Capítulo 11
Cuando Monk regresó a casa tras la sesión del juicio del día siguiente ya era oscuro y volvía a llover. Las alcantarillas rebosaban y el agua se derramaba por los adoquines. Los reflejos de las farolas danzaban sobre la piedra mojada y las salpicaduras puntuaban el chacoloteo de los caballos. El viento frío que subía del río arrastraba espirales de neblina que se desplegaban, envolvían árboles e incluso casas, y luego se alargaban y desaparecían.
Dentro, la casa estaba caldeada. La cocina olía a pan recién hecho, ropa limpia y algo sabroso. Hester fue a saludarlo a la puerta.
—Está bien —dijo antes de que Monk preguntara.
Monk sonrió dejándose invadir por la ternura.
—Ha estado durmiendo a ratos —prosiguió Hester—. Tiene mucho mejor cara.
Monk la estrechó entre sus brazos, la besó en la boca y luego en la mejilla, los ojos y el pelo, como si durante un instante precioso el resto del mundo no existiera. Después subió a ponerse ropa seca y ver cómo se encontraba Scuff.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó.
Scuff despertó y se incorporó muy despacio, pestañeando un poco. Parecía no saber qué contestar.
—¿Estás peor? —preguntó Monk con inquietud.
Scuff le dedicó una sonrisa torcida.
—Duele mucho —dijo con franqueza—. Pero esa crema de huevo que prepara ella está muy rica. ¿Conoce algún sitio de esos donde Hester dice que ha estado? —Abrió los ojos con asombro y más admiración de la que probablemente era consciente—. ¡Algunos no los había oído en mi vida!
—Yo tampoco —concedió Monk. Entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama.
—Me ha contado lo que hacía en el ejército.
—A mí también me lo cuenta, de vez en cuando. No habla mucho sobre eso.
—Es triste, ¿eh? Tantos hombres malheridos. —Scuff frunció las cejas—. Muchos murieron. No me lo ha dicho, pero creo que fue así.
—Sí, a mí también me lo parece. ¿Tienes hambre?
—Sí. ¿Y usted?
—Sí.
Scuff trató de levantarse de la cama, como si quisiera bajar a cenar.
—¡No! —exclamó Monk bruscamente—. ¡Ya te subiré la cena!
—No tiene por qué… —protestó Scuff.
—Prefiero subirte la cena que cargar contigo otra vez —le dijo Monk secamente—. ¡No te muevas de donde estás!
Scuff se dejó caer sobre el colchón y volvió a situarse en medio. Se apoyó contra la almohada, sin apartar la vista de Monk.
—Por favor, no te caigas —dijo Monk con más amabilidad—. Te harías más daño.
Scuff se quedó callado, pero no volvió a moverse.
Estaban los tres en el dormitorio, a mitad de la cena, cuando los interrumpieron. Hester cortaba la verdura de Scuff para que éste la fuera pinchando con el tenedor. Lo hacía con esmero, inseguro al principio sobre cómo hacerlo.
Monk comía empanada de carne y riñones con voraz apetito. De repente llamaron a la puerta con insistencia, aporreándola como si la quisieran derribar.
Monk dejó su plato en la bandeja, con un último bocado sin comer, y bajó a ver quién era.
Orme estaba en el umbral bajo la lluvia, el pelo pegado a la cabeza, el rostro blanco. No aguardó a que Monk preguntara qué ocurría ni hizo ademán de querer entrar.
—Ha habido un hundimiento —dijo con voz ronca—. En el túnel de Argyll. De una punta a otra. Sólo Dios sabe cuántos hombres han quedado enterrados.
Era lo que James Havilland había temido, y Monk habría dado cualquier cosa para no tener que darle la razón.
—¿Se sabe qué lo ha causado? —preguntó con voz temblorosa. Incluso la mano con que sostenía la puerta estaba fría y como incorpórea.
—Aún no —contestó Orme haciendo caso omiso de la lluvia que le chorreaba por la cara—. De pronto la pared entera se ha desmoronado; había agua detrás, como un río. Y entonces a unos cincuenta metros de allí ha cedido otro tramo. Yo vuelvo para allá, señor, para ver si puedo echar una mano. Aunque sólo Dios sabe si es posible hacer algo.
—¿Otro corrimiento? ¿Me está diciendo que hay hombres atrapados entre los dos? ¿Hay alguna cloaca allí abajo?
—No lo sé, señor Monk. Depende de qué sea lo que se ha corrido. Está cerca de un tramo de alcantarilla antigua que todavía está en uso. Podría ser. Sé lo que está pensando: gas…
No terminó la frase.
—Voy con usted. —No cabía dudar ni cuestionarse qué hacer—. Entre a resguardarse de la lluvia mientras aviso a mi esposa.
Dejó la puerta abierta y subió la escalera de dos en dos.
Hester estaba de pie asomada a la puerta del dormitorio y Scuff incorporado en la cama detrás de ella.
Ambos habían oído la voz de Orme y percibido su tono de alarma.
—Ha habido un hundimiento. Tengo que irme —dijo Monk a Hester.
—¿Heridos? ¿Puedo…? —Hester se interrumpió.
Monk le dedicó una breve sonrisa.
—No. Tu sitio está aquí, junto a Scuff. Que parezca estar bien no significa que lo esté. Lo sabes mejor que yo. Regresaré en cuanto pueda.
Le dio un beso apresurado, más fuerte quizá de lo que pretendía, se volvió y bajó la escalera, cogió el abrigo del perchero de la entrada y siguió a Orme a la calle.
Había un coche de punto aguardando. Subieron y gritaron al cochero que regresara a toda prisa al túnel. No se hizo de rogar.
Fueron traqueteando por las calles. El látigo restallaba sobre los lomos del caballo y las ruedas salpicaban agua hacia ambos lados. El trayecto duró casi media hora pese a que a aquellas horas de la noche apenas había tráfico. Mientras Orme se apeaba, Monk pagó al conductor con excesiva generosidad y luego corrió tras su subordinado adentrándose en la oscuridad bajo la lluvia. Delante de ellos un laberinto de faroles se movía a trompicones, ya que los hombres sorteaban los escombros y las vigas rotas con tanto cuidado como podían para evitar caerse.
Monk era consciente de los gritos, del azote del viento y la lluvia y, en algún lugar que no veía, del repiqueteo de una de las grandes máquinas que subían escombros. En la periferia de la zona del desastre había carruajes y ambulancias aguardando.
—¡Qué espanto!
Crow surgió en una mancha de luz. Tenía el pelo negro empapado, el rostro ceniciento, los ojos como dos agujeros en la cabeza. Si en algún momento había llevado consigo su maletín de médico, lo había perdido. Llevaba las manos cubiertas de sangre. A juzgar por el tajo en su antebrazo izquierdo, al menos en parte era suya.
—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó Monk—. ¿Podemos sacar a alguien con vida?
—Quién sabe —contestó Crow—. En cualquier caso, tenemos que intentarlo. Tenga cuidado, el suelo cede en toda esta parte. Mire dónde apoya el peso y si se hunde, grite. A pesar del ruido, puede que alguien le oiga. Tiéndase, así al menos tendrá alguna oportunidad de dar con una viga o un trozo de lo que sea a lo que agarrarse. Si se queda de pie se hundirá como una flecha.
Mientras hablaba se iba abriendo camino hacia un grupo de faroles que quedaba a unos cien metros y que se balanceaban sostenidos por los hombres que exploraban el terreno para adentrarse en la zona del hundimiento.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Monk teniendo que levantar la voz por encima del estruendo de la máquina que cavaba y descargaba escombros.
—Habrán estado cavando demasiado cerca de un arroyo —contestó Crow a voz en grito—. El subsuelo de Londres está lleno de ríos. Con tanto horadar y excavar algunos han alterado su curso. Basta un par de palmos, un cambio de arcilla a pizarra o topar con una alcantarilla antigua, un sótano o lo que sea, y puede desviarse por completo. A veces el agua se limita a rodear el obstáculo y volver a su… ¡Cuidado con el pie!
Esto último fue un grito de advertencia al hundirse el pie de Monk en un agujero succionador. Se lanzó hacia delante justo a tiempo para agarrar el brazo de Orme, sostenerse erguido y arrancar el pie de las fauces del barro que le envolvió la pierna hasta la rodilla. El susto le dejó sin aliento y se encontró jadeando incluso después de recobrar el equilibrio.
Crow le dio una palmada en el hombro.
—Más vale que no nos separemos —dijo levantando la voz—. ¡Vamos!
Monk lo alcanzó de un brinco.
—¿Sería posible que alguien supiera que esto iba a suceder? —inquirió.
—¿Sixsmith? —preguntó Crow sin detenerse.
—Havilland, en realidad —contestó Monk.
Crow se paró en seco.
—¿Asesinado por eso? —Había sorpresa en su voz y pese a los temblorosos faroles su expresión era indescifrable—. No lo sé. Si tuvo la sensatez de escuchar a los desembarradores más viejos, es posible. Los hay que saben cosas que no figuran escritas en ninguna parte. Es tradición oral que pasa de padres a hijos.
Se hallaban en el borde del cráter que parecía un pozo sin fondo. Monk notó que se le encogía el estómago y que el cuerpo entero le temblaba a pesar de tensar todos los músculos para procurar dominarse.
Un hombrecillo cargado de espaldas y paticorto fue hacia ellos. Llevaba una linterna incorporada al casco de modo que tenía ambas manos libres. La gran máquina hacía tanto ruido que ni siquiera intentó hacerse oír. Con un gesto indicó que le siguieran y emprendió el descenso mostrando el camino.
Monk perdió la noción del tiempo y finalmente también el sentido de la orientación, ni siquiera sabía a qué profundidad se encontraba ni qué distancia tendría que recorrer cuesta arriba para encontrar aire limpio o sentir el viento en la cara. Todo estaba mojado. Oía el agua filtrándose por las paredes, goteando, el chapoteo de sus pies, a veces hasta el flujo de un arroyo: una especie de tenue traqueteo constante.
Alguien le había pasado una pala de mango corto. Hizo caso omiso de su hombro dolorido y empezó a trabajar junto a Crow, apartando escombros caídos a la débil luz de los faroles, tratando de alcanzar a los hombres atrapados o aplastados. Entonces Crow se fue arriba otra vez con unos cadáveres y Monk se encontró cavando codo con codo con un fornido peón y un desembarrador con un diente delantero roto que le silbaba al respirar.
La luz era esporádica. A veces el farol estaba quieto, sostenido en alto para ver un brazo o una pierna, distinguir un miembro humano entre las vigas o una cabeza entre las piedras redondas de los escombros. Otras descansaban en el suelo mientras cavaban, tiraban, apartaban con esperanza, para darse cuenta de que no había nada y seguir adelante, bajando hacia lo más hondo.
En un momento dado irrumpieron en un túnel preexistente y pudieron avanzar veinte metros antes de tropezar con otro hundimiento y ponerse a cavar de nuevo. Fue allí donde encontraron dos cuerpos. Un hombre aún estaba vivo pero pese a todo lo que hicieron por salvarlo, falleció mientras lo estaban trasladando. Sus heridas eran tan graves que no habría podido volver a sostenerse de pie ni a caminar, y a Monk le invadió una aplastante sensación de derrota. La mente le decía que aquel hombre estaría mejor muerto que enfrentándose a meses de atroces sufrimientos y al desespero de saber que acabaría tullido, apaleado por el dolor e incapaz de valerse por sí mismo. Pero aun así la muerte suponía la derrota final.
Regresó lentamente, con el cuerpo dolorido, al montón de desperdicios y escombros. Alzó la linterna para ver si era posible sacar al otro hombre e identificarlo antes de enterrarlo o si el mero hecho de intentarlo pondría en peligro más vidas. Se abrió camino con cuidado, aunque a esas alturas ya estaba familiarizado con el terreno, y se agachó acercando el farol hacia donde pensó que estaría la cabeza. Retiró trozos de ladrillo y mortero dejando el cuerpo al descubierto hasta la mitad del pecho. Probablemente no sería demasiado difícil ni peligroso acabar de liberarlo. El fallecido estaba tan empastado de arcilla y polvo que Monk apenas distinguía sus rasgos, salvo que tenía el pelo largo y la cara enjuta y angulosa.
Oyó un crujido de grava a sus espaldas y el alcantarillero patizambo apareció junto a su codo. Trabajaron juntos en silencio. Tardaron un rato pero finalmente liberaron el cuerpo y se lo llevaron medio en volandas, medio arrastrándolo por el suelo de la antigua cloaca. Tuvieron que pasar junto a un arroyuelo que manaba de la pared. El agua era gélida y su curso errático, pero al menos olía a tierra y no a cloaca.
Cuando llegaron arriba Monk acercó el farol al hombre para verle la cara. La pregunta de quién sería murió en sus labios. El arroyo que había cruzado había limpiado el barro y vio el rostro claramente. Le había mirado a la luz de un farol en otra alcantarilla sólo un día y medio antes. El pelo negro y las cejas rectas, así como la nariz de puente estrecho los tenía grabados en la memoria para siempre. Con mano temblorosa le retiró el labio superior. Allí estaban aquellos extraordinarios colmillos, uno más prominente que el otro. ¡Qué ironía! ¡Su escondite había sido la causa de su muerte! El mismo río que había tratado de ocultar le había matado.
—¿Quién es? —preguntó el alcantarillero a Monk frunciendo el entrecejo—. Lo tengo visto pero no sé de dónde.
—Este hombre mataba por dinero —contestó Monk—. La policía le está buscando. Tengo que encontrar al sargento Orme. ¿Puede enviar a alguien a buscarle? Es muy importante.
El alcantarillero se encogió de hombros.
—Haré correr la voz —prometió—. ¿Va a dejarle aquí?
—Me quedaré con él hasta que la policía venga a llevárselo —contestó Monk. De pronto fue consciente del frío, de tener los pies entumecidos y de estar tiritando. ¿Llegaría a tiempo de influir en el resultado del juicio? Al menos serviría para demostrar que Melisande Ewart había visto a una persona real. ¿Bastaría eso para decantar al jurado? ¿O para asustar a Argyll?
Aguardó en cuclillas junto al cadáver, en una terrible confusión de gritos y faroles entre los escombros. Estaba lloviendo otra vez. La luz resplandecía amarilla en los rostros, en las rocas y en los charcos. La máquina gigante retrocedía en la neblina como una monstruosa criatura medio humana, chirriando y golpeando mientras iba izando más escombros. Monk no estuvo seguro de que no fuera su imaginación pero le dio la impresión de que el artefacto se iba hundiendo en la tierra.
Al cabo de una media hora llegó Orme, farol en mano, con Crow pisándole los talones.
—¿Lo tiene? —preguntó Orme agachándose para mirar el cadáver.
—Sí.
Monk no albergaba ninguna duda.
Crow lo miraba fijamente. Tenía medio rostro iluminado y el otro medio en sombra.
—Muerto no parece gran cosa —dijo en voz baja. Entonces se agachó arrugando un poco la frente. Luego levantó la vista hacia Monk—. ¿Cree que murió en el hundimiento?
—Sí. Tiene las piernas aplastadas. Quedaría atrapado. —Estaba medio avergonzado al decirlo—. Debería compadecerme de cualquiera que haya sufrido así pero lo único que siento es enojo por no poder obligarle a decirnos quién le pagó. Le habría llevado al juicio aunque tuviera las piernas y la espalda rotas.
—Scuff se pondrá bien —dijo Orme mirando no a Monk sino a Crow—. ¿Verdad?
—Sí, creo que sí —corroboró Crow—. Pero mire estas piernas, señor Monk.
—¿Qué les pasa? Están rotas.
—¿Ve sangre?
—No. Probablemente la habrá limpiado el agua del arroyo que hemos atravesado. Tuvimos que arrastrarlo; pesa más de lo que parece.
Crow volvió a examinar el cuerpo con más detenimiento. Orme y Monk observaban cada vez más curiosos y al final hasta inquietos.
—¿Por qué es tan importante? —preguntó Monk finalmente.
Crow se levantó, con la pierna dormida, moviéndose torpemente.
—Porque estaba muerto cuando se produjo el hundimiento —contestó Crow—. Los cadáveres no sangran. La única mancha de sangre es la que tiene en el abrigo, del agujero de bala en el pecho. El río no la ha limpiado.
Monk se encontró temblando más convulsivamente.
—¿Quiere decir que ha sido asesinado? ¿Seguro que no se suicidó?
—¿De un tiro por la espalda? —repuso Crow—. La bala entró por debajo del omóplato y salió por delante. Me figuro que quien le contrató saldó las cuentas pendientes.
Monk tragó saliva.
—¿Está completamente seguro?
Crow apretó los labios y puso un momento los ojos en blanco.
—¡Claro que estoy seguro! Pero eche un vistazo usted mismo. No soy médico forense ni me gustaría serlo, ¡pero reconozco un agujero de bala cuando lo veo! Calibre grueso, diría yo, pero pregunte a los expertos.
Monk se incorporó.
—Gracias. ¿Podrían usted y el sargento Orme llevarlo al depósito de cadáveres y avisar al forense? Yo tengo que contárselo a la acusación del caso Sixsmith y al comisario Runcorn. Puede que la vida de un hombre dependa de esto.
Fue una orden, al menos en lo que a Orme atañía, y una petición para Crow.
Orme se relajó.
—Por supuesto —dijo resignadamente—. ¡Vamos!
Monk regresó a Paradise Street para contar a Hester lo ocurrido. Ninguna nota, por más comprensiva o precisa que fuera, la satisfaría, como tampoco la propia necesidad de Monk de verla y referírselo en persona. Estaba confundido y agotado por el horror de ver a tantas personas agonizantes y aterradas a quienes no podía ayudar. Sabía que los fallecidos habían perecido aplastados, enterrados y asfixiados, a oscuras, y con frecuencia solos, sintiendo que la vida los abandonaba sin que nadie los ayudara o lo supiera. Hester no podía curarle aquella herida, nadie podía, como tampoco borrar el recuerdo. Pero lo entendería. Sólo con verla se le aflojarían los nudos que le atenazaban las entrañas.
Fue entonces cuando se dio cuenta, asombrado, de que no había tenido tiempo ni espacio mental para tener miedo. Sintió una grata sensación de alivio. No era un cobarde, al menos en lo material.
Ahora tenía que comprobar por sí mismo que Scuff se estuviera recuperando. Resultaba absurdo que se preocupara tanto por él. No tenía conocimientos médicos y no comprendería nada de lo que Hester no pudiera contarle con palabras. Pero un empeño inexplicable le obligaba a ver el rostro de Scuff con sus propios ojos.
En cuanto abrió la puerta oyó movimiento en el piso de arriba. Antes de llegar a la mitad del pasillo vio luz en lo alto del descansillo y a Hester asomada. Llevaba el pelo suelto y enmarañado pero aún iba vestida, aunque descalza.
—¿William? —dijo con apremio y la voz llena de preocupación. No hizo preguntas concretas ya que todas estaban implícitas en la primera. Su mutua comprensión se fundamentaba en las batallas y las victorias del pasado.
Monk quería saber de Scuff. Hester le informó antes de que preguntara.
—Va recobrando las fuerzas —dijo bajando la escalera sin hacer ruido—. Ha tenido un poco de fiebre a medianoche pero ya ha remitido. Tardará lo menos una semana en poder levantarse, y bastante más tiempo antes de que pueda reanudar su vida. Pero podrá.
Escrutó el semblante de Monk. No preguntó si había sido espantoso; la respuesta era manifiesta en su aspecto: la palidez de la piel, los movimientos acartonados, el hecho de que ni siquiera hubiese intentado contárselo.
Hester sabía más que él sobre batallas y muerte, sobre la pesadilla de las masacres. ¿Qué insensata inmadurez le había llevado a imaginar que deseaba por esposa a una mujer de inocencia infantil que fuese obediente y careciera de sentido crítico? Y lo había imaginado, había soñado en una dulzura que ahora empalagaría, en una obediencia que ahora le aburriría y le dejaría terriblemente solo. Había concebido un ideal de mujer que le vería sin sus flaquezas humanas, sin las debilidades y errores de juicio; pero con una mujer así de inocente, aunque obedeciera todas sus órdenes, nunca podría compartir la pasión, los anhelos y los sufrimientos de la vida. Conversar con el corazón en la mano habría sido imposible.
Cuando Hester terminó de bajar la escalera la tomó entre sus brazos y la estrechó con fuerza sin mediar palabra. Mentalmente bendecía una y otra vez la benevolencia que le había conducido a elegir a una mujer cuya belleza residía en el alma: valiente y vulnerable, divertida, airada y prudente, y a quien no tenía que explicar nada.
Monk no tuvo tiempo de dormir, sólo de lavarse, cambiarse de ropa y tomar un desayuno caliente. Por supuesto, también subió un momento a ver a Scuff, que dormía profundamente. El niño aún llevaba el camisón de Hester con el cuello de puntillas y tenía el brazo torcido por culpa de los vendajes.
A las ocho y media Monk estaba en el despacho de Rathbone explicando los acontecimientos de la noche. Un mensajero había mandado aviso urgente a Runcorn para que acudiera al Old Bailey después de ponerse en contacto con Melisande Ewart para que fuera con él. Si oponía resistencia, sería necesaria una citación.
Hacia las diez el tribunal estaba en plena sesión y Rathbone había solicitado permiso para llamar a Monk al estrado. Monk se asustó al comprobar lo entumecido que estaba y cuánto le dolían las piernas al subir los peldaños. Tuvo que agarrarse a la barandilla para mantener el equilibrio. Pese a la comida y la ropa limpia estaba agotado. El hombro le dolía y la violencia de la noche invadía su mente.
Rathbone levantó la vista hacia él con inquietud. El abogado iba tan elegante como siempre, impecablemente vestido, con el pelo rubio repeinado, pero tenía los ojos ensombrecidos y los labios pálidos y un poco apretados. Dado que Monk le conocía muy bien, percibió su tensión. Sabía lo cerca que estaba de resultar vencido.
Margaret Ballinger estaba sentada en primera fila de la galería con aire entristecido. No apartaba los ojos de Rathbone, aunque la mayor parte del tiempo sólo le veía la espalda o el perfil.
—Señor Monk —comenzó Rathbone—. ¿Tendría la bondad de contar al tribunal dónde estuvo ayer por la noche?
Dobie, que al parecer no estaba enterado, protestó de inmediato.
—Muy bien. ¿Puedo replantear la pregunta? —dijo Rathbone con voz carrasposa—. Tal como algunos de los presentes sabrán, señoría, anoche se produjo un catastrófico hundimiento en las obras de la alcantarilla que está construyendo la Argyll Company. —Se detuvo mientras el público de la galería digería la noticia con algún que otro grito ahogado. Los miembros del jurado intercambiaron miradas de espanto. El desorden cesó a petición del juez.
—¿Lo avisaron para que acudiera al lugar de los hechos, señor Monk? —concluyó Rathbone.
—Sí.
Monk procuró dar respuestas tan breves y directas como fuese posible. Sólo miró una vez a Sixsmith en lo alto del banquillo, su expresivo rostro adelantado, su cuerpo rígido por la tensión y absolutamente inmóvil.
—¿Quién le avisó? —preguntó Rathbone a Monk.
—El sargento Orme, de la Policía Fluvial.
—¿Dijo por qué?
—No. Creo que supuso que como yo había estado investigando el riesgo de que ocurriera un desastre de ese tipo, debido a los temores de James Havilland y a su posterior muerte, querría recabar información de primera mano. Además, por supuesto, estábamos haciendo cuanto podíamos por ayudar, igual que la Policía Metropolitana, el cuerpo de bomberos y numerosos médicos, peones, alcantarilleros y cualquier hombre sano del vecindario.
—Su argumento queda aceptado, sir Oliver —le aseguró el juez. Se volvió hacia Monk—. Me gustaría saber, inspector, qué encontró. ¿Era de la naturaleza de lo que le habían inducido a temer?
—Sí, señoría —contestó Monk—. Eso y más cosas.
—Sea más concreto, por favor.
Aquel era el derrotero que Rathbone tenía en mente tomar, de modo que Monk estuvo encantado de contestar.
—James Havilland había dado a entender que temía una catástrofe de este tipo si no se dedicaba mucho más tiempo y cuidado a las excavaciones. No dejó escrito en qué se fundamentaban sus temores, y si lo hizo, yo no lo encontré. Existe el riesgo de los corrimientos de tierra: deslizamientos, hundimientos de grandes estructuras. Al parecer temía algo más. Según parece lo que ocurrió anoche fue que las excavaciones avanzaban demasiado cerca de un río subterráneo y que ese río reventó las paredes arrastrando una enorme carga de tierra y escombros e inundando los túneles.
Las exclamaciones de horror y angustia del público y el jurado impidieron a Monk continuar, e incluso el juez se mostró anonadado. Obviamente la noticia no había aparecido en los periódicos de la mañana y muy poca gente se había enterado a través del boca a boca.
—¡Silencio! —ordenó el juez, aunque sin enojo en la voz. Llamaba a su tribunal al orden pero sin reproche—. Deduzco, señor Monk, que está usted aquí, después de tan espantosa noche, porque existe alguna prueba que sir Oliver considera pertinente para el caso, incluso a estas alturas de la vista.
—En efecto, señoría.
—Muy bien. Sir Oliver, haga su pregunta, por favor.
—Gracias, señoría —respondió Rathbone—. Señor Monk, a lo largo de la noche, ¿subió a la superficie algún cuerpo de personas fallecidas o heridas?
—Sí.
—¿Quiénes eran?
—Dos peones con quienes había hablado una vez. Un alcantarillero, un hombre que recupera objetos de valor de las cloacas, y otro hombre a quien también había visto con anterioridad.
Se calló de golpe, falto de aliento por el recuerdo de aquella sofocante oscuridad, luego el disparo de la pistola y Scuff cayendo. Estaba tan cansado que el pasado y el presente colisionaron y la sala del juicio pareció balancearse.
—¿Dónde lo había visto, señor Monk?
Monk se dio cuenta de que Rathbone se lo había preguntado dos veces. Enderezó la espalda y los hombros.
—En las alcantarillas —contestó—. Mientras buscaba al hombre que la señora Ewart vio salir del callejón de caballerizas después de que dispararan contra James Havilland.
—¿No lo arrestó? —preguntó Rathbone afectando sorpresa.
—Disparó contra el niño que me hacía de guía —contestó Monk—. Tuve que sacar al chico a la superficie.
El juez se inclinó hacia delante.
—¿Está a salvo ese niño, señor Monk?
—Sí, señoría. Recibió asistencia médica, le sacaron la bala. Parece que se está restableciendo. Gracias.
—Bien. Bien.
Dobie se puso de pie.
—Señoría, todo esto es muy conmovedor pero en realidad no demuestra nada en absoluto. Ese desdichado que al parecer no tiene nombre está muerto, convenientemente para la acusación, de modo que no puede prestar declaración. Tal vez no sea más que un pobre indigente que tuvo la ocurrencia de dormir tranquilamente en la cuadra de los Havilland. Según parece halló una muerte trágica cuando las excavaciones se hundieron y lo enterraron vivo. No tenemos derecho, ni pruebas, para convertirlo en villano ahora que no puede defenderse.
Sonrió, satisfecho de su argumento, y recorrió la sala con la vista antes de volver a sentarse.
—¿Sir Oliver? —inquirió el juez enarcando las cejas.
Rathbone sonrió. Fue un gesto comedido y sereno que Monk había visto en sus labios con anterioridad, tanto cuando estaba ganando y avanzaba hacia la estocada final como cuando estaba perdiendo y jugaba su última baza a la desesperada.
—Señor Monk —dijo con suavidad en el silencio de la sala—, ¿está seguro de que es el mismo hombre que disparó al niño que le guiaba por las alcantarillas? Sin duda ahí abajo reina una oscuridad casi absoluta. ¿Acaso un rostro, cuando estás desconcertado y posiblemente asustado, no es muy semejante a otro?
Monk esbozó una sonrisa amarga.
—Sostenía el farol en alto, me figuro que para vernos mejor y apuntar. —Aquel instante estaba grabado en su memoria. Se agarró a la barandilla de delante—. Tenía el pelo negro y liso y las cejas rectas, la nariz fina y unos dientes muy peculiares. Los colmillos eran prominentes y más largos que los demás dientes, sobre todo el izquierdo. Ver a un hombre que te apunta con un arma no es algo que resulte fácil olvidar.
Decidió no agregar más. La tensión era demasiado descarnada para abundar en detalles. Resultaría indecoroso. En la sala no se movió nadie salvo una mujer que se estremeció convulsivamente.
—Entiendo —respondió Rathbone—. ¿Y esa desdichada criatura, malévola o no, halló su propia muerte como resultado del desastroso hundimiento de anoche?
—No, lo mataron de un tiro por la espalda. Ya había muerto cuando se produjo el hundimiento.
Dobie se puso de pie de un salto.
—Protesto, señoría. ¿Cómo es posible que el señor Monk sepa eso? ¿Estaba allí? ¿Vio cómo ocurría?
Rathbone se limitó a volverse muy lentamente de espaldas a Dobie para mirar a Monk enarcando las cejas.
Sixsmith, en el banquillo, se inclinó hacia delante.
—Las piernas del sujeto estaban rotas por las vigas y los escombros que le habían caído encima —contestó Monk—. Pero no había hemorragia.
En la galería una mujer dio un grito ahogado. Los miembros del jurado miraban a Monk con el entrecejo fruncido. Dobie negaba con la cabeza como si Rathbone hubiese perdido la cabeza.
Rathbone aguardó.
—Los vivos sangran, los muertos no —explicó Monk—. Cuando el corazón se para se interrumpe el flujo de sangre. El abrigo estaba manchado de sangre seca alrededor de la herida, pero las piernas estaban limpias. Ya tenía el rigor mortis. El forense podrá darles la hora de la muerte, me figuro.
Dobie se sonrojó y guardó silencio.
—Gracias. —Rathbone asintió con la cabeza en dirección a Monk—. No tengo más preguntas que hacerle.
Dobie rehusó añadir más y Monk fue autorizado a marcharse. Bajó del estrado pero se quedó en la sala mientras Rathbone llamaba al forense, que corroboró lo que Monk había dicho.
En ese momento Runcorn ocupaba con discreción un asiento en el otro extremo de la fila de Monk, justo cuando le tocó el turno a Melisande Ewart. Ésta subió al estrado y se enfrentó a la sala. Parecía muy serena, pero incluso quienes no la hubiesen visto antes tal vez percibieran el esfuerzo que le costaba mantener la compostura. Tenía el cuerpo envarado, los hombros en tensión. La chaqueta de lana de color granate oscuro daba a su cutis un toque de color pero alrededor de los ojos y los labios era totalmente blanco.
Monk miró a Runcorn y lo vio con el cuerpo avanzado y los ojos clavados en Melisande, como si pudiera infundirle ánimos a fuerza de voluntad. Monk se preguntó si ella tendría la más remota idea de lo profundos que eran los sentimientos que despertaba en él, y de lo extraordinario que eso resultaba en un hombre como Runcorn. Si así fuera, ¿estaría complacida, asustada, o trataría con ternura aquel enorme cumplido, consciente de la vulnerabilidad que encerraba?
Rathbone se situó en el centro de la sala.
Los miembros del jurado guardaban silencio como hombres tallados en marfil.
—Señora Ewart —comenzó Rathbone—. Me parece que el comisario Runcorn de la Policía Metropolitana acaba de llevarla a identificar el cuerpo del hombre que el señor Monk sacó del hundimiento del túnel. ¿Estoy en lo cierto?
—Sí —dijo con voz clara pero muy baja.
Un murmullo de compasión recorrió la galería. Varios miembros del jurado asintieron con la cabeza y suavizaron su expresión.
Monk levantó la vista hacia Sixsmith. Su tosco semblante permanecía inmóvil, transido de una emoción indescifrable.
—¿Le había visto con anterioridad? —preguntó Rathbone a Melisande.
—Sí —contestó con la voz tomada—. Le vi salir del callejón de caballerizas donde se halla la cuadra de la casa en la que vivo actualmente, así como la de la casa del señor James Havilland.
—¿Cuándo vio a ese hombre?
—La noche en que murió el señor Havilland.
—¿En alguna otra ocasión?
—No. Nunca.
—¿Sólo le había visto una vez antes de hoy y no obstante está segura de que es el mismo hombre?
—Sí —respondió sin el menor titubeo.
Rathbone no podía permitirse dejarlo correr con tanta facilidad.
—¿A qué se debe que esté usted tan segura? —insistió.
—Por su rostro en general y sus dientes en particular —contestó Melisande. Ahora estaba aún más pálida y se sujetaba con fuerza a la barandilla, como si necesitara su apoyo—. El comisario Runcorn ha apartado los labios del hombre para que le viera los dientes. Estoy lo bastante convencida como para declarar bajo juramento que es el mismo hombre.
Runcorn se relajó y apoyó el cuerpo contra el respaldo soltando un prolongado suspiro.
—Gracias, señora Ewart —dijo Rathbone gentilmente—. No tengo más preguntas que hacerle. Le agradezco el tiempo y el coraje para enfrentarse a lo que sin duda ha sido extremadamente desagradable para usted.
Dobie se levantó, miró a Melisande y luego al jurado. Tras alisarse la toga desde los hombros se volvió a sentar.
Entonces Rathbone jugó una carta desesperada. No tenía otra elección. Debía demostrar intención y relación. Llamó a Jenny Argyll.
Iba vestida de luto riguroso y presentaba tal aspecto que parecía que fueran a dictaminar su propia muerte. Sus movimientos eran torpes. No miró ni a izquierda ni a derecha y daba la impresión de que fueran a fallarle las piernas y a caer como un guiñapo al suelo antes de terminar de subir a escalera. El ujier la miraba con inquietud. Incluso Sixsmith se incorporó con el rostro encendido de miedo. Los guardias que lo custodiaban le hicieron retroceder pero no antes de que Jenny levantara la vista hacia él. Ahora sus ojos ardían y parecía que realmente se fuera a desmoronar.
Alan Argyll aún tenía que prestar declaración, de modo que no se hallaba en la sala. ¿Tenía idea de la red que se estaba estrechando a su alrededor?
Rathbone habló con Jenny sonsacándole el desgarrador testimonio que tanto deseaba y que la había llevado al borde de la desesperación pocos días antes.
—¿Escribió usted la carta pidiendo a su padre que fuera a la cuadra a medianoche para reunirse con alguien? —dijo con toda claridad.
—Sí —contestó Jenny con voz apenas audible.
—¿Con quién debía reunirse?
Jenny tenía el rostro ceniciento.
—Con mi marido.
Un grito ahogado recorrió la sala entera.
—¿Por qué en la cuadra? —preguntó Rathbone—. Era una noche de noviembre. ¿Por qué no en la casa, a resguardo de la humedad y el frío, y donde les podían servir algo que tomar?
Jenny tuvo que forzar la voz.
—Para… para evitar que mi hermana los interrumpiera. Iba a ser una reunión secreta.
—¿Quién le pidió que escribiera la carta, señora Argyll?
Cerró los ojos como si el terror y la traición le cayeran encima como el agua negra que había reventado las paredes del túnel y atrapado a los peones bajo tierra.
—Mi marido.
En el banquillo algo indefinible en el fuero interno de Sixsmith se relajó, como si por fin oliera la victoria.
Rathbone prolongó el silencio un terrible instante y entonces hizo la última pregunta.
—¿Sabía que iban a matar a su padre en esa cuadra, señora Argyll?
—¡No! —Ahora su voz sonó fuerte y estridente—. ¡Me dijo que se trataba de una reunión para intentar convencer a mi padre de que se equivocaba con respecto a los túneles y de que impidiera que los peones y los alcantarilleros siguieran causando problemas!
—Tal como nos dijo el señor Sixsmith —puntualizó Rathbone sin poder resistirse—. Gracias, señora Argyll.
Dobie parecía confundido. De repente, justo cuando creía que iba a dejar de hacer pie, la marea cambiaba y se retiraba sin una explicación aparente.
Sólo hizo una pregunta.
—¿Fue su marido quien le pidió que escribiera la carta, señora Argyll? ¿No el señor Sixsmith?
—Exactamente —susurró Jenny.
Le dio las gracias y la autorizó a marcharse.
Monk miró al juez: estaba un poco inclinado hacia delante, con el semblante arrugado por el desconcierto. Parecía que la acusación y la defensa hubiesen cambiado de sitio, arguyendo los casos contrarios. Seguramente había entendido lo que estaba ocurriendo y en la medida en que no se desacatara abiertamente la ley ni se le faltara al respeto, dejaría que los acontecimientos siguieran su curso. Levantó la sesión para ir a comer.
Por la tarde tanto Monk como Runcorn estaban presentes. Dobie llamó a Alan Argyll al estrado, tal como Rathbone había esperado fervientemente que hiciera. Había hecho todo lo posible para que prácticamente no existiera ninguna otra opción.
Argyll cruzó la sala muy pálido y compuesto. Echó una mirada al banquillo pero no quedó claro si sus ojos se cruzaron con los de Sixsmith o no. El acusado estaba inclinado hacia delante. El color había regresado a su rostro pero en dos manchas héticas. Sin duda veía la libertad al alcance de la mano.
Pero Argyll no había estado en la sala mientras su esposa daba testimonio. No sabía que el dominio que ejercía sobre ella había dejado de existir. Aguardaba a Rathbone como si aún estuviera convencido de salir victorioso. Quizá ni siquiera reparara en la hostilidad de los miembros del jurado, a pesar de que era bastante manifiesta. Miró a Dobie sin vacilar y contestó con voz clara.
—No. No pedí a mi esposa que escribiera esa carta.
Incluso se las arregló para afectar sorpresa. Dobie le miró incrédulo.
—No cabe duda de que esa carta existió, señor Argyll, como tampoco de que su esposa la escribió. Así lo ha reconocido antes a este tribunal. Si no fue a petición suya, ¿a petición de quién haría algo semejante?
Argyll palideció. Monk, por el ángulo de su cabeza y el modo de agarrar la barandilla, reparó en que de pronto estaba asustado. Argyll empezó a levantar la vista hacia Sixsmith, pero se contuvo. ¿Por fin estaba comenzando a comprender?
—No tengo ni idea —dijo con dificultad.
Dobie se puso sarcástico.
—¿Uno de sus hijos, quizá? ¿Su cuñada? ¿O su hermano?
El rostro de Argyll se encendió y sus manos apretaron la barandilla con más fuerza. Se balanceó como si fuera a desvanecerse.
—¡Mi hermano está muerto, señor! ¡Porque Mary Havilland lo arrastró consigo al río! Y usted tiene el valor de plantarse ahí y acusarlo… ¿de qué? ¿Cuánto coraje hace falta para acusar a un hombre asesinado? ¡Es usted indigno del cargo que ocupa y una vergüenza para su profesión!
Dobie se puso blanco, claramente violentado y por un instante perdido y sin saber cómo defenderse.
El juez miró a uno y a otro, luego a Aston Sixsmith, cuyo rostro era inexpresivo, y por último a Jenny Argyll, cuyo cutis había adquirido un color ceniciento y cuyos ojos estaban fijos en el vacío. Parecía que la sostuviera contra su voluntad una visión interior de la que le resultaba imposible zafarse.
Rathbone no dijo nada.
El juez volvió a mirar a Dobie.
—Señor Dobie, ¿desea replantear la pregunta? Parece un tanto inapropiada tal como está.
—Pasaré a la siguiente, con la venia de su señoría —dijo Dobie. Carraspeó y volvió a mirar a Argyll—. James Havilland estaba a solas en la cuadra a medianoche. ¿A quién más habría concedido una cita tan extraordinaria?
—¡No lo sé! —protestó Argyll.
—¿Ha visto alguna vez al hombre que aquí se ha descrito, cuyos dientes al parecer son tan reconocibles —insistió Dobie—, y de quien se ha insinuado que fue el autor material del asesinato de su suegro?
Argyll titubeó.
En la sala nadie se movía. Se oyó una tos en la galería, el crujido de la ballena de un corsé, luego silencio.
Jenny Argyll levantó la vista hacia Sixsmith. Sus ojos y los de él se encontraron y se miraron de hito en hito un momento antes de que ella se volviera otra vez. ¿Qué fue lo que Monk vio en el rostro de Sixsmith? ¿Compasión por lo que ella estaba a punto de perder? ¿Perdón por no haber tenido el coraje de hacerlo antes? ¿O enojo por haberle hecho sufrir hasta ese límite, hablando sólo cuando se había visto obligada? La mirada de Sixsmith era firme, enardecida e indescifrable.
Argyll tragó saliva.
—Sí. Tal como dice Sixsmith, quise contratar a alguien para poner fin al descontento entre los peones a propósito de la seguridad y evitar que los alcantarilleros cuyos territorios estaban desapareciendo se pusieran violentos y entorpecieran las obras. —Tomó aliento—. Tenemos que terminar las nuevas alcantarillas cuanto antes. La amenaza de enfermedades es atroz.
Un susurro de movimientos recorrió la sala.
Monk miraba fijamente al jurado. Había desasosiego entre sus miembros, pero ninguna compasión. ¿Habían creído sus palabras?
—Eso lo sabemos de sobra, señor Argyll —contestó Dobie comenzando a recobrar la compostura—. No es lo que está usted haciendo lo que ponemos en tela de juicio, sólo los métodos que está dispuesto a emplear para llevarlo a cabo. ¿Reconoce que conocía a ese hombre y que entregó a Sixsmith el dinero para pagarle por su trabajo?
Fue como si le arrancaran la respuesta.
—¡Sí! ¡Pero para acabar con la violencia, no para matar a Havilland!
—Pero Havilland era un fastidio, ¿verdad? —Dobie levantó la voz adoptando un tono desafiante. Dio un par de pasos en dirección al estrado—. Creía que ustedes avanzaban demasiado deprisa, ¿no es así, señor Argyll? Temía que perturbaran la tierra, que causaran un hundimiento o incluso que irrumpieran en el curso de un antiguo río subterráneo de los que no figuran en los mapas, ¿me equivoco?
Argyll se había puesto tan blanco que parecía a punto de desmoronarse.
—¡No sé lo que pensaba! —gritó con voz áspera.
—¿De veras? —dijo Dobie con sarcasmo. Dio media vuelta y de repente se giró otra vez hacia el estrado—. Pero era un incordio, ¿no? E incluso después de muerto, tras haberle descerrajado un tiro en su propia cuadra a medianoche y enterrado en una tumba de suicida, su hija Mary insistió en su causa y se la apropió, ¿no es verdad? —Dobie señaló con el dedo—. ¿Y dónde está ahora? ¡También en una tumba de suicida! Junto con su aliado y hermano menor. —Su sonrisa era triunfante—. Gracias, señor Argyll. Este tribunal no precisa nada más de usted, ¡al menos por ahora!
Con un ademán del brazo invitó a Rathbone a interrogar a Argyll si así lo deseaba.
Rathbone rehusó. Casi alcanzaba a tocar el triunfo.
Dobie llamó a Aston Sixsmith. Ya no cabía decir que la estratagema de Rathbone fuese una partida.
Sixsmith subió al estrado. Irradiaba inteligencia y fuerza animal, aun estando agotado. De entre el público se levantó un murmullo de aprobación. Hasta los miembros del jurado le sonrieron. Él los ignoró a todos, reservando sus sentimientos para él, todavía incapaz de revelar la angustia de haberse visto tan cerca de la cárcel e incluso de la horca. Miró una vez a Jenny Argyll. Por un brevísimo instante sus facciones se suavizaron, visto y no visto. ¿Por sentido del decoro, acaso? Su mirada apenas rozó a Alan Argyll. Su antiguo patrón estaba acabado, arruinado. Desde la galería Monk le observaba con una creciente sensación de incredulidad.
Rathbone había vencido. Monk miró a Margaret Ballinger y reparó en su entusiasmo, en lo orgullosa que estaba de Rathbone por su extraordinario logro en nombre de la justicia.
Dobie hablaba con Sixsmith para remachar la victoria.
—¿Se reunió usted alguna vez con ese extraordinario asesino antes de la noche en que le pagó con el dinero que el señor Argyll le había entregado a usted? —preguntó.
—No, señor —contestó Sixsmith sin levantar la voz.
—¿O después de eso?
—No, señor, tampoco.
—¿Tiene idea de quién le disparó o por qué?
—Sé lo mismo que usted, señor.
—¿Por qué le dio el dinero? ¿Con qué propósito? ¿Fue para que matara a James Havilland porque estaba causando problemas y posiblemente retrasos muy costosos?
—No, señor. El señor Argyll me dijo que era para contratar a unos matones que evitaran que los alcantarilleros y los desembarradores interrumpieran las obras.
—¿Y qué pasaba con el señor Havilland?
—Entendí que el señor Argyll iba a encargarse de él en persona.
—¿Cómo?
La mirada de Sixsmith era penetrante.
—Demostrándole que se equivocaba. El señor Havilland era su suegro y supuse que mantendrían una relación cordial.
—¿Es posible que ese hombre, el asesino, interpretara mal sus instrucciones?
Sixsmith le miró de hito en hito.
—No, señor. Fui muy concreto.
Dobie no supo resistirse a sacarle todo el jugo al momento. Miró al jurado, luego al público.
—Descríbanos la escena —dijo por fin a Sixsmith—. Permita que el tribunal se haga una idea exacta de cómo fue.
Sixsmith obedeció, hablando despacio y con cuidado, como un hombre que saliera de una pesadilla a la luz diurna de la cordura. Describió el interior de la taberna, el ruido, el olor a cerveza, la paja del suelo, los apretones de los hombres.
—Llegó alrededor de las diez, no sabría precisar más —prosiguió en respuesta al apunte de Dobie—. Enseguida comprendí que tenía que tratarse de él. Era bastante alto, enjuto, sobre todo de cara. Tenía el pelo negro y liso, bastante largo, hasta el cuello. La nariz era fina a la altura del puente. Pero sobre todo tenía aquellos dientes tan inusuales que le vi cuando sonrió. Pidió una jarra de cerveza y vino directamente a mi mesa, como si ya me conociera. Alguien me había descrito bastante bien. El sujeto no se presentó, sino que usó el nombre de Argyll para que supiera quién era. Comentamos el problema de los alcantarilleros y le entregué el dinero. Lo aceptó, lo guardó y se levantó. Recuerdo que vació la jarra de un trago y que luego se marchó sin volver la vista atrás.
Dobie le dio las gracias e invitó a Rathbone a contrastar el testimonio si así lo deseaba.
Rathbone admitió la derrota con gentileza y dignidad. Ni siquiera por una sola mirada dejó entrever que en realidad aquélla era la más elegante y tal vez la más complicada victoria de su carrera.
El jurado emitió un veredicto de culpabilidad en intento de soborno y el juez impuso una multa que apenas suponía el salario de una semana.
El tribunal estalló en vítores, el público se puso de pie. Los miembros del jurado se mostraban sumamente satisfechos, volviéndose para estrecharse las manos entre sí y congratularse.
Margaret abandonó el decoro y fue al encuentro de Rathbone mientras éste se dirigía hacia ella. Su rostro resplandecía, pero lo que le dijo se perdió en el tumulto.
Monk también estaba de pie. Hablaría un momento con Runcorn, le daría las gracias por su valentía y su sentido del honor al aceptar reabrir el caso. Luego se marcharía a casa, donde le aguardaba Hester… y también Scuff.