—Te he traído un regalo.

—Ya sé, algo especial para comer.

Las citas en el cementerio se han convertido en diarias. Casi, porque no siempre puede Lisseta escapar de la estricta vigilancia o los frecuentes castigos en el cuarto oscuro, por respondona, por altiva, por defensora de las pequeñas, pero, sobre todo, por no pedir jamás clemencia.

—También.

Y los verdes ojos de la chica chisporrotean como una hoguera sin fuego. Rogelio ha envuelto en papel de estraza un hermoso pañolón con flores bordadas en mil colores. Imagina que perteneció a su madre, pero también está seguro de que se alegrará cuando lo vea puesto sobre los hombros de Lisseta.

Los niños esquivan la orfandad arropándose como polluelos sin nido.

—¿Tú crees que los muertos nos miran? —pregunta Rogelio antes de abrir el regalo.

—Yo estoy segura de que mi padre me protege. —Mueve la cabeza al viento para evitar la tristeza—. Y eso es bueno.

No les asusta la muerte, no temen las iras de los pobres enterrados, sino la cólera de los vivos. Ha sido una suerte encontrar un rincón propio en el cementerio donde nadie los buscará.

Cuando el jardín de tela se despliega ante ellos, los ojos de la interna se abren como mundos y sus manos acarician el bordado con mimo, para no deshacer el encanto. Después se lo coloca sobre los hombros. Un lujo sobre el torpe uniforme de niña marcada por el destino. Lisseta baila y, como los toscos zapatones le impiden volar sobre la tierra, se descalza.

Baila, salta aleteando el pañolón y los rojos rizos, manchando sus pies de barro y dejando al descubierto la blancura de sus piernas. Rogelio contempla hechizado el embrujo de las vueltas, el barro sobre la piel blanquísima, el borrón en que se transforman los bordados por efecto de la velocidad en los giros.

La felicidad se agazapaba entre las tumbas solitarias y era tan simple como aquello: ver bailar a Lisseta.

Los oscuros abetos del camposanto quisieran verse en otro lugar, custodiando vidas y amores, olvidar lágrimas y lutos, permanecer para siempre en el baile de aquellas flores bordadas que huelen a risas y cubren el marchito olor de las hortensias sobre las tumbas.

Cuando Lisseta cae, derrotada por la alegría de todo su cuerpo, tiende una mano a Rogelio hasta sentarlo a su lado, sobre el barro trabajado por sus pies. Clava sus ojos en las almendras húmedas del chico mientras acerca su aliento a la boca asombrada de Rogelio. No es sólo un beso, se funden las almas escapando por entre el vaho entrecortado de sus respiraciones.

Rogelio cierra los ojos para no permitir que aquel momento escape jamás de su memoria. Se jura que defenderá la risa y el baile de Lisseta con su vida. El espíritu de Lagardere revolotea en torno a ellos. La defenderá con su vida.

Lo cumplirá pagando el precio de otra pérdida. Pero eso sucederá en otro tiempo, en un tiempo de adioses.

Ensimismados en el descubrimiento de su primer beso, no atienden los pasos de alguien a sus espaldas hasta escuchar la voz rota por el aguardiente y el dolor:

—¿Están muertos o vivos?

Una figura que debió de ser humana en otros tiempos los examina desde el carbón enrojecido de sus ojos borrachos, oculto por la suciedad de años y una maraña de pelo que sólo permite atisbar la alucinada mirada sobre ellos. Rogelio se levanta tratando de proteger con sus brazos a Lisseta, lo ha jurado apenas unos instantes antes: con su vida si es preciso. La figura se acerca precedida por un olor tan acre que ni los efluvios de la pocilga se le pueden comparar. El pavor frena las arcadas. Tal vez Andrés tuviera razón y aquel ser casi humano fuera un hombre lobo y no una leyenda como el cine.

—¿Vivos o muertos? —repite la figura.

El temblor de Rogelio impide cualquier posible defensa. Si tuviera una espada como Lagardere, si hubiera aprendido la estocada de Nevers, si no tuviera diez años, si no corriera peligro Lisseta, si…

—Ahora despiertan los muertos…

Tiende una mano engarfiada, descarnada y mugrienta hacia ellos; tal vez les exija el alma como precio por la osadía de haberse amado en aquel lugar.

—Vienen a cobrar su deuda. ¡Malditos muertos, malditas almas penantes!

Entonces sucede algo inesperado, Lisseta ha recogido un trozo de pan blanco del hatillo donde Rogelio ha preparado la merienda de todas las tardes y lo coloca sobre la oscura mano del aparecido.

Tan sólo un trozo de pan.

Y se obra el milagro. Ellos no pudieron ver las lágrimas del hombre, pero sí cómo desaparecía, entre las greñas, aquel supremo manjar de trigo. Lisseta toma las riendas de la escena, escapa de la protección de Rogelio y se acerca al hombre sin importarle ni el hedor ni el pánico anterior.

—Tenías hambre —dice, colocando una de sus manos sobre la maraña que cubre su cabeza—. ¡Como todos!

Se acerca de nuevo hasta la merienda y la deposita en el regazo del hombre, que se ha sentado para saborear mejor las migas blancas del milagroso pan. Manzanas, membrillo y dos raciones más de pan que el hombre acaricia primero con sus manos, olfatea después y mastica con lentitud para no perderse ningún matiz del sabor.

—No puedo comer las manzanas. —Y su voz ya no retumba como una amenaza—. No tengo dientes.

—Mañana traeré algo blando —promete Rogelio sin atreverse aún a dar un paso hacia el hambriento.

—¿Quién eres? —pregunta la chica, acuclillada a su lado.

El hombre la mira, deja de masticar y la recorre desde el rojo de sus rizos hasta el barro de sus pies bailarines; después sonríe dejando ver sus encías amoratadas.

—Alguien que lleva toda una vida muerto.

—¿Por eso te escondes en el cementerio?

—Pues antes no te habíamos visto —afirma Rogelio.

—Nadie puede verme —confirma el hombre.

—Pues yo te veo. Y seguro que tienes nombre. —No se rinde la bailarina en su curiosidad.

—Antes de morir me llamaba Rubén. —Y los ojos giran en busca de ese tiempo anterior—. Pero hace tanto que casi lo había olvidado.

—Rubén —repite Rogelio.

—¿Cuándo perdiste el nombre?

A Rogelio le sorprenden las preguntas de Lisseta, rodea la herida con sus palabras para evitar el escozor de una pregunta que dañe. Lisseta, piensa el chico, es como esas hadas de los cuentos infantiles capaces de curar tan sólo con su cercanía mientras desparraman estrellitas a su paso para consolar las desgracias. El pañuelo, acomodado sobre sus hombros, parece formar parte de su esencia desde siempre, como si hubiera estado esperando el momento de lucirse sobre su verdadera dueña.

—En África.

—África —repite Lisseta, un nombre mágico para las huidas, para escabullirse del destino fijado a las acogidas en el Beaterio—. África. —Y las sílabas se tornan migas de pan en su boca al pronunciarlas.

—África —repite Rogelio.

Y siente celos de aquella palabra en la boca de la chica, la boca que le regaló su primer beso.

—África —repite Rubén cerrando el círculo del lugar donde se esconde la verdad de su muerte.

Entonces, decide pagar el pan recibido con la historia de su vida. La única epopeya real y mortal de su vida.

Los dientes del lobo vigilan la escena; callan los muertos su sabiduría prohibida y dormita la lechuza.

Yo tenía diecinueve años cuando me llevaron en un barco para combatir en un lugar remoto del cual no sabía nada. Me dieron un fusil, una cartuchera con munición, me hablaron del honor y la patria en una lengua que no lograba entender bien y me arrojaron, junto con otros tan asustados como yo, en la bodega del Gran Capitán, rumbo a la muerte.

Había una guerra en África.

Rubén dibuja con un palo las letras de aquella tierra, despacio, con la calma de quien sólo conoce algunas palabras. Barro rezumante de lluvias para acoger el nombre de un continente donde las arenas enrojecen los ojos y el sol transforma el horizonte en bruma.

Llegamos a Melilla, algunos tan enfermos de morriña y fiebres que apenas podían tenerse en pie. Yo resistía pensando en regresar. Me faltaba una vida por vivir, ni siquiera el amor había conocido. El amor me esperaba en África.

Nos enseñaron a disparar, nos entrenaban con largas caminatas por arenales sin fin. Meses más tarde yo había aprendido que mi única misión era resistir, sobrevivir y hacer lo menos posible, pero, sobre todo, fingir ser el más tonto. Si hubo héroes no los llegué a conocer, si aquello era justo, a mí tan sólo me pareció una carnicería y el honor andaba escondido tras la comida y el contrabando.

Rogelio no logra creer las palabras roncas, cada vez más claras, como si la voz necesitase mostrarse para existir y anduviera naciendo con la historia. Claro que Rubén hablaba de guerras, como esa que lo rodeaba todo: el brazo perdido de su padre, la locura de tía Josefina y el silencio asustado de todos; las guerras nada tenían en común con las venganzas de honor donde combate Lagardere. Sí, claro, su caballero también se fingía jorobado para engañar a los traidores y salvar a la bella Aurora. Tal vez la vida fuera una larga guerra donde todos fingen algún papel. ¿Tampoco sería un héroe su padre, el capitán que regaló un brazo a la patria?

Pero en medio del infierno y las latas de sardinas estaba Imaina. Apenas una niña de ojos inmensos capaces de devorarlo todo y de iluminarlo todo. Imaina llevaba la ropa sucia del campamento y regresaba con ella limpia, guardada en cestos que apoyaba en su cadera o colocaba sobre su cabeza. ¡Caminaba como una reina! Ni sus pies descalzos ni sus pobres ropas ocultaban la realeza de sus andares. Imaina no hablaba con nadie, así que todos la imaginaban muda o boba.

Yo la seguía tratando de transformarme en sombra para no ser descubierto, ni por ella ni por el sargento o por los compañeros. Pero ella lo sabía, porque las mujeres intuyen todo aquello que desconocen los hombres; tal vez por eso y para que yo estuviera también en el secreto, hacía sonar los cascabeles de plata de sus tobillos con un ritmo de danza o se paraba fingiendo acomodar el cesto y mirar a su espalda. Alguna vez me descubrió y sonrió. ¡El mundo se volvió hermoso con su primera sonrisa!

El mundo se reducía a sus ojos, su sonrisa y el tintineo de sus ajorcas. El resto se borró como por encanto.

Rogelio mira a Lisseta, absorta con las palabras del loco muerto en África. Sus labios retienen, con avaricia, el sabor dulcísimo de los suyos. Rubén acaricia un trozo de pan entre sus manos torpes y sucias.

Pero Melilla era un infierno. Nos odiaban. Tras cada sonrisa de los vendedores del mercado se agazapaba una daga dispuesta a partirnos el corazón. Cada uno de nosotros recogía el rencor, lo masticaba y trataba de encontrar una respuesta en el estómago. ¿Qué tenía que ver un campesino pobre de Galicia con aquellos hombres tan remotos?

—Aseguran que nos vencerán y después conquistarán Granada.

Eso decían algunos. Tampoco esa ciudad guardaba ningún sabor para mí. Yo no era dueño ni de un pedazo de tierra donde plantar berzas, no tenía nada que defender salvo mis pobres huesos. Aquéllos no eran mis enemigos; y además estaba Imaina.

Miraba las estrellas y les ponía su nombre. Con los días nos habíamos acostumbrado al extraño cortejo y cada vez me ocultaba menos. Incluso me paraba delante de ella, cuando el campamento quedaba lejos, perdido por entre las callejuelas donde vivía la hermosa de ajorcas tintineantes, y le preguntaba por señas si quería que yo llevase su cesto. Se reía y el mundo era hermoso. Nunca contestaba con palabras.

Imaginé que sí comprendía, que los besos y las intenciones son un lenguaje universal, pero su idioma no era el nuestro, bueno, tampoco era mío, que me costaba entender las órdenes y hablaba lo menos posible salvo que quisiera pasar por el más tonto del regimiento. Las mías eran palabras de pobre en el idioma de los campesinos.

Un día el rencor de aquellas gentes pareció encontrar aliado en el desierto que nos rodeaba, como si los espíritus de todo su pueblo cabalgaran más allá de las lomas que nos protegían y nos encerraban. Cambió el aire y los cuerpos de mis compañeros sudaban miedo.

El miedo, como el amor, cambia el olor de nuestro cuerpo.

Rubén hace una pausa un poco más larga que las anteriores; se resienten las cuerdas de su garganta. Rogelio, sin darse cuenta, baja la cabeza y olfatea bajo la camisa tratando de encontrar un olor diferente por entre la piel. Lisseta lo mira como si acabara de descubrirlo y sonríe. El chico piensa que aquella sonrisa ha sido su primer beso. El de las bocas unidas, el segundo.

En el campamento se cruzaban órdenes, se doblaban guardias y cada día salían patrullas que regresaban polvorientas y cegadas. A diario sufríamos bajas a causa de las emboscadas: dos o tres muertos cuando intentaban construir un puente para el ferrocarril; dos muertos en el zoco… Yo trataba de huir pensando en Imaina, imaginando mil modos para traerla conmigo. A nosotros nada nos enfrentaba, sus pies iban tan descalzos como los míos por entre el barro de mi aldea.

¿A quién hubiéramos hecho daño? Tan sólo un hombre y una mujer, un trozo de tierra bajo un trozo de cielo…

Un trozo de cielo, Rogelio cambiaría todas las reservas de la despensa por un trozo de cielo y los besos de Lisseta. Un trozo de tierra donde no retumbe el bastón de Palmira ni existan cerrojos capaces de encerrar a tía Josefina. Un trozo de cielo. Por la boca de Lisseta.

Por un momento, temen que Rubén no encuentre fuerzas para continuar, pero el viejo loco mastica las palabras atragantadas y avanza en el relato. Palabras amargas brotadas desde las migas del pan blanco.

Julio andaba por los últimos días y el calor ahogaba la respiración, si respirar era llenar los pulmones con arena, arena que se incrustaba en la piel, bajo pliegues desconocidos hasta entonces y arañaba hasta dejar llagas. Yo tenía diecinueve años, el siglo tan sólo nueve.

Tenía diecinueve años e iba a morir.

Iba a morir en África.

Los moros tomaron el monte Curugú, una loma capaz de divisarse desde la fortaleza del cuartel. Estaban en su tierra, nosotros éramos los intrusos. Pero los generales decidieron darles una lección y al mando del general Pinto salimos para dar un escarmiento a los moros del Gurugú.

No disparé un solo tiro, me limité a subir como una cabra aquella escarpadura que pasaría a la historia como el Barranco del Lobo, procurando ir siempre tras los pasos de algún compañero. Caían piedras y soldados; llovía fuego y metralla. Pronto me vi cubierto de sangre, salpicado por la muerte de otros; después algo golpeó mi brazo y una roca casi me deja ciego…

Se señala una cicatriz en la ceja izquierda y levanta las apolilladas mangas para mostrar una gruesa cicatriz redonda, similar a un cráter hundido poco más arriba del codo izquierdo. Rogelio recuerda el brazo fantasma de su padre.

Perdí el sentido. ¡Ojalá no lo hubiera recuperado nunca! Desperté a medias cuando un chorro de agua me bañó la cara, y esa tendencia del hombre por vivir me abrió los ojos: Imaina, el rostro de Imaina aleteaba sobre el mío. Había venido a buscarme, levantando cuerpos muertos, moribundos y reventados de quienes eran sus enemigos, para salvarme, para devolverme la vida.

Una vida que debí vivir con ella.

Lavó la herida de mi cara, ató su pañuelo en mi brazo y me arrastró hasta lograr desenterrarme de entre aquellos cuerpos, alguno de los cuales aún gemía. Creí que estaba a salvo, a salvo y en los brazos de la mujer amada.

Entonces llegaron. No sé cuántos eran, ni quiénes. Tan sólo distinguí uniformes conocidos y quise gritar para que nos ayudasen, pero había perdido la voz. ¡Cuántas veces, durante años, grité lo que entonces no pude! Imaina se quedó quieta, a mi lado, no intentó huir.

¡No pude gritar!

Lisseta aprieta un poco más la mano de Rubén; se recuerda aferrada a las faldas de su madre, su madre que apenas tuvo tiempo para mirarla, acercarse al oído y recordarle: «Tú siempre serás Lisseta». Tampoco ella pudo gritar entonces, temía que sus gritos rompieran el aire y el corazón de su madre. Las madres esconden en sus pechos un corazón de cristal.

Sentí sangre en mi rostro. Uno de los soldados se acercó al galope y cortó el cuello de mi amada. Tal vez creyera que robaba las pertenencias de los muertos… Con aquel tajo, el soldado me robó el alma.

Imaina se desplomó despacio sobre mí. Tampoco entonces pude gritar.

Dicen que me desmayé, pero caí muerto. Y muerto continúo. Como lo estuve primero en el hospital de Melilla, más tarde en aquel frío hospital de Madrid donde los locos gemían contra los muros del patio. Muerto me condujeron en tren hasta Galicia; muerto me dejaron aquí, tan muerto que ni los míos me reconocían. Entré en una pesadilla de la cual jamás saldré. Aquel día de julio acabó mi vida y el alma se me quedó revoloteando entre las arenas de África, a los pies del Barranco del Lobo.

Desde entonces vivo en el cementerio.

He vuelto a ver muertes y guerras, fusilados contra las tapias del cementerio, mujeres buscando entre los ejecutados el rostro de sus maridos, padres, hijos, hermanos… Todos muertos. Todos estamos muertos.

Rogelio trata de recordar sus pesadillas, esas de las cuales regresa temblando y aterido, tardando en recuperar la realidad de su cama. Lisseta, con el mimo de una madre, acaricia la cabeza estropajosa de Rubén, o sus manos engarfiadas. A veces el muerto en África la mira y cree ver en ella a su perdida Imaina.

—No puedes estar muerto, Rubén, porque ella te salvó para amarte y el amor nos hace nacer.

Rogelio jamás olvidará la mirada que Rubén colocó sobre las palabras de Lisseta.

—Antes solía pararme cerca del pazo —tiembla Rogelio como si el loco fuera a destapar el secreto de su familia— para escuchar de labios de Josefina una canción infantil que hablaba del Barranco del Lobo y de una fuente que aún mana sangre de los españoles… Ella conocía mi historia.

Rogelio desea gritar. No puede.