Capítulo 10

Pese a tener motivos de alegría, Hester despertó por la mañana sintiendo un gran remordimiento por lo sucedido a Rose. Hizo un paquete con la ropa que le había prestado y la devolvió a su propietaria. Su experiencia en el ejército le había enseñado algo sobre el sufrimiento posterior a la ingesta desmesurada de alcohol y sabía cómo atender a quienes lo padecían. Pasó varias horas haciendo cuanto pudo por Rose, recibiendo a cambio la inmensa gratitud de la enferma y de su marido, y después, tras desearles lo mejor para el futuro, se marchó.

Llegó a casa de los Argyll poco después de mediodía.

—Buenos días, señora… Monk —dijo Jenny con cierta incertidumbre cuando el mayordomo hizo pasar a Hester al salón de recibir y cerró la puerta.

—Buenos días, señora Argyll —contestó Hester esbozando una sonrisa—. He pensado que después del desastre de anoche seguramente estaría preocupada por la señora Applegate. Me consta que eran buenas amigas. —Sin darse cuenta ya estaba hablando en pasado—. Y considero que le debo una disculpa. De haber sido consciente de su vulnerabilidad quizás hubiese podido evitar lo ocurrido. Hay personas para quienes una sola gota de alcohol constituye un veneno.

Jenny carraspeó. Saltaba a la vista que se sentía muy violenta. Vestía otra vez de negro, por supuesto, aunque con toques de lavanda en el cuello y los puños. Las posibilidades de la vida, la pasión y la risa estaban presentes en su rostro, aunque enmascaradas por la discreción.

—Supongo que será así —dijo con tono de incertidumbre, pero no podía pedir a Hester que se marchara salvo si estaba dispuesta a mostrarse inexplicablemente grosera—. Sobre eso no tengo el menor conocimiento.

—Y espero que nunca lo tenga —dijo Hester cariñosamente—. Yo aprendí mientras cuidaba soldados heridos y a los que se enfrentaban a la muerte en el campo de batalla. —Vio una breve mueca de compasión en el rostro de Jenny—. Cuando nos enfrentamos a decisiones que nos resultan casi insoportables —prosiguió como si de pronto las uniera alguna clase de vínculo—, no siempre encontramos el valor necesario para hacer lo correcto, sobre todo si hacerlo puede costamos lo que más apreciamos. Estoy segura de que su sensibilidad le permite comprenderlo, señora Argyll.

—Bueno…, yo… —Jenny sabía por instinto que la conversación estaba conduciéndola a un terreno que prefería no pisar. El comportamiento de Hester traslucía una resolución inequívoca. Aquélla no era una visita de cortesía.

Hester abrió a la fuerza la grieta que la ocasión le presentaba.

—Estoy convencida de que busca usted la manera más amable de preguntar cómo se encuentra Rose esta mañana —mintió—. He ido a verla y sentía una gran malestar, pero se le pasará. Creo que no tendrá consecuencias físicas, aunque la herida a su reputación nunca se curará.

—Me figuro que no —coincidió Jenny. Por fin se encontraba en un terreno que conocía mejor—. Dudo que la sociedad olvide o pase por alto lo que hizo. Supongo… Espero que no habrá venido a pedirme que la ayude, ¿verdad? —Tragó saliva—. No tengo influencia en esos asuntos.

—¡Jamás se me habría ocurrido! —exclamó Hester enseguida—. No sé qué se podría hacer para ayudarla, ni veo ninguna razón por la usted debiera comprometer su posición intentándolo.

Jenny se relajó ostensiblemente y sus mejillas recobraron parte de su color natural. Se serenó lo bastante como para invitar a Hester a sentarse, cosa que también hizo ella.

—A mi entender lo mejor sería que se retirara de la vida social —dijo Jenny.

—Estoy completamente de acuerdo —convino Hester—. Sabía que usted tendría la compasión y la delicadeza suficientes para entenderlo.

Jenny se mostró complacida, aunque también un tanto confusa.

—Lo lamento tanto… —agregó Hester—. Estoy desolada.

—Bueno, no…

—Rose no bebió alcohol a sabiendas —la interrumpió Hester—. Se lo administró alguien que quería desacreditarla hasta el punto de que le resultara imposible aparecer en público en un futuro inmediato.

Había decidido previamente que atacar a Argyll demasiado pronto sería una estrategia muy mala. Debía actuar con mayor prudencia.

Jenny palideció.

—¿Qué le hace pensar eso? Seguro que…, seguro que si tiene semejante… debilidad…

No terminó la frase. Hester frunció el entrecejo y, fingiendo concentrarse, respondió:

—Sin duda era consciente de su problema. Cuesta creer que lo hubiese expuesto en público recientemente, pues en tal caso estaríamos al corriente, y por tanto para ella también fue una sorpresa. Alguien provocó ese incidente, porque la señora Applegate sólo bebió limonada.

Jenny la miró fijamente. Respiró hondo varias veces para calmarse.

—Podría ser culpa de los pastelitos —sugirió no muy convencida—. Algunas cocineras mezclan la fruta escarchada con brandy. O las cremas con licor.

Hester no los había probado, pero tendría que habérsele ocurrido. ¡Y a Rose también!

—¿Cree… cree que con eso bastaría? —dijo Hester para romper el silencio. Estaba jugando una partida, una batalla de ingenio que no podía prolongar. El juicio se acercaba al veredicto final. A Rathbone se le agotaba el tiempo y una vez que la defensa comenzara quizá no le permitieran presentar más pruebas. Detestaba tener que ser tan brutal.

Jenny negó con la cabeza.

—No tengo ni idea. Aunque eso parece. Lo que vimos fue… irrefutable. Me temo que la pobre estaba muy intoxicada, en efecto. —Reflexionó por un instante—. Lo siento mucho.

Las ideas se agolpaban en la mente de Hester. Tenía que encontrar el modo de usar la compasión de Jenny, convertirla en un sentimiento de culpa. Ya no dudaba que era Alan Argyll quien había matado a Havilland moralmente, aunque no con sus manos, y quien con suma habilidad había hecho recaer las culpas en Sixsmith.

—Es natural —dijo en voz alta—. A veces las consecuencias de nuestros actos no son ni remotamente tal como habíamos supuesto que serían.

Poco a poco iba avanzando hacia la cuestión de la carta de Jenny a su padre.

Jenny palideció. Sus manos frotaron la tela negra de su falda sin llegar a estrujarla y acto seguido se obligó a volverlas a relajar. Había esfuerzo en sus gestos, control.

—Estoy convencida de que ella no podía saber que unos pastelitos pudieran causar tal efecto.

—Pero es que todo empezó después de la limonada, antes de los pastelitos —corrigió Hester sin tener claro que fuese verdad.

—¿Pero cómo iba nadie a…? —comenzó Jenny con el cutis blanco como la nieve.

Hester se encogió de hombros.

—Una botellita, o un frasco como los de medicinas. Un momento de distracción. No lo veo tan complicado.

Jenny se vio obligada a llenar el silencio.

—¿Quién diablos haría algo así?

—Alguien que deseara desacreditarla —repitió Hester—. Rose había indagado sobre los asuntos que su difunto padre estaba investigando, sólo para asegurarse de que no existía peligro alguno de que se produjera un accidente grave, y…

Jenny la interrumpió.

—¡Mi padre tenía las facultades mentales perturbadas! —dijo bruscamente—. No había ninguna clase de peligro. Las máquinas que utiliza la empresa de mi marido son las mejores que existen. Los avances modernos las han perfeccionado, por eso son más rápidas, no porque pongan menos cuidado en lo que hacen. —Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes—. Esa espantosa acusación sólo ha sido fruto de… No me gusta emplear esta palabra, pero ha sido fruto de la histeria de mi padre.

Hester casi podría haberla creído de no ser por el hombre que Melisande Ewart había visto salir del callejón de caballerizas.

—¿Y por eso escribió a su padre pidiéndole que se reuniera con su marido en la cuadra? —preguntó Hester afectando incomprensión—. ¿Y por eso el pobre señor Sixsmith se enfrenta a una acusación de asesinato?

A Jenny casi se le quebró la voz.

—¡No es asesinato! Sólo es… Sólo es soborno. Y hasta eso es una estupidez. Mi marido se encargará de que lo absuelvan. El señor Dobie es un abogado excelente.

Ahora sí que estrujaba el vestido con fuerza y tenía los nudillos blancos.

—¿En serio? —dijo Hester—. ¿Lo cree sinceramente, señora Argyll? ¿Por qué diablos iba a hacerlo? ¿Quién sino él pudo haber contratado al hombre que disparó a James Havilland, o sea a su padre?

Una sucesión de sentimientos desbocados cruzó el semblante de Jenny: terror, confusión, odio, pánico por la telaraña de horror que se iba estrechando a su alrededor, obligándola a enfrentarse a una atrocidad inenarrable.

Hester se inclinó un poco hacia delante. Odiaba tener que desempeñar ese papel.

—Alguien contrató a un hombre para que matara a su padre y por tanto, en cierto modo, también a su hermana. ¿Podrá dormir tranquila sin contar al tribunal que su marido le hizo escribir una carta pidiendo a su padre que acudiera a la cuadra aquella noche? ¿Podrá seguir adelante con su vida y mirar a los ojos a su marido cada noche a la hora de cenar, o cuando estén acostados, sabiendo que entre los dos permitieron que Aston Sixsmith muriera en la horca, cuando precisamente usted habría podido demostrar su inocencia?

Las lágrimas bañaban el rostro de Jenny.

—¡No tiene ni idea de lo que me está pidiendo! —dijo jadeando—. ¡Ni idea!

—Tal vez no —admitió Hester—. Pero usted sí. Y si es sincera, sabe de sobra el precio que pagarán no sólo usted y sus hijos sino también el señor Sixsmith, si opta por quedarse cruzada de brazos. ¿Querrá explicárselo a sus hijos o se lo guardará para sí? Más adelante, cuando sean mayores, ¿creerán que lo hizo por ellos y la seguirán amando? ¿O creerán que lo hizo por usted misma, por su propio bienestar y seguridad, y la despreciarán por ello?

—¡Es usted una mujer despiadada! —exclamó Jenny atragantándose.

—Soy sincera —contestó Hester—. A veces parece que sea lo mismo. Pero le aseguro que no me causa ningún placer. Aún tiene ocasión de lograr que su padre reciba sepultura con honor y de limpiar su nombre.

Jenny permaneció inmóvil en la butaca agarrándose las manos con fuerza. La luz de la lámpara, necesaria incluso a mediodía, borraba todo el color de su piel.

—La verdad puede ser muy dolorosa —agregó Hester—, pero deja la herida más limpia que las mentiras. Evita que se encone.

Jenny asintió muy despacio con la cabeza.

—Le ruego que no vuelva más —susurró—. Haré lo que dice pero no quiero volver a verla. Me ha obligado a mirar a la cara un horror que creía poder evitar. Permítame hacerlo a solas.

—Por supuesto.

Hester se puso de pie y caminó lentamente hasta la puerta. Sabía que los criados la acompañarían a la calle donde el carruaje de Morgan Applegate estaría aguardando para llevarla a casa.

Aquella misma mañana Monk cruzó el río mientras el día amanecía gris y ensombrecido por la lluvia. Primero fue a la comisaría para asegurarse de que no hubiese surgido ningún asunto importante que reclamara su atención y luego tomó un coche de punto que lo llevó al Old Bailey para ver a Rathbone.

—¡Borracha! —exclamó Rathbone incrédulo—. ¿Rose Applegate?

—E imperdonablemente franca —agregó Monk.

Rathbone soltó un taco, cosa que muy rara vez se permitía hacer.

—Estamos perdiendo este caso, Monk —dijo con abatimiento—. Si no voy con un cuidado exquisito terminaré condenando a Sixsmith tanto si quiero como si no, y Argyll quedará en libertad. Me hierve la sangre sólo de pensarlo, pero aunque destruya a la mitad de los hombres honestos que lo rodean, los peones, los capataces y los banqueros además del propio Sixsmith, sigo sin estar seguro de poder atraparlo. Si Rose Applegate hubiese convencido a la esposa para que declarase cualquier cosa que hiciera más creíble el asesinato de su padre… Entonces sí que lo habríamos debilitado.

Suspiró y miró a Monk con el miedo al fracaso quemándole las entrañas. Formaba parte de la naturaleza de su profesión retar a su propia habilidad, y no siempre podía ganar. Pero cuando era otro hombre quien iba a pagar, la fe en sí mismo se tambaleaba. Era un sufrimiento al que no estaba acostumbrado y por un momento su confusión le asomó a los ojos.

Monk tenía más por la mano lo de dudar de sí mismo. Eso lo había hecho más fuerte para soportar el peso de los aspectos más oscuros de su persona y salir airoso, llegando casi a perdonarse. Deseaba ayudar a Rathbone, pero sabía que en ese momento no era posible. Hay lugares que cada hombre recorre a solas, donde no cabe siquiera la amistad; lo único que ésta puede hacer es aguardar y prestar su apoyo antes y después.

—Voy a seguir buscando al asesino —dijo volviéndose para marcharse.

—Si no lo encuentras en un par de días déjalo correr —respondió Rathbone—. Prefiero soltar a Sixsmith y abandonar el caso a condenar a un inocente. —Sonrió torciendo las comisuras de los labios hacia abajo—. Mi incursión en el campo de la acusación no está siendo un éxito notorio, ¿verdad?

Monk no supo qué decir sin mentir. Esbozó una sonrisa y se marchó, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Se hallaba a medio kilómetro de la comisaría de Wapping cuando Scuff surgió de la penumbra. El chico estaba empapado y se veía desmesuradamente complacido consigo. Echó una carrera para alcanzar a Monk.

—¡Lo he hecho! —dijo saltándose el habitual preámbulo de saludos.

Monk lo miró. Su carita resplandecía de triunfo bajo aquella gorra que le iba grande. Monk aún no había encontrado el momento de decirle que necesitaba un poco de relleno.

—¿Qué es lo que has hecho? —preguntó.

Scuff adoptó una expresión indignada.

—¡He descubierto dónde vive el asesino! ¿No era eso lo que teníamos que hacer?

Monk se detuvo en mitad de la acera y se puso de cara a Scuff.

—¿Has descubierto dónde vive el hombre que disparó al señor Havilland? —La idea era abrumadora. De pronto se puso furioso—. ¡Te dije que ni se te ocurriera! —Su voz cortó el aire, áspera por el miedo. Un hombre que había disparado contra Havilland en su propia cuadra no lo pensaría dos veces antes de estrangular a un pilluelo como Scuff—. ¿Es que nunca escuchas? —inquirió—. ¿Ni piensas?

Scuff se mostró confundido y profundamente dolido. Aquello era lo último que esperaba. Se había aferrado a su logro durante todo el trayecto hasta allí confiando en recibir las alabanzas y el júbilo de Monk, y ahora le arrebataban el trofeo de las manos. Se llenó los pulmones de aire y miró a Monk pestañeando para contener las lágrimas.

—¿Entonces no lo quiere saber?

Monk sintió una culpa tan grande que por un instante no halló palabras para describirla y mucho menos para tratar de cambiar el estado de ánimo del niño que le miraba fijamente, expectante.

—Sí, claro que quiero saberlo —dijo por fin. No debía inmiscuirse en la valiosa dignidad de Scuff, puesto que prácticamente era lo único que el chico poseía. Era imperativo actuar como si no lo hubiese visto llorar—. Pero nunca pongo en peligro la vida de mis hombres, ni siquiera por algo así. Espero que hayas aprendido la lección.

—Vaya. —Scuff tragó saliva. Estuvo reflexionando un rato mientras ambos seguían parados bajo la lluvia, mojándose—. ¿La de ninguno?

—La de ninguno —aseguró Monk—. Ni siquiera la de quienes no aprecio, como Clacton, y mucho menos la de mis amigos.

—Vaya —repitió Scuff.

—Así que no vuelvas a hacerlo —advirtió Monk— o tendrás que vértelas conmigo. Por esta vez, pase.

Scuff lanzó un gruñido.

—Entonces quiere saber dónde vive, ¿verdad?

—Pues claro… Dime.

—Vive en la zanja de Blind Man’s Cutting, que se mete en el túnel de las cloacas antiguas. Allí abajo vive un montón de gente, pero puedo dar con él. Le acompañaré. Es un tipo de cuidado. Y conoce las cloacas como un alcantarillero, sobre todo las viejas de la parte del Fleet.

—Gracias. Creo que lo mejor será que llevemos a algunos hombres con nosotros. Vayamos a comisaría a buscarlos.

Monk echó a caminar.

Scuff se quedó donde estaba.

Monk paró y se volvió.

—No pienso entrar ahí —dijo Scuff tercamente—. Está lleno de polis.

—Vas conmigo —dijo Monk con calma—. Nadie te hará daño.

Scuff lo miró muy serio con los ojos empañados por la duda.

—¿Prefieres aguardar fuera? —preguntó Monk—. Llueve y hace frío. Dentro se está caliente y tomaremos un tazón de té. A lo mejor hasta queda un trozo de bizcocho.

—¿Bizcocho?

La tentación había encendido los ojos de Scuff.

—Y té caliente, seguro.

—Y polis…

—Sí. ¿Quieres que los haga salir a todos a la calle?

Scuff sonrió de oreja a oreja mostrando los dientes que le faltaban.

—¡Sí!

—¡Ni lo sueñes! —repuso Monk—. ¡Venga, vamos!

Scuff obedeció sin tenerlas todas consigo; caminó al lado de Monk hasta que llegaron a la escalinata y entonces se rezagó. Monk sostuvo la puerta abierta para que entrara y aguardó mientras Scuff avanzaba pasito a pasito hasta detenerse justo traspasado el umbral, mirándolo todo con ojos como platos.

Orme levantó la vista del informe que estaba redactando en su escritorio. Clacton fue a decir algo, pero su mirada se cruzó con la de Monk y cambió de parecer.

—El señor Scuff posee información que puede ser muy valiosa para nosotros —dijo Monk a Orme—. Ha venido a dárnosla, por supuesto, pero quizá sería más agradable con una taza de té y un trozo de bizcocho, si es que aún queda un poco.

Orme miró hacia donde Scuff se encontraba y vio a un chiquillo empapado tiritando de frío.

—Clacton —dijo con aspereza al tiempo que sacaba unas monedas del bolsillo—. Vaya a buscarnos un buen pedazo de bizcocho. Yo prepararé el té.

Scuff se adentró un paso más y luego se fue arrimando a la estufa.

Dos horas más tarde Monk, Scuff, Orme, Kelly y Jones, armados con pistolas, descendieron a la obra a cielo abierto y recorrieron el fondo anegado entre las altas paredes de la zanja de Blind Man’s Cutting. Cuando ésta se cerró sobre sus cabezas, encendieron sus faroles.

Monk se fijó en los costados del túnel. Los viejos ladrillos estaban dispuestos con esmero formando una curva que ahora presentaba manchas y chorreaba sin tregua un limo que se escurría lentamente. El olor atoraba la nariz y la garganta y su inequívoca pestilencia delataba su origen humano. Los correteos de las ratas interrumpían el murmullo del agua que corría por el canal central. Por lo demás el único ruido que se oía era el de sus propios pasos resbalando sobre la piedra mojada. Nadie hablaba. Aparte de los débiles rayos de sus faroles, la oscuridad era absoluta. Monk notó que el pánico se iba apoderando de él de una manera casi incontrolable. Estaban enterrados vivos, era como si el resto del mundo hubiese dejado de existir. Sólo acertaba a ver oscuras sombras zigzagueantes y luz amarilla en las paredes mojadas. El hedor resultaba asfixiante.

Tal vez el trecho recorrido cubriera poco más de un kilómetro pero se hizo interminable hasta que llegaron a una encrucijada de canales. Scuff sólo vaciló un instante antes de girar a la derecha. Abrió la marcha hacia un túnel más estrecho donde se vieron obligados a agacharse para no golpearse contra el techo. Sin duda los desembarradores hacía tiempo que no pasaban por allí puesto que los sedimentos acumulados bajo sus pies eran de una considerable y peligrosa profundidad, y entorpecían el avance succionando y tirando de sus pies.

Monk no tenía ni idea de dónde se hallaban. Habían girado tantas veces que ya no sabía en qué dirección avanzaban. Los sonidos resonaban y se perdían dejando tras ellos tan sólo el goteo que los envolvía por encima, delante y detrás. Era como un laberinto sin fin que atravesara el infierno, preñado de hedor a descomposición.

Uno de los hombres profirió un grito sin querer cuando una rata inmensa cayó de la pared y se zambulló en el agua a tan sólo medio metro de él.

Al cabo de otro medio kilómetro salieron a un túnel seco con el techo considerablemente más alto. Allí encontraron a un par de alcantarilleros que iban atados entre sí para mayor seguridad. Sostenían largas pértigas para pescar objetos valiosos o apoyarse contra los costados cuando los pillaba una corriente repentina después de un chaparrón. Iban vestidos con el equipo habitual de los alcantarilleros: botas altas de goma, gorro impermeable y arnés.

Fue Scuff quien habló con ellos, dejando a la Policía Fluvial en la sombra con los faroles medio escondidos.

Luego siguieron avanzando, penetrando la oscuridad con sus débiles luces. La idea revolvió el estómago de Monk y le apretó la garganta: ¿qué ocurriría si perdieran los faroles? Nunca volverían a salir de allí. Un día, al cabo de una semana o de un mes, un alcantarillero encontraría sus huesos mondados por las ratas.

El último desembarrador al que habían preguntado, medio kilómetro atrás, había dicho que algunas personas usaban aquellas antiguas rutas para ir de un barrio a otro de la ciudad. El hombre a quien andaban buscando, cuyo hombre nadie pronunció, era una de ellas. En el mundo subterráneo apenas había amistad o enemistad, sino una simple coexistencia regida por reglas de supervivencia. Quienes las quebrantaban morían.

Pareció que transcurriera un siglo antes de que Scuff finalmente los hiciera subir por una escalera de mano. Sus pies resonaban en los travesaños de hierro. Poco después cruzaron un canal de desagüe que de tan alto como rugía les impedía oír sus propias voces. En lo alto, en un corredor seco sin salida, había un grupo de hombres y mujeres sentados en torno a un fuego; el humo salía por un agujero cercano y desaparecía en la más absoluta oscuridad.

Una anciana y Scuff mantuvieron un breve intercambio de susurros.

—¿Hacia dónde, doña? —preguntó Scuff tocándose el colmillo para recordarle a quién se refería.

La anciana se estremeció y señaló hacia la izquierda con la cabeza. Un hombre más joven discutió con ella señalando hacia la derecha. Finalmente Orme se avino a seguir la indicación del joven con Kelly y Jones y regresar si no encontraba nada. Monk se llevó a los otros dos hombres y fue con Scuff por donde había dicho la anciana.

Media hora después, tras más giros y escaleras, el grupo de Monk salió a una zanja a cielo abierto donde respiraron con gusto el aire fresco sin que les importara el frío.

—Ha mentido —dijo Scuff con amargura—. Asustada, supongo. Vieja del… —Se abstuvo de decir la palabra que tenía en mente—. Por ahí. —Señaló el túnel del que acababan de salir y en la siguiente bifurcación se volvieron a dividir. Monk y Scuff bajaron solos por otra escalera de mano adentrándose en las entrañas de la tierra.

Monk se detuvo con Scuff pegado a él. Sus faroles iluminaban apenas unos metros delante de ellos y luego la oscuridad era impenetrable. Ahora no había más ruido que el del monótono goteo del techo. A Monk se le había pasado el enojo y ya sólo tenía frío. No podía culpar a la anciana. Él mismo estaba tiritando y encogido de miedo. ¿Había sentido alguna vez un terror tan físico como aquél? No que él recordara. ¿Acaso era posible olvidarlo? Era una sensación primigenia, entretejida en la existencia de uno. La piel se le erizaba como si la tuviera cubierta de insectos y oía todos los ruidos magnificados. Su imaginación trabajaba sin descanso. El río lo mismo podría estar a veinte metros que a veinte kilómetros. ¿Realmente había un asesino avanzando delante de ellos, quizás incluso aguardándolos? Monk no oía más que agua correr, chorrear, salpicar bajo sus pies. Aquella parte de la antigua red de alcantarillado estaba en desuso. La corriente era somera, sólo se alimentaba de la lluvia que bajaba de las canaletas, pero aun así apestaba a excrementos humanos. Los desembarradores hacía siglos que no entraban allí. Los montones de légamo parecían estalagmitas.

Se oyó un ruido más adelante. Monk paró en seco. No eran garras de rata, sino el sonido más pesado de una bota sobre la piedra.

Monk tapó su farol.

—¡Es él! —susurró Scuff agarrando a Monk de la mano.

Oyeron otra vez ruido de pasos y una luz amarilla se reflejó en la antigua pared pegajosa del túnel. Una sombra aumentó de tamaño, avanzando, hinchándose.

Scuff apretó tanto la mano de Monk que le clavó las uñas en la carne hasta causarle dolor. Monk tiró de Scuff hacia él y lo escondió a sus espaldas. El corazón le palpitaba con tal fuerza que se sentía asfixiado. De haberse hallado en la superficie al enfrentarse con aquel hombre, por más que fuese en plena noche, habría conservado la calma aun teniendo los cinco sentidos alerta. En aquellas circunstancias se alegraba de ir armado, aunque aquello era como encontrarse con el diablo en su propio territorio, extraño y espantoso.

El ruido de las pisadas cesó de repente cuando el hombre que avanzaba hacia ellos cruzó un tramo encenagado. Sólo quedó la sombra que proyectaba y el goteo del agua.

Scuff silbaba entre los dientes al respirar y se pegó a Monk para amortiguar el silbido.

El hombre apareció en la esquina a unos cinco metros de ellos. Anduvo otro par de metros antes de percatarse de que las sombras de Scuff y Monk en la pared eran humanas y no basura amontonada. Se quedó inmóvil sosteniendo su farol con firmeza; la luz amarillenta convirtió su rosto en una máscara de cera. Era flaco y el cabello desordenado le llegaba hasta los hombros. Sus cejas parecían dos manchas negras. Tenía la nariz grande y aguileña, y una boca grande y de labios finos. Sorprendentemente, había inteligencia en sus ojos, incluso humor.

Sonrió y Monk vio los colmillos, afilados y desmesurados, el izquierdo mayor que el derecho. A Monk se le heló la sangre en las venas: aquella imagen permanecería grabada para siempre en su memoria.

Entonces el hombre se volvió y echó a correr con asombrosa rapidez.

Fue lo que Monk necesitaba para entrar en acción. Quitó la tapa del farol y sin soltar la mano de Scuff cruzó el cieno y el agua y subió de nuevo al lecho medio seco del torrente en pos del hombre. Ahora Scuff lo seguía con facilidad, de modo que le soltó la mano. El presunto asesino se veía obligado a sostener su farol en alto mientras chapoteaba y resbalaba en su huida; su enorme sombra se proyectaba en los muros y el techo, y al llevar los brazos extendidos semejaba un pájaro herido tratando de volar. La luz amarilla revelaba la humedad negra y brillante de las paredes y la resbaladiza superficie del torrente.

Doblaron un recodo y sólo encontraron la más absoluta oscuridad. Scuff se arrimó a Monk, que se dio cuenta de lo mojado que estaba. Tenía las piernas heladas y el torso cubierto de sudor. Notó que éste le corría por el pecho y la espalda.

Se oyó un ruido delante, como un chapuzón. Se volvió hacia el lugar de donde procedía. El túnel de la derecha.

—¡Ratas! —susurró Scuff con voz ronca—. Las ha asustado. ¡Vamos! —Y sin aguardar a cerciorarse comenzó a cruzar el canal.

Monk estuvo a punto de gritarle que no se moviera, pero se mordió la lengua. Los sonidos retumbaban más abajo. No sabía cuán lejos o cerca se hallaba el asesino, quizás estuviese a unos pocos metros. Corrió detrás de Scuff dando traspiés. El tenue reflejo del agua hacía que la menuda silueta de Scuff se alargara extrañamente al avanzar a trompicones.

La luz de delante volvió a aparecer, brillante. Monk vio al asesino vuelto hacia ellos con el brazo levantado. Se produjo un estallido seco seguido de una llamarada. Scuff soltó un grito y se desplomó, resbalando hacia el agua.

Monk se abalanzó hacia el tirador desenfundado su pistola. Disparó una y otra vez incluso después de perder de vista al asesino, cuando la única luz en la agobiante oscuridad era la de su propio farol.

A continuación guardó el arma, sostuvo el farol en alto y se puso a buscar la menuda figura de Scuff. Ya estaría flotando, arrastrado por la corriente, envuelto en lodo e inmundicia. Lo vio, lo perdió y volvió a encontrarlo. Se inclinó con torpeza, pues no había dónde apoyar el farol, y recogió el cuerpo inerte. Scuff tenía el rostro blanco y mojado, y a Monk le recordó, con una punzada de dolor, el de Mary Havilland, sólo que el del muchacho era mucho más pequeño y macilento, y tenía la piel azulada alrededor de los ojos y la boca. Gracias a Dios todavía respiraba, a pesar de la sangre que manaba a través de su ropa manchándola de escarlata en el hombro y el pecho.

El asesino tenía que estar en algún sitio delante de ellos, pero la idea de abandonar a Scuff hizo que Monk desistiera de ir tras él. Con torpeza a causa del farol, tratando de cargar con Scuff con un solo brazo y sin hacerle daño, se volvió e inició el largo camino de regreso. Apenas sabía dónde se hallaba, lo único que tenía en mente era salir cuanto antes de allí e ir en busca de ayuda.

Desconocía la gravedad de la herida de Scuff, pero no podía detenerse para averiguarlo. Había ratas por todas partes y éstas olerían la sangre. Peor aún, el asesino sabía que había alcanzado a Scuff. El hecho de que Monk no lo hubiese perseguido le indicaría que el muchacho no había muerto y que Monk estaba tratando de regresar a la superficie, cargando con el herido. Cuando estuviese seguro de ello, ¿volvería sobre sus pasos para tratar de liquidar a Monk? ¡Si Monk se hallase en su lugar, sin duda lo haría!

Estaba perdido, delante de otra encrucijada; había tres caminos, dos delante y otro detrás. ¿Por cuál había llegado? ¡Tenía que pensar! ¡La vida de Scuff dependía de ello! El agua fluía velozmente en torno a sus pies. Debía de haber estado lloviendo a cántaros. ¿Qué ocurría en tales casos? ¡Riadas, por supuesto! Agua profunda. Lo suficiente para hacerle perder pie, quizás hasta para ahogarlos a él y a Scuff. ¿Seguía lloviendo? El pánico se estaba adueñando de todo él. «¡Basta! ¡Basta de estupideces! ¡Piensa!»

El agua fluye hacia abajo. ¿Al llegar habían avanzado a favor de la corriente o contra ella? A favor, por supuesto. Hacia abajo, siempre hacia abajo. De modo que lo que había que hacer era remontarla. Contra la corriente iría hacia arriba. No importaba dónde saliese mientras llegara a la superficie y pudiera pedir ayuda. ¡Cualquier abertura serviría!

¡Así que a remontar la corriente sin pausa, hacia arriba!

Reanudó la marcha. Le costaba llevar a Scuff con un solo brazo, pero también tenía que sostener el farol en alto para ver por dónde iba. El peso le tiraba de la herida que se había hecho durante la pelea en Jacob’s Island, aún no curada del todo. Sin embargo, había una cosa buena: si iba hacia arriba, y no forzosamente desandando el camino que habían seguido al bajar, el asesino no tendría ningún rastro que seguir. ¿Por qué no había regresado nunca a ver a Sixsmith para que le pagara la segunda mitad, y al parecer tampoco a Argyll? Quizá nunca llegó a cobrar el segundo pago. ¡Quizá pidió que le entregaran el importe que tenía en mente en el primer pago! Tal vez temía que Argyll quisiera matarlo para no dejar cabos sueltos. ¿Tendría razón?

Rathbone debería retirar los cargos para no correr el riesgo de que ahorcaran a Sixsmith y Argyll quedaría impune. Ni Mary ni su padre serían vindicados jamás.

Pero lo único que importaba ahora era sacar a Scuff de allí antes de que muriera desangrado o por el frío. Monk deseaba examinar la herida pero no sabía dónde tender a Scuff, no encontraba ningún sitio del que colgar el farol para poder ver. Tenía las piernas entumecidas, el corazón le palpitaba desbocado y el hedor de las aguas residuales le daba náuseas, pero seguía avanzando tan deprisa como podía, siempre cuesta arriba, a contracorriente del agua.

Pasó junto a los peldaños de hierro de una escalera de mano pero no había modo de subirla cargando con Scuff.

Dobló una esquina. La claridad parecía aumentar. ¡Debía de estar acercándose a la superficie!

Entonces vio la figura delante de él; era un hombre, delgado, con el brazo levantado. Un grito retumbó en el túnel. Con el rugido del agua que saltaba la presa no logró entender las palabras. La lluvia debía de haber arreciado.

El disparo le pilló por sorpresa; la bala rebotó contra la pared e hizo saltar esquirlas de ladrillo y polvo. Monk se arrojó contra la pared ocultando a Scuff tan bien como pudo con su propio cuerpo.

Se oyó otro grito, y otro, pero sonaban cada vez más lejos. Miró alrededor y al principio creyó que no había nadie más allí. Entonces vio el farol en alto y la conocida silueta de Orme detrás. El alivio se apoderó de Monk como una ola caliente que le arrebatara las pocas fuerzas que le quedaban.

—¡Orme! —gritó—. ¡Aquí! ¡Socorro!

—¡Señor Monk! ¿Está bien?

Orme acudió a la carrera resbalando en el agua, haciendo balancear el farol, con la preocupación pintada en el rostro.

—Han disparado a Scuff —dijo Monk—. Hay que sacarlo de aquí.

—¿Ahora? —dijo Orme, horrorizado—. ¿Justo ahora?

—¡No! No… alcanzamos al asesino y nos disparó.

—De acuerdo, señor. Yo iré delante —dijo Orme con firmeza—. Venga conmigo.

Tras lo que pareció una eternidad, salieron por fin a la zanja. Para entonces Monk se había desecho de su farol y seguía la luz del de Orme. Quería sostener a Scuff con ambos brazos. El muchacho empezaba a volver en sí y de vez en cuando soltaba un gruñido.

Cuando llegaron al final de la zanja y estuvieron al nivel del suelo, se detuvieron. Por primera vez Monk vio el rostro de Scuff a plena luz del día. Estaba muy pálido y tenía los ojos hundidos. A Monk se le encogió el corazón. Levantó la vista hacia Orme.

—Más vale que lo lleve a un médico, señor —dijo Orme, inquieto.

Scuff abrió los ojos.

—Quiero a Crow —dijo con un hilo de voz—. ¡Me duele mucho! ¿Voy a morir?

—No —prometió Monk—. Nada de eso. Voy a llevarte al hospital…

Scuff abrió desmesuradamente los ojos, aterrorizado.

—¡No! ¡Al hospital no! No me lleve, señor Monk, no me lleve, por favor… —dijo jadeando. Se puso aún más blanco. Intentó extender la mano como si quisiera protegerse de algo, pero sólo alcanzó a mover los dedos—. Por favor…

—De acuerdo —dijo Monk—. Nada de hospitales. Te llevaré a casa. Cuidaré de ti.

—Necesita que le administren el tratamiento debido, señor Monk —advirtió Orme con tono de intranquilidad—. Con cuidarlo no bastará. Hay que sacarle la bala, coser el agujero y limpiar bien la herida.

—Ya lo sé —contestó Monk con más brusquedad de la que quería—. Haga que avisen a Crow para que vaya a mi casa. Mi esposa hizo de enfermera en el frente.

Orme comprendió la inutilidad de discutir cuando el tiempo era tan infinitamente valioso. Corrió hasta la calle, detuvo el primer coche de punto que pasaba y ordenó al asustado pasajero que se apeara y buscara otro coche. Prioridad policial. El hombre vio al niño herido y no se hizo de rogar.

Orme fue en busca de Crow.

El viaje resultó una pesadilla. Monk llevaba a Scuff en brazos y le hablaba sin cesar sobre esto y aquello anhelando saber cómo ayudar. El trayecto se hizo interminable, aunque en realidad apenas había transcurrido media hora cuando por fin se apeó, pagó al cochero y llevó a Scuff hasta la puerta principal.

La casa estaba oscura, vacía y fría. ¿Era posible que Hester ya se hubiera ido a Portpool Lane? Podría haber roto a llorar de miedo y soledad al saberse incompetente para lo que había que hacer. ¿Dónde se había metido Hester? ¿Por qué no estaba allí? ¿Qué haría sin ella? Sintió pánico. ¡No había tiempo que perder!

¡Tenía que mantener caliente a Scuff! Se estaba desvaneciendo, perdía demasiada sangre. Estaba pálido y apenas movía los párpados.

Monk tenía que caldear la habitación, cribar el hornillo, añadir combustible, hervir agua. ¡No tenía ni idea de cómo se sacaba una bala! ¡Podría matar a Scuff si lo intentaba!

Se movía deprisa. Atizó el fuego. Debía ir con cuidado; si añadía demasiado carbón corría el riesgo de que se apagara, y entonces tardaría siglos en volver a encenderlo. «¡Rápido! ¡Sóplale, haz que prenda!» Llenó de agua la cacerola más grande y acto seguido cambió de parecer y puso una pequeña. Sería más rápido.

Finalmente, ya no le quedaban excusas para seguir demorándose. Alzó a Scuff de la silla donde lo había dejado y lo tendió sobre la mesa, bajo la lámpara. Tenía que quitarle el abrigo y retirar el trozo de bufanda que Orme había puesto para detener la hemorragia. Estaba empapado en sangre. Las manos le temblaron al quitarlo y ver el agujero escarlata en la piel blanca todavía manando. Scuff estaba inconsciente y apenas respiraba. ¿Acaso ya era demasiado tarde?

¡Por Dios, no! ¡Por Dios, no!

Ni siquiera oyó la puerta principal. Hasta que Hester no estuvo a su lado no advirtió que tenía el rostro bañado en lágrimas de alivio. No preguntó si ella podría salvar a Scuff porque le daba miedo oír la respuesta.

Hester se limitó a dar órdenes:

—Pásame el cuchillo; limpia esto; corta un trozo de mi enagua, es suave; pon esto en vinagre; sí, está limpio. Solían hacerlo así en la armada y en los barcos de línea. ¡Haz lo que te digo!

Trabajaron juntos. Hester buscó a tientas la bala, la sacó, limpió la herida, la cerró y aplicó unos puntos de sutura con una aguja de zurcir desinfectada con agua hirviendo. Utilizó el único hilo de seda que tenía, uno azul marino de un vestido que había estado arreglando. Monk obedeció apretando los dientes, tiritando de frío, de miedo y de cansancio.

Finalmente terminaron. Scuff estaba vendado y vestido con un camisón de Hester, ya que era lo único que no le quedaba excesivamente grande, y reposaba en el lado de la cama que ella solía ocupar.

Sólo entonces Monk se atrevió a preguntar:

—¿Vivirá?

Hester no le mintió. Tenía el rostro transido de tristeza y agotamiento, y su vestido azul presentaba manchas de sangre.

—No lo sé. Tendremos que aguardar. Yo le haré compañía y procuraré que no le suba la fiebre. Ahora no se puede hacer nada más. Ve a lavarte y ponte ropa seca.

Monk había olvidado por completo que aún estaba empapado y que el hedor de la cloaca probablemente llenaba toda la casa.

—Pero… —empezó a objetar, aunque enseguida se dio cuenta de que Hester llevaba razón. No podía hacer nada más por Scuff y que pillara una pulmonía no ayudaría a nadie. Temblaba de frío, los dientes le castañeteaban. Se cambiaría y después prepararía té. Tenía el estómago vacío y revuelto, y el brazo le palpitaba.

Estaba en la cocina con la tetera cuando llegó Crow con el rostro ceniciento y los ojos hundidos.

—¿Cómo está? —preguntó estudiando el semblante de Monk—. ¡Caray! ¡Tiene muy mala cara!

Se le quebró la voz. Tal vez debiera haberse mostrado más profesional pero sus sentimientos estaban a flor de piel y no podía ocultarlos.

—No lo sé —admitió Monk—. Hester le ha sacado la bala y cosido la herida pero está muy debilitado. Está arriba, en mi cama. ¿Podría…?

Crow había llevado su maletín de médico; no lo había soltado ni por un instante. Se volvió y subió la escalera de dos en dos. Monk lo siguió cinco minutos después con el té.

Crow estaba de pie junto a la cama. Hester seguía sentada en la silla con la mano de Scuff entre las suyas. Crow se volvió.

—Ha hecho un buen trabajo —dijo—. No puedo hacer nada más. Es una herida grave, pero le han sacado la bala y se ha limpiado bien. Casi no sangra. Aquí traigo vendas, alcohol y un poco de oporto para entonarlo cuando recupere el sentido.

No dijo «si es que recupera el sentido», pero todos supieron interpretarlo.

—¿Sólo… aguardar? —Monk quería hacer más que eso. Tenía que haber algo.

—Y tomar té —dijo Crow con una lúgubre sonrisa.

Monk lo sirvió y se sentaron dispuestos a pasar una larga noche en vela.

Scuff daba vueltas en la cama. A medianoche tuvo fiebre. Monk fue a buscar un cuenco de agua fría a la cocina y Hester le aplicó al muchacho compresas húmedas en la frente. Hacia la una y media Scuff estaba más tranquilo: su respiración era un poco agitada, pero ya no se retorcía ni estaba empapado en sudor.

Crow le retiró el vendaje para efectuar una cura. La herida se veía limpia, pero aún sangraba un poco. Cuando trató de dar a Scuff una cucharadita de vino, el niño la rechazó.

Monk dormitó un rato en la butaca y luego cambió de sitio con Hester al lado de la cama.

Fuera, la lluvia se convirtió en aguanieve y más tarde en nieve.

A las cinco Scuff abrió los ojos, pero apenas estaba despierto. No dijo nada y parecía no tener ni idea de dónde estaba. Hester lo incorporó un poquito y le dio una cucharadita de vino. Scuff se atragantó, pero Hester le dio un poco más y la segunda vez el chiquillo esbozó una sonrisa. Casi de inmediato volvió a sumirse en la inconsciencia, aunque su respiración era más acompasada.

Monk bajó a avivar el fuego de la cocina para hervir más agua y preparar té.

Poco después de las siete Scuff habló.

—¿Señor Crow? ¿Es usted?

—Sí, soy yo —respondió Crow enseguida.

—Ha venido…

—Claro que he venido. ¿Pensabas que no lo haría?

—No… Ya sabía que sí. Lo he hecho. —Scuff esbozó una débil sonrisa—. Se lo dije.

—¿Qué has hecho? —le preguntó Crow.

—Encontrar al tipo que buscaba el señor Monk. Le he ayudado.

—Sí, ya lo sé —confirmó Crow—. Me lo ha dicho.

—¿De veras? —Scuff frunció el entrecejo. Soltó un profundo suspiro y volvió a sumirse en el sueño, con una sonrisa en los labios.

—¿Se pondrá bien? —preguntó Monk con voz ronca.

—Parece que mejora —respondió Crow sin arriesgar.

A las ocho Crow se marchó, pues tenía que visitar a otros pacientes. Ya no podía hacer más por Scuff, y por su actitud se comprendía que confiaba en la habilidad de Hester tanto como en la propia. Prometió regresar al anochecer.

Monk estaba cansado. Le dolían los huesos y le escocían los ojos cada vez que pestañeaba, como si le hubiese entrado arenilla. Sin embargo, sabía que tenía que ir a contarle a Rathbone que había visto al asesino, exactamente tal como lo había descrito Melisande Ewart, y que había disparado contra Scuff antes de escapar. Al menos podía dar fe de su existencia y su aspecto.

Hester también estaba agotada pero no se atrevía a dormir por si Scuff empeoraba de repente sin que ella se diera cuenta. Aun así, dormitaba cuando el niño le habló.

—¿Quién es usted? ¿Es la esposa del señor Monk? —preguntó con voz sorprendentemente clara.

Hester abrió los ojos y pestañeó.

—Sí, en efecto. Me llamo Hester. ¿Cómo te encuentras?

Scuff se mordió el labio inferior.

—Duele. Me dispararon. ¿Se lo contó el señor Monk?

—Sí. Lo sé todo. Te saqué la bala del hombro. Por eso duele tanto. Pero parece que estás mejorando. ¿Te apetece beber algo?

Scuff abrió ojos como platos.

—¿Miró? ¿No se desmayó ni nada?

—No. Fui enfermera en el ejército. No me desmayo.

El niño la miró fijamente y después intentó moverse. De pronto vio la puntilla de la manga.

—¿Qué es esto? ¿Qué ha hecho con mi ropa?

—Es uno de mis camisones —contestó Hester—. Tu ropa estaba mojada de la alcantarilla y bastante sucia.

Scuff se ruborizó sin dejar de mirarla.

—He atendido a muchos soldados —explicó Hester con toda naturalidad—. En el campo de batalla ocurre lo mismo. Tampoco es que les pusiera mis camisones, claro está. Pero es cuanto encontré y además no tenía tiempo para ir a comprar nada. Y era imprescindible que estuvieses limpio y abrigado.

—Vaya. —Apartó la vista, confuso.

—¿Te gustaría beber algo? —ofreció Hester de nuevo.

Scuff se volvió lentamente.

—¿Qué tiene?

—Té con azúcar y un poco de vino de oporto —contestó Hester.

—No me importaría —dijo Scuff en tono cansino. Era obvio que aún le estaba dando vueltas al hecho de llevar puesto un camisón de Hester y no tener ni idea de dónde habrían guardado los pantalones.

Hester bajó a la cocina a preparar el té y luego lo subió y le añadió unas cuantas cucharadas de oporto. Le ayudó a beberlo sin darle más conversación. Cuando volvió a tenderse Scuff tenía mejor semblante.

—¿Cuidaba soldados? —preguntó dubitativo.

—Sí.

—¿Por qué lo hacía? ¿Al señor Monk no le importaba?

—Entonces no le conocía.

—¿No tenía un papá o una mamá que cuidara de usted?

Hester frunció el entrecejo; aquel muchacho no encajaba en la idea que tenía de un huérfano.

—Sí que los tenía entonces. Lo cierto es que no les gustaba mucho que lo hiciera —dijo Hester con franqueza—. Pero un buen número de señoritas, algunas de muy buena familia, fueron a ayudar a Florence Nightingale.

—¡Vaya! ¿Usted era una de ellas?

—Sí.

—¿Pasó miedo?

—A veces. Pero cuando las cosas se ponen muy feas no piensas mucho en ti misma, sino más bien en los hombres que están heridos y en la forma de ayudarlos.

—Vaya. —Scuff se quedó pensativo un momento—. Yo no necesito ayuda. Al menos, casi nunca. Yo ayudo al señor Monk. No sabe gran cosa sobre el río. No es que no sea listo y valiente —añadió enseguida—. Es sólo…

—Ignorante —dijo Hester con una sonrisa.

—Sí… —convino Scuff—. Si usted ya lo sabía, ¿por qué dejó que fuera?

—Porque si amas a alguien no puedes impedirle que haga lo que cree que tiene que hacer.

Scuff la miró con más seriedad, con el comienzo de algo que bien podría ser respeto.

—¿Por eso su padre dejó que se alistara en el ejército?

—Digamos que sí.

—¿Cómo es el ejército?

Hester le contó, ciñéndose bastante a los hechos, cómo fue cruzar el Mediterráneo a bordo de un barco para el transporte de tropas y su primera visión de Scutari. Estaba describiendo el hospital cuando se dio cuenta de que Scuff se había dormido. Su respiración era acompasada y tenía la frente fresca, la piel seca y bastante buen color.

Se tendió en el lado de Monk de la cama y pese a no tener intención de hacerlo se durmió casi de inmediato.

Cuando despertó, Scuff estaba despierto y parecía incómodo. Había estado tendido junto a ella, quizá temeroso de moverse por si la molestaba. No obstante, ahora que podía tampoco cambió de postura y miró con ojos cansados a Hester. Esperaba que ésta dijera algo, quizá que empezara a hacerle preguntas.

Hester sabía que Scuff estaría asustado, solo, falto de amor. Sabía también que si ella le ofrecía cariño demasiado pronto el chico lo rechazaría de plano. Necesitaba su independencia para sobrevivir, eso ella lo sabía de sobra.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó finalmente—. Me he quedado dormida.

—Duele —dijo Scuff, y acto seguido se avergonzó de sí mismo—. Pero estoy mejor. Pronto podré irme a casa.

No era momento para discutir con él. Scuff necesitaba tener la sensación de que al menos una parte de su destino estaba en sus manos. Tenía miedo de perder su libertad, de convertirse en un ser dependiente, de acostumbrarse al calor y las camas mullidas, a la comida caliente, incluso a la sensación de pertenencia.

—Sí, por supuesto —convino Hester—. En cuanto te pongas un poco mejor. Voy a buscar algo de comer. ¿Te apetece tomar algo?

Scuff guardó silencio, dudando entre aceptar o no. En su mundo la comida era la vida. Uno nunca la aceptaba o la daba a la ligera. Se encontraba en territorio desconocido y estaba lo bastante consciente como para darse perfecta cuenta de ello.

Hester se levantó y se recogió unos mechones de pelo de cualquier manera. Pese a su determinación de no implicarse demasiado, estaba sumamente preocupada por el niño. Si él se daba cuenta, se molestaría y se sentiría atrapado. No debía dejar que lo notara. Fue hasta la puerta sin volver la vista atrás pero en un descuido de última hora se volvió. Estaba tendido en mitad de la cama, pálido como la nieve, con los labios apretados, ojeroso. Parecía muy pequeño. Era la opinión de Monk la que le importaba, no la de ella.

—Enseguida vuelvo —dijo Hester, y no pudo evitar sentirse estúpida.

Al cabo de media hora regresó tras preparar natillas, receta en la que no era muy ducha. Había tenido que esforzarse para que le quedaran bien. Las había dispuesto en dos cuencos que llevaba en una bandeja. La dejó en el tocador, cerró la puerta y ofreció uno de los cuencos a Scuff.

El chiquillo lo miró sin saber qué contenía y levantó la vista hacia ella, inseguro.

Hester cogió un poco con una cuchara y se la acercó a los labios.

Scuff las probó despacio, con cuidado. Quizá no lo admitiría nunca, pero su expresión dejó claro que le encantaban.

Poco a poco Hester le fue dando el resto y luego se comió las suyas. Tenía una ridícula sensación de triunfo, como si hubiese ganado un gran premio. Le vinieron ganas de prepararle alguna otra cosa.

—¿Esto es lo que dan a los soldados cuando resultan heridos? —preguntó Scuff.

—Si tenemos lo necesario, sí —contestó Hester—. Depende de dónde estemos luchando. Puede resultar complicado llevar las cosas a lugares muy lejanos.

—¿Qué clase de cosas? Tienen que tener comida. ¿Tienen armas y cosas así, también?

—Sí, y munición, y material sanitario, y botas y ropa de repuesto. Toda clase de cosas.

Siguió explicándole cosas sobre la vida en el ejército y Scuff no apartaba sus ojos de los de ella. A última hora de la tarde, cuando llegó Monk, aún estaban conversando.

Subió a la habitación intentando no hacer ruido. Parecía exhausto, pero en cuanto vio a Scuff incorporado en la cama sonrió.

Hester se levantó, preocupada por él. Fuera ya estaba oscureciendo y Monk iba mojado de lluvia pese a haberse quitado el abrigo en la entrada.

—¿Tienes apetito? —preguntó con ternura tratando de descifrar en su rostro qué era lo que necesitaba más.

—Sí —contestó como si se sorprendiera—. Rathbone piensa que Sixsmith puede ser condenado.

—Lo lamento —dijo Hester sinceramente.

—Pruebas aportadas por peones —explicó Monk—. Quizá no tendríamos que haber empezado esto pero es demasiado tarde para deshacerlo ahora.

—¿Qué pasará mañana?

—Más peones, oficinistas, gente que seguramente no tenía ni idea de nada —contestó Monk—. Comamos. He hecho cuanto he podido. ¿Estás hambriento, Scuff?

Scuff asintió con la cabeza.

—Sí que lo estoy —concedió.