6

Pitt estaba sentado a su mesa mirando a Tellman. Se sentía entumecido, como si hubiera recibido un golpe físico y no acabara de reaccionar.

—En Knightsbridge, al lado del parque —repitió Tellman—. Decapitado, claro. —Su rostro de farol no mostraba triunfo ni superioridad—. Todavía está suelto, señor Pitt; y no hemos avanzado nada.

—¿Quién era la víctima? ¿Sabemos algo más?

—Nada. —Tellman arrugó la cara—. Un cobrador de ómnibus.

—¡Cómo! —exclamó Pitt—. ¿No era un caballero?

—En absoluto. Sólo un muy corriente y muy respetable cobrador de ómnibus. Volvía a casa después de su último trayecto; bueno, a su casa no: eso es lo raro. —Miró a Pitt—. Vive cerca del final de la línea, que es por la zona de Shepherd’s Bush. Al menos eso dijo la compañía de transportes.

—¿Y qué hacía en Knightsbridge del lado del parque? —Pitt hizo la pregunta obvia—. ¿Es ahí donde le mataron?

Tellman pareció recordar pasadas conversaciones, la insistencia de Pitt y su propia incapacidad para averiguar dónde había sido asesinado Arledge.

—Al menos eso parece —respondió—. No hay manera de cortarle a un tipo la cabeza sin dejar ríos de sangre alrededor, y en el calesín había muy poca.

—¿Calesín? ¿Qué calesín?

—Pues uno normal y corriente. Pero sin caballo.

—¿Qué quiere decir un calesín sin caballo? —dijo Pitt levantando la voz—. ¡O es un vehículo para ir montado dentro o una carreta para empujarla!

—Quiero decir que el caballo no estaba —explicó Tellman irritado—. Nadie ha dado con él.

—¿Quiere decir que el Verdugo lo dejó suelto?

—Eso parece.

—¿Qué más? —Pitt se retrepó, en su sillón, aunque estaba claro que hoy no estaría cómodo de ninguna manera—. Tenemos la cabeza, supongo, ya que sabe quién era y dónde vivía. ¿Lo golpearon antes? Imagino que no llevaría encima nada de valor, ¿verdad?

—Sí, le golpearon primero, bastante fuerte, antes de cercenarle la cabeza limpiamente. Mucho mejor que con Arledge, pobre diablo. Volvía del trabajo, llevaba el uniforme puesto y tenía tres chelines y seis peniques en el bolsillo, y un reloj que valdrá unas cinco libras. Pero ¿para qué robar a un pobre cobrador?

—Cierto —concedió Pitt—. ¿Ha ido a ver a la familia?

La boca de Tellman se estiró.

—Sólo son las ocho y media. —Omitió el «señor»—. Le Grange está en camino para informar a la mujer. No creo que ella pueda sernos de ayuda. —Metió las manos en los bolsillos y permaneció ante la mesa, mirando a Pitt—. Tenemos otro loco. Parece que ataca a todo el mundo cuando le da el arrebato. Voy a ir a Bedlam a probar suerte otra vez. Quizá han rechazado a alguien o han dejado suelto unos días a algún lunático… —Pero sus ojos oscuros no registraban la menor esperanza de que su gestión pudiera dar frutos. De pronto explotó—. ¡Alguien tiene que conocerle! —exclamó—. Todo Londres está que salta, la gente se asusta por una sombra, nadie se fía ya de nadie… pero alguien sabe quién es. Alguien ha visto su cara y sabe que no está bien; o ha visto el arma o sabe algo de ella. ¡Ha de ser así por fuerza!

Pitt hizo caso omiso del exabrupto. Sabía que era verdad, él mismo había notado el miedo de la gente, el tono crispado de las voces, la desconfianza, la actitud precavida.

—¿De dónde salió ese calesín? ¿Quién es el dueño?

Tellman pareció pillado en falta, pero supo ocultarlo de inmediato.

—Aún no lo sabemos, señor. No hay señales fáciles de identificar.

—Muy pronto sabremos si el calesín era suyo —dijo Pitt pensativo—, aunque no imagino a un cobrador de ómnibus volviendo a su casa en calesín. Lo cual nos lleva a la pregunta de por qué estaba allí.

—Sería demasiada suerte que el coche perteneciera al loco. —Tellman apretó los labios—. ¡Es demasiado listo para eso!

Pitt se hundió más en el sillón. Sin pensarlo le dijo a Tellman que tomara asiento.

—Otra pregunta: ¿por qué utilizar un calesín? —prosiguió—. Supongamos que era robado, si no pertenecía a ninguno de los dos. ¿Para qué quería el asesino un vehículo?

—Para mover el cadáver. Eso significa que pudo matarlo en cualquier parte. Igual que a Arledge.

—Sí, pero probablemente en alguna parte que de un modo u otro podía delatarlo, o bien algún sitio donde no era conveniente dejarlo —dijo Pitt, pensando en voz alta.

—¿Donde podían encontrarlo antes de tiempo, quizá?

—Posiblemente. ¿Dónde habría dejado el último ómnibus?

—En la terminal de Shepherd’s Bush, Silgate Lane.

—Muy lejos de Hyde Park —observó Pitt—. ¿Es allí donde vivía?

—A escasa distancia.

—Entonces no le hacía ninguna falta un calesín. Averigüe si en ese barrio robaron alguno. No le llevará mucho tiempo.

Tellman se adelantó a la siguiente pregunta.

—Aún no sabemos dónde lo mataron, pero tuvo que ser cerca de allí. A menos que golpeara al pobre diablo en la cabeza y lo llevara a algún lado en el calesín, para poder terminar el trabajo en la intimidad. No es fácil decapitar a un hombre, hace falta mucha fuerza. —Meneó la cabeza—. Seguro que no lo hizo en el calesín. Pudo haberlo llevado a cualquier parte, decapitarlo fuera del vehículo y luego meter la cabeza y el cuerpo otra vez en el calesín y conducir hasta Hyde Park. Pero ¿por qué? No tiene ningún sentido, se mire como se mire.

—Entonces es que hay algo que no sabemos —razonó Pitt—. Averigüe qué es, Tellman.

—Sí, señor. —Tellman se puso de pie y vaciló.

Pitt iba a preguntarle qué quería, pero cambió de parecer.

—Verá —dijo—, yo no estoy muy seguro de que sea un loco. Hasta un demente necesita estar un poco cuerdo para escoger a alguien, un lugar, un oficio, algo que le motivara. Y no fue en el mismo sitio, eso lo sabemos. —Se apoyó en el respaldo de la silla—. Los dos primeros se parecían un poco, quizá, aunque Winthrop era corpulento, Arledge muy delgado y unos diez o quince años más joven. Pero el cobrador era un individuo calvo, de espaldas anchas y una buena tripa. Y aún llevaba puesto su uniforme, cualquiera hubiese visto que no era un caballero. De hecho, nadie habría podido confundirle con otra cosa. —Frunció el entrecejo—. ¿Para qué querría nadie matar a un cobrador de ómnibus?

—No lo sé. A no ser que viera algo relacionado con los asesinatos. Pero cómo lo supo el loco es algo que se me escapa.

—¿Chantaje?

—¿Cómo? —Pitt se retrepó de nuevo—. Aunque hubiera presenciado uno de los asesinatos, ¿cómo iba a saber quién era el loco o dónde encontrarle?

—Quizá sí lo sabía —dijo Tellman pausadamente—. Quizá el loco era alguien a quien podía identificar… ¡alguien a quien reconocería todo el mundo!

Pitt se irguió un poco.

—¿Un personaje conocido?

—¡Eso explicaría por qué tuvo que matar al cobrador! —La voz de Tellman sonó firme.

—¿Y los otros? Winthrop y Arledge.

—Hay una conexión —se obstinó Tellman—. No sé cuál, pero está ahí. ¡En su mente perturbada hay algún motivo!

—Que me aspen si sé qué puede ser —admitió Pitt.

—Lo descubriré —dijo Tellman entre dientes—. Y haré que cuelguen a ese bastardo.

Pitt se abstuvo de hacer comentarios.

La tormenta estalló con los periódicos del mediodía. El Verdugo de Hyde Park estaba en primera plana de todas las ediciones, y todos los artículos incluían un deje de pánico. Era poco más de la una cuando la puerta del despacho de Pitt se abrió violentamente y apareció el subcomisionado Farnsworth dejando que las dos hojas se mecieran sobre sus goznes. Estaba lívido, a excepción de dos manchas rojas en las mejillas.

—¿Qué diablos está haciendo usted, Pitt? —inquirió—. Este loco va por todo Londres matando gente a placer. Tres cadáveres decapitados, y usted aún no tiene la menor idea de quién es ni nada de nada. —Se inclinó sobre el escritorio y fulminó a Pitt con la mirada—. Hace usted que el cuerpo de policía parezca un hatajo de incompetentes. Ha venido a verme otra vez lord Winthrop para preguntarme qué pasos hemos dado para descubrir al asesino de su hijo. Y yo no he sabido qué responderle. He tenido que aguantar allí como un tonto y darle toda clase de excusas. Todo el mundo habla de lo mismo, en la calle, en los clubes, en las casas, teatros, oficinas; me han dicho que incluso se cantan tonadillas alusivas. Somos el hazmerreír de la ciudad, Pitt. —Cerraba y abría los puños al compás de sus emociones—. Confié en usted, y usted me ha defraudado. Creí a Drummond cuando me dijo que era la persona ideal para el puesto, pero empiezo a pensar que le viene grande. ¡No está usted a la altura, Pitt!

Pitt no podía defenderse. Esas mismas dudas habían empezado a asaltarlo a él, aunque no se le ocurría qué hubiera podido hacer otro, y menos aún alguien como Drummond, que jamás había sido detective. Y, para el caso, tampoco Farnsworth.

—Si desea encargar la investigación a otra persona, señor, es mejor que lo haga —dijo fríamente—. Le facilitaré toda la información que tenemos y las pistas que pensábamos seguir.

Farnsworth lo encajó con sorpresa. Por lo visto, no era la respuesta que esperaba.

—No diga ridiculeces. ¡No puede renunciar tan fácilmente a su responsabilidad! —le espetó dando un paso atrás—. ¿Qué información tiene? Por lo que dice Tellman, parece que muy poca cosa.

Lo era, en efecto, pero a Pitt le mortificó que Tellman hubiera hablado de ello con el subcomisionado. Aunque Farnsworth le hubiera preguntado, Tellman debería de habérselo dicho a Pitt. Era amargo comprobar que no podía esperar lealtad ni siquiera de su inmediato inferior. Eso también era un fracaso.

—Winthrop fue asesinado en una barca, lo que indica que no temía a su atacante. —Enumeró los pocos hechos que tenía—. Le golpearon por detrás y luego lo decapitaron apoyado en la borda, alrededor de la medianoche. Arledge también fue golpeado antes, pero no lo mataron en el quiosco de música donde fue encontrado. No sabemos si conocía al asesino, pero eso indica que lo trasladaron. Si podemos averiguar en qué sitio lo asesinaron, aclararíamos muchas cosas. Tengo a media docena de hombres investigando.

—No pudo ser muy lejos, ¿no le parece? ¿Cómo va un loco a transportar un cadáver sin cabeza por todo Londres, aunque sea a medianoche? ¿Cómo lo hizo? ¿En un coche, un calesín, a caballo? ¡Use la cabeza, hombre de Dios!

—No había huellas de cascos ni de ruedas cerca del quiosco —dijo Pitt—. Registramos el terreno a conciencia, y no se veía nada que llamase la atención.

—Bien, ¿y qué había entonces? —dijo Farnsworth—. No lo llevaría a cuestas, digo yo.

—Nada que llamase la atención —repitió Pitt, pensando a toda prisa—. Lo cual significa que lo hizo utilizando algo que allí era totalmente normal.

—¿Por ejemplo? —inquirió el subcomisionado.

—Material de jardinería…

—¿Qué? Vaya, una máquina de cortar césped. —La expresión de Farnsworth fue de burla.

—O una carretilla. —Pitt recordó que Le Grange había mencionado algo sobre un hombre que había visto una carretilla—. Sí —continuó cada vez más excitado—. Un testigo vio una carretilla. —Se irguió un poco más en el sillón—. No pudieron matarlo muy lejos. Nadie puede llevar un cadáver en un carretón como si tal cosa…

—Encuéntrelo —le ordenó Farnsworth—. ¿Qué más? ¿Qué hay de ese cobrador? ¿Qué tiene que ver con las otras víctimas? ¿Qué hacía él en el parque?

—No sabemos que estuviera en el parque.

—Pues claro que estaba, hombre. ¿Por qué lo mataron, si no? ¿Dónde fue visto por última vez?

—Al final de su trayecto, en Shepherd’s Bush.

—¿Shepherd’s Bush? —La voz de Farnsworth subió casi una octava—. Eso está muy lejos de Hyde Park.

—Lo cual sugiere la pregunta de por qué el Verdugo lo llevó a Hyde Park.

—Porque su locura tiene algo que ver con el parque, naturalmente —replicó Farnsworth entre dientes, agotada casi su paciencia—. Debió de dejarlo sin sentido, y luego lo llevó al parque para cortarle la cabeza. Es evidente.

—Si no se lo encontró en el parque, ¿qué necesidad tenía de matarle? —preguntó Pitt con calma, mirándole a los ojos.

—No lo sé —dijo enfadado Farnsworth—. Pero hombre de Dios, ¿no le pagan a usted para eso? Pues no se da mucha prisa, que digamos. —Volvió a mirarle, esta vez dominando su agitación—. La gente tiene derecho a esperar más de usted, Pitt, y yo igual. Acepté el consejo de Drummond y le ascendí en contra de mi opinión, y debo decir que al parecer cometí un error.

Agarró el periódico que había lanzado sobre la mesa y, exclamando «¿Ha visto esto?», lo abrió por la página donde salía una caricatura de dos policías con las manos en los bolsillos mirando al suelo, mientras la gigantesca figura de un enmascarado con un hacha de verdugo se cernía sobre un Londres aterrorizado.

No había más que decir. Farnsworth no tenía otra idea mejor, pero afirmarlo habría carecido de sentido. Él ya lo sabía, razón por la cual estaba enfadado. Se veía impotente para responder a las presiones políticas de arriba. Este fracaso podía poner fin a su carrera. A sus superiores no les interesaban las excusas, ni siquiera las razones. Juzgaban sólo por los resultados. Ellos respondían ante el público, y el público era un amo veleidoso y asustadizo que olvidaba rápido, perdonaba muy poco y comprendía sólo lo que le venía en gana.

Golpeó la mesa con el diario.

—Resuélvalo, Pitt. Espero saber algo definitivo mañana por la mañana. —Y dicho esto, giró sobre los talones y salió dejando la puerta abierta.

No bien se habían extinguido los pasos de Farnsworth en la escalera, la cabeza de Bailey asomó por la puerta, pálida y con cara de disculpa.

—¿Qué hay? —dijo Pitt.

Bailey hizo una mueca.

—Caso omiso, señor —dijo—. Él no podría hacerlo mejor, y todos lo sabemos.

—Gracias, Bailey. Pero algo tendremos que hacer si hemos de atrapar a ese… animal.

—¿Usted cree que está loco, señor Pitt —dijo Bailey con un ligero estremecimiento—, o que es algo personal? Lo que no entiendo es lo de ese pobre cobrador de ómnibus. De los caballeros se entiende. Podría ser que hubieran hecho algo.

Pitt sonrió a pesar suyo.

—No sé, pero lo he de averiguar. —Se levantó—. De momento, voy a ver qué abren esas llaves de Arledge.

—Sí, señor. ¿Se lo digo al señor Tellman? Mejor no; como no sé en realidad a dónde va usted, señor… Tampoco recuerdo lo que me ha dicho.

—Pues si yo no se lo repito, no lo sabrá, ¿me equivoco? —preguntó Pitt risueño.

—No, señor —dijo contento Bailey.

Pitt cogió los dos juegos de llaves y se encaminó a Mount Street. Paró un cabriolé y se dispuso a pensar mientras el cochero sorteaba el tráfico, parando y arrancando, entre palabras de ánimo e insultos.

Dulcie Arledge le recibió con cortesía, y si le sorprendía verle lo disimuló con la sensibilidad que él ya esperaba en ella.

—Buenos días, señor Pitt. —No se levantó del sofá en que estaba aposentada. Iba aún completamente de negro, pero con un vestido más ajustado y a la moda, con picos en la punta del hombro.

Llevaba un exquisito broche de duelo en la garganta y un anilló de duelo en su esbelta mano. Se la veía serena, incluso consiguió sonreír.

—¿En qué más puedo ayudarle? He oído decir que ha habido otra muerte. ¿Es cierto eso?

—Sí, señora. Me temo que sí.

—Dios santo. Es espantoso. —Tragó saliva—. ¿Quién… quién ha muerto?

—Un cobrador de ómnibus, señora.

Dulcie se sobresaltó.

—¿Un cobrador? Pero ¿por qué iba nadie…? Quiero decir… —Desvió la vista como avergonzada de su turbación—. Ay, no sé ni lo que digo. ¿Otra vez en Hyde Park?

Pitt odiaba tener que contárselo. Era una ofensa añadida para una mujer de tal valor y sensibilidad.

—Muy cerca —dijo—. Al menos fue allí donde lo encontraron. No sabemos aún dónde se produjo la muerte.

Ella levantó los ojos, oscuros y atribulados.

—Siéntese, superintendente. Dígame qué cree que puedo hacer. No se me ocurre ninguna conexión entre mi esposo y un cobrador de ómnibus. Me he devanado los sesos tratando de recordar si Aidan mencionó a algún capitán Winthrop, pero en vano. Conocía a muchísima gente, pero sólo me había presentado a unas cuantas personas.

—¿Relacionadas con la música? —preguntó Pitt aceptando la invitación a sentarse.

—Así es. Tenía mucho talento, y constantemente le encargaban trabajos. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Era un hombre extraordinario, superintendente. No soy la única que le echará de menos.

Pitt no supo qué decir. Los lloros, los desmayos, la histeria eran engorrosos y lo dejaban a uno sin saber qué hacer, pero esta callada y digna congoja tenía algo singularmente conmovedor y, además, le ponía a él en una situación más que incómoda.

Ella debió de notar su consternación.

—Lo siento —se disculpó—. No soy justa con usted. Le pido disculpas. No he debido dejar que mis sentimientos se entrometieran en esto. —Cruzó las manos—. ¿Qué más puedo decirle?

Pitt sacó las llaves del bolsillo y se las tendió.

La mujer miró alternativamente los dos juegos y frunció el entrecejo.

—Éstas son las llaves de casa —dijo separando el primer juego—. Una es de la puerta principal. A veces llegaba tarde y no quería que la servidumbre estuviera levantada esperándole. —Sonrió lánguidamente—. Las pequeñas son de cajones y demás. Creo que ésta es de la bodega. A veces le gustaba ir abajo a buscar personalmente una botella sin decírselo a Horton. —Miró el segundo juego con ceño—. Pero éstas no sé. No reconozco ninguna. —Sostuvo en alto los dos juegos, uno al lado del otro—. No parecen iguales, ¿verdad?

—No, señora —concedió él, viendo en sus ojos lo mismo que se le había ocurrido a él. Parecía otro juego de llaves de casa.

—Lo lamento. —Dulcie le devolvió las llaves—. Veo que no le sirvo de nada.

—Todo lo contrario —le aseguró rápidamente Pitt—. Su sinceridad es muy apreciable. Pocas personas tendrían el coraje que usted demuestra en tan tristes circunstancias, por no hablar de su claridad mental. Para mí ya es una pena tener que recurrir a usted en busca de ayuda. —Lo decía muy en serio.

Ella le sonrió, algo más reconfortada.

—Es muy generoso, superintendente. Aunque con alguien tan compasivo como usted, hablar de Aidan y de toda la tragedia no es tan duro como usted imagina. Pienso en ello todo el tiempo, y la posibilidad de ser franca es casi un alivio. —Hizo un gesto de triste impaciencia—. La gente intenta ser amable, pero te hablan de cualquier cosa tratando de esquivar el tema, cuando todos sabemos que no estamos pensando en otra cosa.

Pitt era muy consciente de lo que ella quería decir, lo había presenciado innumerables veces: el engorro, las miradas de soslayo, la duda, para luego ponerse a hablar de cosas irrelevantes.

—Pregúnteme lo que quiera —le dijo ella.

—Gracias. Quisiera repasar los movimientos del señor Arledge en su última semana de vida; existe la posibilidad de que conociera a quien le mató o tuviera alguna relación con esa persona, por muy remota que fuese.

—Me parece buena idea. En eso seguro que puedo ayudarle. Puedo traerle su agenda de compromisos. La guardé porque quería saber qué conciertos tenía pendientes, y como es lógico ha habido que escribir un montón de cartas. —Se encogió delicadamente de hombros e hizo una mueca de disgusto—. Supongo que todo el mundo lo leyó en la prensa o se enteró de algún modo, pero no es lo mismo.

—Se lo agradecería. —No lo había pedido antes porque los compromisos profesionales de Arledge parecían muy desconectados de una muerte violenta a manos de un loco.

—Enseguida. —Ella se puso de pie y él la imitó, sin pensarlo, pero quedó como un gesto de cortesía.

La señora Arledge fue a un pequeño escritorio de nogal con labores de taracea, lo abrió y sacó de él un libro encuadernado en piel verde oscuro.

Pitt abrió la agenda al azar y pudo ver la entrada correspondiente al día de la muerte de Arledge. Había una anotación de un ensayo por la tarde y nada más. Miró a Dulcie.

—¿Ese día sólo tenía esa cita? —preguntó.

—No lo sé con seguridad —respondió ella—. Ahí sólo hay una escrita, pero a veces, en realidad muy a menudo, mi marido salía así por las buenas. Esa agenda era sobre todo para asuntos de trabajo.

—Entiendo. —Retrocedió una semana y empezó a leer hacia adelante. Ensayos, actuaciones y compromisos para cenas y almuerzos con diversas personas sobre futuros proyectos aparecían escritos en una letra pulcra y firme, mayúsculas en negrita y una cursiva claramente legible. Era una caligrafía elegante pero no florida—. Si me permite, me llevaré esto para ver si obtengo algo de interés.

—Por supuesto —dijo ella—. Puedo proporcionarle los nombres de varias personas con las que trabajaba regularmente. Sir James Lismore, por ejemplo, y Roderick Alberd. Ellos conocerán a muchas más, sin duda. —Se levantó de nuevo y fue al escritorio—. Tengo sus direcciones por aquí. Lady Lismore es amiga mía de hace tiempo. Ella le ayudará en todo lo que pueda.

—Gracias —dijo Pitt, no muy seguro de que sirviera de algo, escindido entre el deseo de conocer mejor a Aidan Arledge y el chasco de descubrir que tenía una amante. Para aquella mujer sería una carga imposible de sobrellevar, sumada a la tragedia. Decidió que, si no era importante para el caso, lo mantendría en secreto. Estaba dispuesto a devolverle las llaves y mentir al respecto, decir que no había encontrado las puertas que aquel juego abría.

Volvió a dar las gracias y se quedó allí tratando de encontrar algo más que decirle para darle esperanza o consuelo, pero no se le ocurrió nada. Ella sonrió y se despidió.

—Me dirá lo que haya averiguado, ¿verdad, superintendente? —dijo al llegar casi a la puerta.

—Si averiguo algo que conduzca a aclarar el misterio, no dude que se lo haré saber —prometió, y antes de que ella pudiera pensar si era ésa la respuesta que buscaba, Pitt dejó que la doncella le acompañara hasta la salida.

Empezó por los nombres que ella le proporcionó. Roderick Alberd resultó un excéntrico de cabellos alborotados y patillas a la manera de Franz Liszt; el estudio en que recibió a Pitt estaba presidido por un piano de cola. Vestía una chaqueta de terciopelo granate y un fular grande y desmadejado. Su voz era rasposa e inesperadamente aguda.

—Afligido, superintendente —dijo con un gesto expansivo—. Desolado, añadiría. Qué manera más insensata de morir. —Se volvió para mirar a Pitt con ojos de una sorprendente inteligencia—. Esas cosas suelen pasarles a matones y calaveras, gente violenta y sin cultura, no a un hombre como Aidan Arledge. No era nada grosero ni agresivo. Esto es una afrenta a la civilización. ¿Qué están haciendo al respecto? —Entrecerró los ojos—. ¿Por qué ha venido?

—Estoy tratando de averiguar dónde estuvo y a quién vio en los últimos días —empezó Pitt, pero Alberd le interrumpió.

—Santo cielo, ¿y para qué? ¿Acaso supone que ese loco le conocía personalmente?

—Sus caminos pudieron haberse cruzado. No creo que lo escogieran totalmente al azar. ¿Puede usted ayudarme? La viuda de Arledge me proporcionó su nombre.

—Ah, sí, pobre criatura. Pues… —Se sentó al piano y flexionó los dedos haciendo crujir los nudillos. Tenía unas manos extraordinariamente anchas y unos dedos espatulados y largos que fascinaban a Pitt. Manos adecuadas para estrangular.

Pitt esperó.

—Si no recuerdo mal lo mataron un martes y lo encontraron el miércoles por la mañana, ¿no? —empezó Alberd, y prosiguió sin esperar respuesta—. Sí, yo le vi el lunes a media tarde. Estuvimos hablando del recital del mes que viene. Ahora tendré que encontrar otro director. Reconozco que ni siquiera había pensado en ello. —Los nudillos volvieron a crujir—. Al despedirse me dijo que iba a ver a un amigo. Ya no recuerdo quién. No era nadie a quien yo conociera; y diría que tampoco era del mundillo musical.

—Si pudiera recordar el nombre…

—Cielo santo, superintendente, ¿no creerá que…? No, eso se lo puedo asegurar, era un amigo de mucho tiempo. Un amigo íntimo. —Miró a Pitt divertido.

—¿Quién más puede saber qué hizo Arledge aquella semana, señor Alberd?

—Oh, pues déjeme ver… —Pensó unos instantes, cabizbajo, y finalmente entregó a Pitt una lista de sus propios compromisos en aquella fecha, y todas las ocasiones en que había coincidido con Arledge, aparte de lugares y funciones adonde Arledge habría ido con seguridad. En conjunto, fue un panorama muy completo.

—Gracias. —Pitt se despidió y partió con renovadas esperanzas.

Fue a ver también a lady Lismore, y, a sugerencia de ella, a varias personas más. Tres días después sabía ya dónde había estado Aidan Arledge durante la mayor parte de su última semana. Algunos nombres de sitios y personas se repetían. Decidió investigarlo todo.

Entretanto volvía a Bow Street, a menudo ya de noche, para ver qué había averiguado Tellman.

—No sé dónde mataron a Arledge —admitió Tellman, mirándole enojado—. He hecho registrar el parque de punta a punta, y todos los hombres que hacen la ronda en un radio de una milla tienen orden de mantener los ojos bien abiertos. ¡Pero nada!

—¿Qué hay de Yeats, el cobrador? —Pitt le miró sin esperanza.

—Tampoco sabemos dónde lo mataron. —Tellman se sentó de lado en la silla—. Pero hay un par de sitios probables en Shepherd’s Bush. Al menos sabemos de dónde vino el calesín. Un tal Arbuthnot dijo que se lo robaron de su casa en Silgrave Road.

—Imagino que fue a investigar allí —dijo Pitt.

Tellman le fulminó con la mirada.

—Por supuesto. Uno de los sitios más probables era el apartadero del ferrocarril. El suelo está tan empapado de aceite y tan cubierto de cenizas y cosas así, que es difícil decir si había sangre o no.

—¿Alguien vio a Yeats después de que dejara el vehículo?

Tellman negó con la cabeza.

—Al parecer no. Tras despedirse del conductor, parece que Yeats se fue por Silgrave Road. Vive en Osman Gardens, a unas cuatro o cinco calles de la terminal.

—¿Se bajó alguien más a esa misma hora?

—Media docena de personas. —Tellman hizo una mueca—. El hombre dice que no se acuerda de ninguna porque estuvo de espaldas durante todo el trayecto, y que al final sólo tenía ganas de volver a casa y meter los pies en agua con sales de Epsom.

—¿Los pasajeros habituales? —preguntó Pitt—. Habrán notado si había alguien raro. ¿Qué dicen ellos?

—Sólo pude dar con uno —se lamentó Tellman—. No son horas para gente que trabaja o va a alguna parte por negocios o diversión. Los teatros ya han cerrado a esa hora. Además, ¿quién va a los teatros del centro desde Shepherd’s Bush y en ómnibus?

Pitt empezaba a perder la paciencia.

—¿Qué dijo ese pasajero? Vamos, hable.

—Según él, había seis o siete personas en el ómnibus cuando llegaron a Shepherd’s Bush. Al menos cuatro eran hombres, uno joven, tres mayores y, que él recuerde, todos más bien corpulentos. No recuerda a ninguno porque estaba cansado y le dolía una muela. —Tellman alzó la barbilla y tensó las facciones—. ¿Y qué ha sabido usted… señor? ¿Alguna cosa que aclare un poco la situación?

—Creo que Arledge tenía una amante, y confío en encontrarla antes de un par de días —respondió Pitt con aspereza.

—Oh… —La exclamación de Tellman no afirmaba ni negaba su interés—. Podría explicar la muerte de Arledge, si la dama estaba casada, pero ¿y Winthrop? ¿O es que él también tenía la misma amante?

—No lo sabré hasta que dé con ella —respondió Pitt, poniéndose en pie y yendo hacia la ventana—. Y antes de que lo pregunte, no sé qué tiene que ver en esto Yeats, a menos que se enterara de algo y fuera un chantajista. —Abajo en la calle se había detenido un cabriolé del que ahora descendía con dificultad un hombre obeso. El chiquillo que barría la acera no se molestó en ocultar la risa.

Tellman arqueó las cejas.

—¿Y la dama vivía en Shepherd’s Bush? —preguntó con sarcasmo.

—Tampoco tiene el menor sentido un loco que mata sin atenerse a ninguna pauta —replicó Pitt.

—Es algo relacionado con el parque. ¿Para qué llevar hasta allí a Yeats en un calesín? Era más sencillo dejarlo en Shepherd’s Bush.

—Tal vez no quería dejarlo donde estaba —sugirió Pitt, yendo a sentarse en el canto de la mesa—. Tal vez lo llevó a Hyde Park porque es allí donde vive nuestro asesino.

Tellman se disponía a discutirlo, pero cambió de parecer.

—Quizá. La querida de Arledge y el marido de ella, ¿no? Puede que ella sea una mujer de principios muy distendidos, aparte de ser la amante de Winthrop. Pero no de ese pobre cobrador, claro. —Su cara de farol se quebró en una sonrisa acerada—. Me encantaría conocer a esa mujer.

—Entonces será mejor que me ponga a buscarla —dijo Pitt. Usted averigüe dónde mataron a Yeats y Arledge.

—Sí, señor. —Y sonriendo aún para sí mismo, Tellman se puso en pie y fue hacia la puerta.

Pero hubieron de transcurrir dos largos días de extenuante trabajo con pequeños detalles de charlas, entrevistas, conversaciones cazadas al vuelo y personas vistas al azar, antes de que Pitt hubiera localizado a diez o doce conocidos de Arledge y empezado a tacharlos de la lista de posibles sospechosos. Se estaba desanimando. Eran gente de intachable reputación y tenían buenas coartadas.

Cansado y con los pies doloridos, Pitt se presentó en casa de un respetado hombre de negocios que había contribuido económicamente a la pequeña orquesta que Aidan Arledge dirigía frecuentemente. Tal vez el señor Jerome Carvell tenía una bonita esposa…

Abrió la puerta un mayordomo alto con una larga nariz curva y una boca altanera.

—Buenas tardes, señor. —Miró a Pitt inquisitivamente. Al parecer no daba crédito a sus ojos. La expresión abatida pero confiada de Pitt contrastaba con el abandono de su indumentaria y sus botas polvorientas.

—Buenas tardes —respondió Pitt, entregándole su tarjeta—. Lamento venir a estas horas, pero se trata de un asunto urgente. ¿Podría hablar con el señor o la señora Carvell?

—Le preguntaré al señor Carvell si puede recibirle, señor —dijo el mayordomo.

—Quisiera hablar también con la señora —insistió Pitt.

—Imposible, señor.

—Es importante.

El mayordomo arqueó las cejas.

—No hay ninguna señora Carvell.

—Oh. —Pitt se sintió irrazonablemente defraudado. Aunque Carvell hubiera sido tan amigo de Arledge como Pitt había pensado, y tuviera información sobre su vida privada, no iba a contárselo ahora a la policía.

—¿Desea ver al señor Carvell, señor? —El mayordomo se impacientaba un poco.

—En efecto —dijo Pitt, irritado.

—Haga el favor de acompañarme, señor, veré si es posible.

—El mayordomo le condujo hasta un elegante estudio de pequeñas proporciones con paneles de madera y estantes de libros encuadernados en piel, dispuestos por temas y aparentemente leídos.

Pitt estuvo a solas unos cinco minutos, durante los cuales repasó los títulos. Las áreas de interés iban de la exploración, el teatro clásico y la entomología a la arquitectura medieval y el cultivo de rosas. Entonces se abrió la puerta y entró un hombre de unos cuarenta y cinco años. Sus cabellos rubios empezaban a encanecer en las sienes y su rostro era de una gran singularidad e inteligencia. Nadie le hubiera llamado guapo —tenía señales de una antigua enfermedad, tal vez viruela, y sus dientes no estaban bien alineados— pero exudaba tanta perspicacia que a Pitt le cayó bien.

—¿El señor Carvell?

—Yo mismo. —Carvell entró un poco nervioso—. ¿Superintendente Pitt? ¿Es que he hecho algo malo? No sabía yo que…

—Dudo que haya nada, señor. Sólo he venido para ver si sabía algo que pudiera serme de ayuda…

—Pero ¿sobre qué? —Carvell le indicó que tomara asiento. Pitt se sentó en un sillón—. No creo que tenga ninguna información que pueda ser útil a la policía. Soy un hombre de negocios. No sé nada de crímenes. ¿Es que ha habido algún desfalco?

Parecía tan inocente que Pitt estuvo a punto de dejarlo. Fue sólo la necesidad de justificar su presencia lo que le hizo continuar.

—Que yo sepa no, señor Carvell. Se trata de la muerte de Aidan Arledge. Tengo entendido… —Calló. Carvell había palidecido y parecía tan turbado que Pitt temió por él. Daba la impresión de que le costaba respirar. Pitt había estado a punto de decir «Tengo entendido que usted le conocía», pero semejante observación era ya absurda—. ¿Quiere un vaso de agua? —dijo, poniéndose de pie—. O de brandy. —Miró en busca de alguna botella.

—No, no, disculpe usted —balbuceó Carvell—. Yo… —se interrumpió sin saber qué decir. No había explicación posible. Parpadeó varias veces.

Pitt divisó la botella. Parecía contener madeira, pero era mejor eso que nada. No vio ningún vaso, así que acercó la botella a los labios de Carvell.

—La verdad, yo… —balbució Carvell. Luego echó un trago y se quedó sentado respirando con esfuerzo. Su cara recuperó un poco de color y Pitt dejó la botella sobre la mesita y volvió a sentarse—. Gracias —dijo Carvell anonadado—. Le debo una disculpa. Yo… no sé qué me ha pasado. —Pero la expresión acongojada hablaba a las claras de lo que le había privado de toda compostura.

—No tiene de qué disculparse —dijo Pitt con un extraña sensación de piedad—. Soy yo quien debería pedirle perdón. Ha sido una torpeza por mi parte abordar el tema tan bruscamente. Entiendo que sentía usted mucho afecto por el señor Arledge.

—Sí, desde luego, hacía muchos años que éramos buenos amigos. Ha sido una muerte horrible. —Su voz sonó amortiguada por la emoción.

—En efecto. Pero puedo asegurarle que no sintió nada. Seguramente lo golpearon y perdió el conocimiento. Pero es terrible para quienes ahora conocemos todos los pormenores.

—Es usted muy considerado. Quisiera… —Carvell se detuvo en seco—. No sé qué puedo contarle yo, superintendente. —Miró a Pitt—. No tengo la menor idea de lo que pasó. Y, como es lógico, me he devanado los sesos para ver si yo habría podido hacer algo para impedirlo, para prever tan abominable acto, pero ha sido en vano. ¡Fue una absoluta sorpresa! No había nada que pudiera presagiar ese final. Todo está como estaba, los placeres que uno da por sentados, el sol, la tierra que vuelve a la vida, gente joven por todas partes llena de esperanza y ambición, ancianos llenos de recuerdos, buena comida, buen vino, buena compañía, buenos libros y música exquisita. —Suspiró brevemente—. El mundo sigue su curso. Y de repente… —Los ojos se le humedecieron y Carvell volvió la cabeza, avergonzado, parpadeando para disimular su engorro.

Pitt le compadeció.

—Todos estamos conmocionados —dijo—. Y asustados. Esa razón me obliga a inmiscuirme en la vida de la gente. Y todo lo que usted me diga podría ayudarnos a atrapar al culpable. ¿Conocía usted al capitán Winthrop? ¿Le habló de él alguna vez el señor Arledge? —Estaba eludiendo el tema principal, pero quería dar tiempo a Carvell para que recobrara la calma. Y mientras lo hacía, era consciente de que incurría en un error táctico. Tellman no hubiera vacilado.

—¿El capitán Winthrop? —Carvell puso cara de perplejidad—. Ah, sí, el primer hombre que… asesinaron. No, creo que nunca había oído hablar de él hasta entonces. Oh, un momento. Sí, oí mencionar su nombre a Bartholomew Mitchell, con el cual he tenido algunos contactos. En realidad creo que él mencionó a la señora Winthrop, que es su hermana, si no me equivoco.

—¿Puedo preguntar qué clase de contactos?

—El señor Mitchell compró unas acciones a nombre de ella. No se me ocurre que pueda haber ninguna conexión.

—No, a mí tampoco. ¿Cuándo vio al señor Arledge por última vez?

Carvell palideció de nuevo.

—El día antes de que lo asesinaran, superintendente. Cenamos juntos después de una actuación. Era tarde y él sabía que en su casa se habrían acostado ya…

—Entiendo. —Pitt sacó del bolsillo el juego de llaves. Iba a preguntarle a Carvell si sabía qué eran cuando su expresión obvió toda respuesta.

—¿Dónde…? —empezó, y luego miró impotente a Pitt.

—¿Estas llaves son de esta casa, señor Carvell?

—Sí —admitió Carvell tragando saliva.

Pitt cogió la más grande.

—¿La puerta principal?

—No, la de atrás. Parece que…

—Por supuesto. ¿Y éstas? —Le mostró las otras dos.

Carvell guardó silencio.

—Se lo ruego. Sería muy indecoroso tener que recurrir a una orden de registro y comprobar todas las puertas y cómodas de la casa.

Carvell palideció más.

—¿Es que… tiene que revisarlo todo…? —balbució desesperado.

—¿Qué cosas guardaba él en esta casa? —preguntó Pitt a pesar suyo. Era una intromisión, pero no podía eludirla.

—Artículos personales… de tocador. —Carvell lo dijo a trancas y barrancas, como si arrancara cada palabra de su memoria—. Ropa interior, traje de etiqueta, unos cuantos gemelos y botones de cuello. Nada que pueda servirle de mucho, superintendente.

—¿Un cepillo de plata, quizá?

—Sí, creo que sí.

—Entiendo.

—¿Lo cree de verdad? Yo le quería, superintendente. No sé si es usted capaz de entender lo que eso significa. Toda mi vida adulta he… —Inclinó la cabeza, y se cubrió la cara con las manos—. ¿Qué más da? Pensaba que sería un alivio compartirlo con otra persona. Ser capaz al menos de admitir que me siento acongojado. —El dolor le quebró la voz—. Tenía que guardar el secreto, fingir que éramos simplemente amigos, que él sólo significaba eso para mí. ¿Tiene idea de lo que es perder a la persona que más se ama en el mundo y tener que fingir que era simplemente un amigo? —Levantó la cabeza con la cara surcada de lágrimas, totalmente fuera de sus sentimientos.

—No —dijo Pitt con franqueza—. Sería una impertinencia por mi parte afirmar que sé cómo se siente. Pero me doy cuenta de que ha de ser muy duro. Le acompaño en el sentimiento, aunque sé que eso no tiene ningún valor.

—Se equivoca, superintendente. Ya es algo que al menos una persona te comprenda.

—¿Estaba la señora Arledge al corriente de su… relación?

Carvell le miró horrorizado.

—¡Cielo santo, no!

—¿Está seguro?

—Aidan lo estaba. A ella no la he visto más que una vez, brevemente, en ocasión de un concierto y de casualidad. No quisiera que… Usted me comprende.

—Ya. —Pitt sólo se hacía una idea de los sentimientos de celos, culpa y miedo que podían estar pasando por su cabeza.

—¿Sí? —dijo Carvell con sólo un deje de acritud.

Se le veía totalmente destrozado. Pitt se dio cuenta de que estaba muy solo. No tenía a nadie que pudiera consolarlo, nadie que estuviera al corriente de su infortunio.

—¿Quién lo hizo, superintendente? ¿Es que hay un loco suelto en Londres tan sediento de sangre? ¿Por qué tuvo que matar a Aidan? Él no hacía daño a nadie…

—No lo sé, señor Carvell. Cuantos más datos reúno, menos entiendo qué significan. —No había más que añadir, ninguna pregunta cuya respuesta pudiera tener algún significado. Había venido en busca de una amante, de un móvil de celos, alguna conexión con Winthrop. Y se había encontrado con un hombre afable y elocuente, devastado por una aflicción muy personal y privada.

Se despidió y salió al atardecer primaveral bajo un cielo en calma donde la luna empezaba a salir antes de que el sol se pusiera.

—¡La ha encontrado! —dijo Farnsworth a la mañana siguiente, brincando de la silla en el despacho de Pitt—. ¿Qué hay del marido? ¿Cómo es? ¿Qué dijo? ¿Reconoció alguna relación con Winthrop? No importa, ya lo averiguará después. ¿Ha arrestado ya al marido? ¿Cuándo tendremos algo que decir a la prensa?

—Se llama Jerome Carvell, y es un respetable y reservado hombre de negocios —empezó Pitt.

—¡Pero Pitt! —explotó Farnsworth—. ¡Como si es el rey de Malasia! Su mujer tenía un lío con Arledge, y él lo descubrió y se tomó la venganza por su mano. Seguro que usted encontrará las pruebas.

—No hay ninguna señora Carvell.

Farnsworth se quedó de piedra.

—Entonces ¿para qué me lo cuenta? Creí que había dicho que encontró dónde encajaban esas llaves. Si no tenía una amante, ¿para qué diantres tenía las llaves de esa casa?

—Amante sí había —dijo Pitt lentamente, odiando tener que explicárselo al subcomisionado.

—Hable claro, Pitt —dijo Farnsworth entre dientes—. ¿Tenía un lío con la mujer, la hermana o lo que sea de Carvell, o no tenía un lío? Se me está acabando la paciencia.

—Tenía un lío con el propio Carvell —respondió Pitt—. Si es que se le puede llamar «lío». Parece que se querían desde hace más de treinta años.

Farnsworth se quedó estupefacto hasta que consiguió asimilarlo; entonces estalló de ira.

—Pero hombre de Dios, habla usted como… como si fuera…

Pitt no dijo nada, sólo miró a Farnsworth fríamente mientras pensaba en el rostro torturado de Jerome Carvell.

Farnsworth dejó la frase en suspenso sin saber muy bien por qué.

—¡Pues será mejor que vaya enseguida a arrestarlo! —exclamó, levantándose de la silla—. No sé qué hace aquí sentado.

—No puedo arrestarle. No hay pruebas de que matara a Arledge, y menos aún de que conociera a Winthrop.

—Por el amor de Dios, no ve que tenía una relación ilegal con Arledge. —Se inclinó sobre el escritorio—. ¿Qué más necesita? Pelearon y entonces ese hombre, como se llame, lo mató. No hará falta que le recuerde que muchos asesinatos son de orden doméstico, o fruto de peleas entre enamorados. Ya tiene al culpable. Deténgalo antes de que vuelva a asesinar. —Se enderezó como dando por zanjada la cuestión.

—No puedo —repitió Pitt—. No hay pruebas.

—¿Qué es lo que quiere, un testigo? —inquirió Farnsworth con cólera—. Seguramente le mató en su casa, por ese motivo no pudieron encontrar el lugar del crimen. ¿Ha registrado la casa, Pitt?

—No.

—¡Maldito incompetente! —estalló Farnsworth—. ¿Qué le pasa, hombre de Dios? ¿Está enfermo? Ya me parecía a mí que su ascenso era inoportuno, pero esto es demasiado. Envíe inmediatamente a Tellman, y luego arreste a ese hombre.

Pitt notó que la cara le ardía de rabia y cierta vergüenza, tanto por la ignorancia de Farnsworth como por los demoledores sentimientos de Carvell.

—No hay motivos para registrar su casa —dijo con frialdad—. Arledge se quedaba allí a veces. Eso no es ningún crimen. Y no hay nada que relacione a Carvell con Winthrop ni con el cobrador de ómnibus.

Farnsworth apretó los labios.

—Si es un sodomita probablemente abordaría a Winthrop y, como Winthrop lo rechazó, montó en cólera y acabó matándolo —dijo muy decidido—. En cuanto a Yeats, quizá supiera algo. Quizá estaba en el parque y fue testigo de la pelea. Trató de chantajear a Carvell y eso le supuso la muerte. El chantaje es un delito repugnante.

—No hay pruebas de nada —protestó Pitt—. No sabemos dónde estaba Carvell la noche en que mataron a Winthrop. Podría haber estado cenando en casa del vicario.

—¡Pues averígüelo! —le espetó Farnsworth—. Haga su trabajo. Espero que me informe de algún arresto antes de cuarenta y ocho horas. Le diré al ministro del Interior que ya tenemos al hombre, que es sólo cuestión de reunir pruebas irrefutables.

—No; es cuestión de reunir al menos una prueba —replicó Pitt—. Lo único que sabemos hasta ahora es que Carvell quería a Arledge. Santo cielo, si eso probara un asesinato, deberíamos detener al marido o la mujer de todas las víctimas que se dan en el país.

—No es lo mismo —porfió Farnsworth—. Estamos hablando de una relación antinatural, ¡no de un matrimonio normal y corriente!

—¿No había dicho usted que la mayoría de asesinatos son de orden doméstico? —dijo Pitt con cierto retintín.

—Salga a hacer su trabajo. —Farnsworth le apuntó con el dedo—. Ahora mismo. —Y cortando cualquier posible objeción salió dejando abierta la puerta.

Pitt salió detrás de él.

—¡Tellman! —gritó desde la escalera, con más brusquedad de la que había sido su intención.

Le Grange apareció en el pasillo justo cuando Farnsworth salía a la calle.

—¿Sí, señor? ¿Preguntaba usted por el señor Tellman? —dijo con estudiada inocencia.

—¡Naturalmente que sí! ¿Para qué diablos cree que le llamaba? —le espetó Pitt.

—Señor, creo que está ocupado con unos papeles. Le pediré que suba, señor.

—¡No se lo pida, dígaselo!

Le Grange desapareció al instante, pero Pitt hubo de esperar diez minutos a que Tellman entrara en su despacho y cerrara la puerta con expresión complacida. Sin duda media comisaría había oído los gritos de Farnsworth a Pitt.

—¿Sí, señor? —dijo Tellman, y Pitt tuvo la seguridad de que sabía perfectamente para qué le había llamado.

—Vaya a por una orden de registro y diríjase al numero once de Green Street.

—¿Green Street?

—Esquina Park Lane, dos manzanas al sur de Oxford Street. Es la residencia de un tal señor Jerome Carvell.

—Sí, señor. ¿Qué debo buscar, señor?

—Pruebas de que Aidan Arledge fue asesinado allí, o de que el propietario conocía a Winthrop o al cobrador de ómnibus.

—Sí, señor. —Tellman fue hacia la puerta y luego se volvió mirando a Pitt con los ojos muy abiertos—. ¿Qué clase de prueba demuestra que uno conoce a un cobrador?

—Una carta donde aparezca ese nombre, o una nota con sus señas, cualquier referencia a Yeats —dijo Pitt sin alterarse.

—Bien, señor. Conseguiré la orden. —Antes de que Pitt pudiese añadir algo, y decir lo que tenía en la punta de la lengua, Tellman se había ido. Pitt fue al rellano y le gritó:

—¡Tellman!

Éste giró en la escalera y miró hacia arriba.

—¿Sí, señor Pitt?

—Sea usted cortés con él. El señor Carvell es un respetable hombre de negocios y no ha cometido ningún delito. ¡No lo olvide!

—Muy bien, señor. Por supuesto —dijo Tellman sonriente, y siguió bajando la escalera.

Pitt se dispuso a hacer otra cosa que aborrecía. Pasó diez minutos frente al espejo retocándose el fular y ajustándose la chaqueta y organizando el contenido de sus bolsillos, en un intento de postergar el momento. Pero era inevitable, así que cogió el sombrero y bajó la escalera. El sargento de guardia le miró con sorpresa y respeto al verle tan atildado.

—Voy a ver a la señora Arledge —dijo Pitt—. Si el inspector Tellman vuelve antes que yo, dígale que me espere. Quiero saber lo que ha encontrado.

—¡Sí, señor! Señor…

—¿Sí, sargento?

—¿Usted cree que lo hizo ese Carvell, señor?

—No, no lo creo, pero supongo que cabe esa posibilidad.

—Sí, señor. Perdone señor, pero tenía que preguntarlo.

Pitt le sonrió y salió en busca de un cabriolé.

—¿Sí, superintendente? —dijo Dulcie Arledge con su habitual cortesía, y sin aparente sorpresa. Iba aún vestida de negro y, como las anteriores veces, era un vestido de fino corte, en esta ocasión con las mangas adornadas con lazos de terciopelo a la altura de los hombros, un atuendo pulcro y nada ostentoso—. ¿Ha averiguado algo?

Pitt odiaba tener que decírselo, pero debía hacerle algunas preguntas y ella sin duda vería que detrás de las mismas se ocultaba algo sucio y sospechoso. El hecho de que ya se oliera algo facilitó un poco las cosas. Estaban en el salón y Pitt esperó a que ella volviera a sentarse antes de hacerlo él en el elegante sofá de enfrente.

—Sé a dónde pertenecen aquellas llaves, señora Arledge —empezó.

—¿Sí? —repuso ella en voz ronca.

—Lo siento, pero son de otra casa.

Ella le miró sin parpadear. Sus ojos azules eran serenos. Sobre el regazo, sus manos se juntaron hasta dejar los nudillos blancos.

—¿Una mujer? —preguntó con un hilo de voz.

Pitt deseó haber podido decir que sí. Hubiera sido mejor. Hubiera querido no tener que revelarle nada pero era muy posible que el asunto saliera a la luz, y muy pronto, si Farnsworth había hecho de las suyas.

—¿Cree usted que su esposo podía haber estado… podía haber querido a otra persona? —preguntó.

La mujer, pálida, evitó mirarle y fijó la vista en un dibujo de la alfombra.

—Es algo que toda mujer aprende a sobrellevar, señor Pitt. Tratamos de no dar crédito, pero… —De pronto le miró a los ojos—. Sí, a decir verdad, se me pasó por la cabeza. Había pequeños detalles, ausencias que no explicaba, regalos, cosas que yo no le había dado.

No había necesidad de decir que la relación había durado treinta años. Eso podía ahorrárselo a la viuda.

—Superintendente.

—¿Señora?

—¿Es una mujer… casada?

El motivo de la pregunta era más que evidente; lo mismo se le había ocurrido a Farnsworth.

—¿Por qué duda, señor Pitt? —Ahora estaba nerviosa—. ¿Es que… es muy joven? —La palabra la hizo balbucear—. ¿Tiene un padre, quizá un hermano…? —No pudo seguir.

—Esa casa pertenece a un hombre, señora Arledge.

Ella frunció el entrecejo.

—No entiendo. Creí que había dicho…

Pitt no pudo postergarlo más.

—Su esposo quería a un hombre.

—¿Un… un hombre? Se quedó totalmente confusa.

—Lo lamento. —Pitt se sabía portador de una horrible noticia.

—¡Pero eso es imposible! —De pronto ella se ruborizó y sus ojos se desorbitaron—. No puede ser. Se trata de un error. Es… ¡no!

—Ojalá lo fuera, señora, pero no hay ningún error.

—Es imposible —repitió ella—. Seguro que se equivoca…

—Él lo reconoció enseguida, y las cosas de su marido, entre ellas un cepillo de plata como el que hay arriba en su cuarto, estaban en el vestidor.

—Pero es… —dijo ella, negando furiosamente con la cabeza—. ¿Por qué ha tenido que decirme esta… esta monstruosidad?

—Ojalá no hubiera tenido que hacerlo, señora Arledge. Si hubiera podido hacer que el secreto muriera con él, lo habría hecho, no lo dude. Pero he de hacer más preguntas, y usted hubiera deducido que había algo. —Pitt la miró muy serio, deseando que le creyera—. Habría usted sufrido todo el horror y todo el miedo y al final quizá se habría enterado por los periódicos.

Ella le miró impotente, sin acabar de creérselo.

—¿A qué preguntas se refiere? —dijo al fin. La voz se le quebró, pero al menos estaba claro que su inteligencia volvía a funcionar, a pesar de la angustia y de ese nuevo dolor inimaginable.

—¿Su marido tenía otros amigos de la misma índole? Tal vez podría enseñarme los regalos que usted no le hizo o cuya procedencia desconocía. ¿Recuerda que su marido se mostrara preocupado en las últimas tres o cuatro semanas? Momentos en que a su juicio pudiera haber estado envuelto en una discusión o pasando por una situación de gran ansiedad.

—¿Quiere decir… piensa que pudo reñir con ese hombre… por una tercera persona? —Dulcie comprendió rápidamente todo lo que la pregunta implicaba.

—Es posible, señora Arledge.

—Sí, claro, supongo que lo es. Y ahora que lo pienso, todo encaja de una forma espantosa. —Se cubrió el rostro con las manos. Pitt vio que los hombros le subían y bajaban con la respiración; era obvio que trataba de mantener el dominio de sí.

Pitt se levantó y se acercó al chiffonnier en busca de alguna botella de jerez o madeira para ella. Encontró una y volvió con un vaso. Esperó a que la viuda levantara la cabeza.

—Gracias —dijo quedamente, aceptando la bebida con manos temblorosas—. Es usted muy amable, superintendente. Lamento saber dominarme tan poco. Para mí ha sido una conmoción que jamás hubiera imaginado, ni siquiera en mis peores pesadillas. Voy a tardar un poco en… en hacerme a la idea. —Miró el vaso y tomó un sorbo de jerez—. Es preciso que lo crea, ¿verdad?

Pitt estaba en pie junto a ella.

—Me temo que sí, señora Arledge. Pero eso no invalida todo lo bueno que había en él, su generosidad, su amor y reverencia hacia todo lo bello, su humor…

—¿Cómo puede usted…? —empezó, pero se mordió el labio—. Pobre Aidan. —Alzó los ojos—. ¿Es necesario que se sepa? ¿No podríamos dejar que descansara en paz? No es culpa suya que lo asesinaran. Si hubiera muerto mientras dormía nadie lo habría sabido.

—Ojalá pudiera prometérselo. Pero si ese hombre está implicado en su muerte, todo se sabrá tan pronto sea arrestado. Y por descontado en el juicio.

Fue como si le hubieran pegado. Tardó unos segundos en tener la suficiente concentración para formular su siguiente pregunta, y él, mientras, aguardó de pie deseando poder aliviar la carga que ella padecía.

—¿Cree usted que este… que este hombre mató a Aidan? —dijo ella por fin, tensa la voz por el esfuerzo de controlar sus emociones.

—No lo sé. —Pitt fue franco—. Me inclino a pensar que no. No hay pruebas de que lo hiciera, pero parece probable que haya una relación con la amistad que mantenían.

Ella trató de comprender sin conseguirlo.

—¿Pero qué tiene que ver el capitán Winthrop con esto? O esa otra persona… el cobrador de ómnibus.

—No lo sé. Creo que hay algún otro implicado cuyo nombre desconocemos aún.

Ella desvió la vista hacia la ventana y el soleado jardín.

—Es todo tan repulsivo que no alcanzo a entenderlo. —Empezó a temblar de manera convulsiva—. Pero procuraré ayudarle en lo que pueda. Así pues, no conocía a Aidan tan bien como me imaginaba. Pero de lo que sé, sólo tiene que preguntar y le diré lo que sea.

—Gracias, señora Arledge. Agradezco su franqueza y su coraje.

Ella le miró sonriendo frágilmente.

—Puede usted preguntar, superintendente.

Pitt invirtió otras tres horas haciendo preguntas sobre los menores detalles de la vida privada de Arledge, rebuscando de nuevo en sus pertenencias, cogiendo algunas pertenencias personales que ella afirmó no haberle regalado ni recordar que él las hubiera comprado para su uso.

Dulcie le enseñó cuanto él pidió ver y respondió a todo con sencillo candor, como si aquella revelación la hubiera dejado tan aturdida que ni siquiera los recuerdos más queridos y privados ofrecían resistencia a la hora de salir a la luz.

—Llevábamos veinte años casados —dijo pensativa, mirando un viejo programa de mano—. No sabía que él conservara esto. Fue el primer concierto al que me llevó. Yo entonces era muy poco refinada. Acababa de llegar del campo. —Dio vueltas y más vueltas al gastado papel—. Usted me hubiera considerado muy ingenua, superintendente.

—Lo dudo, señora —dijo él, amable—. Yo también crecí en el campo.

Ella le miró con calidez en los ojos.

—¿De veras? ¿Dónde? Oh, perdone, esto es…

—No se apure. En Hertfordshire, en una finca grande de la que mi padre era guarda. —¿Por qué se lo había dicho? Era algo que nunca mencionaba a nadie, parte de un pasado que le recordaba una pérdida dolorosa, una injusticia a la que jamás se puso remedio.

—Entonces a usted también le gustará el campo. —Sus ojos, de un azul oscuro, estaban colmados de un interés exento de crítica—. Comprenderá su belleza y a veces su crueldad, la economía de la supervivencia… Sí, estoy segura. —Se volvió para mirar los tejados y el cielo mismo—. Parece mucho más… limpio… ¿no cree usted? Más sincero.

Pitt trató de ponerse en su piel, de comprender la rabia por todos aquellos años que ahora parecían desperdiciados, llenos de infidelidad. Se recuperaría de la muerte de su marido, sí, era una herida limpia, pero el engaño le dolería para siempre; se había llevado consigo el futuro, pero también el pasado. Toda su vida adulta, veinte años, convertidos en una impostura.

—Sí —dijo Pitt—. Mucho más sincero. La muerte rápida de un animal a manos de otro es una necesidad de la naturaleza y algo honroso.

Ella le miró con asombro y admiración.

—Es usted un hombre extraordinario, superintendente. Es una gran suerte que esté a cargo de este… terrible asunto. No creí que nadie pudiera hacerme todo esto fácil, pero usted lo ha conseguido.

Pitt no supo qué decir. Cualquier comentario parecería trivial, así que sonrió en silencio y miró otro papel, una invitación a un baile de cazadores. Ella, recordó la ocasión.

Pitt se fue a media tarde más triste que cansado. Por lo que había averiguado, hubo numerosas oportunidades para otras aventuras amorosas. Oakley Winthrop era un candidato, o Bart Mitchell, entre otros.

Al llegar a Bow Street encontró a Tellman esperando delante de su despacho. Su rostro alargado parecía un mar de arrugas. A juzgar por su expresión, llevaba mucho tiempo esperando.

—¿Qué ha averiguado? —preguntó Pitt al llegar a lo alto de la escalera.

—Nada de nada —respondió Tellman. Le siguió hasta la puerta y luego entró detrás de Pitt sin esperar a que le invitaran a hacerlo—. ¡Cero! Él y Arledge eran amantes, eso está claro, pero aunque eso es un delito no podríamos encausarlos sin pillarlos con las manos en la masa, a no ser que alguien los denunciase. Y como Arledge ha muerto, eso ya no es posible.

—¿No lo mataron allí?

—No.

—¿Está seguro?

—A menos que sacara la cabeza por la bañera y Carvell lo fregara todo después a conciencia —ironizó Tellman—. Sí, se quedaba a dormir, y no me extrañaría que hubiera pasado más tiempo en casa de Carvell que en la propia. Pero no lo mataron allí.

—Imagino que examinó usted el jardín…

—¡Pues claro! Y antes de que lo pregunte, está todo lleno de baldosas, arriates de flores y hierba, y hace años que nadie remueve la tierra. Registré incluso el cuarto del carbón y el cobertizo del jardinero. Nada. —Miró a Pitt con los labios apretados, cavilando—. ¿Piensa arrestarle?

—No.

Tellman suspiró despacio.

—Bien —dijo—. Yo no estoy seguro de que no lo hiciera. Pero en cambio estoy segurísimo de que no tenemos ni una puñetera prueba de que sí lo hizo. —Dio un respingo—. No me gusta arrestar a alguien y que luego no haya condena.

Pitt le miró tratando de ver más allá. Tellman sonrió sin expresión.

—Y tampoco quiero equivocarme de hombre —añadió—. Aunque a saber quién es el culpable.

Emily estaba concentrada en dos cosas a la vez. Era de vital importancia dar toda la ayuda posible a Jack, aunque era probable que sus esfuerzos cayeran en saco roto. Pero también le preocupaba la situación de Pitt. Había oído comentarios de personas relacionadas con círculos del poder, y conocía el clima predominante de temor y recelo. Nadie sugería ideas, pero el incesante clamor general los había hecho temer por sus cargos, y en consecuencia echar las culpas a otros.

Anunciada ya la fecha de las elecciones, había discursos y artículos que preparar, de vez en cuando alguna aparición en público de carácter social, un baile o un concierto. En algunos casos eran cosas muy oficiales, como recepciones de embajadores extranjeros o dignatarios de visita en el país, y otras más informales como la velada de aquella noche. Puesto que Mina Winthrop estaba de luto, no podía ser invitada, lo mismo que Dulcie Arledge, pero Emily había optado por pedir a Victor Garrick que tocara el chelo para los invitados, y, ya que él estaría allí, qué menos que invitar también a Thora Garrick. Emily no sabía qué podía sacar de ello, pero no era necesario ver el fin para poner los medios adecuados.

Casi todos los invitados lo eran por motivos de índole política, gente de mayor o menor influencia, y la velada iba a llevarle mucho trabajo. No quedaría tiempo para solazarse en chismorreos. Habría que sopesar cada palabra. Emily contempló desde la escalera aquel mar de cabezas, los variopintos peinados femeninos, muchos de los cuales llenos de plumas, tiaras y horquillas de piedras preciosas. Trató de serenarse. Había quizá tantos amigos como enemigos, no sólo enemigos de Jack sino también de Pitt. Muchos serían miembros del Círculo Interior, algunos periféricos como Micah Drummond en su momento, sin saber casi lo que ello significaba. Otros estarían en lo más alto del escalafón, gente capaz de poner en peligro carreras y futuros si lo creía necesario, capaz de disponer castigos terribles contra todo sospechoso de traición o desobediencia. Pero nadie sabía dónde se ocultaba el peligro; podía ser cualquier rostro inocente y risueño, cualquier caballero que parloteara educadas trivialidades, cualquier hombre de apariencia inofensiva, pelo blanco y sonrisa benévola.

Se estremeció, no sólo de miedo sino también de ira.

Vio los rubios cabellos de Victor Garrick bajo la araña de luz y empezó a bajar para saludarlo.

—Buenas tardes, señor Garrick —dijo al llegar al pie de la escalera y acercarse a Victor, que sujetaba con amor su instrumento. Era un hermoso violonchelo de madera bruñida de un color como el jerez a la luz del día, y un primoroso diseño. Sus curvas le provocaron ganas de tocarlo, pero sabía que eso hubiera sido una indiscreción. Victor sostenía su violonchelo como si fuese la mujer amada—. Le agradezco mucho que haya aceptado venir —prosiguió—. Después de oírle tocar en el funeral por el capitán no pude pensar en nadie más.

—Gracias, señora Radley. —Victor le miró a los ojos con franqueza. Parecía buscar bajo la superficie para saber si lo decía en serio, si entendía algo de música, de sus texturas y valores, o si sólo trataba de ser educada. Una sonrisa se formó en sus labios—. Me encanta tocar.

Emily buscó algo más que decir; la situación parecía pedirlo.

—Es un hermoso instrumento, el suyo. ¿Muy antiguo?

Victor enrojeció de repente y una expresión de profundo dolor cruzó su cara.

—Sí —dijo—. No es un Guarnerius, claro; pero es italiano y más o menos de la misma época.

Ella no acababa de entender.

—¿No es bueno?

—Más que eso —dijo él en un suave susurro—. Es un instrumento de valor incalculable; el dinero no significa nada ante algo tan hermoso. El dinero no es más que papel, y esto es pasión, elocuencia, amor, pena, todo lo que significa alguna cosa. Es la voz del alma de un intérprete.

Emily iba a preguntarle si alguien le había insultado asignándole un valor monetario cuando reparó en un defecto en la perfecta lisura de la madera, una mella. Se sintió repentinamente inquieta. Aquel instrumento tenía muchas de las cualidades de una cosa viva, pero no el don de curarse a sí mismo. Aquella marca estaría allí para siempre.

Le miró a los ojos y los vio colmados de una terrible rabia. No fue necesario decir nada. Desde aquel momento compartió con él la impotencia y el odio del artista cara a cara con el vándalo, con el insensato deterioro de la belleza.

—¿Afecta eso al sonido? —preguntó, casi segura de que no era así.

Él negó con la cabeza.

Se unió a ellos Thora, extraordinariamente hermosa con aquellas cascadas de blonda marfil de los hombros a los codos y sobre el pronunciado escote. La falda era lisa y lucía sólo un mínimo polisón. Todo el conjunto era de lo más elegante. Thora miró a Victor frunciendo el ceño.

—No estarás molestando a la señora Radley con ese desdichado accidente, ¿verdad, querido? Lo mejor es olvidarlo. No podemos hacer nada, ya lo sabes.

Él la miró impertérrito.

—Lo sé, mamá. Una vez recibido el golpe no se puede volver atrás. —Y añadió mirando a Emily—: ¿No es cierto, señora Radley? La carne queda magullada, y también el alma.

Thora abrió la boca para hablar, pero decidió no hacerlo. Miró al instrumento y luego a su hijo. Victor parecía esperar una respuesta.

—Por supuesto —dijo apresuradamente Emily—. No hay vuelta atrás.

—¿Usted cree que deberíamos hacer como si esto no hubiera pasado? —preguntó Victor sin dejar de mirarla—. Cuando los amigos nos pregunten, sonreiremos con valentía y diremos que todo va bien; incluso nos diremos a nosotros mismos que no había para tanto, que curará pronto, que sin duda fue un accidente y nadie quiso causar el menor daño. —La voz se había endurecido y había en ella una nota de pánico interior.

—No sé si estoy de acuerdo —replicó Emily, buscando una respuesta de compromiso entre la sinceridad y el tacto—. Armar un revuelo excesivo no ayuda a nadie, pero yo creo que quien hizo eso a su chelo, accidentalmente o no, está en deuda con usted, y no veo razón alguna para que deba fingir que no es así.

Victor pareció sobresaltarse.

Thora se sonrojó y la miró ceñuda como si no hubiera entendido del todo.

—A veces se producen accidentes por negligencia —explicó Emily—. Pero, por lo demás es preciso que cada cual se haga responsable de sus actos. ¿No les parece? No podemos dejar que otros carguen con el peso.

—No siempre es tan sencillo… —terció Thora.

Victor dirigió a Emily una cálida sonrisa.

—Gracias, señora Radley. Lo ha expresado usted con toda exactitud: fue un descuido. Hay que ser responsable. A decir verdad, ésa es la clave de todo.

—¿No sabe quién le estropeó el violonchelo? —preguntó Emily.

—Oh, sí. Claro que lo sé.

Thora puso cara de perplejidad y dijo: «Victor…».

Antes de que él pudiera reaccionar, una mujer regordeta de extraordinario cabello negro les interrumpió.

—Disculpe, señora Radley, sólo quería decirle cuánto me gustó el discurso del señor Radley. Estuvo muy acertado sobre la actual situación en África. Hacía años que no escuchaba a alguien con las ideas tan claras. —Ignoró a Victor como si fuera un sirviente, y por lo visto no se percató de que Thora formaba parte del grupo—. Necesitamos hombres así en el gobierno, como le estaba diciendo ahora mismo a mi esposo. —Señaló con el brazo a un hombre alto y delgado de nariz prominente. Emily tuvo una visión repentina de un buitre. Llevaba uniforme militar—. El brigadier Gibson-Jones, ya sabe. —La mujer parecía suponer que ese nombre tenía que sonarle.

En realidad Emily no recordaba de nada al brigadier ni a su esposa, así que agradeció que ella hubiera revelado su apellido. Iba a decir alguna cosa adecuada y a presentarles a Victor y Thora, pero como si se diera cuenta de que había sido descortés, la señora Gibson-Jones se volvió hacia Victor:

—¿Va a tocar para nosotros? Qué bien. Yo creo que la música siempre anima, ¿no es así? —Y sin esperar respuesta, se alejó al ver a otra persona con la que sin duda quería conversar.

Emily miró a Victor.

—Lo siento —susurró.

Victor sonrió de manera encantadora y deslumbrante, un rayo de sol.

—¿Qué pensará que voy a tocar, una giga?

—¿Se la imagina usted bailando la giga? —repuso Emily en voz muy baja.

La sonrisa de Victor se ensanchó. Parecía haber olvidado temporalmente el asunto del arañazo en el violonchelo.

Emily se disculpó ante los dos y se dedicó a la tarea de resultar encantadora. Iba de grupo en grupo saludando a gente, preguntando por la salud, charlando de moda, de hijos, del tiempo, de la corte y la buena sociedad, los temas habituales en toda conversación civilizada. Vio a Jack hablando con hombres ricos y de buena familia, con amplias relaciones, tanto abiertas como discretas. Se preguntó cuántos de ellos serían miembros del Círculo Interior, cuáles de ellos sabían quiénes lo eran, quiénes padecían el miedo y la culpa, cuáles estaban dispuesto a traicionar. Procuró pensar en otra cosa.

—Necesitamos cambios. —Oyó decir a un hombre muy delgado que se ajustaba unos anteojos—. Este cuerpo de policía no es lo bastante bueno. Señor, cuando un hombre de la clase de Oakley Winthrop puede caer asesinado en pleno Hyde Park, es que estamos a un paso de la anarquía. De la absoluta anarquía.

—El que lleva el caso es un incompetente —concedió su fornido acompañante, colgando sendos pulgares de las sobaqueras de su chaleco—. Pienso presentar una pregunta en la Cámara. Hay que hacer algo. Tal como están las cosas, un hombre decente ya no puede salir a pasear por la noche. Hay rumores de todas clases, se habla de agitadores, de bombas, de irlandeses, se sospecha hasta del vecino. Todo el mundo está muy agitado.

—Para mí, la culpa es de los manicomios —añadió un tercero con vehemencia—. ¿Qué lunático puede hacer cosas como ésas y estar en libertad? Eso es lo que me gustaría saber. Nadie hace nada para arreglarlo.

—¿Han oído lo que dice Uttley? —preguntó el primero, mirando a sus compañeros—. Pues tiene razón, saben. Hacen falta cambios. Aunque yo no creo que sea cosa de un demente, sino de un hombre perfectamente cuerdo y muy malvado. Digan lo digan, seguro que hay alguna relación entre las víctimas, y si no ya lo veremos.

—¿Usted cree, Ponsonby? —dijo el más fornido—. ¿No era músico el segundo que mataron? Y bastante bueno, dicen. ¿Conocía usted a Winthrop? ¿No pertenecía a la Marina Real?

—Un tipo raro —dijo Ponsonby torciendo el gesto—. Aunque la familia era bastante decente. El padre ha armado un escándalo, pero no se le puede culpar: un hijo es un hijo.

—¿Le conocía usted?

—¿A Marlborough Winthrop?

—No, hombre, a Oakley. ¡El hijo!

—Hablamos un par de veces. No me caía especialmente bien. Era un poco altivo, saben.

—¿Cómo? ¿Muy marino y eso? ¿De los que siempre creen estar subidos al alcázar?

—Bueno, no —dudó Ponsonby—. Pero le gustaba ser el centro, siempre estaba hablando y expresando sus opiniones. Sólo le vi un par de veces. A quien conocí fue a su cuñado. Creo que se apellida Mitchell. Un individuo interesante. Muy sagaz. Estuvo en África hasta hace muy poco, según tengo entendido.

—¿Por qué dice muy sagaz?

—Pensaba más de lo que decía, ya me entienden. No aguantaba a su cuñado. En cambio, me dio un excelente consejo financiero. Me puso en contacto con un hombre de la city, un tal Carvell. Compré unas acciones estupendas que ha salido muy bien.

—Sí, eso siempre es útil…

—¿Qué?

—Que es útil. Tener un buen asesor financiero.

—Desde luego. Y hablando de finanzas, ¿qué opina de…?

Emily se apartó, tratando de encajar mentalmente retazos de conversación, ideas a medias, pensamientos que transmitir después a Charlotte.