costumbre; a un impulso repentino. Entonces comprendió que estaba hablando de sus asuntos personales con un gitano desconocido. Era el tipo de acción impulsiva que tanto desaprobaba su padre y que le había costado no pocas reprimendas.
—Creo que debo irme —añadió a toda prisa.
—No puede irse hasta que arreglen la rueda —dijo el gitano—. Y debe perdonarme, nos estamos olvidando de entretenerla.
Chasqueó los dedos y, al instante, la música empezó de nuevo. El gitano que tocaba el violín se acercó hacia el fuego y Sabina pudo ver su rostro oscuro y arrugado, las brillantes arracadas de oro, la banda roja alrededor de la cintura y las amplias mangas de la camisa que se balanceaban con cada movimiento de su cuerpo. Pero la bailarina que había estado danzando cuando Sabina llegó se quedó de pie, recostada contra los escalones de una carreta, en insolente actitud. Inmóvil, contraía los rojos labios en un gesto de disgusto y sus ojos brillaban con expresión de furia.
Sabina hubiera querido permanecer callada, escuchando la música, pero la venció la curiosidad.
—¿Son ustedes franceses? —preguntó.
—Eso sería un insulto si no fuera usted extranjera —contestó el gitano negando con la cabeza—. Somos húngaros. Una tribu muy antigua, conocida a todo lo largo y ancho de Europa.
—¿Y usted es su jefe?
—Su atamán, o tal vez, como dirían ustedes, su rey.
—¡Oh, qué emocionante! —exclamó Sabina—. Siempre había querido conocer a un rey de los gitanos. Mis hermanas y yo hemos leído un libro sobre los condes del Egipto Menor… ¿no se llaman ustedes así?
—Algunas veces nos llamamos así.
—Nos interesó mucho saber sobre las copas de oro que preservan ustedes de generación en generación y que usan en todas sus ceremonias. Y ahora he conocido un rey. ¡Cómo van a envidiarme!
—Va a conocer a gente mucho más influyente e importante que yo en Montecarlo.
—Pero nadie tan romántico —contestó Sabina a toda prisa. El se echó a reír.
—Y ahora que le he dicho quién soy —dijo—, ¿no me dirá su nombre?
—Me llamo Sabina… Sabina Wantage.
—¡Sabina! Es un nombre precioso y le queda muy bien. ¿Sabe lo que pensé cuando la vi en el primer momento, de pie ahí, a la luz del fuego?
—No, ¿qué pensó?
—Pensé por un momento que la música que Zsika estaba tocando había conjurado a uno de los espíritus, o ninfas, que vivían aquí antes que llegaran los romanos y los fenicios, antes que el hombre civilizado descubriera el encanto del mar Mediterráneo. Se veía tan pequeña, tan blanca y rubia a la luz del fuego… Imaginé que sus pies estaban descalzos y que debía traer una guirnalda de rosas en la mano… una corona que, al ser colocada en la cabeza de un pobre mortal, lo haría, durante la noche, inmortal como usted misma.
La voz de él era muy baja al decir eso, y cuando terminó, Sabina lanzó un profundo suspiro.
—¡Qué bonito! —exclamó—. Quisiera que fuera verdad. Quisiera haber sido una ninfa que llegara a su vida trayéndole algo mágico que nunca hubiera conocido antes.
—Tal vez eso es lo que ha hecho —dijo el gitano en un murmullo tan bajo que a ella le, pareció que no había comprendido sus palabras.
Por un momento, el gitano retuvo su mirada, pero luego, haciendo un esfuerzo, ella logró retirar la vista. Sabina sentía que él irradiaba un impulso magnético, algo que la atraía y la aprisionaba y que se apoderaba de su voluntad.
—Debo irme —murmuró y su voz era una súplica.
Como si él comprendiera su pánico, se volvió hacia donde se encontraban los tres hombres, que habían regresado de arreglar el carruaje y que permanecían de pie con el grupo reunido en torno al fuego.
—Su carruaje está listo para salir cuando desee —dijo el gitano.
—¡Oh, han reparado la rueda! ¡Gracias, muchísimas gracias! —dijo Sabina poniéndose de pie y extendiendo su mano hacia el gitano. El la tomó y se la llevó a los labios.
—Permítame acompañarla a su carruaje.
—Por favor, no hay necesidad… —empezó a decir ella, sólo para descubrir que las protestas morían en sus labios, pues él, sosteniéndola todavía de la mano, la condujo a través de la multitud de gitanos, hacia la oscuridad, más allá del círculo de luz de la hoguera. Mientras la ayudaba a avanzar por el terreno irregular, Sabina se dio cuenta de la fuerza que había en su mano. Parecía desprenderse de ella una vibración que no podía pasarse por alto. La inquietaba y, sin embargo, no le temía a él, aunque sí a la expresión de sus ojos.
Caminaron en silencio hasta que, frente a ellos, a la luz de la luna, Sabina vio el carruaje. Los cansados caballos se encontraban con la cabeza inclinada hacia adelante y el cochero sentado muy erguido en el pescante, mientras las linternas de vela parpadeaban compitiendo sin éxito con la luz procedente del cielo.
Al llegar al carruaje, Sabina tuvo la extraña impresión de que no deseaba que él le soltara la mano. Levantó la vista. Era difícil advertir la expresión de aquel rostro y, sin embargo, podía adivinarla.
—Buenas noches —dijo—, y gracias. Gracias mil por todo lo que ha hecho por mí.
Una vez más, él levantó la mano de ella para llevársela a los labios y el calor de su boca provocó en Sabina un pequeño estremecimiento.
—Nos volveremos a ver —dijo él.
Ella hubiera querido contestarle, pero, por alguna razón, no pudo encontrar las palabras adecuadas para hacerlo. Casi con demasiada rapidez, la puerta se cerró tras ella, el cochero fustigó a los caballos y se pusieron en marcha.
Ella agitó la mano y se volvió para mirarlo a través de la ventanita de la parte posterior del asiento. El estaba de pie, donde ella lo había dejado. Podía ver la blancura de su camisa contra la oscuridad de los árboles.
Se quedó mirando aquella mancha blanca, hasta que los caballos, que avanzaban por el sinuoso camino, la hicieron perderse de vista.