Capítulo 10
Sábado, 15:00
El renacimiento tecnológico en Skaro brevemente hizo del viejo planeta, una vez más, el centro de la vida cultural Dalek, tanto como puede decirse que una raza como los Daleks puedan tener una cultura. Esto fue su corto florecimiento antes de la inevitable caída.
Los Niños de Davros, una Historia Corta
de la Raza Dalek, Vol XX
por Njeri Ngugi (4065)
Era llamado el Eret-mensaiki Ska, Destino de Estrellas. El buque insignia de la Flota Imperial, estaba construido en órbita alrededor de Skaro. Elegante en concepción y ejecución, tipificaba el renacimiento Dalek.
Ahora funcionaba silenciosamente, bloqueado en órbita geoestacionaria. Sensores pasivos absorbían datos del planeta de abajo como una esponja.
El co-ordinador de sistemas estaba solo en el centro del puente, el brazo manipulador adaptado Dalek enchufado en la consola ante él. A través de la interfaz, monitoreaba las muchas funciones de la enorme nave. De una manera fundamental, él era la nave.
Con una pequeña parte de su mente ajustó el suero nutritivo en la sala de guardería, equilibrando los niveles de proteínas en los tubos de alimentación que llevaban a las cápsulas de gestación. Dentro de cada burbuja, un perfecto feto Dalek satisfactoriamente gorjeaba ante el suave aullido de las cintas endocrinas.
El co-ordinador de sistemas observó un servo-robot mientras se escabullía por el amplio y vacío flanco de la nave, sellando perforaciones de meteoritos con pequeños chorros de gel.
Un lanzador de misil cubierto giró en su receptáculo probando su orientación.
Los sensores de radiación dentro del corazón ardiente del generador de fusión alcanzaron el máximo y luego bajaron.
Todo esto apenas afectó la superficie de la consciencia del co-ordinador, como subliminal a éste como la respiración lo fue una vez para sus ancestros humanoides.
El centro de su atención estaba a doscientos kilómetros debajo, prioridad roja, mirando por la señal.
Esperando.
—No creo que el Capitán Gilmore esté muy feliz —dijo Ace.
—Es un militar —dijo el Doctor—. La falta de acción hace que su cerebro se congele.
Ace miró sobre la mesa, hacia donde Gilmore estaba sentado con Rachel y Allison. El mejor esfuerzo de Harry yacía sin ser comido en frente de él. Ella pilló a Rachel mirando fijamente al Doctor otra vez; la científica rápidamente desvió la mirada cuando notó a Ace.
Mike rió, el sonido sofocado por la salchicha que estaba comiendo. Su tenedor apuñalaba en aire, puntuación para su humor. Vio a Ace mirándolo y cubrió su boca con su mano. Ace miró su parilla. Lo que necesitaba era unas tostadas.
El Doctor estaba mirando fijamente hacia delante, con su frente arrugada. Ace había visto esa mirada antes.
El Doctor estaba esperando que ocurriera algo.
George Ratcliffe era bueno esperando.
Aprendió a ser paciente en prisión mientras el resto de Inglaterra desataba una guerra sin sentido contra la única nación que debería haber sido su aliada. Había sido injuriado por las mismas personas que él había luchado por salvar.
Lo llamaban un traidor
Los hombres que habían estado con él hombro a hombro en la década de 1930 – buenos hombres que habían marchado por Cable Street, orgullosos de ser ingleses, orgullosos de luchar contra los judíos y los bolcheviques, orgullosos de levantarse por su raza – incluso lo habían rechazado, cegados por la propaganda sionista. Ratcliffe se encontró a sí mismo solo, una sola voz contra la locura.
Y así había ido a prisión bajo Regulación 18b y aprendió la paciencia; había sido recompensado.
Unas cuantas gotas de lluvia cayeron en su cara. A su alrededor, lápidas marcaban generaciones de muertos ingleses. En la distancia, aves cantaban. Ratcliffe caminó lentamente por el camino principal. El cielo amenazaba con lluvia.
Tercero en la izquierda, pensó Ratcliffe, y se detuvo.
La tumba era común y corriente. En la lápida se veía una sola marca – el símbolo griego de Omega.
La Mano de Omega, pensó Ratcliffe, destino y poder.
Los negocios de Ratcliffe como minorista de construcciones prosperó en los ’50. El East End había sido atacado durante el Bombardeo. Había un montón de trabajo y Ratcliffe aún tenía sus contactos.
Reconstruir la Asociación fue duro. El ingreso de nuevos inmigrantes ayudó. Eran blancos fáciles, más obvios que los judíos, más diferentes. Aún así no era como en los ’30 – ahora había abundancia. La gente no necesitaba chivos expiatorio como antes. Ratcliffe sabía en su corazón que la Asociación nunca sería más que una muchedumbre conducida por el odio.
Pero eso había sido antes de que ellos llegaran. Entonces todo cambió.
Rachel bebió un sorbo de su café: estaba frío.
—Simplemente siento que deberíamos estar haciendo algo —dijo Gilmore.
—Yo no lo aconsejaría —dijo Rachel—. Ya estamos sobre nuestras cabezas.
—Fuiste designada consejero científico en jefe – uno suele esperar consejos de un consejero.
¿Oh, de verdad?, pensó
—Por un lado, Capitán, no fuí despedida, fui reclutada. Y por el otro, ¿cree que disfruto tener a un vagabundo espacial viniendo y diciéndome que la meticulosa investigación a la que le dediqué mi vida ha sido sustituida por un montón de pimenteros de hojalata.
—Cálmese, Profesora.
—¿Calmarme? —Rachel tenía problemas para bajar la voz—. Me arrastró desde Cambridge, me citó la Legislación de Poderes de Emergencia en Período de Paz y luego espera que aconseje en una situación que está fuera del campo de la experiencia humana. Claramente, Capitán, dependemos del Doctor, porque sólo él sabe lo que está pasando.
Gilmore le echó una ojeada al Doctor, quien aún estaba sentado con su barbilla en sus manos y mirando al espacio. —Bueno, desearía que nos lo dijera.
Yo también, pensó Rachel, yo también. Bebió otro sorbo de café: aún estaba frío.
Ratcliffe necesitaba algo para investigar la tumba. No iba a arrastrar a sus hombre aquí y desenterrarla a plena luz del día. No hasta asegurarse de que lo que quería estaba ahí abajo.
Encontró una barra suelta, parte del metal ornamental que rodeaba a una tumba cercana. Estaba oxidada y se desprendió con facilidad. La alzó sobre su cabeza y, con una última mirada al símbolo de Omega en la lápida, la clavó en la tierra.
El dispositivo de Omega sintió la perturbación en la tierra sobre él y respondió con repentino entusiasmo. Se quitó el zarcillo de encima e investigó. Un delgado enrejado de pesados átomos, manchado con impurezas de óxido. Este análisis era innecesario, sus parámetros de respuesta incluían cualquier perturbación deliberada. Hubo un sutil movimiento en una parte de la matriz del dispositivo como consideró las implicaciones y formuló la propuesta adecuada.
Esto le llevó un nanosegundo.
Reconfiguró parte de su materia, sacó energía de sus reservas.
Y aulló.
Ace observó al Doctor mientras él sonreía gravemente.
Un sensor montado externamente en el Eret-mensaiki Ska se sobrecargó y murió. Los sistemas de emergencia hicieron que dejaran de funcionar otros sensores sensibles igualmente, pero no antes de que tres más brillaran y murieran. Había un frenesí de actividad mientras los detectores de medio alcance se lanzaban en busca de la fuente, bloqueando la eficiencia Dalek.
Un punto resplandecía como un pequeño sol en el mapa tridimensional del mundo debajo. Era una fuente de poder, irradiando energía a tales niveles que las defensas automáticas de la nave respondieron como si el navío estuviera bajo ataque.
El co-ordinador de sistemas fue bombardeado con una avalancha de datos. Se estremeció en su carcasa mientras atrofiadas glándulas le liberaban adrenalina a su cuerpo.
Fuente de poder detectado. Sus pensamientos amplificados corrían a través de la red – alerta total. La señal emitía fuera del puente en una controlada reacción en cadena.
La tripulación del puente de alerta trabajaron en sus conexiones. Neuroreceptores se conectaron en tomas de comando. El operador del sistema derivó el escaner, armas y funciones de defensa a la tripulación del puente.
Scan-op rapidamente analizó la señal e informó: Es el dispositivo de Omega.
El co-ordinador de sistemas tomó su decisión.
Informar al Emperador.
La niña brincaba por el cementerio. Las lápidas se movían como fantasmas ante sus aumentados ojos, sus formas cubiertas con diferentes, extraterrestres significados. Estaba tan cargada con energía que no podía sentir sus pies tocando el piso.
Rodeó la iglesia y saltó sobre la barra de hierro que la rodeaba. Sus piernas fácilmente absorbieron el impacto del aterrizaje, transformando la energía en un vector que iba hacia delante con la precisión de una máquina. Sus ojos examinaron las líneas de piedras: tenía una función que desempeñar.
La niña vio actividad y corrió hacia ella.
Eso pasó.
Por un segundo no tuvo piernas; se retorció en un encierro líquido. Pensamientos se metieron en su mente, sus reflejos se relentaron por el dolor
Yacía en el suelo, respirando en el césped.
Había sucedido antes.
La niña se levantó, con nauseas ignoradas por el control. Reanudó la actividad para lograr su propósito y volvió a resplandecer con poder.
Un grupo de humanos trabajaba en la tumba. Uno de ellos tenía un nombre y designación – Ratcliffe, colaboracionista. Le estaba gritando a los otros humanos que cavaban en la tumba, instándolos a trabajar más rápido. Entonces vio a la niña.
—¿Qué estás mirando?
Él recordó ser un hombre. El sol azul-blanco que ardía sobre las montañas de los largos atardeceres de verano. Una infancia, adolescencia entre los restos de los campamentos Kaled, juegos de Caza al Thal jugados con palos y escarabajos mutantes. Su adoctrinamiento y entrenamiento, una brillante carrera, la élite, amantes, adrenalina, sangre, hueso, vigor, sentimientos.
Acabados por la guerra.
Acabados por un armazón Thal y una avalancha de radioactividad.
Recordó el olor de su propia sangre, latiendo lentamente desde severas arterias, el sabor del hormigón hecho polvo en su boca, y el chisporroteo de su propia piel. Él se lanzó ciegamente a la oscuridad.
Y luego, resurrección.
Una era de dolor y humillación. Fue reconstruido con cromo y plástico, sostenidos por cables de tungsteno. Éstos perforaban receptáculos a través de su cráneo y enhebraban fibra óptica en su frente.
Gritó cuando se vio por primera vez. Los técnicos médicos lo llevaron otra vez a la oscuridad con anestésicos. Las preguntas se alzaban entre la élite Kaled: por su brillantez, ¿debería permitírsele a tal abominación vivir? Los técnicos psicólogos dijeron que había un ochenta y seis por ciento de probabilidad, más o menos diez por ciento, de que se suicidara dentro de la hora de haberse despertado. Una decisión fue hecha – dejar que la criatura probara su función, o muriera.
Le permitieron conciencia una vez más y se volvió a mirar. La élite le dio un gatillo conectado a una letal dosis de veneno y luego lo dejaron.
Pasó mucho tiempo examinando la monstruosidad en la que había convertido, buscando una razón para vivir. Los restos de su mano temblaba en el interruptor que lo mataría. Con un esfuerzo convulsivo se retorció en su nueva forma. No soy sino la idea, pensó, la semilla, el sueño. Vio la pureza, no en lo que era, sino en lo que se podría convertir. Un ser suelto de la carne y las estupideces que la carne trae. Una criatura adecuada para mantener el dominio.
Cuidadosamente, bajo el gatillo. Con un pensamiento, la silla se volteó, una puerta se abrió y se deslizó hacia afuera para enfrentar a la Élite. —Denme lo que quiero —les dijo—, y les daré victoria. —Lo hicieron, por supuesto. Era su destino servir a su propósito.
Emperador en el puente.
Ahora, la baja vibración de la nave Dalek cantaba una canción de poder mientras él entraba.
Informen, ordenó.
Scan-op empujó datos. Hemos localizado el dispositivo de Omega.
Track-op fue a la línea, estimó los despliegues de las tropas, nativos y renegados, actualizó escenarios de batallas, patrones de bombardeo. Agentes renegados están en el área, informó.
Preparen el transbordador de ataque, ordenó el Emperador. Entregarán el dispositivo de Omega o serán exterminados.
La niña estaba comenzando a irritar a Ratcliffe. Su mirada fría lo hacía sentirse incómodo. —¿No tienes una casa a la que ir? —exigió.
Ella sólo lo miraba fijamente – sin pestañar, Ratcliffe se dio cuenta, con un cosquilleo en su cuello. Se volteó hacia sus hombres. —Pónganse a trabajar -gritó-. No tenemos todo el día.
Podía sentir los ojos de la niña en su espalda. Se dio vuelta, listo para insolentarse, amenazar – cualquier cosa para hacer que se vaya-
La niña se había ido.
Con repentina emoción Ace vio al Doctor volver a la vida. Con un pequeño movimiento de su mano llamó a Gilmore. El café de repente se tornó tranquilo y expectante.
Eso es estilo, pensó Ace.
—Necesitamos establecer una base en la escuela —dijo el Doctor—. ¿Es posible?
Gilmore asintió rápidamente y se volvió hacia Mike. —Sargento, traiga a Embery. Muévanse en unidades de comando. —Ace pudo oír la confianza arrastrándose en la voz de Gilmore. —Establezcan comando delantero, tercer piso, posiciones defensivas en la planta baja y el techo.
Mike vaciló sobre su segundo plato de papas fritas.
—Muévase —espetó Gilmore, y Mike obedeció.
Los ojos del Doctor eran serios mientras los soldados comenzaban a marcharse del café. Lo está haciendo de nuevo, pensó Ace.
Rachel de repente sintió frío cuando vio la sonrisa de Ace.
Profesora Jensen, Señorita Williams —dijo Gilmore.
—Ja wohl —dijo Allison en voz baja y se levantó—. ¿Viene, Profesora Jensen?
Rachel bajó su café y agarró su abrigo. —Por supuesto, Señorita Williams. —No me lo perdería por nada del mundo, pensó.
—Desearía que Bernard estuviera aquí.
—El Equipo de Cohete Británico tiene sus propios problemas.
Ace caminó de costado para apoyarse sobre el mostrador y tomar una tostada.
—¿Qué tiene la escuela para ser tan importante?
—Ahora que he inutilizado el transmat de los Daleks imperiales —dijo el Doctor—, absolutamente nada. Los Daleks renegados tienen la Mano de Omega y toda la atención Dalek estará enfocada en eso.
—Oh.
El Doctor le dio una mirada sospechosa. —¿Y bien?
—Nada.
El Doctor se paró.
—Una cosa.
—¿Qué?
—¿Qué estamos haciendo?
—Ah —dijo el Doctor y se volteó para marcharse.
Debí haber esperado eso, pensó Ace. Decidió que era hora de mirar por más explosivos.
El taller de Ratcliffe estaba situado en Pullman’s Road, era uno pequeño y angosto, clandestino. Mientras el camión sorteaba la complicada esquina hacia el taller, Ratcliffe se encontró a sí mismo chiflándole a Wagner.
En la parte trasera, con el resto de sus hombres, estaba la Mano de Omega. Ahora sabía que tenía algo con qué negociar. Ahora podía pedir el mundo.
Por meses, “eso” se había acurrucado en una esquina de su oficina. Simplemente había entrado un día y la encontró escondida por una sombra – una vaga y mecánica forma, una voz que le contaba secretos. Le contaba secretos y le prometía poder.
Él salió del camión.
—¿Charlie?
—Sí
—Saca la maldita cosa del camión y ponla sobre el caballete.
—Pero está fría -dijo Charlie—. Entonces usa guantes. —Charlie era leal, pero unos corto de cupones de troquelado.
Ratcliffe golpeó la puerta corrediza y entró al almacén. Había un olor a moho de los estantes de madera – no había hecho mucho trabajo recientemente. No había necesitado hacerlo, con el dinero que “eso” le había suministrado. Abrió la puerta de su oficina y entró.
—Tenemos la Mano de Omega —dijo—. Está en el taller.
—Excelente.
Ratcliffe se sentó en su escritorio y levantó el auricular del teléfono. —Le diré a mi hombre. Después de todo, él la encontró por nosotros. —Se recostó en la silla y observó mientras el teléfono discaba por sí solo.
El sol hacía su lugar a través de las nubes, salpicando luz a lo largo del patio. Cuatro soldados estaban apilando bolsas de arena en la puerta del frente. Ace vislumbró cajas caqui amontonadas contra la pared. Una gran caja estaba abierta, revelando y largo tubo acurrucado en una pajilla. Una pistola sin culata, pensó, elegante.
—Si este lugar está tan lejos del lugar de acción —le preguntó al Doctor—, ¿qué estamos haciendo todos aquí?
—Quiero echarle un ojo al capitán —dijo el Doctor. Empujó las puertas para abrirlas.
El vestíbulo estaba lleno de ruido. Cables de teléfono serpenteaban por el piso, despareciendo a través de las puertas. Un soldado estaba clavando señales indicando la sala de operaciones, el desorden, y un crudamente rotulado “KHAZI”. En el salón alguien estaba diciendo palabrotas en un idioma extranjero. Ace intentó ver más allá de un grupo de soldados alzando cajas de municiones para ver a Rachel. Ella estaba haciéndole gestos dos soldados que estaban tratando de levantar una enorme caja de electrónicos por las escaleras. Allison estaba observando a su colega con una expresión de estupefacción. Había un olor de embalaje, sudor y té sobreherido.
Rachel salió corriendo de las blasfemias yiddish y recurrió a fulminar con la mirada a las espaldas de los soldados rasos. Allison hacía un gesto de dolor cada vez que la computadora golpeaba contra el piso.
—Esto es estúpido —dijo Rachel—, ¿dónde está el Sargento Smith?
—Puedo ver a Ace —dijo Allison
—Queremos mover la cosa —dijo Rachel—, no hacerla explotar.
—Ahí está él.
Mike surgió de un salón de clases. Vio a Ace y se detuvo. Sus ojos la siguieron mientras desaparecía por el hueco de la escalera. —Ella le gusta, ¿no? —dijo Allison.
—Es su belleza Ayran.
Hubo un fuerte choque detrás ellos y el sonido de delicados aparatos electrónicos rompiéndose. Rachel no se molestó en voltearse.
—¿Allison?
—¿Sí?
—¿Cómo está tu aritmética mental?
—Esto me recuerda a las fiestas a las que solía ir —dijo Ace. Estaba sentada en las escaleras con el Doctor. Desde abajo pordían oir el sonido de frenética actividad militar. —Ellos realmente se están rompiendo el lomo ahí abajo.
—Esa es la idea general —dijo el Doctor—. Quiero mantener a los militares totalmente ocupados y fuera del camino.
—¿Fuera del camino de qué? —Ace pateó una pintura floja en la pared.
—Hace mucho tiempo, en mi planeta natal, Gallifrey, había un ingeniero estelar llamado Omega…
Las preparaciones del prelanzamiento estaban completas. Omega estableció su gran estructura en la temblorosa membrana interdigital. Los sonidos de los grandes motores podrían ser oídos a pesar de la capa de escudos de la cápsula
—¿Qué está haciendo Rassilon? —Omega le preguntó al otro que estaba con él.
—Examinando los datos —dijo el otro.
—¿Otra vez?
—Se preocupa.
Omega se mantuvo en silencio por un momento. —¿Y tú?
—¡Estelar! —dijo Ace—. Como estrellas; ¿quieres decir que manipulaba estrellas?
—Ace.
—Fue Omega quien creó la supernova que formó la fuente de poder inicial para los experimentos gallifreyanos de viaje en el tiempo. Dejó tras suyo las bases por las cuales Rassilon fundó la sociedad de Señores del Tiempo y la Mano de Omega.
—¿Su mano? ¿Cuán bueno es eso?
—No su mano literalmente, no, se llama así porque los Señores del Tiempo tienen una infinita capacidad para la pretensión.
Los motores gruñían, el vórtice casi se podía sentir disolviendo en la fábrica de espacio y tiempo. —Para de quejarte y sal —Omega le dijo al otro.
—Tengo dudas.
—Siempre tienes dudas —La sonrisa de Omega era feroz. —Eres tan malo como Rassilon. —Flexionó sus grandes manos y las ubico en la interfaz de control. —Las dudas te encadenarán al final. —Los motores estaban chillando ahora. —Veremos quién es recordado en las historias.
—Me di cuenta de eso —dijo Ace.
—La Mano de Omega es mítico nombre del manipulador remoto de estrellas de Omega – el aparato que utilizaba para personalizar estrellas.
Ace de repente entendió. —Los Daleks la quieren para recrear experimentos de viaje en el tiempo. —Se estaba perdiendo algo. —-Un momento, dijiste que ambas facciones de los Daleks ya pueden viajar a través del tiempo.
—Tienen la tecnología de un corredor de tiempo —dijo el Doctor—. Pero es muy primitivo y desagradable. Lo que los Daleks quieren es el poder sobre el tiempo que los Señores del Tiempo tienen. Eso es lo que la Mano de Omega les dará —sonrió—, o eso es lo que piensan.
—Y tú tienes que detenerlos.
—Quieran que la tengan.
—¿Eh?
—Mi problema principal es detener al Capitán Gilmore y a sus hombres de ser asesinados en el fuego cruzado.
—Así que todo esto…
—Una masiva decepción —dijo el Doctor—. Sí.
—Eso es bien tortuoso. —Y así era, excepto, ¿por qué él quiere que los Daleks tengan la Mano de Omega? Si le preguntaba directamente, obtendría una evasiva. —Así que los Daleks toman la Mano de Omega y nadie sale herido. Bien, brillante.
Omega estaba gritando. La sala de control estaba en silencio – todos sabían que estaba muerto; esto sólo era un distante eco moribundo. Una nueva estrella brillaba en el cielo. Uno de los controladores hizo una seña en contra del mal.
—No hagas eso —le gritó Rassilon al controlador—. Nada de supersticiones. —Su cara estaba contorsionada por la emoción, y por un momento pareció que iba a golpear al controlador. —No profanes su memoria ahora – no ahora. —La voz de Rassilon se quebró y tropezó.
El otro miró la nueva estrella en la pantalla principal. El caparazón de materia expediente fue reconocida en rojo por mejora computacional – un accidental interpretación del ciclo regenerativo, el antiguo símbolo de muerte.
—Tienes tu lugar en las historias ahora -dijo suavemente, y se alejó.
—Sólo hay un problema —dijo el Doctor
—¿Qué?
—No esperaba dos facciones Dalek. —Se paró. —Ahora tenemos que asegurarnos que los Daleks incorrectos no huyan con ella.
Esto podría ser divertido, pensó. —¿No deberíamos llevar a Mike?
—No. La caza Dalek es un pasatiempo temporal.
—¿Qué haremos, entonces?
—Caza Dalek
Haz una pregunta estúpida, pensó Ace.
El equipo de asalto se formaba en el transbordador. Eran la crema de los guerreros Ven-Katri Daorett – las tropas imperiales Dalek.
El comandante los observaba mientras cargaban sección por sección, brillante perfección tras brillante perfección. Sentía algo semejante al orgullo.
Cuando cargaron la Abominación, el comandante sintió tal repugnancia que su arma involuntariamente giró. Lo sintió tan fuerte que casi cuestiona la orden de carga. Pero sólo casi – un Dalek no cuestiona las órdenes de Tac-op más que una vez y permanece funcional.
Ganaremos esta batalla sin la Abominación, decidió el comandante, demostraremos nuestra función.
El transbordador estaba listo para ser lanzado.
El Dalek renegado supremo había vivido en la oscuridad del almacén de Ratcliffe por muchos meses. Sus sistemas secundarios habían sido apagados todo ese tiempo mientras vivía por el poder de su conexión con la computadora de batalla.
Algunas veces soñaba. Eran anormales sueños aterradores – sueños en los que caminaba como un bípedo, desnudo en el ambiente, respirando aire sin filtrar.
Programas psicológicos en la computadora del Dalek mostraba los sueños con ascendientes cantidades de sedantes que lo dejaban agitado en su carcasa protectora. Análisis técnicos hacían la fuente más clara —retroalimentación de computadora de batalla. Esto no había sido previsto en la etapa de planificación —un gran asunto que no había sido previsto. La llegada de la nave de guerra imperial, la destrucción del guerrero en Totters Lane, la participación de fuerzas militares nativas.
Eran perniciosos esos bípedos, esos humanos con su talento para la violencia y repentina improvisación. Eran esclavos peligrosos.
La computadora de batalla informó que la Mano de Omega estaba ubicada. El Dalek Supremo se recuperó rápidamente, el poder fluyó por sus sistemas —se sentía vivo nuevamente. La computadora de batalla mostró una actualización táctica, y en base a esto el Dalek Supremo tomó decisiones y dio órdenes. A su alrededor, otros guerreros se volvieron operativos. Sensores aurales sensibles detectaron ruido en el taller de afuera —el poco atractivo sonido de la risa humana. Esos eran los nativos bípedos que habían llevado la Mano de Omega. Ahora eran desechables.
El Dalek Supremo le introdujo poder a su unidad de monitoreo y patinó avanzando.
—Lo que la gente necesita —dijo Ratcliffe—, es una mano firme. Está en su naturaleza. Necesitan un líder fuerte, alguien que sepa cuándo ser indulgente y cuándo ser duro…
Fue interrumpido por el sonido de hombres gritando.
Afuera, pensó, y embistió a través de la oficina y abrió la puerta fuertemente.
Sus hombres yacían hechos pedazos en el adoquín.
—¿Qué has hecho? —Gritó—Eran mis hombres. —Hubo un movimiento en la sombra de la esquina. —Estaban de nuestro lado.
La sombra giró, y por primera vez Ratcliffe pudo distinguir su forma. Algo se desplegó de la oscuridad y surgió en el brillo de su lámpara de escritorio. La luz destelló en cabellos claros, piel pálida y ojos azules.
—Eres un esclavo —dijo la niña—. Naciste para servir a las Daleks.