Las ojeras han dibujado dos rosas granates bajo su mirada almendrada. Cándida lo mira preocupada, recordando cómo se vuelven grandes y brillantes los ojos de los tísicos.

—Pero si este niño es todo ojos, ¡válgame Dios!

—Son crecederas, mujer.

Trata Leal de evitar que la criada busque otras causas y la lleven al desván. Él los vio llegar, subir por la higuera y desaparecer. Ahora comprueba cómo todas las noches, cuando los habitantes del pazo duermen o pelean con el insomnio de sus pesadillas, el parpadeo de una vela y las sombras de Lisseta bailando descalza llenan de vida las telarañas del desván.

A Rogelio le crecen las rosas moradas bajo la mirada mientras va soltando amarras con la niñez. Lisseta lleva cinco noches escondida y parece cada día más feliz. Tan sólo cuando el silencio se llena de suspiros en la habitación de tía Josefina y de ronquidos en el cuarto de Palmira, sube para llevar comida y todos los encargos que la bailarina necesita.

—Estoy ensayando un paso nuevo de baile.

Recibe al chico con un vestido de raso azul claro que trata de ajustar a su delgadez con un cinturón rojo. A Rogelio le parece la mujer más bella del mundo. Viven un paréntesis sin preguntarse cómo habrán de salir, habitando el desván y las mentiras con la naturalidad de lo inevitable. Tan sólo una fecha sin señalar en el almanaque oscurece tanta dicha.

Verla bailar es lo más parecido a la dicha soñada tantas noches bajo las sábanas.

—Necesito que mañana me traigas un cordel, papel y lápiz.

—¿Para qué?

—Ya lo verás. Sabes, creo que tu tía ha decidido esconderse en el mundo de los sueños.

—¿Dónde?

Lisseta se limpia las migas de la boca, respira hondo y trata de explicarle el lugar adonde cree que ha marchado Josefina; sin darse cuenta adopta los mismos gestos que su madre cuando la sentaba en sus rodillas para contarle algo.

—Mi madre me contó una vez que las mujeres, cuando sufren demasiado, cuando se sienten acorraladas por la desgracia y no pueden escapar, sueñan.

—Yo también sueño, pero no me he vuelto loco —teme Rogelio terminar atado a la condena familiar.

—No, hombre, no tiene nada que ver con la locura, aunque algunos lo confunden. Yo también sueño, y creí que tendría que acabar escondiéndome en mis sueños para no sufrir… Pero apareciste tú —coloca una de sus manos, palomas ahora libres, sobre la mano quieta de Rogelio y el chico nota fuego en sus mejillas—; tú —repite—, y, como los príncipes de los cuentos, me liberaste.

—Preferiría ser un caballero como Lagardere.

—Bueno, es lo mismo, ¿no?

—¿Cómo es eso de los sueños?

—Yo no sé qué le pasó a ella —y vuelve sus ojos verdes hacia el hueco del suelo por donde se cuela la cárcel de Josefina—, pero no parece habitar en este mundo, o al menos en esta casa y esta realidad. Yo me paso mucho tiempo mirándola, y a veces creo que ha dejado de respirar por lo inmóvil que permanece. Al principio me asustaba y se me encogía el corazón, ahora sé que tan sólo transita por otro lugar. Es como si no le importara nada que no estuviera en su interior. Ni siquiera mira a través de la ventana, y si hago ruido en el suelo, parece no escucharlo… No le interesa, no le interesa nada que no lleve guardado en su interior… Habita en un lugar donde sólo están sus sueños.

Lisseta guarda silencio y Rogelio siente algo parecido a la culpa brotándole del olvido, del olvido al cual relegó a la tía Josefina, convertida en un mueble, encerrado y apelillándose en un lugar no visitado del pazo. Ella, que consoló sus pesadillas años atrás cantándole a través de la pared hasta saberlo dormido, ella que ponía el gramófono a todo volumen tal vez esperando encontrar en él a un cómplice para luchar contra Palmira…

—Sufre mucho, ¿verdad?

Y la chica calla porque existen dolores que ni siquiera encuentran palabras para nombrarse.

—Debe de ser ella quien guarda el secreto.

—¿Por qué ella?

—No lo sé, pero supongo que su encierro y la rabia de Palmira —Rogelio evita llamarla abuela— se deben a un secreto que pertenece a mi tía y del que no se habla.

—Lo arreglaremos —asegura Lisseta.

Ha retumbado contra las viejas vigas de madera como una promesa, como el juramento de Lagardere. Y Rogelio cree que lo hará. Aquella chica, la dueña de su primer beso, la bailarina encarcelada en el Beaterio, curará a la tía Josefina mejor que don Tirso.

Lisseta había tejido un plan que comenzó la noche siguiente, cuando Rogelio subió un cordel, una libreta pautada y un lápiz que, humedecido en la lengua, pintaba con tinta añil.

Querida Josefina, me Ilamo Lisseta y vivo desde hace unos días en el desván. Rogelio me ha escondido aquí para librarme de las monjas del Beaterio. Soy bailarina y quisiera ser amiga suya.

Con su letra picuda de colegiala, Lisseta escribe tan sólo cuatro líneas, arranca la hoja, la convierte en un tubo hueco del mismo tamaño que tiene el agujero del suelo, luego le ata el cordel y deja que baje hasta colocarse a la altura de la mujer sentada, como siempre, en la mecedora de cerezo. Espera hasta que ella, como si despertara, lo recoge, desata el nudo y lo lee. Después mira hacia el techo y calla.

La debilidad de tantos años enfrentándose al muro implacable de su madre y a un dolor prohibido han confundido los tiempos. Josefina ha leído aquella nota como si fuera una de las muchas que Juan, el maestro, dejaba bajo la piedra del lavadero todos los días, cuando el mundo aún ofrecía futuro y esperanzas. Cuando se juraron amor eterno.

—Bueno, ya hemos comenzado —se dice Lisseta.

A veces los niños son expertos en dominar el destino, tal vez porque desconocen el poder descomunal de la desgracia y la conjuran con juegos, con espadas de madera y pasos de baile recién inventados. Cuando la breve carta llegó hasta Josefina, los pasos del destino se pusieron almohadillas para no asustar a los guardianes de la cárcel.