11

Charlotte se quedó anonadada al enterarse de la suspensión de Pitt. Quizá hubiera debido calibrar aquella posibilidad, pero había tenido la cabeza ocupada en otras cosas: la casa nueva —y vender la vieja, por supuesto—, la candidatura de Jack, el romance de su madre, su reciente matrimonio. No le cabía en la cabeza, ¡era injusto!

Sentía muchísimo el dolor y la humillación que aquello significaba para Pitt, pero estaba furiosa por la injusticia que se cometía. Más tarde empezó a temer por ella y por los niños. ¿Qué pasaría con la casa nueva? ¿Cómo iban a pagarla? Y ya no podían volver a la casa vieja.

Todo esto pasaba por su cabeza, y era consciente de que debía de notársele en la cara. Nunca se le había dado bien ocultar sus sentimientos, pero hizo todo lo posible por disimular, pese al malestar que sentía.

—Nos arreglaremos —fue cuanto pudo decir, y su voz sonó áspera de tan seca que tenía la boca.

Pitt la miró, pálido como ella, y exhausto.

—Claro que sí —dijo, aunque no tenía idea de cómo iban a hacerlo. La idea de volver al trabajo como inspector, en una comisaría lejana, era demasiado amarga para hacer otra cosa que olvidarla hasta que la dura realidad se impusiera. Tal vez podría convencer a Farnsworth de que le asignara a la comisaría de Central London, y así poder trabajar en una zona que conocía en vez de ir y venir en ómnibus diariamente. No podría pagarse un cabriolé.

Estuvieron un rato sentados en silencio, muy juntos. Las palabras no servían de mucho. No había nada agradable que decir salvo las banalidades en que ambos habían pensado, desechándolas después.

Charlotte se sentó un poco más erguida. Había encendido la chimenea, no porque hiciera frío en el saloncito sino porque el parpadeo de las llamas contribuía a crear una especie de islote que los aislaba del resto del mundo.

—¿Carvell lo admitió por fin? —preguntó.

—No. —Pitt vio mentalmente la cara de Carvell, implorándole con la mirada, destrozado, pálido y atemorizado, mientras lo bajaban a las celdas—. Lo negó con vehemencia.

Charlotte le miró.

—Tú le crees, ¿verdad? —dijo—. ¡Aún piensas que no lo hizo!

Pitt permaneció unos segundos sin decir nada. Estaba más que confuso, pero su voz no titubeó al responder.

—No. No concibo que hiciera daño voluntariamente a Arledge. Y si le hubiera matado en un arrebato de rabia habría quedado destrozado y ni siquiera habría intentado escapar. De hecho, estoy convencido de que si lo hubiera matado aceptaría, incluso de buen grado, el castigo.

—¡Tienes que averiguar quién lo hizo, Thomas! ¡No dejes que lo cuelguen por eso! —Se arrodilló delante de él, hablándole con voz firme y suplicante a la vez—. Tiene que haber algo. Por muy listo que sea, el Verdugo habrá dejado alguna pista, un pequeño hilo del que podamos ir tirando hasta desentrañar la verdad.

—Ojalá —dijo él sonriendo—, pero me he devanado los sesos buscando qué puede ser y no he pasado de ahí.

—Estás demasiado cerca del meollo —repuso ella—. Analizas los detalles en vez de tener una visión de conjunto. ¿Qué tienen en común las víctimas?

—Nada.

—¡Algo ha de haber! Winthrop y Scarborough eran dos bravucones, y dijiste que el cobrador de ómnibus era un hombrecillo servicial. Quién sabe, quizá también era un matón.

—Pero Arledge no. Según todas las versiones era un hombre afable y muy cortés.

—¿Estás seguro?

—Sí, lo estoy. Nadie ha dicho nada malo en su contra.

Charlotte reflexionó mientras él guardaba silencio.

—¿Es posible que todos excepto uno fueran asesinados para encubrir a esa única persona que alguien quería ver muerta? —dijo al fin—. Puede que los otros fueran elegidos al azar.

—No tiene sentido. —Pitt meneó la cabeza y alargó una mano para apartarle un mechón de cabello que le caía sobre la frente—. A Scarborough lo sacaron de su casa para matarlo. Yeats estaba en Shepherd’s Bush, lejos de la suya, de Arledge no lo sabemos y Winthrop estaba paseando en bote por el Serpentine, lo cual es de por sí absurdo. ¿A qué viene ponerse a remar en mitad de la noche? Si ya es difícil imaginarlo con un amigo en un bote a medianoche, calcula con un desconocido.

—El Verdugo quería tenerlo en el bote para matarlo sobre la borda —respondió ella.

—¿Y cómo consiguió que subiera? ¿Cómo convences a alguien para que suba a un bote en plena noche?

—Pues… yo diría que se me había caído al agua algo valioso, desde un puente o algo parecido —dijo Charlotte—. Antes habría tirado el sombrero o cualquier otra cosa.

—¡El sombrero! —Pitt se incorporó en la silla, dándole un golpe a ella sin querer.

—¿Qué? —Charlotte se levantó con presteza—. ¿Qué pasa, Thomas?

—El sombrero —repitió él—. ¡Encontraron un sombrero al dragar! ¡No era de Winthrop! No pudimos relacionarlo, pero quizá ocurrió como tú dices. Una artimaña para persuadirle de que subiera al bote. ¡Eres increíble! Es una respuesta tan simple, tan efectiva… —La besó entusiasmado y luego empezó a pasearse por la habitación—. Todo empieza a encajar —prosiguió, cada vez más excitado—. Winthrop era un oficial de la armada. Qué más natural que pedirle ayuda para recuperar el sombrero. El Verdugo bien pudo fingir que no sabía remar. Hay mucha gente que no sabe.

»Le hizo señas a Winthrop y subieron los dos al bote… y entonces el Verdugo señala un punto en el agua y Winthrop se inclinó por la borda. Y luego… —Bajó los brazos con la mano tiesa como la hoja de un cuchillo— Winthrop es decapitado.

—¿Y los otros? —preguntó Charlotte—. ¿Qué me dices de Arledge?

—No lo sabemos. No sabemos dónde mataron a Arledge.

—Pero ¿y Scarborough?, ¿y el cobrador? —insistió ella.

—A Scarborough lo mataron donde fue encontrado. El abrevadero de Rotten Row estaba lleno de sangre.

—¿Y Yeats?

—Cerca de la terminal de Shepherd’s Bush. Luego lo trasladaron a Hyde Park en un calesín.

Charlotte pensó un momento.

—Da la impresión de que Arledge era el único que importaba, ¿verdad? —dijo—. Salvo que no fue el primero. A ratos le veo sentido —añadió, volviéndose a sentar—, y a ratos no.

—Lo sé. —Levantó una mano—. Dejémoslo ahora. Mañana empezaré de nuevo. Vamos a la cama.

Ella le tomó la mano y se levantó despacio, con la cara todavía tensa. Incluso mientras subían a la alcoba ella no dejaba de darle vueltas, barajar hipótesis, urdir planes. Sólo consiguió olvidarse y pensar en otras cosas cuando ya estaba en camisón, con la sábana subida hasta el cuello y acurrucada junto a Pitt.

A la mañana siguiente Pitt no fue a Bow Street; no tenía sentido. Su mente era un revoltijo de ideas, muchas de las cuales apenas formadas y basadas en datos e impresiones aún por confirmar. Y tenía que esperar por fuerza hasta la tarde. Pasó las horas en ocupaciones triviales, verificando una y otra vez los detalles del caso. A las ocho menos cuarto se puso en marcha. Quería ver a Victor Garrick pero no conocía su dirección. Sabía que Mina Winthrop se la podía dar, así que tomó el ómnibus hasta Curzon Street y se apeó en pleno atardecer primaveral.

—¿Sí, señor? —preguntó la doncella.

—Quisiera hablar con la señora Winthrop, si es posible —dijo.

—Sí, señor. Si quiere pasar, veré si está en casa.

Era la respuesta habitual, y Pitt esperó obediente.

Mina tardó menos de cinco minutos. Estaba radiante con un vestido de muselina color lavanda. Al notar la sorpresa de Pitt, parpadeó.

—Buenas tardes, superintendente. Creo que me ha pillado por sorpresa. No estoy vestida adecuadamente. —Era un claro eufemismo. Se la veía mucho más joven que después de morir su marido, vestida toda de negro, asustada y perpleja. Ahora sus mejillas tenían color y su largo y esbelto cuello lucía únicamente un collar de gruesas cuentas, y sólo porque él sabía que estaban allí pudo distinguir el leve tono purpúreo de unas contusiones. A cualquier otro le hubiesen parecido sombras. Mina se movía con gran espontaneidad, como imbuida de vitalidad.

—Lamento importunarla, señora Winthrop —se disculpó él a su vez—. He venido porque quería ir a ver a Victor Garrick y no conozco su dirección. Sólo sé que es cerca de aquí.

—¡Oh! Pues ha tenido suerte. Viven dos puertas más allá, pero igualmente habría hecho el viaje en vano. Victor está aquí.

—¿De veras? ¿Sería mucho pedir que me permitiera hablar con él? No llevará mucho tiempo.

—Por supuesto que no. Estoy segura de que si puede ayudar en algo, lo hará encantado. —Frunció el ceño—. Aunque mi hermano me había dicho que atrapó usted al hombre. ¿Qué más necesita saber?

—Sólo algunos detalles, no sea que un abogado listo nos pille desprevenidos —respondió Pitt.

—Entonces pase a la habitación del jardín. Victor ha estado tocando para nosotros, y creo que será un sitio agradable para conversar.

Pitt le dio las gracias y aceptó de buena gana. Mina le condujo a una de las más encantadoras habitaciones que jamás había visto. Unas puertaventanas daban a un pequeño jardín cerrado repleto de plantas de todas clases. Las flores eran todas blancas; rosas blancas, lirios, claveles y geranios, alhelíes, sellos de Salomón y muchas otras cuyo nombre desconocía.

Las paredes y cortinas de la habitación eran de color verde con un delicado motivo floral blanco, y había un jarrón con flores, también blancas. La última luz de la tarde primaveral inundaba la estancia, calentándola pero sin restarle el ficticio frescor de un jardín.

Victor Garrick estaba sentado en un rincón con su chelo. Bart Mitchell estaba de pie junto a la repisa. No había nadie más.

—Victor, lamento interrumpir —dijo Mina—, pero el superintendente Pitt ha venido a verte. Parece que hay detalles todavía por aclarar en todo este desdichado asunto, y cree que tú podrías ayudarle.

—Quizá deberíamos marcharnos —dijo Bart haciendo ademán de irse.

—No, no —repuso Pitt—. Por favor, señor Mitchell, será un placer tenerlos aquí. De este modo me ahorraré tener que preguntarles por separado. —Pitt estaba pergeñando un plan, todavía brumoso y sin muchos de sus principales elementos—. Siento interrumpir el recital con tan fastidioso asunto, pero creo que por fin estamos cerca de su conclusión.

Bart fue hacia la repisa y recuperó su anterior postura, con una expresión fría en los ojos.

—Como guste, superintendente, pero no creo que ninguno de nosotros sepa nada que no haya dicho ya.

—Se trata más bien de lo que pudieron haber visto. —Pitt se volvió hacia Victor, que le observaba con sus ojos azules muy abiertos, al parecer más por educación que por interés.

—¿Sí? —dijo, ya que el silencio parecía requerir algún comentario.

—En la recepción que se celebró después del réquiem por Aidan Arledge —dijo Pitt—, usted estaba en el rincón, cerca del portal, ¿no es así?

—Sí. No tenía especiales ganas de hablar con la gente. Además, era más importante no abandonar mi instrumento. Alguien podía darle un golpe sin querer, incluso tirarlo al suelo. —Inconscientemente, sus brazos abrazaron el preciado chelo, acariciando su exquisita madera, lisa como el raso e igual de brillante. Pitt reparó en la abolladura y se sintió furioso.

—¿Es así como ocurrió eso? —preguntó.

Victor tensó las facciones y palideció de golpe. Ahora sus ojos brillaban duros, mirando fijamente hacia un punto en lontananza, o quizá abismados en ciertos recuerdos.

—No —dijo al fin entre dientes.

—¿Entonces? —insistió Pitt, comprobando que estaba conteniendo la respiración. Lo que no había advertido era que el dolor que sentía en las palmas de las manos eran sus uñas clavándose en la carne.

—Un ser perverso me empujó, y el chelo fue a dar contra el pasamanos —respondió Victor a media voz.

—¿Qué pasamanos? —inquirió Pitt.

Bart Mitchell cambió de posición en la repisa y se dispuso a intervenir, pero decidió no hacerlo.

—¿De un ómnibus? —dijo Pitt.

—¿Cómo? —Victor miró en derredor—. Oh, sí. Esa gente no tiene nada dentro, ni sentimientos ni alma.

—Una muestra de vandalismo —concedió Pitt, tragando saliva y dando un paso atrás—. Lo que quería preguntarle, señor Garrick, era si vio al mayordomo, a Scarborough, mientras daba órdenes a los otros sirvientes durante la recepción.

—¿A quién?

—Scarborough, el mayordomo.

Victor no parecía entender.

—Un hombre fornido de modales muy arrogantes.

Victor lo recordó por fin.

—Ah, sí. Un bravucón, un ser detestable. —Respingó al decirlo—. Es imperdonable valerse del poder para abusar de quienes no pueden defenderse. La gente que hace esas cosas es… —suspiró—. No tengo palabras para expresarlo. Busco, pero no encuentro nada que pueda definir la ira que siento.

—¿Despidió realmente a esa chica por cantar? —preguntó Pitt, procurando adoptar un tono ligero.

Victor le miró con las cejas enarcadas.

—Sí —dijo—. Estaba cantando una tonada de amor, muy flojito, una cancioncilla triste sobre el amor que se va. La despidió sin darle oportunidad de disculparse. —Su cara estaba cada vez más blanca, sus labios desprovistos de color—. No tendría más de dieciséis años. —Todo su cuerpo estaba tenso, aunque sus manos seguían suavemente apoyadas en el chelo.

—La señora Radley también lo oyó —dijo Pitt, no como parte del plan, sino respondiendo a un impulso piadoso—. Le ha ofrecido un trabajo a esa chica. No se quedará en la calle.

Victor se volvió muy despacio, con sus brillantes ojos azules aplacados, disipada la ira.

—¿De veras?

—Sí. La señora Radley es mi cuñada y me consta que es verdad.

—Y el mayordomo está muerto —añadió Victor—. Todo perfecto.

—¿Era todo lo que quería saber? —dijo Bart—. Yo no vi nada, y, que yo sepa, mi hermana tampoco.

—Bueno, casi —replicó Pitt, mirándole no a él sino a Mina—. La otra cuestión tiene que ver con el señor Arledge. —Cambió el tono de voz endureciéndolo adrede—. Usted me dijo, señora Winthrop, que se conocían muy superficialmente, que sólo fue un detalle amable por parte de él cuando usted sufría por la muerte de un animal doméstico.

—¿Y? —dijo ella, dubitativa.

—Lo siento, pero no la creo.

—Le hemos contado lo que pasó, superintendente —terció Bart—. Que usted lo acepte o no, ya es otra cuestión. Tiene al Verdugo encerrado. Es inútil que persista en un asunto que como mucho es tangencial.

Pitt no hizo caso.

—Yo pienso que le conocía bastante mejor que eso —le dijo a Mina—. Y no me creo que lo que la desconsolaba fuese la pérdida de un animal.

Mina estaba incómoda.

—Mi hermano ya le contó lo sucedido, superintendente. No tengo nada que añadir a eso.

—Ya sé que el señor Mitchell me lo contó, señora. ¡Lo que me extraña es que no lo hiciera usted misma! ¿Será que no es tan rápida contando mentiras? ¿O no se le ocurrió ninguna a tiempo?

—Señor, su impertinencia es absolutamente gratuita. —Bart se acercó a Pitt como dispuesto a agredirle. Habló con voz grave y amenazadora—: Debo pedirle que abandone esta casa. Aquí ya no es bienvenido.

—Eso carece de importancia —respondió Pitt, mirando todavía a Mina—. Señora Winthrop, si les preguntara a sus sirvientes, ¿cree que confirmarían esa historia del animal que murió?

Mina palideció, las manos le temblaban. Abrió la boca, pero no encontró palabras.

—Señora Winthrop —dijo Pitt lúgubre, odiando tener que hacerlo—. Sabemos que su esposo le pegaba…

Ella sacudió la cabeza, llena de terror.

—Oh, no, ¡no! —exclamó—. Fue… fue un accidente… él… la culpa fue mía. Si yo hubiera sido menos torpe, menos estúpida… Le provoqué yo al… —Miró, a su hermano.

—¡No es culpa tuya! —dijo Bart entre dientes—. ¡Me da igual que te mostrases estúpida o insistente! Nada justifica…

—¡Bart! —Mina casi chilló, llevándose las manos a la boca—. ¡Te equivocas! ¡No pasó nada! ¡Él nunca trató de hacerme daño! No lo has entendido. Oakley no era cruel. Fue el whisky. Él sólo…

Victor miró a Mina y luego a Bart, que estaba lívido.

—¿No te dolió? —preguntó con suavidad.

—No, querido Victor, todo pasó muy deprisa —le aseguró—. Bart siempre está… —dudó— protegiéndome.

—¡No es cierto! —La voz de Victor sonó como estrangulada—. Los golpes duelen; ¡y asustan! Se te nota en la cara. Tú le temías. Y él te hacía sentir avergonzada, inepta…

—¡No! Eso no es verdad. No lo hacía en serio. Y estoy bien, ¡te lo prometo!

—¡Porque ese cerdo ha muerto! —le espetó Bart.

Iba a añadir algo más, pero no lo hizo. Mina rompió a llorar, encorvando los hombros mientras los sollozos la sacudían y se derrumbaba en el sofá. Bart fue hacia ella, casi derribando a Victor, y agarró burdamente a Pitt por el brazo empujándolo hacia la puerta. Victor permaneció inmóvil.

Pitt no protestó al llegar al vestíbulo y, momentos después, palpándose las marcas de los dedos de Bart en el brazo, se dirigió a la avenida. Era una tarde despejada, y aún había luz. No esperaba que ocurriera nada durante un tiempo.

Estuvo unos quince minutos tomando un vaso de sidra en un pub y luego siguió su camino mientras las nubes se arracimaban y el día se iba extinguiendo. Pasó un rato antes de que notara que alguien le estaba siguiendo. Al principio fue sólo una sensación, la conciencia de un sonido que se hacía eco de sus pasos, desapareciendo cuando se paraba, retornando cuando volvía a andar.

Cuando llegó a Marylebone Road había anochecido, y le costó lo suyo no apretar el paso. Era una sensación rara y molesta, como una urticaria. Si sus presentimientos, por más que tenues y fundados en pruebas tangibles pero frágiles, no eran erróneos, quien le seguía no era otro que el Verdugo, siempre a la espera de su oportunidad. Seguro que llevaría el arma consigo.

A pesar de su determinación de afectar naturalidad, Pitt no pudo evitar andar a grandes zancadas. Oyó el repiqueteo ligeramente irregular de sus botas en la acera, y detrás de él, más cerca ahora, los pasos veloces y ligeros de su perseguidor.

Marylebone Road terminaba en Euston Road. Un landó pasó con sus faroles amarillos. El ruido de los cascos reverberó en el adoquinado. Pitt andaba todo lo rápido que podía, sin llegar a correr. El farolero estaba arrimando su larga vara a las mechas y las farolas iban prendiendo de una en una, formando una hilera de globos brillantes entre los cuales se extendían zonas de oscuridad que ocultaban a los transeúntes, gente que volvía a casa ansiosa de una velada agradable. Distinguió el perfil de una chistera contra la luz cuando un hombre pasó a toda prisa.

La estación de Euston quedaba a un centenar de metros. Notó el sudor del miedo y que respiraba con dificultad, pese a que no hacía otra cosa que andar deprisa.

Las pisadas se acercaban por detrás.

No se atrevió a enfrentarse todavía a él. Hasta que fuera realmente agredido, no tendría pruebas. Haber provocado a Mina no le serviría de nada.

Entró en la estación. Era tarde y había poca gente. El aire frío de la noche, tras el cálido día, se había vuelto brumoso. El ruido de los trenes, los gritos de los porteadores, los silbidos y el siseo del vapor le impidieron oír los pasos de su perseguidor.

Al llegar al andén se dio la vuelta. Había un mozo de estación, un caballero mayor de edad con una cartera de documentos, una mujer en la penumbra, un joven medio en sombras que al parecer esperaba a alguien. Entonces entró una mujer mayor, mirando nerviosa hacia todas partes.

Pitt cruzó el andén y luego dio media vuelta y lo recorrió en dirección al puente que cruzaba las vías. Subió; los peldaños estaban resbaladizos. Oyó el ruido de sus botas sobre los peldaños metálicos. Nubes de vapor se arremolinaban en la niebla y la llovizna empezaba a caer. Las luces del andén eran un revoltijo de globos brillantes que nadaban en la oscuridad de la noche y el gris de la lluvia, los faros de los trenes y el vapor que exhalaban.

Cruzó el puente sobre la vía. Había demasiado ruido para oír pasos de nadie, ni siquiera los suyos.

De pronto percibió un movimiento, una sensación de peligro inminente, un odio tan claro que fue como un escozor en la nuca.

Giró en redondo.

Victor Garrick estaba a dos pasos de él, y la luz del andén iluminaba su semblante pálido, sus ojos encendidos y el brillo casi plateado de su cabello. Empuñaba en su mano derecha un alfanje, dispuesto a golpear.

—¡Usted también lo hace! —sollozó Victor, enseñando los dientes, con la cara desencajada de angustia—. ¡Es igual que los otros! —gritó sobre el estruendo de los trenes—. ¡Hace daño a la gente! ¡Les hace pasar miedo y vergüenza, pero no permitiré que le siga haciendo daño a ella! —Hendió el aire con el alfanje y Pitt se apartó a tiempo de evitar que la hoja le diera en el hombro. El golpe hubiera podido cortarle el brazo.

Pitt se echó rápidamente hacia atrás y Victor se abalanzó sobre él, pasando de largo y dando media vuelta.

—¡No escaparás! —Victor respiraba entre dientes, su cara era un mar de lágrimas—. ¿Por qué me mientes? —Fue un grito espantoso, desgarrado, y no parecía estar mirando a Pitt sino a algo más allá—. Sigues diciendo que eso no duele, ¡pero sí duele! Hace tanto daño que todo el cuerpo se siente dolorido, y uno se queda en vela toda la noche, enfermo y avergonzado, pensando que la culpa es de uno y esperando la próxima vez. ¡Estoy asustado! ¡Nada tiene sentido! ¡Me has mentido todo el tiempo! —El alfanje volvió a cortar el aire—. ¡Tú también tienes miedo! ¡He visto tu cara, los cardenales, la sangre! ¡Huelo tu desdicha! ¡Puedo notar su sabor en mi boca! ¡Esto no seguirá así! ¡He de impedirlo! —Descargó salvajemente el filo.

Pitt retrocedió a la desesperada. No se atrevía a usar su bastón: el alfanje lo hubiera cortado en dos, dejándole indefenso.

Ahora estaba todo muy claro: el matón de Winthrop que pegaba a Mina; el cobrador de ómnibus que había cometido la torpeza de arañar el violonchelo; el arrogante Scarborough que había despedido a la doncella por cantar; Victor debía de haber atacado a Bailey cuando éste investigaba el paradero de Bart, y había asustado a Mina. Ella temía que Bart fuera culpable, al menos de la muerte de Winthrop.

—Pero ¿por qué mató a Arledge? —gritó con voz ronca.

Detrás de ellos, un tren escupió vapor e hizo sonar el silbato.

Victor estaba lívido.

—¿Por qué mató a Arledge? —repitió Pitt—. ¡Él no amenazó a nadie!

Victor tenía las rodillas ligeramente dobladas, manteniendo el equilibrio, con una mano en la barandilla y la otra empuñando el arma.

Pitt se apartó hacia un lado y retrocedió fuera del alcance del filo.

—¿Qué le hizo Arledge?

Victor no reaccionó enseguida. Su cara mostraba una súbita confusión. La cólera se esfumó y se quedó inmóvil.

—Yo no fui.

—Sí fue usted. Le cortó la cabeza y lo dejó muerto en el quiosco. ¿No se acuerda?

—¡Yo no lo hice! —La voz de Victor fue un chillido sobre el traqueteo de los trenes. Se abalanzó con todo el peso del cuerpo, blandiendo el arma. Pitt esquivó la acometida y lo sujetó por los hombros cuando la mano de Victor, cerrada sobre la empuñadura, le golpeaba el brazo con tal fuerza que Pitt soltó el bastón.

Pitt lanzó un aullido de dolor, pero el silbido del tren lo ahogó. El vapor de la locomotora los envolvía a los dos. Lanzándose contra Victor, alcanzó a éste en el pecho y lo hizo caer hacia atrás. El pretil le dio de lleno en la espalda y el peso del alfanje le hizo retroceder aún más. Victor resbaló en el húmedo metal del puente.

Pitt trató de agarrarle del brazo, pero se le escabulló de la mano. Las piernas de Victor, al subir, golpearon a Pitt.

Con un grito de sorpresa y terror, Victor cayó al vacío desapareciendo en las luces del tren que pasaba por debajo.

El ruido del impacto se perdió entre el fragor de la máquina y el chirrido del silbato. La sorpresa del maquinista quedó grabada en la mente de Pitt, y un segundo después todo acabó. Se quedó agarrado a la barandilla con las manos temblorosas, el cuerpo helado y la mente iluminada por una brusca comprensión, una innegable piedad.

Victor había desaparecido. Su rabia y su dolor eran ya inalcanzables.

Al despejarse el vapor y darse media vuelta, Pitt vio otra figura. Iba avanzando agarrada al pretil como un ciego, la cara lívida.

Pitt la miró horrorizado. De pronto lo comprendió todo. Era contra ella lo que Victor había gritado, no contra Pitt. Era a ella a quien había dirigido todo aquel miedo, todo el dolor del pasado.

—¡Yo no sabía nada! —Ella no pudo contenerse—. Hasta hoy no. ¡Lo juro!

—No —dijo él, tan abrumado por la compasión que su voz apenas fue un susurro.

—Fue su padre, sabe —prosiguió ella, desesperada por hacerse entender—. Él me pegaba. No era malo, pero no podía dominar su genio. Yo siempre le decía a Victor que no pasaba nada, que no me hacía daño. ¡Pensé que era lo que tenía que hacer! —Estaba tan confusa y desesperada que incluso la congoja desaparecía por momentos—. Pensaba que le estaba protegiendo. Pensaba que todo iría bien, ¿entiende? Yo no quería que odiara a su padre, y Samuel no era malo, sólo que… —Una súplica angustiosa afloró a su cara. Miró a Pitt, ansiando que la creyera—. Él nos quería, a su modo, eso me consta. Me lo dijo… muchas veces. Era culpa mía que se enfadara tanto. Si yo hubiera…

—Todo ha terminado —dijo Pitt yendo hacia ella. No podía soportarlo más. Abajo el tren se había detenido, escupiendo vapor, y había hombres gritando en el andén. Ella no tenía que verlo. Alguien debía llevársela de allí—. Venga. —La cogió del brazo y casi la arrastró hacia la escalera—. No hay nada que hacer aquí.

Aquella misma mañana Charlotte había ido a ver a Emily después de desayunar. Estaban tomando limonada juntas, sentadas en la terraza de Emily. El día era soleado pero, aparte de eso, decidieron salir al jardín para que ningún sirviente pudiera oírlas. La situación era desesperada. Era mejor que nadie escuchara sus planes. Jack hubiera mostrado su desacuerdo, como es lógico, dado su nuevo cargo. Pero ahora lo más urgente era hacer lo posible por ayudar a Pitt.

—¿Cómo vamos a averiguar la identidad de un amante? —dijo Charlotte, sorbiendo su limonada—. No podemos seguirla a ella.

—No sería práctico —señaló Emily—. Y además tardaríamos demasiado. Podrían pasar días antes de que vuelvan a verse. Hemos de hacer algo que sea más rápido.

—¿Y si ella no va a verle? —dijo Charlotte desesperada.

—¡Entonces la obligaremos! —Emily no había perdido un ápice de su determinación. Parecía confiar en una victoria inesperada—. Hemos de enviarle una carta, o algo similar. Una invitación que parezca provenir de él.

—Ella sabrá que la letra no es suya. Además, los enamorados suelen tener una manera especial de comunicarse entre sí, un término cariñoso, algún diminutivo.

Emily la miró ceñuda.

—Aparte de eso —prosiguió Charlotte—, aunque ella respondiera a la nota, no sabríamos quién es él.

—No pongas tantos reparos —dijo Emily con cierta aspereza—. Tendríamos que redactarla de forma que ella vaya a verle a él, y así sabríamos de quién se trata.

—Y él también sabría quiénes somos nosotras. De ese modo sabrán que algo está pasando. Parecería una muestra de la peor vulgaridad. Haríamos más mal que bien. No olvides que esto es sólo el principio. Tener un admirador no es ningún delito, de hecho si eres discreta ni siquiera se considera un pecado.

Su hermana la miró con una mueca.

—¿Quieres resolver esto o no?

Charlotte no se molestó en responder.

—No creo que Dulcie se delate —dijo pensativa, cogiendo el vaso de limonada. Estaba deliciosa, y muy refrescante—. Él quizá sí.

—Pero no sabemos quién es. Hemos de buscar su pista a través de ella.

—No estoy segura de que eso sea necesariamente cierto.

—¿Tienes alguna idea?

—Puede. Veamos qué cualidades debería poseer.

—¿Para ser un amante? —Emily parecía incrédula—. No seas ridícula. Ha de ser viril, a eso se reduce casi todo. Lo demás es cuestión de gustos.

—Eres muy simplista —dijo Charlotte—. Me refiero a qué sentido tiene matar a Aidan Arledge ahora y no antes, después o, mejor aún, nunca. En general los enamorados no matan al cónyuge. ¿Por qué ha sido así esta vez?

Emily guardó silencio, mordisqueando un dulce de azúcar.

—Las circunstancias han cambiado —respondió al fin—. Es la única cosa que tiene sentido.

—De acuerdo, pero ¿en qué han cambiado? —Charlotte cogió también un trozo.

—¿Alguien la descubrió? No, eso querría decir que mataron a la persona en cuestión si los amenazaba con el chantaje. ¿Lo descubrió su marido y se disponía a exponerla a la vergüenza pública? ¿O a repudiarla por adúltera, quizá?

—¿Cuando él estaba liado con Jerome Carvell? ¡Lo dudo!

—Dulcie lo descubrió con Jerome Carvell y le mató, en un arrebato de pura repugnancia —sugirió Emily.

—Thomas dice que ella no sabía lo de Jerome Carvell. Sospechaba que había algo, pero pensaba que se trataba de una mujer, como hubiera pensado cualquiera.

—Pero Thomas cree que es una viuda acongojada. No sabe que ella tiene un amante.

Charlotte lo admitió en silencio. Prefería no entrar en la opinión que Pitt tenía de Dulcie.

—Estimo mucho a Thomas —continuó Emily—, pero no es alguien que sepa juzgar muy bien a las mujeres. Como la mayoría de los hombres —añadió—. Bien, supongamos que él se marchaba, porque ella no podía casarse con él, y ella tenía que quedar libre como fuese para evitar que él la dejara para siempre.

—Incluso podría ser que él pensara casarse con otra —apuntó Charlotte.

—Eso significaría que él estaba en disposición de casarse —dijo su hermana, cada vez más excitada—. Lo cual reduce drásticamente las posibilidades. No hay tantos caballeros de la edad de Dulcie Arledge que estén solteros y sean respetables.

El amante no tenía por qué ser de su misma edad, pero ése era un tema que ninguna de las dos quería abordar.

—¿Tú crees que él tenía intención de dejarla? —preguntó Charlotte.

—No. En fin, si él no está a punto de quedar descartado, entonces será que ha quedado disponible de pronto. Si antes era igual que ella estuviera libre, porque él no lo era, ahora él lo es, así que ella hizo lo posible para quedar libre también.

—Sí, podría ser —concedió Charlotte—. Desde luego, tiene sentido. A no ser, claro, que fuese alguien a quien ella conoció hace muy poco.

—Sí. Ése podría ser Bart Mitchell, el hermano de Mina Winthrop.

—Thomas sospechaba de él, creo, pero no por ese motivo.

—¿Por cuál, entonces?

—Por Mina.

—¿Qué tenía que ver Arledge con Mina?

Charlotte le explicó lo poco que sabía. Emily le quitó importancia.

—O bien alguien como Landon Hurlwood, que ha enviudado recientemente. Ahora está disponible, cosa que antes no. Y es realmente atractivo. —Su voz denotaba entusiasmo—. Yo no culparía a ninguna mujer si quedara prendada de él. E imagino que si un hombre así te quiere, es muy fácil perder un poco el sentido de la proporción.

—Golpear a tu marido en la cabeza y luego decapitarle y dejarlo tirado en el parque no es «un poco» —dijo Charlotte. También en ella había, sin embargo, un nervioso entusiasmo, y Emily pasó por alto las palabras en favor del tono.

—Pero da muy bien el tipo, ¿no te parece? —Emily se acodó en la mesa de hierro forjado.

—Sí —dijo Charlotte, cada vez más convencida—. Sí, parece el hombre ideal para el caso. Pero supongo que debe de haber muchos otros. El problema es cómo decidir cuál es.

—¿Acaso hace falta? Tú ya ves que la respuesta no puede ser más que ésa.

—Por supuesto que lo veo. Pero hemos de probarlo de alguna manera. Luego necesitamos saber si él mató a Aidan Arledge y, por descontado, si Dulcie estaba al corriente.

—Oh. —Emily soltó un suspiro—. Vaya, será muy interesante. ¿Cómo podríamos hacerlo? Sobre todo, teniendo en cuenta que Thomas no pudo…

—Él nunca ha pensado en Dulcie —dijo Charlotte, mordiéndose el labio y sintiéndose otra vez culpable.

—Tal vez Dulcie no sabía que él lo hizo por ella. —Charlotte la miró exasperada—. Supongo que sí. No es ninguna ingenua. Perdona. ¿Qué hacemos?

—Debemos asegurarnos. —Charlotte hablaba tanto para ella como para Emily. Reflexionó—. Hay que provocar alguna reacción —dijo al fin.

—¿En quién? ¿En Dulcie? ¿De qué serviría eso? Ella no le delatará.

—¡En ella no, en él!

—Pero si no sabemos quién es. No sólo pudo ser Landon Hurlwood. También podría ser Mitchell, o quién sabe cuántos otros.

—Pues empecemos por Hurlwood y Mitchell. —Charlotte se mordió el labio—. Aunque confieso que no sé cómo lo vamos a hacer.

Emily pensó un momento. Su cara se iluminó de pronto.

—Yo sí. Es obvio que el asunto es secreto, y si tuvo algo que ver con la muerte de Aidan Arledge, tendrán la necesidad de que lo siga siendo. Sólo puede salir a la luz como si se hubieran enamorado a partir de que ella enviudó. Si a ti o a mí nos los presentaran, quiero decir socialmente, para que parezca algo fortuito —se inclinó hacia adelante— e hiciéramos algún comentario con cara de complicidad, se quedarían tan desconcertados que sabríamos inmediatamente que habíamos dado en el clavo.

Charlotte iba a protestar que ella no podía hacer una cosa así, pero entonces recordó la desesperada situación en que se encontraba Pitt, el hecho de que lo hubieran despedido, y más aún, perder la casa nueva, tener que decírselo a Caroline —con la maliciosa satisfacción de la abuela—, pero sobre todo lo mal que lo estaba pasando Pitt.

—Sí —dijo, sin saber cómo iba a lograrlo—. Es una excelente idea. Deberíamos empezar cuanto antes. Yo me ocupo de Bart Mitchell, porque puedo presentarme en casa de Mina. Tú tendrás que encargarte del señor Hurlwood. —Se levantó—. Cómo darás con él; no tengo ni idea, pero eso es asunto tuyo. —Y dando a Emily un último abrazo, sin esperar a oír alguna excusa o evasiva, abandonó el jardín y se dirigió hacia la puerta de la calle.

En menos de una hora estaba en casa de Mina, mucho antes de que Pitt llegase allí, y fue recibida con gusto y esa clase de naturalidad que sólo se da normalmente cuando hay una larga amistad detrás. En otras circunstancias se hubiera sentido culpable por explotar sentimientos tan generosos, pero ahora la necesidad excluía de su mente cualquier consideración.

—Qué placer verla de nuevo, señora Pitt —dijo Mina con entusiasmo—. ¿Qué tal su casa nueva? ¿Se encuentra a gusto allí?

—Desde luego, gracias —dijo Charlotte, viendo con alivio que Bart Mitchell se encontraba presente—. Me gusta muchísimo. Buenos días, señor Mitchell.

—Buenos días, señora Pitt —respondió él sin molestarse en disimular su sorpresa. Dio un paso al frente.

—No se marche por mí, se lo ruego —dijo Charlotte con excesiva prisa—. Me sabría muy mal. —De buena gana se hubiera abofeteado por pasarse de la raya. Se sintió ridícula. Y sin embargo si él se iba, el viaje habría sido en vano, y no había tiempo que perder. En pocos días Pitt tendría que dejar el caso definitivamente.

—Bien, yo… —Bart no sabía cómo reaccionar; difícilmente hubiera podido esperar aquellas palabras de Charlotte.

A ella se le ocurrió una idea arriesgada, desesperada y ridícula, pero ahora no tenía en cuenta su propia dignidad. Sólo pensaba en Thomas.

No tuvo dificultad en ruborizarse, tan tonta se sentía. Bajó la vista como si quisiera disimular sus sentimientos y de pronto le miró a los ojos como había visto hacer a un sinfín de mujeres: Emily conseguía efectos devastadores. Ella, Charlotte, sólo lo había probado unas cuantas veces, de joven, haciendo toda una exhibición.

Bart estaba sobresaltado, pero fue a sentarse al sofá como si tuviera toda la intención de quedarse allí. ¿Sería que sentía atracción por ella? ¿O simplemente se sentía halagado?

Mina estaba diciendo algo y Charlotte no había oído ni una palabra. Debía prestar atención, o agravaría las cosas con su idiotez.

—Muy amable de su parte —murmuró, confiando en que la respuesta encajara.

Mina llamó a la doncella y le pidió limonada fría. Sería eso lo que había dicho antes.

Charlotte se esforzó por buscar un tema inteligente de conversación. No sabía nada de chismes novedosos, carecía de medios y de propensión para esas cosas; no quedaba bien hablar de política siendo mujer; no estaba al día en cuestiones de moda. Tampoco quería entrar a saco en el tema del Verdugo. Hacía meses que no iba al teatro, ni a un concierto.

—¿Cómo está su brazo? Espero que la quemadura se le haya curado —dijo para romper el silencio.

—Desde luego —respondió Mina, enarcando las cejas como si no hubiera esperado aquel comentario—. Y mucho más rápido de lo que yo pensaba. Creo que su rápida intervención me ha ahorrado muchas molestias.

Charlotte suspiró de alivio.

—Sé que el agua fría sólo alivia los síntomas, y que normalmente nada tiene que ver con el tratamiento. Pero en el caso de las quemaduras, ese alivio parece que dura, y luego apenas queda señal. ¿Está de acuerdo, señor Mitchell?

—Difícilmente podría no estarlo, señora Pitt —dijo con una sonrisa—. Aunque es cierto que sé poco de quemaduras domésticas.

—¿Y de otra clase? —insistió ella, más desesperada de lo que parecía denotar su voz temblorosa.

Él sonrió más ampliamente.

—Desde luego. Por pura casualidad me curé unas quemaduras de sol con agua fría.

—¿De sol? Qué interesante. —Le miró extasiada como si Bart fuera el sujeto más fascinante del mundo. Ciertamente, tenía unos preciosos ojos azules.

Él desvió discretamente la mirada y procedió a hablarle de sus viajes a África, de cuando cayó de su caballo mientras vadeaba un río muy crecido y el contacto del agua le alivió rápidamente el dolor y el mareo que le provocaban el sol y el calor. Era una historia entretenida y la contó con humor y viveza. Charlotte no hubo de fingir que le interesaba.

La doncella les llevó una limonada deliciosa, y Charlotte siguió preguntando sobre sus experiencias. Bart respondía distendido mientras Mina, sentada en el sofá con las manos en el regazo y una leve sonrisa en los labios, escuchaba completamente relajada.

Pero el tiempo pasaba. Charlotte no había conseguido nada que probara su hipótesis. Si Bart Mitchell era el amante de Dulcie, estaba disimulando de maravilla. Pero a medida que lo iba conociendo mejor, le parecía que ese enmascaramiento era algo innato y fácil para él. Bart no delataría a una mujer amada, ni voluntariamente ni por no saber dominarse.

Charlotte se sentía cada vez más necia. Ojalá que a Emily le estuviera yendo mejor. Había que lanzarse, al precio que fuera. ¡O al menos intentarlo!

—¿Cuándo regresó usted de África? —preguntó con cara de arrobo. No le estaba resultando tan difícil coquetear con él. Bart era una persona muy agradable cuando se le conocía un poco más, y muy bien parecido.

—El otoño pasado, señora Pitt.

—Oh, eso es bastante. —Las palabras se le escaparon y Charlotte tragó saliva confiando en que la desilusión no sonara tan clara a oídos de ellos como a los suyos propios. Con todo, a ciertas personas podía bastarles ese tiempo para enamorarse. Ella misma no hubiera empleado tanto tiempo. Y Bart no parecía ser de los que necesitan más de medio año para que sus sentimientos tomen forma—. ¿Le gusta la buena sociedad londinense o le parece demasiado mansa después de tantas aventuras? —Era una pregunta torpe, pues sólo requería una respuesta educada—. ¡Oh! Lo siento —se apresuró a decir—. ¿Qué va a responder sino que le gusta? Pero quisiera que me diese una respuesta sincera, si echa de menos el peligro y la novedad de cada día. —Hablaba demasiado aprisa, pero parecía incapaz de contenerse—. El desafío al valor y la imaginación, la capacidad de soportar penurias, de salir airoso de la escasez o la pérdida.

—Mi querida señora Pitt —dijo sonriendo Bart; parecía genuinamente divertido—. Le aseguro que no tenía la menor intención de darle una respuesta simplemente educada. No creo que sea una mujer que invierta su tiempo en charlas ociosas. De hecho, estoy convencido de que casi todo lo hace por un propósito determinado.

Charlotte notó que se encendía. ¡Bart había dado en la diana mucho más de lo que él mismo imaginaba!

—Oh —dijo—. Yo… bueno…

—Respondiendo a su pregunta —continuó él—, en efecto, echo de menos muchas cosas, y hay momentos en que Londres me parece intolerablemente manso, pero otras veces contemplo el verdor de los jardines y el frescor de las flores en primavera, los elegantes edificios, y sé que detrás de esas fachadas hay una vida civilizada, hay belleza e ingenio, y entonces vivir en esta ciudad me apasiona.

Ella siguió con la mirada baja.

—¿Piensa volver a África, señor Mitchell?

—Supongo que algún día.

—Pero no tiene planes a corto plazo…

—Ninguno —dijo él un tanto divertido.

—Por supuesto —repuso Charlotte con suavidad—. La señora Arledge se alegrará mucho, sin duda. Claro que usted no la dejaría aquí sola. —Levantó la vista para observar la expresión de él.

Bart no mostró asomo de culpa, sólo una absoluta incomprensión.

—¿Cómo dice? —preguntó, juntando un poco las cejas.

Charlotte no se había sentido tan necia en toda su vida. Había coqueteado vergonzosamente con un hombre decente, había parloteado como si tuviera el cerebro lleno de plumas, y ahora no se le ocurría cómo salir del atolladero.

—Oh… —dijo desesperada—. Me temo que me he explicado muy mal. Creo que debí interpretar erróneamente algo que me dijeron. Le ruego me perdone. —No se atrevió a mirarle, y desde hacía un rato había olvidado por completo que Mina estaba allí.

Pero Bart no iba a dejarla escapar tan fácilmente.

—¿La señora Arledge? —inquirió.

—Sí, yo… —Charlotte vio que nada podía justificar su anterior comentario.

—Parece una mujer de gran dignidad —prosiguió él—. Pero no es alguien a quien yo conozca más que del modo más superficial y breve. En realidad creo que el funeral por su esposo fue la única vez que la vi. ¿La conoce usted bien?

—¡No! Yo… tuve la impresión de que usted… pero debía de ser otra persona. Supongo que no estaba atendiendo y creí oír lo que no era. Lo siento. —Por fin se decidió a mirarle a los ojos—. Olvide lo que he dicho, por favor. Ha sido una tontería por mi parte.

—Como usted diga.

—Tome un poco más de limonada —propuso Mina, hablando por primera vez desde que había salido a relucir el tema de África.

—No, gracias. Se lo agradezco, pero debo irme. —Charlotte se puso en pie con más prisa que gracia. Se moría de ganas por salir de allí—. No quisiera alargar lo que ha sido una visita de lo más agradable. Gracias por recibirme tan generosamente teniendo en cuenta que he venido sin avisar ni haber sido invitada. En realidad sólo quería decirle que sus consejos me han sido muy valiosos, y que le estoy sumamente agradecida.

—Fue algo sin importancia —dijo Mina—. Me alegro de que todo haya funcionado como usted deseaba.

—Quizá, más adelante, le gustaría visitarnos —la invitó Charlotte, ofreciéndole una de sus recién impresas tarjetas de visita con la nueva dirección. Sólo momentos después cayó en la cuenta de que probablemente ella y Pitt ya no estarían allí para entonces. A no ser que tuvieran mucha más suerte que hasta entonces y resolvieran el caso.

—Vuelva cuando guste, señora Pitt —dijo Bart con una sonrisa que no ocultaba un deseo genuino.

—Gracias —dijo ella, jurándose no volver a pisar aquella casa—. ¡Estaré encantada!

Salió a toda prisa hacia el vestíbulo, cruzó la puerta que la doncella le había abierto y caminó con indecorosa prisa hacia la avenida principal y en busca del primer ómnibus que pasase.

Emily, por el contrario, no pasó nervios para localizar a Landon Hurlwood. Un poco de ingenuidad le bastó para conocer su paradero. Después, se vistió a la última moda con un vestido de muselina blanca con puntillas de azul de Delft, mangas anchas y hombros puntiagudos, y un maravilloso sombrero de copa alta y una pluma de avestruz en el ala, y pidió su coche.

Todo tenía que funcionar al minuto para atrapar a Hurlwood. En realidad hubo de hacer que su coche permaneciera un rato parado, causando ciertos problemas de tráfico, durante un cuarto de hora, hasta que le vio salir de Whitehall y dirigirse a Trafalgar Square. Por fortuna el día era espléndido y caminar representaba un auténtico placer.

Emily se apeó sin la ayuda del sobresaltado cochero y partió hacia su presa.

—¡Señor Hurlwood! —exclamó gozosa cuando estuvo a una docena de pasos—. ¡Qué agradable encontrarle aquí!

Él la miró perplejo. Sin duda venía pensando en asuntos del gobierno y la administración, temas que recién acababa de tratar o tenía previsto hacerlo en un próximo debate.

—Buenas tardes… señora Radley —dijo con sorpresa. Levantó el sombrero y se detuvo, apartándose un poco para dejar paso—. ¿Cómo está usted?

Ella sonrió encantadoramente.

—Excelente de salud, muchas gracias. Qué día tan precioso, ¿verdad? Se siente una llena de optimismo.

—Desde luego. Tiene usted toda la razón. Fue una gran victoria, y más dulce aún por ser inesperada, al menos para algunos.

—¡Y que lo diga! Yo misma no me lo podía creer al principio. Debería haber tenido más confianza, supongo.

—A juzgar por los acontecimientos, sí —sonrió él—, aunque creo que es más sensato mostrarse modesto de entrada y disfrutar después, no al contrario.

—Oh, desde luego. Me temo que el pobre señor Uttley no ha encajado bien su derrota. Hay que aprender a ser discreto, ¿no le parece a usted? Yo creo que una parte del éxito en la vida pública consiste en guardarse para sí los propios sentimientos. —Le miró con inocencia, como buscando su aprobación.

—Creo que está en lo cierto —dijo él, no muy seguro de qué era lo que había detrás de aquel comentario, pero consciente de que lo había.

—Otra cosa es lo que uno sabe de oídas pero ha sido llevado a cabo con la máxima discreción. —Emily inclinó la cabeza con una sonrisa cómplice—. Asuntos amorosos de carácter… muy privado.

Hurlwood parecía incómodo, pero ella no supo si era la culpa o simple engorro ante una observación de bastante mal gusto.

—Creo que la señora Arledge lo está llevando muy bien después de tan lamentable pérdida, ¿no le parece? —prosiguió—. Y que ocurriera en un momento tan delicado. Pero estoy segura de que usted sabrá consolarla con toda discreción.

Él se sonrojó hasta las orejas; su mano se cerró sobre la empuñadura del bastón. Cuando respondió, su voz sonó un poco ronca.

—Sí. Bueno, uno hace lo que puede. —Era una observación a la ligera, y ambos lo sabían. Su mirada incómoda y furiosa le dio a Emily la respuesta que buscaba, sin necesidad de una admisión verbal.

—No quiero entretenerle, señor Hurlwood —dijo—. Sin duda tiene asuntos importantes que atender, y ya ha sido muy cortés conmigo. Que pase un buen día. Ha sido muy agradable charlar con usted.

Y dicho esto, sonriendo con inocente placer, se alejó hacia donde la esperaban su coche y un lacayo con suficiente experiencia para no hacer cabalas sobre lo que su señora se traía entre manos.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo Emily ansiosa pero con la frente ligeramente fruncida.

Ella y Charlotte estaban en el tocador de Ashworth House. Era preferible al salón, pues aunque se suponía que Jack estaba en la Cámara de los Comunes, podía volver en cualquier momento, y aquélla era una conversación que él de ninguna manera debía oír.

Charlotte, por su parte, había dicho a Gracie que no sabía cuándo iba a volver a casa. Así pues, Gracie debía dar la cena a los niños, acostarlos, y si el señor llegaba, decirle que la señora estaba en casa de Emily y que quizá se quedaría a dormir. En otras circunstancias, no hubiera estado ausente de casa, pero aquél era un caso de fuerza mayor. La diferencia estaba en que Charlotte le explicaría a Gracie los motivos, mientras que Emily se cuidaría mucho de que los sirvientes no supieran ni una palabra al respecto. Estaban todos muy impresionados por la victoria de Jack, y sus lealtades estaban profundamente divididas.

—Hemos de encontrar pruebas, si es que las hay —respondió Charlotte.

—Alguna tiene que haber, ¿no?

—Si tanto el uno como el otro son inocentes, no las habrá.

Emily desechó la idea con un gesto de la mano.

—No pienses en eso. ¿Cómo crees que pasó? Quiero decir, ¿cómo pudo hacerlo, si es que fue ella?

Charlotte reflexionó.

—No es muy difícil golpear a alguien en la cabeza cuando la otra persona no lo espera de ti. Menos aún si tú le gustas…

—Tendría que convencerlo para ir adonde a ti te interesara —dijo Emily, al hilo del argumento—. Un hombre adulto, aunque fuera muy delgado, sería muy difícil de transportar una vez inconsciente. ¿Cómo hizo ella para subirlo al quiosco de música?

—Cada cosa a su tiempo. De momento, aún no le hemos dado en la cabeza.

—¡Eso no es problema! ¿A qué estás esperando?

—A llevarlo al sitio indicado, a eso. Hay que planear las cosas. Debemos escoger el momento adecuado. ¡No hay que dejarlo allí tirado horas y horas!

—¿Por qué no? —saltó Emily—. ¿Importa tanto?

—¡Pues claro que sí! Están los sirvientes. ¿Cómo vas a justificar tu…?

—De acuerdo. Ya entiendo. Tiene que ser una vez que los sirvientes se hayan retirado, o en un sitio adonde ellos no vayan. ¿El jardín, por ejemplo? De noche no habrá que preocuparse por el jardinero. ¿Un invernadero, un cobertizo?

—Excelente —dijo Charlotte—. ¿Cómo persuadirle de que vaya al invernadero siendo de noche?

—Diciendo que le vas a enseñar algo…

—¿Y con la excusa de haber oído un ruido?

—Para eso se llama a un lacayo —dijo Emily.

—Oh, tienes razón. Pero yo no tengo lacayo.

—Ni invernadero.

Charlotte suspiró. Si pudieran conservar la casa nueva, tal vez tendría uno. Incluso con el tiempo podría disponer de un sirviente. Pero eso ahora carecía de importancia.

—Bueno, conseguimos llevarlo al invernadero —dijo—, con la excusa de enseñarle algo muy especial. Una flor que se abre de noche y tiene un aroma extraordinario.

—¿Tú crees que hablarías de flores con un marido al que estás a punto de asesinar? —objetó Emily.

—Pues otra cosa. No sé… ¿Algo que el jardinero ha hecho mal?, ¿una metedura de pata que justifique despedirlo y contratar a otro?

—Está bien. Consigues llevarlo al invernadero y haces que se incline para mirar no sé qué, y luego le das en la cabeza con lo primero que tienes a mano. En un sitio así hay utensilios apropiados. ¿Y después?

—Lo dejas allí —dijo Charlotte—. Al menos hasta la madrugada, momento en que vas y le cortas la cabeza…

—Vestida para la ocasión —interpuso Emily.

—¿Cómo?

—¡Pues con algo que disimule la sangre!

—Ah. —Charlotte arrugó la nariz, pero comprendió que la observación era pertinente—. Sí, muy bien. Tendría que ser algo que se pudiera tirar después, o una prenda impermeable que pudiera lavarse.

—¿Por ejemplo? ¿Y cómo vas a lavar la sangre sin dejar ninguna mancha?

—Un chubasquero, quizá —dijo Charlotte, no muy segura—. Pero ella no tenía por qué guardar un chubasquero. Yo no tengo nada que se le parezca ni remotamente. ¿Y el jardinero? —pensó en alto—. Así ella podría pasar por uno que cruzaba el parque. —Entonces recordó algo—. ¡Sí, vieron a un jardinero en el parque, empujando una carretilla! ¡Emily! ¿No sería el asesino transportando el cadáver de Aidan Arledge hasta el quiosco de música?

—Entonces fue Dulcie, o Landon Hurlwood —dijo Emily.

—¡Da lo mismo! Si fue él, no pudo hacerlo sin que ella lo supiera. Dulcie es culpable en ambos casos. ¡Debieron matar a Arledge en su propio invernadero y luego lo transportaron en su propia carretilla!

—Eso hay que demostrarlo. —Emily se levantó—. Con saberlo no es suficiente.

—Son sólo conjeturas —dijo Charlotte, levantándose también—. Antes que nada hemos de probárnoslo a nosotras mismas. Tendremos que buscar el sitio, verlo con nuestros ojos. Tiene que quedar una mancha de sangre por alguna parte.

—¡Pues dudo que ella nos deje husmear en su invernadero, si es que fue allí donde le cortó la cabeza a su marido!

—Por supuesto. Bien, habrá que ir de noche, cuando ella no lo sepa.

—¿Allanamiento de morada? —Emily no acababa de creérselo. Pero el miedo se desvaneció de su cara, sustituido por una expresión de osado entusiasmo—. ¿Las dos solas? Tendremos que hacerlo esta misma noche. No hay tiempo que perder.

Charlotte tragó saliva.

—Sí. Esta noche. Saldremos de aquí sobre las… A medianoche, ¿de acuerdo?

—Las doce es demasiado temprano —dijo Emily—. Podría estar levantada todavía. Yo a esa hora suelo estarlo.

—Pero tú no estás de luto. No creo que haya salido a cenar, o al teatro.

—De todos modos, propongo hasta la una.

—Oh, pues será mejor que yo no vuelva a casa. Thomas podría…

—Naturalmente. Mi casa será el punto de partida. Eso está claro. Yo tampoco sabría cómo explicárselo a Jack. ¡Le daría un ataque! Habrá que esperar hasta la una en alguna parte.

—¿Pero dónde? ¿Cómo nos vestiremos? Tampoco hemos de entrar literalmente en la casa. Lo que necesitamos seguramente está en el invernadero o el cobertizo. Pero deberíamos llevar alguna clase de luz. Ojalá tuviera una linterna sorda.

—No hay tiempo —dijo Emily, lamentando que así fuera—. Llevaré un farol de carruaje. Con eso bastará.

—¿Cómo vamos a entrar? No podemos pedirle a tu cochero que nos deje allí.

—Habrá que decirle que nos lleve a un sitio cercano. Eso no es problema. Conozco a alguien que vive cerca. Diré que vamos de visita.

—A la una de la noche y vestida como un desvalijador —ironizó Charlotte, riendo sin querer.

—Oh. Claro. —Emily se mordió el labio—. Será mejor que no. Diré que ella se ha puesto enferma. Me vestiré de ladrona y encima me pondré un buen chal. Tú tendrás que hacer lo mismo. —Y antes de que Charlotte pudiera protestar, añadió—: Te buscaré algo de las sirvientas, ellas visten cosas sencillas, colores oscuros. Eso servirá. Vamos. Tenemos que hacer muchos preparativos.

Con el corazón en la boca, Charlotte la siguió.

Pasaban cinco minutos de la una cuando Charlotte y Emily, vestidas de oscuro y con sendos chales sobre la cabeza (en el caso de Emily, sobre todo para ocultar el brillo de su pelo), avanzaron furtivas por la acera hacia la puerta que daba al jardín de Dulcie Arledge. Llevaban apagado el farol del carruaje; era suficiente con las farolas de la calle y, de todos modos, deseaban que nadie reparase en ellas.

—Traigo un cuchillo y una broqueta por si está cerrada con candado —susurró Charlotte.

—¿Una broqueta?

—Sí, de cocina. Ya sabes. Para probar si las cosas están cocidas.

—Yo qué voy a saber. No cocino nunca. ¿Sabes usarla?

—Pues claro. Sólo hay que pinchar.

—¿Y se abre la puerta? —dijo Emily sorprendida.

—¡No, tonta! Así se sabe si la carne o la tarta están listas.

Emily rio y Charlotte soltó un hipido de excitación y rio también.

El candado, lógicamente, estaba puesto y Emily tuvo que encender el farol y sostenerlo en alto de espaldas a Charlotte mientras vigilaba temerosa la calle. Charlotte accionó la broqueta y al rato consiguió abrirlo. Emily apagó la lámpara, abrieron la puerta y entraron.

Suspirando de alivio, volvieron a cerrar la puerta, cuidando de llevarse la cadena y el candado, por si alguien notaba que estaba abierto y recelaba de algo.

Estaba muy oscuro. El muro era lo bastante alto para impedir que llegara la luz de las farolas, y el cielo estaba cubierto, de modo que la pálida luna apenas daba una tenue luminiscencia.

—No veo nada —susurró Emily—. Así no vamos a encontrar el invernadero, y menos aún manchas de sangre.

—¿Tú crees que habrá alguien despierto en la casa?

—No, pero es mejor no arriesgarse. Nos descubrirían antes de tiempo, y ¿cómo íbamos a justificar nuestra presencia?

Eso acalló a Emily. La idea de ser descubiertas era de por sí espantosa. No tenían la menor excusa para estar allí.

Con Charlotte en cabeza, recorrieron un estrecho sendero adoquinado, que el musgo y el rocío hacían resbaladizo; Emily iba pegada a la falda de Charlotte para no perderse en la oscuridad. Un grito de sorpresa, aunque fuera involuntario, podía despertar a todo el vecindario.

La gran mole de la casa se levantaba a su izquierda, negra contra las nubes pálidas, y ante ellas había un tejado irregular y el borde dentado de un tejado más bajo, rematado por un elegante florón acabado en punta.

—¿El invernadero? —musitó Emily.

—La terraza cubierta —susurró Charlotte.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el florón. A un invernadero no se le pone florón. Sigamos adelante.

—¿Estás segura de que tienen uno?

—Claro que sí. Estas casas tan grandes siempre tienen invernadero.

—¿Porqué?

—Porque sí. ¿Para convencer a tu marido de dar un paseo en mitad de la noche?

Emily rio de nervios:

—No seas ridícula. ¿Una cita romántica entre los lirios con tu mejor bata?

—Me imagino que no. Si llevas veinte años casada… pero él prefería los hombres… ¡Maldición! —exclamó Charlotte al tropezar contra una piedra decorativa.

—¿Qué pasa?

—Una piedra. Tranquila. —Cautelosamente reanudó su lento avance por el sendero.

Estuvieron unos cinco minutos calladas. Habían rodeado la terraza cubierta por la parte de atrás y avanzaban por un patio hacia unas sombras densas.

—Eso debe de ser el invernadero —dijo Emily.

—O un cenador —observó Charlotte—. Que también serviría. Oh, no, claro que no. Cómo iban a disimular las manchas.

—No veo ningún cristal.

—Yo no veo nada de nada.

—¡Si fuera cristal veríamos algún reflejo! —chistó Emily—. ¡Tampoco está tan oscuro!

Charlotte se volvió despacio y Emily, que no lo había notado, chocó con ella.

—¡Avisa! —le espetó—. No hagas eso sin decirlo.

—Perdona. ¡Mira! Veo un reflejo. Por ahí hay cristal. Debe de ser el invernadero.

Y sin más se dirigió hacia allá. Momentos después, se encontraban ante un pequeño edificio cuyos cristales reflejaban la luna en un dibujo acuoso como de raso empañado.

—¿Está cerrado? —preguntó Emily.

Charlotte probó a abrir y la puerta cedió al primer intento, chirriando sobre sus goznes sin engrasar.

Emily jadeó e inmediatamente se tapó la boca.

—¡El farol! —ordenó.

Una vez dentro, Charlotte lo sostuvo en alto y Emily lo encendió otra vez. Contemplaron el interior del invernadero, que era muy pequeño. Sobre unos bancos había bandejas de lechugas y caléndulas, plántulas de espuela de caballero. En otro anaquel había macetas con geranios.

—¡El suelo! —susurró Emily—. Olvida los estantes.

Charlotte bajó el farol para iluminar el entablado de madera.

—No veo nada —dijo Emily con desilusión—. A mí me parece tierra apisonada. Muévela un poco. —Se refería a la luz.

Charlotte avanzó unos pasos y su falda hizo caer una maceta.

—¡Ah! —Emily contuvo el aliento y sofocó un grito.

—¡Ssh! —Charlotte movió otra vez el farol. Entonces lo vio: una mancha alargada en el suelo, cerca de la pared del fondo—. Oh…

Emily se agachó para mirar.

—Puede ser cualquier cosa —dijo—. Mira. —Más arriba había un estante con latas y frascos que contenían productos químicos y mezclas de abono, creosota y veneno para avispas y hormigas.

—Seguramente es creosota —dijo Charlotte—. Pero no tiene por qué serlo. Si yo hubiera manchado todo de sangre le habría echado algo fuerte. Pásame ese desplantador.

—¿Qué vas a hacer?

—Cavar.

Charlotte invirtió unos momentos en arañar el suelo duro, retirando con esfuerzo la tierra empapada de creosota y dejando al descubierto una capa inferior cuyo aroma, cuando se la llevó cautamente a la nariz, era muy distinto. No era acre, sino rancio y un poco dulzón.

—¿Sangre? —dijo Emily con voz ronca.

—Creo que sí. —Charlotte se incorporó, pálida—. Ahora hemos de encontrar la carretilla. Vamos. Seguramente estará ahí fuera.

Con el farol bajo y medio cubierto por un chal, salieron sigilosas del invernadero, cerrando la puerta.

—Tendrás que levantar el farol —dijo Emily nerviosa.

Charlotte lo hizo.

—¿Dónde se guardan las carretillas? —dijo. Emily apenas pudo oírla—. Y el chubasquero. Me pregunto dónde puede estar.

—¿Y si lo quemó todo? Yo lo hubiera hecho.

—Habrías necesitado un incinerador. El chubasquero olería muy mal. Además, no creo que fuera de ella. Seguramente es del jardinero, y él lo echaría de menos. No, seguro que lo lavó a conciencia y lo dejó en su lugar. En alguna parte ha de haber un cobertizo para palas, rastrillos y esas cosas. —Giró lentamente con el farol un poco más alto.

—¡Ahí! —dijo Emily, justo cuando Charlotte lo veía también—. ¡Baja la luz! ¡Alguien puede verla! ¡Date prisa!

A paso rápido, pero cuidando de no tirar ni tropezar con nada, fueron hacia el cobertizo, que por suerte tampoco estaba cerrado. Una vez dentro dejaron la luz sobre un banco: no era necesario. La carretilla estaba allí, y el chubasquero colgaba de un clavo.

Emily soltó un gritito de miedo y Charlotte se estremeció al verlo. Con cuidado, y el corazón palpitándole, alargó la mano y pasó un dedo por la madera de la carretilla.

—¿Está húmeda? —preguntó Emily.

—Claro que no. Pero sí muy manchada. Creo que también es creosota. —Fue hacia el chubasquero y arrimó la luz—. Veo algo en el dobladillo. Es sangre.

—¡Entonces vamos! —la apremió Emily—. ¡Tenemos suficiente! ¡Vámonos antes de que alguien nos pesque!

Charlotte dio marcha atrás agradecida. El chal se le enganchó en el asa de la carretilla y hubo de tirar con fuerza, presa del pánico.

Se disponían a apagar la luz y desandar el camino rodeando la terraza cubierta en dirección al muro, cuando vieron otra luz a unos quince pasos de ellas, en el jardín.

Se quedaron petrificadas.

—¿Quién anda ahí? —inquirió una voz masculina—. ¡Alto o será peor para vosotros!

—¡Dios mío! —sollozó Emily—. ¡Es la policía!

—¡Le diremos lo que hemos descubierto! —sugirió Charlotte, pero pese a su firmeza, las piernas le temblaban. Por unos segundos los pies no le obedecieron.

Emily trató de decir algo, pero no consiguió emitir sonido alguno.

El guardia estaba allí mismo. Podían ver su capa y sus relucientes botones. Sosteniendo en alto su linterna sorda, las miró sin dar crédito a sus ojos.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? Dos sirvientas robando lechugas, ¿eh?

—Se equivoca —replicó Charlotte con toda su dignidad, que en aquellos momentos era mínima—. Somos…

Emily reaccionó al punto y le dio una sonora patada.

Charlotte chilló al tiempo que se le escapaba un juramento.

—¡Eh! —dijo el guardia con calma—. No hace falta hablar mal. ¿Quiénes sois y qué hacéis aquí? Tendré que llevaros detenidas. Sé que no vivís aquí porque conozco a todas las sirvientas de la señora Arledge, y vosotras no sois de la casa.

Sólo había una salida.

—¡Pues claro que no! —dijo Charlotte, recuperando la voz—. Mi marido es el superintendente Pitt, de la comisaría de Bow Street. Y ésta es mi… mi doncella. —No había necesidad de incriminar a Emily, de momento al menos. Notó el suspiro de alivio de su hermana.

—Mire, señorita, será mejor que no diga tonterías; no va a conseguir nada —dijo el guardia con cierta sorpresa.

—¡Esto es la escena de un crimen! —exclamó Charlotte—. Hay manchas de sangre en ese invernadero. ¡Y si no avisa al superintendente Pitt, luego no me venga con disculpas!

—Estará durmiendo en su casa —dijo el hombre.

—Naturalmente. Vive en el número doce de Gordon Square, Bloomsbury. ¡Haga que vayan a buscarlo! —le ordenó Charlotte—. Y existe el teléfono.

—Bueno, no sé si…

El guardia se ahorró más discusiones al encenderse una luz en la casa y abrirse la puerta de la trascocina.

—¿Qué pasa? —dijo una voz de hombre con tono de apremio—. ¿Quién anda ahí?

—Policía, señor —respondió el guardia—. Agente Woodrow, señor. He atrapado a dos desvalijadoras en el jardín.

—¡No somos…! —empezó Charlotte.

—¡A callar! —El guardia Woodrow se sentía a disgusto; la situación era de lo más ridícula—. No se preocupe, señor. Todo está controlado, dígale a la señora Arledge que no se inquiete. Yo me ocupo de todo.

—Está en un error —dijo Charlotte con súbita desesperación—. No somos desvalijadoras. Haga venir inmediatamente al superintendente Pitt. —Tragó saliva. Era ahora o nunca. Todo estaba en juego; la carrera de Thomas, la casa nueva…—. ¡Esto es… la escena de un crimen!

—¿Un crimen? —El mayordomo, vestido en camisa de dormir, salió finalmente del portal sosteniendo la luz—. ¿Quién ha muerto?

—¡Él señor Arledge, imbécil! —dijo Charlotte exasperada—. Lo mataron en su propio invernadero y luego lo llevaron al parque en la carretilla. ¡Avise a la policía! ¿Tienen uno de esos aparatos nuevos en la casa?

—Sí, señora.

—Pues úselo. Llame a Bloomsbury uno dos siete y que venga el superintendente Pitt.

—Oiga, un momento… —repuso Woodrow, pero el mayordomo había vuelto a entrar ya en la casa. Una orden imperiosa era preferible a estar allí de pie con el relente, en camisa de dormir y discutiendo con un guardia. Le sonaba el nombre de Pitt. Sabría salir de aquella horrible situación.

—¡No ha debido hacer eso! —se enfadó el guardia. En el piso de arriba se encendió una luz—. ¡Mire lo que ha hecho! Despertar a la pobre señora Arledge. Como si no tuviera bastante con la muerte de su marido y todo lo demás.

Charlotte se arrebujó en su chal. Sin la excitación de la tarea que las había llevado allí, ahora estaba sintiendo frío.

Emily tiritaba a su lado. No quería imaginar lo que Jack diría cuando se enterara de todo. Sólo podía confiar en que la mentira de Charlotte funcionara.

Todo se fue a pique cuando nuevas luces se encendieron en la casa y oyeron pasos en la cocina. Momentos después, Dulcie Arledge en persona aparecía en la puerta de la trascocina envuelta en una impresionante bata de seda azul, con el pelo castaño suelto sobre los hombros.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó—. ¿Ha descubierto a unos intrusos, señor guardia? ¿Es cierto eso?

—En efecto, señora. —Woodrow dio un paso al frente, tirando de Charlotte y Emily.

Emily estaba aterrada, aunque no era fácil que Dulcie la reconociese de aquella guisa y a la incierta luz de la linterna sorda.

—Pero si parecen mujeres —dijo Dulcie.

—Lo son, señora —confirmó Woodrow—. Probablemente pretendían robar hortalizas. No se preocupe, señora. Me las llevo a comisaría y así usted no tendrá que hacer otra cosa que firmar los cargos. Y ahora vamos. —Tiró de Charlotte con menos delicadeza que antes. Por lo visto se le había agotado la paciencia. La presencia de Dulcie había bastado para hacerle cambiar de táctica.

—¡Charlotte! —Hubo un deje de pánico en la voz de Emily—. ¡Piensa algo! ¡Esto será la ruina de Thomas, pero también la de Jack!

Momentos tan desesperados requerían medidas extremas. Charlotte abrió la boca y soltó un grito espeluznante.

—¡Demonios! —El guardia Woodrow dio un salto y la linterna cayó al suelo, rodando sin llegar a romperse hasta el borde del camino. Charlotte gritó otra vez, con lo que varias persianas subieron con furia y pudieron oírse renovados sonidos de actividad.

—¿Por qué lo has hecho? —susurró furiosa Emily.

—Testigos —dijo Charlotte, y volvió a gritar.

Woodrow blasfemó y fue a recoger la linterna.

—¡Basta, por el amor de Dios! —ordenó Dulcie—. Está molestando a todo el vecindario. ¿Se puede saber qué le pasa? ¡Cállese de una vez!

Emily estaba a punto de huir corriendo, pero se lo pensó mejor.

Charlotte se dirigía hacia Dulcie y el radio de luz procedente de la puerta de atrás en el momento en que Landon Hurlwood, despeinado y con la camisa de dormir asomando bajo el batín, apareció detrás de Dulcie, muy alarmado.

—¿Te has lastimado? —preguntó a Dulcie.

Ella sintió que la sangre se le iba a los pies.

Hurlwood miró a Charlotte, pero no la reconoció. Luego miró al guardia.

—¿Qué ocurre aquí? ¿Qué es todo esto? ¿Pasa algo grave?

—Nadie se ha lastimado, señor —dijo Woodrow, por primera vez titubeante. Sabía prever un escándalo cuando se le presentaba, pero que fuera en casa de la señora Arledge pulverizaba todos sus esquemas—. Esta mujer —señaló a Charlotte—, esta mujer se ha puesto a gritar, pero nadie la ha tocado, lo juro.

Hurlwood la miró: una mujer joven con el pelo alborotado, vestida como una sirvienta y la piel manchada de creosota y polvo. Luego desvió la mirada hacia Emily, que ahora estaba a la luz.

—Señora Radley… —Entonces palideció, comprendiendo lo que Dulcie había visto nada más fijarse.

—No se me ocurre, señora Radley, qué motivo puede tener para irrumpir de noche en mi jardín —dijo Dulcie con voz gélida y temblorosa—. Pero nada puedo hacer para ayudarla. Debe de haberse vuelto loca. Quizá el puerperio, y luego la campaña política, han minado su salud. Su esposo…

—La policía está de camino —la interrumpió Charlotte.

—¡La policía ya está aquí! —señaló Dulcie.

—Me refiero al superintendente Pitt. —Charlotte se apartó el pelo de los ojos—. Hemos encontrado el sitio donde asesinaron al señor Arledge. Hay sangre seca en el suelo, a pesar de la creosota que usted echó encima. Y también está la carretilla que utilizó para llevarlo hasta el parque, después de cortarle la cabeza.

Dulcie se dispuso a protestar, pero su voz se extinguió en un boqueo.

Landon Hurlwood estaba tan blanco que sus ojos parecían sendos agujeros abiertos en el cráneo.

—Y el chubasquero —dijo Charlotte implacable— que empleó para no mancharse de sangre.

—¡Menuda tontería! —jadeó Woodrow—. La señora Arledge jamás habría pensado siquiera en algo tan horrible. Qué barbaridad.

—Lo hizo para poder casarse con el señor Hurlwood, ahora que también está viudo; para vengarse de los veinte años de engaños a que la sometió su marido —dijo Charlotte en un tono extrañamente uniforme en medio del silencio—. Aprovechó los crímenes del Verdugo de Hyde Park para matarle y quedar libre.

Woodrow miró a Dulcie.

Hurlwood se había apartado un poco de ella y su expresión, como la de quien reconoce a la muerte, era de terror y comprensión.

Dulcie miró a Charlotte con tal odio que Emily incluso dio un paso atrás, mientras Charlotte notaba que el frío le atravesaba el cuerpo. Finalmente Dulcie se volvió hacia Hurlwood.

—¡Landon! —Y al ver la expresión de él (el horror, la culpa y la revulsión), supo que todo estaba perdido.

Fue imposible saber qué habría hecho a continuación, porque la puerta del jardín se había abierto sin que nadie lo notara y Pitt estaba a dos pasos, mal vestido y con el pelo alborotado.

Dulcie le miró, y abrió la boca, pero no emitió sonido alguno.

La cara de Pitt mostraba esa decepción propia de cuando uno despierta a la cruda realidad tras un sueño dulce y agradable. Charlotte pudo observar que toda la admiración y la ternura se esfumaban para dejar un agonizante residuo, aquella pizca de piedad que nunca lo abandonaba a él, al margen de quién se la inspirara, de la herida o de la culpa. Y con frialdad comprendió hasta qué punto Pitt se había emocionado ante Dulcie, y cuán cerca había estado ella, Charlotte, de perder una parte de él que jamás hubiera podido recuperar.

—Agente, lleve a la señora Arledge a la comisaría de Bow Street, arrestada por el asesinato de Aidan Arledge —dijo Pitt.

—Sí, señor. —Woodrow tragó saliva—. ¡Sí, señor! —Y se dispuso a cumplir la orden.

Landon Hurlwood estaba pegado al suelo como si hubiera traspasado el mundo de las cosas cotidianas y los pequeños asuntos de la vida.

Luego Pitt se volvió hacia Charlotte y Emily, y le dijo a ésta:

—Tu marido se ocupará de ti. A Dios gracias, eso no es de mi incumbencia. —Y añadió, mirando a Charlotte—: Espero que pueda explicar todo esto, señora mía. ¡Merece que la detenga por allanamiento de morada!

—La has atrapado —dijo Charlotte haciendo caso omiso—. ¿Crees que te devolverán el cargo de superintendente?

Pitt trató de conservar su apariencia de cólera, pero perdió. A despecho de todos sus esfuerzos, su cara esbozó una sonrisa de abrumador alivio.

—Sí. Hoy mismo he cazado al Verdugo.

—¿De verdad? —No le importó saber quién era. Se precipitó en sus brazos—. ¡Eres el mejor! ¡Siempre lo he sabido!

Pitt la estrechó con fuerza y le besó la mejilla, el pelo, los ojos y la boca. Después alargó el otro brazo y atrajo hacia sí a Emily.

—¿Vas a decírselo a Jack? —preguntó ella con voz queda.

—No —respondió Pitt aguantando la risa—. ¡Pero tú sí!