8
Al día siguiente Emily había cambiado el miedo por una furiosa irritación. Todavía le duraba el temblor, sentada a la mesa del desayuno delante de Jack, que estaba muy pálido.
—¿Qué vas a hacer al respecto? —preguntó—. ¡Es monstruoso! ¡Un miembro del Parlamento atacado en plena calle por un lunático homicida!
Jack se había sentado con sumo cuidado, como si cualquier gesto de más pudiera causarle un gran dolor.
—No soy miembro del Parlamento —dijo despacio, frunciendo el entrecejo como si hablar le costara un gran esfuerzo—. Y no hay motivo alguno para que yo deba estar exento de…
—Claro que lo hay —dijo Emily—. Tú no tienes nada que ver con el capitán Winthrop ni con el señor Arledge ni con el conductor de ómnibus, y ni siquiera estábamos en Hyde Park.
—Es lo que yo estaba pensando. —Jack contempló su plato.
Oyó pasar a uno de los sirvientes más allá de la puerta.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Emily—. A ver si lo entiendo. ¿Has llamado a la policía? Sigo pensando que debiste llamarlos anoche. Ya sé que no hubieran podido atrapar a nadie, pero eso no quita que haya que informarles cuanto antes de lo sucedido.
—Quisiera pensar…
Antes de que terminara la frase, la criada entró con té y tostadas para Emily y preguntó a Jack qué deseaba tomar, ofreciendo abadejo ahumado, huevos, salchichas, beicon y patatas o chuletas. Jack dio las gracias y escogió pescado.
—¿Pensar sobre qué? —inquirió Emily tan pronto estuvieron a solas—. El Verdugo te atacó, ¿es que no lo entiendes? ¿Qué más tienes que pensar? —Se inclinó hacia adelante—. Jack, ¿estás enfermo? ¿Es que te hizo daño?
Él hizo una mueca burlona, aunque estaba lejos de sentirse bien.
—Claro que no —dijo—. Estoy un poco magullado, eso es todo.
—¿Seguro?
—Sí. —Sonrió, pero su semblante seguía pálido—. Quiero pensarlo bien antes de decidir qué se debe hacer…
—¡Qué quieres decir con qué se debe hacer! Avisa a la policía, mejor si es a Thomas. Él debe saberlo. —Se apoyó en los codos mirándole fijamente.
—Thomas. Sí, por supuesto. Pero sólo a él.
—No lo entiendo. ¿Por qué sólo a él? ¡Que te agredan en la calle no es algo de carácter privado! —Sirvió el té y le tendió una taza.
—Opino que sería preferible no mencionarlo —replicó Jack, cogiendo el té y una tostada.
—¿Qué diantre quieres decir? —Emily no acababa de creérselo—. ¡Nadie te va a culpar por decirlo! Todo lo contrario, todo el mundo se solidarizará.
—Conmigo tal vez —dijo él, pensativo—. Aunque puede haber alguien que se pregunte si yo tenía alguna conexión secreta con los asesinados, y sin duda eso levantaría muchas conjeturas. Mis enemigos podrían…
—¡No puedes guardar silencio por si alguien habla mal de ti! —dijo ella—. Los de esa calaña lo harían de todos modos. Tú no puedes impedirlo.
—No estaba pensando en eso. Estaba pensando en Thomas.
—Eso podría ayudarle —protestó Emily razonablemente—. Cuanta más información tenga, más posibilidades habrá de que atrape al Verdugo.
La criada volvió con el pescado, preguntó si querían algo más y, al recibir una negativa, se retiró.
—No estoy tan seguro de que fuese el Verdugo —dijo Jack.
Emily se quedó de una pieza.
—¿Qué quieres decir? Yo le vi. Tenía un hacha. ¡Yo le vi, Jack!
—Sí, lo sé. Viste a un hombre con un hacha, pero eso no significa que fuera el Verdugo. Como tú misma acabas de decir, no tengo ninguna conexión con Winthrop o Arledge o el conductor, ni tampoco estaba cerca del parque. —Probó el pescado—. Y me atacó cuando yo iba acompañado. El Verdugo no actúa así.
—¡Qué sabrás tú! —dijo Emily.
—Se lo diré a Thomas —repuso él con seriedad—, pero creo que no diré nada a la comisaría local. Eso sería ponerle las cosas fáciles a Uttley.
—Oh. —Emily parpadeó—. Sí, por supuesto. No había pensado en eso. No podemos darle ninguna ventaja. Lo utilizaría como arma contra ti, ¿verdad?
—Enviaré un mensaje a Thomas. —Jack dio por terminado su desayuno y se levantó retirando la silla.
El mayordomo entró detrás de él con un fajo de periódicos. Tenía un aspecto sombrío.
—Echaré un vistazo más tarde. —Jack hizo ademán de pasar de largo—. Debo escribir una nota para el superintendente Pitt.
—Creo que ya debe de estar enterado del incidente, señor —dijo el mayordomo.
—No veo cómo —replicó Jack, yendo hacia la puerta—. Al hombre que vino a ayudarnos no le dije nada salvo que vivíamos cerca. Estaba demasiado oscuro para que pudiera reconocerme, incluso si estaba dispuesto a contárselo a alguien, cosa que no parecía.
El mayordomo carraspeó y dejó los periódicos en la mesa.
—Siento decir esto, señor, pero se equivoca respecto a él. Sale en primera plana de varios periódicos, especialmente en el Times. El señor Uttley ha escrito un artículo sumamente crítico sobre la actuación de la policía.
—¿Cómo? —Jack volvió y agarró el periódico que estaba encima. Leyó horrorizado—. ¡Pero esto es absurdo! ¿Cómo pudo saberlo Uttley a tiempo de escribir esto? Es más, ¿cómo se ha enterado?
—Me temo que no lo sé, señor. ¿Todavía quiere que le mande una nota al superintendente Pitt?
—Sí… No. —Jack se sentó otra vez—. ¡Esto es abominable!
Antes de que Emily pudiera decir nada llamaron a la puerta y entró la doncella.
—El superintendente Pitt ha venido a verle, señor. ¿Le digo que está usted en casa?
—Sí. Claro que estoy en casa —dijo Jack de mal humor—. Traiga otra taza y más té. Y algo de pescado, si le apetece a él.
—Sí, señor.
Pitt entró pocos segundos después. Parecía cansado y muy preocupado.
—¿Estáis bien? —preguntó mirándolos de uno en uno—. ¿Qué pasó anoche? ¿Por qué diablos no me avisasteis?
—Siéntate. —Jack le indicó una silla no lejos de la mesa—. Ahora traen más té. ¿Quieres comer algo? ¿Pescado ahumado, huevos?
—No, gracias. —Pitt rechazó la comida pero aceptó sentarse.
Jack siguió hablando.
—No te he dicho nada porque anoche no se lo dije a nadie —explicó—. Vinimos directamente a casa y nos acostamos. Sólo lo saben los sirvientes. —Sonrió con una mueca—. Es difícil evitar que lo noten, más aún cuando estás lleno de cardenales y cojeas como un anciano. Pero iba a mandarte una nota ahora mismo, cuando Jenkins ha traído los periódicos y me ha dicho que salía en titulares. Que me aspen si lo entiendo.
—¿Qué sucedió?
Con lujo de detalles y sin que Emily interrumpiera en ningún momento, Jack relató los hechos de la víspera desde el momento en que ambos salieron de la recepción hasta llegar a su casa y dejar atrás la calle con su inexplicable y repentina violencia.
La doncella había traído otra taza y Emily había servido el té, que Pitt bebió mientras escuchaba el relato. Finalmente miró a Jack con ceño.
—¿Seguro que no olvidas nada?
Jack miró a Emily.
—Nada —dijo ella—. Así sucedió.
—¿Quién era el hombre que acudió en vuestra ayuda?
—No lo sé —dijo Emily—. No le pregunté el nombre, ni tampoco le di el mío.
—¿Le conoceríais si volvierais a verle?
—Es posible. —Ahora fue Jack quien contestó—. No estoy seguro. La calle estaba poco iluminada y además el hombre no iba vestido como suele estarlo uno cuando le presentan a alguien.
—¿Cómo ibais vosotros?
—Yo de chaqué —respondió Jack—. No llevaba abrigo, porque la noche era templada. Emily con un vestido verde oscuro, pero llevaba capa, con la capucha puesta.
—¿Pudo haberte reconocido, Emily? —preguntó Pitt.
—No le había visto nunca. Que yo recuerde, al menos. De todos modos, ¿cómo iba él a reconocerme a mí? Yo no soy candidata al Parlamento. —Negó con vehemencia—. No; estuve en el suelo parte del tiempo, y mientras él ayudaba a Jack me levanté, pero tenía la cara vuelta hacia Jack. Creo que ni siquiera miré a aquel hombre.
—Entonces ¿cómo se explica que supiera quiénes erais? ¿Seguro que no había nadie más?
—Bueno, cuando nos marchábamos acudió otro hombre corriendo —dijo Jack—. Pero sólo le dijimos que estábamos bien.
—Se acercaron algunas personas más —añadió Emily—. Yo había gritado con todas mis fuerzas. Supongo que eso atrajo la atención, estoy segura. La verdad es que grité muy fuerte.
—Pero ni siquiera estábamos cerca de Hyde Park —señaló Jack—. Y no sé nada de Winthrop o de Arledge. ¿Por qué a mí?
—No lo sé. —Pitt parecía desalentado, y Emily sintió tanta pena por él que por un momento olvidó su irritación.
—Jack piensa que quizá no fuera el Verdugo —dijo muy seria—. Pero el hombre empuñaba un hacha, porque yo lo vi con toda claridad. ¿Supones que puede tener que ver con la política?
Pitt se quedó mirándola.
Emily se sintió avergonzada. Quizá era una pregunta estúpida.
Pitt se levantó y agradeció el té.
—Necesito averiguar cómo se enteró Uttley —dijo—. Esto no tiene sentido.
Esperaba tener algún problema para localizar a Nigel Uttley habida cuenta de que la campaña política estaba en pleno apogeo, pero al final resultó muy sencillo. Uttley estaba en su casa junto a Manchester Square y recibió a Pitt sin evasivas, escogiendo salir a recibirlo en vez de invitarle a entrar en el estudio o la biblioteca.
—Buenos días, superintendente —dijo con aspereza, sonriendo con las manos en los bolsillos—. ¿Qué puedo hacer por usted? Me temo que lo que sé sobre el incidente de anoche es muy de segunda mano, y no creo que tenga nada que decirle que no pueda averiguar por sí mismo.
—Es posible, señor Uttley. Sin embargo, quisiera conocer directamente por usted los hechos que comentó en el Times, con los que parece tan familiarizado.
Uttley arqueó las cejas.
—Percibo cierto deje de sarcasmo en sus palabras, señor Pitt. —Sonreía al hablar, meciéndose. El vestíbulo era bonito, muy clásico, con un friso románico en la parte alta de las paredes. La puerta principal seguía abierta y el sol se colaba hasta el interior. Fuera había un joven esperando al parecer las instrucciones de Uttley.
Pitt hubiera preferido tratar el asunto en privado, pero Uttley había decidido lo contrario. Pensaba sacar de ello la mayor ventaja política.
Pitt hizo caso omiso de su pulla.
—¿Cómo se enteró usted, señor Uttley?
—¿Cómo? —dijo él, divertido—. Lo mencionó el guardia de la zona. ¿Por qué lo pregunta? No pensará que eso importa algo, ¿verdad, superintendente?
Pitt estaba furioso. ¿Qué policía irresponsable había hablado del caso con un civil? Malo hubiera sido mencionarlo a cualquiera, pero haber escogido a un político que basaba su campaña en acusar de incompetencia a la policía era una inexcusable falta de lealtad.
—¿Cómo se llamaba, señor Uttley?
—¿Quién? ¿El guardia? —Uttley abrió los ojos con desmesura—. No tengo ni idea. No se lo pregunté. En serio, superintendente, ¿no cree que está perdiendo el tiempo? Quizá no hubiera debido decirme nada, pero es muy posible que esté tan preocupado como el público en general por la violencia en las calles. —Encorvó los hombros y hundió las manos en los bolsillos. Su voz sonó fuerte y clara cuando continuó—: Me parece que no se hace cargo de hasta qué punto ha cundido la alarma. Las mujeres tienen miedo de salir y muchas temen por sus maridos y hermanos, les ruegan que no salgan al caer la noche. Los parques están desiertos. Hasta los teatros se quejan de que pierden dinero porque nadie quiere volver a casa de noche.
A Pitt se le ocurrieron numerosas respuestas, pero ninguna que contrarrestara el hecho de que el miedo era real, por más que exagerado. Él mismo había notado que el pánico empezaba a adueñarse de la calle.
—Soy consciente de ello, señor Uttley —respondió con educación. No era el hecho de que Uttley se lo dijera lo que le ponía furioso, sino el placer que denotaba la mirada del otro—. Estamos haciendo todo lo posible para atrapar al culpable.
—Pues está claro que no es suficiente.
Un segundo hombre se unió al joven que aguardaba fuera.
—¿Qué le dijo el guardia, señor Uttley? —Pitt no consiguió disimular del todo su mal humor.
—Que Radley había sido atacado por un hombre armado con un hacha y que trató de matarle —respondió Uttley mirando hacia los dos que estaban afuera—. ¡Enseguida estoy con ustedes, caballeros! —Volvió a mirar a Pitt, sonriendo más que antes—. La verdad, superintendente, está usted perdiendo el tiempo. Un hombre de su rango tendrá sin duda algo más provechoso que hacer que preguntarme por una información de segunda mano, y no puedo menos de pensar que su objetivo es castigar a un subalterno por haberme dicho lo que usted quizá desea mantener en secreto.
Los dos jóvenes se acercaron.
—Si lo encuentro, señor Uttley —dijo Pitt entre dientes—, tenga por seguro que le censuraré por habérselo dicho a usted y no a mí. ¡Es una negligencia que requiere algo más que una explicación!
—¿Y no a usted? —Uttley le miró asombrado—. ¡Santo Dios! —Estaba más complacido que sorprendido, hasta el punto de que casi rio—. ¿Quiere decir que ha venido a enterarse de lo sucedido porque sus propios hombres no se lo han explicado? ¡Dios mío! Su incompetencia sobrepasa todo lo imaginable. Si piensa que hasta ahora le he estado criticando, señor mío, le aseguro que esto no ha hecho más que empezar.
—No, señor Uttley, no he venido para enterarme de los hechos —le espetó Pitt—. Los sé por el señor Radley, incluyendo el que él no diera su nombre a nadie y tampoco llamara a la policía.
—¿Que no llamó a la policía? —Uttley se quedó perplejo—. ¿A qué se refiere? Fue agredido en la calle y por poco lo matan. Pues claro que avisó a la policía.
—Fue agredido, sí. —Pitt también subió el tono de voz—. Pero se encontraba perfectamente esta mañana, y sé por la señora Radley que se deshizo rápidamente de su atacante. Sólo sufrió unas leves magulladuras.
—¿Eso dice él? —La expresión de Uttley volvió a ser de mofa—. Qué valiente… y qué leal a su excéntrica postura de defender a la policía.
—¿No es la verdad? —inquirió Pitt suavemente.
—Me han dicho que fue atacado por el Verdugo de Hyde Park —argumentó Uttley—. Lo lógico es que un hombre mínimamente responsable informe de inmediato a la policía, tanto si resultó herido como si no.
—Me informó a mí —replicó Pitt, forzando la verdad de los hechos.
Uttley se encogió de hombros, torciendo el gesto.
—Entonces supongo que sabe todo lo que necesita. Eso deja desagradablemente claro que me está interrogando sólo para castigar a ese maldito guardia, ¿no es así?
—Si era el agente que estaba en la escena del crimen, es importante que yo hable con él —dijo Pitt, más confiado cada vez—. Dado que el señor Radley partió inmediatamente después de verse libre de su atacante, tras asegurar al hombre que los ayudó que no estaba herido, es posible que el guardia encontrara algo, por ejemplo el hacha.
Uttley pareció sobresaltarse, pero recobró rápidamente la compostura.
—Entonces sería mejor que fuera a buscarle. Supongo que un funcionario como usted, con su experiencia, no tendrá dificultad en descubrir dónde se ha metido uno de sus hombres —rio a carcajadas—. ¡Menuda farsa! Gilbert y Sullivan podrían escribir una canción graciosa sobre usted, más divertida aún que la de Piratas. Espere a que los periódicos se enteren de que el superintendente que lleva este caso está peinando Londres en busca de uno de sus guardias. ¡Lo bien que lo van a pasar los caricaturistas!
—Deduzco que usted da por sentada esa dificultad, señor Uttley —dijo Pitt con toda la agudeza que el otro había empleado un momento antes—. ¿No va a ser tan sencillo como ir a la comisaría adecuada y averiguar quién estaba de servicio anoche?
—No tengo la menor idea —replicó Uttley, pero sus mejillas se sonrosaron ligeramente y sus ojos ya no miraron a Pitt con tanto descaro. Desvió la vista—. Bien, si no puedo hacer nada más por usted, tengo otros asuntos que atender. Siento no poder ayudarle cuando parece que tanto lo necesita.
—Me ha ayudado más de lo que cree —dijo Pitt. Y añadió con un deje fanfarrón—: En realidad, me ha resuelto usted el caso. Buenos días. —Salió por la puerta y al pasar junto a los dos jóvenes que esperaban, se tocó el sombrero diciendo—: Buenos días, caballeros.
Le vieron bajar la escalinata hasta la acera y luego se miraron el uno al otro con asombro.
Pitt tenía intención de ir directamente a la comisaría de donde debía haber salido una patrulla, pero antes de llegar estaba cruzando una calle muy transitada, entre la carretilla de un pescadero y una carreta llena de patatas y coles, cuando fue abordado por un hombre muy gordo de pelo grisáceo y ensortijado. Sus ojos verdes se veían bulbosos en la cara abotargada. Vestía de manera impecable y una larga cadena de oro cruzaba de lado a lado su amplio abdomen. Estaba junto a otro hombre que apenas le llegaba al codo, achaparrado, cara afilada y perversa, y dientes descoloridos y puntiagudos.
—Buenos días, George —dijo Pitt al grandullón. Luego miró al compinche de Fat George—. Buenos días, Georgie.
—Ah, señor Pitt —dijo Fat George con voz aguda, extrañamente triste—. Nos ha defraudado usted. El parque ya no es lugar seguro para los caballeros. El negocio se está resintiendo mucho.
—No se porta bien con nosotros, señor —añadió Wee Georgie en un tono de voz que remedaba el de su compañero, la misma agudeza pegajosa, pero con algo sibilante que lo hacía más áspero y más feo—. Y eso no nos gusta. Estamos perdiendo mucho dinero, señor Pitt.
—Si supiera quién es el Verdugo, les aseguro que le arrestaría —dijo Pitt procurando mantener la calma—. Hacemos todo lo que podemos para dar con él.
—Pues no es suficiente, señor Pitt —dijo Wee Georgie haciendo una mueca—. No, señor.
—Son muchos los caballeros que tienen miedo de ir al parque para recrearse un poco, señor Pitt —añadió Fat George, hincando en el suelo la contera de su bastón—. No están contentos, sabe usted, nada contentos.
—Entonces les aconsejo que intenten descubrir quién es el Verdugo —replicó Pitt—. Tienen más ojos y oídos en el parque que yo.
—Nosotros no sabemos nada —dijo Fat George—. Creo que ya se lo habíamos dicho. De lo contrario no estaríamos aquí haciéndole reproches, señor Pitt. Lo habríamos solucionado por nuestra cuenta. Ahora bien, si piensa que esto tiene algo que ver con nuestro negocio, está muy equivocado.
—¿Cree que nos gusta lo que está pasando? —exclamó Wee Georgie—. Si uno de los nuestros empezara a cortar cabezas, lo apuñalaríamos por la espalda y lo arrojaríamos al río. Le daríamos una buena lección al que se metiera donde no le llaman, pero nunca tocaríamos a un lechuguino. Es malo para el negocio, ¡y una estupidez! —Palpó algo que llevaba a la altura de la pierna, bajo la chaqueta. Pitt supo que era un cuchillo. El hombrecillo se relamió y miró a Pitt sin pestañear.
—Lo que dice Georgie es verdad, señor Pitt —susurró Fat George, resollando un poco—. No hemos sido nosotros. Esto es cosa de caballeros, verá cómo tengo razón.
—Será un loco de algún… —empezó Pitt.
Fat George negó con la cabeza:
—Usted sabe que no, señor Pitt. Me decepciona. Estamos perdiendo el tiempo. No hay ningún lunático escondido en el parque, usted y yo lo sabemos.
Wee Georgie se movió inquieto. Una sucesión de carros y carretas pasó por su lado. Pitt no replicó. Nunca había creído que se tratara de un loco suelto.
—Será mejor que lo encuentre, señor Pitt —repitió Fat George, meneando la cabeza hasta que los rizos rebotaron en su cuello de astracán—. O nos enfadaremos mucho, Wee Georgie y yo.
—Yo también —dijo amargamente Pitt—. Pero si tanto les fastidia, será mejor que empiecen a hacer algo por su cuenta.
Wee Georgie le lanzó una mirada emponzoñada. Fat George sonrió, pero sin humor ni simpatía.
—Eso es trabajo suyo, señor Pitt —dijo—. Sería muy de agradecer que se ocupara de ello.
Y sin decir más, dio media vuelta y al momento desapareció entre los carros. Wee Georgie miró a Pitt una vez más, llenos los ojos de malicia, y se alejó en busca de su compinche. Se veía obligado a trotar para darle alcance, y eso le ponía furioso.
Pitt siguió su camino sin darle muchas vueltas al asunto, aunque era un indicio del sentir general el hecho de que hasta Fat George percibiera que el miedo estaba afectando a su negocio.
Perplejidad absoluta fue lo que encontró al llegar a la comisaría de marras. El inspector que habló con él era un hombre alto y delgado, de rostro lúgubre y ascético y un aire de escueta dignidad.
—Nosotros no sabemos nada —dijo en tono cansado—. Aunque parezca increíble, nadie nos dio parte. Sé poco más que lo que han publicado los periódicos.
—¿Que nadie dio parte? —dijo Pitt—. ¿Es ésta la comisaría?
—En efecto. —El inspector suspiró—. He interrogado a todos mis hombres. Quería saber quién había sido el idiota que se lo había contado a Uttley, pero ninguno estuvo patrullando en esa zona. Y lo he verificado, así que no hace falta que se moleste en averiguar si dicen la verdad o si alguien trata de encubrir un estúpido error. Todos los agentes tienen testigos. Uttley no se enteró por ninguno de ellos.
—Qué curioso —dijo Pitt pensativo. No dudaba de aquel inspector, como tampoco pensaba que sus agentes pudieran mentir; sería muy fácil averiguarlo, y al que cometiera tan estúpido acto lo pondrían de patitas en la calle.
—Yo aún diría más —apostilló el inspector—. Sólo se me ocurre que fue una de las personas que acudió al rescate. Radley nunca lo hubiera contado a la prensa. Al menos parece que él está de nuestra parte. Quizá sea el único. ¿Ha leído los periódicos, señor?
—Sí, así es como me he enterado, y eso que Radley es cuñado mío.
Las cejas del inspector se enarcaron:
—¿Él no pensaba dar parte?
—A mí sí, porque el atacante llevaba un hacha, pero no a ustedes. Quería ahorrarnos publicidad a cuenta de otra agresión.
—Cualquiera diría que somos tontos —se lamentó el inspector—. Ha de ser muy triste que un miembro del Parlamento alcance el poder aprovechando la reacción del público contra la policía. —Torció el gesto—. Qué coincidencia, verdad, que el verdugo atacara al rival de Uttley justo antes de las elecciones…
—Mucha coincidencia —dijo Pitt—. Bien, gracias por todo, inspector. Creo que iré a ver a esos caballeros que ayudaron al señor Radley. Quiero oír su propia versión.
—No sé de qué le servirá. Ellos no vieron al atacante. Pero si cree que vale la pena…
—Sí, podría ser.
—Desde luego que no, señor —dijo extrañado el señor Milburn—. Sería tomarse una libertad imperdonable. ¿A santo de qué iba yo a hacer semejante cosa?
—Podría ser que lo hubiera considerado un deber de ciudadano —respondió Pitt—. O también que, en la tensión del momento, tuviera un desliz.
Milburn estaba muy tieso, la espalda recta.
—El único momento tenso, señor, se produjo cuando la agresión a ese pobre caballero. Y a la dama también, por cierto. Nada menos que en una zona tan excepcional como ésta. Ya no se está seguro en ninguna parte. —Milburn meneó la cabeza y luego se mesó el cabello—. No sé a dónde iremos a parar. No quiero que me interprete mal, señor, pero la policía debería ser capaz de hacer algo más. Vivimos en la ciudad más grande del mundo, y muchos dirían la más civilizada, pero vamos por la calle temiendo a los locos y los anarquistas. ¡Esto no es bueno, señor!
—Lo lamento —dijo Pitt—, pero no sé qué otra cosa podemos hacer aparte de lo que estamos haciendo.
—Sí, lo imagino. —Milburn asintió como si se avergonzara un poco—. El miedo no es buen aliado. Supongo que me he precipitado al hablar. ¿Cree que puedo ayudarle en algo?
—¿Reconoció usted a alguien? —preguntó Pitt.
—Pero si ni siquiera vi el ataque. Estaba en mi dormitorio a punto de acostarme cuando oí los gritos de aquella dama. Bajé inmediatamente y salí a la calle para ver qué se podía hacer.
—Una actitud encomiable —afirmó Pitt—. Y debo decir que muy valiente.
Milburn se sonrojó un poco.
—Gracias. Confieso que en aquel momento no pensé en el peligro, de otro modo hubiera reconsiderado mi iniciativa. Pero, sea como sea, temo mucho no poder ayudarle en este sentido.
—En realidad me refería a si reconoció a la dama y el caballero que fueron víctimas del ataque.
—No, señor. Todo ocurrió muy deprisa y en la oscuridad. Y añadiré que normalmente uso gafas. Como es lógico, en ese momento no las llevaba puestas. El caballero me pareció bastante joven. Al menos se movía con agilidad. Y era robusto, sí, muy robusto. No recuerdo más. —Inspiró hondo y estudió a Pitt muy serio—. En cuanto a la dama, no hay duda de que tenía genio, y muy buenos pulmones, pero la verdad es que no me fijé en nada más, si era rubia o morena, guapa o vulgar. Lo siento, señor, parece que no le sirvo de nada. Empiezo a comprender sus dificultades.
—Al contrario, señor Milburn. Me ha servido usted de mucho. Le diré más, creo que me ha resuelto completamente el problema. Gracias, y que tenga un buen día.
Milburn se quedó de una pieza, buscando en vano algo que decir mientras Pitt se marchaba.
Pero en Bow Street las cosas fueron muy distintas. Giles Farnsworth estaba en el despacho del superintendente, paseándose como un tigre enjaulado. Al oír que Pitt llegaba se situó de cara a la puerta, esperándole con un periódico en la mano.
—Supongo que habrá leído esto —dijo furioso—. ¿Cómo lo explica? ¿Qué está haciendo usted al respecto? ¡Ahora atacan a un futuro parlamentario en el corazón de Mayfair! ¿Sabe alguna cosa, Pitt? ¿Alguna maldita cosa?
—Que esta vez no ha sido el Verdugo —respondió Pitt con calma.
—¿Cómo que no? —repuso Farnsworth incrédulo—. ¿Insinúa que en Londres hay dos locos homicidas armados con sendas hachas?
—No, por un lado hay un loco, y por otro un oportunista que se aprovecha de la situación.
—Pero ¿de qué está hablando? ¿Qué clase de ventaja podría sacar un hombre cuerdo de esta pesadilla?
—Una ventaja política.
—¿Política? —Farnsworth se quedó inmóvil—. ¿Está diciendo lo que a mí me parece que dice? Santo Dios, será mejor que esté en lo cierto. Y procure ser capaz de demostrar esa acusación.
—Aún no tengo pruebas suficientes contra él —dijo Pitt, yendo hasta su escritorio—. Pero estoy convencido de que fue él quien atacó al señor y la señora Radley ayer noche.
Farnsworth lo miró.
—¿De veras? ¿Me da su palabra, Pitt?
—Sí.
—¿Cómo lo sabe? No se lo habrá confesado él.
—Por supuesto que no; pero escribió un detallado artículo en el periódico. Me dijo que se había enterado por un agente que estaba de servicio, pero no hay tal agente, y tampoco lo pudo saber por el hombre que acudió en ayuda de Radley, porque él no sabía quién era Radley.
—Caramba —dijo Farnsworth—. Ese hombre se ha vuelto loco. —Hablaba con desprecio. Luego pareció olvidar el asunto y miró a Pitt con renovado nerviosismo—. ¿Qué me dice del verdadero Verdugo? La ciudad entera está aterrorizada. Ha habido mociones en la Cámara de los Comunes, el ministro del Interior lo ha pasado francamente mal en la rueda de prensa. Su majestad ha expresado su gran preocupación. Parece que está inquieta. —De repente subió la voz como si la furia hubiera despertado una oleada de miedo—. Por el amor de Dios, Pitt, pero ¿qué le pasa? ¡Alguna forma ha de haber para encontrar pruebas con que arrestarle!
—¿Se refiere otra vez a Carvell, señor?
—Pues claro que me refiero a él —le espetó Farnsworth—. Carvell tenía un móvil, medios y oportunidad. Dispone usted de toda la ventaja posible para obligarlo a confesar. ¡Úsela!
—Está en un error —empezó Pitt, pero Farnsworth le interrumpió con impaciencia.
—¡Esto es inaudito! —exclamó—. Tellman tiene razón, es usted demasiado remilgado. Éste no es momento ni lugar para exámenes de conciencia. —Se inclinó sobre la esquina de la mesa y apoyó las manos, mirando de hito en hito a Pitt—. Usted se debe a sus superiores y al cuerpo de policía. No se deje llevar por minucias. Eso es para policías subalternos, si me apura, no para un superintendente. Haga frente a sus responsabilidades, Pitt… ¡y si no, dimita!
—No puedo arrestar a Carvell —dijo Pitt muy despacio—. Y me niego a acusar a nadie por lo que yo pueda pensar de su vida privada.
—¡Maldita sea, Pitt! —Farnsworth descargó el puño sobre el escritorio—. Ese tipo mantuvo un romance ilícito con la víctima de un asesinato. No tiene coartada, ni para esa noche ni para la que mataron a Winthrop. Podría ser que Arledge conociera a Winthrop…
—¿Cómo sabe eso? —le interrumpió Pitt.
Farnsworth le miró incrédulo.
—Él conocía a la señora Winthrop. No hace falta ser muy listo para deducir que también conocía al capitán. Y si Carvell era celoso, la conclusión parece obvia.
—¿Se lo dijo Tellman?
—¡Pues claro que me lo dijo Tellman! ¿Qué le pasa? ¿A qué vienen tantas dudas?
—También pudo haber sido Bartholomew Mitchell.
Ahora Farnsworth estaba perplejo.
—¿Quién? ¿El cuñado de Winthrop? ¿Y por qué, si puede saberse?, ¿qué tiene que ver él con Arledge?
—Winthrop pegaba a su mujer —dijo Pitt—. Mitchell lo sabía. Vieron a Arledge con la señora Winthrop cuando ella parecía muy disgustada por algo.
—¿Y el cobrador de ómnibus? —preguntó Farnsworth sorteando la cuestión de las palizas—. ¿Qué hay de eso? No me dirá que tuvo algo que ver con este drama familiar…
—Ni idea. Claro que tampoco sabemos qué tenía que ver con Carvell —argumentó Pitt.
Farnsworth se mordió el labio:
—Chantaje —dijo—. Es la única respuesta. Por alguna razón estaba en el parque y vio uno de los asesinatos. Sigo pensando que es Carvell. Vaya a por él, Pitt. Oblíguelo a confesar la verdad. Si es culpable, no le será difícil.
Alguien llamó a la puerta y entró en el despacho. Era Tellman.
—Oh —dijo con cierta sorpresa, ante la presencia de Farnsworth—. Disculpe, señor. —Miró a Pitt—. He pensado que le gustaría saberlo, señor. Los hombres han investigado el paradero de Carvell en el momento de los dos asesinatos.
—¿Y? —dijo Pitt, sintiendo que todo se venía abajo.
Farnsworth miró a Tellman, expectante.
—No han encontrado a nadie que lo confirme. En ninguno de los dos casos. Ya no sé qué más podemos intentar.
—Basta con eso —dijo Farnsworth—. Arréstele por el asesinato de Arledge. Los otros dos no importan en este caso. En cuanto esté detenido, confesará.
Pitt se disponía a protestar, pero Tellman se le adelantó.
—Aún no sabemos nada de Yeats, señor —dijo—. Tal vez Carvell pueda demostrar que no estuvo allí.
—¿Y qué dice él? —inquirió Farnsworth.
—Que estaba en un concierto —replicó Tellman con expresión inocente—. Sería una estupidez arrestarlo y luego encontrar a alguien que lo vio en el teatro, lejos de allí, a medianoche.
—¿A qué hora mataron a Yeats?
—Probablemente entre las doce y las doce y media —dijo Pitt.
—¿Probablemente? —le espetó Farnsworth—. ¿No puede ser más preciso el forense? Quizá era más tarde. Quizá fue dos horas después. Eso habría dado a Carvell tiempo de sobra para tomar un coche hasta Shepherd’s Bush. —Los miró a ambos con expresión de triunfo.
Tellman dijo:
—Yeats difícilmente habría estado rondando por la terminal de Shepherd’s Bush dos horas después de finalizar el trayecto. Se habría ido a casa. Y puesto que sólo está a quince minutos a buen paso, eso limita bastante la hora de su muerte.
Farnsworth apretó los labios.
—Entonces procure averiguar quién más asistió a ese concierto —dijo—. Si Carvell estaba allí, ¡alguien tuvo que verle! Es un personaje conocido. Seguro que no estaba solo. Vamos, hombre, usted es detective. Debe de haber un modo de demostrar si estuvo allí o no. ¿Y el intermedio? ¿Fue a tomar un refresco? Seguro que habló con alguna persona. Los conciertos, aparte de la música, sirven para relacionarse.
—Carvell dice que no —respondió Tellman—. Fue poco después de la muerte de Arledge, y no se sentía con ánimos de hablar con nadie. Sólo asistió para escuchar la música, dice que le traía recuerdos de Arledge. Entró sin hablar con nadie y salió de la misma manera.
—Arréstele —repitió Farnsworth—. Es nuestro hombre.
—¿Y si resulta que fue el señor Mitchell, señor? —dijo Tellman—. Parece que él también tenía motivos, y tampoco puede probar dónde estuvo, sin contar con la palabra de la señora Winthrop, y eso no vale mucho.
Farnsworth fue hacia la puerta.
—Pues hagan algo, y rápido. —Se dirigió a Pitt—. O tendré que sustituirlo por alguien más competente. La gente tiene derecho a esperar mejores resultados. El ministro del Interior tiene un interés personal en el caso, y hasta su majestad está preocupada. Lo que queda de semana, Pitt, ni un día más.
Tan pronto Farnsworth se fue, Pitt miró a Tellman con curiosidad. Éste fingió cierta indiferencia.
—Lástima —dijo como si tal cosa— que no se les ocurran sugerencias más útiles. Ya no sé qué más hacer. Tenemos a dos hombres tratando de averiguar algo sobre ese maldito cobrador. Es tan corriente que podríamos cambiarlo por otros diez mil seres corrientes sin notar la menor diferencia. Mandón, engreído, vivía con su esposa y dos perros, le gustaban las palomas, bebía cerveza en el Fox Grapes los viernes por la noche, jugaba mal al dominó, pero se le daba bien tirar dardos. ¿Por qué iba nadie a asesinarlo?
—Porque sabía algo que no debía —respondió Pitt.
—Pero estaba en el ómnibus cuando Winthrop y Arledge fueron asesinados —saltó Tellman—. Y no pasó cerca del parque. Aunque hubieran matado a Arledge en otro sitio, sabemos exactamente dónde mataron a Winthrop.
—Entonces ponga más hombres para averiguar dónde asesinaron a Arledge —dijo Pitt sin esperanza—. Registre la zona donde vive Carvell. Busque una excusa para ir a ver a Mitchell, y registre otra vez la casa.
—Sí, señor. ¿Qué va a hacer usted? —Por primera vez, lo preguntaba sin insolencia.
—Asistiré al réquiem por Aidan Arledge.
No había lugar a que Charlotte acompañara a Pitt, primero al réquiem y a la posterior recepción. La casa nueva estaba prácticamente terminada y había un montón de cosas pendientes: cortinas que colgar, tablas sueltas que atornillar al suelo, un grifo que cambiar, baldosas que colocar en la cocina y algunas más en la despensa, etcétera. Sin embargo, todo ello parecía insignificante comparado con la oportunidad de conocer a los principales protagonistas de la tragedia que Pitt estaba investigando.
Llegaron temprano a propósito, vestidos con discreción como el resto de la gente. De hecho Pitt había invertido tres veces más tiempo del habitual ante el espejo de cuerpo entero. También le había permitido a Charlotte que le arreglara el cuello, el fular y la chaqueta hasta que ella quedó satisfecha. Por su parte, Charlotte llevaba el mismo vestido negro que había usado en el funeral del capitán Winthrop, pero con un sombrero muy diferente, esta vez de copa alta y ala más corta, y absolutamente a la moda, cuando no por delante de ella. Era un regalo de tía abuela Vespasia.
Acababan de apearse del cabriolé, a cierta distancia del lugar para no ser vistos sin coche propio, cuando se encontraron con Jack y Emily, que también se habían dado prisa en llegar. Jack estaba tan elegante como de costumbre, aunque todavía andaba un poco envarado. Charlotte sabía lo del incidente por los periódicos, por Pitt y por la propia Emily, a quien había ido a ver muy poco después de leer la noticia.
Emily estaba radiante con su vestido negro de seda con puntillas, mangas amplias y hombros plisados. No obstante, sus ojos parpadearon de admiración, y cierta sorpresa también, al ver el sombrero de su hermana.
—Cuánto me alegro de que estés aquí —dijo situándose al lado de Charlotte pero sin mencionar el sombrero—. Me siento tan culpable. No hemos conseguido nada que le sirva a Thomas y, a decir verdad, ni siquiera lo hemos intentado. Lo que dicen los periódicos es injusto, claro que la justicia nunca ha tenido nada que ver. ¿Conoces a alguien? —preguntó señalando hacia la gente que empezaba a congregarse.
—Claro que no —respondió Charlotte por lo bajo—. Bueno, creo que esa de allí es Mina Winthrop. Y el de al lado es su hermano, Bart Mitchell. Thomas —dijo volviéndose a Pitt—, ¿por qué han venido? ¿Tú crees que es por solidaridad? A ella se la ve muy triste.
—La señora Winthrop le conocía —dijo Pitt, acercándose a ellas y saludando a Emily.
—¿Le conocía? —Charlotte no salía de su asombro—. ¡Eso no me lo habías dicho!
—Acabo de enterarme…
—¿Y cómo le conoció? ¿Es posible que…? No, eso no puede ser.
—Mirad a ese pobre hombre —interrumpió Emily al ver pasar a Jerome Carvell a unos metros de ellos—. Parece muy abatido. —Y así era; tenía una palidez mortal y los ojos enrojecidos como si hubiera pasado la noche tratando de ver algo que, cuando por fin lo consiguió, le había estremecido hasta la médula. Caminaba abriéndose paso cansinamente entre los demás sin mirar a nadie a la cara. Sólo hablaba para responder a las condolencias que recibía.
—Se le ve muy preocupado —dijo Charlotte—. Pobre hombre. Me pregunto si sabrá algo o si sólo es la aflicción.
—Podría ser ambas cosas —dijo Emily, mirando no a la espalda de Carvell sino a Mina Winthrop. Mina, por supuesto, vestía de riguroso luto, pero ahora lucía granates y perlas, e iba sin velo. Mientras miraba con interés a su alrededor, su hermano caminaba pegado a ella; eso hizo pensar a Charlotte que Bart quería controlar si Mina se apartaba de él, como se hace en compañía de un niño pequeño que podría correr peligro o extraviarse. Charlotte había tenido esa misma actitud con sus hijos, siempre pendiente de ellos aunque estuviera hablando con alguien.
—Thomas… —dijo.
—¿Sí?
—¿Bart Mitchell es sospechoso?
—¿Por qué?
—Porque el capitán Winthrop pegaba a su mujer, claro. Quiero decir, ¿es posible que Arledge hubiese hecho también algo que perjudicara a Mina?
—Lo ignoro. Ella estaba muy turbada el día en que los vieron juntos. Podría ser.
—¿Y el conductor de ómnibus?
—Ni idea. No parece que tenga nada que ver.
—Debió de ver algo —terció Emily—. Desde el ómnibus.
—Su línea no pasa cerca de Hyde Park.
—Oh.
Llegaban más personas, entre ellas un hombre de apariencia distinguida: de mediana edad, cabeza augusta, cabello espeso con canas en las sienes y bigote fino. Vestía impecablemente, un traje de última moda y una camisa de seda. Caminaba con una seguridad en sí mismo que atraía muchas miradas. Aparentemente estaba habituado a causar sensación, porque no daba la impresión de afectarse por ello, de hecho apenas parecía notarlo.
—¿Quién es? —preguntó Charlotte—. ¿Un ministro o algo parecido?
—No le conozco —dijo Pitt.
Emily sofocó la risa poniéndose una mano enguantada sobre la boca.
—Pero qué dices. Si es Sullivan.
—¿Y quién es Sullivan? —preguntó Charlotte.
—¡Sir Arthur Sullivan! —susurró Emily—. ¡De Gilbert y Sullivan!
—¡Ah! ¡Oh! Por supuesto. El señor Arledge era compositor y director de orquesta, ¿no? Quizá venga también el señor Gilbert.
—No —dijo rápidamente Emily—. Al menos, si sabe que sir Arthur está aquí. Están peleados, sabes.
—¿En serio? —Charlotte se sintió sorprendida y decepcionada—. Eso no lo sabía. ¿Cómo se las arreglan entonces para escribir esas operetas maravillosas?
—No sé. Quizá ya no trabajan juntos.
Charlotte se sintió ilógicamente decepcionada. Todavía recordaba las contadas veladas que había pasado en el Savoy, el colorido y la agitación, las arrolladoras melodías. Ahora que Pitt había sido ascendido y que quizá podrían frecuentar más a menudo la ópera, ya no iba a ser posible.
Una segunda oleada de gente interrumpió sus pensamientos. Junto a la puerta de la iglesia la gente se daba codazos y, sin querer, volvió la cabeza.
—¡Es él! —dijo Emily.
—¿Quién? ¿Gilbert? —preguntó Charlotte.
—Naturalmente, W. S. Gilbert.
—¿De veras han reñido? —Charlotte vio que Gilbert avanzaba inexorable hacia donde se encontraba sir Arthur Sullivan en lo alto de la escalinata, aparentemente ajeno a los recién llegados—. ¿Por qué motivo?
—No lo sé. Es lo que he oído decir. —Emily la tomó del brazo y se la llevó hacia la puerta de la iglesia—. Creo que es momento de que entremos. Sería una falta de delicadeza hacer esperar a la gente, ¿no te parece? Y una ridiculez haber venido temprano y entrar tarde en la iglesia.
Charlotte aceptó sin poner reparos.
Sir Arthur Sullivan se percató de un considerable revuelo entre la multitud y al darse vuelta vio a W. S. Gilbert a unos pasos de él, subiendo la escalinata con paso decidido, hablando con quienes le flanqueaban, los cuales estaban tan atentos que no aflojaron el paso hasta que pareció que iban a chocar con los de arriba.
Sir Arthur no se movió de sitio, y siguió hablando él también como si fuera la cosa más importante del mundo.
Gilbert se vio obligado a detenerse al llegar al escalón superior.
—Señor, está usted obstruyendo el paso —dijo claramente para que todo el mundo lo oyera.
Los congregados callaron de repente. Uno a uno se volvieron para mirar. Uno carraspeó de nervios. Otro soltó una risita y de inmediato trató de disimular.
Sir Arthur interrumpió su conversación con un hombre grueso de pelo blanco y se volvió hacia Gilbert muy lentamente.
—¿Se dirige a mí, señor?
Gilbert miró en derredor para ver si había alguien más en sus cercanías y luego miró de nuevo a sir Arthur.
—Tiene usted un gran sentido de la obviedad, señor —replicó—. Veo que ha reducido la cuestión a su meollo en una rápida deducción. A usted me dirijo, señor. Está bloqueando la entrada a la iglesia. ¿Sería tan amable de dejar el paso libre?
—¿No puede esperar su turno, señor, como una persona civilizada? —Las cejas de Sullivan se arquearon con desdén—. ¿Acaso debe la buena sociedad interrumpir sus quehaceres y abrir paso a fin de que pueda usted pasar cuando le venga en gana?
—Admiro a los hombres con autoestima, señor, pero considerarse uno mismo el conjunto de la buena sociedad raya en lo ridículo —replicó Gilbert.
Sir Arthur se ruborizó levemente. Ahora le era imposible moverse sin perder la batalla. Permaneció justo donde estaba, delante de Gilbert.
Fue lady Lismore quien salvó la situación. Emergiendo de las sombras de la entrada, se dirigió así a Sullivan:
—Lamento interrumpirle, sir Arthur, pero le agradecería muchísimo su ayuda. Debemos escoger la música adecuada para la ocasión, y no estoy del todo segura respecto al chelista.
Sir Arthur la miró irritado, como si hubiera tenido la respuesta perfecta en la punta de la lengua, pero entró con ella.
—Por supuesto, lady Lismore. Cualquier cosa que yo pueda hacer…
Gilbert se sonrió y miró de reojo a los que observaban con atención. Pero tan sólo mostró una leve complacencia al cruzar el pórtico y desaparecer en el interior en penumbra de la iglesia.
Charlotte suspiró.
—«Con un taco torcido y un falso paño verde, y elípticas bolas de billar —dijo Emily alegremente—. Mi objeto el más sublime, conseguiré con el tiempo…».
—¡Ssh! —Charlotte frunció el entrecejo—. ¡No puedes entrar en la iglesia para un funeral cantando El Mikado!
Emily calló de inmediato, al menos hasta que les indicaron un banco más próximo a la parte de atrás de lo que ella hubiera deseado. Pitt y Jack estaban a su izquierda, el primero entre las sombras de las columnas.
—Hay muchísima gente —dijo Emily no bien se hubieron acomodado—. Supongo que es porque se trata de un asesinato. La mayoría ha venido sólo para curiosear.
—Lo mismo que tú —señaló Charlotte.
—No seas mala. Sabes que la campaña marcha muy bien. Creo que Jack tiene posibilidades reales de salir elegido.
—Bueno, cállate ya. ¡Estamos en la iglesia!
—Aún no han empezado —protestó Emily—. Tía Vespasia dijo que iba a venir, pero aún no la he visto. ¿Y tú?
—No. Pero tampoco a nadie que me suene de algo.
—¿Has ido a ver a mamá últimamente?
—No; he estado muy ocupada con las reformas.
Emily inclinó la cabeza como si estuviera rezando o muy concentrada.
—Esto va de mal en peor —susurró—. La otra noche estuvo en el río hasta el amanecer.
—¿Cómo lo sabes?
—La vi.
—Entonces tú también estabas.
—¡No compares! —se indignó Emily—. Eso es muy distinto. Mira que eres obtusa a veces.
—De eso nada. Pero creo que no hay motivo para enfadarse. No puedes impedir que haga lo que quiera.
—¡A saber quién más la vio!
La mujer del banco de delante se volvió para mirar con ceño a Emily, abanicándose con el programa del servicio.
—¿Se encuentra mal? —dijo—. Quizá debería salir a tomar el aire antes de que esto empiece.
—Muy amable de su parte —replicó Emily con una sonrisa azucarada—. Pero si me marcho, dudo que mi sitio siga libre y entonces mi pobre hermana tendría que estar sola.
Charlotte se tapó la cara para no reír y dejó que la otra pensara que era de congoja.
La mujer hizo una mueca.
Tras unos compases de órgano, la música se detuvo en seco y el vicario empezó a hablar.
Charlotte y Emily se aprestaron a fingir desconsuelo.
La recepción fue un acto bien distinto. El coche de Emily los depositó a los cuatro en Green Street, frente a la casa de Jerome Carvell, y se alejó para dejar sitio a una berlina cargada asimismo de pasajeros.
Emily cogió del brazo a Jack y subió la escalinata hasta la puerta, donde un mayordomo alto y muy tieso, de pómulos prominentes y majestuosas piernas, examinó la tarjeta de Jack antes de tomar una decisión.
—Buenos días, señor Radley, señora Radley. Pasen, por favor. —Se volvió hacia Pitt—. Buenos días, ¿señor? —Su expresión había cambiado sutilmente; era difícil decir en qué, pero el respeto se había evaporado y su mirada era ahora arrogante.
—Señor y señora Pitt —respondió Pitt con igual frialdad.
—Ya.
Charlotte se envaró. Le dolía que Pitt tuviese que aguantar el desdén del mayordomo, pero le horrorizaba que pudiera desquitarse y empeorara aún más la situación. Procuró sonreír como si no hubiera captado otra cosa que la cortesía habitual.
Pitt levantó un poco más la cabeza, pero el mayordomo le impidió hablar.
—Lo lamento, señor, pero no creo que sea un momento oportuno para ver al señor Carvell. Como habrá observado, se trata de una reunión social de cierta seriedad y tristeza.
Charlotte se dispuso a hacer un comentario aplastante.
—No vengo a ver al señor Carvell —dijo educadamente Pitt— sino a la señora Arledge. Ella me está esperando, y me preocuparía que pensara que he declinado su invitación.
—Oh. —El mayordomo pareció azorado—. Entiendo, señor. Por supuesto. Hagan el favor de pasar.
La mesa estaba puesta con toda clase de manjares, y Carvell seguramente había contratado personal de refuerzo para la ocasión porque había al menos media docena de doncellas y lacayos de librea, esperando discretamente para atender los deseos de los invitados.
Al entrar ella y Pitt en la otra sala, un pequeño grupo de hombres que había en la entrada se volvió a mirarlos. Uno de ellos, de rostro inteligente con una expresión mezcla de pena, nerviosismo y esperanza, avanzó hacia ellos. Charlotte no tuvo que preguntar si se trataba de Carvell, pues la fuerza de sus sentimientos encajaba con la descripción que Pitt había hecho de él. Era el hombre que había visto en el funeral y cuya aflicción tanto la había conmovido.
Pitt la miró de reojo, notó que ella se había dado cuenta y sonrió antes de ir a saludar a Carvell.
—Buenos días, superintendente —dijo Carvell mirándolo inquisitivamente—. ¿Es que hay alguna…? —Vio por la mirada de Pitt que no había nada nuevo—. Perdone. Qué torpeza por mi parte. Le ruego me disculpe. ¿Debería decir que me alegro de verle o sonará demasiado cándido?
No parecía haber reparado en Charlotte pero, curiosamente, ella no se sintió desairada. De cerca, su cara era más fea, se le notaban claramente las marcas de viruela, pero nada de ello disminuía su gran vitalidad. Pese a conocer su relación con Arledge e imaginar lo que eso habría supuesto para Dulcie, y la posibilidad muy real de que fuese el autor de uno o más asesinatos, Charlotte no pudo evitar ponerse de su parte como si la mera intensidad de sus sentimientos no diera el menor pie a la duda. En Carvell la indiferencia era una emoción desconocida.
—No hay la más mínima novedad —dijo Pitt—. He venido porque la señora Arledge me invitó, y agradezco la oportunidad de presentar mis respetos a un hombre al que sin duda hubiera admirado si hubiese llegado a conocerle.
Carvell se mordió el labio y tragó saliva.
—Es usted muy amable, superintendente. Nadie podría decirlo con más generosidad sin faltar a la verdad. No ha sabido usted nada nuevo y su deber le trae aquí, además de su inclinación natural. Lo comprendo muy bien.
—No diré que no haya nada —objetó Pitt—. Pero lo poco que hay no lleva a ninguna conclusión. Señor Carvell, ¿puedo presentarle a mi esposa?
—¡Oh! —Carvell fue pillado por sorpresa—. Cuánto lo siento, señora. Discúlpeme por mi grosería. Había supuesto… bien, no sé lo que había supuesto en realidad. Perdóneme. —Hizo una ligera reverencia—. ¿Cómo está usted?
No hizo ademán de acercarse.
—Encantada, señor Carvell —dijo ella sonriendo—. Acepte usted mis condolencias. Es algo sumamente amargo perder al mejor amigo.
Él la miró sorprendido, luego un tanto incómodo, y por último con espontáneo afecto.
—Muy amable de su parte. —Eran palabras formales, pero Charlotte supo que las decía en serio.
Antes de que ninguno de ellos pudiera encontrar un tema más agradable de conversación, se produjo un movimiento de gente en el portal, un murmullo de voces, un rozar de telas. Al volverse, Pitt y Charlotte vieron a una mujer entrando sola en la habitación, vestida exquisita y femeninamente de negro con discretos adornos de joyería y puntillas en el cuello y las muñecas. No era una mujer grande, ni tampoco extraordinariamente hermosa, pero atraía la atención. Tenía facciones bien proporcionadas y una boca bien torneada; el delicado tono de su piel no se había estropeado e iba peinada con mucha gracia; sólo sus ojos azules delataban el insomnio y la ansiedad.
Charlotte notó que Pitt se estiraba y le miró rápidamente. La admiración era palpable en su cara, así como una profunda gentileza que ella no le había visto en mucho tiempo, ni siquiera hacia Jerome Carvell. No hubo de preguntar para saber que aquella mujer era Dulcie Arledge.
Dulcie paseó la mirada por la habitación. No se detuvo al ver a Mina Winthrop; aparentemente no la reconoció, como tampoco a Bart Mitchell, que estaba al lado de ella. Sonrió a sir James Lismore y a Roderick Alberd. Varias personas más recibieron de ella un ligero movimiento de la cabeza y un esbozo de sonrisa. Sus ojos pasaron por la graciosa figura de Landon Hurlwood, algo más alto que quienes le rodeaban, pero ella no dio señales de conocerle.
Victor Garrick estaba sentado en un rincón con el chelo acunado entre los brazos, esperando el momento de tocar. Sus cabellos rubios brillaban a la luz del mechero de gas que tenía encima, y su rostro mostraba una expresión de paz, como quien está soñando en algo muy lejano y hermoso.
Dulcie le saludó con una inclinación de la cabeza. Eso pareció suavizar la expresión concentrada de Victor, pero un momento después su mirada volvió a abismarse.
Los ojos de Dulcie se posaron finalmente en Pitt y una delicada sonrisa adornó su boca. Avanzó entre la gente, intercambiando una palabra aquí y otra allá, hasta que estuvo a unos pasos de él.
Pitt esperó y Charlotte no dijo nada. A ella le asustó la profunda emoción que presentía en Pitt: no era únicamente la soledad de Dulcie y el horrible engaño que parecía sufrir con tanta dignidad, sino también un sentimiento de ternura y respeto hacia ella que Pitt sin duda recordaría mucho después de que el caso fuese resuelto.
Charlotte le admiró por ello. No le hubiera gustado que él fuese incapaz de tales emociones; y sin embargo había algo que la intranquilizaba ligeramente, un recuerdo de las numerosas veces en que ella había estado ausente cuando él había llegado cansado y preocupado, confuso y con necesidad de hablar del caso. Charlotte había estado tan absorta en sus planes de dejar bonita la casa, y hacerlo a un precio razonable, que apenas había tenido ocasión de pensar en otra cosa. Ahora sentía una punzada de celos, suave pero inequívoca.
—Buenos días, superintendente —dijo Dulcie sonriendo a Pitt. Hubo un momento de vacilación antes de que se volviera hacia Charlotte—. Encantada. Usted ha de ser la señora Pitt. Le agradezco que haya venido también. Es usted muy amable.
Charlotte hubo de esforzarse por sonreír con dulzura y pensar en algo agradable que responder. El menor desliz habría sido detectado. Le bastaba con mirar a Dulcie a los ojos para saber que nada le pasaba por alto.
—Gracias, señora Arledge. Espero que no lo considere una intromisión.
—Por supuesto que no. No le quepa la menor duda.
Dulcie miró a Carvell. Charlotte contuvo el aliento y de pronto se dio cuenta de que Dulcie no tenía la menor idea de que él fuese otra cosa que un amigo apenado, lo bastante generoso para haber prestado su casa para la ocasión. Dio gracias en silencio de que así fuera.
—Gracias, señor Carvell —dijo Dulcie ladeando la cabeza—. Su hospitalidad ha sido muy importante para mí en una situación que podía haber sido casi insoportable. Tenga por seguro que se lo agradezco más de lo que imagina.
Carvell se quedó traspuesto, colorado hasta las orejas. Charlotte apenas se hacía una idea de las emociones que debía estar sintiendo al enfrentarse a la viuda de Arledge. Abrió la boca para hablar, pero la voz le falló.
Pitt estaba tan envarado como Carvell.
Dulcie esperó.
Probablemente Carvell diría algo antes de delatarse. En cualquier momento se le ocurriría alguna cosa. Alguien tenía que decir algo.
Pitt tragó aire y eso pareció devolver a Carvell a la realidad.
—Me alegro de serle útil —dijo incómodo—. En realidad es… muy poca cosa. No lo suficiente… en absoluto.
—Estoy segura de que es importante —terció Charlotte, incapaz de soportar la tensión—. El hecho de no tener que preocuparse de aspectos prácticos y poder marcharse cuando uno no puede aguantar más y necesita estar solo, ya es mucho.
Dulcie la miró.
—Es usted muy perspicaz, señora Pitt —observó—. Tiene toda la razón. Ha sido un detalle importante, señor Carvell. No permita que su modestia lo minimice.
—Gracias —dijo él—. Gracias. Si me disculpa, señora, debo cerciorarme de que Scarborough esté listo para servir. —Y se fue en busca del mayordomo.
Dulcie sonrió a Pitt.
—No sabía que fuera tan tímido. Qué hombre tan curioso. Pero ha sido muy amable, y eso es lo que importa de verdad.
Los interrumpió un grupo de personas que se acercaban para dar el pésame a Dulcie Arledge y para decir que el servicio les había gustado mucho, en especial la música.
—Sí, el joven Garrick tiene mucho talento —dijo Dulcie—. Toca con más sentimiento que ningún otro músico que conozco. Claro que no tengo conocimientos para juzgar su técnica, pero a mí me parece muy buena.
—Y lo es —concedió sir James Lismore, mirando de soslayo a Victor Garrick, que seguía sentado conversando con Mina Winthrop—. Es una lástima que no considere el dedicarse a ello profesionalmente —continuó—. Pero es muy joven y aún puede cambiar de opinión. Creo que podría llegar muy lejos. —Se volvió hacia Dulcie—. Aidan tenía buena opinión de él.
—¿Quién es la dama que está con él? —preguntó ella.
—Ah, es la señora Winthrop. ¿No la conoce usted?
—No recuerdo que nos hayan presentado. Pobre mujer. Tenemos mucho en común, me temo. Debería darle el pésame. —Sonrió un poco divertida—. Creo que el mío será especialmente oportuno.
Pero antes de que pudiera cumplir su cometido, otros invitados se acercaron a ellos y Dulcie hubo de murmurar educadas gracias durante varios minutos más. Charlotte y Pitt se excusaron y fueron a escuchar y vigilar desde cierta distancia a los otros invitados.
Vieron a lord y lady Winthrop uno al lado del otro, hablando en tono serio con un caballero mayor de edad que llevaba unos anteojos sin montura.
—La policía me ha decepcionado mucho —estaba diciendo lord Winthrop con palpable disgusto—. Yo pensaba que, teniendo en cuenta la reputación de mi hijo, y su servicio al país, habrían hecho algo más para capturar al loco que cometió ese crimen.
—Qué vileza —dijo el caballero—. Pensamos que esas cosas pasan entre los plebeyos, pero cuando empiezan a invadir la vida de gente respetable es que el país está en un lamentable estado. Imagino que habrá hablado usted con el ministro del Interior.
—Desde luego —dijo rápidamente lord Winthrop—. ¡Más de una vez! Incluso he escrito al primer ministro.
—Y no ha obtenido respuesta —añadió lady Winthrop.
—Eso no es del todo cierto, querida —la corrigió su esposo, pero antes de poder explicarse ella le cortó de nuevo.
—Bah —dijo—. No hizo otra cosa que acusar recibo de tus cartas. ¡Eso no es una respuesta! No te dijo qué pensaba hacer al respecto.
El caballero de los anteojos chasqueó la lengua y musitó algo inaudible.
Pitt sonrió. Al menos el primer ministro no perdía la calma.
Sirvieron la comida. Lacayos y doncellas iban entre los invitados con bandejas de vino y exquisiteces. En todo momento el arrogante mayordomo, Scarborough, supervisaba de manera que hasta el menor detalle fuera perfecto.
Charlotte se apartó de Pitt y se puso a observar por su cuenta con discreción. Habló unos minutos con Mina Winthrop, que estuvo encantada de verla, y con Thora Garrick, quien por lo visto había decidido acompañar a Mina quizá para oír tocar a su hijo.
—Me alegro de verla, señora Pitt —dijo Mina con una sonrisa indecisa—. Se acuerda de la señora Garrick, ¿verdad?
—Por supuesto —dijo Charlotte—. ¿Cómo está usted, señora Garrick?
—Muy bien, gracias —respondió Thora sonriendo.
—He oído tocar a su hijo —dijo Charlotte—. Tiene un talento extraordinario.
—Gracias.
—¿Cómo van las reformas? —preguntó Mina.
—La casa está casi terminada —respondió Charlotte—. He pintado una habitación de amarillo, gracias a su sentido creativo.
Mina se ruborizó de placer.
—¿Cómo está su brazo? —Charlotte la miró con aire despreocupado pero tratando de expresar su intranquilidad.
—Oh, no es nada —se apresuró a decir Mina—. En realidad no me hizo el menor daño. Creo que es una tontería dar tanta importancia a los accidentes.
Thora miró a Charlotte con incredulidad, y luego a Mina, cuyo engorro era ahora evidente.
Charlotte se dio cuenta de lo que pasaba.
—Yo creo que fue una quemadura de consideración —dijo—. El té estaba muy caliente. Admiro su fortaleza, pero…
Mina se relajó lo suficiente para que el color volviera a su cara y el sosiego al resto del cuerpo. Thora respiró aire con súbito alivio.
—Pero no la consideraría indulgente consigo misma de haber admitido que el dolor era muy agudo —concluyó Charlotte—. No creo que yo me hubiera portado con tal valentía. —Luego cambió de tema, y hablaron de porcelana, relojes y espejos.
Pero cuando Charlotte se excusó seguía dando vueltas en la cabeza al hecho de que Thora Garrick estuviera al corriente de las magulladuras de Mina y que, sin embargo, no pareciera afectarla el que Mina o Bart Mitchell pudieran estar implicados en la muerte de Winthrop. Era preciso que se lo comunicara a Pitt tan pronto se presentara la ocasión.
Pidieron a Victor Garrick que tocara de nuevo, cosa que hizo con exquisita melancolía. Después, un público más entendido en música del que estaba acostumbrado a tener le ovacionó sin reservas. Casi tres cuartos de hora después, Emily se reunió furiosa con Charlotte.
—¡Ese hombre es un completo canalla! —dijo Emily con rabia contenida y las mejillas encendidas.
—¿Quién? —preguntó Charlotte, entre atónita y divertida—. ¿Quién es el que tan mal se ha comportado para que utilices una palabra de ese calibre? Creía que las damas como tú no…
—Esto no tiene gracia —replicó Emily—. ¡Me gustaría verle en la calle mendigando!
—¿Mendigando? ¿De qué diablos hablas?
—De ese cerdo arrogante de mayordomo, Scarsdale o como se llame —respondió Emily torciendo el gesto—. Acabo de ver a una de las doncellas llorando como una magdalena. El mayordomo la ha pillado cantando y la ha despedido, porque esto es una recepción de luto. Ella no conocía al pobre hombre. ¿Cómo va a saber la diferencia entre tocar el chelo y cantar una triste tonada? Pienso pedirle al señor Carvell que haga algo al respecto. Que vuelva a emplear a esa muchacha y ponga a ese monstruo de patitas en la calle.
—No puedes hacerlo —protestó Charlotte—. No va a despedir a su mayordomo porque haya castigado a una doncella. —Pero mientras lo decía, Charlotte tenía la cabeza en otras cosas. El rostro de Jerome Carvell llenaba su visión interior. Seguramente un hombre como aquél no habría permitido que uno de sus sirvientes tratase a la gente de aquella manera.
¿O acaso Carvell era muy vulnerable al mayordomo que vivía en su casa y le conocía como sólo puede hacerlo un sirviente?
—Charlotte —dijo Emily—. ¿Qué pasa?
—Pensaba. Quizá no sea nada. De todos modos no puedes hablar con él. Eso no ayudaría a la doncella.
—¿Por qué no? Claro que puedo.
—¡No! Créeme, hay razones.
—¿Cuáles?
—Buenas razones, relativas al señor Carvell. Por favor.
—Entonces la emplearé en mi casa —dijo Emily—. Deberías haberla visto, Charlotte. No pienso permitir una cosa así.
Charlotte se disponía a replicar cuando Dulcie Arledge se les acercó sonriente, con cara de fatiga y los hombros todavía erguidos.
—Pobre criatura —dijo Charlotte en voz baja a Emily, sin dejar de mirar a Dulcie.
—Pues yo, en las mismas circunstancias, no pondría mejor cara —replicó Emily, pero había una ambigüedad, una vacilación en sus palabras que Charlotte no llegó a entender. De todos modos, era tarde para preguntar. Dulcie estaba allí mismo.
—Ha sido una recepción de lo más emotiva —dijo Charlotte.
—Gracias, señora Pitt —aceptó Dulcie.
Emily añadió un comentario oportuno, y antes de que Dulcie pudiera seguir con las formalidades de rigor, llegaron lady Lismore y Landon Hurlwood.
—Dulcie, querida —empezó lady Lismore con afecto—. ¿Conoces al señor Landon Hurlwood? Él admiraba mucho el trabajo de Aidan, ha venido a presentar sus respetos y darte el pésame.
—No —dijo Hurlwood.
—Sí —dijo Dulcie casi en el mismo momento.
Hurlwood se ruborizó.
—Lo siento —dijo al punto—. Por supuesto que conozco a la señora Arledge. Sólo quería decir que apenas hemos sido presentados. Cómo está usted, señora Arledge. Me halaga que se acuerde de mí. Seguro que son muchos los que admiraban el trabajo de su marido.
—Encantada, señor Hurlwood —respondió ella, mirándole con sus grandes ojos azules—. Es muy amable por haber venido. Me complace que admirase usted el trabajo de mi marido. Estoy segura de que su nombre perdurará a pesar de los años.
—No me cabe duda. —Hurlwood hizo una ligera reverencia, mirándola a los ojos con expresión atribulada—. ¿Sería una impertinencia decir cuánto admiro su dignidad ante semejante pérdida, señora Arledge?
Ella se sonrojó y bajó la vista.
—Gracias, señor Hurlwood, aunque me temo que exagera usted.
—En absoluto —terció lady Lismore—. No es más que la pura verdad. Y ahora creo que debería usted retirarse, han sido muchas emociones. Será un placer despedir personalmente a los invitados, si quiere usted que lo haga.
Dulcie inspiró hondo, sin mirar a Hurlwood.
—Creo que se lo agradecería, si a usted no le importa —aceptó.
—¿Puedo acompañarla a su coche? —preguntó Hurlwood ofreciéndole el brazo.
Ella dudó un poco y luego, pasándose nerviosa la lengua por los labios, extenuada como su rostro mostraba a las claras, declinó el ofrecimiento y fue sola hacia la puerta. Scarborough se adelantó para abrirla y la siguió para avisar al coche y recibir su capa de manos del lacayo.
—Una persona realmente extraordinaria —dijo lady Lismore.
Hurlwood seguía con la mirada puesta en el umbral. Sus mejillas estaban un poco sonrojadas.
—En efecto —dijo—. Extraordinaria.