SANTANDER, NOVIEMBRE DE 1873

PRÓLOGO

 

La tragedia llegó sin avisar y golpeó con fuerza en el corazón del pueblo cántabro. Un cúmulo de adversas circunstancias, que tal vez pudieron ser evitadas, desembocó en una tragedia de dimensiones desconocidas hasta entonces en nuestro país. La ciudad de Santander, sus habitantes y muchos vecinos de la comarca sufrieron un daño irreparable que tardarían décadas en superar.

Todo comenzó a primera hora de un brumoso día de noviembre. La tripulación del Cabo Machichaco, un barco de 79 metros de eslora, recibió en esa fría mañana una noticia que en un principio les pareció esperanzadora. Había amanecido una jornada gris, repleta de nubes negras en el horizonte, pero nada hacía presagiar lo que el destino les tenía preparado.

—¡Por fin, capitán! —exclamó Alfonso Rentería, el primer oficial del vapor perteneciente a la compañía Ybarra.

—Es cierto, Alfonso, estaba ya harto de esta maldita cuarentena —replicó don Facundo Léniz, a la sazón capitán del barco.

El buque había sido construido diez años atrás en Newcastle para el armador francés J. Mesnier. La naviera Ybarra lo adquirió junto a otros tres barcos similares, en una operación cuyo montante final rondó las 50.000 libras esterlinas. Con 2.500 toneladas de carga, el Cabo Machichaco cubría una línea de cabotaje entre Bilbao y los principales puertos españoles, con Santander como segunda escala de su periplo.

Debido a unos casos de cólera que se estaban dando en Bilbao, las autoridades de Santander habían obligado al Cabo Machichaco a permanecer en cuarentena, fondeado frente a la Isla de la Astilla. Llevaban ahí desde finales de octubre y la espera se estaba haciendo agónica para todos los miembros de la tripulación.

A las siete de la mañana el Cabo Machichaco atracó en el muelle de Liaño, en el mismo centro de la ciudad. Tras despachar con las autoridades sin mayores problemas, se procedió a la descarga de mercancía durante toda la mañana. Hasta que un grito desesperado lanzado desde cubierta alertó a toda la tripulación. Acababan de dar las dos de la tarde.

—¡Fuego, fuego! —gritó a pleno pulmón uno de los marineros—. La bodega de proa está ardiendo, necesitamos hombres aquí abajo.

La rotura de una de las bombonas de ácido sulfúrico almacenadas en proa pudo ser el origen del incendio. La madera de estiba, la pintura del barco y otros materiales allí almacenados se inflamaron en contacto con el ácido, y las llamas se propagaron a toda velocidad.

Con los escasos medios a su alcance, la marinería intentó sofocar el incendio, hasta que se personaron en el muelle los bomberos de la ciudad. Estos comenzaron a arrojar agua hacia las bodegas del buque, con lo que el barco se escoró ligeramente a estribor debido a la gran cantidad de líquido recibido. El muelle se pobló de transeúntes que observaban las tareas de extinción del incendio, mientras decenas de hombres se afanaban por apagar unas llamas cada vez más poderosas y difíciles de controlar.

Poco a poco comenzaron a llegar las autoridades civiles y militares de Santander, que subieron a bordo para seguir de cerca las maniobras. También otros barcos fondeados en la bahía se acercaron para ayudar, como los de la Compañía Transatlántica. Minutos después, el capitán del Cabo Machichaco habló con el comandante de Marina:

—Comandante, lo mejor sería alejar el barco del pantalán. El muelle es de madera y podría prender fácilmente por las llamas —dijo Léniz—. Además, no le he informado de que tenemos en bodega varias toneladas de dinamita, aunque evidentemente sin ningún tipo de fulminante a su alrededor.

—No se preocupe, está todo controlado —aseguró el comandante tras sobreponerse a la sorpresa ante el nuevo dato—. Será más fácil luchar contra el fuego con los medios de los que disponemos aquí en tierra. Si llevamos el barco al medio de la bahía, la eficacia de las labores de extinción será menor.

La explanada situada enfrente del muelle se había llenado con centenares de curiosos, que observaban extasiados las llamas que salían del buque y los infructuosos esfuerzos de los hombres asignados a la tarea de extinguir el incendio. Medio Santander se acercó a ver el espectáculo durante las dos horas siguientes.

En aquella explanada se encontraba también Manuel Abascal, un humilde hostelero de Suances que había ido a la capital para una comida de negocios. Tras los postres escuchó el jaleo de las calles adyacentes y, junto a su amigo Eugenio, decidió acercarse para ver con sus propios ojos lo que sucedía.

—La gente no debería arrimarse tanto. El fuego podría propagarse en cualquier momento —aseguró Abascal antes de dirigirse a un señor que pasaba por su lado—. ¿Qué ha sucedido, buen hombre?

—No sabemos; el barco ha empezado a arder hace dos horas y no consiguen apagar el fuego —respondió el paisano y, mientras se alejaba del lugar con grandes zancadas, le contó a gritos el rumor que andaba en boca de todos: en la bodega del barco había cajas de dinamita.

Serían las cuatro y media de la tarde cuando los dos comerciantes decidieron alejarse de la explanada, donde la muchedumbre se acercaba ya a las dos mil personas. Numerosos barcos rodeaban al Cabo Machichaco, con las autoridades siguiendo la evolución del incendio desde el mismo buque.

A esa misma hora el comandante de Marina decidió hundir allí mismo el buque para sofocar el incendio de una vez por todas. Las autoridades se trasladaron entonces a los barcos abarloados a ambos lados del Cabo Machichaco, mientras desde el auxiliar de la Compañía Transatlántica se procedió a golpear con una mandarria para hacer saltar los remaches del casco y permitir de ese modo que el agua entrara entre las uniones de las diferentes planchas del buque.

Lo que nadie tuvo en cuenta en ese momento fue un detalle fundamental para el desarrollo de los acontecimientos posteriores: la dinamita había comenzado a disolverse debido a la cantidad de agua arrojada sobre la carga, derramando gotas de nitroglicerina cuya peligrosidad aumentaba ante los choques o las vibraciones.

Los continuos golpes con mandarrias y cortafríos precipitaron el momento de la desgracia. Hacia las cinco menos cuarto de la tarde se produjo una brutal deflagración y la proa del Cabo Machichaco salió volatilizada por los aires. Una enorme columna de agua y fango arrambló con los muelles y aledaños, arrastrando a cientos de personas. Y la carga del vapor, compuesta en su mayor parte por material siderúrgico, salió disparada en todas direcciones y actuó de mortal metralla que segó la vida de multitud de lugareños, algunos situados incluso a mucha distancia de la explosión.

Ese fue el caso de Manuel Abascal, que falleció debido al golpe terrible recibido de una viga muy pesada que acabó con su vida en un instante. Se había alejado de los muelles y se encontraba en esos momentos cerca de la catedral, sin saber que un proyectil lanzado desde el barco se dirigiría en aquella dirección. Solo le dio tiempo a escuchar la explosión, y al darse la vuelta recibió enseguida el impacto mortal que el destino le tenía preparado esa tarde.

El conjunto de tantas inesperadas adversidades desembocó en una terrible catástrofe, una de las más grandes de nuestra historia. Casi seiscientas personas fallecieron y cerca de dos mil resultaron heridas en mayor o menor consideración. La dotación del Cabo Machichaco pereció al completo, así como los miembros de la Transatlántica enviados para sofocar el incendio.

Muchas de las casas cercanas fueron destruidas también por los impactos de la metralla siderúrgica que asoló la zona, y las calles aledañas al muelle quedaron arrasadas debido a un voraz incendio. También numerosos bomberos, policías y las principales autoridades de la ciudad fallecieron en el suceso, por lo que Santander, una ciudad de 50.000 habitantes, recibió un impacto brutal del que le costó mucho tiempo recuperarse.

La vida de numerosos cántabros sufrió un revés inesperado en aquella tarde para el olvido, como fue el caso de una humilde familia de Suances. La muerte de Manuel Abascal dejaba en una precaria situación a su viuda, con cuatro hijos, algunos de corta edad, y un modesto negocio de hostelería que tendría que sacar adelante con la única ayuda de su suegro.

Unos trágicos acontecimientos que quizás pudieron evitarse y que, sin embargo, influyeron de un modo radical en la vida de miles de personas.