Capítulo 6

Monk estaba en la cocina cuando oyó a Hester entrar por la puerta principal. Giró sobre sus talones y salió a grandes zancadas al vestíbulo para preguntarle de dónde venía tan tarde. Sorprendido, comprobó cómo iba vestida, y la expresión de frío y cansancio de su rostro. Iba desgreñada, como si se hubiera atado el cabello en un nudo en lugar de molestarse en peinarlo, y las mangas y los pantalones empapados.

—¿Dónde diablos has estado? —preguntó bruscamente, con inquietud. Estaba muy cerca de ella, casi tocándola—. ¿Qué ha sucedido?

Hester no trató siquiera de andarse con rodeos.

—He ido a los túneles con Sutton. Me encuentro perfectamente, pero allí abajo está ocurriendo algo muy grave —repuso mirándolo fijamente—. No es tan sencillo como pensaba. Las máquinas son muy grandes y están sacudiendo el suelo, pero eso lo sabe todo el mundo. No tiene nada que ver con lo que Mary Havilland o su padre descubrieron. Todos saben que es peligroso; son gajes del oficio. —Sus ojos escrutaron el semblante de Monk en busca de ayuda, de explicaciones que dieran sentido a aquel embrollo—. Todo el mundo está al corriente de la existencia de ríos y fuentes subterráneos y de que se producen corrimientos del suelo arcilloso. ¡Hay cientos de personas viviendo bajo tierra! Pero Mary iba de una a otra haciendo preguntas. ¿Qué podía andar buscando y por qué era tan importante?

Monk se esforzó en no mostrarse demasiado brusco. Se hizo a un lado dejándole sitio para que entrara en la cocina caldeada. Hester había pasado todo el día fuera, pero él había limpiado los fogones y vuelto a encender el hornillo. No era muy ducho en tareas domésticas, pero eso sabía hacerlo. Debido a las ausencias de Hester cuando en el dispensario había casos graves de los que ocuparse, no había tenido más remedio que aprender. Quejarse por tal cuestión hubiese resultado deleznable. Mientras había sido presa del terror de perderla para siempre durante la horrible situación vivida por ambos unos meses atrás, ni siquiera se le había ocurrido pensar en cuidar de sí mismo.

Le quitó el abrigo y lo colgó en el perchero para que se secara. Hester no intentaba recurrir a evasivas, cosa que de por sí bastó para alarmarlo. Debía de estar muerta de miedo. Lo veía en sus ojos bajo la brillante claridad de lámpara de gas de la cocina.

—¿Dónde has estado exactamente? —preguntó Monk—. ¿Dónde te has enterado de todo esto?

—En el túnel del Támesis —contestó Hester—. ¡No iba sola! —agregó con premura, y repitió—: En todo momento he estado a salvo. —Un estremecimiento involuntario la sacudió de la cabeza a los pies al recordar lo que había visto. Se atusó el pelo con mano temblorosa—. ¡William, hay personas que viven allí siempre! Como… ratas. Nunca suben a respirar aire fresco ni echan de menos la luz del sol.

—Ya lo sé. Pero seguramente ése no es un nido de criminales peor que cualquier barriada ribereña o que el puerto, o lugares como Jacob’s Island. —La rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí—. ¡Y no vas a montar ningún dispensario para ellos!

Hester rió a su pesar y terminó tosiendo.

—No se me había ocurrido. Pero ahora que lo dices…

—¡Hester!

Ella le dedicó una afectuosa sonrisa.

Monk soltó el aire despacio obligándose a no perder la calma. Echó más agua en la tetera y puso ésta en el fogón. En la despensa había pan fresco, mantequilla, queso y un buen pedazo de tarta.

—William.

Él se volvió expectante hacia Hester, que, con voz muy seria, continuó:

—Mary estuvo en toda clase de sitios haciendo preguntas sobre ríos subterráneos, desplazamientos de terrenos y el número de personas heridas… Pero también preguntaba acerca de las máquinas. Según parece tenía algunos conocimientos al respecto. Me refiero a que sabía distinguir unas de otras. Corrió riesgos tremendos. O bien no se daba cuenta, o bien… —Se interrumpió. De repente los ojos se le llenaron de lágrimas. Estaba pálida, agotada, y a pesar del abrazo de Monk todavía temblaba. Nada de lo que él hiciera mitigaría su temor, ni se dejaría consolar como una niña. Para ser capaz de relajarse tendría que enfrentarse a su miedo o su dolor.

—¿Piensas que era tan tonta como para no ser consciente del peligro? —preguntó Monk.

—No —respondió Hester en voz baja, con tristeza, sin apartarse de él—. Más bien pienso que la verdad le importaba tanto que prefirió correr ese riesgo en lugar de salir huyendo. Creo que tenía miedo de un desastre real, peor que el del Fleet.

—¿Por tratarse de un túnel?

—Un incendio —puntualizó Hester—. Las tuberías de gas están conectadas con las casas de la superficie.

Monk lo entendió a la primera. La posibilidad era aterradora.

—¿Y lo saben?

Hester asintió con la cabeza y dio un paso atrás; ya no temblaba.

—Eso parece. Sólo que ella todavía no estaba en condiciones de demostrarlo. O quizá sí. ¿Crees que la mataron por esa razón?

—Es posible —respondió Monk con cautela—. Y también podría ser el motivo por el que decidieron acabar con su padre, ¡así que ten bien presente que no se lo pensarán dos veces antes de matarte si te consideran una amenaza! De modo que…

—¡Ya lo sé! —lo interrumpió Hester—. No tengo ninguna intención de volver a ese sitio, lo prometo.

Monk vio el miedo reflejado en sus ojos. Mantendría su palabra, no sería necesario pedirle que se lo prometiera.

—No es sólo por tu vida —dijo Monk con ternura—, sino también por la de otros.

—Lo sé. —Seguía estando muy tensa, pero un calor más profundo que el de la habitación por fin había penetrado en su ser—. ¿Qué vas a hacer?

—Preparar té —contestó Monk quitando hierro al asunto—. Luego pensaré cómo demostrar quién tuvo ocasión de matar a James Havilland. Nunca demostraremos que Toby pretendiera acabar con la vida de Mary, y puesto que también cayó al río, en sentido estricto ya se ha hecho justicia.

—¿Piensas que Mary se agarró a él para arrastrarlo con ella a propósito? —preguntó Hester.

—Sí —respondió Monk—. No me extrañaría en lo más mínimo.

—Pero con eso no basta, ¿verdad?

—No. Carece de sentido que Argyll corriera semejante riesgo. Se arruinaría. En este asunto hay algo que desconocemos. Aún no tenemos todas las piezas.

Ahora fue Hester quien lo rodeó con los brazos y se arrimó a él.

Por la mañana la situación parecía menos clara. Si era Toby Argyll, joven y ambicioso, quien estaba detrás de todo aquello, ya no cabía actuar contra él y mancillar su nombre constituiría una crueldad vana. Alan Argyll haría cuanto estuviera en su mano con tal de evitarlo, y lo único que Monk ganaría sería un enemigo implacable para la Policía Fluvial. Sus pruebas tendrían que ser irrefutables, porque nadie iba a molestarse en salvar la reputación de James Havilland, y la de Mary menos aún.

La responsabilidad de Monk ante Farnham era uno de los precios a pagar por la autoridad que le confería el uniforme, así como por unos ingresos regulares y muy razonables. Ese invierno ya no temía la inseguridad económica como en el anterior.

¡Pensar en maneras de orillar los prejuicios de Farnham era un precio bajo que pagar!

Necesitaba saber mucho más acerca de Toby y Allan Argyll. Resultaba difícil formarse una opinión sobre alguien que había muerto joven y en circunstancias trágicas. A nadie le gustaba hablar mal de los muertos, excepto en murmullos y con suma reserva, como si la muerte los absolviera de todos sus pecados y flaquezas.

Quizás un buen modo de empezar fuese abordar a quienes lloraban la pérdida de James y Mary Havilland. Decidió ir a ver al ama de llaves, la señora Kitching. Era probable incluso que interrogara a Cardman de nuevo y le pidiera que no se mostrase tan rígidamente discreto.

Cardman dispensó a Monk una calurosa acogida movido por el recuerdo de haber sido escuchado y creído, si bien sus sentimientos seguían demasiado vivos bajo sus disciplinados modales como para permitirse el lujo de revelarlos. Se quedó de pie en la sala de día para contestar a las preguntas de Monk y si se quitó la máscara fue sólo para hacer patente un instante su indignación por el hecho de que la Iglesia considerase pecadora a Mary Havilland cuando la irrevocabilidad de la muerte le había arrebatado la ocasión de arrepentirse.

Monk se sintió incapaz de alcanzar la dura y aislada aflicción de aquel hombre. Cardman era sumamente reservado; tal vez ésa fuese su única armadura. Monk no abrigaba el menor deseo de abrir una brecha en ella. Recordaba su propio aislamiento con toda claridad, el orgullo y el miedo a los demás seres humanos que lo habían mantenido en su sitio. A diferencia de Monk, Cardman no había encontrado una mujer como Hester que hubiese penetrado su coraza, destruyéndola y descubriendo tesoros valiosos al mismo tiempo.

Quizá también estuviera haciendo honor a su deber de cuidar del resto del personal de la casa hasta que llegara el momento de eximirlos de sus obligaciones y permitirles buscar nuevos puestos de trabajo provistos de cartas de recomendación firmadas por algún representante de Argyll. No quedaba ningún miembro de la familia Havilland a quien asistir.

Monk preguntó si podría ver al ama de llaves y fue conducido por el pasillo de servicio y, tras una breve solicitud, invitado a entrar en su aposento.

—Buenos días, señora Kitching —saludó Monk.

—Hum —contestó el ama de llaves sentada en una silla frente a él, muy erguida, en su pulcra salita de estar de maderas pulidas y bordados enmarcados en las paredes. Miró a Monk de arriba abajo, reparando en el chaquetón de su uniforme de policía, aquella reconocible prenda que tanto le pesaba, así como en el cuello blanco de la camisa y en sus bonitas botas—. ¿Oficial de policía, dice? ¿Más oficial que policía, tal vez? Y ¿qué es lo que quiere ahora? No voy a hablar mal de la señorita Havilland, así que puede ahorrarse su tiempo. Me iré a la tumba afirmando que era una buena mujer, y eso es lo que pienso decirle a Dios Nuestro Señor a la cara.

—Quiero saber por qué murió y quién fue el causante de su muerte, señora Kitching —dijo Monk—. Me gustaría saber más cosas sobre las demás personas que formaban parte de su vida. Por ejemplo, ¿conocía usted al señor Toby Argyll? Me figuro que vendría aquí a verla con bastante frecuencia, sobre todo después del fallecimiento de su padre.

—Y antes —apuntó ella enseguida.

—¿Estaban muy unidos?

—Depende de a qué se refiera. —No era evasiva, quería ser precisa. Su mirada resultaba más franca que la de cualquier otro sirviente que Monk recordara haber interrogado con anterioridad.

Un pensamiento cruzó la mente de Monk como una centella.

—¿Tiene intención de buscar otro empleo cuando termine aquí, señora Kitching?

—No lo necesito. He ahorrado un poco. Me iré a vivir a Dorking con mi hermana y mi cuñado. Sólo me quedaré aquí mientras sea preciso.

Se abstuvo de agregar que no hacía falta que la amenazara porque era inmune a las amenazas, pero bastaba con ver la expresión de su cara.

Monk sonrió. Era exactamente el testigo que andaba buscando.

—Lo que quiero decir, señora Kitching, es si él estaba enamorado de ella y ella de él.

La señora Kitching soltó un breve suspiro.

—Ella desde luego no, aunque empezaba a agradarle. Era un hombre muy afable, además de ingenioso e inteligente.

—¿Y él?

—Bueno, la señorita Mary era guapa. —Pestañeó e inhaló profundamente. Saltaba a la vista que le costaba lo suyo dominar su aflicción. Lo fulminó con la mirada como si fuese el culpable de avivar su dolor—. Y eso es lo que atrae a la mayoría de caballeros, hasta que te conocen un poco mejor.

—¿Y entonces qué ocurre? —Monk mantuvo una expresión perfectamente anodina. Pensar en el rostro del cadáver de Mary manchado de agua sucia del Támesis bastaba para acabar con cualquier vestigio de humor.

—Y entonces preferirían que no tuvieras demasiadas opiniones propias —dijo ella con aspereza y lágrimas en los ojos.

Monk cayó en la cuenta de que quizá no estuviera pensando sólo en Mary Havilland, sino en una herida que había sufrido hacía mucho tiempo pero que seguía abierta manteniendo vivo el sentimiento de pérdida. Era común que cocineras y amas de llaves recibieran el trato honorífico de «señora» aunque nunca se hubieran casado. Se trataba de un distintivo de madurez más que de matrimonio, igual que cuando un hombre pasaba de señorito a señor. Hasta entonces no se le había ocurrido pensar en esa diferencia. Ahora bien, las mujeres no eran personas físicas en los mismos términos que los hombres.

Una vez más se encontró con que su compasión por Mary le enturbiaba el juicio. La imaginaba como alguien con coraje, sentido del honor e ingenio, alguien que le habría gustado tratar. Pero podría no haber sido así en absoluto. Para empezar, ¡él había detestado a Hester! No, eso no era verdad. Había quedado fascinado por ella, atraído pero temeroso de su propia debilidad. Había tenido la certeza de desear a alguien de trato más cómodo: una mujer indulgente que no lo desafiara, que no lo obligarse a estar a la altura de lo mejor de sí mismo, a veces incluso por encima de lo que se sentía capaz. La gentileza de Hester iba mucho más allá de la mera amabilidad; era una pasión, una ternura fundamentada en la sinceridad, no en la indiferencia ni en la falta de valor o interés para discutir. Jamás era fruto de la ausencia de una opinión propia.

Antes de ella se había enamorado de mujeres silenciosas y discretas que nunca discutían, y al cabo se daba cuenta de que estaba desesperada y dolorosamente solo. No había en ellas nada que le traspasara la piel.

¿Qué le había ocurrido a Toby Argyll? ¿Había tenido el valor suficiente para amar a Mary, o la había encontrado demasiado desafiante, demasiado frustrante para su vanidad?

—Dice que no le gustaban sus opiniones, señora Kitching, pero ¿estaba enamorado de ella?

Por primera vez en la entrevista la señora Kitching vaciló. Su rostro lo reflejó claramente.

Monk esbozó una sonrisa.

—Con frecuencia no estoy de acuerdo con mi esposa y rara vez he prevalecido sobre ella —dijo—. Si decide cambiar de parecer, son las razones, no las personas, las que logran ese cambio. Pero eso no quita que vaya a serme leal y a amarme pase lo que pase, sea bueno o malo. Me consta porque lo ha hecho, sin decirme nunca que yo llevaba razón si ella pensaba lo contrario.

La señora Kitching lo miraba fijamente, sacudiendo la cabeza.

—Entonces no le habría caído bien el señor Toby —aseveró convencida—. Esperaba obediencia. Tenía el dinero, ¿entiende?, y ambiciones. Y era inteligente.

—¿Más inteligente que su hermano? —preguntó Monk.

—No lo sé. Aunque me da que él se lo estaba empezando a creer.

De pronto se dio cuenta de lo atrevida que estaba siendo al sincerarse de ese modo, y una sombra de inquietud le cruzó el semblante para desaparecer de inmediato. Estaba saboreando una nueva libertad inimaginable hasta hacía muy poco.

Pese a la seriedad de la conversación, Monk se sorprendió sonriéndole. Cardman se habría horrorizado. Ella quizá tuviera uno o dos años más que él. Monk se preguntó cómo habría sido la relación entre los dos sirvientes. ¿Superficial? ¿O su condición social se habría interpuesto en lo que hubiera sido una ardua pero gratificante relación amorosa?

Apartó la idea de su mente.

—¿Era distinto el señor Alan Argyll? —preguntó—. Y la señora Argyll, ¿era parecida su hermana?

—El señor Alan es un hombre muy inteligente, mucho más inteligente de lo que el señor Toby creía —contestó la señora Kitching sin titubeos—. El señor Toby tal vez pensara que con el tiempo se haría con el control, pero estaba muy equivocado. Me lo dijo la señorita Mary. No es que yo misma no lo pensara, bastaba verlos en el salón de recibir. La señorita Jenny es muy realista, nunca fue una soñadora como la señorita Mary. No cuesta nada llevarse bien con ella. Nunca pide lo imposible ni presenta batallas que no pueda ganar. Es una buena esposa para el señor Alan. Supongo que el señor Toby creía que la señorita Mary sería igual. Pues bien, ¡se equivocó!

Dijo esto último con considerable satisfacción. Entonces recordó que Mary había muerto. Las lágrimas corrieron por sus mejillas, y esta vez fue incapaz de contener el llanto.

Monk se enfadó consigo mismo por sentirse incómodo. ¿Por qué lo hacía? Era una pena sincera, no había de qué disculparse.

Le dio las gracias con franqueza y se marchó.

Hacia mediodía se encontraba de nuevo en las obras del extremo opuesto de la ciudad. Esta vez encontró a Aston Sixsmith en la superficie y en condiciones de hablar con mayor tranquilidad. No tenía sentido interrogarlo acerca de Mary. Era poco probable que supiese algo que resultara de utilidad, pero quizá pudiera informarle sobre la relación de los hermanos Argyll. Monk tenía claro que debería ser más cauto para abordar ese tema. Sixsmith se mostraría leal porque necesitaba conservar su empleo, aun cuando su opinión personal lo inclinaba a lo contrario.

—¿El señor Toby Argyll estaba al corriente del miedo que le daban los túneles a Havilland? —preguntó. Estaban a unos doscientos metros de la máquina más cercana, cuyo ruido parecía todavía más lejano bajo el discreto sol invernal.

Sixsmith hizo una mueca.

—Me temo que todos lo estábamos —respondió—. A poco que lo observaras, te dabas cuenta. Y para ser francos, señor Monk, estar pendiente del hombre que se vendrá abajo es parte de mis obligaciones porque representa un peligro para todos los demás, especialmente si tiene responsabilidades. Lo siento. —Su rostro, tan expresivo, reflejó tristeza—. Me caía bien Havilland, pero eso no tiene nada que ver con la seguridad. Si hubiese perdido la cabeza, si hubiese empezado a decir a los hombres que había un río a punto de reventar las paredes, o que flotaba gas asfixiante en el aire, o que se avecinaba un hundimiento, habría provocado el pánico. Sólo Dios sabe qué habría ocurrido entonces.

Miró a Monk inquisitivamente para ver si lo comprendía.

Sí, Monk lo entendía a la perfección. Que un hombre con el rango y la experiencia de Havilland perdiera la templanza bastaría para iniciar la clase de histeria capaz de provocar precisamente el desastre que tanto temía. En el mejor de los casos entorpecería el avance de la obra, quizá durante días, y, como consecuencia, el proyecto siguiente sin duda iría a parar a manos de un rival.

—¿En algún momento sospechó usted que lo hiciera deliberadamente? —preguntó.

Sixsmith se mostró perplejo por un instante.

—¿Que decidiera mostrarse débil? Le habrían negado trabajo en cualquier empresa… ¿Por qué iba nadie a hacer algo así? Además, él y los hermanos Argyll eran amigos. Familia, en realidad.

—Me refiero a cometer sabotaje, a cambio de una recompensa adecuada —explicó Monk, aunque le pareció muy desagradable en cuanto lo hubo dicho y vio una expresión de repulsa en el rostro de Sixsmith.

—¿Por parte de otra empresa? —Sixsmith torció el gesto—. Si hubiese conocido a Havilland no haría una pregunta así. Puede que tuviera sus puntos flacos, incluso que fuese algo cobarde, pero se trataba de un hombre íntegro. Nunca se habría vendido. Apostaría mi vida. Y créame, señor Monk, cuando trabajas como un hombre en cosas como ésa —señaló con el pulgar hacia los túneles que tenían debajo— aprendes a saber en quién confiar y en quién no. Si te equivocas, no siempre vives para contarlo.

—Así pues, ¿los dos hermanos Argyll tenían que estar enterados de los miedos de Havilland y de que era un peligro en potencia?

—Me temo que sí —respondió Sixsmith con expresión grave.

—¿Y Mary también constituía un peligro?

Sixsmith reflexionó un momento antes de contestar. Parecía incómodo.

—En realidad, no —dijo—. Apenas sabía de qué estaba hablando. ¿No puede… considerarlo un accidente? Me refiero a la muerte de Mary.

Monk reparó en que Sixsmith no había mencionado la muerte de Toby.

—¿Ambas? —preguntó—. ¿La de Mary y también la de Toby Argyll?

—Tendría que ser así, ¿no? —dijo Sixsmith.

—Bueno, si ella no se suicidó, entonces él tampoco —razonó Monk—. La única alternativa sería asesinato. ¿Es posible que él quisiera arrojarla al río? Mary cayó de espaldas, aferrada a él.

—¿Tratando de salvarse o de arrastrarlo consigo, quiere decir? —A Sixsmith se le iluminó el rostro—. ¡Cambió de idea e intentó salvarse! Ahí lo tiene. Por desgracia, fue demasiado tarde. Ya había perdido el equilibrio, y él también. Una tragedia. Así de simple.

—No ha dicho «pero Toby nunca le habría hecho daño» —señaló Monk.

Sixsmith le miró fijamente y esta vez su expresión fue indescifrable.

—¿De veras? No, supongo que no. Ahora tengo que volver al trabajo, señor Monk. No puedo permitirme retrasos. Cuestan dinero. Buenos días. —Sixsmith se marchó a grandes zancadas.

Monk se quedó un momento donde estaba, pensando, de nuevo consciente del frío, del ruido de las máquinas y los gritos de los hombres. El siguiente paso a dar sería corroborar la hora exacta de la muerte de James Havilland, en la medida en que el médico forense fuese capaz de determinarla.

—¿Para qué diablos quiere saberlo? —inquirió el forense cuando Monk lo localizó en su consulta. Era un hombre delgado con aspecto de andar siempre agobiado, como si lo presionaran sin tregua y tuviera que trabajar a toda prisa—. ¿Viene a verme dos meses después y me pregunta a qué hora se disparó ese pobre hombre? —Fulminó a Monk con la mirada—. ¿No tiene nada mejor que hacer? ¡Vaya a detener ladrones! La semana pasada entraron en casa de mi vecino. ¿Qué me dice a eso?

—Que corresponde a la Policía Metropolitana —contestó Monk, no sin placer—. Yo soy de la Policía Fluvial del Támesis.

—Bien, el pobre Havilland murió de un disparo —espetó el forense—. ¡Ni una gota de agua en la escena del crimen, ni siquiera del grifo, y mucho menos del puñetero río! —Dirigió a Monk una mirada triunfal—. ¡No es asunto de su competencia, señor!

Monk tuvo que esforzarse para no perder los estribos, y si lo hizo fue sólo porque necesitaba la información.

—Su hija creía que lo habían asesinado…

—Eso ya lo sé —lo interrumpió el forense—. La aflicción la sacó de quicio. Una verdadera lástima, pero no existe una cura para la aflicción, a menos que los sacerdotes la tengan. No es mi campo.

—Pereció ahogada en el río —prosiguió Monk—. Yo mismo la vi caer, y en este caso pudo tratarse de homicidio. —Contempló con satisfacción la expresión de perplejidad del médico—. Por desgracia, el joven que pudo haberla empujado perdió el equilibrio y cayó con ella —agregó—. Ambos estaban muertos cuando los sacamos del agua. Tengo que investigar la acusación de su hija aunque sólo sea para descartarla, por el bien de ambas familias.

—Vaya. Bueno, ¿por qué no lo ha dicho antes, hombre? —El forense se volvió y se puso a rebuscar entre los documentos de un cajón que tenía detrás—. ¡Insensato! —masculló.

Monk aguardó.

Por fin el médico sacó un par de hojas de papel y las sacudió con gesto triunfal.

—Aquí lo tenemos. Una noche gélida. Tendido en el suelo de la cuadra. Menos frío que en la calle pero más que en la casa. Diría que no falleció después de las dos de la mañana ni antes de las diez de la noche. Pero recuerdo que el personal de servicio afirmó haberle oído despierto a eso de las once, así que ya tiene un dato.

—¿Alguna evidencia médica de que se disparara a sí mismo? —preguntó Monk.

—¿Como qué, por el amor de Dios? Eso es trabajo de la policía. El arma se encontró en el suelo. Si me está preguntando si el disparo fue a bocajarro, la respuesta es que sí. Aunque eso no prueba que se disparase a sí mismo, ni tampoco que no lo hiciera.

—¿Algún indicio de pelea? ¿Magulladuras, arañazos, algo que indique que se defendió? ¿O acaso no se le ocurrió comprobarlo?

—¡Claro que lo comprobé! —espetó el forense—. ¡Y no, no había ningún indicio! No hubo pelea. O se disparó a sí mismo, o quien quiera que le disparase lo hizo por sorpresa. Ahora vaya a enterrar a los muertos como es debido y deje que me concentre en asuntos más importantes. Buenos días, señor.

—Gracias —dijo Monk con sarcasmo—. Menos mal que trata usted con los muertos. Sus modales no le servirían con los vivos. Buenos días, señor. —Sin dar tiempo a que el médico replicara, giró sobre los talones y se marchó.

Ya eran casi las cuatro y el anochecer invernal se acercaba. Qué curioso que el tiempo siempre empeorase cuando los días se alargaban después de Navidad. En la calle caía una ligera nevada y al cabo de una o dos horas la nieve empezaría a cuajar. Monk echó a caminar encorvado y con las manos en los bolsillos.

Así pues, definitivamente no había habido pelea. Nada indicaba que hubiese sido un robo. Alguien había mandando una nota a Havilland, casi con toda seguridad solicitando un encuentro en la cuadra. O bien esa persona pilló a Havilland por sorpresa y le disparó, haciendo que pareciera un suicidio, o Havilland se había pegado un tiro, presumiblemente después de que su visitante se marchara.

En el primer caso, el agresor se había tomado bastantes molestias para que la muerte de Havilland pareciera un suicidio. ¿Por qué? Seguramente habría sido bastante fácil hacer que todo el mundo pensara que Havilland había visto una luz u oído un ruido y que había sorprendido al ladrón. Eso no habría implicado a nadie. Así pues, ¿por qué darle la apariencia de suicidio?

La respuesta saltaba a la vista: para avergonzarlo, para desacreditar cuanto hubiese estado diciendo durante sus últimas semanas de vida. En ese caso, el responsable tenía que ser Toby, o Alan Argyll, o ambos. Mary lo había sabido, posiblemente estuviera a punto de encontrar pruebas, y también lo habría pagado con la vida.

Sin darse cuenta, Monk había ido caminando hacia la comisaría de Runcorn como si ya hubiese decidido volver allí. ¿Por qué tenía que ser precisamente Runcorn quien llevara el caso? Cualquier otro comisario le habría resultado más cómodo, o al menos eso suponía, porque cabía la posibilidad de que se hubiese ganado todavía más enemigos en el pasado. En cualquier caso, estaba absolutamente seguro de que no tenía amigos a quienes recurrir. Si disponía de alguna deuda de gratitud que cobrar del pasado, lo había olvidado junto con todo lo demás. Los crímenes que había resuelto como detective privado no le habían granjeado precisamente el aprecio de la policía.

Seguía caminando porque hacía demasiado frío para quedarse parado. ¿Podía ir a ver a Runcorn para presentarle el caso? Había demasiada envidia, vergüenza y orgullo herido entre ellos. Cada palabra estaría teñida de recuerdos, lecturas sesgadas y dobles sentidos que no se interpondrían si se tratara de otra persona. Se verían rodeados por una multitud de fantasmas.

La alternativa era no decirle nada e investigar por su cuenta la muerte de Havilland, lo cual representaría una especie de engaño, una declaración de desconfianza. Monk no creía que pudieran trabajar juntos, dejar a un lado las viejas heridas y vanidades para perseguir la verdad, ni siquiera por el bien de las víctimas o de la propia justicia.

¿Y qué conclusión sacaría Orme de eso? Exactamente la misma que todos los demás: que Monk no poseía dotes de mando, que anteponía su vanidad al deber y la verdad.

¡Eso no era así! O al menos no lo sería a partir de aquel instante. Avivó el paso y cinco minutos después se encontraba delante de la comisaría. Al cabo de otros diez estaba sentado en el despacho de Runcorn contándole lo que había descubierto y lo que temía.

Runcorn, ceñudo, guardaba silencio.

—Voy a seguir adelante —dijo Monk, y acto seguido deseó no haberlo hecho. Con una sola frase había excluido a Runcorn planteándole un desafío. Observó que Runcorn se ponía tenso, y encorvaba un poco la espalda. Debía enmendar el error a toda costa y deprisa—. Creo que tú también lo harás —agregó, y tragó saliva—. Ahora ya sabes lo de la carta. Avanzaremos más si lo hacemos juntos.

Esto último sonó como un ofrecimiento y ésa era la intención de Monk. Runcorn le miró fijamente.

—¿Policía Metropolitana y Policía Fluvial? —inquirió con una expresión que era mezcla de asombro y esperanza.

Monk sintió regresar la vieja culpabilidad como una ola. Una vez habían sido amigos, se habían cubierto las espaldas en los momentos de peligro con una confianza ciega. Fue él quien rompió aquella amistad, no Runcorn. Runcorn le había devuelto aquel golpe montones de veces. Había sido lento, testarudo, intolerante, demasiado rápido para juzgar, demasiado lento para perdonar. Pero quien primero había roto el vínculo era Monk. Runcorn sólo tomaba represalias, dolido porque era el más torpe, el que se expresaba peor, y lo sabía tan bien como Monk. No debía extrañar, pues, que Runcorn se preguntara si le estaba brindando una segunda oportunidad o si sólo se trataba de otra artimaña.

—En realidad me refería a ti y a mí —contestó Monk—. Al menos para empezar. Dudo que alguien se ponga contento si demostramos que Havilland fue asesinado, ya que detrás de esto tiene que estar uno de los Argyll, o los dos.

Runcorn endureció su expresión.

—Si asesinaron a un hombre para ocultar lo que éste sabía, me trae sin cuidado a quién le guste o deje de gustarle; no pararé hasta que encierre al responsable —dijo con gravedad—. Y si esa chica murió a manos de Toby Argyll, por el motivo que fuera, no dejaré que siga enterrada como una suicida. Muy bien, Monk. ¿Por dónde empezamos? ¡No! No me lo digas, te lo diré yo. Fue mi investigación y estoy al mando. —Se puso de pie, y en su corpulencia se hacían evidentes el enojo y el dolor—. Volveremos a empezar por la calle donde vivía Havilland. Me consta que ninguno de los dos hermanos lo hizo en persona porque ambos tienen sólidas coartadas. Lo comprobé a petición de Mary. Toby se encontraba en Gales, a ciento cincuenta kilómetros de aquí, y Alan acudió a una fiesta en la otra punta de la ciudad, donde lo vieron cientos de personas. La palabra de su esposa no me habría valido, pero la de veinte miembros del Parlamento sí. Ahora bien, quienquiera que dispararse contra Havilland tuvo que presentarse allí. Puede que alguien lo viera, lo oyese, notara algo. ¡Vamos!

Monk lo siguió con entusiasmo. Caminar por las oscuras y gélidas calles junto a Runcorn le dio una sensación de recobrar el pasado. El frío volvía a apretar y el viento había amainado. El suelo estaba resbaladizo a causa del hielo y la nieve empezaba a cuajar. En la fantasmagórica media luz que se extendía entre una farola y otra sólo se distinguían sus perfiles. Podrían ser otra vez jóvenes y reconocer sus respectivas voces: la exacta dicción de Monk que Runcorn tanto admiraba cuando escuchaba la belleza de las palabras además de su significado, y el tono grave de Runcorn, con su acento menos cuidado y su gramática un tanto imprecisa.

Iban de un lugar a otro, de un grupo de conductores de coches de punto, apiñados en torno a un brasero, a un policía local que estaba haciendo la ronda. Se separaron para perder menos tiempo, pero por muchas preguntas que hicieron no consiguieron averiguar nada. Grandes copos de nieve caían perezosamente y se posaban en el suelo, ligeros como plumas. Monk comenzó a preguntarse con mayor seriedad lo mal que se lo había hecho pasar a Runcorn desde que comenzaran como agentes del mismo rango. El propio Monk había salido muy mal parado, había perdido su trabajo y había estado al borde de un abismo de miedo, de un conocimiento de sí mismo insoportable incluso ahora. En el último momento fue Hester quien lo ayudó a demostrar a todo el mundo, y en primer lugar a sí mismo, que no era el hombre que temía ser.

Había prosperado poco económicamente. Su reputación era dudosa. Sus dotes de mando aún dejaban que desear. Tenía mucho de lo que arrepentirse y avergonzarse. Pero había ganado más de lo que había perdido. Tras resolver un buen número de casos y luchar por la verdad, por lo general podía considerarse que había vencido.

Y por encima de todo era feliz en el ámbito personal. Estar en paz consigo mismo hacía que desease regresar a casa al final de la jornada con la seguridad de encontrar ternura, confianza y esperanza.

¿De qué disponía Runcorn? ¿Qué le proporcionaba placer cuando cerraba la puerta del despacho y volvía a ser un hombre corriente? Monk lo ignoraba por completo.

Se detuvieron en una taberna, donde tomaron una jarra de cerveza y una sabrosa empanada de cerdo para recobrar fuerzas. Pese a sus fracasos, su silencio era amistoso. Dejaban pisadas negras sobre la nieve blanca de la acera. El reflejo de la pálida calle hacía que las farolas parecieran amarillas, como misteriosas lunas clavadas en estacas. El aliento que salía de sus bocas semejaba humo. Cuando un carruaje pasaba por la calle la nieve amortiguaba el sonido de los cascos. Era medianoche.

—Vendrán del teatro, seguramente —comentó Runcorn cuando los adelantó otro carruaje surgido de la oscuridad para volver a esfumarse entre dos farolas y al cabo reaparecer recortado contra la nieve que caía.

—¡Uno de ellos pudo presenciar algo! —dijo Monk con tono de ansiedad. Se abstuvo de agregar que le parecía poco probable que al regresar de una fiesta o un espectáculo alguien consiga recordar haber visto algo inusual o a un desconocido dos meses antes. Era cuanto tenían, y ambos sabían que a veces la suerte favorece a los obstinados. Avivaron el paso.

—¡El callejón de las caballerizas! —exclamó Runcorn.

—¿Qué?

—El callejón de las caballerizas —repitió—. Hay que hablar con los cocheros. La gente habrá entrado en casa y no estará de humor para atendernos a estas horas. Los cocheros seguirán despiertos. Tienen que desenganchar los caballos, refrescarlos, cepillarlos, guardar los arreos. Pasará más de una hora antes de que puedan irse a dormir.

Por supuesto. Monk tendría que haberlo pensado. Con tanto esforzarse por asimilar las costumbres del río se había olvidado de lo evidente.

—De acuerdo —convino volviéndose para seguir a Runcorn, que todavía dudaba. El rango que había alcanzado con los años no había borrado su íntima convicción de que Monk, de un modo u otro, era el líder. Su cerebro no se llevaba a engaño, pero su instinto iba más lento.

Monk caminó deliberadamente un paso por detrás de él. Necesitaba que Runcorn estuviera presente de buen grado, en cuerpo y alma, no intentando una vez más demostrar su valía como si se sintiera amenazado por la ambición y la locuacidad de Monk. No lo movía la culpa, se dijo a sí mismo, y desde luego la compasión, tampoco. Se trataba más bien del sentido práctico.

Estuvieron un momento a cubierto mientras avanzaban por un callejón hacia las caballerizas, donde la nieve los volvió a alcanzar. Las luces de todas las cuadras estaban encendidas, y las puertas abiertas. Había tres hombres atareados a lo largo del callejón: maniobraban los vehículos con dificultad para meterlos en las cocheras, tranquilizaban a los animales y los desenganchaban procurando acabar la tarea cuanto antes para dejar de pasar frío y entrar en calor antes de acostarse.

—Nombres y direcciones —dijo Runcorn innecesariamente—. A esta hora no vamos a obtener mucho más que eso de estos pobres diablos.

Monk sonrió para sus adentros. Los «pobres diablos» regresarían a sus casas y entrarían en calor mucho antes que él.

—Hola —saludó Runcorn con desenfado al acercarse al primer hombre, que estaba quitando el arnés a su hermoso caballo bayo.

—Buenas —contestó él, precavido. El caballo levantó la cabeza y el hombre agarró la rienda para sujetarlo—. ¡Quieto! ¡No pasa nada! Ya sé que quieres acostarte. Yo también, muchacho. ¡Ahora quieto! ¿Qué quiere, señor? ¿Se ha perdido?

Runcorn se presentó.

—No se apure —dijo gentilmente—. Sólo quería preguntarle si regresa usted del teatro o algo por el estilo, y si es así, desearíamos saber si va con frecuencia. Es posible que haya visto algo que nos ayude en una investigación y que investigaremos en otro momento con más calma.

El hombre titubeó. Bajo la luz de los carruajes su rostro presentaba signos de cansancio y la nieve se le iba amontonando en el sombrero y los hombros.

—Teatro Príncipe de Gales —contestó cautamente.

—¿Va a menudo? —preguntó Runcorn.

—Un par de veces por semana, si hay algo bueno en cartel.

—Estupendo. ¿Puede decirme el número de su casa y el nombre de su patrón?

—Esta noche no pueden molestarlo —repuso el hombre negando con la cabeza.

—Por supuesto —aceptó Runcorn—. Mañana, quizás, a una hora más civilizada. ¿Cómo se llama su patrón?

Monk esbozó un saludo y se dirigió hacia el siguiente cochero, que resultaba claramente visible bajo las luces, unas cuatro casas más allá.

En cuestión de media hora tuvieron una lista que no estaba nada mal. Acordaron seguir a la tarde siguiente, a una hora más prudente.

Monk se permitió el lujo de tomar un coche de punto para ir hasta su casa. Llegó poco después de la una, cansado y aterido por el frío, pero con la sensación de que quizás estuviera a punto de conseguir algo tangible, no sólo una pregunta más.

Su buen humor se había disipado considerablemente cuando a la mañana siguiente llegó con cierto retraso a la comisaría de Wapping.

—El señor Farnham quiere verle, señor —anunció Clacton con una sonrisa que era más un signo de satisfacción que de amistad. La sonrisa se ensanchó al añadir—: ¡Lleva un buen rato esperando!

Monk sólo tenía una respuesta que dar, pero se abstuvo de ser sincero con Clacton sirviéndosela en bandeja. No obstante, resolvió con firmeza tomar medidas severas y decisivas para ponerlo en su sitio en cuanto tuviera ocasión. Esta vez se limitó a darle las gracias y fue a informar a Farnham.

—¿No le gusta el frío? —dijo Farnham en tono de pulla antes de que Monk cerrara la puerta.

—¿Señor?

La habitación era cálida y acogedora, olía levemente a leña y había una humeante taza de té sobre el escritorio, junto a un montón de papeles.

—¿Prefiere la cama a una vigorizante travesía por el río? —concretó Farnham—. ¿No se dio cuenta en su momento de que eso era lo que este trabajo iba a exigirle? ¡En el agua, Monk! ¡Ahí es donde está el trabajo!

No agregó que Durban solía llegar antes de la hora, pero quedaba implícito en su expresión.

—Sí, señor. Ha sido una noche fría —confirmó Monk tragándose el mal genio. El trabajo que realizaba en privado quizá le obligara a andar corto de dinero pero le otorgaba el lujo de no tener que permanecer callado ante esa clase de comentarios. Tuvo que recordarse a sí mismo, con despiadada franqueza, el precio que pagaría si reaccionaba mal—. Ha sido una noche muy dura. Nevaba con ganas cuando llegué a casa a la una y media.

Farnham se mostró irritado.

—¿Otra vez investigando ese suicidio? ¿Tengo que recordarle que el índice de criminalidad en el río ha aumentado y que ése es su campo de acción? ¡Se trata de su trabajo, Monk! ¡No hay muchos barcos de pasajeros en esta época del año, pero los pocos que hay están padeciendo más robos de lo habitual y no estamos haciendo nada al respecto! Hay quien insinúa que es porque nos trae sin cuidado.

Su expresión era dura y tenía las mejillas coloradas.

Monk se dio cuenta de que Farnham estaba perdiendo los estribos otra vez. La causa, sin duda, era el miedo ante la posibilidad de que el descrédito se cebara con la policía que amaba y que era su fuente no sólo de ingresos y poder, sino de su fe en sí mismo. Había sido decisión suya permitir que Monk sustituyera a Durban, quizá para honrar a éste, y contra su propio parecer. Necesitaba complacer a los hombres y conservar su lealtad, pero si Monk se revelaba inepto para el puesto sería Farnham quien cargaría con las culpas.

—Lamento oír eso, señor —dijo Monk diligentemente—. No es ni mucho menos cierto. Nos importa y hemos de demostrarlo.

—¡Sí, eso es lo que tiene que hacer, caramba! —exclamó Farnham—. A nadie le importa un suicidio. Es una tragedia, pero son cosas que pasan. Según parece, esa chica tenía perturbadas las facultades mentales desde que su padre se quitó la vida. —Hizo una mueca—. Parece algo hereditario. Déjelo correr. Que los muertos descansen en paz. Bastante duro es ya para las familias. Sólo falta que usted ande fisgoneando con preguntas absurdas que no hacen más que reavivar su sentimiento de pérdida. —Se puso a caminar de un lado al otro del despacho. Parecía haber olvidado su taza de té—. ¡La gente está diciendo que la Policía Fluvial es corrupta! —añadió—. ¡Esto no había pasado nunca desde que estoy en el cuerpo! ¡Han llegado a decir que sacamos tajada! —Se detuvo y fulminó a Monk con la mirada—. No voy a permitir que destruyan mi cuerpo con esas calumnias. Con Durban perdí a mi mejor hombre. Era sensato, valiente, leal y, por encima de todo, honesto. Conocía este río como la palma de su mano, y conocía también a sus gentes, a los buenos y a los malos. —Señaló a Monk con el dedo—. Si siguiera vivo nadie habría dicho algo tan monstruoso de nosotros. No espero que usted ocupe su lugar. ¡No sabría por dónde empezar! Pero va a resolver este problema y demostrará que no hacemos la vista gorda ante ningún delito, de la clase que sea. Y que lo único que obtenemos a cambio es nuestro salario, una paga que se gana a pulso el mejor grupo de hombres que jamás haya llevado el uniforme de Su Majestad. ¿Le ha quedado claro?

—Sí, señor.

—Bien. Pues váyase y comience a hacer aquello para lo que le han contratado. Buenos días.

—Buenos días, señor.

Monk abandonó el despacho de Farnham y se dirigió a su escritorio, donde encontró los informes sobre los robos de dinero. Ninguno de los hombres hizo comentario alguno, pero notó los ojos de Clacton clavados en él. La patrulla ya había salido antes de que Monk llegara. Leyó el parte de novedades de la noche, donde figuraban los hurtos, disturbios y accidentes de costumbre. Sólo había un incidente de importancia que por poco no había terminado en desgracia, en buena medida gracias a la rápida intervención de los agentes que estaban de servicio.

Monk se dijo que debía felicitar a los hombres en cuestión, y hacerlo del modo más público posible.

Farnham no exageraba. Los robos denunciados en los barcos de pasajeros que subían y bajaban por el río habían aumentado de manera alarmante. Monk había leído los informes del mismo período del año anterior, escritos con la pulcra y firme caligrafía de Durban, y el número de delitos actual se había duplicado desde entonces. La escalada había coincidido con la asunción del cargo por parte de Monk.

¿Era mera casualidad, o los ladrones se habían aprovechado de un nuevo régimen más relajado, de un jefe que ignoraba muchos de sus nombres y costumbres, las conexiones que tenían entre sí, sus métodos y artimañas, que además no conocía ni a sus propios hombres, y cuyos hombres a su vez confiaban poco en él?

Entonces una idea más sombría e incluso desagradable surgió en su mente: ¿podían considerarse exactas las cifras de Durban? ¿Era posible que tuviese razones para alterarlas, bien para ocultar el auténtico índice de criminalidad, bien, lo que resultaba más doloroso, porque esa acusación era cierta y la propia policía se estaba embolsando una parte del botín?

No. Se negó a creerlo. Durban jamás habría robado nada. Monk le había conocido, y cada uno de sus actos había sido honorable.

Pero pensar así era simplista. Las personas no eran unidimensionales. Uno podía verse comprometido por distintas lealtades, a menudo contrapuestas. ¿Y si había ocultado datos para proteger a uno de sus hombres? Tal vez a uno que le hubiese salvado la vida durante un incidente peligroso en el río. Esas cosas ocurrían. Uno acumulaba deudas sin pretenderlo, y todas las deudas debían saldarse. En ello residía la seguridad y también el peligro de trabajar con otros hombres. Le cubrían a uno las espaldas, defendían sus puntos vulnerables y uno hacía lo propio con los de ellos, costara lo que costase. Era la única manera de sobrevivir y trabajar en un río tan violento, peligroso y transitado.

Monk había tratado poco a Durban, básicamente en relación con un incidente terrible en el que éste se había mostrado como un auténtico gigante. Monk no sólo lo admiró, sino que le profesó sincero afecto como amigo y compañero. Pero ahora sabía que no tenía ni idea de qué otros amigos o enemigos tenía, ni que deudas, saldadas o pendientes.

Advirtió sorprendido que intentaba proteger a Durban de Farnham y de quien hubiese acusado de corrupción a la Policía Fluvial, incluido Orme de ser necesario. Y no se trataba de pagar su propia deuda, lo hacía por pura amistad.

La manera de preparar semejante defensa resultaba un asunto mucho más complicado. Repasó una y otra vez los recientes índices de criminalidad, tratando de encontrar una pauta que le permitiera comprender qué había cambiado. Media hora más tarde se vio obligado a aceptar que sabía lo mismo que al principio.

No podía permitirse el lujo del orgullo y tendría que interrogar a uno de sus hombres. Mandó llamar a Orme. Corría un riesgo al confiar en él. Si no comprendía lo que Monk intentaba hacer quizá se sintiera confundido y adoptase una actitud defensiva por miedo a que Monk se propusiera desautorizar a Durban y afianzar su posición sobre los escombros de la reputación de otro hombre. Por otra parte, si Orme estaba al corriente de la corrupción, incluso si estaba implicado en ella, Monk iba a exponer su vulnerabilidad de tal modo que quizá precipitase una derrota final. Con Orme contra él no lograría tener éxito en ninguno de los aspectos de su trabajo.

—¿Quería verme, señor? —dijo Orme. Parecía preocupado.

—Cierre la puerta y siéntese —ordenó Monk, señalando la silla que había al otro lado del escritorio—. El señor Farnham me informa de que ha habido una alarmante escalada de robos en los barcos de pasajeros —añadió cuando Orme hubo obedecido—. Según las cifras de todos los informes, eso parece. Son mucho más altas que las del año pasado por estas fechas. ¿Se trata de una coincidencia o hay algo que yo haya pasado por alto?

Orme le miró fijamente, aturdido por su franqueza. Tal vez durante el tiempo que llevaban trabajando juntos se hubiera dado cuenta ya de que Monk era un hombre orgulloso y que le costaba confiar en los demás.

El instinto dictaba a Monk que se batiera en retirada, pero no se lo podía permitir. Tenía mucho que ganar si contaba con la confianza de Orme y todo que perder sin ella. Se esforzó por mostrarse sereno.

—El señor Farnham me ha dicho que alguien ha insinuado que somos corruptos. Tenemos que aclarar esto y probar que se equivocan o que son unos mentirosos, si es que lo son.

Orme palideció y se puso tenso. Miró a Monk con expresión de desconcierto y pena.

—La Policía Fluvial ha sido famosa por su honestidad durante más de medio siglo —prosiguió Monk en tono de enfado—. ¡No voy a tolerar que eso cambie ahora! ¿Cómo ponemos punto final a esta situación, señor Orme?

Orme se cuadró. De pronto se daba cuenta de que Monk solicitaba su ayuda, de que no lo estaba riñendo ni acusando de nada.

—Tenemos mucho que hacer, señor —dijo con cautela, como si quisiera cerciorarse de las intenciones de su superior.

—En efecto —convino Monk—. Están las peleas y robos de costumbre en los muelles, así como en gabarras y buques amarrados, además de los accidentes, cargas peligrosas, atracos, reyertas, hundimientos e incendios…

—Y asesinatos —apuntó Orme sin dejar de mirar a Monk a los ojos.

—Y asesinatos —corroboró Monk al tiempo que inquiría a Orme con una leve inflexión de la voz.

—¿Cree usted que quería saltar, señor Monk?

Así que estaba pensando en Mary otra vez, como si también estuviera subyugado por su valentía, su soledad, sus asuntos pendientes.

—No, no lo creo. —Monk era más franco de lo que se había propuesto, pero no le quedaba más remedio que seguir en esa dirección. De todos modos, si no confiaba en Orme estaba perdido—. Creo que había descubierto algo sobre las obras de los túneles, algo más peligroso que las máquinas o la velocidad con que excavan. Su padre también estaba enterado. Todavía no sé de qué se trata, pero me parece que es por eso por lo que lo mataron.

—¿Argyll? —dijo Orme, sorprendido.

—Directamente no. Creo que pagó a un sicario para que lo hiciera y que Mary también descubrió eso.

Orme se mostró indignado, como cualquier hombre decente en su lugar. Había algo en su expresión que inspiraba miedo, una actitud decidida e implacable.

—Mi opinión es que debería seguir investigando hasta que descubra quién lo hizo, señor —dijo—. Está mal dejarlo correr. Si no hacemos lo debido por una mujer como ésa, ¿para qué servimos?

—¿Y los robos en los barcos de pasajeros? Nuestra reputación también es importante —señaló Monk—. Forma parte de nuestra capacidad para desempeñar nuestras funciones. Si la gente no confía en nosotros nos veremos paralizados.

—Tenemos que hacer lo correcto y confiar en que así sea interpretado —dijo Orme con obstinación—. Yo no puedo descubrir quién la mató, no tengo aptitudes para eso. Nunca lo he hecho con gente de esa clase. A mí deme una pelea en el río, estibadores, ladrones, barqueros, hasta marineros, y se la resolveré. Pero no damas como ella. Usted lo ha hecho durante años, señor Monk. Sabe de homicidios encubiertos. Yo sé de puñetazos en la cara, usted de puñaladas en la espalda. Entre los dos podremos con todo.

—¿Y qué pasa con los que meten mano en bolsillos y bolsos ajenos? —preguntó Monk.

Orme apretó los labios.

—Yo me encargaré de eso —repuso—. Y de los bocazas estrechos de miras. Conozco a mucha gente que tiene secretos que yo puedo guardar o soltar en el lugar más indicado. Es imposible no ganarse enemigos en este trabajo, pero si uno anda con cuidado y cumple sus promesas, también gana amigos.

—Aún no sé dónde están los enemigos —reconoció Monk.

Orme sonrió con amargura.

—Usted todavía no, pero yo sí. Hay unos cuantos de los que puedo servirme y voy a hacerlo. Créame, señor, esos ladrones de los barcos desearán no haber empezado. Usted encuentre al que mató a esa pobre chica. Yo estaré detrás y le cubriré las espaldas contra el señor Farnham.

—Gracias —dijo Monk sin más, pero de todo corazón.