SANTILLANA DEL MAR, JUNIO DE 1881
RAZONES DE ESTADO
Despertó bañado en sudor, todavía inmerso en las garras de una pesadilla que le martirizaba desde hacía meses. En un primer momento lo hizo sin pensar, sin compasión alguna, creyendo que no le afectaría demasiado en el devenir de su existencia. Al fin y al cabo la víctima se lo tenía bien merecido y él únicamente miraba por lo suyo. Solo le había hecho un favor, evitándole mayor sufrimiento en la vida, y de paso se había asegurado de que el pecador se reuniera con su Creador después de haber pagado por todo el mal que hizo en vida.
Al parecer su subconsciente no opinaba de igual modo y le castigaba sin piedad con unas recreaciones oníricas demasiado realistas. El arrepentimiento no surgió de manera espontánea en Arístides, pero algo en el interior de su mente parecía rebelarse contra su voluntad. Ya eran muchas las noches que había pasado en vela debido al mismo horrible sueño y no se lo podía permitir en un momento tan importante de su vida.
Arístides se levantó de su lecho, una hermosa cama fabricada con los mejores materiales para gozo y deleite del rico indiano llegado de Cuba. Se había dejado una fortuna en la reforma de su casona y había rehabilitado también el resto de la finca, pero el resultado había merecido la pena. Los Maestro repetían los pasos de padres a hijos, adquiriendo propiedades ruinosas que rehabilitaban antes de poder utilizarlas.
Aunque todavía no había podido disfrutar en exceso de sus comodidades, ya que albergaba otras muchas preocupaciones en la cabeza. Desde luego esas pesadillas no le iban a alterar el ánimo; no ante la vital importancia de las jornadas venideras, en las que se jugaba todo su futuro. Y no solo desde un punto de vista político o económico, sino también personal. Si el plan salía adelante, sería un hombre mucho más rico y poderoso, alguien con influencia más allá de la comarca montañesa. Pero si algo se torcía por el camino, podía dar con sus huesos en la cárcel, o incluso acabar mucho peor.
Arístides se incorporó, se miró en el espejo y se asustó ante las violáceas marcas, justo bajo sus ojos, que afeaban aún más su rostro. Sabía que no era un hombre agraciado, pero suplía ese defecto con otras virtudes mucho más valoradas en el mundo real. De su cara únicamente le gustaban sus profundos ojos, aunque la fatiga de los últimos días también se dejaba notar en sus párpados hinchados. Se fijó entonces en la diferencia de color en algunas partes del rostro, con aquella nariz horrible que destacaba por encima de todo lo demás.
Arístides se empeñaba en ocultar su verdadera naturaleza, gastando enormes cantidades de dinero en perfumes, lociones y afeites para disimular los rasgos que pudieran recordar su verdadero origen. Tras la muerte de sus padres había olvidado que por su organismo seguía fluyendo una mínima parte de sangre negra, y llegó a creerse sus propias mentiras. Él era un hombre blanco, hijo legítimo de un rico indiano oriundo de Ubiarco y, por lo tanto, heredero de la fortuna de los Maestro. Y como tal se había presentado en Santillana del Mar, donde ya nadie recordaba a la estirpe del viejo Andrés.
Su nariz ancha denotaba el origen africano de sus ancestros, con unos orificios enormes que eran la causa de su mayor vergüenza. La piel era bastante clara ya de por sí, pero Arístides utilizaba blanqueadores artificiales que a veces no se aplicaba con uniformidad, creando zonas más o menos coloreadas en su rostro, y por lo tanto, un resultado a todas luces extravagante.
Los labios los tenía también gruesos, pero ahí poco podía hacer. Y en cuanto al pelo crespo, con unos rizos naturales que nunca le habían gustado, se lo alisaba una vez por semana con unas planchas especiales. Arístides no era consciente de su comportamiento y se creía una persona diferente de la que realmente era.
La imagen de su padre putativo acudió de nuevo a su mente y le borró de un plumazo la leve sonrisa que se había formado en su boca. Andrés Maestro aparecía una y otra vez, de manera impenitente, para recordarle que él todavía no había pagado por pecar contra el quinto mandamiento.
Recordó aquella tarde, hacía ya muchos meses, en la que Andrés Maestro se encontraba indispuesto. El médico le había aconsejado que se tomara sus asuntos con más calma, que trabajara menos y se dejara de preocupaciones. Ya había sufrido una angina de pecho un año antes, y le costó mucho recuperarse. Y los problemas de las últimas semanas no le ayudaron precisamente a tranquilizarse.
Arístides supo que su padre había discutido con Declan, y se envalentonó cuando el irlandés abandonó la plantación unos días después. Por fin se libraba de un peligroso enemigo, y tal vez debería adelantar los planes que tenía en mente. A veces las circunstancias obligaban a tomar ciertas decisiones, pensó entonces, y eso fue lo que le ocurrió en aquella noche que intentaba enterrar en su memoria.
Después discutieron ellos dos. Arístides le habló de nuevo a su padre sobre la increíble oferta de Braulio Crespo, el rico hacendado cuyas tierras lindaban con La Hacienduca. De todos modos, Andrés continuó oponiéndose a cualquier tipo de operación mercantil con su vecino, y mucho más si de ese modo acababa con lo que había sido su medio de vida durante más de treinta años.
Arístides intentó convencer a su padre apelando a sus sentimientos. Ya era hora de recoger el fruto de su esfuerzo. Con el dinero que tenía ahorrado y con la importante suma que Braulio estaba dispuesto a entregarle por las escrituras de propiedad de su plantación, podría regresar a España como el rico indiano que era. Pero Andrés se negó; aseguraba que todavía le quedaban muchas cosas que hacer en Cuba y que no pensaba marcharse sin terminarlas.
La sinrazón de su padre terminó por cabrearle, y la discusión arreció aún más. Andrés echó a su hijo con cajas destempladas del despacho, asegurándole que no se encontraba bien de salud. Quería retirarse a descansar y olvidarse de preocupaciones, por lo menos hasta el día siguiente.
Arístides vio cómo su padre se tomaba una pastilla para dormir, recetada por el médico para esas noches de insomnio que sufría cada vez de modo más frecuente. Sabía que no debía acompañarlas con alcohol, pero Andrés la tragó con ayuda de un vaso de ron, licor que siempre tenían a mano en la hacienda.
El joven se marchó de allí, pero al llegar a su cuarto supo que no podría zanjar el asunto tan fácilmente. Entonces comenzó a ponerse nervioso al recordar las deudas de juego que había contraído en los tugurios menos recomendables de Cienfuegos y Trinidad. Desde que su padre le dio legitimidad a su apellido, aparte de una generosa paga semanal con la que hacía y deshacía a su antojo, Arístides había comenzado a creerse el rey del mundo. No midió bien las consecuencias de sus impulsivos actos y gastó por encima de sus posibilidades.
Esa gente no se andaría con miramientos a la hora de cobrar, y Arístides necesitaba liquidez para saldar sus deudas. Tal vez podía haberle pedido dinero prestado a su padre; una mala racha la podía tener cualquiera. Pero no, él quería mucho más. Su ambición lo cegó y lo llevó de ese modo por el camino erróneo en el que transitaría el resto de su existencia.
Arístides se presentó minutos después en el dormitorio de su padre. Entró en el cuarto sin llamar a la puerta ni anunciarse, y sorprendió a Andrés medio adormilado, postrado en su cama. El hacendado intentó reaccionar, pero sus sentidos comenzaban a embotarse debido a la pastilla que se había tomado, acrecentada por los efectos causados al mezclarla con alcohol.
—¿Qué demonios haces aquí, si puede saberse? —preguntó con voz pastosa el terrateniente—. Que yo sepa no te he dado permiso para entrar en mi cuarto. Ya ni respetas mi intimidad.
—Padre, tenemos que hablar. No he terminado de explicarle antes los beneficios de la transacción con Braulio, aparte del posible casamiento con su hija, claro está.
—¡No me interesa nada referente a Braulio o a su hija! —bramó Andrés con sus últimos gramos de fuerza antes de caer en las garras de Morfeo—. Haz el favor de marcharte, Arístides, necesito descansar. Y no me molestes más. No eres nadie para darme órdenes.
Arístides montó en cólera, indignado por que su padre no le hiciera caso y, además, se quedara dormido mientras le hablaba. Sabía que se había tomado un somnífero, pero no podía creer que no pudiera aguantar unos minutos más despierto mientras su hijo le hablaba de un asunto tan importante, casi de vida o muerte para él que conocía muy bien a los prestamistas a los que les debía dinero en la ciudad.
—Por favor, solo será un momento —aseguró Arístides mientras le zarandeaba sin miramientos—. ¡No se duerma, le estoy hablando!
—Déjame de una vez, quiero dormir —dijo en un susurro, ya entre sueños. Andrés estaba dormido, pero aún tuvo tiempo de añadir algo más. Una frase que selló su destino para siempre—: No sé qué se habrá creído el bastardo este.
Arístides dejó caer el cuerpo de su padre en la cama, ofendido tras las últimas palabras que había escuchado. Solo era la realidad, pero oírlo en boca de su progenitor le alteró el pulso hasta unos niveles insospechados. El muy miserable se permitía insultarle, cuando el hacendado había sido el único culpable de lo sucedido a lo largo de su vida.
El joven se quedó sentado en la cama y contempló por un instante el gesto de su padre. Andrés se había quedado dormido boca arriba y respiraba trabajosamente mientras entraba en un sueño cada vez más profundo. El cubano agarró entonces una de las almohadas del lecho y la sujetó por encima de sus hombros mientras miraba con furia a su padre. Tras un instante de lucidez pensó en retroceder, pero supo que ya era demasiado tarde. Aquella sería la única solución para todos sus males y, además, el viejo se lo había merecido. Vengaría todo el sufrimiento causado a su madre y se quedaría con todo, una vez nombrado heredero universal de don Andrés Maestro.
Arístides se puso de rodillas sobre el cuerpo dormido, bajó la almohada y la posó encima del rostro de don Andrés. Apretó con fuerza, sujetando con todo su ser los estertores del moribundo, que despertó inesperadamente al notar la falta de aire. Andrés intentó sacar fuerzas de flaqueza, pero su estado físico, unido a la potencia de la medicación, le impidió luchar en igualdad de condiciones contra un enemigo poderoso.
Y es que el bastardo, ciego de ira, multiplicaba sus fuerzas al comprobar que podía acabar con todo en unos segundos. Sin rastro de culpa ni de remordimientos, redobló sus esfuerzos hasta culminar el crimen. Andrés se retorcía bajo sus garras, pero el hombre no tenía ninguna posibilidad de salvación.
Instantes después, y una vez que Arístides comprobó que su padre había muerto, depositó de nuevo la almohada en su sitio. Arropó entonces a Andrés, sin querer fijarse en la mueca crispada de su rostro, algo amoratado.
Arístides salió de la habitación a la carrera y se frenó un momento al llegar al final del pasillo. Le pareció escuchar un ruido y temió que alguien le hubiera visto al abandonar la alcoba de Andrés Maestro. Permaneció unos instantes quieto y en silencio tras una columna, atento a cualquier sonido extraño, pero no vio a nadie.
El bastardo pensó que su imaginación le había jugado una mala pasada tras lo ocurrido en la alcoba de su padre. Una vez que se convenció de que no había ningún testigo de su fechoría se dirigió a su habitación y se encerró bajo llave.
Allí se emborrachó hasta perder el sentido, sin acordarse de nada más. Cuando a la mañana siguiente los sirvientes fueron a avisarle de la tragedia, Arístides tuvo que sobreponerse a la resaca y enfrentarse a los habitantes de La Hacienduca. Debía aparentar congoja ante el fallecimiento de su padre, por mucho que en el fondo estuviera más que satisfecho de su muerte.
El médico de la plantación firmó la defunción y certificó que el hacendado había sufrido un infarto agudo durante la noche. Después todo fue coser y cantar. Tras las exequias, Arístides llegó a un acuerdo con el hacendado Crespo. Vendió todas sus propiedades, despidió a todos los empleados, liquidó el resto de asuntos que su padre le había confiado y pagó sus deudas de juego.
Ya no le quedaba nada que hacer en Cuba, y pensó que era un buen momento para empezar de cero. Un nuevo comienzo lejos de allí, por si acaso alguien empezaba a hacerse preguntas sobre la extraña muerte de don Andrés Maestro. Una nueva vida en la que él se convertiría en un hombre rico, alguien poderoso que la gente respetaría.
Además, el único que podía aguarle la fiesta se encontraba muy lejos de allí. El cubano supuso que Declan estaría en alguna parte de Cuba, y por eso decidió poner un océano de distancia entre ellos. Y para ello nada mejor que cumplir los deseos de su padre. Si él se había convertido en el heredero legítimo de Andrés Maestro, ya era hora de regresar a la tierra de sus ancestros y recuperar el lugar que le correspondía por derecho.
Y de ese modo puso rumbo a España, sin llegar a imaginarse que una vez establecido en Santillana del Mar, y con varios negocios rentables ya en marcha, se iba a cruzar de nuevo en su vida con el maldito Declan Mclister. Un hombre peligroso al que debía controlar en todo momento, ya que no quería que se interpusiera de nuevo en sus planes. Y si para ello tenía que contratarle para algún trabajo ficticio en sus tierras, lo haría sin dudarlo. Ya llegaría el momento en el que ajustaría cuentas con el dichoso irlandés. Ahora debía preocuparse de otros asuntos.
Los primeros acercamientos a Barreda habían ido bien; ese idiota no se daba cuenta de su estratagema. Le había prometido invertir en sus negocios y donar parte de su fortuna para obras que tenía en mente el indiano de Suances, como un colegio para huérfanos de su villa que llevaba planificando desde hacía tiempo.
Juan Antonio Barreda era íntimo de don Antonio López de Piélago y López de Lamadrid, a la sazón el famosísimo marqués de Comillas. El recién nombrado grande de España era amigo personal del rey Alfonso XII y ya se rumoreaba en la región que el monarca, aficionado a los baños de ola por su delicada salud, visitaría al marqués en Comillas ese mismo verano. Una oportunidad única para conseguir todos sus propósitos.
Si un indiano como el de Comillas había llegado a marqués, ¿por qué no podría conseguir él una dignidad semejante? Antonio López era un próspero empresario que había hecho fortuna con su naviera y otros lucrativos negocios, y se decía que incluso había prestado dinero a la Corona para alguna de sus ruinosas operaciones a través de sus negocios financieros. Y es que años atrás el marqués había presidido el Banco de Crédito Mercantil y fundado el Banco Hispano Colonial.
Como aliado militar del Gobierno, Antonio López había ofrecido también en numerosas ocasiones su ayuda, bastante poco desinteresada, para trasladar con sus barcos tropas españolas a las campañas de África. Y, por supuesto, para llevar soldados españoles hasta las Antillas, como en el enfrentamiento bélico de Cuba.
Fue allí donde las tropas del general Martínez Campos —el mismo que con su pronunciamiento en Sagunto le había devuelto el trono de España a Alfonso XII— habían sofocado la rebelión. El mismo militar, nombrado ya capitán general de Cuba tras sus exitosas campañas, firmó con los insurgentes la paz de Zanjón, otorgando una mayor autonomía a la isla y poniendo las bases para una futura abolición total de la esclavitud en la mayor de las Antillas.
Había surgido una oportunidad única, la ocasión perfecta para vengarse de todas estas afrentas. Como cubano, Arístides había sufrido en sus carnes la humillación que las tropas regulares españolas infligieron a la población de la isla, sobre todo a los rebeldes. Y, como hijo de una antigua esclava, sabía bien lo que era vivir en el peldaño más bajo de la sociedad. Ahora estaba mucho más arriba en el escalafón, y por eso tendría que actuar con sangre fría si quería lograr todos sus propósitos.
Lo primero era conseguir ser recibido por el maldito naviero, algo que ya tenía muy encauzado. Por lo visto, Barreda le había hablado a su poderoso socio de un nuevo vecino, un rico indiano recién llegado de Cuba con dinero para invertir, y el marquesito no había puesto demasiadas pegas en recibirle.
—Tal vez la semana que viene veamos a don Antonio —le aseguró Barreda en su última conversación—. Creo que incluso nos podrá recibir en su recién estrenado palacio de Sobrellano, que ahora mismo está preparando para una ilustre visita.
—El gran hombre se digna recibirnos, habrá que prepararse.
—No te preocupes, te avisaré con tiempo para la reunión.
El cubano sonrió ante el recuerdo de esa conversación. Barreda no sospechaba de él, y le estaba llevando en carroza, derechito a cumplir todos sus sueños. Otros hombres poderosos le habían prestado toda su confianza y él no pensaba fallarles. Se había comprometido a ofrecerles la oportunidad de cumplir una misión que para ellos era divina, y Arístides pensaba ayudarles en todo lo que estuviera en su mano, por mucho que sus cómplices fueran incluso más meapilas que el ínclito amigo Barreda.
Los primeros contactos de Arístides con la causa carlista tuvieron lugar en Cuba, mucho antes de abandonar la isla. Uno de sus mejores amigos en Cienfuegos, un navarro apellidado Ezcurra, había luchado en la última guerra carlista, participando en varias batallas en el norte de España. Tras la derrota y la huida de don Carlos a Francia, Ezcurra decidió también abandonar el país y recaló en Cuba, como otros exiliados tras la victoria de Alfonso XII sobre las tropas sublevadas.
Gracias a Ezcurra, Arístides conoció a otros simpatizantes de la causa en Cuba y, cuando regresó a la tierra de sus ancestros, consiguió llegar hasta los máximos mandatarios de los carlistas. Él no le tenía ningún aprecio a Alfonso XII, pero tampoco era un ferviente admirador de don Carlos. Simplemente vio una buena ocasión de prosperar, y sus interlocutores creyeron todas sus patrañas: él les ofrecería su dinero y apoyo logístico para conseguir sus objetivos a cambio de contraprestaciones que pudieran satisfacerle.
Ya había concretado con los carlistas que, si todo llegaba a buen término, él obtendría algún importante nombramiento, ya fuera político o nobiliario. Tenían un plan en marcha, y para ello contaba también con Ezcurra y Matías, sus lugartenientes en Cienfuegos, recién llegados de Cuba para echarle una mano.
Arístides se había instalado a las afueras de Santillana del Mar, cuyo centro histórico estaba ocupado por los palacetes de los linajes más importantes de la comarca. Tal vez su posición social cambiara en unos meses, pero hasta entonces tendría que conformarse con aquella finca situada en uno de los extremos de la villa; un extenso terreno que había adquirido a buen precio, aunque el coste de las reformas de la casa, y todo lo que le quedaba todavía por rematar en la finca, le hubiera ocasionado más gastos de los previstos en un principio.
Esa misma mañana, y casi como si la providencia hubiera escuchado sus pensamientos, se le presentó la oportunidad de matar dos pájaros de un tiro: controlar de cerca a uno de sus enemigos y llevar a cabo parte de las tareas que todavía quedaban pendientes en su nuevo hogar. No es que estuviera especialmente preocupado en ese sentido, pero la seguridad de su casa, ahora que iba a acometer mayores empresas, sería también muy importante a la hora de desarrollar sus proyectos con la tranquilidad necesaria.
Su ayuda de cámara, un mayordomo que había servido en las mejores casas de Santander, le anunció una visita inesperada tras abrir el portalón de acceso a su vivienda. Nada menos que un antiguo conocido suyo, Declan Mclister, con el que había tenido la desgracia —o tal vez la suerte, si lo miraba por otro lado— de cruzarse en una de las correrías con sus hombres por las tabernas de la zona pocos días atrás.
El maldito irlandés se había interpuesto en sus planes allá en Cuba, aunque al final Arístides se salió con la suya. Mclister había huido de la isla antes que él, pero Arístides no sabía si había llegado hasta los oídos del irlandés alguna noticia de la inesperada muerte de su padre, el otrora amigo y patrón de Declan en la isla: don Andrés Maestro.
—Buenos días, Arístides —saludó Declan nada más llegar—. Espero no molestarte demasiado.
—No me molestas —contestó Arístides con una mueca de desprecio que ni supo ni quiso disimular—. De todos modos, ahora debo asistir a una reunión importante con unos empresarios llegados desde muy lejos, y no puedo demorarme demasiado. ¿Qué se te ofrece?
—No te preocupes, si estás tan ocupado puedo volver otro día…
Declan se giró, dándole la espalda a su interlocutor y amenazando con marcharse de allí. Arístides rectificó; ya tendría ocasión de ajustar cuentas con el irlandés. Ahora tenía que despejar su mente para recibir a los emisarios de don Carlos; pero, mientras, podía mantener ocupado al irlandés con unas tareas dignas de su talento, si es que el idiota había ido allí para aceptar su oferta, como a todas luces parecía.
—Descuida, para ti siempre tengo un momento. ¿Te has pensado bien lo que hablamos el otro día en la taberna de Lucio?
—Sí, y por eso vengo —respondió Declan con suficiencia—. Creo que tienes razón, me vendría bien un trabajo en la zona. Si todavía necesitas ayuda en tu finca, puede que quieras contratarme como hizo tu padre en su momento.
La mención de Andrés Maestro no le gustó nada, pero Arístides sabía que el antiguo mayoral lo hacía para provocarle. No iba a caer en su trampa, y tampoco podía perder el tiempo con tonterías pasadas. Ignoró su comentario y le contestó, intentando no dejar aflorar la rabia que le supuraba por todos sus poros.
—Claro que sí, tu ayuda siempre es bien recibida. Un hombre de tu valía quizás se sienta minusvalorado con las tareas que tengo pendientes en mi casa, aunque de momento no puedo ofrecerte mucho más. Sabes que llevo pocos meses en Santillana, pero de aquí a poco tiempo espero haber prosperado en la comarca. Tal vez, en un futuro, puedas ser la mano derecha de mis negocios, depende de cómo nos vayan a los dos las cosas. ¿Sigues interesado en mi oferta?
—Ya te he dicho que sí, Arístides —respondió Declan algo enojado. Se veía a la legua que él tampoco disfrutaba con la situación, pero parecía aceptarlo a pesar de todo—. ¿De qué se trata?
—Tengo algunos hombres asignados a esos menesteres, pero necesito a alguien que se encargue de meterles en vereda y supervisar las obras. No sé si te has fijado, pero en la parte posterior de la casa hay mucho terreno libre, bastante agreste y casi salvaje, que también pertenece a la finca. Estamos desbrozando la zona, cerrando todo el perímetro con un vallado de madera que taparemos después con setos, y también se están construyendo las caballerizas, cobertizos y otras estancias necesarias para el desarrollo de lo que tengo en mente. ¿Quieres ser mi capataz?
Declan fingió pensárselo un momento, y eso satisfizo a Arístides. El irlandés dudaba, y Arístides no podía perder mucho más tiempo. Así que le apremió una vez más con un gesto perentorio; era su última oportunidad. Mclister pareció darse cuenta y respondió antes de que su interlocutor perdiera la paciencia.
—De acuerdo entonces. No quiero entretenerte, así que ya hablaremos con calma de salario, condiciones y demás. Le he echado un ojo a una habitación a las afueras de Santillana, así podré ir y venir hasta aquí con rapidez.
—Como quieras, irlandés, aunque en la finca tenemos sitio de sobra. —Declan negó con la cabeza y su nuevo patrón no quiso insistir. Una cosa era tenerle controlado y otra muy distinta meter al enemigo en casa. Prefería mantener en secreto algunas de las reuniones que tendría a partir de entonces en su propio hogar. La soledad del paraje le ayudaba en sus propósitos, aunque también le daba algo de inseguridad. Por ello había reforzado el perímetro con hombres de su confianza, a la espera de que llegara el gran día. Decidido, era mejor que Mclister no pernoctara allí, por si acaso—. Muy bien, como prefieras. Busca entonces a Santiago, uno de mis trabajadores, y que te indique lo que se ha hecho hasta ahora y las tareas que quedan pendientes. Que te asigne también un caballo, así te moverás mejor por la finca, y también en tus idas y venidas hasta Santillana.
—Muy bien, muchas gracias. Si no necesitas nada más, me retiro para comenzar enseguida con la faena. Ya sabes dónde encontrarme.
Arístides hizo un gesto displicente y despidió con prisas a su nuevo empleado. No quería humillarle ni irritarle nada más empezar su relación contractual; sabía que el irlandés era un hombre peligroso. Y si había aceptado el puesto sus razones tendría.
Mclister no era estúpido y seguramente tendría constancia de la repentina muerte de su antiguo patrón después de abandonar él La Hacienduca. También le habría chocado que su hijo bastardo liquidara todas sus propiedades poco después y pusiera rumbo a España con tanta celeridad. Mejor sería vigilarle de cerca y tener mucho cuidado con lo que hacía o decía en su presencia. No sabía si Declan poseía conocimientos sobre política española, pero mucho mejor no arriesgarse en un momento tan crucial.
Instantes después su mayordomo le avisó de la llegada de los invitados que estaba esperando. Arístides se asomó entonces a la puerta exterior de su casona y observó cómo Declan se alejaba de allí, camino de la zona de la finca donde se desarrollaban la mayoría de obras pendientes. Poco después un elegante carruaje llegó hasta su posición y el cubano se olvidó de su nuevo capataz; debía preocuparse de otros asuntos mucho más importantes.
Del carruaje bajaron dos hombres, uno elegantemente vestido con un terno de buen paño inglés, y otro ataviado con un uniforme militar demasiado llamativo para su gusto. Arístides saludó a los recién llegados con notorio entusiasmo y los acompañó hasta el interior de su casa, teniendo cuidado de que nadie los molestara.
Mclister puso rumbo a las nuevas caballerizas de la finca, pero antes tuvo tiempo de fijarse en los dos hombres que acababan de llegar a la casa. De aquel carruaje con ínfulas se habían bajado dos personajes que no le causaron buena impresión, por mucho que uno fuera vestido con un buen traje y otro con un uniforme militar demasiado recargado de condecoraciones y botones abrillantados. Algo tramaba Arístides y, por su bien, tenía que averiguarlo lo antes posible, pero sin llamar demasiado la atención.
Localizó al tal Santiago y le explicó lo hablado con el patrón. Declan puso manos a la obra y supervisó las tareas comenzadas, aunque los hombres parecían bien aleccionados y trabajaban a buen ritmo. Así que al mediodía, una vez que consiguió el caballo prometido por Arístides, salió de allí para encaminarse de nuevo al centro de Santillana. Tenía que dejar resuelta la cuestión de su alojamiento a la mayor brevedad, no podía retrasarlo más.
Al final alquiló la planta baja de una vivienda muy confortable, situada en la parte posterior del casco histórico de la ciudad, tras llegar a un rápido acuerdo con su dueño. Dejó sus pocas pertenencias en la casa y regresó de nuevo a sus tareas para no levantar suspicacias.
El día se le pasó en un suspiro, y al atardecer regresó a descansar, roto tras una jornada de duro trabajo y varios paseos a caballo que le habían dejado deslomado. Hacía tiempo que no montaba, y el trajín a lomos del equino por los caminos pedregosos de Santillana le había pasado factura. Sus músculos agarrotados pedían un respiro, y supo que esa noche no dormiría debido al cansancio y a la tensión acumulada.
Le había costado un triunfo presentarse de buen grado delante del desgraciado de Arístides, sabiendo además que el cubano andaba metido en algo turbio. Sin mencionar las sospechas que albergaba sobre la repentina muerte de su padre, un lamentable hecho en el que el bastardo habría tenido algo que ver casi con total seguridad. Declan no podría demostrarlo pero, tras escuchar las palabras de Compay, sabía que allí había gato encerrado. Sus tripas no solían fallarle y se le revolvía todo el cuerpo cada vez que tenía a Arístides delante.
El hijo bastardo de Andrés Maestro no le prestó mucha atención cuando fue a pedirle el trabajo; parecía más pendiente de la visita que esperaba. Declan supuso que Arístides le habría intentado humillar con más ahínco si las circunstancias hubieran sido distintas. Pero ambos habían puesto buena cara al mal tiempo, al preferir estar cerca el uno del otro para vigilarse mutuamente.
Por asociación de ideas pensó entonces en Amaya y su familia, ya que prefería arreglar sus problemas con Arístides sin involucrar a los Abascal. No se sentía orgulloso de su comportamiento con ellos, pero ya no había solución.
Mclister había dejado Casa Abascal con la excusa de arreglar sus papeles en Santander, pero realmente tenía pensado no volver a poner un pie en Suances. Bastantes problemas había tenido ya en su vida como para meterse en otro aparentemente irresoluble con las hermanas. Escuchó lo del puesto en la nueva fábrica de acero de Bilbao, un lugar repleto de trabajadores de las islas Británicas, y creyó que sería una buena opción para él. Conocía el terreno que pisaba después de haber acabado allí tras su desembarco en España, por lo que esperaba que la experiencia vivida meses atrás le sirviera para prosperar en esa nueva oportunidad que se le presentaba en Vizcaya. Hasta que la dichosa fortuna le hizo escuchar el maldito nombre de Arístides Maestro en una taberna que no debería haber pisado nunca.
De ahí a encontrarse con Amaya en las callejuelas de Santillana medió menos de un suspiro. Se sintió avergonzado al verla por primera vez, y el fuego que emanaba de sus ojos le dijo sin ambages que la muchacha estaba muy enfadada con él. Algo natural, más después de aquel baile mágico en la verbena de su barrio y todas las conversaciones que habían tenido en sus largos paseos por una villa que jamás olvidaría, antes de desaparecer sin despedirse siquiera de ella.
Declan no se consideraba un cobarde, pero había huido para no enfrentarse a la verdad. Se estaba enamorando de la joven, y eso no entraba en sus planes. Quizás sería mejor que Amaya pensara que él era un engreído, un buscavidas, un mujeriego que tenía siempre a una dama suspirando por sus besos en cada puerto, sin comprometerse nunca a nada ni con nadie. La chica lo pasaría mal durante una temporada, pero siempre sería mejor romper con todo antes de que los daños fueran permanentes.
Pero no, el equivocado fue él. Mclister no podía escapar de sus sentimientos, y cuando se encontró de frente con Amaya supo que no había vuelta atrás. Sacó a relucir su vena más gamberra y se comportó como habría hecho en sus buenos tiempos en el puerto de Cork. Una época en la que Declan, como tantos y tantos jóvenes a lo largo de la historia, se divertía con las chicas sin pensar en nada más. Ya tendría tiempo de madurar, o eso pensaba él por aquel entonces. Lo importante en esos momentos era disfrutar de la vida.
Los tiempos habían cambiado y también el corazón y el alma de un irlandés errante que había cruzado medio mundo para encontrarse con la horma de su zapato. Esa mujer le desquiciaba por momentos, le volvía loco, pero también le producía un desasosiego en la boca del estómago que no había experimentado nunca. Y eso que creyó sentir algo en su momento por Emma y más tarde por Perlita, la mulata de seda.
Lo de la institutriz fue algo que quiso imponer a su corazón, cuando era solo su mente racional la que le empujaba hacia sus brazos, sin ningún resultado por otra parte. Y con Perla resultó algo diferente: un enamoramiento enfermizo que partía más de las entrañas, de sus bajos instintos. Una relación puramente animal, con el mejor sexo que tal vez probara Mclister en su vida, pero con un componente maléfico que casi le costó la salud.
No, Declan nunca había estado enamorado hasta ese momento, si hacía caso de lo que le dictaba su corazón. Pero no podía preocuparse en exceso por Amaya; tenía otros quebraderos de cabeza más importantes en ese momento. Tal vez fuera un ingenuo al querer acabar con alguien tan poderoso como Arístides Maestro, pero él lo intentaría con todas sus fuerzas. Aunque perdiera a Amaya por el camino, él cumpliría su palabra.
Toda esa amalgama de sentimientos y emociones encontradas quiso plasmarla en el beso que le plantó a Amaya en Santillana del Mar. Prefirió quedar como un aprovechado que jugaba con las mujeres y, de ese modo, conseguir que Amaya se olvidara de una vez por todas del necio irlandés donjuanesco.
Mclister no se equivocó en su planteamiento. Entre el cansancio y la tensión acumulada al encontrarse en presencia del asesino de su gran amigo, su organismo no le respondió como hubiera deseado. Y además su mente, trabajando por su cuenta, le volvía loco al regresar una y otra vez al mismo tema: Amaya Abascal.
No pudo quitarse a la joven de su cabeza en toda la noche, e incluso temió por la integridad de Amaya si llegaba a verse envuelta en algo escabroso por relacionarse con él. Declan suponía que Arístides planeaba algo grave y, si él andaba por medio e intentaba pararle los pies, podía afectar a Amaya o a su familia, algo que debía evitar a toda costa.
Arístides era una mala bestia, y Declan ya se había percatado de quién era su guardia pretoriana: unos energúmenos que no tenían más de dos dedos de frente, pero que matarían por su jefe si hacía falta. Y eso era muy peligroso, más teniendo en cuenta la bajeza moral del cubano.
Pensó entonces que tendría que disimular en su trabajo e intentar congeniar con los hombres de confianza de Arístides. Tal vez con algunas pintas de cerveza delante, y con la lengua más suelta, pudiera sacarles cualquier detalle que se le hubiera escapado a su patrón. No es que considerara idiota al indiano, pero alguien tendría que estar al tanto de sus planes.
Mclister se fue quedando transpuesto, pensando en todas estas cosas, mientras un ligero martilleo golpeaba en sus sienes. Antes de dormirse profundamente supo que no disponía de mucho margen: debía averiguar lo que sucedía lo antes posible. El tiempo se le acababa y sabía que Arístides planeaba algo turbio, algo que solo él podría evitar.