Capítulo 4
A la mañana siguiente Monk sonreía en la proa del transbordador que cruzaba las agitadas aguas del río. Las olas golpeaban los flancos de la pequeña embarcación y un viento húmedo y cortante se le colaba entre el cuello del abrigo y la bufanda, aguijoneando la piel, helando las mejillas y los brazos. El barquero tenía que emplear no sólo su fuerza sino también su destreza para evitar fallar con las palas de los remos y dejarlos a ambos empapados,
Al menos el viento había disipado la bruma y las largas hileras de gabarras avanzaban a favor de la corriente, transportando mercancías con destino a los confines del mundo.
La víspera había hablado con Hester como si temiera por la seguridad de ésta, lo cual era cierto. No tenía la intención de impedirle que hiciese lo que ella consideraba correcto, pero cuando su esposa se implicaba en una causa perdía todo sentido de mesura. Esa entrega más de una vez la había puesto en peligro y el otoño pasado había faltado poco para que le costara la vida. Monk no podía ni quería permitir que eso volviera a suceder. Le bastaba pensar en tal posibilidad para verse invadido por la angustia. ¿Tanto era pedir un poco de obediencia?
Miró las aguas, encrespadas, oscuras, sucias. Quizá, pensó, si fuese capaz de recordar toda su juventud, sus demás experiencias con mujeres, sus relaciones amorosas anteriores, sería más realista. Pero no recordaba nada y quería que Hester fuese tal como era: ingenua, impetuosa, testaruda, vulnerable, apasionada, dogmática, leal y a veces insensata, siempre sincera —demasiado sincera— y nunca mezquina ni cobarde. Pero la quería con vida, y si no tenía la prudencia de cuidar de sí misma, él tenía que hacerlo por ella.
Averiguaría qué le había sucedido a Mary Havilland, así como a su padre, porque Hester lo despreciaría si no lo hiciera.
¿Qué había sentido ella siete años atrás a propósito del suicidio de su padre? Monk acababa de conocerla por aquel entonces y al principio no congeniaron. Ella lo encontró frío y arrogante. Quizá lo fuese, Monk no iba a negarlo, pero también estaba desconcertado por el mundo desconocido que lo rodeaba debido a su pérdida total de memoria y a la creciente constatación de la aversión que suscitaba su persona, y también, lo que era aún peor, a la aterradora pesadilla de su culpabilidad en la muerte de Joscelyn Gray. Fueron la fortaleza y el coraje de Hester los que lo mantuvieron a flote y alimentaron su esperanza a pesar de las pruebas que se iban acumulando contra él.
¿Se había sentido culpable por no estar en Inglaterra y en casa de sus padres cuando ambos tanto la necesitaban? ¿Era ése, al menos en parte, el motivo por el que ahora estaba decidida a luchar por Mary Havilland y, a través de ella, por su padre?
Ni siquiera se le había ocurrido hasta ese momento.
Llegaron a la orilla de Wapping. Pagó al barquero, subió la escalera hasta el muelle, donde el viento arreciaba, y se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta de la comisaría. El interior estaba caldeado, pero transcurrieron varios minutos antes de que el calor desentumeciera sus miembros. Las manos le ardían al circular de nuevo la sangre. Los hombres se abrigaban con pesados chaquetones y gruesas gorras, disponiéndose a salir para comenzar la patrulla siguiente.
Habló brevemente con ellos y le dieron el parte de novedades de la noche: un par de robos y varias reyertas, una de ellas acabada a navajazos. La víctima había fallecido, pero habían detenido al autor de los hechos, los cuales eran, al parecer, la culminación de una prolongada enemistad.
—¿Algún otro implicado? —preguntó Monk.
Clacton lo miró de reojo con elocuente desdén y Monk se dio cuenta de su equivocación. Estaba tratando a Clacton como a un igual, tal como haría con Orme. Pero Clacton buscaba pelea, lo rondaba como un sabueso, al acecho de un fallo con el que ensañarse. Monk tuvo que esforzarse para dominar su genio. Un hombre que perdiese los estribos ante la grosería de un subordinado demostraría pocas dotes de mando. Nadie debía manipularlo. Como tampoco debía parecer que necesitase la ayuda de Orme. Estaba solo. Orme deseaba que saliera airoso. Clacton quería que fracasara. Para ninguno de los dos llegaría a ocupar nunca el sitio de Durban. Y no era ésa su intención. Tenía que hacerse su propio sitio, y ninguno de esos dos podía admirar más a Durban que él mismo, puesto que entendía lo que había hecho mejor que ellos, y además cargaba con un peso de culpabilidad mucho mayor de lo que se figuraban.
Monk no se corregiría reformulando la pregunta. Debía salvar la situación de otra manera. Se volvió hacia Butterworth.
—El señor Clacton no parece dispuesto a revelar sus nombres. A lo mejor son amigos suyos. O informantes. Quizás usted pueda ser más claro y concreto.
Clacton abrió la boca para protestar, pero vio el semblante de Monk y se abstuvo de hacerlo.
—¡Sí, señor! —dijo Butterworth disimulando apenas su sonrisa—. No nos consta que hubiera más heridos, señor. Tampoco testigos dispuestos a declarar, pero sabemos para quién trabajaban. Parece más bien algo personal. Llevaban un par de meses a la greña, desde una pelea que tuvieron en el río, un poco más abajo. Bebida y mal genio, lo más probable.
—¿Creen que alguien intentará vengarse? —preguntó Monk.
—No, señor, pero estaremos alerta.
—Bien. ¿Algo más?
Despachó otros asuntos de menor importancia y los hombres se marcharon, Butterworth con una sonrisa burlona, Clacton con cara de pocos amigos y los otros dos sin comprometerse.
Monk encontró a Orme en uno de los despachos. Orme levantó la vista del libro en el que estaba escribiendo cuando oyó a su superior cerrar la puerta.
—Buenos días, señor —dijo mirando a Monk con expresión solemne—. Ha llegado el informe del médico sobre la señorita Havilland. Nada que no supiéramos ya, excepto que es imposible que estuviera embarazada. Ningún hombre la había tocado. —Sus ojos reflejaban una profunda tristeza—. La enterrarán esta mañana. Su hermana ni siquiera ha pedido ayuda a la Iglesia y menos aún que le conceda un sitio digno. Supongo que la pobre sabe que con su padre no le valió de nada.
Monk se sentó al otro lado de la pequeña mesa de madera. De repente se sintió asqueado. Era inútil enfurecerse contra la ceguera, la arrogancia y la falta de compasión humana que dictaminaba que Mary era indigna de recibir cristiana sepultura. Dejarse llevar por la ira no serviría de nada. Ningún acto humano iba a afectar el juicio que Dios hiciera de ella o de cualquier otra persona. Lo que Monk detestaba era la brutalidad contra los sentimientos de quienes la habían amado, pero con su enojo sólo lograría que sufrieran más.
—Gracias —dijo en voz baja—. ¿Dónde?
—En la parcela contigua a la iglesia de St. Mary, en Prinees Road. Queda justo enfrente del asilo de pobres de Lambeth. —Bajó la vista.
—Gracias —repitió Monk.
—A las once —agregó Orme—. Antes de ir le da tiempo de ver al señor Farnham.
—Creo que no. Tengo que avisar al mayordomo y al comisario Runcorn.
Orme le miró con gravedad.
—Por favor, diga al señor Farnham que iré a verle en cuanto regrese —pidió Monk.
—Sí, señor. ¿Se refiere al comisario Runcorn de la Policía Metropolitana?
—Sí. Dirigió la investigación de la muerte de James Havilland.
Acto seguido Monk refirió a Orme lo que Runcorn le había contado, así como la evidente tristeza que le había causado la muerte de Mary, sin omitir su renuencia a creer que fuese un suicidio.
—En cambio, no hubo duda alguna de que su padre se había quitado la vida —dijo Orme quedamente. Sus ojos azules y redondos no albergaban esperanzas de que Monk estuviera equivocado pero tampoco ocultaron su decepción.
—No se encontró ninguna —admitió Monk—. Excepto que ella no se lo creyó. Estaba convencida de que era un luchador y que nunca se habría dado por vencido.
—Bueno —dijo Orme—, no debió de resultarle fácil pensar que su padre era de los que se pegan un tiro, ¿no cree? A lo mejor esa muchacha aguantó el tipo todo el tiempo que pudo… Pero cuando algo le hizo ver que no podía seguir engañándose se vino abajo. —Clavó los ojos en la mesa—. Pobre criatura —añadió con tristeza—. Pobrecilla.
¿Eso era todo? Monk se debatía en su fuero interno. ¿Estaba siendo leal con Mary, a quien no había llegado a conocer, imaginando cierta semejanza con Hester por circunstancias superficiales? ¿O sólo desleal con Durban, que había fallecido por su culpa y que estúpida y ciegamente le había encomendado que ocupara su puesto? ¡Durban tuvo que decir algo extraordinario a Farnham para que éste aceptara tal recomendación! La reputación de Monk en el esclarecimiento de crímenes era magnífica, y se la había ganado a pulso, pero como líder su fama era espantosa, lo cual también estaba justificado. Inspiraba más miedo que obediencia, más admiración a su habilidad que lealtad a su carácter, más rencor que amistad. Sus descubrimientos sobre su propio pasado en la Policía Metropolitana le habían obligado a aceptarlo.
Pero había hecho una promesa a Hester y si no seguía hasta el final, lo haría ella. Y no diría nada, pero se sentiría decepcionada.
—Cuando los vimos, ¿a usted le pareció que ella saltaba? —preguntó a Orme.
Orme pestañeó.
—Fue una manera rara de caer, hacia atrás —admitió—. Pero estaba forcejeando con el joven Argyll. ¿Se refiere a si él trataba de impedirlo o si más bien la obligaba a lo contrario? ¿Por qué? ¿Porque ella lo había rechazado? Eso resulta un poco… —Abrió las manos, incapaz de dar con la palabra adecuada.
—No —dijo Monk—. Más bien porque andaba tras las pruebas de negligencia temeraria que creía que su padre había estado a punto de encontrar.
—¿Por qué harían eso? Parece una tontería. Nadie quiere que haya hundimientos —señaló Orme—. Cuesta una fortuna repararlos. Y Argyll destaca por ser un hombre muy apegado a su dinero, hasta el último penique.
—¿Usted cree?
—Sí, señor Monk, desde luego. He hecho unas cuantas preguntas sobre él. Sólo por lo de esa pobre chica. Al señor Argyll le van muy bien las cosas, pero todo es correcto y obra con prudencia. No ha habido ningún gran accidente, sólo los pequeños de costumbre, los que todos tienen. Si no hubiese habido ninguno sería como para sospechar que ocultaba algo. Aunque trabajan extraordinariamente deprisa y por eso consiguen contratos muy jugosos. Me figuro que no les hará ninguna gracia que alguien ponga en entredicho sus métodos.
—Pero ¿no encontró nada feo?
—No. Y miré bien. —No era preciso que explicara por qué—. ¿Piensa ahondar más en el asunto, señor?
—Un poco. —Monk se obligó a confiar en él esperando no tener que lamentarlo más adelante. Incluso cabía la posibilidad de que Orme prefiriera no saber nada. Mantener las distancias quizá resultara más cómodo, pero Monk desechó la idea—. Mi esposa fue abordada por alguien muy preocupado por el riesgo de un hundimiento realmente grave. —No era preciso que Orme se enterase de la implicación de Hester con el dispensario de Portpool Lane ni de que el amigo en cuestión era exterminador de ratas—. La llevó a ver uno de los túneles más grandes y profundos. Ese hombre conoce todos los ríos y manantiales subterráneos y teme que las obras estén avanzando demasiado rápido.
Orme lo observaba inquieto, prestándole mucha atención.
—Ella le prometió que haría lo que pudiera al respecto —prosiguió Monk—. Se enteró de que había un miembro del Parlamento sumamente preocupado por el asunto y fue a verlo. —Hizo caso omiso del asombro de Orme—. Al parecer Mary Havilland también había acudido a él, causando una impresión muy favorable tanto en el parlamentario como en su esposa. Lo cierto es que ambos están muy afligidos por su muerte, de la que ya estaban enterados, y ansiosos por hacer todo lo posible para propiciar una reforma, siempre y cuando alguien aporte pruebas de que existe un peligro real.
—Vaya, vaya. —Orme se apoyó contra el respaldo de la silla—. Así que realmente estaba haciendo algo. —Adoptó una súbita expresión de piedad, pestañeó y miró hacia otra parte, como si necesitara resguardarse de la mirada de Monk.
Monk se sintió turbado por una emoción más honda de lo que deseaba. Habría resultado más fácil si Orme le hubiese plantado cara. Entonces se habría enojado, y el enojo siempre era más llevadero que la pena, al menos de entrada. Pero Orme era demasiado sincero para eso. Monk lo apreció aún más por eso, aunque le contrarió verse obligado a ello. Todavía no estaba preparado para cargar con semejante lealtad.
—Voy a seguir investigando al menos unos días más —dijo en tono lacónico—, a ver si logro averiguar qué era exactamente lo que el señor Havilland estaba investigando y lo que descubrió. Necesito saber si se trataba de algo real o sólo su propio miedo a quedar atrapado.
Orme asintió con la cabeza.
—Al señor Farnham no va a gustarle —advirtió—. Siempre anda diciéndonos lo que tenemos que hacer y, para variar, ha habido un montón de robos. Todas esas excavaciones de túneles nuevos están sembrando el descontento. Con tantos peones por ahí se ha vuelto más complicado mover bienes robados. Fat Man es uno de los mayores peristas de objetos de valor: joyas, oro, marfil, sedas y demás cosas así. Está molesto con tanto ir y venir.
—Ya lo sé.
—Sólo era un comentario —puntualizó Orme.
—Gracias. Los robos son importantes, pero el asesinato, si es que estamos ante un caso de asesinato, lo es aún más.
Orme esbozó una sonrisa amarga.
—Él no dirá que es un asesinato. Y es la gente a la que roban la que controla el río. Ésos son los que tienen dinero.
—Es usted un hombre sensato —concedió Monk—. Recuérdeme eso otra vez dentro de un par de días. Mientras tanto, es a mujeres muertas como Mary Havilland a quien también debemos justicia.
Monk tomó un coche de alquiler para acudir al entierro y recogió a Runcorn y a Cardman de camino. Apenas hablaron durante el trayecto hasta la iglesia. Llegaron temprano, pero les pareció apropiado aguardar de pie en la franja de hierba agostada: eran tres hombres unidos en la ira y la aflicción por una mujer que uno de ellos había conocido toda su vida, otro sólo los dos últimos meses y el tercero nada en absoluto.
Soportaron envarados el viento gélido, cada cual sumido en sus pensamientos, ajenos al tráfico y a la negra mole del asilo que se erguía contra el cielo plomizo.
Los sepultureros habían hecho su trabajo; la fosa estaba abierta. El breve cortejo lo abría el pastor, seguido por Jenny Argyll, de luto riguroso y con un velo tan oscuro que ocultaba su rostro por completo. Monk sólo la identificó porque no podía ser otra yendo con Alan Argyll, aunque ella no le prestara ninguna atención y tampoco él a su esposa. Ambos parecían no hacer caso de la presencia del otro.
¿Acaso Alan Argyll pensaba sólo en su hermano fallecido? Su expresión de amargura así lo sugería.
No hubo ceremonia religiosa, nada se dijo sobre la esperanza de la resurrección. El entierro fue cualquier cosa menos piadoso. El viento sacudía las colas de los abrigos de los presentes y azotaba la piel expuesta de las mejillas, que, enrojecidas, contrastaban con la palidez de los labios.
Monk miró sólo una vez a Runcorn y a Cardman y no volvió a entrometerse en sus sentimientos. Quizá fuese el recordatorio de la muerte y la exclusión, el rechazo absoluto del género humano incluso en aquel último instante, pero ambos permanecieron de pie sin moverse, transidos de dolor.
Monk se volvió hacia el pastor y se preguntó en qué clase de Dios creía, si hacía aquello de buen grado o contra su voluntad sencillamente porque tenía una esposa e hijos a los que alimentar. Agradeció que su propia fe no estuviese condicionada por la necesidad económica, propia o de otra persona. Debería compadecer a aquel hombre por las ataduras que lo constreñían, pero aun así no había preguntas en su rostro y lo único que Monk pudo sentir por él fue ira y desprecio.
El entierro finalizó casi antes de que Monk lo advirtiera. Sin mediar palabra, el cortejo fúnebre partió. En silencio, Runcorn, Cardman y Monk se marcharon en dirección contraria, no porque fuese necesario, sino porque acompañar el cortejo no era aceptable bajo ningún concepto.
Encontraron un coche de punto y regresaron tal como habían llegado: por un momento iguales, casi amigos, incluso.
—Suicidio —dijo bruscamente el jefe de Monk cuando éste entró en su despacho a primera hora de la tarde—. ¡Por todos los santos, hombre! ¡Saltó delante de sus narices y arrastró consigo al pobre diablo que intentaba salvarla! ¡No empeore más las cosas para la familia buscando el quinto pie al gato!
Farnham era un hombre corpulento, ancho de espaldas y de vientre prominente. Su rostro de nariz larga era capaz de mostrar repentinas sonrisas y había quien le atribuía ciertos gestos amables, pero Monk siempre se incomodaba en su presencia, como si nunca estuviese seguro de ser fiel a lo mejor de sí mismo. Farnham había anhelado autoridad y la había conseguido, y ahora la ejercía con inmenso placer.
Todo argumento fundamentado en creencias o intuiciones sería objeto de mofa. Cualquier cosa que Monk propusiera sería considerada un gesto de autosuficiencia por parte de la Policía Fluvial.
—Probablemente se trate de un caso de suicidio, señor —admitió Monk en voz alta—, pero creo que deberíamos estar seguros.
Farnham enarcó las cejas. Había confiado en Durban, sabía a qué atenerse con él, o al menos eso había supuesto. Ahora le incordiaba tener que aprender las virtudes y flaquezas de un nuevo hombre. Estaba suficientemente enterado de lo que había ocurrido en realidad como para imputar a Monk la responsabilidad de la muerte de Durban, por más que ésta hubiese sido consecuencia del sentido del deber del propio fallecido, de su valentía y de una espantosa desgracia en la que ninguno de ellos reparó hasta que fue demasiado tarde. Pero Monk había sobrevivido, y por eso Farnham lo culpaba.
—Muy pocas cosas son seguras en el trabajo policial, Monk —dijo con acritud—. ¡Pensaba que ya lo sabía!
La crítica era implícita. Monk se tragó su impaciencia.
—No estoy pensando en lo que sucedió en el puente, señor, sino en lo que la chica investigaba en relación con los túneles de la red del alcantarillado y su construcción.
—¡No es asunto nuestro! —espetó Farnham—. Eso le corresponde a la Policía Metropolitana.
El desagrado con que lo dijo fue exactamente el que Monk esperaba. No era la primera vez que lo veía en las pocas semanas que llevaba allí. Formaba parte de lo que Farnham despreciaba del propio Monk, y el hecho de que lo hubiesen despedido de la Policía Metropolitana era, en cambio, un punto a su favor.
—Sí, señor —aceptó Monk a regañadientes—, pero si algo provoca un desastre real y resulta que nosotros estábamos enterados, o que al menos hemos tenido ocasión de averiguarlo, ¿cree que se avendrán a verlo así?
Farnham entornó los ojos.
—Puede disponer de un par de días —dijo—. ¡Si encuentra algo que merezca ser investigado entrégueselo a ellos, por escrito, y guarde una copia en nuestros archivos! ¿Entendido?
—Sí, señor. —Monk le dio las gracias y se marchó antes de que Farnham cambiara de parecer o añadiese más restricciones.
Comenzó por aprender cuanto pudo sobre la vasta red de cloacas, viejas y nuevas, y sobre cómo estaban interconectadas. Se trataba de una vasta red destinada a transportar hacia el este el océano de residuos generado por los tres millones de londinenses, alejándolo de la ciudad para tratarlo en grandes estaciones depuradoras próximas al mar. Luego el agua sobrante podría liberarse, comparativamente limpia, deshaciéndose del residuo sólido de otra manera. Jamás volvería a producirse una Gran Peste. Era una fenomenal hazaña de ingeniería que costaba el rescate de un rey en dinero, pero resultaba absolutamente necesaria para la capital del Imperio y la sede del gobierno de una cuarta parte del mundo.
Le llevó más tiempo averiguar la participación exacta de la empresa de los hermanos Argyll en el plan, y Monk se sorprendió al comprobar lo grande que era. Tuvo que haberles costado un esfuerzo y una influencia considerables conseguirlo, y sin duda no renunciarían a sus derechos con facilidad. Tenían tres obras en marcha, muy próximas entre sí. Dos eran de cortar y cubrir, como la profunda grieta que Hester había descrito, pero la tercera era demasiado profunda para emplear ese método. Allí tutelaban de veras, escarbando como conejos bajo el suelo, arañando la tierra y la roca y llevándola hasta la entrada para deshacerse de ella. La necesidad de trabajar así venía dictada no sólo por la profundidad, sino por el hecho de que otros ríos y conductos de gas cruzaban por encima del túnel en varios lugares y podrían haberse venido abajo si se hubiesen expuesto al método abierto.
Por más que buscó, no logró encontrar un mapa aceptable que mostrara todos los pozos, manantiales y ríos subterráneos, las antiguas alcantarillas, sumideros y canales de Londres cuyos cursos se habían alterado con el paso de los siglos. El suelo arcilloso cedía. Ciertos tipos de tierra absorbían agua y otros la repelían. Algunas cloacas antiguas que databan del tiempo de la ocupación romana habían sobrevivido. Otras se habían roto o derrumbado, y la tierra caída las había desviado o hundido aún más. La tierra era un ente vivo que cambiaba con el tiempo y el uso. No debía extrañar, pues, que Sutton, cuyo padre había sido alcantarillero y conocía todas las vías de agua, grandes y pequeñas, tuviera miedo de las imponentes máquinas de vapor que sacudían el suelo, sabiendo, además, que los hombres cavaban y vaciaban perturbando lo que estaba asentado.
Monk fue muy prudente en cuanto a mencionar el nombre de Havilland, pero si no lo hacía poco más iba a averiguar. Le producía un irónico y agridulce placer comprobar que investigar resultaba mucho más fácil que en sus días de detective privado, ya que podía servirse de la autoridad de la Policía Fluvial para pedir lo que quisiera. Estaba atenazado por las normas, constreñido y privado de libertad por la obligación de responder de sus actos tanto ante Farnham, su superior inmediato, como, en cierta medida, ante Orme y los demás subordinados. No podría ejercer su liderazgo si no era capaz de inspirar a sus hombres para que le siguiesen. La mera ostentación del cargo quizá bastara para forzar su obediencia durante un tiempo, pero no le granjearía el respeto o la lealtad deseables. Sólo reemplazaría a Durban en los papeles.
Solicitó información detallada a empleados en oficinas a pie de obra a propósito de mapas antiguos, excavaciones anteriores, vías fluviales, composición del suelo, cementerios y fosas comunes, cualquier cosa susceptible de afectar la construcción de los túneles. Le refirieron las pesquisas de James Havilland.
—¿Y la señorita Mary Havilland? —instó Monk.
—Tal como le he dicho —contestó el oficinista.
—¿Hizo las mismas preguntas que el señor Havilland? —preguntó Monk con vivo interés—. ¿Explicó su implicación en el asunto? ¿No despertó su curiosidad que una joven tuviera conocimientos sobre estas cuestiones?
—Sí, claro que me sorprendió —confirmó el oficinista—. Por eso me acuerdo. Me dijo que era su padre y que había fallecido, y que estaba haciendo lo que podía para concluir su tarea. Él trabajaba para una de las grandes firmas, la Argyll Company.
—¿Se lo dijo ella?
—No. Yo ya lo sabía. No es que lo conociera, pero me lo había encontrado un par de veces en las obras. Tenía mal aspecto, pálido y sudoroso. En fin, he visto a muchos hombres así cuando tienen que bajar a lo más hondo. Temen quedar atrapados, por no mencionar las ratas. —Se estremeció—. A mí tampoco es que me gusten mucho.
Monk insistió un poco más, anotando los pormenores, y luego dio las gracias al oficinista y se marchó.
El resto de la jornada no aportó nada nuevo. Mary Havilland había seguido los pasos de su padre en media docena de sitios. Obviamente, creía que las máquinas de vapor eran peligrosas, pero ¿había averiguado algo que lo demostrara?
Monk iba dando vueltas a la cuestión mientras regresaba por los muelles a la comisaría. Había oscurecido y lloviznaba. El olor de la marea era pestilente, pero Monk ya se estaba acostumbrando. Incluso los constantes sorbetones del agua contra los muelles y en las escaleras que bajaban a los transbordadores y gabarras cobraban una especie de ritmo familiar. Las sirenas de niebla resonaban de nuevo y la lluvia entorpecía la visión. En lo alto, las luces surgían en la oscuridad sin dar tiempo a cambiar de rumbo.
Se preguntó qué sería de Scuff. ¿Dónde estaría en una noche como aquélla? ¿Habría comido algo? Tenía cobijo, a Monk le constaba, pero ¿cómo se calentaría? Entonces recordó que el principal botín de los rapiñadores era el carbón. Muy a menudo los marineros de las gabarras lo dejaban caer deliberadamente en las aguas someras para que los chicos lo recogieran. A lo mejor tendría un fuego. Las riberas estaban plagadas de niños que se las arreglaban como podían para sobrevivir, igual que en el resto de la ciudad. No tenía sentido preocuparse por uno de ellos.
Se obligó a concentrarse otra vez en el caso.
¿Acaso Havilland había descubierto algo por lo que alguien estaría dispuesto a matar con tal de ocultarlo? Parecía poco probable. Argyll no había sufrido ningún accidente grave. Ahora bien, Havilland era ingeniero y sabía con exactitud de qué eran capaces las enormes máquinas, qué precauciones se tomaban y también que Argyll, menos que nadie, no querría heridos ni pérdidas de tiempo. Un accidente grave quizá segara la vida de un puñado de hombres, pero desde luego supondría la ruina de la empresa.
Sin embargo, ¿era posible que se hubiera enterado de algo tan peligroso como para que lo asesinaran por ello, y que Mary, al seguir sus pasos, encontrara el mismo final?
¿O era simplemente que Havilland había perdido su equilibrio mental, obsesionándose hasta el punto de imaginar un peligro donde no había ninguno? ¿Eran los ríos desviados y la amenaza de corrimientos una excusa más que una razón para cerrar aquel túnel y ahorrarse tener que volver a bajar a su pavorosa galería? ¿Era incluso posible que le guardase rencor a Argyll por la causa que fuera? ¿Que Mary, devota de su padre, hubiera creído en su visión y luego, cuando finalmente las pruebas la obligaron a enfrentarse a la verdad, hubiese sido incapaz de soportarlo? ¡Sólo que para ella fue aún peor! Primero el error de su padre, su suicidio, la ruptura de su compromiso matrimonial con Toby Argyll; después, el distanciamiento de su hermana, la vergüenza de las falsas acusaciones y nada que esperar del futuro, ni siquiera estabilidad económica.
¿Acaso Toby le había contado una verdad tan amarga que al final la había desmoronado? ¿Cabía incluso que hubiese arremetido contra él debido a eso?
Hester sufriría cuando se enterara. Monk hizo una mueca y se estremeció al pensar que quizá debería decírselo, al día siguiente o al otro, tal vez…
A la mañana siguiente decidió ir directamente al túnel más profundo valiéndose otra vez de su autoridad para obligar a los ingenieros a dejarlo entrar.
La obra bullía de actividad: los hombres llevaban carretillas, cavaban, picaban, apuntalaban la entrada donde cargamento tras cargamento de tierra, arcilla, piedras y esquisto salía en vagonetas y era izado por los doce metros de pared hasta el nivel superior. El túnel propiamente dicho era como la entrada a una mina, lo suficientemente grande para que un hombre cupiese de pie. Pero lo sería mucho menos cuando acabaran de enladrillarla. Sería un tubo vacío con esporádicos agujeros por los que desaguarían los sumideros en caso de tormenta. Escaleras de mano protegidas con anillos de acero ascenderían hasta la calle y la luz del día, de modo que los encargados del mantenimiento pudieran bajar y limpiar cualquier obstrucción o amontonamiento de residuos que impidiera una circulación fluida.
Un gigantesco motor de vapor retumbaba, estremeciendo el suelo, moviendo la cadena que halaba los cargamentos de escombros y los trasladaba a un montículo donde se vaciaban. Silbaba y escupía vapor, y el ruido obligaba a los hombres a gritar para hablarse en unos veinte o treinta metros a la redonda. Los fogoneros paleaban carbón para avivar el fuego de la caldera y acto seguido reanudaban las tareas de izado y vaciado.
Monk mostró su placa de identificación. A regañadientes los responsables le dejaron acceder a la obra, a cuyas profundidades se bajaba por una cuesta muy empinada, pero ninguno lo acompañó. Resbaló unas cuantas veces, y a punto estuvo de caer al suelo. En varias ocasiones se dio de bruces contra las paredes cubiertas por tablones medio sueltos.
Una vez abajo pudo caminar con más soltura sobre las tablas dispuestas encima de los escombros y el barro. El agua sucia se filtraba por los lados y formaba charcos que se iban vaciando poco a poco hacia la boca del túnel. Monk levantó la vista por un instante. ¿A qué profundidad se encontraba? El pánico le provocó palpitaciones. Las paredes ascendían hasta una estrecha franja de cielo y el movimiento de las nubes al cruzarla hizo que se tambalease.
De repente fue consciente del olor que lo rodeaba: a humedad, a tierra, a moho, como si nada estuviera nunca seco ni el aire se renovase.
Se enfrentó al agujero oscuro que tenía delante con una renuencia que lo asustó. Nunca antes había experimentado una sensación tan avasalladora de estar encerrado. Tuvo que obligarse a seguir caminando y procurar adormecer su imaginación.
La sombra se cerró encima de él. La claridad diurna apenas si penetraba. Después de unos pocos metros el túnel estaba alumbrado con linternas sordas, para evitar que las llamas inflamasen los gases que flotaban en el aire. Tenía noticia de explosiones en minas y hombres enterrados para siempre en pozos derrumbados. ¿Cabía la posibilidad de que allí sucediera algo semejante? ¡No, claro que no! Aquél era un túnel recto que iba a ser enladrillado y reforzado con acero. Las cloacas no se derrumbaban.
El ruido del martilleo y las palas sonaba delante de él. Siguió caminando haciendo chapotear el agua con las tablas del suelo. Se preguntó dónde estarían los ríos más cercanos y si habría alguien que lo supiera con certeza. ¿Hasta qué punto aquellos ríos cambiaban su curso en secreto debido a hundimientos, a los grandes motores que sacudían la tierra desde la superficie? Estaba sudando y el corazón le palpitaba con fuerza.
Seguía avanzando exactamente a la misma velocidad a lo largo del entarimado. La regularidad de sus pasos le daba la ilusión de estar controlando la situación. El agua goteaba. Parecía estar por todas partes, un brillo en las paredes a la luz de las linternas sordas. Una rata surgió de la nada dándole un susto. Corrió unos diez metros, pasando por su lado, y las sombras volvieron a engullirla.
Delante se veían luces más brillantes, se oían voces, el estruendo metálico de los picos contra la roca y el ruido sordo de los golpes contra la arcilla. Entonces la vio. Una máquina como un tambor gigantesco, casi del tamaño del propio túnel, repiqueteando con toda su potencia como si fuese el latido de la tierra.
Un mínimo de veinte hombres se concentraban en diversas tareas, y ninguno levantó la vista ni se percató de la presencia de Monk. El aire viciado y frío dejaba un extraño sabor en la boca.
Un hombre apareció junto a él con una carretilla cargada de escombros. Otra rata salió disparada de las sombras y volvió a desaparecer. Las paredes del túnel más allá de las últimas tablas resplandecían a causa de la humedad, y aquí y allá había hilos de agua que se escurrían hasta el suelo lodoso.
Si los excavadores llegaban a romper las paredes de un arroyo subterráneo, el agua manaría allí dentro como un grifo abierto, sólo que no habría modo de cerrarlo. No debía permitirse pensar en eso o acabaría siendo presa del pánico. Notó que un sudor frío le recorría todo el cuerpo.
Avanzó a grandes zancadas y llamó adrede la atención del hombre mejor vestido que vio, uno de los únicos dos que llevaban chaqueta y que, era de suponer, más que ejecutar, supervisaban las tareas de excavación.
El hombre en cuestión era ancho de espaldas y algo ventrudo, aunque no aparentaba más de cuarenta y pocos años. Era de rasgos regulares, incluso agraciados, salvo por una boca una pizca demasiado grande. Tenía el cabello negro y ondulado y lucía un espeso bigote oscuro. Volvió unos ojos azules hacia Monk.
—¿Sí? —dijo sorprendido, levantando la voz para hacerse oír por encima del estruendo de la máquina y del ruido de la tierra y las rocas al ser trituradas.
—Monk, de la Policía Fluvial —contestó Monk—. Tengo que hablar con el responsable.
—¡Soy yo! Aston Sixsmith —dijo el hombre—. ¿Qué quiere, señor Monk?
Monk señaló hacia la entrada para indicar que deberían alejarse del ruido y tuvo que concentrarse deliberadamente para no volverse de inmediato y pasar delante. Comenzó a compadecer a Havilland más de cuanto lo hiciera sólo una hora antes. Entendía muy bien que un hombre se sintiera oprimido por aquellas paredes, por la oscuridad y, sobre todo, por el aire viciado.
Sixsmith caminaba delante de él y se detuvo a unos treinta metros de la excavación.
—Bien, señor Monk, ¿qué puedo hacer por usted? —preguntó con curiosidad—. ¿Ha dicho que es de la Policía Fluvial? Por aquí no tenemos ningún problema, y no he contratado a ningún hombre desde hace más de un mes. ¿Está buscando a alguien? Yo, en su lugar, probaría en el túnel del Támesis. ¡Aquello sí que es un mundo aparte! Hay gente que vive bastante bien, casi toda su vida. En esta época del año está más seco que la superficie. Aunque me figuro que eso usted ya lo sabe.
—Sí, en efecto —contestó Monk, aunque el mundo del túnel del Támesis era uno de tantos de los que aún no había tenido tiempo de explorar. El propio río lo mantenía en constante alerta, siempre aprendiendo, poniendo de manifiesto las grandes lagunas de sus conocimientos así como las pequeñas equivocaciones tontas que cometía a causa de su ignorancia. Tenía el rostro encendido por el recuerdo de las veces en que Orme le había sacado de apuros, aunque siempre discretamente. No podía seguir así—. No estoy buscando a ningún hombre. —Miró a Sixsmith directamente a los ojos—. Tengo entendido que usted trabajaba con James Havilland.
La tristeza ensombreció de repente el semblante de Sixsmith. Su rostro era más expresivo, más susceptible de reflejar sentimientos de lo que Monk había supuesto. Su aspecto no era muy diferente del de los peones y se mezclaba con ellos fácilmente, pero tanto su voz como su dicción lo ubicaban en una posición bastante distante, señalándolo como un hombre caballeroso y de considerable formación, fuese ésta académica o no.
—Sí. Pobre hombre —dijo—. Al final, los túneles acabaron con él.
Escrutó los ojos de Monk y éste tuvo la clara sensación de que su propio miedo era percibido cuando no constatado.
—¿Qué puede decirme acerca de él? —preguntó Monk—. ¿Era un buen ingeniero?
—Excelente, aunque un poco anticuado —contestó Sixsmith—. Quería que las nuevas ideas se probaran más concienzudamente de lo que considero necesario. Pero era un hombre cabal, y no conozco a nadie que no lo apreciase y respetara. ¡Yo, desde luego, lo hacía!
—Ha dicho que los túneles acabaron con él —prosiguió Monk—. ¿A qué se refiere?
Se alegró de que hubiesen empezado a avanzar hacia la entrada otra vez, aunque fuera para salir a una grieta y no al nivel del suelo.
Sixsmith suspiró y movió las manos con un gesto atribulado. Pese a lo sucias que las llevaba, su fuerza y elegancia saltaban a la vista.
—Algunos hombres no soportan los sitios cerrados —explicó—. Hay que tener un temple especial para trabajar bajo tierra. Él no lo tenía. No es que no se esforzara, pero a veces perdía el control. —Suspiró y apretó los labios—. Intenté convencerlo de que se quedara arriba, pero no me escuchaba. Por orgullo, supongo.
—¿Había algo en particular de lo que tuviera miedo? —preguntó Monk con tono neutro.
Sixsmith lo miró con cautela, pero de forma directa; resultaba imposible pasar por alto la inteligencia que brillaba en sus ojos.
—Me figuro que ahora carece de sentido tratar de ocultarlo —dijo con resignación—. El pobre está muerto y el mundo conoce sus flaquezas. Sí, tenía miedo de que un río reventara provocando el hundimiento de un costado de la galería. Si algo semejante ocurriese, los hombres perecerían enterrados vivos o ahogados. Acabó obsesionado con la idea de ríos subterráneos perdidos que aguardaban el momento de dar con una vía de entrada, casi como una presencia maligna. —Miró a Monk a la defensiva—. No es ninguna locura, señor Monk, al menos no del todo. Sólo es la exageración de algo real, el miedo llevado hasta lo irracional, por así decirlo. La ingeniería de túneles es una empresa arriesgada. Murieron muchos hombres durante la construcción del túnel del Támesis, ¿sabe? Aplastados por hundimientos, asfixiados por los gases, toda clase de cosas. Es una profesión muy dura y no todo el mundo sirve para ella.
—Pero ¿a usted le caía bien? —Monk estaba temblando a pesar del grueso chaquetón. Apretó los dientes con intención de ocultarlo.
—Sí, desde luego —repuso Sixsmith sin titubeos—. Era un buen hombre. —Se metió las manos en los bolsillos. Caminaba con soltura, como si tal cosa.
—¿Conoció a la señorita Havilland? —inquirió Monk.
Una sombra de exasperación cruzó el expresivo rostro de Sixsmith.
—Sí, en efecto; aunque no muy bien. La muerte de su padre la afectó muchísimo. Me temo que era muy emotiva y un poco menos… equilibrada que él o que su hermana, la señora Argyll.
Monk se sintió ofendido por el comentario de Sixsmith, lo cual era poco razonable. Él no había conocido a Mary Havilland en vida y Sixsmith en cambio sí. Debía recordar que sus semejanzas con Hester eran superficiales; cuestión de circunstancias, no de carácter. Y, sin embargo, su rostro le había transmitido amabilidad y sentido común. También emotividad, desde luego, pero ésas eran pasiones propias de una mujer de carácter fuerte, no las fantasías y complacencias de una pusilánime.
Le costaba hablar de su muerte con aquel hombre que la veía tan distinta. Vaciló en busca de las palabras que deseaba, y por un instante llegó a olvidar lo lejos que quedaba aún de ellos la luz del final del túnel.
Sixsmith llegó antes que él.
—¿Por eso ha venido aquí? Ha dicho que pertenece a la Policía Fluvial. Ella murió en el río, ¿verdad? —Apretó la boca—. Lo lamento profundamente. Y lo del joven Toby también. Qué horrible tragedia. —Miró fijamente a Monk—. ¿Supone que se mató a causa de su padre? Si es así, casi seguro que está en lo cierto. Se resistía a aceptar la verdad. Luchó contra ella hasta el final, la pobre. —Encogió ligeramente sus fuertes hombros—. Quizá yo hubiese hecho lo mismo, si se hubiera tratado de mi padre. Cuesta mucho encajar un golpe así sobre tu propia familia.
Monk se volvió de repente para mirarlo pero sólo halló compasión en el rostro de Sixsmith, que prosiguió:
—Todo el mundo lo lamentó mucho por ella. Hacían oídos sordos a sus preguntas y acusaciones, esperaban que se le pasara con el tiempo, pero según parece no sirvió de gran cosa. Tal vez al final viese la verdad y fuera demasiado para ella. Lo idolatraba. Qué insensatez. Todos somos humanos. A lo mejor ningún hombre podría estar a la altura de lo que ella creía de él. No sé qué más puedo decir para ayudarle.
Monk sintió el peso de su convencimiento y su compasión.
—Gracias —dijo—. Regresaré si surge alguna novedad. —Le tendió la mano.
Sixsmith se la estrechó con una sonrisa afectuosa. Podrían haber sido amigos que se reencontraran tras una larga separación.
—No deje de hacerlo —dijo—. Cuente conmigo para lo que sea.
A pesar de lo que Sixsmith había dicho, Monk quiso analizar una vez más las circunstancias del suicidio de Havilland. Mientras iba en coche de punto a lo largo de Embankment era consciente de que Farnham habría preferido que se ocupara de su trabajo, que consistía en combatir la delincuencia que operaba en el río, pero también sabía que Orme se encargaría de investigar los accidentes y delitos habituales. Se dio cuenta de que en realidad era lo que hacía buena parte del tiempo. Estaba enseñando más cosas a Monk de las que aprendía de éste.
Mary Havilland y Toby Argyll habían perecido en el río. ¿Acaso ella había creído que él y su hermano eran responsables de la muerte de su padre? De ser así, quizás había arrastrado a Toby con ella hacia una muerte segura intencionadamente, tal como Alan Argyll había dado a entender bajo la impresión sufrida por la pérdida de su hermano. En tal caso, se trataría de un homicidio.
¿Acaso Monk necesitaba saber si eso era cierto? ¿O la condenación por suicidio bastaba como carga y castigo por los actos de Mary? ¿Estaba mentalmente perturbado? Cualquier juicio contra ella ya no se encontraba al alcance de los seres humanos.
Monk sólo había visto su rostro después de muerta. Le había parecido el de una mujer de fuerte personalidad, incluso bello. Pero ¿hasta qué punto lo transformaba el espíritu que había albergado? ¿Le habría parecido fea, incluso loca, si la hubiese visto con vida?
Dedicaría un día más a hacer pesquisas para despejar las dudas que daban vueltas en su mente. Entonces tendría que decirle a Hester la verdad, por triste o brutal que fuese.
Durante su última visita al domicilio de los Havilland sólo había hablado con Cardman, cuya lealtad era irreprochable. Tal vez si hablase con otro sirviente que llevara menos tiempo en la casa y, por lo tanto, tuviese que buscar pronto un nuevo trabajo, oiría una versión diferente.
El cielo estaba encapotado y el viento arrastraba aguanieve. Monk celebró llegar a la casa de nuevo y que le dejaran pasar a la cocina, donde le ofrecieron una taza caliente de té recién hecho y un trozo de bizcocho. La razón de tal hospitalidad no tardó en desvelarse.
—¿Usted es policía? —le preguntó la cocinera ofreciéndole un segundo trozo de bizcocho.
Monk lo aceptó con gusto. Era delicioso, y así se lo hizo saber a la mujer.
—Sí —repuso, alentándola a continuar.
—¿Puede decirnos qué va a ser de nosotros, señor Monk? El señor Argyll está demasiado alterado por la muerte de su hermano como para ocuparse de cuestiones prácticas, y la señora Argyll debe de estar destrozada por lo de la señorita Mary. Es sólo que no sabemos en qué posición nos hallamos, entiéndame. Yo y el señor Cardman nos quedaremos mientras nos necesiten, pero hemos de avisar a algunos lacayos y criadas cuanto antes. No siempre es fácil encontrar una buena colocación, y haber trabajado en una casa donde se ha vivido una tragedia como ésta no ayuda.
Monk miró el rostro regordete y ansioso de la mujer, que llevaba el cabello, rubio y encanecido, recogido en un moño holgado. Se esforzaba en no parecer insensible, pero si un suicidio en la casa resultaba perjudicial, dos podían complicar sobremanera la recolocación de la servidumbre, por injusto que fuese. El miedo asomaba a sus ojos.
—No lo sé, señora Plimpton, pero lo averiguaré y me encargaré de que sean informados a la mayor brevedad. Todavía no estamos seguros de cómo llegó a caer al río la señorita Mary… —Monk se detuvo al ver la turbación reflejada en el rostro de la mujer. Requeriría suma delicadeza sonsacarle lo que pensaba—. Como tampoco el señor Toby Argyll —agregó observándola.
Detectó una chispa de ira, un destello que disimuló de inmediato. Era una mujer cuya posición en la vida jamás le había permitido perder el control de sus sentimientos, pero Monk adivinó la antipatía hacia Toby que ella no se atrevía a mencionar.
—Gracias, señor —contestó la cocinera.
Monk necesitaba más.
—Me figuro que hacía mucho que conocía a la señorita Havilland.
—Desde que nació —respondió la señora Plimpton con tristeza.
Monk probó otra manera de abordar el asunto.
—¿Estaba muy enamorada del señor Argyll?
—No —contestó bruscamente la señora Plimpton, y acto seguido advirtió que había sido demasiado franca—. Quiero decir que… Bueno, por supuesto que lo apreciaba, pero fue ella quien rompió el compromiso, no él. —Tragó saliva—. Señor Monk, ¡ella jamás se habría quitado la vida! Si la hubiese conocido ni siquiera se le habría ocurrido pensarlo. Estaba decidida a demostrar que el pobre señor Havilland no se suicidó, sino que lo mataron, ¡y le faltaba poco para conseguirlo! Se la veía tan excitada…
Se interrumpió y se volvió para sorberse la nariz.
—Si no se quitó la vida, señora Plimpton, ¿qué supone que ocurrió? —preguntó Monk en tono amable, haciéndole ver que se tomaba en serio su opinión.
Ella lo miró de nuevo. Tenía los ojos enrojecidos e hinchados, y la nariz colorada. Quizá fuese la compasión en la voz de Monk o el hecho de que éste estuviera sentado a la mesa de la cocina, comiéndose su bizcocho, lo que hizo que ella se sintiera inclinada a sincerarse.
—Creo que descubrió quién envió esa carta a su padre atrayéndolo a la cuadra para dispararle —dijo desafiante—. El amo nunca se hubiese pegado un tiro, igual que ella no era de las que saltan de los puentes. —Inspiró profundamente.
Monk se sobresaltó. Nadie le había mencionado una carta.
—¿A qué carta se refiere, señora Plimpton? —preguntó quedamente.
—La carta que recibió la noche que murió —contestó ella.
—El señor Cardman no mencionó ninguna carta.
—Porque no sabía nada —respondió ella mientras con gesto mecánico cogía la gran tetera para rellenar la taza de Monk—. Llegó por la puerta trasera y Lettie fue a entregársela. El señor Havilland la leyó y la quemó, según parece. Pero fue justo después de eso cuando le dijo a Cardman que había decidido acostarse tarde y que no era preciso que nadie le esperase. Que él mismo cerraría. Estoy segura de que iba a reunirse con alguien. ¡Me jugaría la vida! —Soltó un grito ahogado, como si de pronto cayera en la cuenta de que eso era justamente lo que Havilland había hecho, y que le había costado la vida.
—¿Está segura? —la apremió Monk.
—¡Claro que lo estoy! —La señora Plimpton temblaba de la cabeza a los pies, pero sus ojos no vacilaban lo más mínimo.
—¿Podría hablar con Lettie? —solicitó Monk.
—Cree que me lo estoy inventando, ¿verdad? —dijo la señora Plimpton en tono de reproche.
—No, al contrario —la tranquilizó Monk—. Si fuese así, no tendría sentido que hablara con Lettie, ¿no le parece? Quiero comprobar qué recuerda: el tipo de papel, la tinta, la caligrafía. Me gustaría saber si vio al señor Havilland abrirla y cómo reaccionó. Si le pareció sorprendido, asustado, alarmado o excitado, incluso complacido. Si la estaba esperando o no.
—Ah… ya. ¡Vaya! —La señora Plimpton no llegó a disculparse, pero le ofreció más bizcocho—. Bueno, mandaré que avisen a Lettie. —Fue hasta la puerta y pidió a la ayudante de cocina que buscase a la criada.
Lettie se presentó y contestó a las preguntas de Monk.
Tenía unos quince años y permaneció de pie delante de él, retorciéndose el delantal con las manos. La carta la había llevado un muchacho a quien no había visto nunca antes ni después. No sabía leer y no pudo decir nada sobre el tipo de papel ni la caligrafía, pero recordaba con bastante claridad que el señor Havilland se había mostrado sorprendido y hasta afectado por la carta. Después de leerla la había arrojado sin dilación al fuego y le había pedido que fuera en busca de Cardman. No había escrito contestación alguna.
—¿Sabe quién le envió esa carta? —pregunto Monk.
—No, señor, ni idea.
—¿Qué dijo el señor Havilland, que usted recuerde claramente?
—Que avisara al señor Cardman enseguida, señor.
—¿Eso es todo?
—Sí, señor.
—¿Había visto la misma caligrafía con anterioridad?
—No lo sé, señor. Nunca me fijaba en esas cosas.
Monk dio las gracias tanto a la chica como a la señora Plimpton. Salió de la casa por la puerta de la trascocina y el patio de servicio, y pasó por delante de la carbonera antes de subir la escalera hacia la calle, barrida por un viento glacial. ¿Quién había escrito a Havilland alterándolo tanto? ¿Habían acordado reunirse en la cuadra aquella misma noche, o se trataba de algo por completo distinto? Havilland había enviado a los sirvientes a la cama inmediatamente después de recibir la misiva, y al parecer había cambiado sus planes de retirarse a la hora habitual. Eso explicaría su presencia en la cuadra. Pero ¿con quién se reuniría en semejante lugar una noche de invierno en vez de hacerlo en su casa, a resguardo del frío y la humedad, aunque, al menos en teoría, resultara menos confidencial?
¿Por qué necesitaría tan extraordinaria privacidad? ¿Acaso su propio estudio no era lo bastante discreto toda vez que la servidumbre se había retirado a sus habitaciones y seguramente Mary también? ¿Había llevado el arma consigo para protegerse porque temía que lo atacasen? ¿Por qué? ¿Quién? Quizá Mary Havilland tuviera razón. De ser así, estaba claro que también a ella la habían matado deliberadamente, y en ese caso sólo cabía que el asesino fuese Toby Argyll.
Ahora sí que Monk no podía volver la espalda a la posibilidad de que Havilland hubiese encontrado algún peligro real en los túneles y que lo hubieran matado para silenciarlo antes de que arruinara el negocio haciéndolo público.
Pero entonces el visitante le había arrebatado el arma y le había disparado con ella. ¿Se trataría de un hombre más joven y fuerte, más despiadado, que se había valido del factor sorpresa? Havilland debía de estar asustado, pero había acudido esencialmente para hablar. El otro hombre lo había hecho con el propósito de matar.
Alan Argyll…
¿Sería eso lo que Mary había descubierto y por lo que Toby Argyll la había matado a su vez?
Monk se inclinó contra el viento y notó que las partículas de hielo en suspensión le hacían escocer la cara. Apuró el paso.