Rubén, el loco que habitaba entre los vivos y los soñados, sorteando fronteras entre la realidad y el horror, pasó a incorporarse a la vida cotidiana de Rogelio, aunque jamás acertó a preguntarle nada sobre la tía Josefina temiendo que también ella estuviera muerta. Los muertos comparten secretos vedados a los vivos.

Tal vez África no fuera un continente sino un monstruo devorador de almas. Ni siquiera Andrés, el vigilante del cerdo hambriento es admitido en esta cofradía por miedo a que las monjas del Beaterío o la poderosa Palmira conozcan la existencia de tan estrafalaria hermandad. Andrés, el guardián de los rencores infantiles, los vigila, los envidia y se debate entre las ganas de pan y la satisfacción de la denuncia. Las flores en la tumba de Cristina brillan diferentes como si también ella notara la felicidad del niño huérfano y se alegrara.

¡Tan frágil la felicidad como una pompa de jabón!

Rogelio ya no padece la tristeza del abandonado, los afectos no entienden de vínculos sino de abrazos y caricias: su nueva familia la forman Rubén y Lisseta. Tan sólo la melancolía de la tía Josefina y su gramófono oscurecen los nuevos descubrimientos. Pero incluso al cuarto de la condenada llegan los cambios.

A finales de abril, el pazo se tambalea por una nueva discusión entre don Tirso y Palmira. Vagamente, Rogelio recuerda otras, años atrás, cuando aún resultaba todo mucho más incomprensible, entre la abuela y el médico.

—¡Saldrá, bajo mi responsabilidad y sin que ni el mismo diablo lo impida! Anda cada día más débil y necesita ejercicio.

—Ya lo hizo en tiempos, y más del que debiera. —La mujer hace una pausa para remarcar el pecado de la hija—. Tengo demasiados y poderosos aliados para que un medicucho imponga órdenes en mi casa.

—Pero yo conozco la verdad…

Algo en el interior de Rogelio tiembla ante las palabras de don Tirso, agazapado en la escalera escucha las voces y el golpear intermitente del bastón que su abuela utiliza como arma y cetro real. «La verdad», y las palabras del médico retumban como piedras contra los muros de la casa. Aquella verdad debe abrir el baúl de los enigmas donde él se siente encerrado. Donde todos viven presos.

La verdad. Y por un momento Rogelio se tapa los oídos; ahora no quiere dejarla entrar, teme que si se abre paso a través del patio desaparezca Lisseta y su nuevo mundo. Ya no la busca por entre los sofocados silencios a sus preguntas, prefiere el rincón del cementerio iluminado por el nombre de África.

—¿Quién te creería? —No resulta fácil derrotar su empecinamiento.

—Tal vez el mismo Teodoro, su glorioso capitán, ande harto de tanta mentira…

—¡Ni lo menciones, maldito rojo!

—Josefina saldrá todas las tardes de domingo acompañada por mí.

«Rojo», otra palabra maldita, señal de algo diabólico oculto bajo la piel de quien padece semejante estigma. Como las niñas recogidas en el Beaterío, «hijas de rojas y malas mujeres». Como la madre de Lisseta.

Palmira se retira del campo de batalla, Rogelio jamás habría imaginado tanto poder en manos de aquel médico apocado y triste, con su vieja chaqueta a punto de desgarrarse por el uso, sus camisas limpísimas y rozadas en los cuellos y puños… ¡Josefina saldrá a pasear con don Tirso! Él se alegra: podrá verla, tal vez pueda acercarse hasta ellos y hablarle o sentir sus manos en las mejillas…

La primera vez que tía Josefina sale de su cuarto es ese mismo día, sin esperar al domingo. Le sobra vestido y le faltan fuerzas. Camina como si las piernas fueran de goma, incapaces de sostener su cuerpo delgado, enfermo, convaleciente de encierro. Rogelio permanece tras la ventana de su cuarto contemplando cómo don Tirso recoge el brazo de la mujer mientras coloca toda la fragilidad de la enferma, la loca, contra su costado izquierdo y le habla al oído tal vez para darle fuerzas. Cuando los pierde de vista sale corriendo, temiendo que Lisseta haya abandonado ya su cita diaria en el cementerio.

—¡Al fin! —Lisseta se levanta de un salto—. Tengo un agujero en el estómago inmenso. —Primero recoge la diaria merienda, después repara en la palidez del chico—. ¿Qué te pasa?

—Está muerto —responde Rubén inmutable en su eterna letanía.

—Anda, come, que no hay nada como el pan blanco para curarlo todo. —Y Lisseta deposita un trozo de aquel blanquísimo manjar con membrillo sobre el regazo del loco.

—Mi tía ha salido a pasear. —Y la voz de Rogelio retumba hueca.

—¿Y? —Lisseta deja de masticar y lo mira para comprobar si la locura del mendigo se le ha pegado a la piel.

—Pues que no sale nunca.

—Bueno, hay manías peores. —Y retoma, tranquilizada, repaso a la suculenta comida.

Cada día Rogelio consigue añadir algo nuevo que saquea del desván o de la despensa que Cándida deja, por falso descuido, casi siempre abierta.

—Ya, pero a ella la tiene mi abuela encerrada porque está loca.

—Otra muerta. —Rubén ha convertido el pan en una dulce bola contra sus encías desdentadas.

Los dos vuelven la vista hacia el mendigo que fue soldado en una guerra tal vez sólo soñada. Si hubiera perdido un brazo como el heroico capitán Teodoro, entonces podrían imaginarse los regueros de sangre por entre las arenas del Barranco del Lobo.

—Creo que deberías darte un baño, Rubén, los piojos están comiéndote la poca sesera que te queda. —Después mira a Rogelio—. O sea, que tu abuela la encerró en su cuarto como a nosotras nos encierran en el Beaterío. ¡Pobrecita!

La compasión no forma parte del aire que se respira en el pazo. Ni cuando Cándida retuerce el cuello de los pollos ni cuando la abuela Palmira habla de su hija presa.

—De niño me cantaba a través de la pared o me hablaba; apenas la entendía, pero hablaba y hablaba hasta que me quedaba dormido… Ahora hace tiempo que no canta, y después de que mi padre se fuera la última vez, no ha vuelto a poner música en el gramófono.

—¿Era roja?

Y Rogelio no sabe qué puede ser peor pecado para el encierro, si la locura esgrimida por Palmira o ese otro atributo, «rojo», más peligroso para todos que la contagiosa tiña.

—En realidad no sé nada.

Cierto. Apenas conoce nada de su familia. Su madre es un venerado retrato, con los años amarillento y borroso; su padre un remoto y legendario militar que produce miedo reverente en Cándida y admiración en su abuela; Palmira camina por la casa a golpe de bastón como si estuviera vigilando peligros invisibles; el abuelo es una sombra muda… Y la tía Josefina es un misterio al cual algo muy extraño en su interior incita a querer sin razones.

—Vivimos en un secreto.

Lo dice y las palabras convierten en real la sensación siempre presente. Un secreto tal vez terrible; un secreto que podría incluso derribar los gruesos muros de la casa; un secreto capaz de paralizar la respiración y ennegrecer al mismo sol.

En el Barranco del Lobo

hay una fuente que mana

sangre de los españoles

que murieron por España…

Rubén deja la canción y baja la cabeza. Josefina se ha instalado entre ellos.

—Bueno, todas las familias tienen secretos. —Lisseta trata de borrar la angustia instalada en los ojos de Rogelio—. Verás, mi madre también tenía un secreto, aunque lo compartía conmigo… Un secreto que ninguna monja en el mundo logrará arrancarme ni con los peores castigos.

—Pero si tú lo sabías ya no es un secreto.

—¡Qué tonto eres! —Por suerte esta vez no le recuerda que ella tiene casi tres años más—. Los secretos pueden compartirse con otros, pocos, claro, y sólo de tu confianza. Seguro que en tu casa alguien lo conoce.

—¿Por qué callan entonces?

—Para eso es un secreto, Rogelio.

El chico piensa que aquellos años de diferencia realmente colocan a Lisseta más cerca del mundo de los adultos. Se consuela imaginando que pronto, cuando cumpla trece años, podrá entenderlo todo.

—¿Cuál es el secreto de tu madre? —Y envidia esa complicidad.

—Mi madre aseguraba que un día, cuando el resto del mundo se diera cuenta del error, vendrían poderosos ejércitos para devolvernos la victoria. Entonces, todos los verdugos, los carceleros, las monjas del Beaterío… ¡Todos, pagarían por sus maldades! —La chica respira hondo y mira al frente como lo haría un general—. Yo sé que es cierto y espero ese día.

—¡Qué suerte!

Sí, porque ella guarda certezas como tesoros y claves de futuro compartidas con su madre, y esperanzas… Aunque no tenga pan, aunque sufra los castigos de las monjas. Lisseta tiene una razón para esperar.

—¿Salió sola? —Y la pregunta sobresalta a Rogelio.

—No, fue don Tirso, el médico, quien se empeñó en que debía pasear y en acompañarla para que no pasase nada. Saldrán todos los domingos a la tarde. Bueno y hoy, aunque no sea domingo, por ser el primer día.

—¡Quiero verla!

Es un deseo alegre, un deseo que la incita a dar dos pasos de baile.

Rubén no se mueve del lugar, todavía saborea las últimas migas y se mira las manos; a veces mira partes de su cuerpo como si fueran extrañas, sin reconocerlas como propias; alguna vez también escupe sobre ellas para limpiarlas: aún guardan restos de aquella carnicería, sangre de Imaina.

Suponen que habrán elegido el paseo del acantilado, el mismo que recorren los domingos por la tarde las niñas del Beaterio. Pasan por el lavadero donde Lola, atada con invisibles cuerdas al lugar que transforma sus manos en rojas y duras, golpea sábanas contra la gastada piedra gris; sonríe al verlos pasar y calla. Muchas cosas parecen cambiar sin que se altere la rutina del miedo y el silencio.

Tampoco se escuchan los gemidos de las entrañas marinas cuando preparan una tormenta. Lola, la lavandera, recuerda los dichos de su padre: ningún suceso se improvisa, como la naturaleza, la vida esconde entre pliegues ocultos las semillas de aquello que acontecerá; nadie vigila cómo se abren y germinan, tan sólo se sorprenden cuando descubren el brote verde sobre la superficie. En el pazo anda rompiendo el inicio de algo capaz de trastocar la vida de todos.

Rogelio deja que Lisseta lo adelante fingiendo atarse los cordones de las botas, gira sobre sus pasos.

—Lola, mañana te traeré merienda.

Y la joven lavandera lo mira pensando que aquellos ojos son demasiado grandes para su carita de paje.

Recortados contra el cielo brumoso, dos siluetas permanecen varadas contemplando un horizonte tan remoto como el pasado de Josefina, como sus sueños rotos, como su amor perdido.

—Quiero verla, acerquémonos más.

—¿Y si nos descubren? —Y Rogelio imagina la ira de Palmira y su bastón de mando.

—¿Qué? —Lisseta siempre tiende al desafío en sus gestos cuando intentan prohibirle algo—. Es tu tía, y seguro que te quiere.

Seguro. Pero tanto tiempo acostumbrado al encierro de aquella mujer ha frenado los posibles sentimientos. De todas formas sigue a Lisseta, agazapada entre los matojos y caminando inclinada hacia las dos figuras. Apenas unos metros los separan.

—Es muy guapa. ¿Se parece a tu madre?

Rogelio trata de descifrar por entre el perfil pálido de tía Josefina los contornos dibujados en la foto amarillenta.

—Creo que no.

—Puede que no sean hijas de la misma madre.

¿Y si fuera ése el gran secreto? Aunque Rogelio no entiende por qué ha de ser castigada tía Josefina, si los hijos nacen sin elegir a los padres. Se pregunta a quién hubiera elegido él y no se atreve a contestarse.

—No es tan difícil, ya ves. Ahora tienes que recuperar fuerzas, después ya veremos.

Eso susurra don Tirso al oído de Josefina, que trata de contener el dolor de sus piernas desacostumbradas mientras sus pulmones se llenan con el salitre de aquel mar siempre embravecido.

Tendidos entre los matojos, Lisseta y Rogelio contemplan las dos figuras.

—Parecen dos actores.

—¿Has visto mucho cine?

—Con mi madre, porque una prima suya era taquillera en un cine de Madrid y nos dejaba entrar. Íbamos por el cine y porque allí no hacía tanto frío como en casa. Nos abrazábamos y soñábamos que también en nuestra propia película habría un final feliz, un final parecido al de tu tía: mirando el horizonte.

—Mirando el horizonte —susurra Rogelio.

Y en ese horizonte quisiera estar él, abrazando los hombros de Lisseta ahora siempre cubiertos con el pañuelo floreado que esconde entre sus ropas para regresar al Beaterío.

—Tú no me dejarás, ¿verdad?

—Si me dejas bailar estaré siempre contigo.

Sonríen. Sólo las promesas sencillas resultan auténticas. También eternas.