3

Charlotte había oído al chico de los periódicos vocear la última conjetura sobre el asesinato de Hyde Park, pero prestó menos atención que en otros casos de su marido porque estaba mentalmente muy ocupada con el enyesado del techo de la casa nueva. Ahora se encontraba en mitad de lo que debía convertirse en el salón, mirando hacia lo alto. El constructor, un hombre delgado y lúgubre de treinta y pocos años, mirada triste y nariz larga, estaba delante de ella meneando la cabeza.

—No puede ser, señora. Es imposible. Está demasiado alto. Demasiado.

Charlotte miró hacia la resquebrajada cornisa.

—Pero si no son ni tres palmos en total. ¿No puede arreglar sólo ese trozo?

—No. —El hombre volvió a menear la cabeza—. Se vería el remiendo, señora. No quedaría bien. No puedo aceptar un trabajo así, estropearía mi reputación.

—Está equivocado —protestó ella—. Sólo tiene que hacer el mismo dibujo.

—No se pueden cambiar botellas viejas por odres nuevos, señora. ¿Es que no lee la Biblia?

—Pues no, sobre todo cuando lo que quiero es reparar el techo —le espetó ella—. Bien, si no puede arreglar ese trozo, ¿qué me dice de ese lado de allí?

—Oh, bueno. —Miró hacia arriba ladeando la cabeza—. No estoy muy seguro. Puede que el dibujo sea distinto…

—¿Es que no puede hacer el mismo dibujo? A mí no me parece muy complicado.

—Porque usted no es yesero, señora mía. ¿Por qué no le pide a su marido que se lo explique?

—Mi marido tampoco es yesero —dijo ella cada vez más irritada.

—No, señora, ya veo que no. Pero él es un hombre, sabe usted, y los hombres entienden estas cosas mejor que las mujeres, si no le importa que lo diga. —La miró con una sonrisa sentenciosa—. Yo no sabría cómo hacer un dobladillo o cocinar una tarta, pero de cornisas y eso sí sé. Y seguro que va a querer un rosetón nuevo para colgarle una araña de luz. Eso hay que tenerlo muy en cuenta.

—¿Y cuánto me costará uno nuevo?

—Pues verá, eso depende de si lo quiere en estuco de papel, que es muy liviano y barato, y los hay de tres chelines la pieza de diecinueve pulgadas de diámetro, hasta una de cuarenta y nueve pulgadas, demasiado grande para esta sala, que sale por treinta y dos chelines y siete peniques. —Aspiró hondo y continuó—: O puede ponerlo de yeso, liso o perforado, que sale desde un chelín con seis peniques por pieza de doce pulgadas, hasta cuatro chelines y seis peniques por pieza de treinta pulgadas. Todo depende de lo que usted quiera.

—Ya. Bien, lo pensaré. ¿Qué me dice de la lámpara del vestíbulo?

—Oh, bueno, eso ya es otra cosa. Podría poner un pinjante de los corrientes, que le sale a cuatro chelines seis peniques, o bien uno de los grandes a siete con seis la pieza. —Meneó la cabeza—. El precio no incluye el globo, claro está.

—Pero yo no la quiero así. Yo quiero la que lleva el tubo burilado.

—Ah, entonces le saldrá mucho más caro, señora; cincuenta y un chelines la pieza, en bronce o lacada. Y si quiere cristal pulido, la cosa sube a cincuenta y siete chelines. —Se la quedó mirando.

—La otra no me gusta —insistió Charlotte—. Es vulgar.

—Acabo de ponerle una de ésas a la señora que vive en la casa de enfrente. Una lámpara muy bonita. Y una dama muy simpática. Su primo está casado con el cuñado de lady Winslow. —Sirvió esta información como si diera por zanjado el asunto.

—Entonces no le va a gustar que yo haga lo mismo —replicó Charlotte—. ¿Qué me dice del florón del frontispicio del ala oeste? ¿Puede dejarlo como los otros?

—Eso no lo sé —dijo el hombre, indeciso—. Sería mejor cambiarlos todos…

—¡Sandeces! —dijo una voz desde el portal—. ¡O encuentra un florón que haga juego, jovencito, o mi sobrina buscará a otro operario!

Charlotte giró en redondo y tuvo una muy agradable sorpresa al ver entrar a la tía abuela Vespasia en la habitación. A decir verdad era tía abuela política de Emily, de su primer matrimonio. Sin embargo, la muerte de George no había afectado el cariño que se tenían; de hecho, el respeto de la una por la otra crecía a medida que avanzaba su relación. Charlotte sintió verdadero placer al oírse llamar sobrina por Vespasia, pese a que no tenía ningún derecho legal a ese parentesco.

—Tía Vespasia —dijo al punto—. ¡Cuánto me alegro de verte! Llegas en el momento más oportuno para darme tu consejo. No puedo ofrecerte ningún refresco. Lo siento. Apenas si hay sitio donde sentarse. —Estaba muy apenada, pese a que no había invitado a Vespasia y por tanto no era responsable de la situación.

Vespasia hizo caso omiso y miró al constructor, que no tenía idea de quién era pero había trabajado en suficientes casas buenas para saber que en ese momento estaba perdido. La dama en cuestión era muy distinta a otras. Alta, de una esbeltez rayana en la flacura, pero con un rostro exquisito que aún conservaba buena parte de la belleza que la había hecho famosa en todo el país durante su juventud. Vespasia le miraba como si el hombre fuera el mismísimo pedazo de escayola en liza.

—¿Qué piensa hacer con eso? —preguntó, mirando hacia la cornisa rota.

—Va a reparar ese lado —dijo Charlotte rápidamente—. ¿No es así, señor Robinson?

—Como usted diga, señora —cedió él de mala gana.

—Perfecto —dijo Vespasia—. Y estoy segura de que si busca bien, encontrará un rosetón que encaje satisfactoriamente. ¿Qué hay del friso? Está en muy mal estado. Tendrás que cambiarlo todo. —Miró a Robinson—. Será mejor que empiece a buscar alguna solución. Vamos, manos a la obra. —Se volvió hacia Charlotte—. Bien, querida, ¿adónde podemos ir para dejar que este pobre hombre trabaje? ¿Qué tal el jardín? Está precioso.

—Desde luego —asintió Charlotte, abriendo la puerta a Vespasia y cerrándola al salir. En la terraza el aire era agradable, la brisa traía fragancia a hierba y a jacintos.

Vespasia iba muy erguida, con su inseparable bastón de contera de plata en la mano derecha; pero más que apoyarse en él, descansaba la mano encima.

—Necesitarás un jardinero —observó—. Al menos dos veces por semana. Thomas no va a tener tiempo de cuidarlo. ¿Cómo le sienta el nuevo cargo? Hacía tiempo que no le ascendían.

A Charlotte no se le ocurrió otra cosa que contar la verdad.

—Muy bien, en general —respondió—. Pero algunos de sus hombres se lo están poniendo difícil. Les molesta que lo prefirieran a él en vez de a otros que se consideran igual de buenos. Con Micah Drummond lo comprendían, era un caballero, pero les cuesta aceptar órdenes de Thomas. —Sonrió—. No es que él me explique gran cosa, lo sé por algunos comentarios que he pillado al vuelo, y a veces por lo que no me dice. Pero seguro que con el tiempo se arreglarán las cosas.

—Desde luego. —Vespasia pisó la hierba—. ¿Qué me dices de este último suceso, ese pobre hombre al que decapitaron en el parque? La prensa no lo ha dicho, pero supongo que Thomas está al frente de la investigación.

—Sí, en efecto —dijo Charlotte, extrañada de su interés.

Vespasia siguió mirando los árboles que había al fondo del césped.

—Te acordarás del juez Quade, supongo —empezó a la ligera, como si no tuviera importancia.

—Sí —respondió Charlotte con la misma despreocupación. La cara ascética y sensible del juez le vino a la memoria, su integridad a toda prueba en el caso de Farrier’s Lane, los recuerdos que traía consigo de un pasado que Charlotte no podía siquiera adivinar y, por encima de todo, los cambios que había experimentado Vespasia, su repentina vulnerabilidad, el modo en que se ruborizaba (cosa que Charlotte nunca le había visto antes), la risa y las sombras en sus ojos.

»Pues claro que me acuerdo —repitió. Iba a preguntar cómo estaba pero se abstuvo. Vespasia no era una mujer con la que se pudiera jugar a cosas tan triviales. Mejor guardar silencio y esperar a que ella dijese algo.

—Conoce bastante a lord y lady Winthrop —explicó la anciana, avanzando un poco más por la hierba; las faldas se le enganchaban en los tallos sin cortar.

Charlotte tuvo que seguirla para continuar la conversación.

—¿De veras? —Le sorprendía saberlo. Thelonius Quade era un hombre de gran inteligencia y callado talento. Por lo que decía Emily, lord Winthrop era justo lo contrario—. ¿Socialmente?

Vespasia esbozó una sonrisa, sus ojos como de plata mostraron una expresión divertida.

—No será profesionalmente, querida. Marlborough Winthrop no hace nada de utilidad; claro que eso no es un delito, o media aristocracia estaría en el banquillo de los acusados. Pues sí, socialmente, y no creo que fuera porque Thelonius lo deseara. Ese hombre es un pelmazo incorregible y su mujer peor todavía. Tiene opiniones violentas, que encima ni siquiera son suyas sino de otras personas. Contrae opiniones como otros contraen enfermedades.

—¿Conocía el juez al capitán Winthrop? —preguntó Charlotte.

—Muy por encima. —Vespasia estaba ahora en mitad del césped, la brisa hacía ondear la seda verde claro de su falda. La luz exterior daba a su blusa un delicado tono marfileño, y las gruesas perlas que llevaba al cuello colgaban más abajo de sus senos. Charlotte se preguntó si alguna vez alcanzaría una elegancia tan natural.

—Lo siento —dijo en voz queda—. Estará apenado por ellos.

—Por supuesto. —Vespasia aceptó y desdeñó el tema con un leve gesto de la cabeza. Avanzó unos pasos más—. El sepelio se celebró en familia pero mañana habrá un funeral en memoria del capitán. Thelonius asistirá. He pensado que tal vez le acompañaré. —Miró a Charlotte con el primer atisbo de una sonrisa en los ojos—. Me preguntaba si te gustaría venir con nosotros.

Habría sido una falta de delicadeza, por lo demás innecesaria, preguntar por el objeto de semejante invitación. No pensaba en los Winthrop, ni siquiera en Thelonius Quade, y por supuesto tampoco en sí misma. Antiguamente había estado envuelta en más de una cruzada social, siempre con incansable apasionamiento. En varias ocasiones había aplicado igual energía y devoción a entrometerse en el trabajo de Pitt, ayudando a Charlotte y Emily cuando éstas no tenían acceso a ciertos lugares y personas. No podía decirse que disfrutara con ello, pero el fulgor de sus ojos no lo revelaba.

—Es un caso muy feo —dijo Charlotte, contemplando los esbeltos narcisos.

—La prensa le ha dado una nota estridente —añadió Vespasia—. Es indispensable que Thomas se afiance en su puesto lo antes posible. Se trata de un caso importante o tiene todas las trazas de serlo. Debemos hacer todo lo que podamos.

—Los periódicos hablan de un loco suelto —dijo Charlotte, inquieta.

—¡Tonterías! Si hubiera un lunático merodeando por Hyde Park dedicado a cortar cabezas, a estas horas habríamos sabido más cosas de él.

—¿Algún conocido del capitán? —preguntó Charlotte. Se olvidó de los narcisos, y ya apenas percibía el viento que mecía las ramas y las brillantes forsitias en flor.

—Parece una conclusión ineludible —concedió Vespasia—. Me ha contado Thelonius que no le robaron. O eso dice lord Winthrop.

La imaginación de Charlotte empezó a dispararse. Sugirió lo que a su entender era más obvio.

—Su esposa tiene un amante. O él tiene una querida, y entonces el marido…

—¡Por favor! Puede que Oakley Winthrop no fuera un hombre con mucha imaginación, pero tampoco era un cretino. Si tienes la desgracia de salir a pasear de noche por el parque y encontrarte al amante de tu mujer empuñando un arma blanca, lo último que haces es subirte con él a un bote. ¿Para hablar de qué? ¿Del reparto equitativo de los favores femeninos?

Charlotte reprimió la risa pero siguió en sus trece.

—Quizá era algún conocido y Winthrop no sabía de la misa la mitad —sugirió—. Si fue el amante de su esposa, ella puede haber sido discreta. A fin de cuentas, el capitán Winthrop pasaba fuera de casa la mayor parte del tiempo. Es posible que nunca se le ocurriera que ella pudiese interesarse en otro hombre.

—Pero si Winthrop no estaba al corriente de la situación, ¿por qué diablos iba a matarle ese otro hombre? —repuso Vespasia, levantando aún más las cejas—. Me parece absurdo y del todo innecesario.

—¿El marido de la querida, entonces? —dijo Charlotte pensando en voz alta—. Puede que fuera muy celoso.

—¿Y para qué iba a estar Winthrop paseando con él en bote en plena noche? —Golpeó un tallo largo de hierba con su bastón.

—Quizá no… —empezó Charlotte, pero antes de terminar se dio cuenta de que era una estupidez.

—¿Su querida era una cándida? —dijo Vespasia con una sonrisa a la vez tolerante y divertida—. Lo dudo. No sería tan inocente como para no conocer a su propio marido. —Dio media vuelta y echó a andar hacia la casa—. No, cuanto más lo pienso, más extraño me parece. Creo que Thomas va a necesitar nuestra ayuda. —Mantuvo la expresión casi sin entusiasmo, pero ni toda su fuerza de voluntad pudo disimular la energía interior que ese pensamiento hacía brotar en ella.

—Entonces te acompañaré al funeral —dijo Charlotte sin vacilar—. ¿A qué hora quieres que esté a punto?

—Mandaré un coche a las diez y cuarto. Y, querida, la próxima vez que te compres un vestido, yo de ti lo escogería negro. —Le brillaron los ojos—. Le va que ni pintado al oficio de tu marido.

En realidad Charlotte envió un mensaje urgente a Emily para ver si podía prestarle algo adecuado para la ocasión. Charlotte no tenía más dinero extra que el necesario para las cosas de la casa. Con la perspectiva de enyesar, cambiar los florones y comprar algunas baldosas nuevas para la chimenea, entre otros muchos gastos, no podía tontear ni con medio penique.

Emily se alegró de hacerle ese favor, con la condición de que Charlotte le contara hasta el último detalle del caso y la incluyera en futuras pesquisas. A cambio, ella le prestaba el vestido que quisiera mientras durasen sus esfuerzos.

Así pues, Charlotte estaba radiante, animada y con buen color, cuando Caroline Ellison se presentó a las diez de la mañana con un revuelo de faldas color chocolate y oro y un sombrero que recordaba a un turbante.

—¡Buenos días, mamá! —dijo Charlotte sorprendida, tanto por el sombrero como por la visita no anunciada. No hacía falta preguntar si algo andaba mal: la cara de Caroline irradiaba bienestar.

—Buenos días, cielo —respondió Caroline, fisgoneando el dormitorio de Charlotte, donde se hallaban mientras ella daba los últimos toques a su peinado—. Estás muy bien, aunque me temo que un poco fúnebre. ¿No podrías ponerte algo más animado, al menos alrededor del cuello? Puede que tanta seriedad esté de moda, pero te has excedido un poco, ¿no crees?

—Cómo va a estar de moda, mamá —dijo Charlotte—. Toda de negro, ¡y en abril!

Caroline desechó la cuestión con un gesto de la mano.

—Últimamente no estoy muy al tanto de las modas. De todas formas, te falta algo de color. ¿Cómo quedarías con algo diferente, inesperado? Vamos a ver, el rojo es demasiado ordinario. —Miró en derredor—. Y si… ¿qué es lo que la gente nunca combina con el negro? —Levantó una mano para que Charlotte no la interrumpiera mientras pensaba—. Ya sé: azafrán. No he visto a nadie de negro y azafrán.

—Nadie que tenga espejo en su casa, al menos —dijo Charlotte.

—¿No te gusta? Pensaba que sería bastante original.

—Originalísimo, mamá. Pero como voy a un funeral, creo que la familia no lo vería con buenos ojos. Me han dicho que son gente muy convencional.

Caroline se quedó boquiabierta.

—Oh. No lo sabía. ¿Quiénes son? ¿Les conozco? No me había enterado…

—Si hubieras leído el periódico. —Charlotte se puso la última horquilla y estudió el resultado.

—Ya no leo las necrológicas. —Caroline se sentó en el borde de la cama, arreglando las faldas a su alrededor.

—No; me imagino que ahora lees las páginas de espectáculos y crítica teatral —dijo Charlotte. Le encantaba ver a su madre tan llena de vitalidad y tan feliz, pero le preocupaba qué ocurriría cuando todo aquello acabara, como tenía que pasar. ¿Por qué no aceptaba la vejez? Pero tanto ella como Emily se lo habían dicho en varias ocasiones. No era el momento de empezar con eso, sobre todo cuando estaban a punto de venir a buscarla y era imposible que la discusión concluyera decentemente.

—Es mucho más edificante para empezar el día que una lista de personas que una ya sabe que han muerto —dijo Caroline, excusándose a medias—. Y más todavía si se trata de desconocidos. A mí, las necrológicas me parecen repetitivas.

—En este caso no —dijo Charlotte disfrutando de la función—. Le cortaron la cabeza de un tajo en Hyde Park.

Caroline dio un respingo.

—¡El capitán Winthrop! Pero tú no le conocías, ¿verdad?

—Por supuesto que no. Pero el amigo de tía abuela Vespasia, el juez Quade, sí.

—¿Quieres decir que Thomas lleva el caso?

—Sí —admitió Charlotte, levantándose del tocador—. Es un caso realmente complicado. Es posible que me entere de algo útil. En fin, me marcho.

—Ya veo.

—¿Por qué has venido, mamá? ¿Algún motivo especial? —Empezó a buscar en el cajón superior algunas cosas que necesitaba: un pañuelo de encaje, perfume, una horquilla para el pelo.

—En absoluto. Hace varias semanas que no te veo, y pensaba que quizá querrías acompañarme. He pensado que podíamos cenar en Marcello’s.

—¿Un restaurante? —Charlotte estaba asombrada—. ¿No en casa?

—En un restaurante, sí. Y de los mejores. Deberías probar la cocina continental de vez en cuando. Experimentar este tipo de cosas ensancha mucho la mente, Charlotte.

—Y la cintura, supongo —dijo Charlotte sin mirar la figura de su madre. Cerró el cajón.

—Bobadas —rezongó Caroline—. Siempre y cuando vayas a dar un paseo a pie o a caballo por el parque de vez en cuando.

—Tú no montas —sonrió Charlotte.

—¡Claro que monto! Es un ejercicio excelente.

—Pero si tú nunca…

—En vida de tu padre, no. ¡Pero ahora sí! —Caroline se levantó—. En fin, ya veo que hoy estás comprometida. No estoy muy segura de que un funeral sea más interesante, pero has prometido ir y ya no puedes cambiar de opinión. —Sonrió con cariño—. Iremos a cenar otro día, cuando no tengas compromisos. —Besó ligeramente a Charlotte en la mejilla—. De todos modos, cielo, ponte al menos alguna puntilla blanca en el vestido, o de color lavanda si tienes. Pareces una auténtica viuda, y eso no está bien; bastante tiene que aguantar esa mujer. Hoy le toca ser el centro de la atención. La gente olvidará deprisa, y la pobre tendrá que pasarse el resto de su vida vestida de luto; a menos que sea guapa, claro, y rica. —Y olvidando que ella misma era viuda, Caroline salió con una sonrisa en los labios y una expresión de alborozado optimismo.

Charlotte llegó a la iglesia en el coche de Vespasia y se apeó con ayuda de un lacayo. Se sentía más que cohibida, puesto que nadie la había invitado y no conocía a ninguno de los allí presentes, saludando a conocidos, haciendo predicciones sobre el estado de la sociedad, asintiendo con tono grave. Tenía que encontrar cuanto antes a Vespasia y su amigo Thelonius. Sin embargo, estaba guapísima con el vestido negro de Emily, y era consciente de ello. Eso le daba más confianza de la que hubiera tenido en una situación similar. Incluso el sombrero, también de Emily, le sentaba de maravilla con su ala ancha y salvajemente asimétrica, y su penacho de plumas negras. Notó que el sombrero atraía varias miradas, de admiración en los hombres, de envidia en las mujeres.

¿Dónde se habría metido Vespasia? No podía quedarse allí indefinidamente sin hablar con alguien y tener que dar explicaciones. Empezó a mirar alrededor, en parte con genuino interés, pero sobre todo para dar la impresión de que esperaba a alguien. Algunas de aquellas personas serían amigas del difunto capitán Winthrop, otras estarían allí cumpliendo una obligación social. ¿Sería uno de ellos, vestido decentemente de negro, con el sombrero en la mano, el que le había cercenado la cabeza en el Serpentine?

Vio a varios oficiales de la armada uniformados, de aspecto espléndido, destacando entre la gente vestida de civil. Un hombre mayor, grueso, parecía presidir la tarea de dar la bienvenida a la gente. Debía de ser lord Marlborough Winthrop, el padre. La mujer que estaba a su lado, con un tupido velo, era esbelta y muy tiesa, pero no se distinguía por ninguna otra cosa. Charlotte creyó ver en ella un aura de cólera, una ira reprimida que no sabía aún hacia dónde dirigirse. Pero bien podía deberse a que trataba de dominar su dolor, y al hecho de saber que aún quedaba pendiente una pública resolución a una pérdida muy personal.

En eso estaba pensando cuando Vespasia llegó del brazo de Thelonius. No era momento de sonreír, pero así lo hizo Charlotte al ver a Vespasia tan graciosamente acompañada. Estaba viuda desde mucho antes de que Charlotte la hubiera conocido, años atrás, durante el grotesco asunto de Resurrection Row. Y luego la muerte de George la había afectado profundamente. No era más que un sobrino nieto, pero ella no tenía mucha familia y, además, había estado muy encariñada con él. Al margen de la consanguinidad, ser asesinado era una manera horrible de morir.

Del brazo de Thelonius, Vespasia se veía serena y confiada otra vez, su espalda erguida tal como lo fuera años atrás, y su forma de levantar majestuosamente la barbilla daba a entender que volvía a desafiar al mundo en general y a la buena sociedad en particular, que estaba preparada para abrir un camino en cualquier dirección que decidiera tomar. Los que quisieran podían seguirla, y los otros podían ir a donde les viniera en gana.

Delgado, ascético y de lacónico humor, Thelonius iba a su lado con un rostro casi hermoso gracias a los recuerdos que lo iluminaban mientras la conducía entre la multitud. Cada vez llegaba más gente, deseosa de estar presente en aquella ocasión, compasiva o reverente, dándose importancia o esperando algún escándalo.

Vespasia miró a Charlotte apreciativamente pero sin decir palabra. Thelonius le sonrió e inclinó la cabeza, y los tres juntos fueron hacia la iglesia, donde la lánguida música de órgano estaba creando ya una atmósfera de muerte y de algo próximo a la podredumbre.

Charlotte se estremeció. Como otras veces, sus pensamientos derivaron hacia la anómala situación de unas personas que creían en una gozosa resurrección reuniéndose para formalizar el paso de alguien —a quien la mayoría conocía sólo superficialmente— de un valle de lágrimas a un reino de luz. Decía muy poco de la estimación de sus méritos el que lo hicieran con tan irracional melancolía. Algún día le preguntaría a un párroco por qué era así. Un ujier de gruesas patillas les indicó con prisas su deseo de que se movieran hacia los bancos respectivos. Iba cambiando nerviosamente el peso de pierna.

—¡Señor! Señora… si me permite.

Thelonius le entregó su tarjeta.

—Por supuesto. —El ujier asintió con la cabeza—. Por aquí, si son tan amables. —Y sin esperar a ver si le seguían, se dirigió hacia el lugar asignado. De camino, Charlotte miró hacia la derecha y vio la cara de Emily llena de sorpresa seguida de entendimiento, no sin un atisbo de placer.

Vespasia y Thelonius ocuparon sus puestos y, con más prisa que gracia, Charlotte ocupó el suyo al lado de ellos.

La música cambió de tono y se hizo el silencio. El oficio acababa de empezar.

Durante su transcurso le fue imposible a Charlotte volver la cabeza para observar las caras de quienes tenía detrás, y los de delante le ofrecían tan sólo la espalda. Para no atraer una innecesaria atención hacia su persona, inclinó la cabeza en oración y levantó los ojos para observar al vicario y escuchar su tono sepulcral cuando hizo el elogio de Oakley Winthrop como si éste fuera un santo recién fallecido, exhortando a todos los presentes a ser dignos de su excelente ejemplo. Charlotte no se atrevió a mirar a Vespasia por si ella captaba su mirada y le leía el pensamiento, no sólo sobre el difunto sino sobre los afligidos.

Después la cosa fue muy distinta. Todo el mundo se levantó y desfiló hacia el soleado exterior murmurando lo que fuere que consideraran apropiado, y entonces ella empezó a investigar de firme. Lord y lady Winthrop eran fáciles de localizar por el movimiento de la gente, la forma de aminorar el paso cuando llegaban a ellos, la prisa súbita, el apuro momentáneo y finalmente la liberación al alejarse de ellos.

Otro grupo, éste más pequeño y no tan distinguido, se movía sin orden ni concierto alrededor de una figura alta, tiesa y esbelta. La mujer llevaba un velo muy diáfano y se veía extrañamente joven y vulnerable. Charlotte dedujo que era la viuda. Le habría encantado ver la expresión de su cara, pero el velo lo impedía.

—¿Es la señora Winthrop? —le preguntó a Vespasia.

—Creo que sí.

—¿Y el hombre que está detrás?

—Ah, sí. —Vespasia asintió levemente—. Una cara difícil de olvidar. Mirada transparente, inteligencia considerable, en mi opinión. ¿Quién es, Thelonius? ¿Un pariente, un admirador?

Thelonius parecía divertido.

—Lo lamento, querida, la respuesta es de lo más vulgar. Es el hermano de ella, Bartholomew Mitchell. Un hombre de carácter intachable, ni engreído ni ampuloso, según he oído decir. Ha regresado hace poco de Matabeleland. Lo más lejano a un sospechoso que se pueda encontrar.

—Mmm —Vespasia se quedó pensativa.

—Pero hay un hombre del que no se puede decir otro tanto. —Charlotte miró hacia el personaje que sonreía al recibir conocidos por todas partes—. Ése sí es un hombre engreído donde los haya. ¿Quién es? —Comprendió demasiado tarde que debía de ser un amigo de Thelonius—. Quiero decir… —Calló. Ya no podía arreglarlo con palabras.

Vespasia se mordió el labio reprimiendo una sonrisa.

—Mereces que te diga que es un buen amigo —respondió—. Sin embargo, tengo entendido que es un posible candidato al Parlamento, de hecho se enfrentará a Jack en las elecciones parciales. Se llama Nigel Uttley.

—Oh. —Charlotte pensó un momento antes de seguir. Observó a Uttley avanzando entre la gente, todavía risueño, hasta que llegó a Emily y Jack, momento en que su expresión de afabilidad se convirtió en máscara, dejando tan sólo el semblante exterior. Era imposible saber en qué era diferente, salvo que ahora su expresión carecía de vida. No estaban lo bastante cerca para que Charlotte pudiera oírlos, pero parecían intercambiar trivialidades.

Emily estaba tan guapa como siempre. El negro le sentaba muy bien a su tez clara, y tenía un brillo interior como si estuviera esperando a que terminara el oficio a fin de ir a algún sitio excitante. Daba la impresión de que el negro de su atuendo podía explotar de pronto en un sinfín de colores.

—Creo que deberíamos rendir nuestros respetos a la viuda —dijo Vespasia con decisión. Sonrió a Thelonius—. ¿Serías tan amable, querido, de presentarnos?

Thelonius dudó, sabiendo perfectamente cuáles eran sus intenciones, aunque no estaba seguro de qué esperaba conseguir ella.

Vespasia se adelantó a su decisión con una encantadora sonrisa de gratitud y echó a andar decidida hacia Mina Winthrop.

Thelonius le ofreció el brazo a Charlotte y la siguieron.

Mina aceptó sus condolencias con elegancia. En todo momento Bart Mitchell estuvo a su lado, en silencio salvo para lo que dictaba la cortesía.

La primera impresión de Charlotte no hizo sino reafirmarse. La mujer era muy frágil, e incluso a través del velo de su viudedad era posible percibir la palidez de su piel.

—Son muy amables por haber venido —dijo—. Todos se lo agradecemos. Oakley tenía muchos amigos. —Sonrió—. Confieso que a muchos no los conocía. Es conmovedor.

—Estoy segura de que comprobará lo mucho que su marido era estimado por todos —dijo Vespasia con una ambigüedad que tal vez no pretendía mostrar.

—Desde luego —añadió rápidamente Charlotte—. A veces las personas sólo expresan su verdadera preocupación en momentos como éste. Surgen muchos sentimientos de los que no éramos del todo conscientes.

—¿Conocía usted al capitán Winthrop? —preguntó Bart Mitchell mirándola de hito en hito.

—No —respondió Vespasia por ella—. Mi sobrina ha venido para servirme de apoyo.

Bart inspiró hondo, presumiblemente para preguntar hasta qué punto conocía ella al difunto, pero al captar la mirada de Vespasia cambió de opinión. Lo que hubiera sido una pregunta razonable dirigida a Charlotte, habría sido una impertinencia dirigida a Vespasia.

Charlotte agradeció el quite, más aún habida cuenta de lo que implicaba su relación en el asunto. Se le escapó una sonrisa más que inapropiada.

—Van a servir un pequeño refrigerio —dijo Mina—. ¿Quisiera usted acompañarnos, lady Cumming-Gould?

—Me encantaría. Quizá tengamos oportunidad de conocernos todos un poco más.

Era un ofrecimiento por el que muchas debutantes y aspirantes a la buena sociedad habrían vendido sus perlas. Mina podía no haberse percatado de lo insólito de la invitación, pero percibía instintivamente su valor.

—Gracias. Será un verdadero placer.

Vespasia había conseguido lo que se proponía, y la etiqueta exigía que se retirara para dejar que los demás fueran a rendir sus respetos a la viuda. Apenas se habían alejado un par de metros cuando se toparon con lady Winthrop. Ella murmuró algo para agradecerles su presencia y Thelonius respondió que se verían en el refrigerio.

—¿De veras? —dijo lady Winthrop con cierta sorpresa y lo remató con una gélida sonrisa—. Me alegro de que Wilhelmina los haya invitado. Estoy encantada de que puedan venir. —Pero la mirada que lanzó a su hija política no fue precisamente de aprobación.

Bart Mitchell se aproximó algo más a su hermana, y sus ojos, cuando miró a Evelyn Winthrop, estaban llenos de prevención.

—Qué interesante —dijo Vespasia cuando estuvieron solos en el coche de Thelonius camino, no de la casa de Oakley Winthrop, sino de la de sus padres—. Con cuánta frecuencia el dolor divide a una familia. ¿Cuál será el problema, en este caso?

—Con mucha frecuencia, buena parte de ese dolor es cólera, querida —observó Thelonius, que iba sentado enfrente de ellas, de espaldas al cochero y con los dedos cerrados sobre el puño de su bastón—. Uno experimenta soledad, resentimiento por lo doloroso de la situación, culpa por todo aquello que uno no hizo o dijo y miedo ante la enormidad de la muerte. No se puede hacer nada contra ella. Esa cólera puede volverse contra aquellos de quienes uno debería estar más cerca. La gente suele sentirse aislada en su pérdida, como si nadie más sufriera tanto como ellos, o como si no sufrieran lo suficiente.

Vespasia le sonrió con gentileza y calor.

—Tienes toda la razón. Pero no he podido evitar pensar que quizá lady Winthrop sabe o sospecha algo que desconocemos.

Thelonius empezaba a divertirse. Se apuntaló para contrarrestar el bandazo del coche cuando doblaron una esquina y se enderezó de nuevo.

—Sí, es posible que sepa alguna cosa, pero dudo que incluso ella pueda sospechar algo que tú no hayas imaginado ya —dijo.

Vespasia tuvo la elegancia de ruborizarse levemente pero siguió impertérrita.

—En efecto —dijo con sequedad—. ¿Qué sabes del matrimonio Winthrop? Confieso que jamás había oído hablar de ellos. ¿Quiénes son los Mitchell?

Charlotte los miró alternativamente.

—Gente muy corriente, creo —respondió él—. Evelyn Winthrop lo consideró un enlace menos que satisfactorio. Wilhelmina no tenía nada que ofrecer salvo ella misma y una pequeña dote. En cuanto a Bartholomew Mitchell, se fue a África cuando la guerra del 79 contra los zulúes, y ha pasado estos últimos once años ya en el África meridional ya en Mashonaland o algún sitio parecido. Para empezar es soldado. Y supongo que también aventurero. —Una sombra de diversión cruzó por su rostro—. Pero no por eso es peor, claro está. Lo cierto es que no hizo que su hermana subiera puntos con vistas al matrimonio.

—Entonces ¿el capitán Winthrop estaba enamorado? —dijo Vespasia con un deje de sorpresa.

Él la miró muy serio.

—Ojalá pudiera decir tal cosa, pero creo que fue más bien una cuestión práctica. A él no le faltaban pretensiones, pero iban más bien en el sentido de la carrera naval y el poder personal. Los Winthrop no son muy… —Se detuvo al no encontrar una palabra que no sonara tosca.

—¿De buena cuna? —sugirió Charlotte.

—Ni siquiera eso —repuso él con humor.

—Pero ¿no estaban relacionados con toda clase de gente?

—Querida, si una persona distinguida tiene doce hijos, no es difícil que en un par de generaciones la mitad de los Home Counties tenga algo que ver con ella —señaló Vespasia. Se volvió hacia Thelonius—. Has usado el término «práctico». ¿Es que fue un matrimonio de conveniencia? ¿Hay hijos?

—Creo que dos o tres, todo hijas. Una murió muy joven, las otras dos se han casado hace poco.

—¡Casado! —Charlotte no salía de su asombro—. Pero si ella parece…

—Tenía diecisiete años cuando se prometió a Oakley, y sus hijas se han casado a una edad parecida.

—Entiendo. —Se figuró a un hombre decepcionado por no tener hijos varones, aunque tal vez estaba siendo injusta. ¿Por qué se habían casado las dos tan jóvenes? ¿Por amor? ¿Por aquello de aprovechar una primera oportunidad remotamente aceptable? ¿Cómo habría sido aquella familia a puerta cerrada, exenta de las cortesías habituales?

No hubo tiempo para más especulaciones porque habían llegado a casa de lord y lady Winthrop. Se apearon del coche, siendo recibidos por los sirvientes de luto riguroso, quienes los condujeron a una amplia sala de recepción con una mesa cubierta de exquisita mantelería y espléndida comida. Los cubiertos de plata relucían discretos bajo las arañas de luz, totalmente encendidas pese al día soleado, pues las cortinas estaban medio corridas y las persianas bajadas en señal de duelo. La más conspicua ornamentación de la sala eran unos manojos de lirios blancos, y el empalagoso perfume de los mismos hacía pensar en un invernadero.

—¡Cielos! Parece la casa del enterrador —dijo Vespasia por lo bajo, al tiempo que sonreía al ver a Emily y Jack Radley—. ¡No quiero ni saber cómo debió ser el sepelio! Hola, Emily, querida. Estás fascinante, y rebosante de salud por lo que veo. ¿Cómo está Evangeline?

—Creciendo, y se porta muy bien —dijo Emily con orgullo—. Es un amor.

—¡Qué sorpresa! —Vespasia no quiso disimular su buen humor—. Jack, ¿qué tal marcha tu campaña? ¿Cuánto falta para las elecciones?

Jack había ganado puestos en la buena sociedad gracias a su aspecto y a su muy considerable encanto antes de casarse con Emily, pero Vespasia era una persona con la que no hubiera osado mostrarse más que absolutamente sincero. Sabía que había sido tía abuela del difunto George, y aunque no tenía la menor duda de que Emily le amaba, en sus peores momentos aún andaba a la sombra de George. También éste había sido apuesto, con el encanto propio de quien ha nacido de buena cuna. Que sus logros personales no hubieran sido mayores se debió sólo a su temprana muerte.

—Dentro de cinco semanas, lady Cumming-Gould —respondió con seriedad—. Creo que el gobierno lo anunciará muy pronto. Y en cuanto a la campaña, no las tengo todas conmigo. Mi adversario es muy fuerte.

—¿De veras? Sé muy poco de él.

—Nigel Uttley —dijo él, observándola para ver si deseaba más información o si simplemente conversaba por cortesía. Debió de pensar lo primero, pues pasó a describirlo—. Tiene algo más de cuarenta años, es el benjamín de una familia de la alta sociedad aunque no muy relevante. Viene apoyando al gobierno desde hace mucho tiempo, y a decir verdad ellos esperan que gane. —Puso expresión triste—. Creo que le han brindado esta oportunidad en recompensa por su lealtad en el pasado.

—¿En qué cree? —preguntó con seriedad.

—¡En sí mismo! —rio él.

—¿En qué basa entonces su campaña? —corrigió ella con una sonrisa.

—En restaurar los viejos valores que nos hicieron grandes —dijo Jack—. En concreto, imponer la ley y el orden en las ciudades, modificar el cuerpo de policía para que sea más eficiente, sentencias más duras para los criminales…

—¿Y la cuestión irlandesa? —inquirió Vespasia.

—¡Oh, no! —se aprestó a decir Jack—. ¡No es tan tonto como para meterse en tales vericuetos! Eso fue lo que hizo caer a Gladstone, y lo más probable es que acabe con todo aquel que apoye el autogobierno, que a fin de cuentas es la única solución.

Un grupo de caballeros de avanzada edad pasó por su lado murmurando en voz baja; miraron a Thelonius, saludaron con la cabeza y siguieron su camino. Un oficial uniformado habló demasiado fuerte en medio de un silencio imprevisto y se ruborizó.

—A Uttley no hay nadie que le haga pronunciarse sobre los grandes temas —continuó Jack—. Ejecutaría tan tranquilo a unos cuantos fenianos y pronunciaría discursos contra la anarquía, pero eso podemos hacerlo todos.

—Es muy crítico con la policía —apuntó Emily mirando de reojo a Charlotte—. Le aborrezco —añadió alegremente.

—Cariño, no me extraña en absoluto. —Jack la rodeó con el brazo—. Pero estoy de acuerdo en que es una excelente causa. Y me da una base sólida sobre la cual oponerme. —Suspiró—. Claro que este último asesinato no ayuda mucho. Parece el segundo lunático que anda suelto en Londres en dos años, y al primero no lo atraparon.

Emily miró a su hermana inquisitivamente.

—Sí —admitió Charlotte.

—¿Thomas lleva el caso? —preguntó Jack—. ¿Se ha sabido algo? Es imposible preguntar a la familia, aunque lord Winthrop no para de refunfuñar…

—Yo no creo que sea un loco —replicó Charlotte, bajando mucho la voz—. Por lo que sabemos hasta ahora, es indudable que fue un crimen personal. Por eso estamos aquí, para ayudar a Thomas.

—¿Él no lo sabe? —preguntó Jack.

—No seas tonto —dijo Emily—. Se lo diremos cuando tengamos alguna información interesante. Que será muy pronto. —De una sola frase, se había incluido en la tarea. Vespasia lo advirtió, pero no hizo el menor comentario.

No pudieron seguir hablando porque Nigel Uttley en persona se les acercó. No era tan alto como Charlotte había pensado al verlo de lejos, pero sus ojos azules eran penetrantes y desprendía una energía interior que al principio quedaba disimulada por sus modales despreocupados y una seguridad en sí mismo que disimulaba el esfuerzo.

—Buenas tardes, lady Cumming-Gould —dijo haciendo una ligera inclinación—. Señoría —dijo a Thelonius, dirigiéndose a él como si estuviera en el tribunal—. Señora Radley… —Esperó a que le presentaran a Charlotte.

—Mi hermana, la señora Pitt —dijo Emily.

—Encantado de conocerla, señora Pitt. —Inclinó la cabeza levemente—. Es usted muy amable acompañando a los Winthrop en este momento de congoja. Y me temo que a medida que pasen los días la situación va a ser aún peor. Ojalá la policía fuera lo bastante competente para atrapar a ese desgraciado, pero el hecho mismo de que tan espantoso crimen haya podido suceder en el centro de Londres indica el lamentable estado en que hemos caído. Aunque lo mejoraremos a partir de las elecciones. —Miró sonriendo a Jack, pero la seriedad subyacente de su afirmación era más que palpable.

—No sabe cuánto me alegro —dijo Charlotte con un deje agrio en la voz y una expresión pretendidamente seria—. Sería estupendo que estas cosas no volvieran a pasar. Todo Londres le estaría agradecido, señor Uttley, por no decir toda Inglaterra.

Uttley la miró sorprendido y enarcó sus rubias cejas.

—Gracias, señora Pitt.

—¿Y cómo piensa hacerlo? —prosiguió ella observándole con interés.

Él la miró a su vez, momentáneamente cortado.

—Bueno, yo…

—¿Sí? —le animó ella—. ¿Más agentes? ¿Quizá una patrulla nocturna? Sería un agravio para la privacidad, me temo. —Se encogió de hombros—. Claro que eso sólo preocuparía a los que estuvieran haciendo algo que preferirían pasara desapercibido.

—No creo que la respuesta sea poner patrullas en el parque —dijo él, aliviado de tener una propuesta concreta que denegar—. Lo que necesitamos es mayor efectividad cuando hay un crimen, y así la gente procurará no transgredir la ley.

—Tal vez tenga razón —concedió ella—. Alguien de su pericia, de su inteligencia, sería la respuesta adecuada.

—Gracias, señora Pitt. Es usted muy gentil, pero yo ya tengo mi propia carrera.

—Como parlamentario… si gana.

—Si gano —dijo él con una amplia sonrisa, mirando de reojo a Jack.

—Pero antes de que llegue ese momento, señor Uttley, podría usted concedernos el beneficio de saber qué propondría. ¿Qué hace alguien dotado de perspicacia y capacidad, de conocimiento de la naturaleza humana y de la sociedad, qué hace esa persona para atrapar a alguien que ha cometido un espantoso crimen?

Uttley pareció incómodo otra vez, pero su cara se relajó enseguida. Emily miró a Jack. Ni Vespasia ni Thelonius se movían.

—Ya se sabe que es muy difícil capturar a un loco, señora Pitt —dijo Uttley al fin—. Sólo necesitamos que la policía sea más diligente, más hombres que trabajen duro y que sepan mejor qué está pasando, los elementos extraños o peligrosos que pululaban en cada zona.

—¿Y si no fuera un loco? —repuso ella.

Pero esta vez él estaba preparado.

—¡Entonces necesitamos hombres que tengan influencia para llevar el caso! Hombres que puedan suscitar la lealtad de aquellos que tienen poder en sus propias esferas de actuación. —Hablaba cada vez más seguro—. Supongo, señora, que no será necesario que le explique con más detalle algo que debería quedar entre nosotros.

Charlotte tuvo la súbita sensación de que sabía muy bien lo que él quería decir. Miró de reojo a Jack y vio que tensaba las facciones. Thelonius Quade cambió el peso de pierna, un poco más pálido que antes.

La sonrisa de Uttley volvía a ser radiante.

Charlotte oyó su propia voz lanzándose a ciegas, cuando sabía que quizá hubiera sido mejor no hablar.

—¿Se refiere a que no está seguro de que ahora sean leales, señor Uttley?

El candidato disimuló su exasperación, esforzándose por mantener un tono cortés.

—No, señora Pitt, por supuesto que no. Me refiero a gente que… —No encontró la palabra—. Otros poderes, una influencia que quizá no habían pensado ejercitar exactamente en esa forma. Un sentido de la responsabilidad cívica y social más profunda que el mero deber. —Su cara se relajó, complacido por el modo en que se había explicado.

En la sala crecía el murmullo de la conversación. Se oía entrechocar de vasos y el discreto murmullo de la servidumbre ofreciendo comida y vino.

—Entiendo —dijo Charlotte—. Una especie de tácito entendimiento en el sentido de revelar cierta información que en este momento no revelarían. ¿Un cambio de lealtad?

—¡No! —Uttley empezaba a acalorarse—. ¡En absoluto! Me ha interpretado usted mal, señora Pitt.

—Cuánto lo siento. —Trató de parecer apenada, en vano—. Quizá tendría que explicármelo otra vez. Creo que soy un poco lenta.

—Puede que el tema no le resulte familiar —dijo él entre dientes, con una sonrisa casi imperceptible—. No es cosa que se preste a demasiadas explicaciones.

Charlotte bajó la vista, luego miró a Jack.

Jack sonrió, una expresión encantadora y carente de malicia, pero bajo su aparente tranquilidad estaba muy atento.

—Tendrá usted que hacerlo mejor en la campaña electoral si no quiere confundir a los votantes como ha hecho con la señora Pitt —observó con tono ligero—. No querrá que nadie piense que está abogando por una especie de sociedad secreta.

El color abandonó las mejillas de Uttley y su boca se endureció. Vespasia le observó. Thelonius tragó saliva. Emily esperaba los acontecimientos, mirando de uno al otro.

A alguien se le cayó un vaso en el otro extremo de la sala.

—¡Tonterías, Jack! —dijo Charlotte—. ¿Cómo se puede abogar por una sociedad secreta en una carta electoral? Así no sería demasiado secreta, digo yo. —Miró a Uttley—. ¿No es cierto?

—Sí —respondió él de mala gana—. Por supuesto. Esta conversación está resultando de lo más absurda. Yo sólo estaba diciendo que si los altos cargos de la policía fueran como deben ser habría un mayor respeto por parte de ciertas personas, respeto y cooperación. Yo creo que hasta el más… ingenuo puede comprender lo que digo.

—Yo sí puedo —dijo Charlotte burlándose de sí misma.

Uttley tuvo la dignidad de ruborizarse, balbuceó una disculpa y luego se quedó callado.

—¿Qué clase de persona sería la ideal? —Charlotte no cejaba en su empeño—. El problema con los caballeros es que quizá les cuesta detectar delitos corrientes como el robo o la falsificación. —Miró a Uttley—. ¿O sería conveniente tener dos clases de policía, una para los criminales corrientes y otra para los más especiales? Pero hay un obstáculo: ¿cómo saber qué delito ha cometido cada cuál?

Uttley la miró con dureza.

—Si me permite decirlo, señora, esto ilustra de forma excelente por qué las mujeres son tan idóneas para hacer del hogar un sitio de belleza artística y espiritual, donde educar a los hijos y dar al hombre los recursos con los cuales librar las batallas del mundo y ocuparse de los agotadores asuntos de las finanzas. Ustedes tienen un cerebro distinto, y así lo quiso la naturaleza, y Dios mismo, para el bien de la humanidad. —Sonrió sin asomo de humor, tan sólo un automático fruncir de labios—. Y ahora, si me disculpa, he de hablar con algunas personas más. Veo que allí está Landon Hurlwood. Ha sido un placer conocerlos, lady Cumming-Gould, señor Quade, señora Pitt. —Y sin darles ocasión a responder, hizo una inclinación y dio media vuelta.

Charlotte soltó un ligero gruñido de furia.

—Ya ves, querida —dijo Emily con aspereza—. Vete a casa a coser, hornea el pan y no pienses demasiado. No es propio de mujeres, y además tu cerebro no está hecho para eso.

—¡Pues claro que lo está! —dijo Jack, abrazando impulsivamente a Charlotte—. Escuchándote es obvio que el debate político es uno de tus talentos innatos. Si lo hago la mitad de bien, acabaré con Uttley.

—Habrás hecho de él un poderoso enemigo —dijo Thelonius en voz baja—. No es hombre que se deje burlar fácilmente. Pero vencerle en las elecciones ya es otro cantar. La gente reirá contigo, pero no precisamente porque entiendan lo que quieres decir. Y créeme, su amenaza no era en vano. No hay duda de que es miembro del Círculo Interior, y acudirá a ellos para derrotarte si lo cree necesario.

Jack dejó de sonreír y se apartó de Charlotte.

—Lo sé. Pero yo no aceptaría ser primer ministro a cambio de unirme a ellos.

—Puede que no llegues a nada, en caso contrario —le advirtió Thelonius—. No es para que te unas a ellos, sino simple realismo. —Su mirada se volvió penetrante—. Pero te doy mi palabra de que si no lo haces, yo te apoyaré en todo lo que pueda, si es que en algo puedo serte útil.

—Gracias, señor. La acepto.

Emily le apretó el brazo con fuerza.

Vespasia se acercó a Thelonius. Había en sus ojos un brillo que podía ser de orgullo, o tal vez simple afecto.

Charlotte observó a Nigel Uttley acercándose a la alta figura de Landon Hurlwood, quien giró en redondo y le sonrió al reconocerle, como si viera a un viejo amigo. Uttley dijo algo, pero ella no pudo oír sus palabras. Hurlwood sonrió asintiendo con la cabeza. Ambos saludaron a alguien que pasaba y luego reanudaron la conversación. Uttley rio, y Hurlwood puso su mano en el hombro del otro.

Dejaron de hablar en privado cuando lord Winthrop pidió silencio para hacer una breve alocución de gratitud a quienes habían acudido a honrar la memoria de su hijo, elogiando las excelencias del finado para expresar a continuación que su pérdida había sido un duro golpe para la familia, para los amigos y, no se privó de decirlo, para el país.

Hubo murmullos de asentimiento, así como diversas expresiones de engorro.

Charlotte miró a la viuda con discreción; se había quitado el velo y estaba muy pálida, con la barbilla alta, al lado de su hermano. Sus rasgos mostraban serenidad, casi belleza en su reposo, pero parecían desprovistos de toda expresión. ¿Estaría aún agarrotada por el dolor? ¿Era acaso una mujer desapasionada que ni siquiera se conmovía con la muerte de alguien tan ligado a su vida? ¿Tenía quizá un dominio casi sobrenatural que le permitía ocultar su yo interior? ¿O es que había otras emociones en conflicto que se anulaban mutuamente, que la asustaban hasta el punto de no atreverse a mostrar nada por miedo a traicionarse?

El único atisbo de que había prestado alguna atención a su suegro lo vio Charlotte cuando su pálida mano se movió despacio a la altura de la falda negra para asir la mano grande y fuerte de su hermano Bart.

Tampoco la cara de Mitchell se dejaba interpretar con facilidad. Sus ojos muy azules y claros estaban fijos en los de lord Winthrop, pero no había en ellos la menor blandura y tampoco nada que pudiera tomarse por aflicción. Su mano sujetó con firmeza la de Mina.

Entonces otra mujer captó la atención de Charlotte; su pelo rubio brillaba a la luz, y la expresión de su hermosa cara era de extasiada atención. Lord Winthrop no hubiera podido desear un público más volcado, o nadie que pareciera identificarse tanto con él.

—¿Quién es? —preguntó Charlotte a Emily en voz baja.

—No tengo ni idea. La he visto antes con la viuda Winthrop y parecían muy encariñadas, y desde luego íntimas. Supongo que será una amiga de la familia.

—No parece que comparta los sentimientos de la viuda, o la falta de ellos.

—Quizá le tenía más cariño al difunto que la propia viuda —sugirió Emily—. Podría ser la que andas buscando. O la que está buscando Thomas.

—¿Una amante?

—Ssh. —Una mujer delgada que estaba delante de ellas se volvió y las miró con ceño.

Emily levantó ligeramente un hombro y le devolvió la mirada. La mujer resopló.

—¡Hay gente que no sabe comportarse! —dijo para que Emily y Charlotte lo oyeran.

—Ssh —pidió silencio una mujer que estaba a su izquierda.

—¡Vaya! —graznó la primera, indignada.

Lord Winthrop finalizó su discurso y los lacayos empezaron a pasar entre la gente con bandejas de un madeira dulce y espeso. Llegaron más con vino blanco para las damas o limonada para quien lo prefiriera.

Emily hizo una mueca y cogió un vaso de vino blanco. Charlotte dudó, optando por la limonada. Necesitaba tener la cabeza, despejada; ¡no había ido para pasarlo bien!

—He de conocer a esa rubia —dijo muy seria—. ¿Cómo podemos hacerlo?

—No se me ocurre una forma decorosa —dijo Emily—. Yo iría al grano y nada más.

—¿Cómo?

En vez de explicarlo, y dar a Charlotte ocasión de negarse, Emily hizo una demostración de lo que quería decir. Disculpándose al pasar entre un grupo de hombres que hablaban de sus días en el mar y de lo que recordaban o no recordaban de Oakley Winthrop, se acercó a Thora Garrick. Charlotte le siguió los pasos.

—¡Señora Waters! —exclamó Emily—. No sabe cuánto esperaba la ocasión de volver a verla, ¡claro que no en estas circunstancias! ¿Cómo está usted?

Thora parecía asustada. Miró a Emily con alarma y luego, al ver su cara sonriente y alegre, con perplejidad.

—Me temo que se confunde. Me llamo Garrick. Mi marido era Samuel Garrick, teniente de navío en la Armada Real. Habrá oído hablar de él.

—Dios mío, cuánto lo siento —se disculpó Emily—. He cometido un lamentable error. Cielos, creo que me falla la vista. Desde luego que usted no es ella. Claro, la señora Waters es más baja y mucho mayor que usted, aunque por supuesto ella no me daría las gracias por este comentario, así que confío en que no se lo diga usted nunca. Supongo que es porque ella también tiene un cutis maravilloso.

Thora se ruborizó de satisfacción e incertidumbre.

—Le ruego me perdone, señora Garrick —dijo Emily, agarrando a Charlotte del brazo—. ¿Conoce usted a mi hermana, Charlotte Pitt? No, claro que no, en tal caso ella me habría evitado este ridículo.

—Cómo está usted, señora Pitt —dijo Thora nerviosa.

—Oh. Ahora que lo pienso, si usted no es la señora Waters, entonces tampoco me conoce a mí. Me llamo Emily Radley. Es un placer haberla conocido, bueno, en caso de que usted me considere conocida suya…

—Por supuesto. Estoy encantada —dijo Thora como única respuesta posible.

Emily sonrió de oreja a oreja.

—¡Qué detalle de su parte! Sobre todo en un momento como éste. ¿Conocía usted bien al pobre capitán Winthrop, o es inoportuno preguntarlo?

—En absoluto —afirmó Thora—. Aunque le conocía desde hace tiempo. Sirvió con mi difunto esposo, que era un hombre de lo más extraordinario, como lo fue el capitán Winthrop. Ambos sobresalían en toda clase de campos, tanto del cuerpo como de la mente. Ambos tenían un profundo sentido del deber. No sé si me entiende.

—Oh, por supuesto —se apresuró a decir Emily—. Hay hombres que jamás se apartan del camino correcto, por más tentaciones que les surjan al paso.

El rostro de Thora se iluminó de pronto.

—Exactamente. Veo que me ha entendido. En el mar hay que ser inflexible. Los errores pueden costar vidas. Mi pobre Samuel siempre lo decía. Quería que las cosas se hicieran al minuto. El capitán Winthrop era igual. Yo admiro las dotes de mando en un hombre, ¿usted no? Cómo acabaríamos si todos fuésemos a la buena de Dios, confiando en que la intuición solucionara las cosas, como yo misma tengo tendencia a hacer en demasiadas ocasiones.

—Todos artistas, supongo —dijo Emily, frunciendo un poco el entrecejo—. Y muy poco fiables. Imagino que apreciaba usted mucho al capitán, si tenía tantas cualidades en común con su difunto esposo.

—Le tenía en gran consideración —concedió Thora, pero hubo en su respuesta un ligerísimo matiz de culpa—. De hecho era el padrino de mi hijo, sabe usted. —Sonrió girando un poco a la izquierda para señalar a un joven con el mismo pelo rubio que ella, pero el parecido superficial quedaba oculto por la diferente expresión. En ella la visionaria delicadeza era una serena certidumbre, como si pudiera ver, más allá del presente, una verdad superior en la que creía a pie juntillas. En él había aún búsqueda, el dolor de la culpa estaba marcado en sus ojos y sus labios. Quedaba muy lejos del refugio de sabiduría en que ella parecía estar. En aquel momento el joven se encontraba en una zona despejada sosteniendo un violonchelo en una mano y un arco en la otra.

—Es él —dijo Thora en voz queda.

—¿Va a tocar, su hijo? —preguntó Charlotte con interés. Estaba muy lejos de la imagen de un severo y dogmático oficial.

—Mina Winthrop se lo pidió —dijo Thora—. Mi hijo toca muy bien, pero creo que ella se lo pidió porque Victor la tiene en gran estima y sé que eso alivia su tristeza al poder contribuir de algún modo a la ocasión.

—Un detalle por parte de ella —observó Emily—. Es extraordinario que en momentos así muestre tanta sensibilidad hacia los sentimientos de otro. Es de admirar.

—En efecto —apostilló Charlotte—. Yo apenas la conozco, pero siento ya afecto hacia ella.

—Les presentaré como es debido —dijo Thora—. Después de la música… —Calló al notar que se hacía el silencio y todo el mundo miraba a Victor, quizá más por cortesía que por deseos de escuchar.

No obstante, cuando él aplicó el arco a las cuerdas un estremecimiento pareció cruzar el aire y aquel sonido de extrema soledad hizo que lo que habían sido buenos modales se convirtiera en absoluta concentración. Victor no leía una partitura sino que tocaba de memoria, y parecía sacar la música de las profundidades de una congoja que le era propia.

Charlotte miró a la viuda y vio que esbozaba una sonrisa al oírle tocar. Era una pieza desgarradora, sin embargo más que arrancarle lágrimas parecía colmarla de serena gratitud. Quizá ya había llorado todo lo que tenía que llorar. O bien estaba aún conmocionada por la pérdida.

Lord Winthrop, pálido, daba la impresión de que le costaba reprimir sus emociones. Lady Winthrop lo intentaba sin suerte. Tenía la cara anegada en lágrimas. Una o dos mujeres se le acercaron un poco como para protegerla o darle cierto soporte con su pura proximidad física.

Thora Garrick, que estaba al lado de Charlotte, permanecía tiesa y con el rostro brillante de orgullo, como si estuviera escuchando un toque de corneta en un funeral militar y no un lamento lírico para violonchelo solo.

—Tiene talento —dijo Charlotte cuando la última nota se extinguió—. Toca con verdadera inspiración.

—Confieso que nunca le había oído tocar tan bien —concedió Thora—. Aunque la mayoría de las veces sólo le he oído ensayar. Le tenía mucho afecto al capitán Winthrop. Oakley era muy parecido a su querido padre, que murió en el cumplimiento de su deber hace varios años. —Su voz estaba preñada de emoción, su mirada perdida en la distancia.

»El pobre Victor tenía sólo diecisiete años. Para un muchacho es terrible crecer sin padre, señora Pitt. —Frunció el entrecejo—. Terrible. El poder del ejemplo es realmente grande, ¿no cree usted? Y es algo que una madre no puede dar a un chico aunque se lo proponga. La hombría, el honor, la desinteresada dedicación al deber, el dominio de uno mismo.

Charlotte nunca lo había considerado en esos términos. No había tenido hermanos varones, y su hijo Daniel era demasiado pequeño para pensar en esas cosas.

Thora no parecía esperar una respuesta.

—El pobre Oakley le dio todo eso en la medida en que fue capaz. Siempre le estaba animando, contándole historias del mar, y por supuesto, si Victor hubiera querido, Oakley le habría ayudado a conseguir un grado de oficial. —Una sombra de enojo cruzó por su cara.

—Debía de querer usted mucho al capitán Winthrop —murmuró Charlotte.

—Oh, desde luego —dijo Thora con franqueza—. Es inevitable, se parecía tanto a mi pobre Samuel. Las mujeres admiramos a los que son como ellos, ¿no le parece? Y yo me considero afortunada de haber tenido la estima de dos hombres así en mi vida. Samuel se desvivía por nosotros. Debo recordárselo a Victor, de lo contrario temo que con el tiempo pueda olvidarlo.

En otro caso, Charlotte hubiera tomado las observaciones de Thora como un indicio de que su relación con los dos hombres había sido similar, pero había tanta inocencia en su mirada que no creyó que hubiera habido más que una admiración idealista.

Pero ¿lo sabía Mina Winthrop? ¿Podía ser que hubiera interpretado como amor tan ardiente sentimiento? ¿Era, bajo aquel frágil y frío exterior, una mujer celosa? ¿Y qué decir de su hermano? Charlotte buscó a Bart Mitchell con la mirada. Tardó apenas un momento en localizarlo, estaba a solas casi en la sombra de una de las grandes columnas en que se apoyaba una pequeña galería contigua a la sala. Sus ojos, al parecer, estaban fijos en Thora Garrick.

¿Se equivocaba Charlotte interpretando esa mirada como inocente? ¿Habría sido aquella admiración demasiado embriagadora para que la vanidad del capitán Winthrop pudiera resistirlo? ¿Era consciente de ello Bart Mitchell?

Thora le tocó ligeramente el brazo.

—Voy a presentarle a Mina —dijo en voz baja mientras sonaban aplausos tras la segunda pieza interpretada por Victor—. Estoy segura de que la encontrará encantadora. Es tan abnegada, sabe usted.

Efectivamente Mina Winthrop era muy afable, y pareció complacida de conocer a Charlotte de un modo menos rutinario que la vez anterior. Y pocos momentos después ya estaban hablando de mobiliario y decoración, tema en el que Mina parecía estar muy al día.

No fue hasta media hora después, tras haber probado la excelente comida que abarrotaba la mesa de roble macizo y el aparador, cuando Charlotte se reunió con Emily.

—¿Has sabido algo? —preguntó ésta—. Quiero decir algo valioso.

—Creo que no —respondió Charlotte—. Impresiones, nada más. No he podido evitar que Mina Winthrop me cayera bien.

—Lo cual, por desgracia, no la exonera de culpa. Aparte de que algunas de las personas más tediosas y más farsantes pueden ser tan puras como el día. Al menos en lo tocante al crimen que nos interesa. Claro que, indirectamente, pueden haber sido origen de toda clase de catástrofes…

—No quiero entrar en el tema de la culpa y la inocencia —replicó Charlotte—. Aunque pueda ser fascinante. Y soy perfectamente consciente de que Mina podría ser culpable, por delegación al menos, a través de un amante. Oakley Winthrop parecía de esos hombres a los que una puede acudir pidiendo socorro. Una especie de héroe, si hemos de hacer caso a la señora Garrick. —Se hizo a un lado para dejar pasar a una mujer de edad que se apoyaba pesadamente en el brazo de su marido—. Le brillan los ojos cuando habla de él. Aunque siempre en conjunción con su difunto marido y el hecho de que el capitán Winthrop ocupara su sitio como tutor de Victor. ¿No crees que toca divinamente? Yo no lo veo en el alcázar de un barco gritando órdenes, ¿y tú?

—Difícilmente podría estar al mando de otra cosa que de un cuarteto de cuerda —sugirió Emily—. Me parece que no hemos conseguido gran cosa. —Miró hacia atrás—. Ese Uttley es odioso, tan seguro de sí mismo. Ojalá me enterara de algún jugoso escándalo relacionado con su persona, algo que hiciera reír a la gente y proclamarlo a los cuatro vientos.

—Procura no ser tú quien lo haga —le advirtió Charlotte—. ¡Te saldría el tiro por la culata!

—Sí, lo sé. Pero es una verdadera pena. Claro que si fuera el señor Hurlwood, de él sí tengo una cosita, ¡aunque no sé si es verdad!

—¿Importa eso? Él no rivaliza con Jack.

—Claro que no importa, pero el caso es que tiene una amante.

—Qué ordinariez —dijo Charlotte—. Resulta de lo más aburrido. Aunque no me sorprende, porque es un hombre muy atractivo. ¿Crees que su mujer se sorprendería si lo supiese?

—Murió hace poco. Supongo que es un chisme muy poco interesante.

—¿Cómo es la mujer del señor Uttley?

—Muy simpática, a su manera —concedió Emily—. Supongo…

—Cuidado. —Charlotte su puso seria—. Jack dijo no al Círculo Interior una vez. Eso no se lo van a perdonar. Imagino que el señor Uttley está al corriente. Si no he entendido mal las cosas, Uttley es miembro de la sociedad y usará su influencia para vencer a Jack. No le des armas con las que pueda herirte a ti.

—Descuida —dijo Emily con igual seriedad—. Y créeme, Charlotte, Jack no es el único que corre peligro. Tampoco les gusta nada la policía, salvo aquellos que pertenecen al Círculo Interior. Le van a poner las cosas muy difíciles a Thomas. Y me temo que el asesinato de Winthrop no se resolverá en mucho tiempo. Si fue alguien que le conocía, un enemigo personal, entonces Thomas se enfrenta a una ardua tarea. Ni la gente ni el gobierno tendrán misericordia, y no le ayudará nadie que sea del Círculo Interior, porque Thomas no es miembro de la sociedad.

—Tienes razón. Quizá tendríamos que esforzarnos un poco más…

—Cuenta conmigo para lo que haga falta. Cualquier cosa que pueda hacer, estoy a tu entera disposición.

—Gracias, querida. Vayamos a hablar con la gente a ver si nos enteramos de algo más sobre el honorable capitán Oakley Winthrop y su familia, y sobre los que afirman haber venido aquí para llorar su pérdida.

Y se pusieron en marcha cogidas del brazo.